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martes, 4 de julio de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (74)

FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA (y 5)

 

Formar rectamente la conciencia es seguramente el capítulo más importante en la educación de una persona. Escribía Martin Luther King: “Nunca tengas miedo de hacer lo correcto. Los castigos de la sociedad son pequeños en comparación con las heridas que infligimos a nuestra alma cuando miramos para otro lado.”

Es necesario seguir el juicio de nuestra conciencia moral, pero la conciencia no es la norma suprema porque puede estar equivocada, se puede incluso distorsionar y corromper. Por eso es necesario cuidar y cultivar la conciencia, para que acierte al distinguir entre el bien y el mal en las diferentes situaciones, frente a la presión de los propios intereses, pasiones y malos hábitos, por la influencia de un ambiente confuso e inmoral... 

Os cuento una historia real que apareció en la prensa hace unos años: Yago Horno, un chavalín de 7 años, era un apasionado del golf. Un sábado se marchó a casa feliz como unas castañuelas. Acababa de ganar en Isla Canela (Huelva) un torneo puntuable para el ranking nacional. Con ese triunfo se le abrían las puertas del Campeonato de España. Día completo.

Sin embargo, unas horas después, al llegar a casa y revisar la tarjeta junto a su padre, se dio cuenta de que había cometido un error. Descubrió que había hecho 51 y no 50 como había firmado. Su padre le comentó que esta equivocación se refleja en las reglas de golf y supone la descalificación del torneo. 

“¡Menudo jarro de agua fría se llevó el pobre cuando se percató de la equivocación! Había sido un error, pero no quería que nadie pensara que era un tramposo, y su gran preocupación era que no se enterara su madre, por el disgusto que se iba a llevar”, contará su padre. 

Éste le dejó tomar una decisión: Podía no decírselo a nadie, o cumplir con las reglas, ser honesto y comunicar el error a la Federación”. Esto le dejó “hecho polvo”. Pero Yago se lo pensó bien y tomó su decisión: renunciaba a su trofeo. Con su letra de niño, escribió una carta a su federación en la que les pedía que le retirasen el trofeo que acababa de ganar “para que se lo deis a mis compañeros que se lo merecen”.

Yago, sus padres… y hasta los hijos de aquél, si un día los tiene, recordarán con legítimo orgullo y felicidad esa carta manuscrita en 2016 por un chavalín de siete años. Una copia de la misma debería lucir, debidamente enmarcada, en su estantería de trofeos.

Supongamos ahora que, en clase o en una conversación doméstica entre padres e hijos, se comenta el caso de Yago y su carta… Podemos reflexionar juntos para afinar nuestra conciencia:

 “Por un momento, piensa que eres Yago, al que con este triunfo se abrían las puertas del Campeonato nacional, que advierte que ha firmado un golpe menos y que nadie se ha dado cuenta... ¿Qué se le puede haber pasado por la cabeza? ¿Qué pierde y qué gana con su decisión? ¿Por qué?¿Qué pensarías tú si fueras el jugador perjudicado por el error inicial de Yago al enterarte de que ha devuelto el trofeo? ¿Crees que Yago es una persona digna de confianza, por ejemplo para sus amigos o su familia? ¿Es alguien de quien uno se podría fiar? ¿Crees que hacen falta personas así en la sociedad? ¿Por qué?...”


    (Publicado en el semanario La Verdad el 30 de junio de 2023)

 

viernes, 16 de junio de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (72)

LA FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA (III)


Para aprender a distinguir el bien del mal en situaciones concretas y conducir la propia vida de acuerdo con ello no es suficiente la teoría. Es preciso también apelar a la experiencia. Veámoslo.

Existe una forma de satisfacción y de alegría que es consecuencia de haber obrado bien; por ejemplo, uno se siente útil tras haber ofrecido ayuda, consejo o tiempo a un amigo; o cuando ha superado una importante dificultad o ha concluido bien una tarea costosa. Esa alegría brota del interior, “va de dentro afuera”. 

Hay en cambio otras formas de alegría pasajeras, fruto de la satisfacción de necesidades vitales inmediatas, como saciar la sed con un refresco, y que, por así decir, “van de fuera adentro”; pueden ser más excitantes e intensas, pero suelen ser menos profundas y valiosas. Proporcionan agrado, pero no verdadera elevación humana.

La cuestión aquí es que la diferencia entre ambas formas de satisfacción sólo se percibe bien cuando se experimenta. Es lo que ocurre con la famosa afirmación de que hay más gozo en dar que en recibir: solo “el que lo probó lo sabe”, como diría el poeta. Por eso, cuando se ha comprobado que el goce inmediato no es tan satisfactorio como actuar generosamente o como superar ciertas dificultades, es más fácil pronunciarse en favor de conductas o decisiones valiosas aunque sean sensiblemente menos atrayentes. Es preciso haber saboreado con alegría el bien auténtico, para comprobar que otros placeres “no saben” tan bien, dejan vacío, no sacian de verdad. 

Muchas personas, cuando hacen balance de su vida para ver si ha merecido la pena, lo que intentan en el fondo es hallar situaciones y gestos en los que hubo experiencias de gozo de esas que van “de dentro afuera”. Pero si sólo han hallado de las otras, las que van “de fuera adentro”, el resultado no suele ser muy halagüeño.

La publicidad, por ejemplo, tiende a borrar la frontera entre la necesidad auténtica y deseos no siempre necesarios. Al asociar (a veces engañosamente) un producto con la satisfacción de una necesidad artificial o con una moda, tal producto o marca se presenta sin más como si fuera bueno. Pero es preciso tener fortaleza para “decir no” a algo que aunque atrae sensiblemente no es digno o realmente necesario. Y sólo quien sabe que ese “no” es en realidad un “sí” a un gozo y a un bien mayores tiene fuerza para no dejarse persuadir. El criterio se forma y consolida con la práctica.

No es muy bueno incentivar comportamientos por medio de la codicia -por ejemplo cuando decimos a un hijo que le compraremos tal regalo si aprueba-, sino incitando a la superación de sí mismo y a la generosidad. De ahí la importancia de una temprana dedicación de niños y jóvenes a tareas que impliquen superación personal, entrega generosa y abnegada, y son fuente de satisfacciones personales profundas. En un corazón pleno no hay necesidad de llenar o disimular carencias y vacíos afectivos.

Por lo mismo, es conveniente asimismo generar hábitos de sobriedad y autodominio,  de superación personal y de responsabilidad mediante un ejercicio asiduo de pequeños actos de dominio personal, de vencimiento propio, negándose a actuar por caprichos intrascendentes o por comodidad. Un ejemplo sencillo: los expertos suelen decir que la voluntad de un joven es más vulnerable a determinados consumos y adicciones si nunca se ha ejercitado antes en privarse de ciertos caprichos: soportar la sed durante algo de tiempo, no quejarse continuamente a la menor incomodidad, comer con moderación, no tirar papeles o desperdicios al suelo haciendo uso de la papelera, ser puntual… Así se forja un carácter que lleva a conducirse por motivos de cierto calado como la generosidad, el amor a la obra bien hecha, el deseo de superar dificultades y resolver problemas, de hacer la vida más agradable a los demás, etc. 

Si una persona adquiere estos hábitos será más difícil que se comporte de modo caprichoso, imprevisible y voluble. Suscitará la confianza de quienes esperan con fundamento que ponga lo mejor de sí misma en lo que se hace. William James decía que “no se puede esperar de una persona que se niegue a hacer algo ilícito si antes no ha sido capaz de negarse a sí mismo cosas lícitas”. Decía Aristóteles que a juzgar y obrar bien se aprende obrando bien.   

    (Publicado en el semanario La Verdad el 16 de junio de 2023)    

 

lunes, 3 de diciembre de 2012

EDUCACIÓN Y RELATIVISMO


UN TEXTO ANTOLÓGICO SOBRE LO ESENCIAL EN LA EDUCACIÓN Y SOBRE LA CLAVE DE LA ACTUAL CRISIS EDUCATIVA
(Nos falta una referencia esencial para distinguir qué es lo más importante en la educación de la persona)

Para educar en la verdad es necesario saber sobre todo quién es la persona humana, conocer su naturaleza… Ésta es la cuestión fundamental que hay que plantearse: ¿Quién es el hombre? El hombre es un ser que alberga en su corazón una sed de infinito, una sed de verdad –no parcial, sino capaz de explicar el sentido de la vida…- Por eso, la primera educación consiste en aprender a reconocer en el hombre la imagen del Creador y, por consiguiente, a tener un profundo respeto por cada ser humano.
  
Para ejercer su libertad, el hombre debe superar el horizonte del relativismo y conocer la verdad sobre sí mismo y sobre el bien y el mal. En lo más íntimo de la conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz lo llama a amar, a hacer el bien y huir del mal, a asumir la responsabilidad del bien que ha hecho y del mal que ha cometido. Por eso, el ejercicio de la libertad está íntimamente relacionado con la ley moral natural, que tiene un carácter universal, expresa la dignidad de toda persona, sienta la base de sus derechos y deberes fundamentales, y, por tanto, en último análisis, de la convivencia justa y pacífica entre las personas.

En nuestro mundo el valor de la persona, de su dignidad y de sus derechos está seriamente amenazado por la extendida tendencia a recurrir exclusivamente a los criterios de utilidad, del beneficio y del tener. Es importante no separar el concepto de justicia de sus raíces trascendentes. La justicia, en efecto, no es una simple convención humana, ya que lo que es justo no está determinado originariamente por la ley positiva, sino por la identidad profunda del ser humano. La visión integral del hombre es lo que permite no caer en una concepción contractualista de la justicia. La “ciudad del hombre” no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. 



Autor: Benedicto XVI