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sábado, 13 de junio de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (178)

LA CONSOLIDACIÓN DEL “BUEN CARÁCTER”


El modelo educativo de la “educación del carácter”, aunque está de actualidad sobre todo en el mundo anglosajón, ahonda sus raíces en una contrastada tradición cultural que, ya desde Platón, destaca las cuatro virtudes llamadas “cardinales”, y las virtudes subordinadas que pueden incluirse en cada una de ellas: 



- Prudencia: honestidad, integridad, humildad, reflexión.

- Justicia: responsabilidad, ciudadanía activa, respeto, compasión, deportividad, amabilidad. 

- Fortaleza: resiliencia, lealtad, esperanza, capacidad de autosuperación, perseverancia y generosidad.

- Templanza: autodominio, paciencia, diligencia, serenidad, equilibrio, gratitud, cortesía y orden.



Es importante recordar que las virtudes son hábitos, es decir disposiciones estables de la persona, las cuales se adquieren en la práctica mediante la reiteración de acciones semejantes, que se orientan al bien propio y al bien común. Son estas disposiciones las que van configurando el carácter (en este contexto podemos hablar también de la personalidad), es decir, el modo de ser y de comportarse de una persona. En esta labor es importante el valor humano de la constancia: “no cansarse nunca de estar empezando siempre”.

*** *** ***

Aunque en la formación del carácter de niños y jóvenes es imprescindible la colaboración congruente entre la familia y el centro escolar, se podría sintetizar a grandes rasgos un programa-tipo para fomentar la consolidación de un buen carácter en los centros educativos:

6 Maneras de favorecer el buen carácter 

en el centro educativo 

 

Ejemplo: los profesores procuran ser un modelo para sus alumnos, esforzándose por vivir con alegría y equilibrio lo que intentan suscitar en sus alumnos.

Explicación: las virtudes hay que explicarlas bien, de acuerdo con una jerarquía adecuada, sirviéndose de ejemplos y casos concretos, aprovechando las oportunidades que ofrece la vida del colegio.

Ambiente y clima positivo: la clase y el centro educativo son una “comunidad ética” -para bien y para mal-. Los profesores tienen un papel fundamental en el mantenimiento de dicha “ética escolar” fomentando en los alumnos responsabilidad, perseverancia, respeto, civismo, generosidad, amabilidad y amistad, entre otros valores humanos. El respeto y la confianza de los alumnos no se logran sólo con las normas escolares; se deben fortalecer las relaciones basadas en el respeto mutuo: mostrándolo, solicitándolo y agradeciéndolo. Es muy importante el estímulo que ofrece siempre el grupo de iguales.

Trabajo bien hecho: consiste en trabajar con esmero, iniciativa, perseverancia y sentido de la responsabilidad, convirtiéndolo en un servicio cualificado. En la actividad y en la convivencia, trabajando junto con otras personas, uno puede aprender de sus errores y mejorarse a sí mismo, también el profesor… 

Solidaridad: Es muy importante transmitir a los alumnos una preocupación sincera por su futuro, a medio y largo plazo, así como por el bien común. Mostrar con ejemplos vividos que lo que se hace, para bien o para mal, tiene repercusión en las demás personas, y que todos dependemos de todos. Se cuenta que cuando Wellington visitó el colegio de sus años de infancia, afirmó: “aquí es donde derroté a Napoleón”.

Expectativas de excelencia: Intentar sacar de ellos lo mejor de sí mismos. Suscitar el deseo de hacer las cosas lo mejor posible. Invitar constantemente a mejorar, animar e inspirar. Comunicar con optimismo que siempre uno puede superarse, hacer más, aspirar a metas más altas cada vez, confiando, con paciencia, en que las alcanzarán.


(Publicado en el semanario La Verdad el 12 de junio de 2026)

lunes, 27 de mayo de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (104)

¿SEGREGAMOS…?

La Universidad se queja, seguramente con razón, de que el nivel con el que llega el alumnado de Bachillerato es cada vez más bajo. Se habla incluso de la posible extensión de la enseñanza obligatoria hasta los 18 años. Pienso que el problema no es la extensión de la escolaridad obligatoria a los actuales 16 o a los 18. Es que obligamos a una talla única para todos y decimos que es lo democrático. 

Lo democrático -lo justo- es, más bien, ofrecer a los alumnos lo que puedan estudiar, lo que necesiten y quizá lo que quieran. Pero que de verdad estudien y aprendan. Si un alumno en 3º de Primaria no lee de manera fluida y con comprensión irá de mal en peor, estará sufriendo al ver que los demás entienden y él no, y su frustración puede dar lugar a comportamientos de desánimo, de agresividad o ambas cosas a la vez. 

Se pretende que todos reciban “la misma educación” para que no existan segregaciones y desigualdades. Y se piensa que todos aprenderán lo mismo si están juntos en el mismo escenario educativo atendidos por el mismo profesor… Pero si en un grupo con 25 o 30 alumnos muchos necesitan tareas, actividades, textos o estrategias didácticas diferentes por varias razones (dislexia, dificultad de concentración, problemas físicos y psíquicos, distinta procedencia o niveles de estudios previos, altas capacidades, etc.) esto no es en realidad “un” grupo y no hay profesor que lo consiga, o si quiera lo soporte, por mucho tiempo. 

Un alumno debe tener asimilado determinado nivel de conocimiento para poder enseñarle algo nuevo. Si no, el profesor tiene que empezar de cero constantemente, irá mucho más despacio y no contentará a todos porque muchos se aburrirán. Además, con estas condiciones los alumnos solo sabrán lo mismo si todos saben tanto como el que menos. Y esto no es equidad sino injusticia, fracaso del sistema educativo. Se habla de “no estigmatizar” al alumno, pero se le está abandonando. El alumno al que no se le ha ayudado a alcanzar su nivel de competencia educativa acumula resentimiento, humillación y una actitud violenta contra la escuela, sus profesores y compañeros porque es muy difícil aceptar esa situación.

Agrupar al alumnado solo según su edad dentro del mismo espacio educativo, no funciona. Hay que tener el valor de afirmarlo, aunque no resulte agradable de escuchar (ni de decir). La justicia, decían ya los griegos, no consiste en dar (o exigir) a todos lo mismo, sino dar (o exigir) a cada uno “lo suyo”, lo que le corresponde.

Entonces… ¿”segregamos”? Esto, como ha dicho Inger Enkvist, es enfocar la cuestión desde el punto de vista político. Si lo hacemos desde el punto de vista educativo la pregunta es: “¿Los alumnos aprenden en 3º lo que deben aprender? Si se tiene un alumno en 5º con conocimientos de 2º, ¿qué es lo justo, lo pertinente… lo posible?” Si se detecta en un alumno una dificultad en el aprendizaje, la respuesta educativa ha de ser lo más temprana posible. Si por “no segregarle, tratándole de manera diferente” no se hace nada, su fracaso escolar será más probable. 

Cuando en 3º/4º de primaria un alumno no ha aprendido a leer comprendiendo, tiene poco sentido, por ejemplo, esperar a 3º/4º de la ESO (cuando se realizan las pruebas PISA…) para implementar un Plan de mejora de las competencias lectoras para todos.

       (Publicado en el semanario La Verdad el 24 de mayo de 2024)

jueves, 11 de mayo de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (66)

EL IGUALITARISMO ES UNA GRAN MENTIRA


         

El igualitarismo es una gran mentira. Y más en educación. Mientras que la igualdad de oportunidades es una loable meta social, el igualitarismo es una de sus deformaciones más peligrosas. Es una igualdad impuesta. Aristóteles decía con mucha razón que "la peor forma de desigualdad es querer hacer iguales a los que son desiguales" (Ética a Nicómaco, libro V, capítulo III).

La justicia no consiste en tratar igual, o en dar/exigir lo mismo a todos, sino en tratar, dar/exigir a cada uno lo suyo, lo que le corresponde bien por naturaleza y capacidad, bien por mérito. Por ejemplo -y ya sé que con esto concitaré alguna crítica airada-, no se debe tratar igual a un ser humano y a un gato; y tampoco a un ciudadano honrado y a un malhechor.

Todos los ciudadanos son (deben ser) iguales ante la ley, pero la ley no es una norma mostrenca que aplica a todos un ciego y uniforme promedio matemático -el llamado coloquialmente “café con leche para todos”- sino una ordenación racional que mira hacia el bien común de la sociedad, es decir hacia el bien de las personas, las cuales son seres dotados de dignidad, únicos, con historias y biografías irrepetibles. Tal bien exige solidaridad, sin duda, pero sin agraviar la dignidad y singularidad de cada ser humano, sus derechos y sus necesidades personales.

Aristóteles hablaba de “equidad” para referirse a la justa adaptación de la ley a las necesidades y condiciones de los ciudadanos. Ni a todos se les debe exigir lo mismo ni a todos hay que atenderlos de la misma manera. Una rígida aplicación de la ley siempre conlleva injusticias porque no atiende a la realidad de los casos personales concretos.   

Y así, una educación personalizada y equitativa requiere la atención ajustada a las necesidades y situación de cada alumno y alumna. En lugar de obligar al alumno a adecuarse a un modelo educativo único, es preciso adaptar la atención educativa a la realidad concreta del alumnado con el fin de lograr su máximo desarrollo educativo. Y esto no es ni discriminación ni segregación inicua. Es la necesaria concreción de la justicia.

La auténtica igualdad de oportunidades depende de una atención personalizada a las necesidades y expectativas del alumnado que le permita acceder del modo más adecuado a los objetivos generales, pero desarrollando sus posibilidades reales y no otras, supuestamente generales, que sin embargo no son las suyas. Y así, acudir a caminos educativos diferenciados, adecuados a las posibilidades reales de los alumnos, les hace posible desarrollar capacidades que de otro modo permanecerían estancadas. Necesidades educativas específicas requieren medidas educativas específicas.

Imponer un modelo educativo único a todos los alumnos, lejos de propiciar la equidad, impide una adecuada atención a las necesidades educativas reales de los alumnos. 

Se crean así situaciones en las que resultan perjudicados los alumnos, pero también el profesorado, que se ve desbordado por la heterogeneidad de capacidades, intereses, rendimientos y actitudes del alumnado, al que ha de atender en el mismo escenario educativo. Por otra parte, para colmo, las autoridades educativas pretenden garantizar la atención pedagógica imponiendo a los educadores una abrupta selva de exigencias burocráticas, procedimientos, indicadores y medidas que, sin ofrecer una adecuada atención personal, incrementan el malestar e incluso el agotamiento de los docentes entorpeciendo aún más su ya difícil labor. 


    (Publicado en el semanario La Verdad el 5 de mayo de 2023) 

 

viernes, 30 de octubre de 2020

EDUCAR CON UNA IDEA CABAL DEL SER HUMANO

¿Aprender qué?

            Contaba José Luis Martín Descalzo que un niño pequeño, vecino de un famoso escultor, entró un día en el estudio de éste y vio un gigantesco bloque de piedra. Cuando volvió por allí, dos meses más tarde, encontró en su lugar una preciosa estatua ecuestre. Y volviéndose al escultor, le preguntó: "¿Y cómo sabías tú que dentro de aquel bloque había un caballo?"

         La frase del pequeño en realidad no era tan ingenua, porque la verdad es que el caballo estaba, ciertamente, dentro de aquel bloque, y que la maestría del escultor consistió precisamente en eso: en saber ver el caballo que había dentro, e irle quitando al bloque de piedra todo cuanto le sobraba. El escultor no trabajó añadiendo trozos de caballo al bloque de piedra, sino liberando a la piedra de todo lo que impedía mostrar el caballo ideal que tenía en su interior. El artista supo "ver" dentro, lo que nadie veía. 


         Pienso todo esto porque con la educación de los humanos pasa algo parecido. ¿Nos acordamos de que la palabra "educar" viene del latín "edúcere", que quiere decir exactamente «sacar de dentro»

            Y es que la naturaleza humana se presenta al principio como indigencia, pero a la vez se halla poderosamente abierta a un desarrollo perfectivo que tiene lugar mediante el cultivo de sus capacidades. Una actuación es educativa si hace crecer en humanidad al ser humano y le acerca a su plenitud, incrementando su capacidad de verdad, de bien y de belleza. Se trata de un proceso de formación paulatina de la personalidad humana, de maduración.

         Pero este desarrollo no es algo añadido a la naturaleza desde el exterior, sino un crecimiento cuyo protagonismo ha de ir asumiendo según su capacidad el propio sujeto humano que se educa. Por eso, la acción educativa en el fondo es sólo una ayuda encaminada a suscitar y fortalecer las posibilidades creativas de la libertad del sujeto, hombre o mujer, mediante la adquisición y cultivo de hábitos valiosos.

            Conformistas en el fondo

         Hace un tiempo estaba corrigendo unos trabajos de mis alumnos de 2º de Bachillerato, tan “mayores” ellos, tan amigos de la libertad y la independencia, sobre la lectura del Critón, el breve pero jugoso diálogo platónico, que presenta a Sócrates esperando en la celda la hora de su ejecución tras padecer un vergonzoso juicio, y convenciendo a  su amigo Critón, que tenía sobornado al carcelero, de que prefería no escapar porque, según pensaba el sabio ateniense, es preferible padecer una injusticia a cometerla.

       Una de las preguntas que se les formulaba era: “¿Estás de acuerdo en que las leyes deben ser obedecidas siempre? ¿Por qué? ¿Estás de acuerdo en lo que afirma Hegel –según lo que se dice en la nota del comentarista del libro en esta edición-: «El principio primordial de un Estado es que no haya por encima de él ninguna razón, conciencia o sentido del derecho superior a lo que el propio Estado reconoce»?. Según eso, ¿podría equivocarse alguna vez el Estado?”

         Pues bien, mi sorpresa fue grande al comprobar que más del 90% de los jóvenes contestaba sin rubor que sí, que hay que cumplir siempre las leyes y que no hay nada por encima del Estado, el cual, por supuesto no se equivoca nunca. Muchos de ellos más de la mitad– lo justificaban diciendo que lo contrario sería el caos, y que nadie tiene derecho a ponerse por encima de la ley y del Estado, porque eso sería “injusto” (sic) y, además, “el Estado somos todos” (no sé por qué me venía a la memoria el eslogan aquel de Hacienda –‘Hacienda somos todos’- en vísperas de la Declaración de la renta). 

        La zozobra fue grande cuando les hice la observación de que puede haber (ha habido, hay y habrá) leyes gravemente injustas; y cuando les pregunté si sería legítimo resistir a un Estado tiránico.

        Llama la atención el conformismo que pueden llegar a profesar muchas personas, y en especial estos jóvenes casiuniversitarios, tan ansiosos ante la cercanía de acudir pronto a las urnas y de sacarse el carné de conducir. Parece claro que “desde fuera” les ha llegado el influjo de las campañas de propaganda, de los tópicos y los clichés buenistas orquestados por los medios de difusión al dictado de las ideologías imperantes.

        Y podemos preguntarnos qué es lo que se les enseña a nuestros niños y jóvenes, y si la educación que reciben les ayuda realmente a madurar.


Poder decir tonterías en cinco idiomas 

El filósofo Alejandro Llano denunciaba hace algún tiempo que la enseñanza reglada pone hoy todo el énfasis en los procedimientos. Se habla, por ejemplo, de «aprender a aprender». Pero no se contesta –ni siquiera se formula– la pregunta clave: «¿Aprender qué?». «-Los contenidos son lo de menos», se arguye, porque pueden encontrarse en cualquier base de datos. Lo importante, se machaca, es que estos adolescentes, llamados a vivir en la sociedad de la información, dominen las nuevas tecnologías informáticas que van a poner a su disposición inmediata todo el saber disponible en el mundo entero. 

Recuerda Llano a este respecto que el castizo Miguel de Unamuno decía con malicia del cosmopolita Salvador de Madariaga, que «era capaz de decir tonterías en cinco idiomas». Puede que la alusión fuese injusta para el caso, pero nos lleva a pensar en el gran esfuerzo invertido en que nuestros jóvenes aprendan informática e inglés como preparación para conseguir una buena posición económica. Aunque tampoco faltan los que sostienen muy en serioque si las ‘tonterías’ se enseñan en un instituto público son ‘menos tonterías’ –o no lo serían en absoluto– que si se enseñan en un colegio privado (o a la inversa). En esto se agota para muchos el panorama cultural y social abierto ante el quehacer de los educadores y el de la libertad de educación que se les reconoce a los padres. 

Pero educar –“edúcere”- es otra cosa. Si queremos ayudar a que se desarrolle plenamente la personalidad de los niños y los jóvenes, la labor educativa se ha de plantear desde una visión del hombre y la sociedad que valore -por encima del dinero o el poder, del mero acumular clichés ideológicos o informaciones sin criterio– la dignidad intocable de la persona humana y sus exigencias morales. Es preciso tener en la base una idea cabal de la naturaleza humana. 

Un ejemplo sangrante es la actual fiebre por extender en los colegios y ámbitos de relación social de los jóvenes una pretendida educación “afectivo-sexual” ajena por completo a criterios éticos y centrada sólo en la satisfacción de los propios deseos. Una educación “despersonalizada” -en la que la persona y su dignidad inmanipulable no se tienen en cuenta- es siempre una educación despersonalizadora, que impide el crecimiento hacia la sabiduría y la felicidad, y que acaba convirtiéndose en instrumento al servicio del poder y camino inevitable hacia el vacío existencial de las personas concretas.

Un buen padre, un buen educador es el que sabe ver la escultura maravillosa que cada uno tiene dentro, revestida tal vez por toneladas de vulgaridad. Quitar esa vulgaridad a martillazos -quizá muy dolorosos-, a la vista de la persona auténtica, valiosa, que cada niño, cada joven, está llamado a ser, es la verdadera obra de arte de un educador. A.J.



 

lunes, 3 de diciembre de 2012

EDUCACIÓN Y RELATIVISMO


UN TEXTO ANTOLÓGICO SOBRE LO ESENCIAL EN LA EDUCACIÓN Y SOBRE LA CLAVE DE LA ACTUAL CRISIS EDUCATIVA
(Nos falta una referencia esencial para distinguir qué es lo más importante en la educación de la persona)

Para educar en la verdad es necesario saber sobre todo quién es la persona humana, conocer su naturaleza… Ésta es la cuestión fundamental que hay que plantearse: ¿Quién es el hombre? El hombre es un ser que alberga en su corazón una sed de infinito, una sed de verdad –no parcial, sino capaz de explicar el sentido de la vida…- Por eso, la primera educación consiste en aprender a reconocer en el hombre la imagen del Creador y, por consiguiente, a tener un profundo respeto por cada ser humano.
  
Para ejercer su libertad, el hombre debe superar el horizonte del relativismo y conocer la verdad sobre sí mismo y sobre el bien y el mal. En lo más íntimo de la conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz lo llama a amar, a hacer el bien y huir del mal, a asumir la responsabilidad del bien que ha hecho y del mal que ha cometido. Por eso, el ejercicio de la libertad está íntimamente relacionado con la ley moral natural, que tiene un carácter universal, expresa la dignidad de toda persona, sienta la base de sus derechos y deberes fundamentales, y, por tanto, en último análisis, de la convivencia justa y pacífica entre las personas.

En nuestro mundo el valor de la persona, de su dignidad y de sus derechos está seriamente amenazado por la extendida tendencia a recurrir exclusivamente a los criterios de utilidad, del beneficio y del tener. Es importante no separar el concepto de justicia de sus raíces trascendentes. La justicia, en efecto, no es una simple convención humana, ya que lo que es justo no está determinado originariamente por la ley positiva, sino por la identidad profunda del ser humano. La visión integral del hombre es lo que permite no caer en una concepción contractualista de la justicia. La “ciudad del hombre” no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. 



Autor: Benedicto XVI

domingo, 8 de enero de 2012

Juicio a Sócrates (3ª parte, sentencia)

http://www.youtube.com/watch?v=sqkWKyV8zsU

Y este es el desenlace. Interesante reflexión acuerda de la fuente de la justicia, que no es la opinión de la mayoría, ni los deseos de los poderosos.
"El mayor de los males no es la muerte ni el destierro, sino trabajar para procurar la muerte de un inocente"

EL JUICIO CONTRA SÓCRATES (2ª PARTE)

http://www.youtube.com/watch?v=XiCZT-mLyYM&feature=related


Segunda parte del juicio: esto se pone muy interesante...
"...Os amo, atenienses, pero en lo que a mi respecta, no desobedeceré a mi dios, que me manda razonaros..."

EL JUICIO CONTRA SÓCRATES (1ª PARTE)

http://youtu.be/TT1_UWbm9sc


El fragmento pertenece a la película Sócrates, de F. Rosellini. Al episodio le falta dramatismo a mi juicio, pero es uno de los momentos más grandes de la historia de la humanidad.
"...Yo obedezco al dios que me obliga a buscar la verdad"