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lunes, 2 de marzo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (167)

Y TODO ESTO… ¿PARA QUÉ?

Desciende un punto y medio el porcentaje de alumnos que asisten a clase de religión  católica

Para que la educación cumpla de verdad su propósito resulta fundamental definir los criterios en torno a los cuales se estructura una visión cabal de la realidad. Esta visión será la base para disponer de un modelo conceptual humanizador y para emitir juicios de valor sólidos. La escuela debe transmitir conocimientos y habilidades, pero también ofrecer significados. 

El verdadero objetivo de la educación es ayudar al alumno a establecer referentes que le permitan interpretar la realidad, revisando los modelos conceptuales implícitos y explícitos en cada área del saber. Sin estos referentes el estudiante podrá, como mucho, acumular información, pero no logrará una comprensión profunda del mundo ni sabrá orientarse en lo relativo al bien y al mal.

El ser humano posee una necesidad radical de sentido, evidenciada en su deseo de felicidad y plenitud, especialmente ante la conciencia de la muerte como horizonte inevitable. La muerte es indudablemente el término de esta vida, pero hay algo en el ser humano que mira más allá y que anhela que el horizonte no sea la nada. La educación no debería eludir la apertura a lo trascendente. 

Escribe Aristóteles en su Ética a Nicómaco: “A pesar de no ser más que hombres, no debemos limitarnos, como quieren algunos, a los conocimientos y sentimientos puramente humanos: ni reducirnos, mortales como somos, a una condición mortal; es preciso, al contrario, que en cuanto de nosotros dependa nos desatemos de los lazos de la condición mortal y hagamos todo lo posible por vivir conforme a lo mejor que hay en nosotros”. 

Pero el caso es que en los últimos tiempos se ha recrudecido en ciertos sectores culturales y políticos el deseo de eliminar las clases de religión del ámbito escolar. Esta pretensión se traduce en un acoso constante contra la presencia explícita y confesional del hecho religioso en el currículo educativo.

La estrategia empleada en ocasiones es directa y frontal -partidos que amenazan con denunciar el Concordato entre el Estado y la Iglesia Católica-. En otras se recurre a métodos indirectos: restar valor académico a la asignatura de religión, reducir las horas de impartición, eliminar la asignatura alternativa, denigrar y entorpecer el ejercicio laboral del profesorado de religión... Sería oportuno visibilizar las dificultades y el maltrato que sufre a menudo este profesorado en centros públicos. Cabe recordar que la asignatura de Religión Católica es optativa, nadie está obligado a cursarla si no lo desea.

Este afán hostigador distorsiona tanto el ser como la finalidad de la educación, cuya misión principal es ayudar al alumnado a desarrollarse íntegramente, a adentrarse en la realidad de manera lúcida, responsable y constructiva. La reflexión sobre el “para qué” de la existencia es esencial en el proceso educativo, pues de ella depende la orientación y contenido de la vida personal. 

Las relaciones que cada uno mantiene con Dios, sean cuales sean, se dan en el ámbito más íntimo de la persona, hacia el que el docente debe ser máximamente respetuoso, pero nunca indiferente ni displicente.Negar o ignorar la dimensión religiosa mutila el desarrollo integral del ser humano, ya que sin certezas sobre el fin último de la vida no se pueden establecer criterios sólidos de comportamiento. ¿Por qué he de ser respetuoso en mis juicios y en mi obrar si “da lo mismo”, porque al final “no hay nada”?

(Publicado en el semanario La Verdad el 27 de febrero de 2026)

miércoles, 17 de julio de 2019


Una muerte impuesta por el Estado
Michel Houellebecq

(páginasDigital.es; 17 julio 2019)




El inclasificable, inconformista y agudo novelista francés Michel Houellebecq firma este artículo que ha chocado -y mucho, por tratarse de él- entre los partidarios del pensamiento único. 
Lucidez y coraje para reflexionar con rigor y decir lo obvio sin complejos.

El Estado francés ha logrado imponer lo que perseguía con ahínco y desde hace unos años también varios familiares, la muerte de Vincent Lambert.
Debo confesar que cuando la ministra de “Solidaridad y Salud” (en este caso valoro mucho la solidaridad) presentó un recurso de casación me quedé estupefacto. Estaba convencido de que el gobierno permanecería neutral en este caso. Después de todo, Emmanuel Macron había declarado poco antes que no tenía ninguna intención de implicarse. Pensé, estúpidamente, que sus ministros seguirían la misma línea.
Tendría que haber sospechado de Agnès Buzyn. A decir verdad, no me fiaba demasiado de ella desde que declaró que la conclusión que podemos sacar de las tristes historias parecidas a esta es que nunca hay que olvidarse de dejar por escrito, y con tiempo, las últimas voluntades (en realidad, hablaba como cuando uno recuerda a los niños que tienen que hacer sus deberes y ni siquiera se preocupó de precisar en qué sentido podían ir estas voluntades, como dándolo casi por descontado).
Vincent Lambert no había dejado ninguna disposición escrita. Circunstancia agravante, era enfermero. Debería saber, mejor que cualquier otro, que el hospital público tiene otras muchas cosas de las que ocuparse que de mantener con vida a los incapacitados (gentilmente recalificados como “vegetales”).
La sanidad pública está al límite y, si hay demasiados Vincent Lambert, corremos el riesgo de perder un montón de dinero (a propósito, me gustaría saber por qué: una sonda para el agua, otra para la alimentación, no me parece que eso suponga una intervención de alta tecnología, se podría hacer en el domicilio, se hace en la mayoría de los casos, y es lo que siempre han reclamado, a voces y con gran insistencia, sus padres).
Vincent Lambert vivía en un estado mental particular. Y no, no fue el centro universitario hospitalario quien le abandonó a su suerte, me sorprende darme cuenta. De hecho, Vincent Lambert no sufría dolores insoportables, no sufría en absoluto. Ni siquiera estaba al final de su vida. Vivía en un estado mental particular, sobre el que sería mucho más honesto admitir que aún no tenemos conocimientos precisos. No era capaz de comunicarse con los que le rodeaban, o lo hacía de un modo casi imperceptible (tampoco en esto hay nada extraño, su estado era parecido al que nos adentramos cada uno de nosotros al caer la noche). Su condición (esto es más raro) parecía irreversible. Escribo “parecía” porque he hablado con muchos médicos, por mí mismo y por otras personas (algunas agonizantes) y nunca, en ninguna circunstancia, un médico ha sido capaz de afirmar estar seguro, con una seguridad del cien por cien, de lo que iba a suceder. Pero también puede ser. Puede suceder que todos los médicos consultados, sin excepción, se hayan mostrado de acuerdo para formular un pronóstico idéntico: pero en mi experiencia nunca ha sucedido.
En esta circunstancia, ¿era necesario que muriera Vincent Lambert? ¿Y por qué justo él, entre los miles de pacientes que en este momento se encuentran en las mismas condiciones en Francia? Me cuesta mucho quitarme de encima la desconcertante sospecha de que Vincent Lambert ha muerto por una excesiva mediatización, por haberse convertido, a su pesar, en un símbolo. Para la ministra de Salud y “de Solidaridad”, se trataba de dar ejemplo. De “abrir una brecha” en la mentalidad para hacerla “evolucionar”. Dicho y hecho. La brecha se ha abierto, no cabe duda. En cuanto a la mentalidad, no estoy seguro. Nadie quiere la muerte, nadie quiere el sufrimiento. En esto consiste, por lo que parece, “la mentalidad”, por lo menos desde hace varios milenios.
Hay un descubrimiento extraordinario, que proporcionaría una solución elegante a un problema que nos acosa desde los orígenes de la humanidad, y que tuvo lugar en 1804: la morfina. Unos años más tarde se empezó a explorar seriamente entre las sorprendentes posibilidades de la hipnosis. En breve, el sufrimiento dejaría de ser un problema y eso es lo que hay que repetir, incesantemente, al 95% de la gente que se declara favorable a la eutanasia. Yo también, en ciertos momentos (afortunadamente raros) de mi vida, he estado dispuesto a todo, a implorar la muerte, las inyecciones, cualquier cosa que me quitara el dolor. Pero luego me ponían una inyección (de morfina) y mi perspectiva cambiaba inmediata y radicalmente. Bastaban unos minutos, apenas un puñado de segundos. Bendita seas, hermana morfina. ¿Cómo se permiten ciertos médicos rechazar la morfina? ¿Acaso temen que los agonizantes puedan caer en la drogodependencia? Es tan ridículo que me cuesta escribirlo. En general es ridículo pero también terriblemente asqueroso.
Decía que nadie quiere la muerte, nadie quiere el sufrimiento. Una tercera exigencia ha surgido desde hace unos años: la dignidad. Este concepto siempre me ha parecido un poco brumoso, a decir verdad. Yo también tengo mi dignidad, sin duda, lo pienso de vez en cuando, aunque tampoco muy a menudo, pero no creo que esta pueda ascender al primer puesto de las preocupaciones “de la sociedad”. Por escrúpulos de conciencia, he consultado el diccionario Le Petit Robert (edición 2017). Esta es su sencillísima definición de dignidad: “respeto debido a alguien”. Los ejemplos que siguen, en mi opinión, enmarañan la cuestión, revelando que Camus y Pascal, aun compartiendo el concepto de “dignidad humana”, no lo apoyan sobre las mismas bases (como era obvio imaginar).
En cualquier caso, parece evidente para ambos pensadores (y diría también para la mayoría de los individuos) que la dignidad (es decir, el respeto debido), aunque pueda verse lesionada por acciones moralmente reprensibles, no puede sufrir el más mínimo rasguño debido al declive, aunque sea catastrófico, del propio estado de salud. Si pensamos de otro modo, significa que efectivamente ha habido una “evolución de la mentalidad”, y no creo que sea un motivo para alegrarse.-


viernes, 5 de julio de 2019

PALABRAS ACTO DE JUBILACIÓN
IES BASOKO, 27 junio 2019

Decía Hannah Arendt que cuando un profesor se pone delante de sus alumnos, sin necesidad de decirles nada, solo con su modo de estar, ya les está diciendo: "el mundo es así". 
Ahora me encuentro ante un auditorio formado principalmente por mis compañeros profesores y personal de administración y servicios, y no necesito deciros "cómo es el mundo", ni siquiera cómo soy yo, porque -como decía el castizo- ya nos conocemos. Sí me gustaría aprovechar, en esta ocasión privilegiada, para agradecer, por supuesto,  los gestos con los que hoy nos obsequiáis, pero también y sobre todo, estos años de vida docente que hoy no acaban sino que se culminan... y en los que he sido tan feliz.
No puedo ocultar que fui tempranamente marcado por un acontecimiento personal al estrenarme como profesor. Corría el año 1979, en Zamora, mi primer destino... Unas alumnas me presentaron a Nuria, otra compañera que no acudía a clase y que a los 16 años estaba ya enganchada a la heroína;  querían que intentase convencerla de que abandonara su actitud y las malas compañías, y volviera a clase. La contestación de la muchacha fue para mí un aguijón contundente para mi vocación: "-¿Y por qué voy a dejarlo, si nadie me ha enseñado nada mejor?" 
Es verdad que las raíces del problema venían de lejos y que yo poco o nada pude hacer para remediarlo, por desgracia. Pero a partir de ese momento me propuse que, en lo que de mí dependiera, mi labor en el futuro no se redujera al estricto cumplimiento de la función docente, sino que ésta fuera ocasión para ofrecer a mis alumnos claves de sentido que les ayudasen a afrontar la vida con criterio, optimismo y esperanza.
*           *           *
Educar, sostenía ya Sócrates, es introducir en la realidad; a diferencia de lo que sostenían los sofistas, para quienes la educación consistía en el acopio de conocimientos, algo así como una “educación de supermercado” en la que uno toma los conocimientos y los datos que le interesan para alcanzar poder y se los lleva en su carrito. Algo de eso tiene, por ejemplo, la tendencia a la “titulitis”, ese sospechoso “hacer currículum” tan apreciado hoy en la actividad laboral y en la vida pública en general. 
   Siguiendo a su maestro, Platón decía que la educación -o el cultivo de la filosofía, que para él en el fondo era lo mismo- consiste más bien en “aprender a mirar”, es decir, en dirigir nuestra mirada hacia lo valioso: a la verdad y no a la apariencia, al bien y no simplemente a lo que atrae, y a la belleza, que es el esplendor de la Divinidad. 
Aristóteles, en esta misma línea, sostenía que el fin de la educación consiste en enseñar a desear lo valioso.[1]
   Estimo también, y por lo mismo, que el cultivo y la enseñanza de la filosofía ha de ser además, un “educar para el asombro”, es decir para reconocer, en lo real que nos circunda y constituye, algo sorprendente y que nos supera, que nos es dadode algún modo, que no hemos fabricado a capricho y que por lo tanto no debemos ni podemos manipular a nuestro antojo sin dramáticas consecuencias. 
El asombro nos hace humildes, modera nuestras pretensiones de autosuficiencia; la  capacidad de asombro genera algo tan esencial como el respeto.Hace que se contemple la realidad y a las demás personas con humildad, agradecimiento, deferencia, sentido del misterio y admiración.[2]
Sin esa mirada capaz de contemplar y de asombrarse, todo se vuelve banal; y así, al acontecimiento maravilloso se le llama “casualidad” o simplemente se ignora; y se pierde la sensibilidad y la capacidad de agradecimiento. Decía Chesterton con su hondura habitual que "lo maravilloso no es que los ciegos vean, sino el hecho mismo de ver". Con una mirada incapaz para el asombro no es posible tampoco captar la belleza moral e interior de las personas ni conocerse a uno mismo, que es desde el principio una de las tareas de la filosofía y de la educación emocional e integral. 
            Es cierto que la dura competencia por los primeros puestos, por triunfar en el trabajo o los negocios, por las calificaciones para acceder a determinados estudios, no va a desaparecer. Pero cuando un joven o una joven se presenten a una entrevista paa pedir un trabajo (y más si éste supone cierta cualificación), serán sus virtudes de iniciativa, responsabilidad, honradez, lealtad, constancia, laboriosidad, etc., las que más contarán. O cuando tengan que afrontar problemas familiares, cívicos o de conciencia profesional, por ejemplo, serán sus convicciones, criterios y disposiciones morales los que iluminarán sus decisiones.
 Pero no podemos ser ingenuos al respecto. No hace muchos años, en el transcurso de una sesión de clase en 4º de la ESO, desarrollando la desaparecida asignatura de Ética, intentaba yo adoptar una "pose socrática", ofreciendo preguntas al grupo acerca del sentido de la vida. Me servía para ello de algunos textos, ejemplos y fragmentos de algunas películas, procurando ofrecer mis interrogantes de manera lo más apasionada posible. En esto, Iker levanta la mano desde el fondo del aula, de manera un tanto indolente: 
   "-No te esfuerces, Andrés... ¿No ves que no-queremos-pensar?
   Reconozco que me bloqueé un poco. Afortunadamente, otra voz, la de Gema, vino en mi ayuda:
   -Oye, oye. Habla por ti. 
   Y añadí:
   -Vaya, lo siento Iker, pero pensar no es opcional. Si se renuncia a pensar, se renuncia a ser libre. Por eso conviene aprender a pensar con fundamento, y eso no se improvisa. Además, esto se nota luego en el examen...
   -Ah. Pero esto... ¿entra en el examen?, repuso el avispado jovenzuelo.
   -Pues sí. Es que lo que no se valúa se devalúa," añadí.
   E Iker se incorporó en su silla y tomó el bolígrafo, por vez primera a lo largo de la clase si mal no recuerdo. Al final creo que no le fue tan mal y aprobó con discreta holgura... Me gustaría que, además, no haya renunciado a pensar.
*           *           *
Después de estos años he llegado al convencimiento de que una vida cultivada (“paideia”) no es un conglomerado de actividades diversas (y dispersas), sino más bien una energía luminosa, un principio unificador y creativo, fecundo, capaz de afrontar la realidad y de aportarle incremento. Convertir esta energía en la formulación y la realización de un proyecto personal de vidaes seguramente el papel más importante que la filosofía puede llevar a cabo en el ámbito de la educación.
La filosofía y su enseñanza -o cultivo- es un viaje al interior del ser humano  y una búsqueda del sentido de lo real y de la vida. El viejo aforismo de Delfos -“conócete a ti mismo”- nunca ha dejado de cautivarnos. Kant lo expresaba casi 25 siglos más tarde a través de cuatro conocidas preguntas: “¿Qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué puedo esperar? y, en suma, ¿qué es el hombre?”.
Pero la filosofía -“querer saber”, “atreverse a pensar”- no es una tarea penosa e inabarcable sólo reservada a sesudos especialistas, a mentes enrevesadas o a excéntricos cultivadores de la abstracción (esta es la percepción que muchos tienen hoy de ella). Es, por el contrario, participar en una gozosa experiencia, accesible a quienes sean capaces de contemplar y de admirarse, de trabajar en su propio cultivo personal y en la transformación creativa y constructiva del mundo.
Estoy en la convicción de que es preciso intentar convertir la actividad diaria de nuestras aulas -sea cual sea nuestra área de conocimiento- en una actitud vital gratificante frente a la mirada tantas veces tediosa y conformista de muchos jóvenes –“¡que no queremos pensar!…”-, o a la amargada de no pocos viejos prematuros, que se dicen “de vuelta de todo”. Se trata de ayudar a hacer deseable lo que es valioso. Educar es, en el fondo ayudar a niños y jóvenes a que sean hombres y mujeres en quienes se pueda confiar. ¿Y no es acaso, esta, una hermosa profesión?
Pensar es ya una primera forma de “compromiso con lo real”.[3]Algunos, sin embargo, rehúyen toda forma de compromiso, bien por inmadurez, bien por miedo o bien por comodidad. Por otra parte, además, como suele decirse, “el que no vive como piensa, acaba pensando como vive”. Pero este es precisamente nuestro reto, un motivo más para poner en valor hoy la tarea de educar. 
Tocqueville -más actual ahora que nunca- advertía que el fundamento de la sociedad democrática estriba en el estado moral e intelectual de un pueblo. Pues, muy queridos compañeros profesores y amigos, en eso estamos.
Muchas gracias, de corazón.
Andrés Jiménez.


[1]Alasdair MacIntyre añade a su vez que la educación moral es una educación sentimental porque “actuar virtuosamente no es [...] actuar contra la inclinación; es actuar desde una inclinación formada por el cultivo de las virtudes”. (MACINTYRE, A.: Tras la virtud. Barcelona: Crítica, 1987, pág. 189).
[2]L'ECUYER, C.: Educar en el asombro.Ed. Plataforma. Barcelona, 2012.
[3]"Trabajemos, pues, en pensar bien: he aquí el principio de la moral." (B. Pascal. Pensamientos)

viernes, 6 de diciembre de 2013

LOMCE y educación: artículo de Juan Antonio Gómez Trinidad



Magnífico artículo sobre la reforma y la mejora de la educación en este país. La solución no es la LOMCE, pero tampoco oponerse a ella, sin más.

Es preciso ir a las raíces del asunto. 
Y el autor lo hace. Con gran lucidez, como acostumbra.
Enhorabuena.

Y luego dicen que la filosofía no sirve para nada...
Publicado en el periódico 'Escuela', 28 noviembre 2013

jueves, 12 de enero de 2012

LAS DOS MIRADAS SOBRE EL SER HUMANO (y II / II)


En la primera parte de este breve ensayo, llamábamos ‘mentalidad’ a un modo más o menos sistemático de entender la vida y la realidad, vigente de forma un tanto difusa en un momento histórico o cultural determinado. Y decíamos, según esto, que numerosos síntomas del presente parecen revelar la existencia, a grandes rasgos, de dos mentalidades contrapuestas, de dos miradas muy diferentes a la hora de considerar al ser humano y su valor. La primera, de la que hicimos una descripción fenomenológica, era la mirada pragmática. Hablemos ahora un poco de la segunda.

La mirada personalista, abierta al ser de las cosas

         No se trata de menospreciar o dejar a un lado la eficacia en la consideración de las personas, las cosas y los acontecimientos, sino de subordinarla al descubrimiento de la verdad y al respeto por la dignidad que poseen las personas por sí mismas, con independencia de su utilidad.

         Esta forma de contemplar el mundo y lo humano reconoce que hay una realidad que nos es dada de algún modo -interesante asunto, averiguar este modo en que la realidad nos es dada-. En el encuentro con esta realidad que no es un simple correlato de nuestro hacer o de nuestros deseos, sino algo previo y que nos supera y nos desborda, el ser humano tiene que dejarse asombrar. Aristóteles, como es sabido, decía que la filosofía nació precisamente de este asombro, que lleva al ser humano a preguntarse “por qué”.

         Esta mirada contemplativa y abierta a la realidad es respetuosa -decía Heidegger que el respeto consiste en “dejar ser al ser”-. Para la mirada utilitarista y pragmática la “verdad” sólo podía ser lo que responde o se adecua a la voluntad de poder: lo efectivo, lo hecho, los resultados. Ahora la verdad consiste en la adecuación del propio juicio y pensamiento al ser que constituye a cada cosa.

         No hay inconveniente en reconocer que dependemos de esa realidad que es “más grande” que nosotros. De hecho, cada uno va tomando conciencia a lo largo de sus primeros años de existencia de que forma parte de esa realidad, se encuentra a sí mismo “existiendo”. Ninguno de nosotros se ha dado el ser a sí mismo, sino que nos ha sido dado.

Aparece la persona

         Y otra cosa que advertimos con el paso del tiempo, y notablemente a través de la adolescencia, es que cada uno de nosotros es un ser irrepetible y único, que ocupa un lugar singular. Mi vida es mía, de una forma inequívoca. Dependemos de otros seres, evidentemente, pero no por ello dejamos de ser distintos de los otros, de las demás cosas. Estamos, en cierto modo, “en medio” del mundo –percibimos la realidad como algo que nos circunda y nos envuelve-, pero ejercemos nuestra existencia de forma propia y singular.

         Según esto, conocer es descubrir que se “se nos dan” cosas, que están “ahí”, ante nosotros, en la realidad, y averiguar lo que son. Ahora bien, juzgar esto –la realidad, las cosas, nuestro mismo existir– como algo positivo y que nos permite subsistir y aprender, desarrollar nuestras potencialidades de conocimiento, de acción, de relación, es captar su “bondad”. Y la captación de algo como bueno, como un cierto don que se nos concede, es el punto de partida del amor.

         Amar, inicialmente, es apreciar, valorar positivamente, “bendecir” algo. Y una vez descubierto su valor, contribuir libremente a su incremento, a su perfección.

         Pero otro dato que surge en el transcurso de nuestra experiencia acerca de “la vida”, de la realidad, es que nosotros también podemos y necesitamos aportar algo, intervenir, modificándola. Y que al hacerlo, de algún modo nos hacemos también a nosotros mismos, “crecemos”.

         Cada ser humano, a través de su experiencia y de su reflexión, se va descubriendo a sí mismo como “sujeto”, como alguien único en el mundo, responsable del contenido y de la orientación de sus acciones, con relación a sí mismo y con relación a las cosas y a las demás personas. Ser “alguien” no es lo mismo que ser “algo”. Cada ser humano es un “alguien” único, en desarrollo dinámico, dotado de una naturaleza o modo de ser constitutivo, pero también de una capacidad de iniciativa, y que se va perfilando a sí mismo en virtud de las propias decisiones y acciones, y de las relaciones con los demás. No dejamos de ser dependientes. Necesitamos las aportaciones ajenas.

No somos autosuficientes, pero a la vez podemos llegar a ser en gran medida dueños de nuestras acciones, protagonistas de nuestra propia vida. Somos responsables, somos libres. Esto es lo nuclear en toda persona. Una persona es un ser único e irrepetible, dotado de naturaleza racional (de inteligencia y voluntad), llamado a desarrollar su vida haciendo un uso responsable de su libertad.

Los otros sujetos humanos son “otros como yo”, y por consiguiente dotados de la misma singularidad, y merecedores del mismo respeto. Es decir, no se les puede tratar como si sólo fueran “algo”, porque cada uno de ellos es alguien.

Respeto, colaboración y ayuda mutua hacen que la convivencia humana sea fuente de vínculos recíprocos, y que la persona sea lo nuclear en la vida social: lo más importante en la sociedad son las personas, que son fines y nunca meros medios al servicio de otra cosa, ni siquiera del bien social.

Una persona es valiosa por sí misma, por el hecho de ser alguien. Su ser no se agota en su hacer; somos más que lo que hacemos. Y el modo de obrar sigue al modo de ser. Lo más fascinante del ser humano es que es “más grande” por dentro que por fuera. No son sus obras las que le hacen grande sino ese núcleo interior –íntimo- del que brotan los actos humanos. El yo. Esa intimidad es además la fuente de las novedades que el ser humano aporta al mundo.

Responsabilidad y tiempo

La acción respetuosa sobre el mundo circundante es un deber moral, puesto que ese mundo es la morada de los seres humanos. Quien atenta contra esa morada, atenta contra el ser humano. El dominio sobre la naturaleza no es –no debe ser- explotación, sino cultivo responsable llamado a hacer del mundo un lugar habitable y humanizado, en el que sea posible y positivo compartir la vida.

Para la mirada pragmática, el tiempo es “oro”.  Para la mirada abierta al ser, es mucho más. Es vida, desarrollo del propio ser, tarea, ocasión de dar y de encontrar sentido. Dar el propio tiempo es darse a sí mismo. El tiempo vital, el que brota de la intimidad, es ámbito de comunión, de relación humana y fuente de valor moral: “El tiempo que perdiste por tu flor –se dice en El principito- es lo que hace que tu flor sea tan importante… Eres responsable para siempre de lo que has domesticado, eres responsable de tu rosa.”

Las cosas que amamos, a las que dedicamos el tiempo de nuestra vida, se hacen más cercanas y más queridas, son rescatadas del anonimato, son “nuestras”; pero no como meros objetos de consumo o de posesión, sino en el sentido de lo que forma parte de la propia vida, de lo íntimo.

La mirada abierta al ser nos permite considerar al ser humano, hombre y mujer -de acuerdo con su naturaleza constitutiva- de un modo más hondo y enriquecedor. Superando reduccionismos, se dirige a una realidad que traspasa la apariencias y lo superficial, y que es fuente de un alto valor: de dignidad.

Esta mirada, esta mentalidad, es la que nos permite descubrir lo que significa ser persona. La que nos impulsa (obliga) a respetar a toda persona, incluido uno mismo. La que nos lleva a descubrir que la felicidad, la plenitud a la que aspira todo ser humano, se alcanza por medio de la autodonación libre y amorosa.  A.J. 


Ainhoa Fernández del Rincón, cooperante española secuestrada en el Sáhara, y querida amiga. Su entrega y dedicación por las demás personas es un testimonio vivo de la dignidad humana.

sábado, 14 de mayo de 2011

EL VOLUNTARIADO: AYUDAR PORQUE TÚ ME IMPORTAS (Y PORQUE ME DA LA GANA)

La vida no vale nada si yo me quedo sentado,
después que he visto y soñado que en todas partes me llaman.
Pablo Milanés

             Entregar tiempo es entregar vida. Esto es lo que define lo mejor de un fenómeno socialmente emergente, que manifiesta que en el corazón de muchas personas late un deseo de aportar algo de sí mismas y de comprometerse para hacer un mundo mejor. No quieren ser solidarios de manera ocasional, se trata de convertir la solidaridad en una forma diferente de vivir. Es el voluntariado.
            Ha habido épocas en las que el servicio generoso y gratuito a personas necesitadas se convirtió en un auténtico fenómeno social. Así ocurrió con el nacimiento en el siglo XIX de muchas órdenes religiosas que gratuitamente se dedicaron a la enseñanza y a la atención de las necesidades sanitarias y asistenciales básicas. A finales de ese mismo siglo surgieron también fundaciones y organizaciones privadas que se dedicaron a atender a los más necesitados: Cruz Roja es un ejemplo muy elocuente.
            Desde finales de los años 70 ha comenzado a hablarse voluntariado para referirse a una forma de actividad más o menos organizada, pero caracterizada sobre todo por la gratuidad, la libertad y la espontaneidad en la ayuda a personas necesitadas.

¿De dónde brota el ser ‘voluntario’?
¿Qué impulsa a un voluntario, hombre o mujer, a dedicar su vida a los demás? Ante todo, un ímpetu innato del corazón, que estimula a todo ser humano a ayudar a sus semejantes. El voluntario siente una alegría muy especial cuando logra dar gratuitamente algo de sí a los demás. Uno de los rasgos esenciales del voluntariado, y en cierto modo su piedra de toque, es que, más allá de los números y de las cifras, le importa el valor efectivo de las personas concretas, porque se ha comprendido que cada persona es importante: el verdadero protagonista en el voluntariado es la persona necesitada a la que se dirige.
            Está muy extendida la sensación de que el mundo se está haciendo cada vez menos habitable. Cuando un voluntario entra en contacto con la realidad del sufrimiento, con la injusticia o el dolor humano, necesariamente ha de posicionarse: “¿Cuál es mi actitud ante la realidad que me rodea? ¿La acepto sin más, como si yo no tuviera nada que aportar al transcurso de los acontecimientos, o tengo que implicarme, salir de mí mismo y ofrecerme a los demás?”. El voluntariado es ante todo un modo de ser que afecta a la globalidad de la persona.


El voluntariado y los valores humanos
            Un voluntario o voluntaria encarna un conjunto de valores humanos que expresan una opción básica por otras personas. El voluntariado, cuando está guiado por una disposición sincera de ayuda a personas concretas, siembra valores incesantemente
            Pero los valores humanos se comprenden y aprecian cuando se viven, y dejan de apreciarse  y  de comprenderse cuando dejan de vivirse.  Por eso se educan desde la práctica.
Se cuenta que en un teatro de la antigua Atenas se celebraba una representación teatral a la que habían sido invitados los embajadores espartanos. Cuando el teatro estaba lleno, entró un anciano y trató inútilmente de hallar sitio libre. Unos jóvenes atenienses que veían los esfuerzos del anciano por acomodarse comenzaron a reírse de él irrespetuosamente. Al ver esto, los embajadores de Esparta, acostumbrados a venerar a sus mayores, se levantaron y ofrecieron sus sitios al anciano. Todo el público del teatro, al presenciar la escena, aplaudió a los embajadores. “-Es curioso, dijo el anciano, los atenienses aplauden las virtudes, pero los espartanos las ejercitan...” La moraleja del cuento es que no basta con “aplaudir las virtudes” o con “sabérselas”: hay que practicarlas, llevarlas a la vida diaria.
Una obra puede ser técnicamente perfecta, pero gana en hondura humana cuando es fruto del amor, y enriquece tanto a quien la recibe como a quien la lleva a cabo. La relación entre una persona necesitada y las dedicadas al cuidado de su salud, al remedio de su ignorancia, o al acompañamiento de su soledad, por ejemplo, requiere una formación técnica suficiente, pero ante todo incorpora aspectos humanos indispensables.

Los valores propios del voluntariado
La acción voluntaria es fuente de valores éticos porque apunta a nobles ideales, busca la elevación de la condición humana en las personas a las que se ayuda y la promueve directamente a través de sus acciones. La acción voluntaria aporta un bien al mundo. El voluntario es una persona que procura cultivar lo mejor de sí mismo para ofrecerlo generosamente a otros. Nada más lejano de la “solidaridad light” de aquellos a los que “les da el punto” y deciden convertirse en voluntarios pero luego sólo aguantan 15 días. Y además se sienten tranquilizados.
      Entre los “valores del voluntariado” cabe destacar:

§         Sensibilidad para captar las necesidades concretas de las personas a las que se ayuda y sentirse apelado por ellas.

§         Libertad madura para ofrecer ayuda a otras personas de forma voluntaria y desinteresada.

§         Generosidad, dar con alegría, salir de uno mismo, alejarse por un momento de las propias necesidades, y dar, dar-se. Es una disponibilidad para la entrega y el servicio.

§         Solidaridad. Actitud básica y virtud por excelencia del voluntariado. Consiste en sentir y asumir como propias las necesidades de otras personas y trabajar por remediarlas como si fueran las propias.

§         Gratuidad, actitud de autodonación sin esperar nada a cambio, con la sola intención de hacer el bien a alguien que lo necesita, no por esperar agradecimiento o consideración alguna.

§         Compromiso y constancia, autoobligarse a ayudar con independencia de tener ganas o no. El compromiso puede ser limitado, pero ha de ser firme.

§         Búsqueda de la justicia, trabajar honestamente en la solución de problemas y situaciones concretas, empeñarse en mejorar el mundo.

§         Empatía, capacidad de comprensión, intentar ponerse en el lugar del otro para ver las cosas como él las ve. Asumir su punto de vista para comprender sus reacciones, para definir y ponderar sus necesidades, y para que se sienta querido y respetado.

§         Responsabilidad. Tomar las cosas como tareas propias y buscar la mejor solución. En lugar de poner pegas, resolverlas lo mejor posible.         

§         Autenticidad, coherencia entre lo que se piensa, se dice y se hace. Supone fidelidad a la propia escala de valores y deseo sincero de hacer el bien, integridad.

§         Respeto y amabilidad. Tratar al otro de acuerdo con su dignidad de persona y hacerle más llevadera y grata su situación con nuestra actitud. Más allá de la tolerancia, el respeto no se reduce a soportar al otro a pesar de lo que no agrada de él, sino reconocerle como un ser valioso y ponerse a su disposición.

§         Fortaleza, vencer el temor, el dolor y la desgana, mantener la serenidad y el autodominio en los momentos difíciles. En sus actividades, los voluntarios se exponen a situaciones dolorosas o injustas. En estas situaciones es importante mantener la fortaleza de espíritu, la ejemplaridad, mostrar energía y entereza, y transmitir aliento, coraje y esperanza.

§         Humildad. Nadie es imprescindible, y el servicio prestado no da derecho a sentirse superior o acreedor en modo alguno. Las personas a las que se ayuda también pueden enseñarnos mucho, tal vez lo esencial. Paciencia para aceptar las limitaciones propias y ajenas, los largos plazos, la falta de colaboración y de resultados tangibles.

Se puede humanizar el mundo
            Cuando un ser humano se halla a la intemperie, sobre todo en el sentido afectivo y personal, cuando se ve realmente solo, tiende a buscar cobijo, protección y seguridad. Esta carencia encuentra remedio en un ámbito de afecto personal donde se puede “estar” porque la cercanía tangible de alguien aviva el calor de la identidad y la conciencia de sí mismo; intensifica el sentido de la propia dignidad.
            Toda persona humana, aunque carezca de salud, de habilidades intelectuales o físicas o de bienes materiales, posee una dignidad irreductible que la hace directamente merecedora de solicitud. Este es el fundamento de la actividad médica, educativa u otras muchas orientadas a la ayuda y cuidado de personas damnificadas o menesterosas. Porque el sufrimiento no reduce la dignidad de la persona que sufre. Para quien entrega su vida y su tiempo generosamente como voluntario, una persona enferma, anciana o impedida, por ejemplo, no merece ser marginada o eliminada porque otros consideren que su vida es una carga y por eso carece de calidad. Antes bien, se hace acreedora de solicitud y de cuidado, porque no es una persona menos digna. Una de las más hermosas constantes en las experiencias de voluntariado es la de comprobar que las personas a las que se ayuda te aportan mucho más que lo que tú les das. En toda relación auténticamente personal se humanizan lo mismo el que da y el que recibe.
            El voluntariado responde a la necesidad de sentido y plenitud que es propia de la persona humana. En el umbral de una época nueva, la sensibilidad que emerge reclama una profunda mirada sobre el valor de cada persona y modos de convivencia donde cada uno pueda dar y recibir, donde el progreso de unos no sea un obstáculo para el desarrollo de los otros ni un pretexto para su exclusión.
            Una expresión de lo que esa mirada significa es precisamente la experiencia del voluntariado, llegar a personas concretas a través de una mirada y unas manos generosas y cercanas. Esas manos y esa mirada hacen concebir la esperanza de que el mundo pueda llegar a ser un día una morada a la medida del ser humano.