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domingo, 22 de marzo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (170)

LA IMPORTANCIA DE LA “CONFIANZA BÁSICA” (I)

 


Para el ser humano, vivir significa convivir y compartir la vida con otras personas. El ser humano nace biológicamente prematuro, a diferencia de otros animales que pueden valerse por sí mismos desde el nacimiento. Por ello, el primer hecho esencial en la vida de una persona es la familia, un entorno reducido de convivencia que responde gratuitamente a la vulnerabilidad innata del ser humano y procura su desarrollo mediante el cuidado mutuo y la distribución de tareas.

La familia, como ámbito inicial de convivencia, proporciona el sentimiento de confianza básica -término acuñado por E. Erikson-. Si esta confianza no se desarrolla, las carencias afectivas marcarán el desarrollo originando otras que dificultarán gravemente la vida de la persona.

El autoconcepto, es decir, la imagen que tenemos de nosotros mismos, comienza a formarse en los primeros meses de vida al percibir cómo nos valoran los demás. Dependiendo del trato que recibimos, nos sentimos de una manera u otra. Esta imagen se va perfilando con los años y los acontecimientos, dando lugar a una mayor o menor confianza en uno mismo  -la autoestima- que constituye la base de la personalidad.

Al analizar las necesidades primarias de los primeros años, no debemos caer en el reduccionismo de pensar que solo son biológicas. Es aún más fundamental aquello que confirma al ser humano como tal, como un sujeto con valor absoluto y fin en sí mismo. Por ello, surge una necesidad nuclear en todo ser personal, empezando por el recién nacido: la necesidad de afirmación del propio yo.

En los primeros años de la infancia, la educación empieza por garantizar la seguridad afectiva del niño. La base del desarrollo de su “confianza básica” la encontrará en el suelo firme de sus padres, que le protegen con la garantía de su amor mutuo y su protección. La relación estrecha con otras personas empieza como un don: otros nos han cuidado y atendido sin recibir nada a cambio. Esta experiencia es el cimiento sobre el que se configura nuestra imagen y la confianza en nosotros mismos. Si falta esta experiencia, es decir, si hay ausencia de esta certeza inicial alimentada por el apego y la atención temprana, nos percibimos como carentes de valor.

Ya en el seno materno la criatura mantiene una comunicación rica en mensajes con su madre. Como afirma Boris Cyrulnik, del encuentro del feto y su madre nace la vida psíquica. El primer mundo mental del feto será un mundo de representaciones organizadas alrededor del afecto transmitido a través de estas primeras sensaciones. Ese mensaje iniciado en el útero materno tiene su continuidad en todo el ritual de comunicación afectiva que se va produciendo en torno a la atención de las necesidades más primarias del bebé. El eje madre-hijo constituye así el vector afectivo donde confluyen todas las maneras de amar. El cuerpo de la madre, en cierta manera, es el crisol donde se sigue moldeando la indefinida conciencia del niño.

La tendencia o necesidad básica de toda persona es percibirse a sí misma como alguien digno de valor. Para Philiph Lersch, esto forma parte esencial de la pulsión básica de conservación individual. La satisfacción de esta necesidad es la que genera el sentimiento de “confianza básica”, imprescindible para asegurar una autoestima suficiente y una percepción sólida de la propia identidad.

(Publicado en el semanario La Verdad el 20 de marzo de 2026)

sábado, 20 de septiembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (148)

DEL DESEO DE APRENDER AL AUTODOMINIO


Una educación orientada y centrada en el desarrollo de la persona hacia su plenitud ha de partir indispensablemente del asombro y el deseo innato de aprender que observamos en la infancia. 

El educador (padre, maestro…) ha de suscitarlos para propiciar el aprendizaje y el ejercicio de experiencias significativas a través del trabajo (reflexión, esfuerzo, responsabilidad, constancia, adquisición y ejercicio de hábitos) y de la convivencia. Esto ayuda al niño y al joven a avanzar hacia la verdadera libertad, que no consiste simplemente en “querer”, sino en “saber querer”: en ser dueño de uno mismo y optar por lo bueno, lo justo, lo valioso, lo verdadero.

La adolescencia, se ha dicho, es la segunda edad de oro del aprendizaje; y aunque la infancia es más fundamental porque sienta las bases del desarrollo, aquella lo es en otro sentido, porque es la última gran oportunidad del educando para tomar decisiones importantes para su cerebro, su personalidad y su orientación vital.

El cerebro adolescente cambia de manera fantástica. Freud consiguió convencer a muchos de que la infancia vivía bajo el régimen del deseo, del que salía para entrar en el tremendo régimen de la realidad. Se olvidó de que entre ambos hay una etapa extraordinariamente fértil: la edad de la posibilidad, de la conciencia de la propia singularidad, característica esencial de la adolescencia.

La adolescencia es la época de la posibilidad y de la adquisición/consolidación del carácter, ya que coincide con el desarrollo de los lóbulos frontales del cerebro y el fortalecimiento de las funciones ejecutivas. Al mismo tiempo aparece el afán de autonomía personal, de una libertad sin barreras, necesitada sin embargo de referencias consistentes. Suele ser también, por ello, escenario de significativas frustraciones de las que es preciso también aprender.

Afirma José A. Marina que “según la Neurociencia, la experiencia consciente emerge del trabajo no consciente de nuestro cerebro y a partir de ella podemos introducir variaciones en la formidable maquinaria neuronal”. En un horizonte de comprensión más abarcador, este bucle prodigioso lo denominamos con palabras que comienzan por el prefijo “auto”: autocontrol, autorregulación, autodeterminación...; autodominio, en suma.

El autodominio implica actuar voluntariamente sobre nuestra inteligencia y sobre nuestra afectividad para orientarlas hacia valores significativos, hacia ideales de excelencia humana. Supone también el ejercicio continuado y bien orientado que nos hace pasar del “querría”, “me gustaría”… al logro efectivo, al “lo hago”.

La persona aprende a dirigirse a sí misma, a autogestionarse. El autodominio (los clásicos hablaban de prudencia, templanza, fortaleza y justicia…) es la función ejecutiva central en el desarrollo de nuestra personalidad. Es una capacidad más o menos amplia para dirigir, cambiar o bloquear las operaciones y los impulsos. Y su efecto es colosal, porque permite que el cerebro “se construya” a sí mismo. Más aún, lo que se forja y se eleva, paulatinamente, es la personalidad madura. 

Así pues, este momento decisivo del desarrollo de la personalidad consiste en aprender a dirigir aquella poderosa “maquinaria neuronal” -una base que nos capacita para el autoaprendizaje y que no conocemos del todo- hacia metas valiosas, elegidas voluntariamente. Es el proceso y el fruto de una lenta y bien dirigida educación. Tanto en el colegio como en la familia, el norte ha de estar en el mismo sitio.

(Publicado en el semanario La Verdad el 19 de septiembre de 2025)

jueves, 26 de junio de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (143)

UNA EDUCACIÓN PARA LA RESPONSABILIDAD



Saquemos conclusiones. En un tiempo de emotivismo, de consumismo y de presentismo, frente a la dependencia suscitada por la influencia de los dispositivos en la vida y la educación de niños y jóvenes, es preciso orientar la intervención educativa hacia el cultivo de una personalidad rica, estable y perseverante, basada en criterios sólidos, en principios éticos claros y nobles. 

Es muy importante que los padres sepan detectar en los hijos los síntomas de una posible dependencia, también de las “drogas digitales”; por ejemplo, que estén pendientes del móvil de forma permanente y consultarlo sin parar; o que, cuando se olvidan el teléfono en casa o se quedan sin batería, sin cobertura o sin fondos en la tarjeta de prepago, manifiesten ansiedad y desasosiego; o, si se ve privado del móvil contra su voluntad, que pueda producirse un síndrome de abstinencia psicológica y física, patente en comportamientos de angustia, ansiedad, irritabilidad o nerviosismo. 

Es bueno saber todo esto, ciertamente, como lo es evitar el uso de los dispositivos y de internet tempranamente, antes de la adolescencia. Pero aún es más importante que educadores y padres sepan hacia dónde deben orientar su ayuda y sus intervenciones educativas.

El adecuado uso de los dispositivos frente a la hiperinformación y las falsedades que bombardean nuestras pantallas y dispositivos desde Internet; el triunfo frente a un entorno poderoso que busca atrapar la atención y llevarla hacia un consumo desmedido o hacia intereses inadecuados, requieren por parte de los padres y de los educadores una intervención resuelta y urgente para ayudar a vigilarse a uno mismo, para tender a la mejora personal mediante la adquisición y el ejercicio de hábitos positivos, para desarrollar una personalidad más madura. 

Hablamos de personas que aun prefiriendo cosas que apetecen o que están de moda, se paran a pensar, valoran lo que van a hacer o están haciendo, y optan por lo mejor. Hace unos días, el actor Jean Reno comentaba en una entrevista: “¿Qué les pasa a los jóvenes? Muchos son unos ignorantes atrapados en una pantalla. Ahora hay menos atención al talento, está claro. Se lo digo siempre a mis hijos. Todo está destinado al consumo.”

Ha escrito Viktor Frankl que, a diferencia del animal, el ser humano carece de instintos que le digan lo que tiene que hacer, y a diferencia de épocas pasadas, el hombre actual ha olvidado en nuestros días las tradiciones que le indicaban lo que tenía que ser. Y así ocurre que, o bien solo quiere lo que los otros hacen (conformismo), o bien solo hace lo que otros quieren de él (totalitarismo). Por ello, concluye, la educación actual ha de tender, por un lado, a transmitir conocimientos, y por otro a afinar la conciencia; ha de ser una educación para la responsabilidad: “Si no queremos quedar sepultados bajo esta oleada de incentivos, si no queremos hundirnos en una total promiscuidad, entonces tenemos que aprender a distinguir entre lo que es esencial y lo que no lo es, entre lo que tiene sentido y lo que no lo tiene.”

Así pues, mediante un adecuado y cordial acompañamiento personal, con la palabra y el ejemplo, es decisivo ofrecer una escala de valores correcta y una adecuada formación de la voluntad. No olvidemos además un recurso lleno de valor que funciona infaliblemente: salir de sí mismo ayudando a los demás. 

(Publicado en el semanario La Verdad el 20 de junio de 2025)

lunes, 5 de mayo de 2025

YA A LA VENTA: REPENSANDO LA EDUCACIÓN. CLAVES PARA UNA EDUCACIÓN CENTRADA EN LA PERSONA.

 


"El problema profundo de la educación hoy no es un problema de medios y recursos sino de fines; no es tampoco un problema de mera transmisión de saberes y utilidades, sino de aportación de significados, de valores de sentido que hagan justicia a la dignidad del ser humano y a su vocación al amor, a su anhelo de felicidad.

Una pedagogía consistente, perdurable, no debería ser ni progresista ni conservadora. La pedagogía no está hecha para el tiempo ni para las luchas por el poder, sino para el ser humano. La educación ha de poner como centro a la persona en toda su integridad. Por eso la educación tiene -debe tener-, antes que nada, una función personalizadora. 

Nuestros sistemas educativos se postulan como trampolines para la empresa y talleres de una servil ciudadanía, pero acaban a menudo en plantaciones de desesperanza incapaces de ofrecer razones para vivira muchos de nuestros jóvenes. ¿Acaso no hay razones para repensar a fondo nuestra educación?"


 **     ***     **

 

ANDRES JIMÉNEZ ABAD es catedrático de instituto, doctor en filosofía y pedagogo. Ha sido director de centros de Enseñanza Media durante 10 años, tanto en el ámbito público como en el privado. Ha ejercido como profesor asociado de universidad durante 20 años. Colabora en actividades de formación del profesorado en centros de profesores y universidades españolas e hispanoamericanas. Durante 12 años ha ejercido diversas responsabilidades en la administración educativa del Gobierno de Navarra. 


viernes, 5 de abril de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (98)


           SI CADA UNO LIMPIA SU ACERA, LA CALLE ESTARÁ LIMPIA


Los padres y educadores deben educar gradualmente en la capacidad de esfuerzo y la responsabilidad, evitando actitudes permisivas a la vez que el rigorismo.

El niño/a necesita saber lo que debe o no debe hacer, así como las consecuencias de incumplir lo acordado. Es imprescindible dictar las normas desde el afecto, formulándolas de manera positiva a ser posible, no siempre a modo de prohibiciones (que también deberán darse en ocasiones y quedar claras), motivándolas según la edad y disposición del niño, con el fin de que comprenda los motivos y para que piense y decida por sí mismo, y no actúe solo por miedo al castigo.  

En una conducta responsable lo adecuado es realizar lo que se encomienda con diligencia pero sin precipitación, con puntualidad y con esmero, sin descuidar los detalles. Es importante centrarse en la tarea, no andar disperso o distraerse cuando se realiza (por eso es importante, por ejemplo, que haya orden y tranquilidad en el lugar y durante los tiempos dedicados al estudio y el trabajo personal). Cuando el trabajo o la tarea haya concluido, ha de informarse enseguida a quien lo encomendó o lo supervisa: si se ha cumplido el objetivo o han surgido dificultades, incidencias…; y si ha surgido algún problema, no limitarse a exponerlo, sino insinuar soluciones a quien tiene que decidir.

            Suele decirse, con razón, que “en educación, lo que no se evalúa se devalúa”, por ello hay que valorar el modo en que realizan su trabajo, no impidiendo que, llegado el caso, puedan experimentar sus limitaciones e incluso posibles equivocaciones, con el fin de que adquieran experiencia y criterio por ellos mismos. En este sentido, conviene no privarles de padecer las consecuencias desagradables de sus acciones por falta de atención, de interés o por precipitación (gastar la paga sin criterio, no hacer a tiempo las tareas, mentir, dejarse llevar por la pereza o el egoísmo...) 

            Al corregir hay que tener en cuenta las circunstancias y la intención, conviene hacerlo con firmeza pero sin humillar al niño, buscando más la causa que la culpa -aunque si la ha habido, conviene señalarla-, aclarando que es su conducta inadecuada la que nos disgusta pero que le seguimos queriendo igual y que confiamos en sus posibilidades de mejora. Hay que desterrar las descalificaciones del tipo: "¡Ya sabía que lo ibas a hacer mal" o "¡eres un inútil!"

            El educador no ha de olvidar el reconocimiento positivo, felicitando y mostrando satisfacción acerca de lo bien hecho, valorando también la intención y el esfuerzo. Conviene que estemos atentos a las buenas conductas para reforzarlas y alabarlas con frecuencia. A veces nos olvidamos de reconocer las cosas que han hecho bien y las buenas intenciones. Esto mata la ilusión por hacer nuevas tareas y se produce en el niño o el joven un lamentable descenso de su autoestima.  

            Los educadores somos modelos insustituibles en el proceso de adquisición de hábitos responsables, por ello hemos de mostrar ejemplo de autoexigencia personal, de alegría por el cumplimiento de las obligaciones y de preocupación sincera hacia las necesidades de otras personas. 

            Es este un capítulo esencial en la formación de la personalidad. No olvidemos que si cada uno limpia su trozo de acera y afronta sus responsabilidades con decisión, estaremos cambiando el mundo: la calle estará limpia. 

(Publicado en el semanario La Verdad el 5 de abril de 2024)

martes, 12 de marzo de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (96)

EDUCANDO EN LA RESPONSABILIDAD (III)



 
            Aprender a tomar decisiones de forma paulatina ayudará al niño o niña a afrontar sus necesidades y a darse cuenta de las necesidades de los demás. Para ello, a partir de los dos años y medio, más o menos, conviene crear un ambiente en el que los niños puedan tomar algunas decisiones que les afecten: elegir juegos, ropa, qué libro quiere que se le lea, qué desea merendar, qué fruta quieren y otras pequeñas acciones de su vida cotidiana, etc. Una vez hecha la elección, la debe llevar hasta el final, acabando lo que empezó, y no se le deben permitir conductas caprichosas. 

Es preciso empezar tempranamente con tareas adecuadas aumentando paulatinamente la dificultad según avanzan en edad: al principio, seguir las rutinas establecidas (lavarse los dientes, asearse antes de sentarse a comer, recoger los juguetes al terminar los juegos, dejar las cosas en su sitio, ayudar a poner la mesa…); asegurarse de que cuidan bien sus cosas y procuran no perderlas; a medida que avanzan iremos encomendándole tareas concretas (recoger la mesa, encargarse de poner el lavavajillas, ayudar a sus hermanos pequeños a vestirse, hacerse la cama…), y más tarde pedirle que proponga iniciativas para la vida familiar (participar en la programación de las actividades para el fin de semana, ideas para el álbum de fotos familiar, etc.)

Las tareas escolares tienen valor, sobre todo, porque ayudan a ejercitar la responsabilidad y a crear rutinas de trabajo en casa. Los padres deben marcar un horario y apreciar si este es suficiente o no, si conviene hacer breves descansos, si el niño es puntual o se relaja en exceso, si se centra o se distrae con otras cosas… No conviene que sean los padres los que le “hagan los deberes”, y no deben facilitarle en exceso las soluciones, sino que deben animar a que pregunte al profesor y aprenda a resolverlos por sí mismo. Es conveniente ponerse de acuerdo con el profesor o profesora acerca del cumplimiento de las tareas desde el principio. 

Para que vaya madurando en estos aspectos no hay que evitarle esfuerzos; tiene que aprender a resolver los problemas para los que esté capacitado y a pedir ayuda cuando es realmente necesario, contando siempre con el apoyo emocional de sus padres y maestros, pero aprendiendo a ser protagonista. En general se trata de no dárselo todo hecho, de que aprenda a conseguir metas algo difíciles por medio de su esfuerzo. Es muy importante reconocer, valorar y felicitar por todos los avances que se observen en el proceso.

Conviene que aprenda tempranamente a valorar y cuidar el orden, a obedecer las normas; debemos fomentar y alentar el gusto por el trabajo bien hecho, propiciar el autocontrol para que se acostumbre a dominar caprichos y a sobrellevar con buen ánimo estados y situaciones de frustración. No hay que dejarle tomar decisiones movido por las ganas y desganas, pues ello conduce a que la pereza domine su carácter.

Si se equivoca o precipita al elegir o decidir, conviene que experimente las consecuencias de su elección, aplicando, si es el caso, una corrección adecuada. Ello le servirá para ser más reflexivo y valorar aspectos positivos y negativos de lo que vaya a elegir. En todo caso, padres y educadores tenemos que estar cerca para ayudarles a tomar sus decisiones y a reflexionar antes y después de realizarlas.

 

(Publicado en el semanario La Verdad el 8 de marzo de 2024. 

Agradezco especialmente a la profesora Mariví Moreno, 

maestra de Educación infantil, sus aportaciones.)

viernes, 8 de marzo de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (95)

ELOGIO DE LA RESPONSABILIDAD (II)


Es preciso -porque hoy se echa en falta muy a menudo- hacer un elogio de la responsabilidad como objetivo educativo. Nos hallamos frente a uno de los valores humanos o virtudes más importantes en la educación de la personalidad. Ser una persona responsable marca la diferencia entre una vida mediocre y una vida que mira a la excelencia. En ella prima el deseo de orientarse al bien y difundirlo -cayendo en la cuenta de que “el bien que yo no haga se queda sin hacer”-, el afán de dejar este mundo mejor de lo que lo hemos encontrado y de perfeccionar el propio carácter para poder aportar lo mejor de uno mismo a los demás.

La responsabilidad no surge espontáneamente. Por ello, uno de los objetivos principales que debemos plantearnos los padres y educadores es que nuestros hijos o alumnos vayan integrándose de manera responsable en los diversos ámbitos de la vida, empezando por el escolar y el familiar: que sean capaces de cumplir con sus obligaciones, de asumir compromisos, de ayudar a otras personas en sus dificultades, de aportar iniciativas para el bien común. 

Ser responsable no sólo es cumplir lo que se nos manda. Eso sería mera obediencia (que no es poco); ser responsable es algo más, es tomar la iniciativa, esmerarse, saber elegir y decidir por uno mismo con todas las consecuencias. Requiere pensar bien antes de hacer algo, no eludir compromisos, acometerlos de la mejor manera posible y ser conscientes de que nuestras elecciones y decisiones tienen consecuencias que repercuten en los demás, consecuencias que, por ello, tenemos que asumir.

Una persona responsable no se conforma con obedecer y cumplir las reglas, ni con satisfacer los “mínimos”. Frente a la ley del mínimo esfuerzo muestra aceptación activa, diligencia y esmero: toma lo que se le encomienda como tarea propia y busca la mejor solución posible; hace suya la voluntad o la necesidad de quien se la demanda. No suele poner excusas ni se queja habitualmente. Por su deseo de hacer las cosas bien y por su capacidad de iniciativa pone los fundamentos de una verdadera creatividad, la de quien, en lugar de poner pegas, las resuelve lo mejor posible. No rehúye tareas que repercuten en beneficio ajeno, haciéndose digno de la confianza de los demás porque lo que hace procura hacerlo bien -lo mejor posible-, con iniciativa y con esmero. 

Es esa persona que “tira del carro” cuando los demás le necesitan, porque toma el bien de los demás como si dependiera de ella. Y esto caracteriza de manera primordial a una persona madura y positiva. Todos alabamos y agradecemos en los demás una servicialidad que va de la mano de una competencia profesional o técnica.

Si queremos educar a nuestros hijos o a nuestros alumnos en la responsabilidad hemos de fomentar en ellos una capacidad de autoexigencia que los lleve a no pactar con la vulgaridad, con la negligencia, con la pereza y la superficialidad. Librarles de las dificultades o de los sinsabores, realizar las cosas que por su edad debieran llevar a cabo por sí solos, es una manera segura de hacerles débiles, indecisos y, en definitiva, de frenar su desarrollo personal. Encanijarles.

   
            (Publicado en el Semanario La Verdad el 1 de marzo de 2024)

lunes, 4 de marzo de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (94)

EDUCAR LA RESPONSABILIDAD EN LOS NIÑOS (I)



Hay una responsabilidad que es inherente al libre albedrío que posee toda persona, algo así como la otra cara de la moneda. Consiste en el dominio que tenemos sobre nuestras acciones voluntarias y sus consecuencias. Por eso podemos y debemos “responder” de ellas, porque esas acciones las hemos elegido nosotros pudiendo haber elegido otras, y respondemos de ellas como propias. Ello implica tener que hacerse cargo del contenido y de las consecuencias de tales decisiones tomadas libremente. Y así, la responsabilidad acerca de una acción buena es lo que llamamos mérito, mientras que si es acerca de algo malo, se llama culpa.

Somos responsables, para bien o para mal, de lo que elegimos y decidimos. Y si elegimos una acción, una tarea, un modo de tratar a una persona, etc., pero no nos queremos hacer cargo de las consecuencias que ello traiga consigo, no podemos decir que hemos elegido de verdad. Eso es lo que solemos llamar libertinaje. No somos libres de verdad -moralmente- si no somos dueños de nuestras acciones y decisiones y de sus consecuencias, y buscamos con ellas el bien. Es lo que diferencial al hombre libre del libertino.

Pero hablamos también de la responsabilidad en otro sentido, no del todo extraño al anterior. Por ejemplo, cuando decimos que una persona es una irresponsable por no atender al cumplimiento de sus obligaciones: un médico negligente, un profesional poco competente, un político que no ha pensado en la repercusión de sus decisiones, etc. Y lo mismo decimos de un niño o un joven que no cumple con sus deberes domésticos o escolares, que no cuida de sus hermanos más pequeños, que no mide las repercusiones de su modo de actuar (por ejemplo cuando juega con el fuego o con el gas, cuando no asume ningún tipo de tarea en el hogar, etc.) 

A una persona responsable, por el contrario, no dudamos en encomendarle ciertas tareas de importancia porque se ha hecho digna (es decir, merecedora)  de nuestra confianza. Estamos seguros de que tomará con el mayor interés y esmero lo que se le encomienda, que lo atenderá del mejor modo posible, etc. Este tipo de “responsabilidad” es un valor humano -una virtud, o más bien un conjunto de virtudes- que tiene gran importancia en educación, sobre todo en la formación integral de niños, jóvenes e incluso de adultos. Es uno de los ingredientes principales de la madurez del carácter, de una personalidad valiosa. En este sentido se ha llegado a definir la educación como una ayuda para que los niños y jóvenes sean personas en quienes se pueda confiar.

A menudo escuchamos a padres o madres: "quiero que mi hijo/a sea feliz", pero piensan que esto se logra evitándole cualquier dificultad, anticipándose a sus deseos, dándole todo o casi todo lo que pide o cediendo ante cualquier resistencia o contrariedad. Y así, toman las decisiones por él, excusan su conducta, hacen sus deberes escolares o cuidan en exceso sus necesidades personales. Les ahorran las consecuencias de sus errores y negligencias, y con ello ciertas frustraciones a corto plazo, pero les hacen más vulnerables y dependientes, les encaminan hacia frustraciones más difíciles de afrontar y para las que se verán sin fortaleza y confianza en sí mismos. Se les impide que lleguen a ser “personas responsables”.

      (Publicado en el semanario La Verdad el  23 de febrero de 2024)



jueves, 8 de febrero de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (91)

CUANDO TOCA CASTIGAR… ALGUNAS PAUTAS (II)

           


             Venimos hablando de los incentivos que han de acompañar la motivación y las pautas de aprendizaje, entre los cuales, decíamos, se hallan los premios y los castigos. Continuamos tratando de estos últimos. 

        Castigos y correcciones han de venir precedidos de normas o de advertencias claras y razonadas. Es fundamental que se planteen y comprendan como consecuencias naturales de las acciones, nunca como una acción arbitraria o como gesto de poder. El niño debe saber con exactitud por qué se le castiga. De lo contrario, atribuirá el castigo al capricho, a la arbitrariedad o a la mala voluntad de quien le castiga (“me tiene manía”, “no me quiere…”)

            Los educadores, y sobre todo padre y madre, deben estar de acuerdo a la hora de premiar y de castigar para evitar el desconcierto o el resentimiento del niño: no puede sancionar uno lo que el otro considera tolerable o incluso normal o bueno. Ambos quedarán, además, desautorizados.

            Conviene aplicar la recriminación en privado, desapasionadamente y con el sincero propósito de ayudar al niño para que fortalezca su capacidad de autodeterminación. La corrección privada permite aclarar mejor las cosas, evita humillaciones públicas, casi siempre contraproducentes, y previene ante las posibles réplicas o malos modos del reprendido en presencia de testigos, lo cual podría minar la autoridad moral del educador. Por cierto, conviene que el lugar donde se aplica la corrección sea el “territorio” del educador, no el del educando, donde éste se siente ambientalmente más seguro. De lo contrario se corre el peligro de que “se crezca” o desafíe abiertamente la autoridad de aquél. 

            La corrección ha de apuntar en lo posible a la raíz del fallo. No es lo mismo que la causa sea el orgullo, la pereza, la superficialidad, el rencor, la vanidad o el miedo, por ejemplo. Por eso es bueno averiguar por qué el niño se comportó así: si hubo malicia o simple descuido, si  tenía claro lo que debía hacer y lo que podía pasar si no lo hacía, etc. A veces hay que corregir la intención, otras el modo de comportarse, otras la falta de atención o de interés…

            La corrección o el castigo tienen que buscar sobre todo el autoexamen y la resolución personal por parte del niño, y por ello han de servirle para reflexionar sobre los motivos de la acción, sobre el modo de atajarlos si son inadecuados, las consecuencias que se han seguido y el modo de restituir, si es el caso, el perjuicio ocasionado…, de forma que se vaya conociendo mejor a sí mismo, que averigüe cuáles pueden ser sus defectos dominantes y que haga propósitos de mejora en el futuro. 

            Si el defecto dominante –la raíz de la que procede el comportamiento inadecuado- está claro, es muy oportuno propiciar la autocorrección: si tiende a ser impuntual, que se proponga llegar a sus citas un poco antes; si es orgulloso, que procure reprimir sus quejas; si es perezoso, que se ofrezca voluntario a tareas que le resultan algo más costosas; si está enganchado a dispositivos, que decida prescindir de la TV o de las pantallas determinados días; si negligente, que se proponga asumir la responsabilidad de aquello en lo que ha mostrado despreocupación, si áspero o displicente, que haga algún favor a una persona a la que ha ofendido o que le resulta poco simpática, etc.

            Continuaremos…

          (Publicado en el semanario La Verdad el 26 de enero de 2024)

lunes, 16 de octubre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (81)

EDUCAR EN HÁBITOS Y VALORES



La verdadera educación es la que tiene como centro y razón de ser a la persona. Y lo demás, en el mejor de los casos, vendría a ser un sucedáneo y, en el peor, una forma más o menos velada de manipulación.

La persona humana es un ser en desarrollo -un hacerse-, pero a partir de una naturaleza dada de antemano: la naturaleza humana. Es necesario el desarrollo de las capacidades innatas y de otras muchas adquiridas para alcanzar una vida lograda.

En el primer libro de la Ética a Nicómaco escribe Aristóteles que "una golondrina no hace verano, ni un solo día; y así tampoco hace venturoso y feliz un solo día o un poco de tiempo". La cita alude a que, según piensa el filósofo griego, la felicidad, el fin o meta de la vida humana, implica estabilidad y continuidad. 

De modo semejante, en la consolidación del carácter o de la “personalidad aprendida” por medio de la educación, se precisa el arraigo y la consolidación de las acciones humanas en forma de hábitos. Más aún, como ha recordado José Antonio Marina, la educación vendría a consistir en último término en la adquisición de hábitos valiosos.

Hace falta la repetición para la consolidación del hábito, pero hay que ir más allá del mero ejercicio mecánico de las acciones, ya que son los valores (entendidos como especificaciones del bien) los que dan sentido al hábito, dan significado a cada acción y horizonte educativo a toda actividad. 

Los hábitos integrados en constelaciones de sentido y significado -valores- contribuyen activamente al crecimiento educativo del ser humano. Orientar la consolidación de hábitos hacia bienes relevantes favoreciendo su interiorización y la libre búsqueda del saber, de la justicia, la solidaridad, la compasión, etc., es formar una personalidad valiosa, favorecer el autodominio y la magnanimidad, crecer en humanidad y aportar humanidad al mundo. 

Los hábitos y los valores han permanecido en la vida escolar cotidiana, sin duda más que en los discursos pedagógicos académicos y oficiales. Están presentes en la comprensión y orientación adecuada de un vida sana, de una convivencia saludable. 

En el orden de la educación, los hábitos:

a)    Hacen al alumno más eficaz, más hábil. Los hábitos, fruto de un ejercicio continuado, hacen más fácil, precisa y gozosa la actividad.

b)     Aportan calidad humana a la persona cuando son generados desde el sentido que da un valor asumido; entonces son, propiamente hablando, virtudes.

c) Los hábitos son capacitadores y potenciadores de la construcción de la personalidad, del carácter. No son un repertorio de automatismos ciegos sino disposiciones integradas en la persona.

d) Los hábitos propician la autonomía de la persona: lejos de considerarlos como una forma de dependencia a rutinas y a automatismos, los hábitos abren la puerta a la construcción de una personalidad libre y responsable, dueña de sí misma.

      Uno de los principales fines de la educación es colaborar a que el educando vaya construyendo referentes de interpretación de la realidad que contribuyan a su perfeccionamiento como persona. Por ello es tarea de la escuela enseñar a pensar, a juzgar, a captar lo valioso.


          (Publicado en el semanario La Verdad el 13 de octubre de 2023)

lunes, 24 de octubre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (43)

EDUCACIÓN EN VALORES, EDUCACIÓN INTEGRAL

 


Venimos insistiendo en la importancia de una educación en valores, que ha de entenderse como formación integral de la persona, como un empeño no improvisado de ayudar a niños y jóvenes para que desarrollen una personalidad madura. En suma, como una educación no solo personalizada sino, sobre todo, personalizadora.

 La madurez personal es fruto del fomento de una creciente unidad interior, acorde con el orden y jerarquía de las capacidades naturales de la persona humana. Se pone de manifiesto en el equilibrio, el conocimiento bien fundado, la responsabilidad, la generosidad, la honestidad, la constancia…, valores humanos todos ellos que resultan del dominio de sí mismo y de un proyecto personal de vida sólido. Estos valores, integrados adecuadamente, vienen a configurar la urdimbre psicológica y moral de una persona y ofrecen el fundamento para la orientación de la propia vida hacia la verdad, el bien y la belleza. Y son por ello, además, la mejor inversión social.

El tipo de educación que proponemos exige una clarificación y un encuentro con valores que contribuyan al desarrollo de una personalidad rica en humanidad. ¿Qué es un valor, en el sentido al que aquí nos referimos? Yendo a lo esencial, podemos describirlo como un bien -algo que contribuye a la mejora del mundo y del propio ser humano- que nos atrae, que incide en nuestra existencia. 

Es, por un lado, algo objetivamente bueno: ideales, criterios de actuación, cualidades presentes en las cosas, virtudes y comportamientos que hacen mejor al ser humano… Pero por otro, también, viene a satisfacer deseos y necesidades de la persona, y por ello nos saca de la indiferencia, nos agrada e ilusiona, lo que implica una peculiar receptividad, una capacidad de asombro, una cierta sensibilidad.

Esto último es más importante de lo que parece. Nos encontramos a veces con personas -jóvenes en particular pero no solo ellos- que se resisten ante costumbres, tradiciones, principios morales: “son cosas de mayores”, “no me dice nada”, “eso está pasado”, “es un rollo”, “es una imposición que va contra mi libertad…”, escuchamos. Muchos padres y educadores en general se angustian -seguramente con razón- por la resistencia de sus hijos y alumnos a aceptar y hacer suyos determinados comportamientos, criterios o creencias.

Y es que cuando un principio moral no consigue dar forma al comportamiento desde el interior de uno mismo, orientando la lógica y las inclinaciones íntimas, tiende a imponerse desde el exterior, limitando y entorpeciendo un desarrollo humano que no es capaz de guiar. Más aún, tiende habitualmente a suscitar una reacción en contra. Sobre todo cuando se han dejado atrás los primeros años de edad, ese principio o norma moral, por buenos y convenientes que sean, pueden percibirse solo como algo impuesto, como una forma de violencia que choca con el propio afán de libertad. 

Por eso es muy importante cuidar desde muy temprano la capacidad receptiva en el proceso de aprendizaje, la capacidad de asombro y de escucha, la sensibilidad, el deseo de aprender, la experiencia de satisfacciones profundas que son fruto del esfuerzo y la constancia…; y no decidir o elegir “porque me gusta o no me gusta”, “tengo ganas o no”, “me apetece o no me apetece”, “lo hacen o no lo hacen los demás”… La educación actual tiende a fomentar la socialización de las generaciones jóvenes, pero ha olvidado a menudo su personalización.

   (Publicado en el semanario La Verdad el 21 de octubre de 2022)

 

 

viernes, 8 de abril de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (23)

AUTOESTIMA Y TOLERANCIA DE LA FRUSTRACIÓN



Para ayudar a un niño o niña a mejorar en su autoestima es preciso que aprenda a afrontar los problemas y limitaciones, incluyendo también los fracasos. Es importante asumir que la frustración forma parte de la vida, porque las cosas no siempre resultan como esperábamos y las ilusiones que teníamos puestas en algo a veces no se cumplen. Muy a menudo no se puede evitar, pero sí podemos aprender a manejarla y a superarla. 

La baja tolerancia a la frustración causa bloqueo, desaliento, enfado e incapacidad ante las molestias y problemas, provocando la huida o la mala solución de los mismos. A veces, ante un niño con baja autoestima, los padres se dejan llevar por la pena, le sobreprotegen y dejan de apoyar sus esfuerzos. Toman las decisiones por él, excusan su conducta, hacen sus deberes escolares o cuidan en exceso sus necesidades personales. Les ahorran las consecuencias de sus errores, pero les hacen más vulnerables y dependientes, con lo cual, sin quererlo, alimentan más en ellos la creencia de que son incompetentes o torpes. 

La protección real consistiría en enseñar a estos niños a tomar decisiones eficaces para afrontar los retos que se les presentan y en alentar sus esfuerzos, en ayudarles a fijarse objetivos alcanzables y a pensar en planes para lograrlos, en ayudarles a ver lo que pueden y no pueden controlar. 

Desde hace unas décadas, se ha generado una verdadera industria de libros de autoayuda y de programas de mejora de la autoestima no muy bien orientados, derivando hacia una autoestima vacía y narcisista. La falsa autoestima, especialmente cuando busca negar una imagen poco gratificante de sí mismo y no lleva a una autoaceptación sincera, puede causar muchos daños.

La atención a la autoestima se torna enfermiza cuando para evitar ciertos males se siguen pautas como: no culpabilizar en absoluto, hacer todo fácil y rebajar los ideales para evitar la decepción, aprobar o excusar cuando uno no lo merece, alabar independientemente del comportamiento, recibir premios sin estar relacionados con sus acciones. De esta forma artificiosa se puede conseguir que los niños se sientan bien, pero se les hace consentidos y no se les prepara sólidamente para enfrentarse a una realidad testaruda y frustrante.

Una autoestima saludable no consiste en decirse constantemente lo valioso que soy. Hay que promover por el contrario una autoestima ganada, merecida. Los padres harían un gran servicio a sus hijos ayudándoles a desarrollar habilidades para actuar con responsabilidad personal y preocuparse por los demás. 

Los niños necesitan aprender a identificar, expresar y controlar sus sentimientos, a controlar sus impulsos y a demorar la gratificación, a manejar las situaciones de ansiedad y a perseverar frente a los reveses y dificultades de la vida, mantener el interés aunque no les guste el trabajo que tienen que hacer. 

El niño que adquiere el dominio de sí mismo, se responsabiliza de sus acciones y se esfuerza por alcanzar metas valiosas, estará preparado para afrontar los retos de la vida en su trabajo y en las relaciones sociales, y la autoestima vendrá sola. La nadadora Teresa Perales, poseedora de 27 medallas olímpicas y 20 medallas en los campeonatos mundiales, recomienda: “No pidas una carga ligera, pero tampoco penalidades, pide una espalda fuerte capaz de sobrellevarlas.”

Con frecuencia, somos más felices cuando nos implicamos en actividades que no nos hacen pensar en nosotros mismos. Paradójicamente, la autoestima positiva se desarrolla cuando uno se olvida de sí mismo. 

 

(Publicado en el semanario La verdad el 25 de marzo de 2022)

viernes, 1 de abril de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (22)

LA IMPORTANCIA DE LA AUTOESTIMA


 

Una de las claves de la ‘educación afectiva’ es el desarrollo de una valoración ajustada de uno mismo. Ello implica conocer las propias fortalezas y debilidades de manera realista, mostrarse seguro de sí mismo en la realización de tareas y actividades y en la relación con los demás, de manera que al juzgar y al expresarse prevalezca la asertividad, así como una aceptación natural de las observaciones y las críticas. 

La imagen que tenemos de nosotros mismos, el autoconcepto, se empieza a adquirir en los primeros meses, al percibir cómo nos valoran los demás: según nos tratan, así nos sentimos. A partir de esa imagen, que vamos perfilando con el paso de los acontecimientos, adquirimos una mayor o menor confianza en nosotros mismos, a la que llamamos autoestima.

La autoestima está en la base de nuestra personalidad. Uno se siente capaz, valioso o, por el contrario, inseguro, indigno, poco valioso. Todo empieza con el sentimiento de confianza básica, sobre todo en el primer año y medio de nuestra vida. El bebé recibe el calor del cuerpo de la madre y sus cuidados amorosos y se siente en cierto modo “centro del universo”. La presencia o ausencia de este sentimiento básico influirá significativamente en el desarrollo emocional y social del niño. Según Erikson, desarrollar este sentimiento básico lleva a percibirse como alguien que “vale” para los demás; por el contrario, no haberlo hecho origina una imagen y valoración de sí mismo inestable e insegura. En consecuencia, la vida aparecerá como algo estimulante y positivo o, por el contrario, como algo negativo y hostil.

A continuación, a partir del año y medio, es bueno que sobrevenga la conciencia de los propios límites, darse cuenta de que hay que compartir nuestro escenario con otras personas que también reivindican su lugar y sus derechos, lo que irá aportando un sentido de la realidad y de los propios deberes, absolutamente necesario para evitar caer en el egocentrismo y la dependencia afectiva.

Las personas con alta autoestima tienen una visión de sí mismas bien articulada y positiva, se conocen mejor. Confían en sus fuerzas, capacidades y virtudes, por lo que se muestran activas, asertivas y motivadas para buscar el éxito; muestran mejor rendimiento en muchas áreas de su actividad y en sus relaciones. 

Las personas con baja autoestima, por su parte, muestran inseguridad acerca de sí mismas y en sus capacidades; son más inestables, dependen mucho del juicio ajeno, de hechos concretos, se sienten más vulnerables y muestran más dificultades para enfrentarse a la adversidad. Están más motivados por evitar el fracaso, el rechazo, la humillación, que por alcanzar el éxito. Son por ello más dependientes. 

Para ayudar a un niño o una niña a que mejore su autoestima, lo primero que hay que hacer es ganarse su confianza, asegurándole que nuestra estima es incondicional y que no depende de su éxito o fracaso. Ayudará responder a sus necesidades, jugar con él o ella, implicarle en las tareas de ayuda en casa, reconocer y alabar sus éxitos, ofrecerle ayuda adecuada -nunca excesiva-, alentarle a que se conozca y se acepte, a explorar y consolidar sus capacidades y, a partir de aquí, a que se arriesgue, con cierta cautela. El miedo sólo desaparece afrontando el miedo.

Es muy importante, en suma, aprender a tolerar la frustración. Pero de esto hablaremos seguidamente. 

 

               (Publicado en el semanario La Verdad el 18 de marzo de 2022)