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domingo, 3 de febrero de 2013

LA CONCIENCIA DE CULPA ES UNA FORMA INDISPENSABLE DE LIBERTAD

He aquí un texto provocador e irónico, profundo y a la vez luminoso, de mi admirado Fabrice Hadjhadj. Lo he dividido en dos partes: 

1) Sobre la necesidad de sentirse culpable, que es muy sana (cuando es verdadera)

2) Sobre el conocimiento del mal moral (agudísimo texto)




La peor ceguera es la de quien se niega a reconocer que la diferencia 
entre el bien y el mal no es consecuencia del propio deseo.
(Imagen: R. Magritte: Los amantes)

- I -

" La gran consigna es que nadie se sienta culpable. Si no, uno quedaría afectado. Se encontraría uno de golpe con una vida interior. ¿Para qué sirve tal cosa si se trata de trabajar como un burro para que funcione el mercado? ¿A santo de qué ese sentimiento de impotencia radical que me obligaría a abrirme a una Potencia trascendente, cuando lo que hace falta es un ganador, preparado para pisotear a la competencia sin ningún estado de alma? La conciencia de pecado sería un grave obstáculo para la globalización. Lo ralentizaría todo. Conformaría seres demasiado profundos, incapaces de evolucionar con facilidad en una gran superficie. Y además, se correría el riesgo  de hacerlos receptivos a la alegría, es decir, poco accesibles a las delicias de la gran distribución comercial. Tenemos tal miedo a "culpabilizar" que dejamos que los corazones se pudran insensiblemente...

Reconocer la propia enfermedad es el comienzo de la salud. Confesar el propio pecado es el principio de la santidad. La conciencia de pecado, lejos de encerrarnos en la tristeza, nos libera para un gozo soberano. No nos repliega sobre nosotros mismos, como el remordimiento, nos abre al otro en la medida en que suplica su perdón. El que permanece en el remordimiento ve su pecado sólo a medias, puesto que lo ve solamente en la penumbra de su orgullo: la emprende consigo mismo, se condena y acaba por colgarse, como Judas. El que está en el arrepentimiento sufre y siente amargamente su culpa, pero entra humildemente en la comunión y en la acción de gracias."


- II - 


Fotograma de la película "La lista de Schindler". 
En la escena, el protagonista ha tomado conciencia del valor de "cada uno" de los seres humanos a los que ha salvado o podría haber salvado.


"El orgulloso ya no sabe lo que es el orgullo, e incluso llega a creer que es muy humilde. El nazi ya no se da cuenta del horror de los campos de concentración, e incluso está convencido de servir a la humanidad. Puesto que el mal es privación del bien, no podemos conocerlo en profundidad más que conociendo y amando el bien que arruina. Si yo ignoro lo que es la salud, no puedo comprender las devastaciones de la enfermedad. Si no sé lo que es la dignidad de un niño, si no lo amo como es debido, ¿cómo va a ser sensible mi alma al mal que pueda afectarlo? Quien reconoce exactamente al mal como mal es el santo, mientras que el malvado lo desconoce radicalmente, puesto que lo toma como un bien para él. Quien se reconoce como pecador es el penitente, mientras que el pecador que no se arrepiente cree ser mejor que los demás. Sólo a la luz de la misericordia descubrimos realmente nuestro propio pecado. Únicamente en el doloroso despertar de la conciencia moral tomamos conciencia de él."

Tenga usted éxito en su muerte.  
Nuevo Inicio, Granada 2011, págs. 281-284



jueves, 6 de diciembre de 2012

UNA ESPERANZA QUE ROMPE MI ORGULLO

UNA ESPERANZA QUE ROMPE MI ORGULLO

(Fabrice Hadjadj: Tenga usted éxito en su muerte
Nuevo Inicio, Granada, 2011, pág. 81)

     "Deseo la felicidad, pero mi muerte y mi impotencia me muestran que yo no podría procurármela por mí mismo: tengo que esperarla de otro. Y ese otro no puede ser solamente otro hombre, tan limitado y falible como yo. Tengo que apelar a una potencia de lo alto. El tiempo me lleva a la paciencia y a la plegaria. La esperanza a que me obliga remite de mí mismo a una alteridad radical: es una esperanza que rompe mi orgullo y que me invita, desde ahora, a abrirme a los demás y, por encima de todo, al Otro salvador. No lo digo por ser judío. Tampoco por ser cristiano. Es un hecho real. O mejor, es que la realidad es judeocristiana. Yo no tengo nada que ver. Intenté, en otro tiempo, hacer que se pareciera a mis mejores sentimientos, convertirla al agnosticismo. No tuve éxito."


NOTA: Fabrice Hadjadj (Nanterre, Francia, 1971), de padres de ascendencia judía e ideología maoísta. En su juventud se acercó al pensamiento de Nietzsche. Convertido al catolicismo en 1998, se dice a veces "un judío de nombre árabe y de confesión católica". Es uno de los filósofos más leídos -y más lúcidos- del panorama actual.

sábado, 12 de noviembre de 2011

LA VERDAD NOS IMPORTA, Y MUCHO




El tema de la verdad es uno de los más olvidados en momentos históricos de crisis y desorientación general. Así ocurre, por ejemplo, en épocas en las que lo útil, o lo que lleva al triunfo, se considera más valioso que dar con la verdad. Es lo que acontecía, por ejemplo, en Atenas en el siglo V a. Jc., cuando se extendió la enseñanza de los sofistas, maestros de la elocuencia y del arte de convencer, para quienes lo importante de una argumentación o de un razonamiento no era que fuese verdadero o que se basara en lo que era justo, sino que resultase convincente al auditorio. Para ello bastaba con acudir a palabras bellas o a fórmulas de persuasión eficaces, aunque fuesen falsas o inicuas. La verdad se vio sustituida por la fuerza persuasiva de las opiniones.
Ante un panorama que llevaba a la corrupción de los ciudadanos y a la degeneración de la democracia ateniense, Sócrates propuso otra forma de mirar al mundo y de resolver los problemas de la ciudad. La llamó filosofía. Y de su labor se siguió la aparición de los filósofos más grandes de Grecia: Platón y Aristóteles, entre otros. Será sobre todo con Sócrates y con Platón cuando se empezará a considerar la filosofía (y la ciencia) como una indagación rigurosa y apasionada para saber lo que las cosas son. Es decir, como una búsqueda racional de la verdad.
Hoy, como entonces, se cruzan multitud de opiniones diversas acerca de casi todos los asuntos humanos. No faltan tampoco los sofistas en nuestro tiempo. Su influencia es sin embargo mucho mayor, porque los medios de comunicación pueden difundir cualquier opinión con mayor eficiencia que nunca. Por eso es tiempo de pensar en la importancia de que la verdad sea el criterio supremo acerca del valor de nuestros conocimientos y de nuestras más importantes inquietudes. Porque saber es conocer lo que las cosas son de verdad.
Nos interesa la verdad acerca de todo. Porque averiguar la verdad acerca de algo, es saber lo que ese algo es realmente. Averiguar la verdad de un acontecimiento por ejemplo, es saber qué es realmente lo que ocurrió. Como apunta J. R. Ayllón: “¿Qué hace bueno el diagnóstico de un médico? ¿Qué hace buenas la decisión de un árbitro y la sentencia de un juez? Sólo esto: la verdad. Por eso, una vida digna sólo se puede sostener sobre el respeto a la verdad.”
No es indiferente el hecho de que las cosas sean lo que son y que, al saber en qué consisten, podamos atenernos a ellas; o que no lo sean, y que no sepamos entonces a qué atenernos. No es lo mismo, por ejemplo, que un alimento esté intoxicado o que sea perfectamente sano, que tal persona en la que confío sea leal o no lo sea. De lo que sabemos depende nuestro modo de vivir.

No es sólo una cuestión teórica
Pero en la búsqueda de la verdad se pone en juego absolutamente todo el ser humano, no es un asunto meramente teórico sino que afecta a toda nuestra vida. Preguntarse por la verdad y por el modo de alcanzarla es preguntarse por el modo de no engañarnos acerca de los asuntos cotidianos, pero también por el acceso a las grandes cuestiones, aquellas en las que se pone en juego lo más profundo y lo más auténtico de nosotros mismos.
Es claro que hay asuntos o aspectos de la realidad que tienen una mayor importancia que otros, y por eso la verdad que podamos alcanzar en el conocimiento de esos temas o aspectos será más o menos importante, de acuerdo con ello. No es humano, ni siquiera es posible de modo permanente, vivir en falso. Fallar en la vida es la mayor frustración, y frustrar la vida es la mayor de las tragedias posibles.


Hablamos de la realidad

Hay algo que se da por supuesto cuando se adquiere un conocimiento sobre cualquier aspecto de la realidad, tanto si se trata de algo espectacular y trascendente como si se trata de algo pequeño y cotidiano, y es que ese conocimiento es verdadero.

Mientras se da por supuesto que aquello que sabemos y conocemos –no lo que creemos saber simplemente, sino lo que nos consta que es así- es verdadero, todo va bien. Pero no siempre acertamos al intentar conocer ciertas cosas, y esto con frecuencia es fruto de un gran esfuerzo de aprendizaje, de observación o de reflexión. Y no todos lo llevan a cabo. Por supuesto, a menudo nos vemos obligados a rectificar en cuestiones que pensábamos que eran de una manera y luego han resultado ser de otra. Por ejemplo, pensábamos que el 6 de diciembre había clase y caemos en la cuenta de que no es así, o que tal persona que decía querernos, en realidad se estaba aprovechando de nosotros, etc. La ignorancia y el error, la apariencia y el afán de poder “rodean” a la verdad por todos lados.
Sin embargo, si lo pensamos bien, la verdad misma no desaparece. Cuando advertimos haber cometido un error, no es que antes lo que pensábamos fuera verdadero y ahora ya no lo sea. Cuando advertimos un error lo hacemos ante una verdad que lo desmiente, que lo hace inaceptable. Dicho de otro modo, nos “desengañamos”. Estábamos engañados al tomar como verdadero lo que en realidad era falso, y salimos de nuestro error porque hemos averiguado la verdad.
Conocer algo es acceder a lo que ese algo es. Si, por ejemplo, advertimos ciertos síntomas inhabituales en nuestra salud que podrían ser los de una enfermedad, buscamos que alguien que sabe acerca del asunto, normalmente un médico, nos diagnostique lo que realmente nos pasa, y nos indique qué remedio o tratamiento puede acabar con la enfermedad y con sus síntomas. Vivimos en función de lo que conocemos; si no nos atenemos a lo que son las cosas, nuestra vida, que discurre en relación con ellas, resultará inviable.
Conocer y saber es alcanzar la verdad acerca de algo de manera bien fundada. Todas las formas de conocimiento que están a nuestro alcance nos ofrecen algún aspecto de la realidad, y podemos decir que sabemos o conocemos una cosa cuando sabemos de verdad lo que es o, dicho de otro modo, cuando sabemos lo que es realmente.
Un pensamiento nuestro, una suposición, cualquier idea o juicio que no fuese verdadero, no sería propiamente un conocimiento. Conocemos algo cuando conocemos la verdad acerca de ello. Tomar como verdadero algo que no lo es, es lo que llamamos un error, una propuesta que no se ve confirmada por la realidad, que no se adecua a ésta. Así, “2+2 = 7” no sería un conocimiento, sino, en todo caso, un mero pensamiento, erróneo, claro está.
Si es esencial al conocimiento –y a la vida humana- dar con la verdad acerca de cualquier acontecimiento o asunto, lo es más en el caso de aquellas grandes cuestiones de las que dependen muchas otras; esas que llamamos las “cuestiones últimas”, como la dignidad humana, qué significa ser persona, las grandes cuestiones morales o las relativas al sentido de la vida, a la existencia y naturaleza de Dios, etc.
Es especialmente importante buscar y alcanzar la verdad acerca de las cuestiones cruciales de la existencia, y avanzar hacia la fuente de la que mana el sentido y el valor de la realidad, aquello que hace a las cosas ser lo que son, su fundamento último. A eso es a lo que siempre se llamó sabiduría.

No es lo mismo, no.
Lo básico en todo esto es comprender que no es indiferente que una afirmación sea verdadera o falsa, esto es, que responda o no a la realidad. Por ejemplo, no nos es indiferente que el diagnóstico del médico acerca de nuestro estado de salud sea erróneo o no, que la persona a la que amamos nos corresponda o no; no nos comportamos de igual modo ante un agresor que ante un amigo, etc.
La diferencia entre lo verdadero y lo falso, atenerse a la realidad de las cosas, ha de ser independiente de nuestros gustos e intereses.  Hay veces en las que la verdad (la realidad) no es como a nosotros nos gustaría. No aceptarlo es no querer madurar, algo parecido a lo que pasa con esos “adolescentes” de cincuenta años que no aceptan la realidad y viven frustrados por no querer descabalgarse de sus deseos o de sus apetitos.
Todo esto parecería elemental, pero en muchas ocasiones se mezclan los sentimientos y las pasiones, y enturbian la capacidad de juicio.
Por lo demás, a veces hay cuestiones que no son nada fáciles. Hay cosas que tomamos por verdaderas y en realidad no lo son, sólo lo parecen. O podemos ser engañados por otros, que mienten, tergiversan hechos, ocultan datos... No faltan quienes desconfían de poder hallar la verdad y prefieren otras alternativas: seguir sus apetencias, o el parecer de la mayoría, dejarse llevar por la moda o por la persuasión con la que el mensaje se presenta, tener sólo en cuenta lo que resulte útil, etc. Es decir, que se puede ser infiel a la realidad, a veces de forma inevitable –en el caso de un error involuntario, por ejemplo-, pero también otras de forma deliberada.
Pero hay más aún. Se puede conocer la verdad acerca de un hecho o sobre el valor de una acción, pongamos por caso, y no ser consecuente con lo que se sabe. Una persona puede tener muy claro que no debe ser desleal, pero quizás murmura de sus amigos ante otras personas. Es decir, no es lo mismo conocer la verdad que vivir de acuerdo con ella. Hace falta para ello una disposición moral a menudo costosa.
Además está el relativismo. La pretensión de que la verdad es algo puramente subjetivo: cada cual tiene “su” verdad, que normalmente no tiene por qué coincidir y no coincide con la de los demás. Y por lo tanto no habría pautas universales de conocimiento ni de conducta para todos los seres humanos. Lo malo del relativismo es que no se presenta como una postura “relativa”, sino “absoluta”: “es verdad que cada uno tiene ‘su’ verdad…, con lo que se incurre en contradicción. Al relativista le importa el relativismo, porque piensa que el relativismo es verdadero. Esto es tan interesante  que tendremos que volver despacio sobre ello en otra ocasión. Pero volvamos a lo que nos preocupaba: que no es lo mismo –ni posible–  que algo sea verdadero y falso al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto.
El interés por la verdad es constitutivo de la inteligencia, de toda inteligencia humana, pero también también de la persona misma en todo su dinamismo vital. No podemos conocer ni vivir sin verdad.
Pongamos algunos ejemplos:
Si voy a unos almacenes y pido un reproductor de DVD y me traen varios aparatos convencionales para reproducir cintas, puedo precisar: “-La verdad es que yo quería un aparato que sirva para DVD”. Con ello deseo aclarar a qué se ajustaba mi petición.
Supongamos que en el informativo de la televisión se ofrece esta noticia: “Se ha esclarecido por fin la verdad acerca de la desaparición del joven actor...” Con ello se da a entender que se ha averiguado lo que ocurrió en realidad y que nos lo van a contar tal y como fue.
Otro ejemplo, éste quizás más cercano. El profesor de Filosofía puso un examen la semana pasada y preguntó los requisitos de una buena definición. Lo habíamos tratado en clase y pude consultar además dos libros al respecto. Además yo había estudiado, no soy tonto y me lo sabía de miedo. He puesto en el examen lo que se pedía y... ¡va, y me suspende! Pido revisión del examen al profesor, que vuelve a corregirlo y reconoce que se ha equivocado al calificar. La verdad estaba de mi lado.
Decía San Agustín que “algunos pueden engañar, pero a ninguno nos gusta ser engañados”. Es decir, que todos aspiramos a saber la verdad y contamos con ella, aunque no siempre la alcancemos o estemos dispuestos a aceptarla.



No se puede saber todo completamente, pero…
Ya hemos advertido que conocer las cosas completamente, hasta el fondo, es muy difícil y en muchos casos imposible. Todos los caminos de la realidad no pueden ser recorridos totalmente, y menos aún por una sola persona. Nuestras verdades –los conocimientos verdaderos que podemos alcanzar- no son completas normalmente, y en ocasiones aparecen mezcladas con errores. Hay otras cosas que no sabremos nunca.
Es verdad, hay diferentes caminos en la realidad. La realidad es, por así decir, poliédrica. Podemos averiguar cosas distintas acerca de lo mismo. Pero si lo averiguado se corresponde con la realidad, no puede existir contradicción en ello. Lo que normalmente ocurre es que muchas verdades son complementarias de otras. Por ejemplo: puedo averiguar que tal persona es de raza negra, que tiene un excelente humor, que su edad es de 41 años, que su religión es la musulmana, que trabaja como abogada, que es madre de tres hijos, que tiene problemas con la hipoteca de su casa o que es muy feliz en su matrimonio… Todo ello son facetas acerca de la misma persona, de las cuales podemos tener mayor o menor conocimiento. Pero ninguna de ellas invalida a las demás. La verdad es, por expresarlo con el título de un gran libro, “sinfónica”.
No lo sabemos todo acerca de todo. Obvio. La realidad nos pone límites, y nuestro conocimiento también los tiene, pero éste puede ir alcanzando “zonas de verdad” sobre las cuales podemos comprender el mundo y a nosotros mismos hasta cierto punto, y todo lo que podamos averiguar posteriormente vendrá a completar esas zonas y a clarificarlas –en eso consiste la educación, el avance de las culturas y de la propia humanidad-. Pero nunca una verdad podrá contradecir o excluir a otra.
Pretender que la verdad es inalcanzable –aunque haya cosas que no averiguaremos nunca- significa cortar el vínculo entre la inteligencia y la realidad. Defender esa vinculación que abre a los seres humanos a la sabiduría y los libra del error y de la ignorancia, y les hace confiar entre sí, es tarea de la Filosofía (amor al saber), pero también afecta a todos los órdenes en los que discurre nuestra vida, porque la verdad es condición del conocimiento, y fuente de sentido y de orientación para la vida. Sólo con ella el mundo puede ser habitable.
Suele decirse que “errar es humano”, y así es; pero sólo es plenamente humano vivir en la verdad. Además, dicho sea de paso, el error supone en todo caso la existencia de la verdad.
Buscar la verdad es desear saber, querer encontrarla. Pero para saber a qué atenerse en la vida, y para vivir de acuerdo con lo que las cosas son, hace falta amar y buscar la verdad, e incluso defenderla. La verdad se esconde del que no la ama. Pero aún así, a veces nos sale al encuentro inesperadamente y de forma tozuda. No aceptarla es querer vivir en otro mundo, y un síntoma de inmadurez.
La ignorancia implica ausencia de libertad, incapacidad para afrontar el mundo de forma inteligente, realista. Más aún si es consentida. Uno de los mayores errores de nuestro tiempo es pensar que la democracia es incompatible con la verdad. La única forma de superar el error y la ignorancia es el binomio indisoluble formado por el conocimiento y la humildad. No olvidemos aquello que alguien dijo: ser humilde no es sino aceptar la verdad. A.J.


sábado, 4 de junio de 2011

La belleza interior

(Palabas de despedida en el acto de graduación de los alumnos de 2º de Bachillerato, IES BASOKO, 3 junio 2011)

 
           En la obra de Pérez Galdós, Marianela, la protagonista le pregunta al ciego al que guía si sabe distinguir el día y la noche. Él contesta: 'Es de día cuando estamos juntos tú y yo; es de noche cuando nos separamos...'
      En la novela, Marianela es una joven deforme por un accidente que tuvo de pequeña. Solo su amigo ciego podía ver la belleza de su ser interior, sin quedarse en la superficialidad de la cara y el cuerpo contrahechos. La ceguera de los ojos físicos había proporcionado luz a sus ojos interiores para ver a los demás. No juzgaba por la impresión sensible o desde la vanidad, juzgaba acerca de la belleza según la talla moral de la persona.

       Interesante forma de apreciar el mundo. Una lección serena para una sociedad como la nuestra –esa que, ya mayores de edad o casi…, os disponéis a afrontar desde hoy- tan preocupada por las apariencias y el cuidado estético, y paradójicamente tan superficial en el cultivo y el aprecio de la interioridad.
       Vemos, en efecto, cómo muchas mujeres y cada vez más hombres tienen la tendencia a encajar en el molde de “belleza” establecido por las tendencias sociales de la época.
       El propósito de esta interminable búsqueda, y el objeto para el cual se busca, suelen ser olvidados: ¿Qué belleza se busca? ¿La del aparecer o la del ser? ¿La del cuerpo o la del corazón?
       Vemos hoy en día rostros con sonrisas artificiales, operaciones quirúrgicas para evitar las arrugas, liposucciones, inyecciones de silicona para moldear cuerpos que no tienen otro defecto que el desgaste natural del tiempo. Nos han vendido una imagen de mujer, en la que se valora su apariencia…, pero se olvida uno de “ella” -de la persona- (y lo mismo pasa con el hombre). A fuerza de ver modelos esbeltas, sin ningún defecto externo, con medidas casi imposibles... hemos aceptado que el ideal de belleza que nos permite entrar por la puerta grande del mundo es parecerse a un prototipo de muñeca (o muñeco) de juguete.
       Y aunque muchos tal vez asentimos al oír ideas como estas, e incluso criticamos el uso que se hace de la mujer en la publicidad, al final también nosotros identificamos juventud y belleza, porque nuestro ideal estético también se reduce a menudo a lo superficial y sensible. ¿Dónde está la luz del día interior del que hablaba el ciego a Marianela? ¿Por qué no la vemos?
       Porque esa luz hay que buscarla con ojos interiores, en silencio, y en la quietud que permite descubrir lo invisible, lo que es realmente valioso.
       El rostro de un hombre o de una mujer que ha sido marcado por las numerosas tormentas de la vida puede ser hermoso. Sea cual sea su edad, la belleza de una mujer que ha resistido las dificultades de la vida brilla con un esplendor que irradia ternura y majestad. Hay rostros de mujeres ancianas y de hombres tallados por el paso de los años que transmiten algo que no se vende, que no puede aportarnos una inyección de botox: una belleza pacífica, serena. Esa belleza –a diferencia de la otra- crece con el tiempo, porque el tiempo aquilata y purifica lo que nos hace grandes: la sabiduría y la capacidad de amar que posee el ser humano.
       Por eso un rostro anciano puede ser atractivo. Quizás detrás de esos ojos compasivos, se esconden muchas lágrimas, detrás de esas arrugas no maquilladas se oculta mucho dolor porque el amor es donación, es buscar el bien objetivo del otro, olvidarse a menudo de uno mismo; y por eso, muy a menudo, el amor duele. El amor no es un maquillaje que se quita por la noche; su huella en la persona es indeleble y no se borra, al contrario, se acentúa con el paso del tiempo.

       La vida del hombre o de la mujer que ha aprendido las lecciones de la vida es verdaderamente hermosa, aunque su cabello luzca blanco, o tiemblen ya sus manos.

      Sí, es verdad. Hay una belleza que una mirada simple no puede captar. Porque “lo esencial es invisible a los ojos, y sólo se ve bien con el corazón.” (St. Exupéry)
      Marianela le preguntaba al ciego si sabía distinguir el día y la noche. «Es de día cuando estamos juntos tú y yo; es de noche cuando nos separamos». Es Marianela la que hace bello el día, sin darse cuenta tal vez. Y es su ausencia la que priva al ciego de la luz. ¿No habéis pensado que todo lo que aprendáis de bueno y de valioso en la vida os compromete a hacer un mundo mejor y más bello... para los demás, para quienes se encuentren con vosotros en el camino de la vida?

      Hay una página –entre otras muchas magníficas- en El Quijote, que encierra una lección de sabiduría de la que quiero hoy hacerme eco para vosotros, y que tiene mucho que ver con esa belleza interior de la que os hablo.

       La cruel chanza de unos duques les lleva a conceder a Sancho Panza el gobierno de una ínsula.  Don Quijote se apresta a ofrecer consejo a su escudero para enfrentarse a ese mundo de responsabilidades y desafíos que le espera.

      “Primeramente, ¡oh hijo!, -le dice- has de temer a Dios, porque en el temerle está la sabiduría y siendo sabio no podrás errar en nada. Lo segundo, has de poner los ojos en quién eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey… (y acabó reventando)

      »Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores, porque viendo que no te avergüenzas, ninguno se pondrá a avergonzarte, y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio… No hay para qué tener envidia a los que padres y abuelos tienen que son príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se gana, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale.” (II parte, Capítulo XLII)

Sé perfectamente que estas recomendaciones a algunos les parecerán hilarantes, y hasta ofensivas. Como decía aquel torero: “Tiene que haber de tó”.

Me he atrevido sin embargo a hablaros de la belleza del corazón, porque es lo que deseo -como maestro que me gustaría haber sido vuestro- para vosotros y con toda mi alma. Mirad: el humilde es feliz con todo. El soberbio no es feliz con nada.

Ayer mismo hablaba con un amigo a quien muchos de vosotros sé que tenéis un gran aprecio; y a propósito de mis sentimientos hacia vosotros, con los que me gustaría representar a todos y cada uno de mis compañeros profesores –y también a vuestros padres-, me decía: “No esperes ni desees que sean tus alumnos los que te lo agradezcan. Que tu mayor gozo sea que un día lo haga alguno de sus hijos.” Que fueran ellos –vuestros hijos-, los que un día nos agradecieran lo que hicimos –o intentamos hacer- por sus padres, por vosotros.

Amigos míos, indignaos, pero no acampéis en la indignación. Aspirad a mejorar y embellecer el mundo, sí, pero empezad por vosotros mismos. Dentro.

Hasta siempre.





sábado, 14 de mayo de 2011

EL VOLUNTARIADO: AYUDAR PORQUE TÚ ME IMPORTAS (Y PORQUE ME DA LA GANA)

La vida no vale nada si yo me quedo sentado,
después que he visto y soñado que en todas partes me llaman.
Pablo Milanés

             Entregar tiempo es entregar vida. Esto es lo que define lo mejor de un fenómeno socialmente emergente, que manifiesta que en el corazón de muchas personas late un deseo de aportar algo de sí mismas y de comprometerse para hacer un mundo mejor. No quieren ser solidarios de manera ocasional, se trata de convertir la solidaridad en una forma diferente de vivir. Es el voluntariado.
            Ha habido épocas en las que el servicio generoso y gratuito a personas necesitadas se convirtió en un auténtico fenómeno social. Así ocurrió con el nacimiento en el siglo XIX de muchas órdenes religiosas que gratuitamente se dedicaron a la enseñanza y a la atención de las necesidades sanitarias y asistenciales básicas. A finales de ese mismo siglo surgieron también fundaciones y organizaciones privadas que se dedicaron a atender a los más necesitados: Cruz Roja es un ejemplo muy elocuente.
            Desde finales de los años 70 ha comenzado a hablarse voluntariado para referirse a una forma de actividad más o menos organizada, pero caracterizada sobre todo por la gratuidad, la libertad y la espontaneidad en la ayuda a personas necesitadas.

¿De dónde brota el ser ‘voluntario’?
¿Qué impulsa a un voluntario, hombre o mujer, a dedicar su vida a los demás? Ante todo, un ímpetu innato del corazón, que estimula a todo ser humano a ayudar a sus semejantes. El voluntario siente una alegría muy especial cuando logra dar gratuitamente algo de sí a los demás. Uno de los rasgos esenciales del voluntariado, y en cierto modo su piedra de toque, es que, más allá de los números y de las cifras, le importa el valor efectivo de las personas concretas, porque se ha comprendido que cada persona es importante: el verdadero protagonista en el voluntariado es la persona necesitada a la que se dirige.
            Está muy extendida la sensación de que el mundo se está haciendo cada vez menos habitable. Cuando un voluntario entra en contacto con la realidad del sufrimiento, con la injusticia o el dolor humano, necesariamente ha de posicionarse: “¿Cuál es mi actitud ante la realidad que me rodea? ¿La acepto sin más, como si yo no tuviera nada que aportar al transcurso de los acontecimientos, o tengo que implicarme, salir de mí mismo y ofrecerme a los demás?”. El voluntariado es ante todo un modo de ser que afecta a la globalidad de la persona.


El voluntariado y los valores humanos
            Un voluntario o voluntaria encarna un conjunto de valores humanos que expresan una opción básica por otras personas. El voluntariado, cuando está guiado por una disposición sincera de ayuda a personas concretas, siembra valores incesantemente
            Pero los valores humanos se comprenden y aprecian cuando se viven, y dejan de apreciarse  y  de comprenderse cuando dejan de vivirse.  Por eso se educan desde la práctica.
Se cuenta que en un teatro de la antigua Atenas se celebraba una representación teatral a la que habían sido invitados los embajadores espartanos. Cuando el teatro estaba lleno, entró un anciano y trató inútilmente de hallar sitio libre. Unos jóvenes atenienses que veían los esfuerzos del anciano por acomodarse comenzaron a reírse de él irrespetuosamente. Al ver esto, los embajadores de Esparta, acostumbrados a venerar a sus mayores, se levantaron y ofrecieron sus sitios al anciano. Todo el público del teatro, al presenciar la escena, aplaudió a los embajadores. “-Es curioso, dijo el anciano, los atenienses aplauden las virtudes, pero los espartanos las ejercitan...” La moraleja del cuento es que no basta con “aplaudir las virtudes” o con “sabérselas”: hay que practicarlas, llevarlas a la vida diaria.
Una obra puede ser técnicamente perfecta, pero gana en hondura humana cuando es fruto del amor, y enriquece tanto a quien la recibe como a quien la lleva a cabo. La relación entre una persona necesitada y las dedicadas al cuidado de su salud, al remedio de su ignorancia, o al acompañamiento de su soledad, por ejemplo, requiere una formación técnica suficiente, pero ante todo incorpora aspectos humanos indispensables.

Los valores propios del voluntariado
La acción voluntaria es fuente de valores éticos porque apunta a nobles ideales, busca la elevación de la condición humana en las personas a las que se ayuda y la promueve directamente a través de sus acciones. La acción voluntaria aporta un bien al mundo. El voluntario es una persona que procura cultivar lo mejor de sí mismo para ofrecerlo generosamente a otros. Nada más lejano de la “solidaridad light” de aquellos a los que “les da el punto” y deciden convertirse en voluntarios pero luego sólo aguantan 15 días. Y además se sienten tranquilizados.
      Entre los “valores del voluntariado” cabe destacar:

§         Sensibilidad para captar las necesidades concretas de las personas a las que se ayuda y sentirse apelado por ellas.

§         Libertad madura para ofrecer ayuda a otras personas de forma voluntaria y desinteresada.

§         Generosidad, dar con alegría, salir de uno mismo, alejarse por un momento de las propias necesidades, y dar, dar-se. Es una disponibilidad para la entrega y el servicio.

§         Solidaridad. Actitud básica y virtud por excelencia del voluntariado. Consiste en sentir y asumir como propias las necesidades de otras personas y trabajar por remediarlas como si fueran las propias.

§         Gratuidad, actitud de autodonación sin esperar nada a cambio, con la sola intención de hacer el bien a alguien que lo necesita, no por esperar agradecimiento o consideración alguna.

§         Compromiso y constancia, autoobligarse a ayudar con independencia de tener ganas o no. El compromiso puede ser limitado, pero ha de ser firme.

§         Búsqueda de la justicia, trabajar honestamente en la solución de problemas y situaciones concretas, empeñarse en mejorar el mundo.

§         Empatía, capacidad de comprensión, intentar ponerse en el lugar del otro para ver las cosas como él las ve. Asumir su punto de vista para comprender sus reacciones, para definir y ponderar sus necesidades, y para que se sienta querido y respetado.

§         Responsabilidad. Tomar las cosas como tareas propias y buscar la mejor solución. En lugar de poner pegas, resolverlas lo mejor posible.         

§         Autenticidad, coherencia entre lo que se piensa, se dice y se hace. Supone fidelidad a la propia escala de valores y deseo sincero de hacer el bien, integridad.

§         Respeto y amabilidad. Tratar al otro de acuerdo con su dignidad de persona y hacerle más llevadera y grata su situación con nuestra actitud. Más allá de la tolerancia, el respeto no se reduce a soportar al otro a pesar de lo que no agrada de él, sino reconocerle como un ser valioso y ponerse a su disposición.

§         Fortaleza, vencer el temor, el dolor y la desgana, mantener la serenidad y el autodominio en los momentos difíciles. En sus actividades, los voluntarios se exponen a situaciones dolorosas o injustas. En estas situaciones es importante mantener la fortaleza de espíritu, la ejemplaridad, mostrar energía y entereza, y transmitir aliento, coraje y esperanza.

§         Humildad. Nadie es imprescindible, y el servicio prestado no da derecho a sentirse superior o acreedor en modo alguno. Las personas a las que se ayuda también pueden enseñarnos mucho, tal vez lo esencial. Paciencia para aceptar las limitaciones propias y ajenas, los largos plazos, la falta de colaboración y de resultados tangibles.

Se puede humanizar el mundo
            Cuando un ser humano se halla a la intemperie, sobre todo en el sentido afectivo y personal, cuando se ve realmente solo, tiende a buscar cobijo, protección y seguridad. Esta carencia encuentra remedio en un ámbito de afecto personal donde se puede “estar” porque la cercanía tangible de alguien aviva el calor de la identidad y la conciencia de sí mismo; intensifica el sentido de la propia dignidad.
            Toda persona humana, aunque carezca de salud, de habilidades intelectuales o físicas o de bienes materiales, posee una dignidad irreductible que la hace directamente merecedora de solicitud. Este es el fundamento de la actividad médica, educativa u otras muchas orientadas a la ayuda y cuidado de personas damnificadas o menesterosas. Porque el sufrimiento no reduce la dignidad de la persona que sufre. Para quien entrega su vida y su tiempo generosamente como voluntario, una persona enferma, anciana o impedida, por ejemplo, no merece ser marginada o eliminada porque otros consideren que su vida es una carga y por eso carece de calidad. Antes bien, se hace acreedora de solicitud y de cuidado, porque no es una persona menos digna. Una de las más hermosas constantes en las experiencias de voluntariado es la de comprobar que las personas a las que se ayuda te aportan mucho más que lo que tú les das. En toda relación auténticamente personal se humanizan lo mismo el que da y el que recibe.
            El voluntariado responde a la necesidad de sentido y plenitud que es propia de la persona humana. En el umbral de una época nueva, la sensibilidad que emerge reclama una profunda mirada sobre el valor de cada persona y modos de convivencia donde cada uno pueda dar y recibir, donde el progreso de unos no sea un obstáculo para el desarrollo de los otros ni un pretexto para su exclusión.
            Una expresión de lo que esa mirada significa es precisamente la experiencia del voluntariado, llegar a personas concretas a través de una mirada y unas manos generosas y cercanas. Esas manos y esa mirada hacen concebir la esperanza de que el mundo pueda llegar a ser un día una morada a la medida del ser humano.