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miércoles, 7 de junio de 2023

¿PARA QUÉ SIRVE LA VERDAD?


 

Un autor contemporáneo llamaba no hace mucho la atención sobre un hecho algo llamativo: “Los filósofos, decía, han sido siempre unos ciudadanos mal mirados en la ciudad. Nunca se ha sabido exactamente qué hacer con ellos... Por eso unas veces se los ha enviado al exilio por carencia de trabajo para ellos y otras por el contrario se les ha encargado el gobierno de la polis.”(1)  Claro que “esto último era pensable en tiempos en que (...) a la verdad se le confería un peso de realidad discernible.(2)       

Sin embargo, como ha escrito Xabier Zubiri, “hoy estamos innegablemente envueltos en todo el mundo por una gran oleada de sofística”.(3) Para el gran metafísico español, la sofística quiso “formar a los nuevos hombres de Grecia desentendiéndose de la verdad.”(4) Y no es exagerado afirmar  que “como en tiempos de Platón y de Aristóteles, también hoy nos arrastran inundatoriamente el discurso y la propaganda”. (5)

 Y ello hasta extremos de magnitud incalculable, puesto que los logros y posibilidades de nuestro desarrollo tecnológico hacen que el poder económico-político se extienda hasta absorber todas las esferas de la cultura, es decir, de la conciencia que el ser humano posee de sí mismo y de su lugar en el mundo. 

En este sentido decía Guardini que la cultura es una “imagen existencial humana” y que “para medirla, no bastará sólo preguntar qué consigue, sino también que se hace en ella del hombre”. (6)

            Pues bien, la filosofía es la pregunta a un tiempo racional, radical y global que, a decir de Hegel, lleva a pensar el propio tiempo. No es exagerado observar que el nivel de humanidad de una época puede medirse por las reflexiones filosóficas en que se inspira. Un tanto hiperbólicamente, se ha llegado a decir que la historia es la filosofía puesta en ejemplos.

Sin embargo, lo primero que cabe resaltar aquí es lo peculiar del papel que a la actividad filosófica se le asigna en la vida. Se insiste a menudo –y no voy a discutirlo ahora- en que la filosofía no sirve para nada. Pero cuando en un pueblo se han ausentado los auténticos filósofos, aunque haya algunos que se sirvan de ese nombre para halagar a quien les paga o para construir un pedestal a su vanidad, ocurre que todo espacio de libertad es utilizado para preparar la conquista del poder en cualquiera de sus formas. Porque si lo único que cuenta es quién tiene el poder y como puede hacerlo valer de manera efectiva, ¿para qué sirve la verdad?, ¿para qué puede servir buscarla en todos los órdenes de la realidad y de la vida? Hay varias respuestas plausibles. En esta ocasión nos centraremos en una que nos parece fundamental.

La verdad, precisamente porque no es algo útil, es la condición más indispensable para que sea posible la libertad humana. Sucede de hecho que la libertad, el camino del ser humano hacia sí mismo y su plenitud, no carece de dificultades y riesgos. Y uno de los más importantes es que –como ocurría con los sofistas de antaño- sea disociada de la verdad.




Una libertad al margen de la verdad

¿Por qué la libertad es “difícil”? En primer lugar, porque hay algo en el ser humano que quiere la libertad, sin duda, pero también existe algo en él que la rechaza o siente su ejercicio como algo arduo y demasiado cargado de responsabilidades, algo que la aborrece, que se cansa. Resulta que es más fácil ser esclavo que libre, y es más fácil también luchar por la libertad que vivir en ella, porque no basta con proclamarla, fingirla o tolerarla, sino que hay que apuntalarla en la verdad –es decir, en lo real- y darle un sentido, un para qué consistente, acorde con lo verdaderamente humano. Pero desde ese momento nos vemos vinculados, obligados, comprometidos. 

Por eso es más simple dejarse llevar. Salustio escribía ya que la mayoría de los hombres no quieren en realidad ser libres; prefieren tener buenos amos.

Y por eso comprobamos a menudo que el individuo tiende con demasiada facilidad a claudicar pasivamente ante el poder. Sin embargo, el único antídoto contra el poder desnudo que no reconoce norma alguna por encima de sí, es la afirmación de la verdad; más precisamente aún, el compromiso vital con ella.

El siglo XX y el XXI son una verificación de que los asesinos y los mercenarios de los regímenes y movimientos fanáticos y totalitarios, de los cárteles y los llamados “ejércitos de liberación”, se reclutan entre hombres así, hombres grises, simplificados, más dóciles a su agresividad y a sus apetitos que a los argumentos y afanes de la inteligencia; y por ello más manipulables. Es el Poder, el partido, el sindicato o el grupo mediático quienes deciden las injusticias que deben indignar y las que deben dejar indiferente, lo que ha de tolerarse y lo que no. Este imperio de lo opinable y de la cancelación, en el que la verdad depende de quien la diga y de la violencia con que lo haga, crea un tipo de ciudadano perfectamente dócil a toda forma de totalitarismo.

En su novela 1984, George Orwell se plantea con fiereza la posibilidad de que la verdad fuera el resultado de una decisión de los fuertes, del sistema, del “Gran Hermano”. ¿Quién, por consiguiente, podría negar entonces que dos y dos fueran cinco si así lo establecía un poder vigilante por encima del cual no hay nada? ¿Quién puede defender en ese caso a sus víctimas? ¿En nombre de qué? ¿Cómo puede no extinguirse la libertad? 

En un importante pasaje de la narración, Winston Smith, el protagonista, acaba de descubrir las pruebas de una falsificación documental realizada por el llamado Ministerio de la Verdad, en el cual trabaja; medita acerca una noticia manipulada que ha llegado a su poder y que inculpa a tres individuos inocentes. Él lo sabe, pero conocer la verdad sobre este asunto hace que su conciencia le sitúe frente a la lectura oficial de los hechos:

“Se preguntó... si no estaría loco. Quizás un loco era sólo una “minoría de uno”. Hubo una época en que fue señal de locura creer que la tierra giraba en torno al sol: ahora era locura  creer que el pasado era inalterable... Pero la idea de ser un  loco no le afectaba mucho. Lo  que le horrorizaba era la posibilidad de estar equivocado.

            (...) Al final, el Partido anunciaría que dos y dos son cinco y habría que creerlo. Era inevitable que llegara algún día al dos y dos son cinco. La lógica de su posición lo exigía. Su filosofía negaba no sólo la validez de la experiencia, sino que existiera la realidad externa. La mayor de las herejías era el sentido común. Y lo más terrible no era que le mataran a uno por pensar de otro modo, sino que pudieran tener razón. Porque, después de todo, ¿cómo sabemos que dos y dos son efectivamente cuatro? O que la fuerza de la gravedad existe. O que el pasado no puede ser alterado. ¿Y si el pasado y el mundo exterior sólo existen en nuestra mente y, siendo la mente controlable, también pueden controlarse el pasado y lo que llamamos la realidad?

           ¡No, no!, a Winston le volvía el valor (...) Había que defender lo evidente. El mundo sólido existe y sus leyes no cambian. Las piedras son duras, el agua moja, los objetos faltos de apoyo caen en dirección al centro de la Tierra... 

Con la sensación (...) de que anotaba un importante axioma, escribió: "La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sus pasos contados.” (7) 

La verdad es peligrosa para el poder absoluto y totalitario, para los enemigos de la libertad; descalifica el voluntarismo nihilista de los superhombres. Por eso, el antagonista de Winston en la novela orwelliana, no duda en afirmar: 

“Nosotros, Winston, controlamos la vida en todos sus niveles. Te figuras que existe algo llamado  la naturaleza humana, que se irritará por lo que hacemos y se volverá contra nosotros. Pero no olvides que la naturaleza humana la creamos nosotros. Los hombres son infinitamente maleables... Si tú eres un hombre, Winston, es que eres el último ejemplar de esa especie. A esa especie la hemos sucedido nosotros. ¿Te das cuenta de que estás solo, absolutamente solo? Te encuentras fuera de la historia, no existes.” (8)

 


La mentalidad dominante en nuestro tiempo 

Max Weber consideró que nuestra época asistía al “desencantamiento del mundo”, refiriéndose al carácter de una sociedad occidental modernizada, burocratizada, secularizada, donde la comprensión científica está más valorada que la creencia y el misterio, y donde los procesos están orientados a metas racionales: no existen en torno a nuestra vida poderes ocultos o imprevisibles, sino que, por el contrario, todo puede sor dominado mediante el cálculo y la previsión. (9)

Pues bien, los acontecimientos mismos han mostrado que el control propio de una razón dominadora, autoconvencida de que saber es un poder (10)amenaza con convertir el nuestro en un mundo sin encanto, sin vínculos profundos y sin hogar, regulado por los sueños oscuros del poder. La razón misma, autosuficiente, no tendría ni pretendería otra justificación que sus propias creaciones. Los tortuosos desafíos de algunos hombres de ciencia o de algunos centros del poder económico pueden servir como ejemplos recientes de lo que venimos diciendo.

            Si tuviéramos que pensar el propio tiempo, como pedía Hegel a la filosofía, podríamos destacar que se ha extendido en los últimos tiempos, por encima de escuelas y sistemas filosóficos, la convicción de que el hombre "auténtico" –varón o mujer- es el que triunfa en la vida, lo cual significa: el que llega a ser autosuficiente, el que se desata de vínculos y dependencias forjando su propia seguridad e imponiendo sus deseos, el que no se debe a nadie más que a sí mismo y sólo es para sí mismo. En el ámbito individual eso significa autosatisfacción y bienestar, y en el colectivo –si es un grupo o una colectividad quien se erige en sujeto-, control, dominio y eficacia. Y el camino para lograr tal grado de autoafirmación no es otro que el propio hacer.

Esta mentalidad hoy dominante se levanta sobre el viejo desprecio del saber teorético en pro de la mentalidad productiva (poiesis) y la eficacia ("saber es poder"); hizo eclosión durante la Ilustración, momento en que la razón humana fue proclamada mayor de edad, y cuenta hoy con cauces muy precisos: economía, política, ciencia, técnica, informa­ción de masas..., o, si se quiere, economicismo, estatificación y pensamiento único, tecnocracia, con­sumismo... 

 


Las ideologías

Es producto de un implacable proceso de “ideologización de la cultura”. Pero, ¿qué debe entenderse por "ideología"? Las ideologías son sistemas de ideas que ofrecen una interpretación del mundo y del ser humano que sirven como instrumento para la instauración de una voluntad de dominio. Las ideologías son eminentemente pragmáticas, detrás de ellas no hay una pretensión de dar con la verdad sobre lo que ocurre en la realidad, lo que es justo o la naturaleza de las cosas. Su única intención es imponerse sobre cualquier otra concepción o postura.

Se trata de modos de entender el mundo articulados desde una voluntad de poder y no desde una apertura a la verdad, lo que las convierte en el fondo en meras condiciones de eficacia al servicio de la voluntad dominadora que las ha configurado. No tienen nada que ver con la adecuación a lo que las cosas son, con la verdad. Son eficaces y basta. Si logran imponerse, cuentan, y eso es todo. ¿Qué importa que una afirmación sea falsa o inmoral? El caso es que ‘hemos logrado que funcione’ y ha sido admitida por la opinión general. Para ello se cuenta, además, con poderosas herramientas de manipulación del lenguaje. (11)

Es el criterio de la praxis, entendida como producción de objetos y resultados externos y mensurables; el nudo pragmatismo. Dicho en expresión coloquial: “Lo de menos es que el gato sea blanco o negro. El caso es que cace ratones”. Por eso las ideologías no pertenecen al ámbito de la teoría, sino que penetran en la política, la economía, la comunicación, los núcleos y actividades generadoras de opinión.

Karl Marx escribía: “El problema de si al pensar humano responde una verdad objetiva no es una cuestión teórica, sino práctica. Es en la praxis donde tiene que demostrar el hombre la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. La disputa sobre la realidad o no realidad de un pensamiento, prescindiendo de la praxis, es una cuestión puramente escolástica.(12) Y añadía: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.” (13)

El caldo de cultivo para la imposición de una voluntad de poder es el relativismo, el nihilismo. Si todo es opinable y todas las opiniones son semejantes, si nada tiene valor por sí mismo, entonces lo que hace que prevalezca una postura u opinión sobre las demás es el grado de fuerza que la respalda y la conduce al éxito, a la supremacía sobre las demás, ya se trate de la seducción con la que se muestra, de la voluntad del legislador, de la moda o corriente mayoritaria, etc.)

Una cultura ideologizada devasta la verdad, el bien y la belleza, y las sustituye por sucedáneos: la apariencia, la mentalidad dominante, el placer, la utilidad, la comodidad, el éxito, el deseo... la posverdad. La realidad deja de ser el referente de lo verdadero, lo justo, lo correcto, lo bello... y todo pasa a depender del deseo predominante, del pensamiento único, de las emociones y la publicidad. Nietzsche lo llamaba la "voluntad de los fuertes"… ¿Nos preguntaremos aún para qué sirve la verdad…?

Andrés Jiménez Abad


[1] Olegario GONZÁLEZ DE CARDEDAL. El poder y la conciencia, Madrid, 1985, pág. 303.

[2] Ibídem

[3] Xabier ZUBIRI. Prólogo a Inteligencia Sentiente, Madrid, 1981, pág.15. Cit. en Olegario GONZÁLEZ DE CARDEDAL. Ídem, pág. 317.

[4] IDEM. Naturaleza, Historia, Dios. Madrid, 1974, 6ª ed., pág. 193.

[5] IDEM. Prólogo a Inteligencia Sentiente, loc. cit.

[6] ROMANO GUARDINI. La cultura como obra y riesgo. Madrid, 1960, pág. 20.

[7] GEORGE ORWELL. 1984. Estella (Navarra), 1983, págs. 69-70.

[8] IDEM. pág. 203.

[9] Cfr. MAX WEBER: “La ciencia como vocación”(1919). En Weber, M. El político y el científico. Madrid, Alianza, 1993, págs., 180-231. 

10 “Saber y poder son lo mismo; el sentido de todo saber es dotar a la vida humana de nuevos inventos y recursos”. (FRANCIS BACON. NovumOrganum, 1, 3; 1, 81)

[11] Términos-talismán como, por ejemplo, “ingeniería financiera”, "progreso", “beneficio cero”, “regulación de plantillas”, “interrupción voluntaria del embarazo”, “derechos reproductivos”, “escuela comprensiva e inclusiva”, “educación intercultural”, "inclusión", “opinión pública”, “perspectiva de género”, etc., gozan de una aureola encubridora de realidades menos halagüeñas.

[12] Karl MARX. Tesis sobre Feuerbach, 2ª tesis.

[13] Ibídem, 11ª tesis. 

miércoles, 10 de mayo de 2023

EL SER HUMANO, "ANIMAL DE REALIDADES"

La conducta animal es siempre una respuesta tipificada a los datos captados del mundo circundante; su posible “originalidad”, fruto de ciertos aprendizajes y adaptaciones, no rebasa las pautas prefijadas por cada especie. Para cada especie animal hay un número fijo de desencadenadores que determinan un tipo de comportamiento relativamente similar o constante para todos los individuos de la especie. Ciertos estímulos, configurados dentro del esquema de captación de una especie determinada, desencadenan una conducta similar en todos los individuos, que se repite inalterable generación tras generación. Las reacciones provocadas por los estímulos dependen de la significación que éstos tienen para el organismo. 



Los “instintos” -aunque este término no es demasiado preciso- son pautas fijas e innatas, desencadenadas por excitadores altamente especializados, propios de cada especie animal, que determinan la conducta de los individuos. Incluso las conductas aprendidas por los animales, fruto de la adaptación y la asociación a situaciones concretas por parte de ciertos individuos, quedan dentro de los límites de la significación biológica propia de la especie. 

En el caso del ser humano y a diferencia de los animales, la relación con el entorno rebasa esencialmente la significación biológica, no puede explicarse como el mero desencadenamiento de una respuesta o conducta ante determinados estímulos. Mientras que en la conducta animal todo parece previsto por la especie para la supervivencia, en el ser humano aparece un interés singular por las cosas en sí mismas, tengan o no relación con su propia supervivencia. 

El animal vive como inmerso en su ambiente y determinado por sus estados orgánicos, mientras que el hombre es autónomo frente al entorno y a la presión de lo orgánico. Es “libre frente al medio circundante y está abierto ilimitadamente al mundo”, en expresión de Max Scheler. Precisamente por eso se explica que, mientras las especies animales han de adaptarse al entorno para sobrevivir, el ser humano se caracteriza fundamentalmente por la transformación del entorno a la medida de sus necesidades y de sus posibilidades creativas. 

La inespecialización de la especie humana hace del hombre un animal biológicamente deficitario e incluso inviable, pero si sobrevive e incluso supera y domina a los otros seres vivos es gracias a un recurso suprabiológico, no encadenado a los esquemas genéticos de la especie, que permite a los individuos humanos una relación original con la realidad, abierta a posibilidades que van más allá de lo inmediato -la mera supervivencia-, captando y suscitando virtualidades en las cosas, entendiendo lo que éstas son e instrumentalizándolas dentro de proyectos y fines propios. Ese recurso es la inteligencia. Recogiendo un ejemplo de Leonardo Polo podemos decir que el hombre no inventa un instrumento, por ejemplo el arco y la flecha, sólo porque necesite alcanzar determinados objetos o alimentos a distancia. También otros animales tienen esa necesidad y no inventan nada. Si el ser humano ha inventado -es decir, ha aportado novedad- es porque con su inteligencia ha descubierto posibilidades ofrecidas por determinados objetos, una rama de árbol, por ejemplo, y los ha convertido en instrumentos de su interés. El hambre sólo impulsa a comer, no a fabricar arcos y flechas. 

Las cosas se constituyen ante la inteligencia como objetos, cobrando una autonomía que los animales no perciben. Ya no son meros estímulos, desencadenadores de una reacción fisiológica de agresión, de atracción o de huida. Las “cosas” tienen entidad propia, son “algo en sí” de lo que el ser humano se puede distanciar y observarlo tal como es, o como puede llegar a ser; puede también producir algo nuevo a partir de ello. “Se dice que Miguel Ángel ‘veía’ la figura que quería esculpir en el bloque de mármol. Allí, en lo que físicamente era sólo un trozo de piedra, el artista adivinaba la forma de su Moisés.” (A. Llano) 



El comportamiento animal queda limitado por el marco de los estímulos para cuya captación su especie le ha preparado, adaptándose, a lo sumo, a circunstancias concretas, y reaccionando en función de la excitación de agrado o desagrado que los estímulos desencadenan en su organismo. El ser humano es capaz de conocer lo que es la cosa que es fuente de los estímulos, más allá de éstos, de descubrir virtualidades no evidentes en ellos (que una rama se convierta en un arco, y no sólo en una “lanza” o un garrote, requiere un proceso de comprensión de posibilidades no inmediatas), y de decidir su conducta sin estar "forzado" a una respuesta desencadenada necesariamente por un estímulo. La inteligencia humana está abierta a la realidad. Precisamente por esta singular dimensión de apertura a la realidad de las cosas, X. Zubiri definió al ser humano como 'animal de realidades'. 

Es muy significativa a este respecto la famosa experiencia de Paulov y revisada por Köhler con el chimpancé "Rafael". En ella se ponen claramente de manifiesto los límites de la inteligencia animal. 

A Rafael se le adiestró para apagar la llama de un fogón, que le impedía coger un plátano situado detrás de ella. El adiestramiento consistía en tomar un vaso, que llenaba de agua en un pequeño depósito, abriendo y cerrando un grifo. Colocado después el animal en una plataforma sobre el agua, aprendió a ducharse tomando agua del lago con un vaso. Sin embargo, cuando pretendió apagar la llama que se le encendió delante de un plátano, en un fogón, pasó trabajosamente a otra plataforma donde había un depósito de agua (fig. 1) 


para llenar su vaso (fig. 2) 


y volver a apagar la llama (fig. 3) 


de la forma en que había sido adiestrado (fig. 4). 


No se le ocurrió la “idea” de llenar el vaso metiéndolo directamente en el agua del lago, porque no realizó la abstracción que le podía haber permitido captar lo que es el agua, con independencia de los estímulos o la utilidad inmediata que representaba para la satisfacción de sus necesidades, y poner en relación el “agua-tomada-del-lago-para- ducharse”, con el “agua-tomada-del-depósito-para-apagar-la-llama.” 

(Ilustraciones tomadas de: PINILLOS, J.L. Principios de psicología. Alianza Madrid, 1976. Pág.442)


 Andrés Jiménez Abad


viernes, 17 de junio de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (33)

VOLVAMOS A SÓCRATES

 

El filósofo español Xavier Zubiri escribe que los sofistas pretendieron “formar a los nuevos hombres de Grecia desentendiéndose de la verdad”. Ciertamente, Atenas había enfermado de relativismo y de individualismo, en gran medida por la labor educativa sembrada por los sofistas. Cada cual buscaba pragmáticamente su provecho y medro particular sin atender al bien común. Y como ocurre invariablemente en tiempos de relativismo, los más perjudicados son siempre los más débiles.

 Consciente de lo que estaba ocurriendo, un modesto alfarero llamado Sócrates, decidió entonces dedicar todo su tiempo a salir por las calles y plazas de Atenas para dialogar amistosamente con sus paisanos, invitándoles a reflexionar sobre lo que diferencia al bien del mal y lo que hace bueno a un ciudadano. Hizo suya la sentencia délfica “conócete a ti mismo” y con sus inteligentes preguntas dejaba a menudo en evidencia a muchos poderosos y falsos maestros, que finalmente no dudaron en acusarlo injustamente de corromper a la juventud hasta conseguir su condena a muerte.

Escribe su discípulo Platón que cuando Sócrates fue conminado por la asamblea de los jueces a abandonar su actividad, respondió: “Atenienses, os respeto y os amo; pero obedeceré a Dios antes que a vosotros y, mientras yo viva, no dejaré de filosofar, diciendo a cada uno de vosotros cuando os encuentre: ‘Amigo, ¿cómo no te avergüenzas de no haber pensado más que en amontonar riquezas, en adquirir crédito y honores, en despreciar los tesoros de la verdad y de la sabiduría, y de no trabajar para hacer tu alma tan buena como pueda serlo?’. Toda mi ocupación es trabajar para persuadiros de que antes que el cuidado del cuerpo y de las riquezas, está el del alma y su perfeccionamiento; y no me cansaré de deciros que la virtud no viene de las riquezas sino que, por el contrario, la riqueza auténtica es la que viene de la virtud, y que es de aquí de donde nacen todos los demás bienes para la ciudad y para vosotros mismos.” (Apología de Sócrates)

Para Sócrates, la verdadera educación no consistía en adiestrar al hombre en el manejo de ciertas habilidades retóricas o sociales para alcanzar el éxito y el poder a cualquier precio, sino en lo que él llamaba el “cuidado del alma”, es decir, en buscar el conocimiento de la verdad y del bien y en el ejercicio de una vida conforme a la virtud. Llega incluso a afirmar y mostrar con su ejemplo de vida que es preferible padecer una injusticia a cometerla.

Su magisterio iluminó principalmente a sus discípulos Platón y Aristóteles, a través de los cuales pervive como uno de los principales maestros de la cultura occidental, al proponer la búsqueda sistemática de la verdad como forma de vida y el  respeto hacia el orden moral como cimiento de una sana ciudadanía. 

Lamentablemente, no parece este nuestro caso. Como el propio Xavier Zubiri añadía, “hoy estamos innegablemente envueltos en todo el mundo por una gran oleada de sofística”. El relativismo y el pragmatismo de nuestros días reclama también un replanteamiento de la tarea de educar que tenga como centro la dignidad personal del ser humano y su vocación a la verdad, el bien y la belleza. Necesitamos a Sócrates.


     (Publicado en el semanario La Verdad el 17 de junio de 2022)