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sábado, 29 de octubre de 2022

IDEOLOGÍA / ENFOQUE DE GÉNERO (QUEER)


 

Judith Butler, en su libro El género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad (1990), enfatiza que el rol de hombre o de mujer no vendría determinado por la naturaleza biológica constitutiva, sino que es una construcción económica y cultural. El siguiente paso será afirmar que la identidad sexual depende en exclusiva de la autodeterminación de cada individuo. A grandes rasgos, puede afirmarse que en este feminismo el énfasis en la “igualdad” dará paso a la promoción de la “diferencia femenina”, y a la vez a la “inclusión” -en la cultura y en los ámbitos sociales neurálgicos- de todas sus posibles expresiones y modalidades.

La IV Conferencia de la ONU sobre la Mujer, celebrada en Beiging en septiembre de 1995, puede considerarse como el momento en que la ideología o perspectiva de género inicia una fulgurante difusión internacional, especialmente en el ámbito político, de la mano de organismos y agencias internacionales. 

El enfoque de género implica una diversificación de las identidades, que conlleva una importante deriva del feminismo hacia el lesbianismo y al auge del movimiento LGTBI, en confluencia con el movimiento Queer

Tomando pie en los planteamientos de  Judith Butler, la teoría Queer considera que toda identidad sexual es "anómala", incluida obviamente la heterosexualidad, ya que todos los deseos sexuales humanos son igualmente legítimos. Se propone eliminar la categoría de sexo y sustituiría por la identidad de género, más fluida y abierta a la autodeterminación individual.

Con el movimiento Queer ha salido a la luz un supuesto de fondo: al rechazar que haya una naturaleza humana que establezca una nítida diferencia -y referencia mutua- entre masculino y femenino, más allá de lo estrictamente biológico, el deseo y el sentimiento individuales acaban por convertirse en referencia exclusiva de la diversidad humana. 

Así, el transfeminismo -el feminismo profesado por personas de sexo masculino que se sienten mujeres- ha acabado por manifestar que  el sujeto político del feminismo, “las mujeres”, se ha quedado estrecho y resulta excluyente, puesto que debería albergar no solo a las mujeres que lo son desde el punto de vista biológico sino a todas aquellas personas que desean ser consideradas mujeres.

El derecho a la autodeterminación de las personas significaría, por ejemplo, que cualquiera puede cambiar de sexo con solo desearlo, sin contar siquiera con un diagnóstico de transexualidad; bastaría con manifestar un mero deseo, incluso sin condiciones de edad. 

Mientras algunas feministas, en su mayoría jóvenes, aceptaron la teoría queer sin problemas y no tenían reparo en incluir a las mujeres transexuales en sus reivindicaciones (es el llamado transfeminismo o feminismo trans), el feminismo “clásico” empezó a mostrar una incomodidad cada vez mayor, señalando que la mujer es el sujeto político del feminismo, y si ya no hay hombres y mujeres sino “construcciones socioculturales e individuales” variables, el feminismo dejaría de tener sentido. De esta forma, esta suerte de “negacionismo sexual” es vista como una amenaza y vulneración contra los derechos de las mujeres, y pasa a reivindicarse que nacer con sexo femenino o masculino es lo que determina la “posición estructural” de los hombres y las mujeres en el mundo.

Un caso paradigmático es la creación en España de la Alianza contra el Borrado de las Mujeres,integrada por diversos colectivos feministas españoles contrarios a la eliminación de la categoría “sexo” de la legislación, de las estadísticas y del discurso social y cultural. Concretamente ha surgido frente a la presentación por parte del Gobierno de España de la Ley sobre igualdad de las personas LGBTI.[1]

Pero la querella del feminismo ‘tradicional’ con el movimiento queer atañe también a otras batallas antiguas que libran las diferentes corrientes del feminismo; en concreto, la prostitución, la pornografía o los vientres de alquiler. Afirma Rosa Cobo, profesora de Sociología del Género de la Universidad de La Coruña, en declaraciones al diario “El Mundo”: “Hay un conflicto, una fuerte tensión discursiva entre el feminismo y un sector del movimiento LGTBI que se define como feminista y no ve violencia contra la mujer en los vientres de alquiler, la pornografía o la prostitución, porque los interpretan como actos de libertad.”[2] 

“Las consecuencias nefastas de que se vaya imponiendo esta ideología están siendo que el lobby gay se convierta en dominante en todos los campos de la difusión de la ideología feminista e imponga sus objetivos, como son la legalización de los vientres de alquiler, la legalización de la prostitución y convencer a la sociedad de que el deseo de cambiar de sexo expresado por menores es suficiente para que el niño se someta a tratamientos hormonales y quirúrgicos, sin necesitar ningún dictamen médico y psicológico”[3]Si no fuese Lidia Falcón -fundadora del Partido Feminista de España- quien hubiera enunciado estas palabras, daría la impresión de que la reacción esencialista ha vuelto a los escenarios del debate público, reivindicando que la realidad es tozuda.

La contienda está servida, puesto que se considera que “la liberalización del cambio de sexo presenta un impacto negativo sobre las estadísticas que miden las desigualdades entre los sexos, sobre la integridad física de las mujeres presas, sobre los espacios separados por motivos de seguridad para las mujeres, sobre el derecho de las mujeres a la paridad y al deporte equitativo, sobre la investigación sanitaria que contempla las diferencias físicas entre mujeres y hombres.”[4]

La filósofa Victoria Sendón, acreditada representante del feminismo español, llega a escribir, casi con acentos de compunción: “El error original es que un feminismo oficialista y académico ha empleado la palabra ‘género’ para todo: violencia de género, perspectiva de género, leyes de género, experta en género, etc., convirtiendo a la mujer en un concepto vacío”.[5]

La crítica del feminismo alcanza así pues a cuestiones que en el fondo tienen que ver con la antropología. La ideología de género, al pretender negar cualquier atisbo de diferencia sexual entre hombres y mujeres, pasa inevitablemente por suprimir el concepto -la realidad- de mujer.

Con términos que costarían más de un disgusto a un metafísico realista, llega a afirmarse: “No existe el “derecho humano” de los hombres a declararse mujeres. Podemos preguntarnos: ¿ese derecho de autodeterminación solo concierne al sexo o también pueden autodeterminarse la edad, la discapacidad, la nacionalidad, la etnia/raza y el nivel de renta?”[6]

La Alianza contra el Borrado de las Mujeres señala críticamente esta deriva al apreciar que incluso el término “personas transexuales” es sustituido en los textos legales por “el concepto ‘trans’, que incluye a travestis ocasionales…, a personas que afirman ser de “género fluido”, neutro, no binario, hombres que combinan tacones con corbata, hombres que se declaran mujeres sin modificar aspecto alguno, etc.”[7] Con ello se echa de ver la necesidad de una dimensión empírica y bien definida que permita un mismo tratamiento jurídico. “El dimorfismo sexual de la especie humana -se insiste- es un hecho empírico evidente y con consecuencias sociales que no pueden ignorarse.”[8]

Evocando las expresiones de Simone de Beauvoir o del mismo Sartre, puede afirmarse que la mujer y el varón “se hacen”, pero no desde la nada (el “ser para sí”) o el vacío, sino a partir de su naturaleza humana constitutiva, que muestra el orden propio de realización y perfeccionamiento de la persona humana -mujer o varón- mediante el ejercicio de su libertad. 

Hombre y mujer son iguales en naturaleza, dignidad, derechos y deberes fundamentales. Y, al mismo tiempo, cada uno tiene en su singularidad personal la oportunidad de aportar al mundo una contribución genuina. 

Por todo ello, las voces que reclaman en la actualidad -también desde el propio feminismo- una revisión de los planteamientos teóricos y prácticos de la causa a favor de las mujeres parecen necesitadas de reflexión más profunda acerca de lo que es el ser humano y de lo que significa ser mujer y ser varón. Esto debería llevar también a una más adecuada consideración del valor de la maternidad y de la paternidad. Esta podría ser la base de un “nuevo feminismo” -en el fondo un humanismo más cabal- que haga posible el trabajo conjunto de hombres y mujeres a favor de un mundo más plenamente humano. 


Tomado de Andrés JIMÉNEZ ABAD. “La mujer, ¿en busca de una identidad perdida?”. Revista de Pensamiento. FUE, Madrid. N. 34 ( 2021). Págs. 165-194.

 



[1] Cfr. Anteproyecto de ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI(Ver https://contraelborradodelasmujeres.org/wp-content/uploads/2021/04/Análisis_LeyesID.pdf)

[2] “El Mundo”, 03.03.2020. Olga R. Sanmartín: “Las feministas celebran el 8M divididas sobre la prostitución, los ‘vientres de alquiler’ y las teorías ‘queer’.”

[3] Cit. en Sánchez de la Nieta, A. (2020) Sánchez de la Nieta, A.: “El feminismo tradicional contra la ideología ‘queer’.” Aceprensa, 28 abril, 2020.

[4] Cfr. https://contraelborradodelasmujeres.org/analisis-de-los-borradores-de-ley-lgtbi-y-ley-llamada-trans/ https://contraelborradodelasmujeres.org/wp-content/uploads/2021/04/Análisis_LeyesID.pdf

[5] https://tribunafeminista.elplural.com/2019/12/feminismo-y-generismo/

[6] https://contraelborradodelasmujeres.org/wp-content/uploads/2021/04/Análisis_LeyesID.pdf

[7] Ibídem.

[8] Ibíd.

sábado, 1 de diciembre de 2012

LA SOCIABILIDAD, DIMENSIÓN DE LA NATURALEZA HUMANA


LA SOCIABILIDAD ES UNA DIMENSIÓN CONSTITUTIVA DE LA NATURALEZA HUMANA

   Se ha dicho que el hogar es un sitio al que siempre se puede volver. La experiencia de saberse en la propia casa, de contar con un refugio donde cesa el miedo y alguien espera, ofrece una sensación honda, una convicción cierta de que no se está solo en el mundo, de que se es importante para alguien, de que uno ciertamente existe.

            Cuando un ser humano se encuentra a la intemperie, no sólo en el sentido físico, sino aún más en el sentido afectivo y personal, tiende a buscar un cobijo, un lugar de abrigo, protección y seguridad. Añora o se procura un espacio físico o un ámbito de afecto personal donde pueda “estar”, donde pueda ver arropada la desnudez de su indefensión. El vestido, la vivienda o morada y la amistad, constituyen en este sentido una prolongación de la propia piel, un medio connatural destinado a mantener o avivar el calor de la propia corporalidad, o el de la propia identidad y conciencia de sí mismo, aún más necesario que el del cuerpo.



La vivienda, morada humana

            Martin Heidegger, entre otros, ha llamado la atención sobre el carácter protector de la vivienda humana: habitar una casa, vivir en la propia morada o ser acogido en la del amigo, significa “sentirse protegido sobre la tierra; su estancia en la tierra la siente el hombre seguro, amparada, protegida”.

Pero la casa no es una mera protección contra el frío o las inclemencias del entorno físico; de hecho, está presente lo mismo en los medios cálidos en que habita en hombre, resultando una manifestación específicamente humana. La protección, más que del espacio cubierto o acotado, nace de la compañía, de la creación de un ámbito de convivencia, de intimidad compartida: El hombre, observa J. Choza, construye casas porque necesita proyectar espacialmente su intimidad: mi casa es mi intimidad, un lugar íntimo, y cuando invito a un amigo a mi casa, le invito a estar íntimamente en mi compañía. En esto se diferencia precisamente la vivienda humana de la madriguera o el nido.

       La morada humana se muestra así como manifestación y expresión de la propia identidad, de la vida que se está dispuesto a compartir con personas especialmente cercanas a las que se le brinda una predilección: la de compartir estrechamente la propia vida.

La intimidad no excluye la relación interpersonal, sino que la reclama. De este modo el cuidar y decorar la casa, hacerla original y acogedora, tiene el mismo sentido que cuidar el propio aspecto exterior y cultivarse interiormente para brindar lo mejor y más logrado de uno mismo. La vivienda humana puede ser también un signo de ostentación personal, un modo de manifestar a los otros lo que se es o se aparenta ser.

La maternidad, vínculo radical

            Hasta qué punto es connatural la convivencia  para el ser humano lo manifiesta la primera y más radical experiencia en el inicio de la vida, el sentirse rodeado y acogido por la maternidad. La urdimbre afectiva (J. Rof Carballo) creada entre el recién nacido y su madre constituye la primera y más decisiva experiencia de acogida en la vida del ser humano, supone encontrarse siendo centro inequívoco de atención concreta y, en cuanto al mérito, gratuita. La falta de amparo maternal, del encuentro humano primigenio, constituye por ello la mayor de las miserias.

            La acogida y protección de la que el ser humano es objeto en el amanecer de su vida marca el inicio de su crecimiento, la afirmación incipiente de su personalidad. La indefensión del hijo es reparada por el afecto, el alimento, el calor y la atención de la madre. Esta radical relación que entrelaza sangre y afecto manifiesta, por una parte, la originaria receptividad y dependencia del ser humano y, a la vez, una aportación reparadora y plenificante que estriba en la donación de sí brindada por la madre a su hijo recién nacido.

            El hombre nace biológicamente prematuro, y el primer hecho diferencial humano es la familia –morada y maternidad-, un reducido ámbito de convivencia humana que sale al encuentro de la innata precariedad del hombre y busca el enriquecimiento humano de sus miembros mediante la distribución de tareas y el cuidado mutuo.




La sociabilidad no es opcional

La sociedad no es algo que sobrevenga al hombre de un modo externo y opcional, como algo conveniente pero de lo que pudiera prescindir. Lo social es una vertiente esencial de la persona fundada en su apertura constitutiva, necesitada de dar y de recibir. La radical inclinación a dar y recibir entablando relación con otros seres humanos es lo que define a la sociabilidad.

Se manifiesta así que vivir, para el ser humano, es convivir, compartir la vida teniendo que contar de alguna forma con otras personas. De ningún modo la vida social es fruto de un pacto social ajeno a la naturaleza constitutiva del ser humano.

Porque el ser humano es persona -alguien dotado de una identidad inequívoca, que se desarrolla como intimidad y se abre a una vida compartida- el desarrollo de su naturaleza es dialógico, cooperativo, social. No es de ningún modo un “mero hacerse” sin referencias. Y no todo en la vida social es igualmente digno. No es genuinamente humano vivir como me dé la gana y buscar sólo la satisfacción de mis deseos. Sólo es bueno lo que ayuda al ser humano al desarrollo de lo que constituye su naturaleza, su humanidad. Sólo es bueno lo que me hace mejor persona. El bien común está muy por encima del mero interés general. A.J.