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lunes, 6 de octubre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (150)

ADOLESCENCIA (II)

 


La adolescencia viene configurada sobre todo por el descubrimiento del ‘yo’, que hace que despierte en el niño que va dejando de serlo, la conciencia de la propia personalidad única e irrepetible. Este descubrimiento es una de las consecuencias de la aparición del pensamiento reflexivo, que incita a conocer el mundo interior. Se va perfilando así la intimidad, la conciencia de ser uno mismo: ¿Quién soy yo?”, esta búsqueda es la tarea fundamental de la adolescencia. 

Este momento y los cambios que genera suelen preocupar seriamente a los padres, sobre todo si sus hijos se adentran en esta transición sufriendo u ocasionando problemas, cosa bastante frecuente. Ello acontece porque un aspecto importante de esta etapa es que la afirmación del propio yo tiene lugar por contraste y a través de un enfrentamiento con las figuras de autoridad, especialmente en la familia -sobre todo con la más acusada durante la infancia, bien sea la paterna o la materna- y, en general, con los referentes adultos -“Ellos no entienden…”-.

Así pues, al iniciar la adolescencia, los que “ya no se sienten niños” afrontan el deseo de desarrollar su independencia y su singularidad personal al margen (y a la contra) de quienes han sido hasta entonces sus figuras adultas de referencia. Intentan ir consolidando una identidad en la que destaca una conciencia moral paulatinamente más autónoma, la adopción de pautas de comportamiento relativamente típicas (con las que se busca seguridad emocional) y, sobre todo, la necesidad de configurar un concepto de sí mismo y un sentido para la propia vida.

La singularidad de la propia existencia –“mi vida es mía”- y la simultánea inseguridad acerca de lo que se tiene que hacer para ser de verdad uno mismo, lleva al adolescente a mirar hacia sus iguales para tomar referencia, para comunicar e intercambiar inquietudes y experiencias, para compartir deseos, preocupaciones y sueños: “-mis amigos me entienden…” La influencia y la presión del grupo aparecen como fuente de aceptación, de seguridad y de identificación para el adolescente y sustituyen a la autoridad paterna y materna, a las que se adjudica un perfil más bien impositivo y distante. 

Hoy es llamativa la figura de los influencers, que a través de las redes sociales se han convertido en referentes para un impresionante número de “seguidores”. El joven influencer aparece como una especie de gurú contemporáneo, un líder que crea opinión, marca tendencia, suscita admiración e imitación habitual y acrítica.

Surgen así expectativas nuevas, intensas, incentivadas por el bombardeo procedente de las redes y los medios, que proponen al muchacho o muchacha actitudes alternativas a las normas y valores familiares. 

Dichas alternativas, atrayentes y evasivas, incluyen formas de vestir y pensar, lugares propios y con frecuencia ciertos consumos (se habla de adicciones a sustancias y también a comportamientos) y actividades de diversión que excitan y cautivan, pero que, a menudo, al cabo de un tiempo, no cumplen las expectativas que despertaron, “no llenan”, dejando un poso de vacío, de desencanto y aburrimiento... 

Aburrimiento que a su vez se tiende a superar frecuentemente con estímulos y experiencias más intensas o excitantes, que suelen identificarse invariablemente como propias de los jóvenes y supuestamente distintivas respecto del mundo y la vida de los adultos. Pero esto requiere que nos detengamos a hacer algunas puntualizaciones. (Continuará)

    (Publicado en el semanario La Verdad el 3 de octubre de 2025)

domingo, 28 de septiembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (149)

ADOLESCENCIA (I)

            Se conoció cuál era el otro final de la serie Adolescencia que los  directores tenían pensado, pero no eligieron - LA NACION            

    La Psicología de la Adolescencia se está convirtiendo en uno de los temas educativos y sociológicos más atrayentes; proliferan los estudios y debates científicos que abordan en profundidad esta decisiva etapa del ciclo vital. Por otra parte, los novelistas y guionistas de cine recurren a ella para encontrar temas interesantes; aún perdura, por ejemplo, el impacto mundial de la serie “Adolescence”, de Stephen Graham, de este mismo año 2025, que tanto debate desató. Se puso de manifiesto la dificultad y el temor de muchos adultos -padres, educadores, autoridades…- a la hora de enfrentarse de cerca al mundo adolescente.

Sin duda, la adolescencia está llena de enigmas. Quien primero se encuentra con ellos es el propio adolescente: el naciente pensamiento reflexivo le mueve a un autoanálisis que estaba ausente en la infancia. 

El descubrimiento del yo (un yo que ya no se limita, como antes, a relacionarse con “otras personas” y con las “cosas externas”, sino que es movido a interrogarse y a pensarse a sí mismo) es la puerta abierta a inesperados y desconcertantes enigmas: ideas, sentimientos y estados de ánimo ante situaciones que resultan sorprendentes: “Los cambios que en todos los órdenes experimenta, hacen al sujeto considerarse a sí mismo como problema. De ahí el proceso de interioridad tan característico. Es precisamente esta situación un aspecto central de la adolescencia: la necesidad de asumir la propia identidad, sentirse uno mismo, distinto de los demás.” (G. Castillo)

Los enigmas que encuentra el adolescente a lo largo de la indagación sobre sí mismo le crean en principio desconcierto y hasta desánimo en determinados momentos. Es el momento en que se descubre y se empieza a asumir una de las dimensiones más importantes de la personalidad: la intimidad, la conciencia de ser uno/a mismo/a. Es una edad de altibajos y descubrimientos, de subjetivismo; a la vez compleja y apasionante. 

            Junto con las transformaciones corporales brotan con fuerza la necesidad y el deseo de serindependiente como condición para ser uno mismo, pero desde la inseguridad que da el no haber tenido experiencia previa de lo que se pone en juego. La sensación dominante, vista desde fuera, es de rebeldía y desazón. Pero desde dentro, es la de un impulso emocional que se va afirmando con altibajos, mezclándose euforias, frustraciones y ansiedades. La adolescencia es un proceso de maduración, de preparación, no de simple inmadurezEs un tiempo de búsqueda, de transición, y por lo tanto de perplejidad y de inseguridad al afrontar nuevas posibilidades. La adolescencia transita hacia la nueva etapa que se avecina, la edad adulta, y supone un considerable salto cualitativo con respecto a la etapa anterior, la infancia. 

            La miope reducción de la adolescencia a mera “edad del sufrimiento” por parte de algunos ha contribuido mucho a que esa fase se vea en cierto modo como una enfermedad, ignorando el papel que desempeña en la construcción de la personalidad. Pero no se trata de una crisis de tipo patológico, sino de crecimiento, de adaptación a una nueva edad con sus expectativas diferentes. 

            Difícil, eso sí, para muchos educadores, incluso temible para algunos. Es reveladora la definición que una muchacha de 15 años daba de la adolescencia: 

            “-Es esa etapa en la que a los padres no hay quien los entienda”.

 (Publicado en el semanario La Verdad el 26 de septiembre de 2025)

martes, 15 de noviembre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (46)

LA EDUCACIÓN BROTA DE LA FAMILIA



Uno de los aspectos esenciales del proceso educativo es la paulatina integración de la persona, a la vez receptiva y creativa -aprender a recibir, aprender a dar-, en ámbitos de encuentro y de convivencia, empezando por la familia, en la que es llamada a la existencia. 

Las relaciones humanas vuelven el mundo un lugar habitable, nuestros vínculos configuran en él ámbitos que se convierten en morada humana. 

Cuando un ser humano se halla a la intemperie, en el sentido físico -pero aún más en el sentido afectivo y personal- tiende a buscar cobijo, abrigo, protección y seguridad. Esta necesidad encuentra su remedio en un ámbito de afecto personal y de acogida en el que se puede “estar”, en el que la amistad y la familiaridad brindan el calor, la protección y el refuerzo de la propia identidad y de la conciencia de sí mismo, más necesarios aún que el calor del cuerpo.

Para la persona humana vivir es convivir. Las relaciones interpersonales son el escenario, el argumento y el motor de la existencia humana. El ser humano adquiere el conocimiento de sí mismo como un yo digno, irreductible a todo lo demás, al experimentar que es acogido, comprendido, atendido y valorado como “alguien” único e irrepetible por otra persona significativa para él. A través de la relación de intimidad y de acogida entre las personas brota el sentido y, a través de él, el mundo se hace morada para el ser humano. 

Esto acontece de un modo privilegiado en el ámbito familiar y también en la amistad. La protección y la autoestima nacen de la compañía, de un ámbito de compartida intimidad. Es en este ámbito de encuentro donde la vida de cada hombre y mujer adquiere su primer perfil y rostro personal y donde se aprende a conocer la realidad. Por ello puede afirmarse que la educación es de algún modo una prolongación de la paternidad y la maternidad, y una cierta forma de ayuda cordial, basada en la confianza.

La  familia desarrolla sobre todo su labor educadora a través de la convivencia. Padres e hijos viven juntos una relación sencilla en la que se cultivan, atesoran y transmiten valores que se manifiestan en la vida de todos los días. La educación integral de la persona es ante todo una labor de contagio personal de actitudes. De cómo los padres hablen al hijo y de las relaciones que mantengan con él y entre sí, depende el modo como el niño conocerá más tarde el mundo y desarrollará su sociabilidad y su trabajo; también el modo en que concebirá a Dios. El niño aprende de lo que ve vivir, y lo más importante que los padres deben dar a los hijos es la seguridad de su amor y de su aprecio. Después vendrán las convicciones, las costumbres y hábitos, los gestos y las enseñanzas.

Es fundamental que los principios educativos de la escuela y de la familia sean los mismos y que ambas intervengan ayudándose mutuamente, siendo la escuela la prolongación delegada del esfuerzo, el derecho y la responsabilidad de los padres en la formación humana de sus hijos. 

Entre otras cosas porque, sin el fundamento previo y la colaboración cotidiana de una educación familiar rica en certezas y en valores humanos, la labor escolar será escasamente eficaz.

   (Publicado en el Semanario La Verdad el 11 de noviembre de 2022)

domingo, 1 de diciembre de 2013

LAS DIMENSIONES ESENCIALES DE LA PERSONA HUMANA, CUERPO Y ESPÍRITU



       En la persona humana podemos reconocer dos dimensiones principales: corporalidad y racionalidad.


Corporalidad
      
       Nuestro cuerpo es un organismo biológico, dotado de unos órganos (anatomía) y de un funcionamiento (fisiología) orientado a la supervivencia.

       Pero además nuestro cuerpo es expresión de algo más, de una realidad íntima o interior: esa realidad íntima es lo que se conoce, entre otros nombres, con el de racionalidad. El ser humano posee una vida biológica pero también una vida biográfica, una historia personal irrepetible, en virtud de nuestra racionalidad.



  Racionalidad 
    
    Esta dimensión, más íntima y personal que la mera corporalidad, consta a   su vez de otras dimensiones:

a) La inteligencia es la capacidad o facultad de conocer el ser profundo de las cosas. Supone comprender lo que las cosas son.

b) La voluntad es la capacidad de disponer de sí mismo con vistas a lo que se sabe que es bueno. Supone una autonomía en el obrar, la posibilidad de disponer de sí mismo: libertad o autodominio (ser dueño de los propios actos, decisiones e iniciativas) y responsabilidad (asunción de las implicaciones y consecuencias de los actos realizados por propia iniciativa).

c) La apertura a la belleza es la capacidad estética del espíritu humano: percibe la belleza en el mundo y es capaz de contribuir a ella. Dimensión que trasciende el puro dato sensible y que revela la creatividad del espíritu humano.

d) La sociabilidad es la inclinación natural a dar y recibir compartiendo de algún modo la propia vida con otras personas. La sociabilidad se funda en una doble tendencia o necesidad humana: la necesidad de recibir o dependencia, y la necesidad e inclinación a dar o efusividad.

e) El dominio es la relación propia del ser humano con las cosas que forman entorno natural en que discurre su vida. Implica para el ser humano una responsabilidad o tarea, un trabajo cargado de exigencias para el hombre mismo: encontrarse al cuidado de la tierra y de los seres naturales para convertir el mundo en un lugar habitable.

f) Trascendencia indica aquí la conciencia de la ordenación de la propia existencia a un fin último de plenitud. Es la apertura y necesidad de un sentido para la propia vida, el ansia de felicidad. Sin un sentido, sin trascendencia, la vida humana se viviría en rigor para nada, por lo que todo en la existencia se convertiría en irrelevante y la existencia humana misma en un absurdo, lo cual haría insoportable el vivir.


Una definición de persona (humana):
Una persona es un ser dotado de naturaleza racional, único e irrepetible, y llamado a configurar su propia vida de acuerdo con el desarrollo responsable de su libertad.


sábado, 1 de diciembre de 2012

LA SOCIABILIDAD, DIMENSIÓN DE LA NATURALEZA HUMANA


LA SOCIABILIDAD ES UNA DIMENSIÓN CONSTITUTIVA DE LA NATURALEZA HUMANA

   Se ha dicho que el hogar es un sitio al que siempre se puede volver. La experiencia de saberse en la propia casa, de contar con un refugio donde cesa el miedo y alguien espera, ofrece una sensación honda, una convicción cierta de que no se está solo en el mundo, de que se es importante para alguien, de que uno ciertamente existe.

            Cuando un ser humano se encuentra a la intemperie, no sólo en el sentido físico, sino aún más en el sentido afectivo y personal, tiende a buscar un cobijo, un lugar de abrigo, protección y seguridad. Añora o se procura un espacio físico o un ámbito de afecto personal donde pueda “estar”, donde pueda ver arropada la desnudez de su indefensión. El vestido, la vivienda o morada y la amistad, constituyen en este sentido una prolongación de la propia piel, un medio connatural destinado a mantener o avivar el calor de la propia corporalidad, o el de la propia identidad y conciencia de sí mismo, aún más necesario que el del cuerpo.



La vivienda, morada humana

            Martin Heidegger, entre otros, ha llamado la atención sobre el carácter protector de la vivienda humana: habitar una casa, vivir en la propia morada o ser acogido en la del amigo, significa “sentirse protegido sobre la tierra; su estancia en la tierra la siente el hombre seguro, amparada, protegida”.

Pero la casa no es una mera protección contra el frío o las inclemencias del entorno físico; de hecho, está presente lo mismo en los medios cálidos en que habita en hombre, resultando una manifestación específicamente humana. La protección, más que del espacio cubierto o acotado, nace de la compañía, de la creación de un ámbito de convivencia, de intimidad compartida: El hombre, observa J. Choza, construye casas porque necesita proyectar espacialmente su intimidad: mi casa es mi intimidad, un lugar íntimo, y cuando invito a un amigo a mi casa, le invito a estar íntimamente en mi compañía. En esto se diferencia precisamente la vivienda humana de la madriguera o el nido.

       La morada humana se muestra así como manifestación y expresión de la propia identidad, de la vida que se está dispuesto a compartir con personas especialmente cercanas a las que se le brinda una predilección: la de compartir estrechamente la propia vida.

La intimidad no excluye la relación interpersonal, sino que la reclama. De este modo el cuidar y decorar la casa, hacerla original y acogedora, tiene el mismo sentido que cuidar el propio aspecto exterior y cultivarse interiormente para brindar lo mejor y más logrado de uno mismo. La vivienda humana puede ser también un signo de ostentación personal, un modo de manifestar a los otros lo que se es o se aparenta ser.

La maternidad, vínculo radical

            Hasta qué punto es connatural la convivencia  para el ser humano lo manifiesta la primera y más radical experiencia en el inicio de la vida, el sentirse rodeado y acogido por la maternidad. La urdimbre afectiva (J. Rof Carballo) creada entre el recién nacido y su madre constituye la primera y más decisiva experiencia de acogida en la vida del ser humano, supone encontrarse siendo centro inequívoco de atención concreta y, en cuanto al mérito, gratuita. La falta de amparo maternal, del encuentro humano primigenio, constituye por ello la mayor de las miserias.

            La acogida y protección de la que el ser humano es objeto en el amanecer de su vida marca el inicio de su crecimiento, la afirmación incipiente de su personalidad. La indefensión del hijo es reparada por el afecto, el alimento, el calor y la atención de la madre. Esta radical relación que entrelaza sangre y afecto manifiesta, por una parte, la originaria receptividad y dependencia del ser humano y, a la vez, una aportación reparadora y plenificante que estriba en la donación de sí brindada por la madre a su hijo recién nacido.

            El hombre nace biológicamente prematuro, y el primer hecho diferencial humano es la familia –morada y maternidad-, un reducido ámbito de convivencia humana que sale al encuentro de la innata precariedad del hombre y busca el enriquecimiento humano de sus miembros mediante la distribución de tareas y el cuidado mutuo.




La sociabilidad no es opcional

La sociedad no es algo que sobrevenga al hombre de un modo externo y opcional, como algo conveniente pero de lo que pudiera prescindir. Lo social es una vertiente esencial de la persona fundada en su apertura constitutiva, necesitada de dar y de recibir. La radical inclinación a dar y recibir entablando relación con otros seres humanos es lo que define a la sociabilidad.

Se manifiesta así que vivir, para el ser humano, es convivir, compartir la vida teniendo que contar de alguna forma con otras personas. De ningún modo la vida social es fruto de un pacto social ajeno a la naturaleza constitutiva del ser humano.

Porque el ser humano es persona -alguien dotado de una identidad inequívoca, que se desarrolla como intimidad y se abre a una vida compartida- el desarrollo de su naturaleza es dialógico, cooperativo, social. No es de ningún modo un “mero hacerse” sin referencias. Y no todo en la vida social es igualmente digno. No es genuinamente humano vivir como me dé la gana y buscar sólo la satisfacción de mis deseos. Sólo es bueno lo que ayuda al ser humano al desarrollo de lo que constituye su naturaleza, su humanidad. Sólo es bueno lo que me hace mejor persona. El bien común está muy por encima del mero interés general. A.J.