Mostrando entradas con la etiqueta educación familiar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta educación familiar. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de julio de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (110)

LA FIGURA DEL PADRE EDUCADOR

Una cuestión debatida y debatible hoy en día es la clamorosa feminización de la profesión docente -casi el 100% en Infantil, 82% en Primaria y 72% en Secundaria- y sus posibles efectos. En otro momento nos referiremos a ella. Pero antes es conveniente levantar acta de una situación aún más clamorosa: la ausencia del padre en el ámbito de la educación familiar. Para bien o para mal, el padre muestra a su hijo lo que significa ser hombre. 

Sin duda, la tarea de un padre que asume la responsabilidad de los suyos en el ámbito familiar es susceptible de cambios y, como todo lo humano, es siempre mejorable. Pero la esencial aportación que está llamado a realizar siempre será necesaria y absolutamente indispensable para el hijo, la familia y la sociedad. 

Por supuesto que hay mujeres extraordinarias que han sabido educar magníficamente a sus hijos ellas solas. Pero eso es sin duda algo extraordinario y excepcional. La mentalidad hoy dominante -feminismo, progresismo, ideología de género, nihilismo, socialismo, individualismo liberal…- ha pretendido sin embargo hacer ordinario -obligatorio incluso- lo extraordinario: ha desacreditado la aportación paterna en la formación de los hijos y en el equilibrio y la felicidad familiares. En este contexto cultural y social, al padre se le llega a considerar prescindible. Se ha llegado a decir que hemos pasado del complejo de Edipo, que quería eliminar a su padre, al complejo de Telémaco, que creció mirando al horizonte, añorando constantemente la presencia de su padre, Ulises. La pérdida de la paternidad es una de las más graves carencias culturales de nuestros días. Y resulta especialmente preocupante, como decimos, su institucionalización

Cuando, por ejemplo, se legisla para sustituir al padre y a la madre por progenitores “A, B, C, D”..., se suprime una misión humana esencial. El pensamiento único pretende desmontar -“deconstruir”- el tejido familiar y social en el que el ser humano necesita aprender y vivir. Ya saben, aquello de que “los hijos no son de los padres” de Celáa…

Ante la ceguera del totalitarismo y del nihilismo posmodernos, y la locura de un feminismo “queer” antihumanista, se hace preciso defender la presencia del padre y su responsabilidad como educador y equilibrador en el seno de la familia, de una familia “normal” que muchos pretenden desdibujar, precisamente, porque no ignoran su importancia. 

Escribió Goethe que “solo hay dos legados duraderos que podemos esperar dar a nuestros hijos: uno son raíces, el otro alas.” La “ausencia de raíces” y la consiguiente crisis de identidad se vienen produciendo hoy en muchos chicos varones que crecen sin historia ni referencias claras (“¿Quién soy?”, “¿qué soy?”). Todo esto repercute en el sentimiento de confianza básica, fundamento de la autoestima, y está muy relacionado con el fracaso escolar masculino (fracaso educativo más bien, no solo académico).

Nos hallamos, por un lado, ante la necesidad imperiosa de afrontar y superar la actual crisis de masculinidad y, por otro, ante la urgencia de una valoración adecuada de la alteridad y la contribución de ambos sexos a la hora de formar familias en las que nunca deben crecer “hijos huérfanos de padres vivos”.

Hombres y mujeres somos diferentes. Esto no es ni bueno ni malo, es la condición natural del ser humano, llamado a la complementariedad, la integración enriquecedora, la colaboración activa y efectiva. Es preciso comprender y aceptar lo que es diferente en el hombre y la mujer y lo que en ellos es común y compartido. También lo que ambos aportan en la educación familiar. En este marco, el padre jamás debe estar ausente.

        (Publicado en el semanario La Verdad el 5 de julio de 2024)

viernes, 20 de enero de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (52)

LA IMPORTANCIA DE LA LECTURA PARA APRENDER A VIVIR

 



Los padres son responsables de introducir a los hijos en el universo de los valores de sentido. Al dar la vida a sus hijos, adquieren el deber de guiarles en su trayectoria educativa mientras llegan a valerse por sí mismos de forma responsable.

Al educar a niños y jóvenes aspiramos a promover en ellos un modo de sentir y desear que sintonice con lo valioso. Dicho de otro modo, queremos que aprenden a distinguir con acierto entre el bien y el mal y que opten habitualmente por el bien. Platón sostenía que la educación consiste en “aprender a mirar”, es decir, en dirigir nuestra mirada, nuestra reflexión, hacia lo verdaderamente importante, a la verdad y no a la apariencia, al bien y no simplemente a lo que atrae, a la belleza que es el esplendor de la divinidad. 

Se trata de elevarse a la contemplación de lo esencial, por encima de lo que “me gusta o no me gusta”, “me apetece o no”, de intereses y ambiciones, de deseos conducidos por la codicia o las pasiones. En el fondo es la búsqueda de la verdad que nos hace libres.

Uno de los medios principales para cultivar esta capacidad de reflexión es el hábito lector. La lectura ejercita la imaginación, despierta la curiosidad, fomenta el interés y el aprendizaje. Cuando se convierte en hábito y se vierte sobre buenos libros, genera un proceso de reflexión que ayuda a desarrollar la capacidad de asombro, a plantearse preguntas y a configurar un criterio propio.

Las lecturas ayudan a interpretar el mundo que nos rodea y a dar un significado a los hechos cotidianos y a las encrucijadas que nos salen al encuentro a lo largo de la vida, sobre todo en los primeros años: normas, actitudes, valores, criterios de discernimiento, pautas de conducta, modelos humanos de comportamiento, expectativas vitales… 

La buena literatura -en particular la de los clásicos, que han superado el paso de tiempos y modas para alcanzar el valor de lo humano permanente- es capaz por sí misma de hacernos reflexionar mediante la fuerza misma del relato, invitándonos a analizar y valorar actitudes humanas, situaciones, modelos de comportamiento y referencias para el propio vivir.

Giovanni Sartori, en su obra Homo Videns. La sociedad teledirigida (1998), llamó tempranamente la atención sobre los efectos de la presente revolución multimedia. Advertía que esta revolución está transformando al homo sapiens, vinculado con la cultura escrita, en un homo videns, para el cual la palabra ha sido desplazada por la imagen, y las razones y argumentos por las reacciones emocionales. La primacía de la imagen, de los estímulos sensibles y del ritmo, de lo visible sobre lo inteligible, lleva a la superficialidad, a un ver sin entender. Lo audiovisual, afirmaba, aunque también presenta aspectos positivos, desencadena impresiones, reacciones emocionales que invitan a prescindir de la palabra, y con ella de la reflexión, de la elaboración y del examen de las razones. 

Así pues, en el seno familiar, donde se adquieren las primeras referencias acerca de lo nuclear de la vida, es preciso iniciar en el hábito lector y cultivarlo en los niños si queremos que aprendan a vivir de manera creativa, reflexiva y con sentido de la responsabilidad. A ello dedicaremos nuestras próximas reflexiones.

        (Publicado en el semanario La Verdad el 13 de enero de 2023)

jueves, 5 de enero de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (51)

¿PROYECTO EDUCATIVO FAMILIAR?



 

En el seno de la familia las bases de la educación de los hijos ocupan un lugar esencial, no delegable por parte de los padres a otras instancias como el centro escolar, por ejemplo.

La primera piedra de la educación familiar y principal garantía de construcción de una personalidad madura y equilibrada de los hijos está en el cultivo del amor entre los esposos. Viendo cómo se quieren sus padres, los hijos aprenden qué es el respeto, la servicialidad, la generosidad, la constancia, la responsabilidad por el bien del otro y la diferencia entre el bien y el mal. El factor decisivo de una buena educación de los hijos radica en el clima afectivo y de valores en el cual crecen. Santa Teresa de Calcuta decía a los padres: “No os preocupéis si vuestros hijos no os escuchan. Os están observando todo el día.”

Después será preciso establecer de común acuerdo unas prioridades que se convertirán en valores y normas de comportamiento dentro y fuera de casa. Pero no será suficiente tener claras la ideas acerca de los objetivos del proyecto educativo familiar. Es preciso ejemplificar, proponer conductas concretas.

Los hijos deben percibir claramente cuáles son las expectativas de sus padres sobre ellos, formuladas en términos claros, en comportamientos concretos y avalados por el ejemplo. No será suficiente proponer “generosidad” si no se concreta en qué: dedicar un tiempo del día para ayudar al hermano pequeño, aportar algo para el regalo a los miembros de la familia, prestar sus cosas, etc. A nada conduce insistir en que deben ser ordenados si no se les enseña y exige orden en sus juguetes, su ropa, su habitación... Sería contraproducente decirles que no hay que mentir y que nos vean hacerlo en ciertas situaciones.

A la familia se la ha dotado del instrumento educativo fundamental: el afecto, el amor tangible. El mensaje “te quiero”, “tú eres único para mí”, “tú eres lo que más vale para mí”…, se transmite a través de gestos muy concretos, especialmente con los hechos y, en lo posible, “estando” con ellos, dándoles nuestro tiempo. Poco tiene que ver con un sentimentalismo superprotector que les va ablandando ante la dificultad, con “tiempos de calidad” forzosos y menos aún con regalos caros o aparatosas celebraciones en locales de moda.

El proyecto educativo familiar, con sus prioridades y normas, podría convertirse en un reglamento sofocante si falta un clima de pleno afecto. El rechazo de algunos hijos hacia normas y valores propuestos por sus padres puede ser una reacción ante unas exigencias planteadas y vividas sin cariño, sin paciencia, sin alegría.

Configuramos nuestra personalidad según modelos de identificación. Los valores vividos por los padres serán asumidos con naturalidad por los hijos si les ven vivirlos con alegría, aun en medio del sacrificio llegado el caso. 

Los hijos, afortunadamente, no son mecanismos programables. Es muy posible que sus conductas no respondan a nuestras expectativas. Ahí entra también su libertad y sus flaquezas. Es su responsabilidad también. Nunca tendremos certeza sobre los resultados de nuestro esfuerzo educativo. Sólo la tendremos sobre cuál será el efecto de lo que no hagamos.

 (Publicado en el semanario LA VERDAD el 30 de diciembre de 2022)

viernes, 23 de diciembre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (50)

EDUCACIÓN Y SOCIABILIDAD HUMANA



La naturaleza humana, tal como se muestra en el niño desde su concepción y a diferencia de las demás especies animales, presenta una inicial y apremiante indigencia, un cúmulo de necesidades que es preciso satisfacer y una serie de capacidades extraordinarias que es necesario ayudar a cultivar. La educación es lo más esencial en este proceso de ayuda a la maduración de las personas.

El desarrollo de la personalidad encuentra su ámbito y motor necesario en la relación interpersonal. Pero su protagonismo ha de ir asumiéndolo según su capacidad el propio ser humano que se educa. Este no debe ser sustituido en el proceso de su formación salvo en los primeros años, por las razones indicadas.

Para todo ser humano vivir es convivir y la familia es el primer ámbito de socialización. La sociabilidad -la radical inclinación a dar y recibir entablando relación con otros seres humanos- es una vertiente esencial -aunque no la única- de la persona. El ser humano necesita comunicarse, poner su ser en común, dar y recibir, aportar y compartir. La interdependencia nos hace sentirnos responsables, y en el desarrollo de esta responsabilidad estriba el proceso de maduración.   

Mientras no esté en condiciones de ejercer con pleno conocimiento y responsabilidad el protagonismo de su vida, un niño o joven ha de ser auxiliado en el conocimiento del mundo y de sí mismo, y en la toma de decisiones, e incluso, como ya se ha dicho, ha de ser suplido temporalmente en los primeros años de su vida. 

Ser padre o madre no consiste sólo en engendrar, sino en educar, en capacitar al hijo para que llegue a valerse por sí mismo con vistas al bien mediante el desarrollo de sus potencialidades naturales y personales. Al dar la vida a sus hijos, los padres adquieren el deber de mantenerlos y ayudarlos a madurar. Por ello tienen también el derecho de guiarles en su trayectoria educativa mientras llegan a valerse por sí mismo de forma responsable. 

La auténtica socialización no implica una absorción de la persona y de sus responsabilidades por parte de la colectividad y del Estado, sino una intensificación de las relaciones personales, libremente asumidas, que debe conducir necesariamente a un mayor grado de personalización. Y personalizar es precisamente la tarea de la educación: introducir al ser humano en la realidad: ayudarle a acceder a lo real, por un lado, y a desarrollar la realidad que es él mismo, por otro, dentro de un sentido unitario, integrador y potenciador. Ayudarle a ser y a cultivar lo mejor de la persona que es.

A pesar de ciertas pretensiones totalitarias hoy en boga, el Estado no es ni la fuente de donde surge el ser humano ni la instancia última para definir su personalidad. Por consiguiente no tiene autoridad para determinar los elementos y fines que configuran su pleno desarrollo. 

La persona es más que un simple elemento de la sociedad y del Estado. Cada persona sigue siendo significativa, conserva un rostro identificable en los ámbitos de convivencia de los que forma parte. La masificación y el anonimato, la despersonalización, la dependencia permanente y la disolución de la responsabilidad personal en el entramado de las relaciones sociales y económicas no pueden ser la finalidad de la educación, por más que se empeñen ciertas leyes.


  (Publicado en el semanario LA VERDAD el 23 de diciembre de 2022)

martes, 15 de noviembre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (46)

LA EDUCACIÓN BROTA DE LA FAMILIA



Uno de los aspectos esenciales del proceso educativo es la paulatina integración de la persona, a la vez receptiva y creativa -aprender a recibir, aprender a dar-, en ámbitos de encuentro y de convivencia, empezando por la familia, en la que es llamada a la existencia. 

Las relaciones humanas vuelven el mundo un lugar habitable, nuestros vínculos configuran en él ámbitos que se convierten en morada humana. 

Cuando un ser humano se halla a la intemperie, en el sentido físico -pero aún más en el sentido afectivo y personal- tiende a buscar cobijo, abrigo, protección y seguridad. Esta necesidad encuentra su remedio en un ámbito de afecto personal y de acogida en el que se puede “estar”, en el que la amistad y la familiaridad brindan el calor, la protección y el refuerzo de la propia identidad y de la conciencia de sí mismo, más necesarios aún que el calor del cuerpo.

Para la persona humana vivir es convivir. Las relaciones interpersonales son el escenario, el argumento y el motor de la existencia humana. El ser humano adquiere el conocimiento de sí mismo como un yo digno, irreductible a todo lo demás, al experimentar que es acogido, comprendido, atendido y valorado como “alguien” único e irrepetible por otra persona significativa para él. A través de la relación de intimidad y de acogida entre las personas brota el sentido y, a través de él, el mundo se hace morada para el ser humano. 

Esto acontece de un modo privilegiado en el ámbito familiar y también en la amistad. La protección y la autoestima nacen de la compañía, de un ámbito de compartida intimidad. Es en este ámbito de encuentro donde la vida de cada hombre y mujer adquiere su primer perfil y rostro personal y donde se aprende a conocer la realidad. Por ello puede afirmarse que la educación es de algún modo una prolongación de la paternidad y la maternidad, y una cierta forma de ayuda cordial, basada en la confianza.

La  familia desarrolla sobre todo su labor educadora a través de la convivencia. Padres e hijos viven juntos una relación sencilla en la que se cultivan, atesoran y transmiten valores que se manifiestan en la vida de todos los días. La educación integral de la persona es ante todo una labor de contagio personal de actitudes. De cómo los padres hablen al hijo y de las relaciones que mantengan con él y entre sí, depende el modo como el niño conocerá más tarde el mundo y desarrollará su sociabilidad y su trabajo; también el modo en que concebirá a Dios. El niño aprende de lo que ve vivir, y lo más importante que los padres deben dar a los hijos es la seguridad de su amor y de su aprecio. Después vendrán las convicciones, las costumbres y hábitos, los gestos y las enseñanzas.

Es fundamental que los principios educativos de la escuela y de la familia sean los mismos y que ambas intervengan ayudándose mutuamente, siendo la escuela la prolongación delegada del esfuerzo, el derecho y la responsabilidad de los padres en la formación humana de sus hijos. 

Entre otras cosas porque, sin el fundamento previo y la colaboración cotidiana de una educación familiar rica en certezas y en valores humanos, la labor escolar será escasamente eficaz.

   (Publicado en el Semanario La Verdad el 11 de noviembre de 2022)

viernes, 20 de mayo de 2022

REPENSADO LA EDUCACIÓN (29)

LA FAMILIA Y LA RESPONSABILIDAD EDUCATIVA

 


Venimos reflexionando desde hace unas semanas sobre la educación moral y nuestro punto de partida ha sido la consideración de la familia como primer ámbito de acogida y personalización del ser humano. 

No pensemos que la educación moral es algo que se recibe fundamentalmente en el ámbito escolar -aunque está muy bien que este contribuya a la tarea-, y menos aún que es algo que cada uno ha de ir construyendo según su experiencia personal y social. En este último caso, el riesgo de relativismo y subjetivismo -y la probabilidad de equivocarse- es evidente. Por supuesto, uno aprende cuando escarmienta… pero, como se dice en Oriente, hay dos tipos de hombres: los necios y los listos. Los necios son los que escarmientan en cabeza propia y los listos los que lo hacen en cabeza ajena. Y es que necesitamos ser ayudados a reconocer el bien y orientar a él nuestra vida partiendo sobre todo del saber, de la experiencia y del ejemplo de quienes nos ayudan a crecer como personas. Y el ámbito más idóneo para ello es esa comunidad de amor que llamamos la familia.

Quien da vida a  un ser humano, le da, no mera biología, sino vida humana y, por lo tanto, una biografía que cada uno debe protagonizar personalmente. 

Cada uno es responsable, gracias a su naturaleza racional y libre, del contenido y de la orientación de su vida. Pero mientras no esté en condiciones de ejercer con pleno conocimiento y responsabilidad el protagonismo de su vida, el niño o joven ha de ser auxiliado en el conocimiento del mundo y de sí mismo, en la toma de decisiones, e incluso ha de ser suplido temporalmente en sus primeros años. Ser padre o madre no consiste sólo en engendrar, sino en educar, en capacitar al hijo para que llegue a valerse por sí mismo mediante el desarrollo de sus potencialidades naturales y personales. 

Al dar la vida a sus hijos, los padres adquieren el deber de mantenerla y ayudarla a madurar. Por ello tienen también el derecho de guiarles en su trayectoria educativa mientras llegan a valerse por sí mismos de forma responsable. Eso es la educación: por un lado, introducir al ser humano en la realidad y, por otro, ayudarle a desarrollar su naturaleza constitutiva aportando un sentido integrador y potenciador.

La familia es la responsable de introducir a los hijos en el universo de los valores de sentido y por este motivo es certera la Declaración Universal de los Derechos Humanos al reconocer que “los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos” (art. 26.3).

El papel nuclear que la familia ostenta, además, como fundamento de la vida social, exige que el Estado se ponga a su servicio. “La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado” (Id., art. 16.3) Al Estado le compete garantizar el derecho a la educación, respaldando subsidiariamente a las familias, pero no le corresponde la determinación de lo que está bien o mal en el orden moral ni tampoco decidir el contenido de la verdad, que constituyen lo esencial de la educación misma. El Estado ha de servir a la sociedad, pero no debe erigirse en poseedor del sentido último.


(Publicado en el semanario LA VERDAD el 20 de mayo de 2022)

 

sábado, 14 de mayo de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (28)

LA FAMILIA Y LA EDUCACIÓN MORAL

 


Si aceptamos que el referente fundamental de la ética y de la educación moral es la dignidad inherente a la persona, reconoceremos que la familia es el ámbito en el que de modo más espontáneo y primordial se valora al ser humano por ser quien es, precisamente en su índole de persona; y, como consecuencia, que es el ámbito educativo y personalizador por excelencia.

En la relación familiar, debido a los vínculos morales y afectivos que conlleva, cada miembro es significativo por el hecho de ser él mismo. De ella debe brotar el sentimiento de confianza básica, pilar de la autoestima y de un desarrollo sano de la personalidad. 

Después de la familia, obviamente, un ámbito personalizador decisivo es la institución escolar, siempre y cuando permanezca al margen de postulados ideológicos. Porque la educación ha de tener como referente a la persona y no las ideologías. Los hijos/alumnos no son peones en el tablero de la lucha por el poder. Ciertas ideologías sostienen que todo es política, y la educación de manera muy singular. Sin embargo, esto no es admisible. Si lo fuera, la educación se convertiría en manipulación. La escuela no tiene que ser ni “conservadora” ni “progresista”. Tiene que ser educadora.

Pero volvamos al papel prioritario de la familia en el marco de la educación moral. Hablamos de un ámbito de relación en el que se comparte lo fundamental de la vida, donde se aprenden las habilidades básicas, la comunicación, los criterios y claves de sentido para orientarse en la vida, la diferencia entre el bien y el mal, las normas básicas de comportamiento... Y todo ello mediante el vínculo del afecto y la confianza, de la obligación natural recíproca. Por eso es más adecuado afirmar que en ella se aprende, sobre todo, a vivir.

Pero esta responsabilidad no es un mero privilegio ni se da sin más. Es preciso aprender a ejercerla. La tarea educativa que corresponde a la familia requiere, sobre todo en los padres, una actitud de coherencia, ideas claras, formación -personal y conjunta-, adquisición y ejercicio de virtudes, dedicación incondicional y aprendizaje permanente. También el amor es una tarea. 

Es conocida aquella afirmación de Aristóteles de que ser justo no consiste en saber qué es la justicia, sino en practicarla. Esto vale para la educación entendida como adquisición y desarrollo de virtudes y para la familia como ámbito educativo y personalizador por excelencia. 

Santa Teresa de Calcuta decía a los padres: “no te preocupes porque tus hijos no te escuchan. Ellos te observan permanentemente todo el día.” Educar es transmitir lo que se vive y no se educa solo con palabras sino con el ejemplo de vida. El educador ha de ir siempre por delante (y al lado). “Solo lo que el educador intenta conquistar en lucha consigo mismo podrá esperarlo de la índole natural de sus educandos”, escribe W. Foerster.

Hannah Arendt escribía que un educador, solo con el modo en que está presente ante sus alumnos -en este caso los hijos-, les está diciendo: “el mundo es así”. Se aprende viendo vivir a las personas que son nuestros referentes.

Es esencial que la educación moral incorpore siempre las dimensiones teórica, emocional y práctica. Las ideas –y más los valores- dejan fácilmente de comprenderse cuando dejan de vivirse, y por ello, como suele decirse, “el que no vive como piensa acaba pensando como vive”. 

(Publicado en el semanario LA VERDAD el 13 de mayo de 2022)


viernes, 6 de mayo de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (27)

LA FAMILIA, PRIMERA Y ESENCIAL EDUCADORA

 


La familia, decíamos en nuestra reflexión precedente, es nuestra primera escuela. También es el primer ámbito de socialización. 

La sociabilidad es una vertiente esencial de la vida humana; consiste en la radical inclinación a dar y recibir entablando relación con otros seres humanos. Se basa en el hecho de que el ser humano necesita comunicarse, poner en común su vivir: dar y recibir, compartir.  

Se sabe del emperador Federico II que quiso saber cómo se expresarían los niños a los que jamás se les hubiera enseñado a hablar. Estaba obsesionado con conocer si existía una «lengua natural», previa a todo aprendizaje. La investigación se llevó a cabo en una inclusa, donde se recogía a los niños abandonados al nacer. Las cuidadoras que se encargaban de asear y alimentar a los lactantes recién nacidos tenían prohibido hablarles o tener con ellos muestras de afecto. Los niños debían estar bien nutridos y limpios, pero no había que establecer con ellos ningún contacto verbal ni afectivo. 

Federico nunca pudo saber cómo se expresarían los niños porque todos, sin excepción, murieron. Los bebés del experimento dejaban de comer, no mostraban interés por el entorno, contraían infecciones y morían. Hoy sabemos que el cuadro clínico que presentaban era una depresión que se da en lactantes privados de contacto afectivo, la depresión anaclítica de Spitz. 

Hay algo tan necesario como la comida para un bebé y es sentirse querido. Si no se les muestra cariño, si no se les besa y abraza, si no se les sonríe y se les habla, mueren. Los demás animales vienen dotados de instintos que les permiten una rápida y eficaz adaptación al medio. El ser humano requiere de modo indispensable el cuidado de una familia y especialmente de su madre. Es un ser constitutivamente dependiente, tanto en lo relativo a sus necesidades materiales y vitales de subsistencia, como en lo afectivo y en el cultivo de su inteligencia, su voluntad, su autoestima, su necesidad de orientación y de sentido. 

Y así, la limitación y la indigencia iniciales son reparadas por las aportaciones que brinda la relación con otras personas -hablamos inequívocamente del entorno familiar-, y sólo en el seno de esa relación puede desarrollar plenamente el ser humano su vida como persona.        

     Pero al mismo tiempo la persona es efusiva, entraña una sobreabundancia radical: la posibilidad de crecer interiormente y madurar cuanto más da de sí misma. Necesita aprender a dar -a darse- para crecer y enriquecerse como persona y reconocerse a sí misma en su valor y dignidad. Efusividad -necesidad de dar- y dependencia -necesidad de recibir- configuran la sociabilidad natural humana. 

Esa interdependencia se empieza a vivir en el seno familiar entretejiéndose con el amor mutuo, y aprendemos así a sentirnos responsables. En el desarrollo de esta responsabilidad a lo largo de la vida estriba el proceso de maduración de todo ser humano. Escribe Viktor E. Frankl: “No te preguntes qué esperas tú de la vida; pregunta más bien qué espera la vida de ti.”

Solo educa de verdad el que ama. Alguien tuvo la desafortunada pero reveladora osadía de afirmar que los hijos no son propiedad de sus padres, dando a entender que el Estado ha de tener la máxima responsabilidad en su educación. Pero lo cierto es que el Estado ama más bien poco… La conclusión parece evidente, ¿no?


      (Publicado en el semanario LA VERDAD el 6 de mayo de 2022)

martes, 3 de mayo de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (26)

EDUCAR ES AYUDAR A LA MADURACIÓN DE LA PERSONA


Nuestra vida no se nos ha dado hecha, hay que desarrollarla. Cada uno de nosotros, cuando nació, hubo de ser acogido, cuidado, atendido. La naturaleza humana, tal como se muestra en el niño recién nacido y a diferencia de lo que ocurre en las demás especies animales, presenta una inicial y apremiante indigencia, un cúmulo de necesidades que es preciso satisfacer y de capacidades que es necesario ayudar a cultivar. Pero tal desarrollo no es algo añadido desde el exterior, sino un crecimiento cuyo protagonismo ha de ir asumiendo el propio ser humano, según su capacidad, contando con la ayuda de otros. 

La educación es precisamente esa ayuda encaminada a suscitar y fortalecer en la persona humana las posibilidades creativas y efusivas de su libertad mediante la adquisición y cultivo de hábitos virtuosos. La acción educativa, recordemos, consiste en suscitar la virtud, la orientación responsable de la persona al bien.La educación es en lo esencial un proceso de ayuda a la maduración de la persona.

Para subsistir y para aprender, para conocer el mundo y a nosotros mismos, para desarrollarnos, necesitamos la dedicación, la experiencia y la aportación de otras personas. Para todo ser humano vivir es convivir, compartir la propia vida con otros semejantes. No somos islas. Por ello, el desarrollo de la personalidad en el niño encuentra su ámbito y motor necesario en la relación interpersonal. El ser humano es un ser creado naturalmente para el encuentro, para vincularse a otras personas dando y recibiendo, y desarrollar de este modo su vida y su manera de ser, su personalidad.

Aunque, en realidad, la educación no se acaba nunca y siempre se puede aprender, especialmente en los primeros años de vida la importancia de la educación es más esencial para el desarrollo de la persona. 

Cuando un niño o niña vaya creciendo en edad y capacidad, cuando tenga uso de razón y madurez suficientes para ejercer su libertad, empezará a tomar decisiones que marcarán su vida, empezará a valerse por sí mismo y a formar parte activa de la vida social, junto a otros seres humanos, a otras personas. 

Pero, como decimos, en las primeras fases de su existencia el ser humano necesita recibir todo de otras personas. Poco a poco va siendo capaz de valerse por sí mismo y puede decirse que alcanza la madurez cuando es capaz de dar y aportar a otras personas lo que necesitan de manera libre, responsable y según sus posibilidades. 

Este es el hecho, natural y cultural a la vez: el ser humano nace biológicamente prematuro y, precisamente, el primer hecho diferencial de lo humano es la pertenencia a una realidad humana cercana, la familia: un reducido ámbito de convivencia -reducido, precisamente, a la medida de la persona-, que remedia la innata precariedad del ser humano inmaduro y le brinda un ámbito y unos recursos de humanización intensa mediante el cuidado mutuo, la asunción de responsabilidades concretas y la comunión de vida y de pertenencia. 

La familia, primer ámbito de acogida, es por todo ello el ámbito natural de la educación. Se ha dicho que la escuela es nuestra segunda casa. Cierto. Pero antes, nuestra casa es nuestra primera escuela.

     (Publicado en el semanario LA VERDAD el 29 de abril de 2022).

lunes, 11 de abril de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (24)

LA EDUCACIÓN DE LA AFECTIVIDAD EN LA INFANCIA

13 claves para conectar con un adolescente - Eres Mamá

Lo primero y más importante que los padres deben dar a los hijos es la seguridad de su amor y de su aprecio. Pero el primer requisito para ello es el de su presencia efectiva y su disponibilidad: verse, tratarse, hablar, escucharse... estar. En el ámbito familiar, el tiempo es ante todo un “tiempo disponible”. 

De cómo los padres hablen y presten atención al hijo, de las relaciones que mantengan con él y entre sí, depende el modo como el niño conocerá más tarde el mundo y a sí mismo, y desarrollará su conciencia, su sociabilidad y sus trabajos. Se entenderá, por ejemplo, a sí mismo como un ser que comete errores, pero que se abre cada vez a un amor más grande, o quedará apremiado para toda la vida por exigencias a las que no podrá corresponder. De igual modo, la primera imagen que los niños pequeños tendrán de Dios será precisamente el trato que reciben de sus padres, que será su referencia básica al respecto.

La vivencia, receptividad y desarrollo de los valores humanos están fuertemente entrelazados con los afectos. A partir de esta base se irá configurando la personalidad teniendo además en cuenta las experiencias, relaciones y decisiones que vendrán más adelante. 

El punto de partida, como decíamos, es brindar al niño seguridad y aprecio. Necesita percibir que es querido: atendido, comprendido, aceptado y valorado. Todo motivo para mejorar se basa para él inicialmente en el cariño y la ilusiónPor ello son de la mayor importancia las figuras de apego y referencia -lógicamente, los padres en primer lugar-, porque eadulto cercano es el intermediario entre el niño y la realidad en la que empieza a introducirse.

Paulatinamente se irán incrementando el discernimiento y la objetividad, pero se empieza por aprender de verdad aquello que se vive y se ve vivir a otros. De ahí la permanente importancia de los ejemplos y modelos, por el extraordinario poder educativo de la imitación. 

Y de ahí también, por ejemplo, el gran potencial educativo de las narraciones para el cultivo de los afectos y de los valores, porque en ellas se utilizan acontecimientos como si se hubieran vivido y por lo tanto se muestran como imitables. 

Por otra parte, leer un libro a los niños pequeños permite fortalecer los vínculos afectivos que ya existen desde el nacimiento, lo cual será la base para las relaciones que el pequeño establecerá con las demás personas a lo largo de su vida. Contarlo o leerle un cuento a un niño implica una actividad de apego y será uno de los momentos que atesore durante toda la vida, incluso inconscientemente.

Cuando una mamá le lee a su hijo, se está dando un encuentro muy íntimo, en el que su voz, la más próxima y cercana al bebé, lo acoge cariñosamente mientras narra historias, canta canciones… Cuando lo hace el papá a su vez, se refuerza de manera decisiva el sentimiento de autoestima por parte del niño o niña. Es un tiempo para compartir juntos que supone una dedicación exclusiva para él, lo que fomentará en el niño o niña la confianza en sí mismo.

 

(Publicado en el semanario La Verdad el 1 de abril de 2022)