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sábado, 20 de septiembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (148)

DEL DESEO DE APRENDER AL AUTODOMINIO


Una educación orientada y centrada en el desarrollo de la persona hacia su plenitud ha de partir indispensablemente del asombro y el deseo innato de aprender que observamos en la infancia. 

El educador (padre, maestro…) ha de suscitarlos para propiciar el aprendizaje y el ejercicio de experiencias significativas a través del trabajo (reflexión, esfuerzo, responsabilidad, constancia, adquisición y ejercicio de hábitos) y de la convivencia. Esto ayuda al niño y al joven a avanzar hacia la verdadera libertad, que no consiste simplemente en “querer”, sino en “saber querer”: en ser dueño de uno mismo y optar por lo bueno, lo justo, lo valioso, lo verdadero.

La adolescencia, se ha dicho, es la segunda edad de oro del aprendizaje; y aunque la infancia es más fundamental porque sienta las bases del desarrollo, aquella lo es en otro sentido, porque es la última gran oportunidad del educando para tomar decisiones importantes para su cerebro, su personalidad y su orientación vital.

El cerebro adolescente cambia de manera fantástica. Freud consiguió convencer a muchos de que la infancia vivía bajo el régimen del deseo, del que salía para entrar en el tremendo régimen de la realidad. Se olvidó de que entre ambos hay una etapa extraordinariamente fértil: la edad de la posibilidad, de la conciencia de la propia singularidad, característica esencial de la adolescencia.

La adolescencia es la época de la posibilidad y de la adquisición/consolidación del carácter, ya que coincide con el desarrollo de los lóbulos frontales del cerebro y el fortalecimiento de las funciones ejecutivas. Al mismo tiempo aparece el afán de autonomía personal, de una libertad sin barreras, necesitada sin embargo de referencias consistentes. Suele ser también, por ello, escenario de significativas frustraciones de las que es preciso también aprender.

Afirma José A. Marina que “según la Neurociencia, la experiencia consciente emerge del trabajo no consciente de nuestro cerebro y a partir de ella podemos introducir variaciones en la formidable maquinaria neuronal”. En un horizonte de comprensión más abarcador, este bucle prodigioso lo denominamos con palabras que comienzan por el prefijo “auto”: autocontrol, autorregulación, autodeterminación...; autodominio, en suma.

El autodominio implica actuar voluntariamente sobre nuestra inteligencia y sobre nuestra afectividad para orientarlas hacia valores significativos, hacia ideales de excelencia humana. Supone también el ejercicio continuado y bien orientado que nos hace pasar del “querría”, “me gustaría”… al logro efectivo, al “lo hago”.

La persona aprende a dirigirse a sí misma, a autogestionarse. El autodominio (los clásicos hablaban de prudencia, templanza, fortaleza y justicia…) es la función ejecutiva central en el desarrollo de nuestra personalidad. Es una capacidad más o menos amplia para dirigir, cambiar o bloquear las operaciones y los impulsos. Y su efecto es colosal, porque permite que el cerebro “se construya” a sí mismo. Más aún, lo que se forja y se eleva, paulatinamente, es la personalidad madura. 

Así pues, este momento decisivo del desarrollo de la personalidad consiste en aprender a dirigir aquella poderosa “maquinaria neuronal” -una base que nos capacita para el autoaprendizaje y que no conocemos del todo- hacia metas valiosas, elegidas voluntariamente. Es el proceso y el fruto de una lenta y bien dirigida educación. Tanto en el colegio como en la familia, el norte ha de estar en el mismo sitio.

(Publicado en el semanario La Verdad el 19 de septiembre de 2025)

viernes, 12 de septiembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (147)


LA IMPORTANCIA DEL ASOMBRO

     

Decíamos en el artículo precedente que nos hallamos en un contexto social y cultural cada vez más superficial y frenético, más utilitarista y hedonista, y por ello también más desalentado. Las prisas y las pantallas impiden a nuestros niños y jóvenes -a muchos adultos también- reflexionar y saborear con calma y con sosiego, saturan nuestros sentidos, embotan la conciencia y dificultan la capacidad de contemplación y de descubrimiento. 

Una profusión de actividades servidas de manera vertiginosa nos apartan de la contemplación de la naturaleza, del silencio, del juego creativo, del asombro ante la belleza, del conocimiento sereno y profundo de las cosas y de su valor, lo que, entre otras cosas, hace la tarea de educar más compleja, y a la vez aleja a nuestros niños -y no solo a ellos, por supuesto- de lo esencial. Si no hay silencio y calma, es imposible la reflexión, nos limitamos a reaccionar. El ambiente succiona y somete, los caracteres se ablandan… Se ha llegado a decir que los hijos son más hijos del ambiente que de sus padres.

Muchos hombres y mujeres, desde edades tempranas, se ven incapacitados para contemplar sosegadamente la realidad. La profundidad nos asusta o nos aburre. Nos mueve lo inmediato, los estímulos más superficiales; nos cuesta esperar resultados a medio y largo plazo. Hemos perdido capacidad para el asombro, que es la puerta del saber.

El asombro es un sentimiento de sorpresa y de admiración ante algo que no esperábamos. Nos impulsa al conocimiento, a profundizar mediante el estudio, a la contemplación y al deleite, a buscar, a crecer, a avanzar… 

Es también una actitud de humildad y agradecimiento ante lo bello. Lo primero que acontece en la experiencia estética es ese asombro que sigue y acompaña a la captación sensible; da paso a la fruición, al deleite, a la contemplación gozosa: origina un “pararse para mirar”, para escuchar; un percibir atento, exento de toda posesión utilitaria, desinteresado. 

Lo contemplado se interioriza entonces, se hace propio y se “está” en su presencia, dejándose uno mismo “apropiar” a la vez por ello, por cuanto irradia, hasta culminar en un sentimiento de plenitud: el entusiasmo, en aquella suerte de “enajenación” y “estar poseído por algo divino” que tiene mucho de enamoramiento, según lo describía Platón (Cfr. Fedro, 249, d-e). Ya no es mero “placer para los sentidos” sino un gozo a la vez sensible y espiritual de toda la persona.

Dejar que el asombro y la contemplación nos eduquen es crecer con la mirada abierta a la belleza, a la hondura y variedad de las cosas, aprender a contemplarlas con respeto y gratitud. El asombro, decíamos, suscita el interés, la ilusión, el deseo de conocer y de saber; es el principio del conocimiento: una emoción, un sentimiento de admiración y de elevación frente a algo que nos supera y nos encumbra.

Chesterton decía que “los hombres vulgares son aquéllos que estuvieron ante lo sublime, ante lo grandioso, y no se dieron cuenta”. Él mismo poseía una mirada capaz de admirarse hasta el extremo. En una frase formidable que a Borges le encantaba recordar, Chesterton afirmaba: “Todo pasará, sólo quedará el asombro, y sobre todo el asombro ante las cosas cotidianas”.


 (Publicado en el semanario La Verdad el 12 de septiembre de 2025)

sábado, 6 de septiembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (146)


¿ENSEÑAR A MIRAR?

Platón, siguiendo a su maestro Sócrates, consideraba que educar  es introducir en la realidadPor el contrario, en su misma época (s. IV a. Jc.) los sofistas sostenían que la educación consiste en el acopio de conocimientos, concepción hoy presente en  la “titulitis” que padecemos en los ámbitos académicos. Eso, por no entrar en escenarios políticos, donde además el fraude se halla a la orden del día. 

Es lo mismo tener un título que saber? No, no siempre al menos. Tener el título de magisterio, por ejemplo, no significa que uno sea maestro. Ser maestro implica muchas más cosas que no se reflejan en el trámite que habilita legalmente para serlo. Pero, volviendo a eso de “introducir en la realidad”, … ¿qué quería decirse

Platón decía que significa “aprender a mirar”, dirigir nuestra capacidad de comprensión hacia lo que de verdad importa: la verdad, la belleza, el bien común, el Bien con mayúscula... Saber acerca de las cosas, las personas, los acontecimientos, la conducta recta; y no conformarse con las apariencias, el quedar bien, los intereses particulares, lo que está de moda o simplemente nos atrae:

            «Hay que volverse desde lo material y efímero con toda el alma, hasta llegar a ser capaz de soportar la contemplación de lo que es valioso y perdurable, y lo más luminoso de cuanto existe, que es lo que llamamos el Bien. Por consiguiente, la educación sería el arte de volver la mirada del alma de la manera más fácil y eficaz posible, y en caso de que lo haya hecho incorrectamente y no mire adonde debe, posibilitando la corrección.» (La República)

No se trata, así pues, de buscar el poder y el éxito a ultranza (aquello de que “el fin justifica los medios”), sino de “hacer mejor nuestra alma”:

           «Amigo, ¿cómo no te avergüenzas de no haber pensado más que en amontonar riquezas, en adquirir crédito y honores, en despreciar los tesoros de la verdad y de la sabiduría, y de no trabajar para hacer tu alma tan buena como pueda serlo? Toda mi ocupación es trabajar para persuadi­ros de que, antes que el cuidado del cuerpo y de las riquezas, está el del alma y su perfeccionamiento; y no me cansaré de deciros que la virtud no viene de las riquezas sino que, por el contrario, la riqueza auténtica viene de la virtud, y que de ella nacen todos los demás bienes para la ciudad y para vosotros mismos.» (Apología de Sócrates)

Nos hallamos en un contexto social y cultural cada vez más frenético y superficial, más pragmático y también más desesperanzado; lo que, entre otras cosas, hace la tarea de educar más compleja y a la vez aleja a nuestros niños -y no solo a ellos, por supuesto- de lo esencial. 

Un sinfín de actividades les apartan de la naturaleza, del silencio, del juego libre, de la belleza, del conocimiento sereno y profundo de las cosas y de su valor. Las prisas y las pantallas impiden pensar y saborear, saturan los sentidos e impiden el aprendizaje. El ruido ambiental acalla las preguntas más importantes. Ya no saben (¿sabemos?) contemplar.

Y así muchos, tal vez desde su infancia, se pierden lo mejor de la vida: descubrir el mundo, abrirse a la realidad y adentrarse en ella disfrutado el lento y sosegado placer del hallazgo. 


(Publicado en el semanario La Verdad el 5 de septiembre de 2025)

lunes, 24 de octubre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (43)

EDUCACIÓN EN VALORES, EDUCACIÓN INTEGRAL

 


Venimos insistiendo en la importancia de una educación en valores, que ha de entenderse como formación integral de la persona, como un empeño no improvisado de ayudar a niños y jóvenes para que desarrollen una personalidad madura. En suma, como una educación no solo personalizada sino, sobre todo, personalizadora.

 La madurez personal es fruto del fomento de una creciente unidad interior, acorde con el orden y jerarquía de las capacidades naturales de la persona humana. Se pone de manifiesto en el equilibrio, el conocimiento bien fundado, la responsabilidad, la generosidad, la honestidad, la constancia…, valores humanos todos ellos que resultan del dominio de sí mismo y de un proyecto personal de vida sólido. Estos valores, integrados adecuadamente, vienen a configurar la urdimbre psicológica y moral de una persona y ofrecen el fundamento para la orientación de la propia vida hacia la verdad, el bien y la belleza. Y son por ello, además, la mejor inversión social.

El tipo de educación que proponemos exige una clarificación y un encuentro con valores que contribuyan al desarrollo de una personalidad rica en humanidad. ¿Qué es un valor, en el sentido al que aquí nos referimos? Yendo a lo esencial, podemos describirlo como un bien -algo que contribuye a la mejora del mundo y del propio ser humano- que nos atrae, que incide en nuestra existencia. 

Es, por un lado, algo objetivamente bueno: ideales, criterios de actuación, cualidades presentes en las cosas, virtudes y comportamientos que hacen mejor al ser humano… Pero por otro, también, viene a satisfacer deseos y necesidades de la persona, y por ello nos saca de la indiferencia, nos agrada e ilusiona, lo que implica una peculiar receptividad, una capacidad de asombro, una cierta sensibilidad.

Esto último es más importante de lo que parece. Nos encontramos a veces con personas -jóvenes en particular pero no solo ellos- que se resisten ante costumbres, tradiciones, principios morales: “son cosas de mayores”, “no me dice nada”, “eso está pasado”, “es un rollo”, “es una imposición que va contra mi libertad…”, escuchamos. Muchos padres y educadores en general se angustian -seguramente con razón- por la resistencia de sus hijos y alumnos a aceptar y hacer suyos determinados comportamientos, criterios o creencias.

Y es que cuando un principio moral no consigue dar forma al comportamiento desde el interior de uno mismo, orientando la lógica y las inclinaciones íntimas, tiende a imponerse desde el exterior, limitando y entorpeciendo un desarrollo humano que no es capaz de guiar. Más aún, tiende habitualmente a suscitar una reacción en contra. Sobre todo cuando se han dejado atrás los primeros años de edad, ese principio o norma moral, por buenos y convenientes que sean, pueden percibirse solo como algo impuesto, como una forma de violencia que choca con el propio afán de libertad. 

Por eso es muy importante cuidar desde muy temprano la capacidad receptiva en el proceso de aprendizaje, la capacidad de asombro y de escucha, la sensibilidad, el deseo de aprender, la experiencia de satisfacciones profundas que son fruto del esfuerzo y la constancia…; y no decidir o elegir “porque me gusta o no me gusta”, “tengo ganas o no”, “me apetece o no me apetece”, “lo hacen o no lo hacen los demás”… La educación actual tiende a fomentar la socialización de las generaciones jóvenes, pero ha olvidado a menudo su personalización.

   (Publicado en el semanario La Verdad el 21 de octubre de 2022)

 

 

jueves, 24 de febrero de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (18)

SENSIBILIDAD Y ASOMBRO: VER CON EL CORAZÓN


 

La educación de los afectos consiste en asumir, potenciar y ordenar el conocimiento y la vivencia de toda su riqueza al servicio de una personalidad creativa, firme y magnánima. Aspiramos a promover en nuestra vida un modo de sentir y desear que sintonice con lo valioso. Se trata de “aprender a mirar”, de “saber gozar” y también, sin duda, de “saber sufrir”.

Hay en la vida afectiva un primer momento de receptividad: algo nos afecta, nos saca de la indiferencia, nos atrae o nos desagrada, nos alegra o nos hace temer o sufrir. Es lo que llamamos sensibilidad, una primera fuente de conocimiento y de valoración del mundo: personas, cosas y acontecimientos se muestran ante nosotros como atrayentes y bellos, como deseables; pero también como temibles, desagradables, dañinos…. La sensibilidad hace posible el asombro, la admiración, el deseo, la compasión, la percepción de la belleza, la ternura, la finura de conciencia... y también estados e impulsos de repulsa, como la aversión, el miedo o el sufrimiento. 

Educar la sensibilidad significa cultivar mediante experiencias adecuadas la percepción y el aprecio del valor de las cosas, pero distinguiendo además si, más allá del agrado y el desagrado, hay una realidad valiosa de suyo, algo que de verdad merece la pena. Apreciar la belleza -estética y moral- allí donde se encuentre y apenarse espontáneamente ante lo injusto, lo malo. Se trataría de aprender a mirar para aprender a vivir. 

Implica también aprender a ver en las realidades ordinarias y en los pequeños detalles indicios de lo eterno. Esta educación suele producirse por contagio: personas de referencia que han aprendido a mirar con finura, a ver con el corazón yendo más allá de las apariencias, ofrecen con su ejemplo claves y actitudes que despiertan en otros su sensibilidad. Es tarea esencial en la familia. Debemos a Machado, por ejemplo, el descubrimiento de la belleza de los paisajes de Soria, hasta entonces considerados como anodinos. Nos enseñó a mirarlos y amarlos, porque supo descubrir su “alma”.

Es fundamental aquí el cultivo del asombro: reconocer y hacer ver en la realidad algo sorprendente, que nos supera, que nos es dado de algún modo, que no hemos fabricado a capricho y que por lo tanto no debemos ni podemos manipular a nuestro antojo sin dramáticas consecuencias. El asombro nos hace humildes, genera algo tan esencial como el respeto. Hace contemplar la realidad con agradecimiento, delicadeza, sentido del misterio y admiración.

Sin esta mirada capaz de contemplar y de asombrarse todo se vuelve banal; al acontecimiento maravilloso se le llama “casualidad” o se ignora; se pierde la capacidad de agradecimiento, no es posible captar la belleza de lo real -incluyendo la belleza moral e interior de las personas- ni conocerse a uno mismo.

Como en casi todo comportamiento humano, la virtud, el acierto, es un equilibrio a veces difícil entre dos extremos perniciosos. Tan nocivos son la hipersensibilidad, la afectación y los escrúpulos que viven en la desproporción y la culpa, como la insensibilidad, la dureza de carácter, la trivialidad y el pragmatismo, que se alojan en el desprecio o la superficialidad. 

Dar presencia al mundo de la afectividad en la educación es ayudar a que la rigidez de la razón se flexibilice con la calidez de la afectividad, pero conseguir, al mismo tiempo, que la afectividad escuche a la razón y siga sus orientaciones para conocer el bien, la verdad y la belleza.

(Publicado en el semanario LA VERDAD el 18 de febrero de 2022)

lunes, 31 de diciembre de 2018


EL SECRETO DE CHESTERTON

"Hay algo que da esplendor a cuanto existe, 
y es la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina." (GKC)




Gilbert K. Chesterton es una de las figuras más tonificantes de la literatura contemporánea. Maestro de la paradoja, fino observador, optimista implacable, amante de las certezas y bondades que ofrece la vida, infatigable polemista de afilada y mordaz pluma, inquieto periodista, pensador profundo cuya sabiduría desborda a raudales a través de su genial sentido del humor y de un portentoso sentido común.  
Como ha escrito André Maurois: 
 “En un mundo al revés, donde los revolucionarios se sacrifican a sí mismos y a sus semejantes en el altar del Estado, donde los filósofos sacrifican la razón en nombre de sus obsesiones deterministas, la ortodoxia cristiana de Chesterton protege la risa, la curiosidad, el cuerpo, la alegría de los sentidos, la capacidad de pensar, la posibilidad de lo absolutamente nuevo, la rebelión de los pobres y la libertad de actuar.” 
Un escritor marxista, Santiago Alba, se ha declarado ferviente chestertoniano, lo cual le honra desde luego. Y confiesa que en gran medida ello se debe a que "Chesterton amaba las cosas. Las cosas,dice, son fortificaciones contra la indiferencia." Y así, por ejemplo, nuestro escritor desconfiaba de su gran antagonista contemporáneo, George Bernard Shaw  -al que respetaba y consideró como un gran amigo a pesar de todo-, no tanto por sus discrepancias políticas o filosóficas como por sus costumbres alimenticias, pues en su pretensión de pureza vital Shaw militaba contra quienes comían carne y bebían vino. Chesterton proclamaba, frente a estos "espirituales que se aman a sí mismos y no tienen humor para las cosas", que él se honraba en defender la institución de la chuleta, la cerveza y el buen vino.
      La afirmación chestertoniana de la cerveza y el rechazo de los abstemios militantes era en realidad parte de su sistema, incluía a la vez una economía, una estética, una antropología y una política, es decir, en el fondo, una teología. ¿Y cuál era esta teología? La teología de Chesterton tenía que ver con su "estupor agradecido" ante el amarillo de una flor: "Me pregunto yo qué encarnaciones o purgatorio prenatal debía de haber vivido para haber merecido la recompensa de contemplar un diente de león". Era un asombrado admirador del orden y la naturaleza de las cosas.




Su concepción de la vida tenía mucho que ver con el amor a la vida real, a la libertad que sostiene los vínculos y se afirma en ellos: "Nunca pude concebir una utopía que no me dejase la libertad que más estimo: la de obligarme." Y añadía con paradójica ironía: "Lo peor de la anarquía, no es que impide toda disciplina o fidelidad, sino que imposibilita todo capricho." La barrica de ron, de vino o de cerveza, así como el buen queso o el color de una flor del campo, son para Chesterton el centro de una telaraña fantástica de placeres normales y compromisos concretos. Forman parte de la bendición fundante de las cosas creadas, del gozo y la maravilla de lo que existe: "Hay algo que da esplendor a cuanto existe, y es la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina."
Y es que el secreto de Chesterton era la alegría (cristiana, por supuesto). La alegría de la existencia. Se trataba de un católico feliz de serlo en medio de un ambiente de ideas hostil, al cual, no obstante, amaba a la vez que lo combatía. 
Parece haber escrito para su tiempo, pero aún más para el nuestro. En sus alegatos brilla cada vez con más luz un talante profético. Convertido a la fe católica ya en plena madurez intelectual, tras un apasionante proceso de búsqueda, se preocupó de desenmascarar ese falso atractivo que el paganismo tiene para nuestros contemporáneos. Estaba convencido de que el cristianismo vivido con autenticidad vence de antemano a cualquier paganismo por la alegría.
Su respuesta es que la dicha humana, las alegrías más intensas y el disfrute más pleno de la belleza y los bienes de esta tierra sólo son posibles de verdad para quien mira confiado el horizonte de la eternidad. La alegría cristiana puede ser plena porque está respaldada por una fe en el porvenir que no es ciega, sino que encuentra en la razón una aliada.
Este era el “gigantesco secreto” de Chesterton: Detrás de nuestras vidas hay un abismo de luz, más espléndido e insondable que cualquier abismo de oscuridad; y es el abismo de la realidad, de la existencia, del hecho de que las cosas en verdad existen y son lo que son, y de que nosotros mismos somos milagrosamente reales. Es el hecho simple, fundamental y gozoso de ser... gracias al Creador. 
Y es que un Universo sin Creador sería como "una inmensa inundación de agua saliendo de ningún sitio". Chesterton advierte la enorme falta de lógica que supone "rechazar a un Dios que hace las cosas de la nada, y en cambio creer que de la nada han salido todas las cosas".

Como afirma Stephen Hawking, hay una pregunta radical quenunca podrá ser contestada por la ciencia: "¿Por qué el Universo se ha tomado la molestia de existir?". El Big bang, desde luego, no responde a esa cuestión. Chesterton, que mira el mundo desde la admiración permanente, expresará esa contingencia radical con palabras sencillas e insuperables: "Hasta que comprendamos que las cosas podrían no ser, no podremos comprender lo que significa que las cosas son". 
 Si tenemos derecho a investigar quién pintó las cuevas de Altamira y pulió las flechas de sílex, tenemos el mismo derecho a preguntarnos quién ha diseñado el Universo. Un diseño que, cualquiera que sea su significado, es bello, y debemos agradecerlo con humildad y modestia, tomando borgoña y buena cerveza, sin abusar.
Gilbert Keith Chesterton es una bocanada de aire fresco y de generosa alegría cristiana en un mundo invadido por las viruelas de la negrura. Enamorado de la dignidad humana, divertidamente peligroso para los intelectuales de su tiempo enfermos de relativismo, materialismo, agnosticismo..., de pesimismo en fin. 
Como otro Agustín, atravesó él mismo y superó las espesuras del agnosticismo materialista en su juventud: “Tuve un fuerte impulso interior para rebelarme contra aquello, para alejar de mí aquella pesadilla: incluso la mera existencia reducida a sus límites más primarios era lo suficientemente extraordinaria como para ser estimulante.” 
La vida y la obra de GKC son un argumento poco discutible de que para cualquier hombre la adhesión a Cristo no es una pérdida, sino el mayor enriquecimiento de su misma humanidad. Es comprensible que para Chesterton lo natural fuera ser católico.  A.J.



viernes, 21 de diciembre de 2012

TODO ERA MUY BUENO

Una maravilla de luz y de sonido ante 
la belleza de la creación... 
Paz.
Disfrutadlo, amigos

(pinchad en el enlace:)



"La criatura debe alabar al Creador, pero el libro del Génesis nos revela que el Creador alabó en primer lugar a su criatura. Y varias veces, como si una sola no bastara. En fin, ante su obra acabada, concluyó que 'todo era muy bueno', por eso santificó el séptimo día con un reposo que debe ser el eco de ese reconocimiento. ¿Habrá sido destruido todo después del pecado? Los dones del Señor se dan sin arrepentimiento. Aun herida, esta tierra es bella.

"...Resulta que eso es lo que produce siempre la experiencia de las bellezas de aquí abajo: cierta alegría y al mismo tiempo un sentimiento de exilio. La belleza tiene 'la capacidad de herirnos en el momento mismo en que nos encanta con su plenitud y su dulzura sin igual' (M. Cagin). Son las cosas, en su presencia misma, las que nos sugieren un más allá. La realidad creada está en tensión, por naturaleza, bajo nuestras miradas. Nunca está más cercana que cuando nos remite al infinito. Amarla es también, por lo tanto, amar a su fuente, es también desear esa fuente inaccesible.


"Una Providencia baña todo el universo material. El que la sabe admirar es llevado a confiar en ella. Ha sacado el mundo de la nada, ¿cómo no iba a tener la fuerza de sacar nuestros cuerpos de la tumba? Nuestra esperanza en la otra vida se apoya en nuestro asombro ante esta vida, que es su germen. Nuestra disposición al martirio procede de nuestra admiración ante una brizna de hierba.


  'Sentir la belleza de una cosa, como lo hacemos sin que nada nos prepare y menos aún nos obligue a ello, es experimentar que resplandece más allá de sí misma; es experimentar, al final de los finales, que esa cosa abre algo, para no acabar ya nunca... Por ella podría comenzar la preparación del cielo más alto. En la misma tierra, que ya no se abriría solamente a golpes de pala para las tumbas'. (Ph. Jacottet)"


(F. Hadjadj: Tenga usted éxito en su muerte. 

Nuevo Inicio, Granada. Págs. 138-148)