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martes, 15 de noviembre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (46)

LA EDUCACIÓN BROTA DE LA FAMILIA



Uno de los aspectos esenciales del proceso educativo es la paulatina integración de la persona, a la vez receptiva y creativa -aprender a recibir, aprender a dar-, en ámbitos de encuentro y de convivencia, empezando por la familia, en la que es llamada a la existencia. 

Las relaciones humanas vuelven el mundo un lugar habitable, nuestros vínculos configuran en él ámbitos que se convierten en morada humana. 

Cuando un ser humano se halla a la intemperie, en el sentido físico -pero aún más en el sentido afectivo y personal- tiende a buscar cobijo, abrigo, protección y seguridad. Esta necesidad encuentra su remedio en un ámbito de afecto personal y de acogida en el que se puede “estar”, en el que la amistad y la familiaridad brindan el calor, la protección y el refuerzo de la propia identidad y de la conciencia de sí mismo, más necesarios aún que el calor del cuerpo.

Para la persona humana vivir es convivir. Las relaciones interpersonales son el escenario, el argumento y el motor de la existencia humana. El ser humano adquiere el conocimiento de sí mismo como un yo digno, irreductible a todo lo demás, al experimentar que es acogido, comprendido, atendido y valorado como “alguien” único e irrepetible por otra persona significativa para él. A través de la relación de intimidad y de acogida entre las personas brota el sentido y, a través de él, el mundo se hace morada para el ser humano. 

Esto acontece de un modo privilegiado en el ámbito familiar y también en la amistad. La protección y la autoestima nacen de la compañía, de un ámbito de compartida intimidad. Es en este ámbito de encuentro donde la vida de cada hombre y mujer adquiere su primer perfil y rostro personal y donde se aprende a conocer la realidad. Por ello puede afirmarse que la educación es de algún modo una prolongación de la paternidad y la maternidad, y una cierta forma de ayuda cordial, basada en la confianza.

La  familia desarrolla sobre todo su labor educadora a través de la convivencia. Padres e hijos viven juntos una relación sencilla en la que se cultivan, atesoran y transmiten valores que se manifiestan en la vida de todos los días. La educación integral de la persona es ante todo una labor de contagio personal de actitudes. De cómo los padres hablen al hijo y de las relaciones que mantengan con él y entre sí, depende el modo como el niño conocerá más tarde el mundo y desarrollará su sociabilidad y su trabajo; también el modo en que concebirá a Dios. El niño aprende de lo que ve vivir, y lo más importante que los padres deben dar a los hijos es la seguridad de su amor y de su aprecio. Después vendrán las convicciones, las costumbres y hábitos, los gestos y las enseñanzas.

Es fundamental que los principios educativos de la escuela y de la familia sean los mismos y que ambas intervengan ayudándose mutuamente, siendo la escuela la prolongación delegada del esfuerzo, el derecho y la responsabilidad de los padres en la formación humana de sus hijos. 

Entre otras cosas porque, sin el fundamento previo y la colaboración cotidiana de una educación familiar rica en certezas y en valores humanos, la labor escolar será escasamente eficaz.

   (Publicado en el Semanario La Verdad el 11 de noviembre de 2022)

sábado, 1 de diciembre de 2012

LA SOCIABILIDAD, DIMENSIÓN DE LA NATURALEZA HUMANA


LA SOCIABILIDAD ES UNA DIMENSIÓN CONSTITUTIVA DE LA NATURALEZA HUMANA

   Se ha dicho que el hogar es un sitio al que siempre se puede volver. La experiencia de saberse en la propia casa, de contar con un refugio donde cesa el miedo y alguien espera, ofrece una sensación honda, una convicción cierta de que no se está solo en el mundo, de que se es importante para alguien, de que uno ciertamente existe.

            Cuando un ser humano se encuentra a la intemperie, no sólo en el sentido físico, sino aún más en el sentido afectivo y personal, tiende a buscar un cobijo, un lugar de abrigo, protección y seguridad. Añora o se procura un espacio físico o un ámbito de afecto personal donde pueda “estar”, donde pueda ver arropada la desnudez de su indefensión. El vestido, la vivienda o morada y la amistad, constituyen en este sentido una prolongación de la propia piel, un medio connatural destinado a mantener o avivar el calor de la propia corporalidad, o el de la propia identidad y conciencia de sí mismo, aún más necesario que el del cuerpo.



La vivienda, morada humana

            Martin Heidegger, entre otros, ha llamado la atención sobre el carácter protector de la vivienda humana: habitar una casa, vivir en la propia morada o ser acogido en la del amigo, significa “sentirse protegido sobre la tierra; su estancia en la tierra la siente el hombre seguro, amparada, protegida”.

Pero la casa no es una mera protección contra el frío o las inclemencias del entorno físico; de hecho, está presente lo mismo en los medios cálidos en que habita en hombre, resultando una manifestación específicamente humana. La protección, más que del espacio cubierto o acotado, nace de la compañía, de la creación de un ámbito de convivencia, de intimidad compartida: El hombre, observa J. Choza, construye casas porque necesita proyectar espacialmente su intimidad: mi casa es mi intimidad, un lugar íntimo, y cuando invito a un amigo a mi casa, le invito a estar íntimamente en mi compañía. En esto se diferencia precisamente la vivienda humana de la madriguera o el nido.

       La morada humana se muestra así como manifestación y expresión de la propia identidad, de la vida que se está dispuesto a compartir con personas especialmente cercanas a las que se le brinda una predilección: la de compartir estrechamente la propia vida.

La intimidad no excluye la relación interpersonal, sino que la reclama. De este modo el cuidar y decorar la casa, hacerla original y acogedora, tiene el mismo sentido que cuidar el propio aspecto exterior y cultivarse interiormente para brindar lo mejor y más logrado de uno mismo. La vivienda humana puede ser también un signo de ostentación personal, un modo de manifestar a los otros lo que se es o se aparenta ser.

La maternidad, vínculo radical

            Hasta qué punto es connatural la convivencia  para el ser humano lo manifiesta la primera y más radical experiencia en el inicio de la vida, el sentirse rodeado y acogido por la maternidad. La urdimbre afectiva (J. Rof Carballo) creada entre el recién nacido y su madre constituye la primera y más decisiva experiencia de acogida en la vida del ser humano, supone encontrarse siendo centro inequívoco de atención concreta y, en cuanto al mérito, gratuita. La falta de amparo maternal, del encuentro humano primigenio, constituye por ello la mayor de las miserias.

            La acogida y protección de la que el ser humano es objeto en el amanecer de su vida marca el inicio de su crecimiento, la afirmación incipiente de su personalidad. La indefensión del hijo es reparada por el afecto, el alimento, el calor y la atención de la madre. Esta radical relación que entrelaza sangre y afecto manifiesta, por una parte, la originaria receptividad y dependencia del ser humano y, a la vez, una aportación reparadora y plenificante que estriba en la donación de sí brindada por la madre a su hijo recién nacido.

            El hombre nace biológicamente prematuro, y el primer hecho diferencial humano es la familia –morada y maternidad-, un reducido ámbito de convivencia humana que sale al encuentro de la innata precariedad del hombre y busca el enriquecimiento humano de sus miembros mediante la distribución de tareas y el cuidado mutuo.




La sociabilidad no es opcional

La sociedad no es algo que sobrevenga al hombre de un modo externo y opcional, como algo conveniente pero de lo que pudiera prescindir. Lo social es una vertiente esencial de la persona fundada en su apertura constitutiva, necesitada de dar y de recibir. La radical inclinación a dar y recibir entablando relación con otros seres humanos es lo que define a la sociabilidad.

Se manifiesta así que vivir, para el ser humano, es convivir, compartir la vida teniendo que contar de alguna forma con otras personas. De ningún modo la vida social es fruto de un pacto social ajeno a la naturaleza constitutiva del ser humano.

Porque el ser humano es persona -alguien dotado de una identidad inequívoca, que se desarrolla como intimidad y se abre a una vida compartida- el desarrollo de su naturaleza es dialógico, cooperativo, social. No es de ningún modo un “mero hacerse” sin referencias. Y no todo en la vida social es igualmente digno. No es genuinamente humano vivir como me dé la gana y buscar sólo la satisfacción de mis deseos. Sólo es bueno lo que ayuda al ser humano al desarrollo de lo que constituye su naturaleza, su humanidad. Sólo es bueno lo que me hace mejor persona. El bien común está muy por encima del mero interés general. A.J.