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jueves, 28 de noviembre de 2013

El problema moral de la violencia doméstica


“A muchos les sorprende que no disminuya la llamada violencia de género en nuestra sociedad y que se incremente el número de casos entre los más jóvenes… Les enseñamos a reírse de la moral y luego nos sorprendemos de que sean inmorales. No parece muy consecuente.”





En su esencia la violencia llamada “de género” es un problema moral: cuando un ser humano acude a la violencia para relacionarse con otro, se hace patente que subyace a esa conducta un déficit de valoración de la dignidad humana del sujeto pasivo. Eso sucede en la violencia en la pareja, en el aborto, en la explotación laboral, en la prostitución, en el terrorismo, en la pedofilia, en la violación, etc. Alrededor de ese déficit moral puede haber muchas otras cosas: machismo, racismo, egoísmo supino, alcoholismo, patologías siquiátricas, etc. Cuando se pretenden resolver estos problemas de conductas violentas atendiendo solo a estas últimas causas sin atender al problema moral de fondo normalmente se logran efectos muy limitados.

A muchos les sorprende que no disminuya la llamada violencia de género en nuestra sociedad y que se incremente el número de casos entre los más jóvenes. A mí no me sorprende, pues junto a las siempre discutibles medidas estructurales y policiales arbitradas, en paralelo estamos ayudando a extender el relativismo moral entre nuestros jóvenes; se les está diciendo que nada es bueno o malo en sí mismo, que lo importante es la autosatisfacción y buscar el propio bienestar como sea, que las consideraciones morales son una estupidez de trasnochados, que cada uno debe crearse a su medida sus principios éticos pues en esta materia no hay nada objetivo ni permanente, que tienen derecho a obtener placer y conseguir satisfacer sus deseos como sea... Les enseñamos a reírse de la moral y luego nos sorprendemos de que sean inmorales. No parece muy consecuente.

Solo con leyes y políticas no se crea el humus moral de una sociedad capaz de erradicar la violencia. Para caminar de manera sostenida hacia formas más humanas de convivencia hacen falta fuertes motivaciones éticas prejurídicas y prepolíticas, especialmente –por su eficacia transformadora de la conciencia- las de raíz religiosa, como hasta Habermas reconoció ante Ratzinger. A las leyes y políticas justas les corresponde reforzar ese sustrato moral previo que ellas no pueden crear por sí mismas.

Como escribió C.S. Lewis, si todos nos reímos de quien dice “esto es justo”, solo queda quien dice “yo quiero”. Es decir, si despreciamos la objetividad de la verdad moral sobre el hombre, solo queda el voluntarismo descarnado del poder individual o colectivo, el “yo quiero” como única regla de conducta. Así no acabaremos ni con la llamada “violencia de género” ni con ninguna otra forma de explotación.

© PáginasDigital.es

domingo, 3 de febrero de 2013

LA CONCIENCIA DE CULPA ES UNA FORMA INDISPENSABLE DE LIBERTAD

He aquí un texto provocador e irónico, profundo y a la vez luminoso, de mi admirado Fabrice Hadjhadj. Lo he dividido en dos partes: 

1) Sobre la necesidad de sentirse culpable, que es muy sana (cuando es verdadera)

2) Sobre el conocimiento del mal moral (agudísimo texto)




La peor ceguera es la de quien se niega a reconocer que la diferencia 
entre el bien y el mal no es consecuencia del propio deseo.
(Imagen: R. Magritte: Los amantes)

- I -

" La gran consigna es que nadie se sienta culpable. Si no, uno quedaría afectado. Se encontraría uno de golpe con una vida interior. ¿Para qué sirve tal cosa si se trata de trabajar como un burro para que funcione el mercado? ¿A santo de qué ese sentimiento de impotencia radical que me obligaría a abrirme a una Potencia trascendente, cuando lo que hace falta es un ganador, preparado para pisotear a la competencia sin ningún estado de alma? La conciencia de pecado sería un grave obstáculo para la globalización. Lo ralentizaría todo. Conformaría seres demasiado profundos, incapaces de evolucionar con facilidad en una gran superficie. Y además, se correría el riesgo  de hacerlos receptivos a la alegría, es decir, poco accesibles a las delicias de la gran distribución comercial. Tenemos tal miedo a "culpabilizar" que dejamos que los corazones se pudran insensiblemente...

Reconocer la propia enfermedad es el comienzo de la salud. Confesar el propio pecado es el principio de la santidad. La conciencia de pecado, lejos de encerrarnos en la tristeza, nos libera para un gozo soberano. No nos repliega sobre nosotros mismos, como el remordimiento, nos abre al otro en la medida en que suplica su perdón. El que permanece en el remordimiento ve su pecado sólo a medias, puesto que lo ve solamente en la penumbra de su orgullo: la emprende consigo mismo, se condena y acaba por colgarse, como Judas. El que está en el arrepentimiento sufre y siente amargamente su culpa, pero entra humildemente en la comunión y en la acción de gracias."


- II - 


Fotograma de la película "La lista de Schindler". 
En la escena, el protagonista ha tomado conciencia del valor de "cada uno" de los seres humanos a los que ha salvado o podría haber salvado.


"El orgulloso ya no sabe lo que es el orgullo, e incluso llega a creer que es muy humilde. El nazi ya no se da cuenta del horror de los campos de concentración, e incluso está convencido de servir a la humanidad. Puesto que el mal es privación del bien, no podemos conocerlo en profundidad más que conociendo y amando el bien que arruina. Si yo ignoro lo que es la salud, no puedo comprender las devastaciones de la enfermedad. Si no sé lo que es la dignidad de un niño, si no lo amo como es debido, ¿cómo va a ser sensible mi alma al mal que pueda afectarlo? Quien reconoce exactamente al mal como mal es el santo, mientras que el malvado lo desconoce radicalmente, puesto que lo toma como un bien para él. Quien se reconoce como pecador es el penitente, mientras que el pecador que no se arrepiente cree ser mejor que los demás. Sólo a la luz de la misericordia descubrimos realmente nuestro propio pecado. Únicamente en el doloroso despertar de la conciencia moral tomamos conciencia de él."

Tenga usted éxito en su muerte.  
Nuevo Inicio, Granada 2011, págs. 281-284