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viernes, 16 de junio de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (72)

LA FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA (III)


Para aprender a distinguir el bien del mal en situaciones concretas y conducir la propia vida de acuerdo con ello no es suficiente la teoría. Es preciso también apelar a la experiencia. Veámoslo.

Existe una forma de satisfacción y de alegría que es consecuencia de haber obrado bien; por ejemplo, uno se siente útil tras haber ofrecido ayuda, consejo o tiempo a un amigo; o cuando ha superado una importante dificultad o ha concluido bien una tarea costosa. Esa alegría brota del interior, “va de dentro afuera”. 

Hay en cambio otras formas de alegría pasajeras, fruto de la satisfacción de necesidades vitales inmediatas, como saciar la sed con un refresco, y que, por así decir, “van de fuera adentro”; pueden ser más excitantes e intensas, pero suelen ser menos profundas y valiosas. Proporcionan agrado, pero no verdadera elevación humana.

La cuestión aquí es que la diferencia entre ambas formas de satisfacción sólo se percibe bien cuando se experimenta. Es lo que ocurre con la famosa afirmación de que hay más gozo en dar que en recibir: solo “el que lo probó lo sabe”, como diría el poeta. Por eso, cuando se ha comprobado que el goce inmediato no es tan satisfactorio como actuar generosamente o como superar ciertas dificultades, es más fácil pronunciarse en favor de conductas o decisiones valiosas aunque sean sensiblemente menos atrayentes. Es preciso haber saboreado con alegría el bien auténtico, para comprobar que otros placeres “no saben” tan bien, dejan vacío, no sacian de verdad. 

Muchas personas, cuando hacen balance de su vida para ver si ha merecido la pena, lo que intentan en el fondo es hallar situaciones y gestos en los que hubo experiencias de gozo de esas que van “de dentro afuera”. Pero si sólo han hallado de las otras, las que van “de fuera adentro”, el resultado no suele ser muy halagüeño.

La publicidad, por ejemplo, tiende a borrar la frontera entre la necesidad auténtica y deseos no siempre necesarios. Al asociar (a veces engañosamente) un producto con la satisfacción de una necesidad artificial o con una moda, tal producto o marca se presenta sin más como si fuera bueno. Pero es preciso tener fortaleza para “decir no” a algo que aunque atrae sensiblemente no es digno o realmente necesario. Y sólo quien sabe que ese “no” es en realidad un “sí” a un gozo y a un bien mayores tiene fuerza para no dejarse persuadir. El criterio se forma y consolida con la práctica.

No es muy bueno incentivar comportamientos por medio de la codicia -por ejemplo cuando decimos a un hijo que le compraremos tal regalo si aprueba-, sino incitando a la superación de sí mismo y a la generosidad. De ahí la importancia de una temprana dedicación de niños y jóvenes a tareas que impliquen superación personal, entrega generosa y abnegada, y son fuente de satisfacciones personales profundas. En un corazón pleno no hay necesidad de llenar o disimular carencias y vacíos afectivos.

Por lo mismo, es conveniente asimismo generar hábitos de sobriedad y autodominio,  de superación personal y de responsabilidad mediante un ejercicio asiduo de pequeños actos de dominio personal, de vencimiento propio, negándose a actuar por caprichos intrascendentes o por comodidad. Un ejemplo sencillo: los expertos suelen decir que la voluntad de un joven es más vulnerable a determinados consumos y adicciones si nunca se ha ejercitado antes en privarse de ciertos caprichos: soportar la sed durante algo de tiempo, no quejarse continuamente a la menor incomodidad, comer con moderación, no tirar papeles o desperdicios al suelo haciendo uso de la papelera, ser puntual… Así se forja un carácter que lleva a conducirse por motivos de cierto calado como la generosidad, el amor a la obra bien hecha, el deseo de superar dificultades y resolver problemas, de hacer la vida más agradable a los demás, etc. 

Si una persona adquiere estos hábitos será más difícil que se comporte de modo caprichoso, imprevisible y voluble. Suscitará la confianza de quienes esperan con fundamento que ponga lo mejor de sí misma en lo que se hace. William James decía que “no se puede esperar de una persona que se niegue a hacer algo ilícito si antes no ha sido capaz de negarse a sí mismo cosas lícitas”. Decía Aristóteles que a juzgar y obrar bien se aprende obrando bien.   

    (Publicado en el semanario La Verdad el 16 de junio de 2023)    

 

lunes, 31 de octubre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (44)

VALORES DE SITUACIÓN Y VALORES DE SENTIDO



Una de las claves de la maduración de la persona es la configuración de una escala de valores correcta, de una serie de prioridades o principios que sirven de referencia a nuestra visión del mundo -cosas, personas, acontecimientos, actuaciones…- y que orientan nuestro propio comportamiento. Y “correcta” quiere decir aquí respetuosa con el orden y valor de la realidad y con la dignidad de las personas.

El ser humano es un ser unitario, pero en él se distinguen varias dimensiones. La unidad de lo diverso es la armonía, el orden; y así, la jerarquía o escala de los valores tiene como referente la jerarquía de la naturaleza constitutiva del hombre, la cual puede apreciarse en las diversas necesidades y potencialidades humanas. Los valores son bienes que satisfacen esas necesidades y potencialidades, y pueden ordenarse -un tanto esquemáticamente- en tres categorías básicas:

1) Valores vitales. Las necesidades biológicas primarias, correspondientes al “fondo vital” del ser humano (Ph. Lersch), son satisfechas mediante la posesión y asimila­ción de determinados bienes, que podemos llamar valores vi­tales. De no ser satisfechas tales necesidades, el ser humano se ve su­mido en la indigencia; pero si lo son, surge un estado de satisfacción, que llamamos deleite, goce o placer, caracterizado por su inmediatez, intensidad y corta duración. Este tipo de valores -y las necesidades que vienen a satisfacer- prevalecen durante los primeros años, cuando el grado de de­pendencia es mayor y la existencia más precaria, aunque se dan obviamente a lo largo de toda la vida.

2) Valores socioafectivos. Otro tipo de necesidades o tendencias, menos inmediatas, son las que corresponden a la vida afectiva. Los bienes que satisfacen estas necesidades -de ser querido, atendido, aceptado, apreciado, acompañado...- son los llamados valores socioafectivos. La privación o insatisfacción en este tipo de necesidades da lugar al sentimiento de so­ledad e inseguridad, al desamparo afectivo; y su satisfacción da lugar a la autoestima, el gozo y la alegría, de menos intensidad que el mero placer o deleite, pero de mayor duración y hondura. Aunque también están presentes durante toda nuestra vida, estos valores socioafectivos adquieren especial protagonismo en la adolescencia, momento en que se descubre la propia intimidad y se aprende a conjugar las relaciones interpersonales con la afirmación de la propia autonomía.           

Los valores vitales y los socioafectivos pueden considerarse como valores de situación o inmanentes, y en ellos prevalece un dinamismo de posesión.

3) Valores de sentido o trascendentes. Existen finalmente otro tipo de necesidades y tendencias que remiten más allá de sí mismo y que se ubican en el plano más noble y más estrictamente personal de la vida humana. Son las tendencias y necesidades transitivas o trascendentes, más netamente espirituales (en sentido general, no solo religioso). Se sitúan en un ámbito de creatividad, de entrega y efusividad. A ellas les co­rresponden los llamados valores de sentido o trascendentes. La ausencia o privación de estos valores manifiesta un estado de vacío existencial, de sinsentido, de intrascendencia personal y desesperanza. A su vez, la adquisición y posesión habitual de dichos valores lleva a un tipo de satisfacción que denominamos plenitud, paz y felicidad, caracterizada, más que por la intensidad del momento, por la profundidad, la serenidad y la fecundidad espiritual, presentando una clara vocación de permanencia. Este tipo de valores son los que caracterizan de modo más propio a una personalidad madura. 


    (Publicado en el semanario La Verdad el 28 de octubre de 2022)

martes, 29 de marzo de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (21)

EDUCACIÓN Y ALEGRÍA (y III)



Para cultivar el valor de la alegría hacen falta ideas claras sobre el gozo que brota de lo bien hecho y de hacer el bien, y la nimiedad de tantos placeres y satisfacciones aparentes. Para ello hay que saborear emocionalmente la satisfacción de haber logrado el bien y que a menudo “las apariencias engañan”, aprendiendo a “sintonizar” afectivamente con el bien y a experimentar aversión hacia el mal. A esto ayuda la experiencia ajena -los modelos de la ficción y de la realidad cercana- y, desde luego, también la propia, cuando se saben extraer conclusiones y lecciones para la vida.

Pero es preciso también que arraigue en la práctica el hábito de disfrutar y suscitar alegrías y gozos que valen la pena, que a menudo se alcanzan por medio de sacrificios y renuncias inmediatas. Así es como se adquiere un carácter alegre, optimista, generoso, emprendedor, jovial, afable. Todo ello generalmente se enseña y se aprende por contagio: aprendemos viendo que aquellos que son referentes para nosotros son muy felices viviendo así.

¿Qué actitudes pueden ayudar a vivir con alegría y a suscitarla educativamente? Caben muchos ejemplos: Ser agradecido, sonreír más habitualmente, procurar hacer la vida más amable a los demás, ser paciente, compartir la propia alegría, procurar que los cercanos se sientan apreciados, queridos, tenidos en cuenta..., disfrutar de las cosas sencillas y cotidianas, procurar descubrir lo positivo de las personas y de los acontecimientos, aceptar con sencillez las propias posibilidades y limitaciones, aprovechar los errores para aprender, no obsesionarse con lo que nos falta, con lo que nos sale mal, no perder tiempo y humor en lamentaciones acerca de lo irremediable, de lo que ya ha pasado..., crear oportunidades de pasarlo bien juntos en familia, en amistad: hacer especial el estar juntos, reír juntos…

Podría también proponerse alguna pauta educativa, a partir de los primeros años: lo primero, amarles incondicionalmente, con independencia de sus cualidades, y que se den cuenta. Sonreír mirando a los ojos, mostrar un semblante habitualmente afable en el trato. Reconocer tanto el esfuerzo como los logros obtenidos y, siempre, la buena intención; darse cuenta de lo positivo y decirlo, animando a que se construyan una imagen real y positiva de sí mismos y adquieran confianza en su capacidad. No quedarse pendiente de lo que se hace mal y atender más a lo positivo, a la buena intención, a las posibilidades y retos de mejora. 

Es muy importante dedicar a cada uno un tiempo especial para hablar, escuchar, comentar; escuchar sin juzgarles continuamente, esto genera confianza. Enseñar a convertir las quejas y críticas en sugerencias, peticiones y aportaciones. Facilitar experiencias de logro y superación personal, animando a tener iniciativas, a descubrir por sí mismos, no ahorrarles esfuerzos y por lo tanto logros. Descubrir algo que hacen bien y apoyarse en sus puntos fuertes para suscitar su generosidad y otras metas más altas. No tener miedo a exigir en proporción a lo que el niño sabe y puede. Premiar más que castigar, reconociendo, celebrando y agradeciendo lo bien hecho. Promover celebraciones y festejos familiares en los que se fomente una alegría sana y sincera: pasarlo bien juntos, compartiendo tiempos, juegos, aficiones... 

Es bueno recordar que lo que se aprende con alegría se aprende mejor y que quien se esfuerza por regalar flores de alegría… tendrá siempre las manos perfumadas.


(Publicado en el semanario LA VERDAD el 11 de marzo  de 2022)

lunes, 14 de marzo de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (20)

EDUCACIÓN Y ALEGRÍA (II)

 



Si queremos fomentar un valor humano, por ejemplo la alegría, decíamos que es preciso considerar tres aspectos: pensar (clarificar ideas), sentir (sintonizar con el bien) y actuar (adquisición de hábitos mediante la práctica). 

La alegría, desde luego, se siente. Pero hay que aprender a distinguir alegrías y goces aparentes y superficiales e inmediatos de gozos reales, estables y profundos. Es preciso ayudar a experimentar la satisfacción que acompaña a la realización del bien, descubriendo por qué ocurre esto; es preciso también cultivar la sensibilidad hacia lo bueno y el rechazo de lo malo; y en tercer lugar, fomentar la fortaleza de carácter que se requiere para orientar habitualmente el comportamiento hacia bienes y satisfacciones nobles. 

Hay una forma de satisfacción y de alegría que es consecuencia de haber obrado bien. Por ejemplo, cuando uno se siente útil a otra persona después de haberle dedicado tiempo, ayuda, consejo...; o cuando se ha superado una importante dificultad, o se ha concluido bien una tarea costosa. Esa alegría brota del interior y se manifiesta radiante y creativa. Va “de dentro a fuera”.

Esa forma de alegría es muy diferente de otras pasajeras, de la satisfacción de una necesidad vital inmediata (fisiológica, por ejemplo), que por así decir viene “de fuera adentro”. Este tipo de satisfacciones, suelen ser momentáneas y pueden ser excitantes, intensas e incluso vertiginosas, pero suelen ser menos estables, menos profundas y menos valiosas. Proporcionan contento e incluso euforia, pero no verdadera elevación humana ni suscitan la creatividad. Incluso pueden resultar nocivas.

El consumismo y la publicidad tienden a borrar la frontera entre la necesidad auténtica y el mero deseo, entre el gozo profundo y el placer inmediato. La capacidad de alegrarse con los bienes que satisfacen de verdad necesidades importantes del corazón humano constituye un fin y a la vez un medio de educación. Es esencial aprender a reconocer la verdadera alegría y lo que la produce, distinguiéndola de otras formas de placer que sólo excitan pero no nos hacen bien. Y por otra parte, lo que se aprende con alegría se aprende mejor. Se trata, así pues, de fomentar el discernimiento y la automotivación.

Se ha dicho sabiamente que hay más gozo en dar que en recibir. Pero la diferencia entre ambas formas de satisfacción sólo se percibe bien cuando se experimenta. Por eso, cuando uno ha experimentado que el goce inmediato no es tan satisfactorio como la generosidad alegre o la meta alcanzada, es más fácil optar por conductas o situaciones más dignas aunque no sean tan atrayentes para una primera impresión. 

Es preciso haber saboreado el bien auténtico, real y verdadero, para comprobar que otros placeres “no saben” igual de bien bien, dejan vacío, no sacian de verdad, y que las cosas no siempre son como aparentan. Y también tener fortaleza para decir “no” a algo que atrae pero que no es realmente valioso. Sólo quien sabe que ese “no” es en realidad un “sí” a un gozo y a un bien mayores tiene fuerza para no dejarse fascinar.De ahí la importancia de una temprana dedicación de niños y jóvenes a tareas que supongan una entrega generosa y abnegada, fuente de satisfacciones personales profundas. 

No es bueno incentivar por medio de la codicia, sino impulsar a la superación de sí mismo y a la generosidad. En un corazón pleno y radiante no hay necesidad de llenar o disimular carencias y vacíos afectivos.


     (Publicado en el semanario LA VERDAD el 4 de marzo de 2022) 

 

martes, 8 de marzo de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (19)

EDUCACIÓN Y ALEGRÍA (I)


 

La madurez emocional y el equilibrio personal se alcanzan fomentando y orientando la afectividad (sensibilidad, asombro, emociones, pasión…) para que sintonice con el bien en todas sus modalidades. No se trata solo de saber hacer el bien e incuso de hacerlo, sino de querer hacerlo y de hacerlo con alegría, con el gozo de quien aprecia el bien y la belleza allí donde se encuentren. La educación afectiva persigue enseñar y aprender a emocionarse, más aún, a apasionarse con el bien.

La alegría es un sentimiento de satisfacción que acompaña al conocimiento, a la posesión y a la realización de algo que nos agrada. Es en cierto modo una reacción espontánea, pero también es educable porque no todo lo que nos agrada es necesariamente bueno, conveniente o saludable. Hay que aprender a alegrarse con lo que es en verdad valioso distinguiendo la apariencia y la realidad, lo superficial y lo profundo.

Pero la alegría es también muy importante para la educación, porque lo que se aprende con alegría se aprende mejor. Y si queremos ayudar a las personas a que busquen y alcancen la felicidad, será preciso cultivar la reflexión y la fuerza de voluntad, pero también -y no menos importante- la sensibilidad hacia el bien, la verdad y la belleza. Y el mejor caldo de cultivo para todo ello es sin duda la alegría.

Pongamos un caso bastante frecuente. Durante los fines de semana no son pocos los jóvenes que consumen alcohol en calles, jardines y plazas para divertirse y que buscan de forma intencionada la embriaguez. Ese estado eufórico descontrolado da lugar a una desinhibición, a un estado emocional en el que se rehúye o se banaliza la responsabilidad moral y la conciencia se anestesia y adormece. Al principio uno “se siente bien” y experimenta el deseo de satisfacer las ganas y apetitos de manera inmediata, sin pararse a pensar y valorar si es adecuado o no, qué consecuencias puede acarrear... 

La cuestión es: ¿qué busca un joven o una joven que busca embriagarse cada fin de semana y que después, en no pocos casos, presume normalmente de ello ante los demás? Obviamente, busca un sucedáneo de felicidad: “pasarlo bien” y “sentirse bien” en complicidad con sus amiguetes.

Aquí no vamos a tratar de  cómo ha de atajarse este fenómeno, si con leyes estrictas o acciones policiales, por ejemplo. La cuestión de fondo que nos planteamos es qué pasa por esas mentes y esos corazones para caer en semejante atolondramiento, y qué se puede hacer desde el punto de vista educativo para prevenirlo y evitarlo (o tal vez, incluso, reconducirlo).

No se trata simplemente de prohibir. Una prohibición, en el mejor de los casos, puede evitar una conducta inadecuada, pero no ayuda a “querer” hacer lo correcto.

Vayamos por partes. Las actitudes y valores humanos presentan tres componentes: 

a) Cognitivo (conocimientos, creencias, criterios… PENSAR) 

b) Afectivo (sentimientos, preferencias, convicciones… SENTIR) 

c) Conductual (acciones, posturas, reacciones, hábitos… ACTUAR). 

Por ello, si queremos intervenir educativamente en el fomento de actitudes y valores positivos se precisa: 1) una clarificación de criterios y de valores, 2) una apelación a los resortes emocionales, y 3) algún tipo de ejercicio que haga posible la interiorización de conductas por medio de una práctica reiterada, reflexiva y voluntaria.

En lo que sigue, intentaremos aplicar todo esto a la educación de la alegría.


(Publicado en el semanario LA VERDAD el 25 de febrero de 2022)

 

lunes, 31 de diciembre de 2018


EL SECRETO DE CHESTERTON

"Hay algo que da esplendor a cuanto existe, 
y es la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina." (GKC)




Gilbert K. Chesterton es una de las figuras más tonificantes de la literatura contemporánea. Maestro de la paradoja, fino observador, optimista implacable, amante de las certezas y bondades que ofrece la vida, infatigable polemista de afilada y mordaz pluma, inquieto periodista, pensador profundo cuya sabiduría desborda a raudales a través de su genial sentido del humor y de un portentoso sentido común.  
Como ha escrito André Maurois: 
 “En un mundo al revés, donde los revolucionarios se sacrifican a sí mismos y a sus semejantes en el altar del Estado, donde los filósofos sacrifican la razón en nombre de sus obsesiones deterministas, la ortodoxia cristiana de Chesterton protege la risa, la curiosidad, el cuerpo, la alegría de los sentidos, la capacidad de pensar, la posibilidad de lo absolutamente nuevo, la rebelión de los pobres y la libertad de actuar.” 
Un escritor marxista, Santiago Alba, se ha declarado ferviente chestertoniano, lo cual le honra desde luego. Y confiesa que en gran medida ello se debe a que "Chesterton amaba las cosas. Las cosas,dice, son fortificaciones contra la indiferencia." Y así, por ejemplo, nuestro escritor desconfiaba de su gran antagonista contemporáneo, George Bernard Shaw  -al que respetaba y consideró como un gran amigo a pesar de todo-, no tanto por sus discrepancias políticas o filosóficas como por sus costumbres alimenticias, pues en su pretensión de pureza vital Shaw militaba contra quienes comían carne y bebían vino. Chesterton proclamaba, frente a estos "espirituales que se aman a sí mismos y no tienen humor para las cosas", que él se honraba en defender la institución de la chuleta, la cerveza y el buen vino.
      La afirmación chestertoniana de la cerveza y el rechazo de los abstemios militantes era en realidad parte de su sistema, incluía a la vez una economía, una estética, una antropología y una política, es decir, en el fondo, una teología. ¿Y cuál era esta teología? La teología de Chesterton tenía que ver con su "estupor agradecido" ante el amarillo de una flor: "Me pregunto yo qué encarnaciones o purgatorio prenatal debía de haber vivido para haber merecido la recompensa de contemplar un diente de león". Era un asombrado admirador del orden y la naturaleza de las cosas.




Su concepción de la vida tenía mucho que ver con el amor a la vida real, a la libertad que sostiene los vínculos y se afirma en ellos: "Nunca pude concebir una utopía que no me dejase la libertad que más estimo: la de obligarme." Y añadía con paradójica ironía: "Lo peor de la anarquía, no es que impide toda disciplina o fidelidad, sino que imposibilita todo capricho." La barrica de ron, de vino o de cerveza, así como el buen queso o el color de una flor del campo, son para Chesterton el centro de una telaraña fantástica de placeres normales y compromisos concretos. Forman parte de la bendición fundante de las cosas creadas, del gozo y la maravilla de lo que existe: "Hay algo que da esplendor a cuanto existe, y es la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina."
Y es que el secreto de Chesterton era la alegría (cristiana, por supuesto). La alegría de la existencia. Se trataba de un católico feliz de serlo en medio de un ambiente de ideas hostil, al cual, no obstante, amaba a la vez que lo combatía. 
Parece haber escrito para su tiempo, pero aún más para el nuestro. En sus alegatos brilla cada vez con más luz un talante profético. Convertido a la fe católica ya en plena madurez intelectual, tras un apasionante proceso de búsqueda, se preocupó de desenmascarar ese falso atractivo que el paganismo tiene para nuestros contemporáneos. Estaba convencido de que el cristianismo vivido con autenticidad vence de antemano a cualquier paganismo por la alegría.
Su respuesta es que la dicha humana, las alegrías más intensas y el disfrute más pleno de la belleza y los bienes de esta tierra sólo son posibles de verdad para quien mira confiado el horizonte de la eternidad. La alegría cristiana puede ser plena porque está respaldada por una fe en el porvenir que no es ciega, sino que encuentra en la razón una aliada.
Este era el “gigantesco secreto” de Chesterton: Detrás de nuestras vidas hay un abismo de luz, más espléndido e insondable que cualquier abismo de oscuridad; y es el abismo de la realidad, de la existencia, del hecho de que las cosas en verdad existen y son lo que son, y de que nosotros mismos somos milagrosamente reales. Es el hecho simple, fundamental y gozoso de ser... gracias al Creador. 
Y es que un Universo sin Creador sería como "una inmensa inundación de agua saliendo de ningún sitio". Chesterton advierte la enorme falta de lógica que supone "rechazar a un Dios que hace las cosas de la nada, y en cambio creer que de la nada han salido todas las cosas".

Como afirma Stephen Hawking, hay una pregunta radical quenunca podrá ser contestada por la ciencia: "¿Por qué el Universo se ha tomado la molestia de existir?". El Big bang, desde luego, no responde a esa cuestión. Chesterton, que mira el mundo desde la admiración permanente, expresará esa contingencia radical con palabras sencillas e insuperables: "Hasta que comprendamos que las cosas podrían no ser, no podremos comprender lo que significa que las cosas son". 
 Si tenemos derecho a investigar quién pintó las cuevas de Altamira y pulió las flechas de sílex, tenemos el mismo derecho a preguntarnos quién ha diseñado el Universo. Un diseño que, cualquiera que sea su significado, es bello, y debemos agradecerlo con humildad y modestia, tomando borgoña y buena cerveza, sin abusar.
Gilbert Keith Chesterton es una bocanada de aire fresco y de generosa alegría cristiana en un mundo invadido por las viruelas de la negrura. Enamorado de la dignidad humana, divertidamente peligroso para los intelectuales de su tiempo enfermos de relativismo, materialismo, agnosticismo..., de pesimismo en fin. 
Como otro Agustín, atravesó él mismo y superó las espesuras del agnosticismo materialista en su juventud: “Tuve un fuerte impulso interior para rebelarme contra aquello, para alejar de mí aquella pesadilla: incluso la mera existencia reducida a sus límites más primarios era lo suficientemente extraordinaria como para ser estimulante.” 
La vida y la obra de GKC son un argumento poco discutible de que para cualquier hombre la adhesión a Cristo no es una pérdida, sino el mayor enriquecimiento de su misma humanidad. Es comprensible que para Chesterton lo natural fuera ser católico.  A.J.