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miércoles, 10 de mayo de 2023

EL SER HUMANO, "ANIMAL DE REALIDADES"

La conducta animal es siempre una respuesta tipificada a los datos captados del mundo circundante; su posible “originalidad”, fruto de ciertos aprendizajes y adaptaciones, no rebasa las pautas prefijadas por cada especie. Para cada especie animal hay un número fijo de desencadenadores que determinan un tipo de comportamiento relativamente similar o constante para todos los individuos de la especie. Ciertos estímulos, configurados dentro del esquema de captación de una especie determinada, desencadenan una conducta similar en todos los individuos, que se repite inalterable generación tras generación. Las reacciones provocadas por los estímulos dependen de la significación que éstos tienen para el organismo. 



Los “instintos” -aunque este término no es demasiado preciso- son pautas fijas e innatas, desencadenadas por excitadores altamente especializados, propios de cada especie animal, que determinan la conducta de los individuos. Incluso las conductas aprendidas por los animales, fruto de la adaptación y la asociación a situaciones concretas por parte de ciertos individuos, quedan dentro de los límites de la significación biológica propia de la especie. 

En el caso del ser humano y a diferencia de los animales, la relación con el entorno rebasa esencialmente la significación biológica, no puede explicarse como el mero desencadenamiento de una respuesta o conducta ante determinados estímulos. Mientras que en la conducta animal todo parece previsto por la especie para la supervivencia, en el ser humano aparece un interés singular por las cosas en sí mismas, tengan o no relación con su propia supervivencia. 

El animal vive como inmerso en su ambiente y determinado por sus estados orgánicos, mientras que el hombre es autónomo frente al entorno y a la presión de lo orgánico. Es “libre frente al medio circundante y está abierto ilimitadamente al mundo”, en expresión de Max Scheler. Precisamente por eso se explica que, mientras las especies animales han de adaptarse al entorno para sobrevivir, el ser humano se caracteriza fundamentalmente por la transformación del entorno a la medida de sus necesidades y de sus posibilidades creativas. 

La inespecialización de la especie humana hace del hombre un animal biológicamente deficitario e incluso inviable, pero si sobrevive e incluso supera y domina a los otros seres vivos es gracias a un recurso suprabiológico, no encadenado a los esquemas genéticos de la especie, que permite a los individuos humanos una relación original con la realidad, abierta a posibilidades que van más allá de lo inmediato -la mera supervivencia-, captando y suscitando virtualidades en las cosas, entendiendo lo que éstas son e instrumentalizándolas dentro de proyectos y fines propios. Ese recurso es la inteligencia. Recogiendo un ejemplo de Leonardo Polo podemos decir que el hombre no inventa un instrumento, por ejemplo el arco y la flecha, sólo porque necesite alcanzar determinados objetos o alimentos a distancia. También otros animales tienen esa necesidad y no inventan nada. Si el ser humano ha inventado -es decir, ha aportado novedad- es porque con su inteligencia ha descubierto posibilidades ofrecidas por determinados objetos, una rama de árbol, por ejemplo, y los ha convertido en instrumentos de su interés. El hambre sólo impulsa a comer, no a fabricar arcos y flechas. 

Las cosas se constituyen ante la inteligencia como objetos, cobrando una autonomía que los animales no perciben. Ya no son meros estímulos, desencadenadores de una reacción fisiológica de agresión, de atracción o de huida. Las “cosas” tienen entidad propia, son “algo en sí” de lo que el ser humano se puede distanciar y observarlo tal como es, o como puede llegar a ser; puede también producir algo nuevo a partir de ello. “Se dice que Miguel Ángel ‘veía’ la figura que quería esculpir en el bloque de mármol. Allí, en lo que físicamente era sólo un trozo de piedra, el artista adivinaba la forma de su Moisés.” (A. Llano) 



El comportamiento animal queda limitado por el marco de los estímulos para cuya captación su especie le ha preparado, adaptándose, a lo sumo, a circunstancias concretas, y reaccionando en función de la excitación de agrado o desagrado que los estímulos desencadenan en su organismo. El ser humano es capaz de conocer lo que es la cosa que es fuente de los estímulos, más allá de éstos, de descubrir virtualidades no evidentes en ellos (que una rama se convierta en un arco, y no sólo en una “lanza” o un garrote, requiere un proceso de comprensión de posibilidades no inmediatas), y de decidir su conducta sin estar "forzado" a una respuesta desencadenada necesariamente por un estímulo. La inteligencia humana está abierta a la realidad. Precisamente por esta singular dimensión de apertura a la realidad de las cosas, X. Zubiri definió al ser humano como 'animal de realidades'. 

Es muy significativa a este respecto la famosa experiencia de Paulov y revisada por Köhler con el chimpancé "Rafael". En ella se ponen claramente de manifiesto los límites de la inteligencia animal. 

A Rafael se le adiestró para apagar la llama de un fogón, que le impedía coger un plátano situado detrás de ella. El adiestramiento consistía en tomar un vaso, que llenaba de agua en un pequeño depósito, abriendo y cerrando un grifo. Colocado después el animal en una plataforma sobre el agua, aprendió a ducharse tomando agua del lago con un vaso. Sin embargo, cuando pretendió apagar la llama que se le encendió delante de un plátano, en un fogón, pasó trabajosamente a otra plataforma donde había un depósito de agua (fig. 1) 


para llenar su vaso (fig. 2) 


y volver a apagar la llama (fig. 3) 


de la forma en que había sido adiestrado (fig. 4). 


No se le ocurrió la “idea” de llenar el vaso metiéndolo directamente en el agua del lago, porque no realizó la abstracción que le podía haber permitido captar lo que es el agua, con independencia de los estímulos o la utilidad inmediata que representaba para la satisfacción de sus necesidades, y poner en relación el “agua-tomada-del-lago-para- ducharse”, con el “agua-tomada-del-depósito-para-apagar-la-llama.” 

(Ilustraciones tomadas de: PINILLOS, J.L. Principios de psicología. Alianza Madrid, 1976. Pág.442)


 Andrés Jiménez Abad


viernes, 30 de octubre de 2020

EDUCAR CON UNA IDEA CABAL DEL SER HUMANO

¿Aprender qué?

            Contaba José Luis Martín Descalzo que un niño pequeño, vecino de un famoso escultor, entró un día en el estudio de éste y vio un gigantesco bloque de piedra. Cuando volvió por allí, dos meses más tarde, encontró en su lugar una preciosa estatua ecuestre. Y volviéndose al escultor, le preguntó: "¿Y cómo sabías tú que dentro de aquel bloque había un caballo?"

         La frase del pequeño en realidad no era tan ingenua, porque la verdad es que el caballo estaba, ciertamente, dentro de aquel bloque, y que la maestría del escultor consistió precisamente en eso: en saber ver el caballo que había dentro, e irle quitando al bloque de piedra todo cuanto le sobraba. El escultor no trabajó añadiendo trozos de caballo al bloque de piedra, sino liberando a la piedra de todo lo que impedía mostrar el caballo ideal que tenía en su interior. El artista supo "ver" dentro, lo que nadie veía. 


         Pienso todo esto porque con la educación de los humanos pasa algo parecido. ¿Nos acordamos de que la palabra "educar" viene del latín "edúcere", que quiere decir exactamente «sacar de dentro»

            Y es que la naturaleza humana se presenta al principio como indigencia, pero a la vez se halla poderosamente abierta a un desarrollo perfectivo que tiene lugar mediante el cultivo de sus capacidades. Una actuación es educativa si hace crecer en humanidad al ser humano y le acerca a su plenitud, incrementando su capacidad de verdad, de bien y de belleza. Se trata de un proceso de formación paulatina de la personalidad humana, de maduración.

         Pero este desarrollo no es algo añadido a la naturaleza desde el exterior, sino un crecimiento cuyo protagonismo ha de ir asumiendo según su capacidad el propio sujeto humano que se educa. Por eso, la acción educativa en el fondo es sólo una ayuda encaminada a suscitar y fortalecer las posibilidades creativas de la libertad del sujeto, hombre o mujer, mediante la adquisición y cultivo de hábitos valiosos.

            Conformistas en el fondo

         Hace un tiempo estaba corrigendo unos trabajos de mis alumnos de 2º de Bachillerato, tan “mayores” ellos, tan amigos de la libertad y la independencia, sobre la lectura del Critón, el breve pero jugoso diálogo platónico, que presenta a Sócrates esperando en la celda la hora de su ejecución tras padecer un vergonzoso juicio, y convenciendo a  su amigo Critón, que tenía sobornado al carcelero, de que prefería no escapar porque, según pensaba el sabio ateniense, es preferible padecer una injusticia a cometerla.

       Una de las preguntas que se les formulaba era: “¿Estás de acuerdo en que las leyes deben ser obedecidas siempre? ¿Por qué? ¿Estás de acuerdo en lo que afirma Hegel –según lo que se dice en la nota del comentarista del libro en esta edición-: «El principio primordial de un Estado es que no haya por encima de él ninguna razón, conciencia o sentido del derecho superior a lo que el propio Estado reconoce»?. Según eso, ¿podría equivocarse alguna vez el Estado?”

         Pues bien, mi sorpresa fue grande al comprobar que más del 90% de los jóvenes contestaba sin rubor que sí, que hay que cumplir siempre las leyes y que no hay nada por encima del Estado, el cual, por supuesto no se equivoca nunca. Muchos de ellos más de la mitad– lo justificaban diciendo que lo contrario sería el caos, y que nadie tiene derecho a ponerse por encima de la ley y del Estado, porque eso sería “injusto” (sic) y, además, “el Estado somos todos” (no sé por qué me venía a la memoria el eslogan aquel de Hacienda –‘Hacienda somos todos’- en vísperas de la Declaración de la renta). 

        La zozobra fue grande cuando les hice la observación de que puede haber (ha habido, hay y habrá) leyes gravemente injustas; y cuando les pregunté si sería legítimo resistir a un Estado tiránico.

        Llama la atención el conformismo que pueden llegar a profesar muchas personas, y en especial estos jóvenes casiuniversitarios, tan ansiosos ante la cercanía de acudir pronto a las urnas y de sacarse el carné de conducir. Parece claro que “desde fuera” les ha llegado el influjo de las campañas de propaganda, de los tópicos y los clichés buenistas orquestados por los medios de difusión al dictado de las ideologías imperantes.

        Y podemos preguntarnos qué es lo que se les enseña a nuestros niños y jóvenes, y si la educación que reciben les ayuda realmente a madurar.


Poder decir tonterías en cinco idiomas 

El filósofo Alejandro Llano denunciaba hace algún tiempo que la enseñanza reglada pone hoy todo el énfasis en los procedimientos. Se habla, por ejemplo, de «aprender a aprender». Pero no se contesta –ni siquiera se formula– la pregunta clave: «¿Aprender qué?». «-Los contenidos son lo de menos», se arguye, porque pueden encontrarse en cualquier base de datos. Lo importante, se machaca, es que estos adolescentes, llamados a vivir en la sociedad de la información, dominen las nuevas tecnologías informáticas que van a poner a su disposición inmediata todo el saber disponible en el mundo entero. 

Recuerda Llano a este respecto que el castizo Miguel de Unamuno decía con malicia del cosmopolita Salvador de Madariaga, que «era capaz de decir tonterías en cinco idiomas». Puede que la alusión fuese injusta para el caso, pero nos lleva a pensar en el gran esfuerzo invertido en que nuestros jóvenes aprendan informática e inglés como preparación para conseguir una buena posición económica. Aunque tampoco faltan los que sostienen muy en serioque si las ‘tonterías’ se enseñan en un instituto público son ‘menos tonterías’ –o no lo serían en absoluto– que si se enseñan en un colegio privado (o a la inversa). En esto se agota para muchos el panorama cultural y social abierto ante el quehacer de los educadores y el de la libertad de educación que se les reconoce a los padres. 

Pero educar –“edúcere”- es otra cosa. Si queremos ayudar a que se desarrolle plenamente la personalidad de los niños y los jóvenes, la labor educativa se ha de plantear desde una visión del hombre y la sociedad que valore -por encima del dinero o el poder, del mero acumular clichés ideológicos o informaciones sin criterio– la dignidad intocable de la persona humana y sus exigencias morales. Es preciso tener en la base una idea cabal de la naturaleza humana. 

Un ejemplo sangrante es la actual fiebre por extender en los colegios y ámbitos de relación social de los jóvenes una pretendida educación “afectivo-sexual” ajena por completo a criterios éticos y centrada sólo en la satisfacción de los propios deseos. Una educación “despersonalizada” -en la que la persona y su dignidad inmanipulable no se tienen en cuenta- es siempre una educación despersonalizadora, que impide el crecimiento hacia la sabiduría y la felicidad, y que acaba convirtiéndose en instrumento al servicio del poder y camino inevitable hacia el vacío existencial de las personas concretas.

Un buen padre, un buen educador es el que sabe ver la escultura maravillosa que cada uno tiene dentro, revestida tal vez por toneladas de vulgaridad. Quitar esa vulgaridad a martillazos -quizá muy dolorosos-, a la vista de la persona auténtica, valiosa, que cada niño, cada joven, está llamado a ser, es la verdadera obra de arte de un educador. A.J.



 

domingo, 15 de enero de 2012

LAS HUMANIDADES: UN PELIGRO (Cita de Alejandro Llano)

         "A mi juicio, resulta lamentable que una buena parte de las familias españolas –tan permisivas en casi todo- prohíban de hecho a sus hijos que lo desean el estudio de carreras humanísticas, porque temen que su futuro económico sea inferior al de los que siguen profesiones técnicas y administrativas. Parece que no le faltaba visión de futuro a Edmund Burke cuando anunció hace dos siglos que el dinero se iba a convertir en 'el sustituto técnico de Dios'." 
         De hecho, la España actual llama la atención a sus visitantes por el extremado materialismo, el desbordamiento de su capacidad de consumo, y la pasividad con la que su población ha aceptado la imposición de una de las legislaciones éticamente más primitivas del mundo. (…)
            Por decirlo ya abruptamente, la apasionante tarea que tiene ante sí la Universidad actual es la de pensar, articular, proyectar y transmitir una nueva visión del hombre y del mundo que responda a la dignidad de la persona, que se abra al designio salvador de Dios, y que sea adecuada para encaminar una sociedad crecientemente mundializada hacia planteamientos más justos y equilibrados."
(Alejandro Llano. La nueva tarea de la Universidad)