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sábado, 7 de diciembre de 2024

¿HACIA UN DESBARAJUSTE EDUCATIVO? ESCRITO DESDE LA TRINCHERA DEL AULA

QUO FUGIS, EDUCATIO?

 

LUIS E. ÍÑIGO

Historiador e inspector de Educación.

 

EL DEBATE. 7 / 12 / 2024

(Extracto)

 

Damià Bardera, es un profesor de secundaria catalán que acaba de publicar un libro en el que denuncia la cruda realidad de la educación en Cataluña y el malestar de su profesorado. El título de la obra constituye ya toda una proclama: Incompetències bàsiques: Crònica d'un desgavell educatiu (Incompetencias básicas: Crónica de un desbarajuste educativo). El titular de la entrevista que le ha realizado El Mon, es elocuente: «La escuela, como institución —dice el profesor—, ha abdicado de enseñar».

Se me objetará que nunca como ahora han proclamado las leyes educativas tan alto y tan claro ese objetivo. Y quien así lo afirme tendrá razón. Pero la cuestión no es lo que dicen las leyes educativas, sino lo que se hace en las escuelas. Y nunca como en nuestros días ha habido tanta distancia entre lo que se dice y lo que se hace.

Afirma el profesor Bardera que debería exigirse más a los aspirantes a ejercer la profesión docente, pues al igual que nadie se indigna de que a los futuros médicos se les pidan notas altas para entrar en la Facultad de Medicina, porque la población quiere ser operada debidamente cuando lo necesita, tampoco deberíamos hacerlo cuando de lo que se trata es de enseñar debidamente. Y es cierto. En los últimos años la enseñanza pública apenas selecciona a sus docentes; primero, porque el nivel de los egresados de las facultades y escuelas de magisterio ha caído en picado, lo que obliga a los tribunales que juzgan las pruebas de acceso a ser menos selectivos si no quieren dejar las plazas sin cubrir, y segundo, porque es tan alto el número de docentes que se necesita que incluso los que obtienen un cero en las pruebas de la oposición acaban trabajando, antes o después, como interinos.

Asevera también que la práctica política de las últimas décadas, desde que la educación básica obligatoria se extendió a los 16 años y los profesores de secundaria tienen a todos los alumnos en sus aulas, ha apostado por el autoengaño. La expresión es mía, no suya, pero creo que no puede llamarse de otra manera a exigir cada vez menos a quienes aspiran a recibir el título de Graduado en ESO, maquillando unas cifras cuya única meta parece ser no que los alumnos aprendan más, sino que las tasas de fracaso escolar y de abandono escolar temprano se acerquen a los objetivos europeos que nos hemos comprometido a alcanzar. Ocultamos así los problemas, no los resolvemos, y los problemas que no se resuelven tienden, con el tiempo, a agravarse.

Y denuncia también el profesor Bardera algo muy importante: el exceso de burocracia. Nada más cierto. La mejora del sistema educativo, si es que se produce alguna vez, entendida como enseñar más y mejor a la mayor cantidad posible de alumnos, permitiendo que cada uno de ellos aprenda todo lo que le permiten su capacidad y su esfuerzo, no va a llegar nunca de la mano del papeleo. Y nunca ha sido tan burocrático nuestro currículo como en la actualidad. ¿Cuándo entenderán nuestros políticos, y sus pedagogos de cabecera, que la educación no va a mejorar porque se obligue a los docentes a planificar al detalle cuanto enseñan, registrar con minuciosidad de entomólogo lo que los alumnos hacen y aplicar para su evaluación centenares de criterios que hasta el menos avispado de los padres sabe que no hay tiempo material para valorar de forma adecuada? Lo que funciona en la cabeza de un experto [Interrumpo, perdón: ¿"experto" o "teórico", más bien?] casi nunca funciona en un aula real, con un par de docenas de niños de una diversidad creciente y cada vez más compleja. El maestro debe dedicar su tiempo a sus alumnos, no a sus papeles, y menos aún a los papeles de otros que hallan su razón de ser precisamente en la existencia de esos papeles de utilidad más que dudosa. (…)




 

lunes, 10 de junio de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (106)

AGUJEROS EN EL SISTEMA


En varias ocasiones hemos puesto de manifiesto la necesidad de reintroducir, entre otros, los valores del esfuerzo y de la disciplina personal en nuestro sistema educativo. Esto se hace especialmente necesario si se tiene en cuenta que la última de nuestras leyes de educación, la LOMLOE (Ley Celaa) del 2020, adopta medidas académicas más que discutibles, para reducir los requisitos de promoción y pasar de curso aunque no se hayan desarrollado los conocimientos y actitudes correspondientes. Así, los alumnos pueden obtener el título de Bachillerato con una asignatura suspendida y conseguir el título de la ESO con varios suspensos realizando diversas “actividades educativas". 

Un objetivo principal de estas medidas es aumentar la proporción de alumnos que titulan, considerando que así disminuye el fracaso escolar, lo cual sería análogo a pensar que si alteramos la medición de nuestros termómetros, por ejemplo haciendo que marquen dos grados menos, dejaríamos de tener fiebre.

Además, cada comunidad autónoma establece sus propios niveles de exigencia al determinar para su ámbito el currículo, la carga horaria de las asignaturas, el contenido y la evaluación de las pruebas de diagnóstico y aptitud, y de acceso a la universidad, etc. El informe PISA viene señalando desde hace tiempo -dentro del mismo sistema educativo- diferencias muy notables en los resultados entre las comunidades autónomas españolas. En estos momentos, la diferencia entre la comunidad con mejores puntuaciones (Castilla y León) y las peor puntuadas es de 37 puntos en lectura, 52 puntos en matemáticas y de 46 en ciencias, sin contar Ceuta y Melilla, dependientes directamente del Ministerio de Educación y que rompen el baremo por debajo con diferencias en torno a los 100 puntos. Recordemos que 20-25 puntos equivalen a un curso escolar.

A pesar de ciertas reivindicaciones, esto no se arregla con “dar más dinero” al sistema. Precisamente, otra evidencia molesta del informe PISA 2022 es que, como ya se sabía desde el informe McKinsey (2007), gastar más no significa obtener mejores resultados. Por ejemplo, Navarra y el País Vasco gastan mucho más por alumno que Madrid o Castilla y León, pero obtienen peores resultados.

Todos los alumnos españoles que superan una etapa, tanto las obligatorias como las que no lo son, obtienen el mismo título. Supuestamente, ello significa que quienes lo adquieren poseen una formación similar. Pero no es así. Esto, aunque suene bastante fuerte, es en el fondo un fraude educativo y académico, porque no hace justicia a la realidad ni al principio de igualdad de oportunidades.

Las medidas correctoras de este fraude, que es sistémico y a la vez debido a una deficiente administración, pasarían, para empezar, por cambios drásticos en las políticas educativas y en la legislación. Pero hay otro asunto del que depende todo: la calidad humana y docente del profesorado, así como las condiciones en las que este se ve obligado a desempeñar su labor. Uno de los tópicos más evidentes en la evaluación de sistemas educativos dice que la calidad del sistema nunca es superior a la calidad del profesorado.

 Y otra cosa esencial y que va más allá de la escuela: las bases y el principal estímulo para la educación provienen de la familia. Si por desestructuración familiar o por la “no comparecencia” o dimisión de los padres no se ofrece consistencia y horizonte al carácter y la conducta de los hijos, difícilmente la escuela podrá remediar una carencia tan fundamental.

(Publicado en el semanario La Verdad el 7 de junio de 2024)

domingo, 25 de diciembre de 2011

ESTO (ESO) TIENE QUE CAMBIAR

POR UNA ENSEÑANZA DE VERDAD INCLUSIVA, IMPULSORA DE LA EXCELENCIA


La crisis en educación es, sobre todo, crisis de educadores, también en la familia