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domingo, 15 de diciembre de 2013

PISA, LOMCE... ¿EL PELIGRO DE UN ESPEJISMO EDUCATIVO?


Susanna Tamaro


El tema de la educación ha saltado de nuevo a todas las portadas a propósito de la publicación del Informe PISA 2012 y de la perspectiva de un nuevo marco legal para el sistema educativo español.

Pero me temo que el horizonte de muchas de esas reflexiones no pasa de la conexión necesaria –y lo es, no voy a discutirlo- entre la formación que el sistema educativo ofrece y las demandas y expectativas del sistema económico. Y aquí se prioriza el objetivo de orientar la educación hacia las competencias que mejoren la empleabilidad, el emprendimiento, el manejo de los idiomas y de las TIC… Es evidente que preocupa el futuro de nuestros jóvenes, y a la vez el de nuestro país, con el problema del paro y la creación de empleo como prioridad máxima.

Sin embargo, al igual que a este complejo mundo le aqueja una preocupante crisis económica, no debemos olvidar que el origen de ésta se encuentra en la generalización de estilos de vida y de decisiones dominadas por la falta de escrúpulos éticos. Y también por el desconocimiento y el desprecio de la dignidad de las personas, de todas y cada una de las personas, sometidas en el ámbito legal y en la práctica al imperio de los más fuertes y poderosos, y al relativismo intelectual y moral generalizados. La corrupción no es privilegio exclusivo de los políticos; es cosa bastante repartida.

La educación no puede limitarse a ser un reflejo de las carencias sociales y culturales del momento. Los educadores -padres, madres, profesorado- pueden y deben hacer mucho. Los responsables de desarrollar reglamentariamente las leyes de educación tienen en su mano decisiones en las que debe estar presente, ante todo, la formación integral de los niños y los jóvenes.

El problema no es que todos tengan acceso a las nuevas tecnologías, que hablen varios idiomas, o que desarrollen eficazmente una mayor ambición por enriquecerse. El mayor problema es que las grandes cuestiones de la vida se pueden quedar fuera de la educación. Decía Séneca que si el marino desconoce dónde está el norte, todos los vientos le son adversos. Y a esto puede contribuir la actual fiebre utilitarista y el enésimo olvido o postergación de las humanidades, de la formación ética y de la filosofía en los currículos. Por la misma razón, también, lo que más debe preocuparnos es que los padres puedan ofrecer tiempo y dedicación a sus hijos.

Hace sólo unos días escribía Susanna Tamaro un artículo en el que hablaba de la dificultad de asumir la función paterna, especialmente con relación a los hijos e hijas adolescentes. Pero lo que decía vale para todos los responsables de la educación:

“La generación que hoy se asoma a la pubertad (a menudo formada por hijos únicos de padres separados que trabajan todo el día) es quizá la primera criada por niñeras electrónicas: televisión, videojuegos, redes sociales... 

 (…) Hay soledad, demasiada soledad entre estos adolescentes. Una soledad poblada de contactos y amigos virtuales, de distracciones y solicitaciones sonoras. Han crecido en un desierto de valores que los vuelve confusos y aburridos. Se diría que ninguno ha rozado jamás su núcleo esencial, que ninguno se ha formulado preguntas fundamentales sobre el significado de la vida: “¿Quién soy?”, “¿por qué estoy aquí?”, “¿qué está bien y qué está mal?”.

 Instar a (los) adolescentes, a responder a estas preguntas es quizá el primer paso que los adultos podemos dar para restablecer en ellos aquellas nociones de dignidad e integridad que, al crecer, tendrán que conquistar si no quieren verse expuestos a la humillación de una vida vivida ‘al tuntún’.”

Urge propiciar el acceso de los jóvenes al mundo del trabajo y convertirles en agentes eficientes de la maquinaria productiva. Pero lo importante es que no pierdan de vista el verdadero valor de las cosas… y de las personas. Es necesario que nuestros jóvenes se conviertan en óptimos trabajadores, pero es imprescindible que  nunca se olviden de para qué trabajan. Nuestros niños y jóvenes necesitan sobre todo maestros de vida.



Valores y actitudes éticas son la parte de la educación llamada a persistir siempre, incluso en una sociedad pragmática como la nuestra.  Es cierto que la dura competencia por los primeros puestos, por las calificaciones necesarias para acceder a determinados estudios, por triunfar en el trabajo o los negocios, no va a desaparecer. Pero cuando un joven o una joven se presenten a una entrevista para pedir un trabajo, serán las perennes virtudes de responsabilidad, honradez, lealtad, constancia, laboriosidad, etc. las que contarán. O cuando tengan que afrontar problemas familiares, cívicos o de conciencia profesional, por ejemplo serán los criterios, hábitos y disposiciones morales los que iluminarán sus decisiones.

Es posible que movidos por la urgencia del momento económico, volvamos a olvidar la importancia de la educación integral. Nuevos conocimientos, procedimientos, competencias, habilidades… se convertirán, si esto vuelve a ocurrir, en un seductor espejismo en medio de un desierto de valores; en una vida vivida “al tuntún”.



viernes, 27 de enero de 2012

"Valores" de hoy según Quino

Este Quino es genial:


Vale ¿y tú? (¿y yo?) 

Seremos más geniales si en lugar de sonreír o de decir: 
"!Oh, qué razón tiene... a dónde vamos a llegar!", hacemos algo concreto por cambiar algo.

En mi vida, en la de mis hijos, en la de mis alumnos,en la de mis amigos. 

Puede valer un comentario que haga pensar, con gracia, y cambiar. 
Comprar algo que no es la última cosa que lleva todo el mundo...
No dejarse llevar por las ganas de quedar bien (sin necesidad de que se entere nadie)...

Y si lo piensas, seguro que se te ocurre algo más para empezar a cambiar este mundo, empezando por ti.

Posdata: si eres educador/padre, no tienes disculpa. ¡¡¡¡ Oh, se siente !!!!

domingo, 15 de enero de 2012

LAS HUMANIDADES: UN PELIGRO (Cita de Alejandro Llano)

         "A mi juicio, resulta lamentable que una buena parte de las familias españolas –tan permisivas en casi todo- prohíban de hecho a sus hijos que lo desean el estudio de carreras humanísticas, porque temen que su futuro económico sea inferior al de los que siguen profesiones técnicas y administrativas. Parece que no le faltaba visión de futuro a Edmund Burke cuando anunció hace dos siglos que el dinero se iba a convertir en 'el sustituto técnico de Dios'." 
         De hecho, la España actual llama la atención a sus visitantes por el extremado materialismo, el desbordamiento de su capacidad de consumo, y la pasividad con la que su población ha aceptado la imposición de una de las legislaciones éticamente más primitivas del mundo. (…)
            Por decirlo ya abruptamente, la apasionante tarea que tiene ante sí la Universidad actual es la de pensar, articular, proyectar y transmitir una nueva visión del hombre y del mundo que responda a la dignidad de la persona, que se abra al designio salvador de Dios, y que sea adecuada para encaminar una sociedad crecientemente mundializada hacia planteamientos más justos y equilibrados."
(Alejandro Llano. La nueva tarea de la Universidad)


martes, 10 de enero de 2012

LAS DOS MIRADAS SOBRE EL SER HUMANO (I/II)


Entendemos aquí ‘mentalidad’ como un modo más o menos sistemático de entender la vida y la realidad, vigente de forma un tanto difusa en un momento histórico o cultural determinado. Según esto, puede decirse que numerosos síntomas del presente parecen revelar la existencia, a grandes rasgos, de dos mentalidades contrapuestas, de dos miradas muy diferentes a la hora de considerar al ser humano y su valor.

Pragmatismo

Por un lado está la que llamaríamos mirada o mentalidad pragmática, que puede caracterizarse como un modo de considerar las cosas y los acontecimientos según un cálculo de intereses y de utilidad. La realidad sería el ámbito de realización de los intereses humanos, en el que el hombre está llamado a ejercer un control y un dominio efectivo sobre las cosas. Saber acerca de las cosas sería una forma de poder. En expresión de Tomás Hobbes, “conocer una cosa significa saber qué se puede hacer con ella cuando se tiene”.

La meta de la vida humana según esta visión sería el éxito, la consecución de los propios proyectos. El ser humano se hace a sí mismo digno en la medida en que satisface sus necesidades y deseos, en que consigue hacerse a sí mismo autosuficiente, no carecer de lo que desea o necesita –aquí ya no sería nada fácil distinguir entre necesidad y deseo-. Para ello dispone de poderosos instrumentos: la economía, la ciencia, la política, la técnica… Además, la naturaleza, el entorno formado por los seres que rodean al hombre, queda reducida a una mera fuente de recursos, a un stock de bienes de consumo y transformación para su aprovechamiento y explotación inmediatos. Una de las expresiones más rotundas de esta mentalidad es el mercantilismo que, al extender criterios y procedimientos del mercado a los demás ámbitos de la vida humana, ha sustituido el valor de las cosas por su precio. Una de las formas más extendidas de medir el valor de algo (un negocio, una empresa, un objeto, un producto, etc.) es averiguar si “la gente” está dispuesta a pagar dinero por ello.

En este planteamiento, también las relaciones humanas son valoradas por su utilidad. Las demás personas adquieren un valor en la medida en que resultan útiles, en que se hacen valer por sus cualidades, éxitos, fortalezas, medios económicos, posición social, poder político… Y así pueden ser susceptibles de envidia y de admiración, pero también de uso y eventual sustitución, pueden ser rivales en la lucha por el poder o el triunfo o socios que, mientras lo aconseje la eventual confluencia de intereses, trabajan por su logro o incremento.

En El principito, Antoine de Saint-Exupèry presenta a un joven  príncipe que, descantado y a la búsqueda de alguien de quien hacerse amigo, llega a una serie de planetas solitarios cuyos habitantes –un rey, un vanidoso, un geógrafo, un bebedor, un hombre de negocios…- no ven en el pequeño visitante sino a un súbdito, un admirador, un explorador, una molesta interrupción en sus negocios… Es decir, sólo lo contemplan en tanto en cuanto presenta o no para ellos una utilidad. Tras dialogar con cada uno de ellos, el principito abandona sus planetas porque en ellos “no hay lugar para dos”. Se da cuenta de que no es valorado por sí mismo, por ser él, una persona única con la que es posible entablar una relación de amistad, no utilitarista. A nadie se le escapa que esta parábola alude a que un modo reduccionista de considerar al ser humano es fuente de desencuentros, conflictos, malentendidos, abusos, injusticias a pequeña o gran escala. Y de una gran soledad y falta de sentido.

Para esta mirada pragmática acerca de la vida, el tiempo es medido también por su utilidad. El tiempo es oro, un capital que se gasta al utilizarlo y que no debe desperdiciarse en cosas inútiles, sino que ha de invertirse de forma rentable. “Ganar tiempo” sería hacer negocios, producir más, tener más cosas, vivir deprisa. El propio libro que acabamos de mencionar –en el que aparece, por ejemplo, un vendedor de pastillas que calman la sed y permiten ahorrar tiempo, pero que impiden disfrutar de un tranquilo paseo hacia una fuente–, u otros como Momo, de Michael Ende, insisten en una visión más profunda sobre el tiempo, que posee un tipo de valor más hondo que el económico y material.

La mirada del pragmatismo, en suma, es febril, vertiginosa. Y también superficial, incapaz de ofrecer fundamento a proyectos vitales de envergadura. Es correr muy deprisa hacia no se sabe dónde, viajar en aviones, naves y trenes de alta velocidad cuyo destino, en el fondo, se desconoce. “La nuestra, dijo Einstein, es una época de medios perfectos y de metas confusas”.
(Continuará)




domingo, 27 de noviembre de 2011

MAQUIAVELO: PRAGMATISMO POLÍTICO

Expongo a continuación una jugosa cita de Nicolás Maquiavelo, con la que parecen estar de acuerdo políticos de ayer y de hoy. Muy al contrario, la política debe ser un arte y un saber esencialmente ético: el fin bueno no justifica los medios inicuos -menos aún si el fin es el logro o la conservación del poder-. No es lícito hacer el mal para obtener un bien, sea cual sea. 


En el fondo deseo rendir homenaje a los políticos honestos que en el mundo han sido, deseo pensar que no han sido pocos, y a algunos conozco.


           “Todos sabemos cuán digno de ala­banza es que el príncipe mantenga la fe dada y viva con integridad y sin astucia. Pero la experiencia de nuestros tiempos nos dice que los príncipes que han hecho grandes cosas son los que menos han mante­nido su palabra y con la astucia han sabido engañar a los hombres, su­perando en fin de cuentas a quienes ponen sus fundamentos en la lealtad.
         ...Es cosa que conviene entender bien: que un príncipe, sobre todo un príncipe nuevo, no debe obser­var todo lo que hace que los hom­bres sean tenidos por buenos, por­que en ocasiones, para defender su Estado, necesitará actuar contra la lealtad, contra la caridad, la huma­nidad y la religión. Tiene que con­tar con un ánimo dispuesto a mo­verse según sople el viento de la fortuna e impongan las diferentes circunstancias, sin apartarse del bien -si es posible- pero sabiendo también entrar en el mal, si es ne­cesario...
         Haga el príncipe cuanto deba por dominar y conservar el Estado, que los medios siempre serán considera­dos justos y alabados por todos; pues al vulgo lo convencen las apa­riencias y el resultado de cada cosa.”
(El Príncipe, XVIII)

lunes, 16 de mayo de 2011

SÓCRATES, MODELO DE CIUDADANÍA


DOS MODOS DE ENTENDER LA CIUDADANÍA: LOS SOFISTAS Y SÓCRATES
Hoy la convivencia recuerda mucho en algunos países de Occidente, aunque suene algo exagerado, a lo que ocurrió nada menos que hace 2.500 años en la ciudad de Atenas. Me refiero al enfrentamiento entre dos concepciones de la vida cívica, que son en realidad dos modos de entender al ser humano.
Una, basada en la lucha por el poder político y económico como llave para decidir los destinos de todos y como forma de obtener el éxito individual. Es la que encarnaban en la antigua Grecia ciertos famosos personajes a los que se conoce con el nombre de sofistas.
La otra, orientada a conseguir el bien común, como fruto de la orientación al bien por parte de todos y  cada uno de los ciudadanos, por encima de intereses particulares y ateniéndose a las exigencias de la justicia. Es la que representa el maestro fundador del pensamiento occidental, Sócrates.
Asombra comprobar que la descripción de ambas concepciones nos permite entender algunas de las claves de nuestro tiempo.
LOS SOFISTAS: EL PODER ES LA MEDIDAD DE LAS COSAS
La prosperidad comercial y la paz social que siguieron a la victoria sobre los persas (479 a. JC.), hicieron de Atenas, la polis (ciudad) más poderosa del momento, un hervidero de gentes, un paraíso de las artes y una acumulación de riquezas económicas. Pericles instauró la democracia como forma de gobierno, lo que facilitaba a todos los ciudadanos el intervenir en las deliberaciones pública y restaba influjo a los nobles. Éstos, dispuestos a triunfar en las discusiones y parlamentos, decidieron invertir en la educación de sus hijos para que éstos vinieran otra vez a ejercer el protagonismo político. ¿Pero quién podía formar a los jóvenes para hacerse con el éxito?
 Los sofistas eran los educadores de la juventud aristocrática ateniense. Una época como aquélla, en la que el éxito político de los ciudadanos, en especial de los más adinerados, era la preocupación fundamental, favoreció la llegada y el rápido auge de maestros de elocuencia, expertos en el arte de convencer por medio de la palabra y el discurso, llamados  a formar a los dirigentes de la vida pública. El historiador Werner Jaeger señala a los sofistas como los auténticos representantes del espíritu de aquel tiempo, “de una época que tiende en su totalidad al individualismo.”[1] ¿Quiénes eran los sofistas?
La enseñanza de los sofistas, reflejo fiel de la mentalidad dominante en este momento, da más importancia al interés y a la búsqueda del éxito social que a la preocupación por averiguar qué es bueno, verdadero y justo. La utilidad y la eficacia importan tanto que la virtud se reduce a la habilidad o destreza en el manejo de las técnicas que conducen al poder y a la riqueza. Virtuoso significará hábil. Y virtud cívica (politikè areté) se entenderá como sinónimo estricto de habilidad política.
La educación que imparten los sofistas apunta al cultivo de la pericia para desenvolverse ante un auditorio de acuerdo con lo que se espera o se desea conseguir de él. El escepticismo intelectual que profesan con más o menos variantes pone de manifiesto que no hay criterios objetivos en la naturaleza de las cosas (‘physis’) que puedan servir de indicación o pauta para la conducta de los hombres. No puede reconocerse en ese ámbito una norma trascendente o superior para la valoración de las acciones humanas: Nada es bueno ni malo de suyo. Como afirma Protágoras, “las cosas son según le parece a cada cual”. Se entroniza así el relativismo ético. Con él, la ley del más fuerte, del más sagaz e influyente, del más ágil, de los más numerosos, amenaza con convertirse en norma.
Por la misma razón tampoco existe un fundamento que justifique la existencia y el contenido de las leyes más allá o por encima de los acuerdos o pactos humanos. No es posible remontarse a una norma de justicia o legitimidad que trascienda lo legal establecido.
Ahora bien, frente a esta carencia de fundamentos objetivos para el saber, para la moral y para la vida social, se alza eficaz y magnífica la palabra. “Con la palabra,  proclama Gorgias de Leontino, se fundan las ciudades, se construyen los puertos, se impera al ejército y se gobierna al Estado.”
En cuanto a los dioses, dirá Protágoras nuevamente, no alcanzo a saber si existen o no. Numerosos son los obstáculos que impiden saberlo, tanto el carácter no manifiesto de la cuestión como la vida breve del hombre.”[2] A este respecto, Critias no duda en pronunciarse acerca del posible valor –valor de utilidad- de la existencia de los dioses con palabras que hubieran despertado la admiración de Voltaire o Diderot: “Hubo un tiempo, relata el sofista ateniense, en que la vida de los hombres era desordenada y salvaje, esclava de la fuerza, ya que no había ninguna recompensa para los buenos y ningún castigo para los malos. Y me parece, prosigue, que por ello los hombres establecieron leyes punitivas, a fin de que la justicia fuese soberana de todos por igual, y se dominase la fuerza... Y como las leyes impedían hacer en público actos de violencia pero se hacían a escondidas, entonces, según parece, un hombre prudente y sabio inventó para los humanos el temor a los dioses.”[3]
En cuanto al ser humano, la sentencia de Protágoras parece dejarse escuchar aún entre los foros y areópagos de todos los tiempos y latitudes: “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, y de las que no son en cuanto que no son.”[4] Cada individuo, por consiguiente, determina el valor y la consistencia que las cosas o las acciones han de tener, en función del modo en que afectan a su vida.
Pero la radical pregunta que tantas veces le atajó el paso en su camino disolvente: “¿Y quién es la medida del hombre?”, apenas logró enmudecerla por un momento.[5] Porque Gorgias, aún más consecuente, viene a argumentar: -¿Y qué más da?... Aunque nada existiera con certeza, aun cuando nada explique que podamos conocer y comunicarnos[6], “la palabra es una gran dominadora, puesto que con un cuerpo imperceptible realiza obras verdaderamente divinas”[7], y esa palabra está a disposición del hombre capaz de hacer uso de ella.
En suma, puede concluirse que para Gorgias, aunque no conocemos nada más que apariencias, la retórica es el arte de descubrir y utilizar aquéllas que pueden sernos útiles en cada caso particular. En palabras de Jaeger, Gorgias “considera como prueba de la grandeza de su arte del hecho de elevar la fuerza de simple palabra a instancia decisiva en el más importante de todos los campos de la vida, en el de la política.[8] La retórica es el instrumento idóneo para hacerse con el poder, para mantenerlo y acrecentarlo.
La concepción sofística del hombre es la de un “ciudadano del mundo” (kosmopolités) que, desarraigado del entorno nutricio de su ciudad, se emancipa por su destreza y habilidad, por su sagacidad y por el grado de poder al que consigue encaramarse, de toda índole de leyes naturales, dioses, principios especulativos y costumbres ciudadanas. Dominador y autor de leyes (convenciones) y pactos, aparece como creador de valores, al ser medida de lo que es y de lo que no es por su voluntad y su elocuencia.
Llamado de este modo a dominar sobre sus semejantes, se apoya en la retórica para lograr el poder político; aparece así como un ser independiente, autosuficiente en la medida en que logra el poder, pero inerme y sin respaldo alguno cuando se ve a merced de más sagaces adversarios.
Estamos ante una visión antropocéntrica de la realidad, ya que nada en la naturaleza es ajeno o superior a los intereses del hombre, o al menos nada de lo ajeno a dichos intereses merece ser tenido en cuenta en el ámbito natural o en cualquier otro. Ni el ser en su globalidad ni el hombre mismo en cuanto tal –¿quién es el medidor del hombre?- tienen consistencia ontológica. Todo -lo natural, lo social, lo humano- se subordina al arbitrio de quienes de hecho están en condiciones de decidir sobre su valor en la práctica. Las cosas “son”, resultan ser o se valoran tal y como decida quien de hecho puede hacerlo: los hombres –cada cual para sí, y los poderosos para la colectividad- son la medida de las cosas. Lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, es determinado por el legislador. Sea lo que sea, lo que éste decida será lo que “está bien”. En suma, los que triunfan por su elocuencia y su sagacidad son los que imponen su manera de ver la vida. Los que fracasan en el empeño quedan de este modo marginados y a su merced.
Atenas se ha convertido en una palestra de ganadores. Lo malo es que ya no es un pueblo, al menos del modo como los griegos habían entendido la polis hasta ese momento, como un ámbito de convivencia que brinda criterios, valores, identidad y acogida a los ciudadanos.
Escepticismo, relativismo y nihilismo práctico son lacras profundamente impresas en la vida pública y privada de Atenas cuando Sócrates, un ciudadano más bien modesto que vive de su trabajo de alfarero, aparece en la vida pública. No predica, al parecer, doctrina alguna; pero su conversación y sobre todo sus preguntas, ponen en serios aprietos a personajes notables y a sofistas. Ni que decir tiene, su actividad despierta la curiosidad y el entusiasmo de un buen grupo de jóvenes amigos, entre los que se encuentra uno de apenas veinte años al que todos cariñosamente apodan Platón. Pero al mismo tiempo se granjea la animadversión de hombres poderosos que no cejarán hasta conseguir su muerte.

SÓCRATES: “AMIGO, OCUPÉMONOS DEL ALMA”
            Si para los sofistas la medida de todas las cosas, de su ser y su no ser, de su valor y su indigencia, es el hombre, no en cuanto tal sino en cuanto capaz de dominación, para Sócrates el verdadero valor de las cosas pasa igualmente a través del ser humano. Pero él no se hace cuestión de lo que el hombre ‘dice’, de lo que ‘hace’, ‘puede’ o ’tiene’, sino de ‘lo que es’ y, en consecuencia, de lo que ‘debe’ hacer. Y de ahí que haga suya, como inspiración permanente de su pensamiento, la máxima de Delfos: “Conócete a ti mismo”. No se considera a sí mismo sabio, sofista, sino filósofo, buscador de la verdad, amante apasionado de la sabiduría y también de su ciudad.
            Lo primero que llama la atención en la antropología de Sócrates es su interioridad. Así, podemos leer en la Apología escrita por Platón: “Toda mi preocupación se reduce a moverme por ahí, persuadiendo a jóvenes y viejos de que no se preocupen tanto ni en primer término por su cuerpo y por su fortuna como por la perfección de su alma”.[9] Lo radical en el ser humano  está en su interior, en lo que Sócrates llama su alma, ese núcleo íntimo que define la identidad de cada hombre o mujer y que es fuente de su actuación moral. No es que el cuerpo sea ajeno al hombre, sino que debe subordinarse en todo momento a lo que en el ser humano hay de más noble, el alma, que es inmortal y cercano a la divinidad.
            Cada hombre, buscando en su interior, en su alma, encontrará la pauta de su conducta moral, tanto para su vida privada como para la vida pública, y que es superior a él mismo y a sus deseos e intereses. Pues no hay en el hombre dos vidas o identidades. “La cultura en sentido socrático, afirma Jaeger, se convierte en la aspiración a una ordenación filosófica de la vida que se propone como meta cumplir el destino espiritual y moral del hombre.”[10] Por eso, la verdadera educación no consiste en adiestrar al hombre en el manejo de ciertas habilidades retóricas o sociales, sino en el cuidado del alma, es decir, en ponerla en condiciones de alcanzar el conocimiento de la verdad y del bien, y en el ejercicio de una vida conforme a la virtud. Para un hombre que vive así, el conocimiento de la verdad, es decir, la ciencia (episteme), vendría a ser un ámbito de saber no sujeto a los intereses, a las circunstancias o las variables opiniones, sino dotado de consistencia y objetividad, al alcance de cualquiera, poderoso o no, que busque el conocimiento de sí mismo y en éste, no el temeroso culto a las apariencias, sino el descubrimiento de un modo de ser que reclama fidelidad y que ofrece la norma que ha de seguirse en la vida.
            La reforma de la polis, abrigo espiritual del hombre griego, consiste para la mirada socrática en la restauración de un sentido moral interior en el que la verdad y la justicia son para todos por igual, por encima de opiniones e intereses; nunca realizable por la implantación violenta de un poder externo sino por el cultivo de la virtud en el alma de cada ciudadano.
            La filosofía, ese camino que busca saber acerca de la esencia y de las causas de las cosas, presenta en Sócrates una dimensión de ultimidad. Es el esfuerzo de la razón y del amor para trascender el estrecho ámbito de los intereses inmediatos, y para conocer los fundamentos y el sentido último de la vida. Ningún sofista podría afirmar como él ante sus jueces: “Atenienses, os respeto y os amo; pero obedeceré a Dios antes que a vosotros y, mientras yo viva no dejaré de filosofar, (...) diciendo a cada uno de vosotros cuando os encuentre: Amigo, ¿cómo no te avergüenzas de no haber pensado más que en amontonar riquezas, en adquirir crédito y honores, en despreciar los tesoros de la verdad y de la sabiduría, y de no trabajar para hacer tu alma tan buena como pueda serlo?”[11]
            Frente a la usurpación realizada por una presunta forma de sabiduría, reducida por la retórica sofística a ser instrumento al servicio del interés y del poder a ultranza, Sócrates representa la búsqueda sistemática de la verdad como una forma de vivir, la filosofía; ésta se hace camino hacia el interior del ser humano y hacia su conciencia moral, abierta a la realidad misma de las cosas, de la que todos los hombres deben y pueden aprender.




[1] Werner JAEGER. Paideia: los ideales de la cultura griega. México, 1971, pág. 272.
[2] DIÓGENES LAERCIO, IX, 51. DIELS, B 4.
[3] DIELS, 88 B 25.
[4] DIELS, 80 B I.
[5] Platón responderá taxativamente a Protágoras: “La medida de todas las cosas es Dios.” (Leyes, 716 C). Esta es en definitiva, a nuestro juicio, la única batalla que desde sus principios conmueve al mundo.
[6] “Nada existe. Aunque existiera no puede conocerse. Aunque fuera conocido no puede comunicarse” (DIELS, 82 B 3. Cfr. SEXTO EMPÍRICO. Adv. Math. 7, 65 y ss).
[7] Elogio de Helena, 8, 14.
[8] WERNER JAEGER. Ob. cit., pág. 513. Para este autor, la retórica, en este contexto, no incluye tras su pantalla deslumbradora “ningún saber objetivo, una filosofía sólida ni una concepción firme de la vida; además, no la anima ningún ethos, sino que sus móviles son la codicia, la voluntad de éxito y la falta de escrúpulos” (Ibídem, pág. 512)
[9] PLATÓN. Apología de Sócrates, 171, 29 e.
[10] WERNER JAEGER, Ob. cit., pág. 450.
[11] PLATÓN. Ob. cit., 169, 29 d-e.