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miércoles, 17 de julio de 2019


Una muerte impuesta por el Estado
Michel Houellebecq

(páginasDigital.es; 17 julio 2019)




El inclasificable, inconformista y agudo novelista francés Michel Houellebecq firma este artículo que ha chocado -y mucho, por tratarse de él- entre los partidarios del pensamiento único. 
Lucidez y coraje para reflexionar con rigor y decir lo obvio sin complejos.

El Estado francés ha logrado imponer lo que perseguía con ahínco y desde hace unos años también varios familiares, la muerte de Vincent Lambert.
Debo confesar que cuando la ministra de “Solidaridad y Salud” (en este caso valoro mucho la solidaridad) presentó un recurso de casación me quedé estupefacto. Estaba convencido de que el gobierno permanecería neutral en este caso. Después de todo, Emmanuel Macron había declarado poco antes que no tenía ninguna intención de implicarse. Pensé, estúpidamente, que sus ministros seguirían la misma línea.
Tendría que haber sospechado de Agnès Buzyn. A decir verdad, no me fiaba demasiado de ella desde que declaró que la conclusión que podemos sacar de las tristes historias parecidas a esta es que nunca hay que olvidarse de dejar por escrito, y con tiempo, las últimas voluntades (en realidad, hablaba como cuando uno recuerda a los niños que tienen que hacer sus deberes y ni siquiera se preocupó de precisar en qué sentido podían ir estas voluntades, como dándolo casi por descontado).
Vincent Lambert no había dejado ninguna disposición escrita. Circunstancia agravante, era enfermero. Debería saber, mejor que cualquier otro, que el hospital público tiene otras muchas cosas de las que ocuparse que de mantener con vida a los incapacitados (gentilmente recalificados como “vegetales”).
La sanidad pública está al límite y, si hay demasiados Vincent Lambert, corremos el riesgo de perder un montón de dinero (a propósito, me gustaría saber por qué: una sonda para el agua, otra para la alimentación, no me parece que eso suponga una intervención de alta tecnología, se podría hacer en el domicilio, se hace en la mayoría de los casos, y es lo que siempre han reclamado, a voces y con gran insistencia, sus padres).
Vincent Lambert vivía en un estado mental particular. Y no, no fue el centro universitario hospitalario quien le abandonó a su suerte, me sorprende darme cuenta. De hecho, Vincent Lambert no sufría dolores insoportables, no sufría en absoluto. Ni siquiera estaba al final de su vida. Vivía en un estado mental particular, sobre el que sería mucho más honesto admitir que aún no tenemos conocimientos precisos. No era capaz de comunicarse con los que le rodeaban, o lo hacía de un modo casi imperceptible (tampoco en esto hay nada extraño, su estado era parecido al que nos adentramos cada uno de nosotros al caer la noche). Su condición (esto es más raro) parecía irreversible. Escribo “parecía” porque he hablado con muchos médicos, por mí mismo y por otras personas (algunas agonizantes) y nunca, en ninguna circunstancia, un médico ha sido capaz de afirmar estar seguro, con una seguridad del cien por cien, de lo que iba a suceder. Pero también puede ser. Puede suceder que todos los médicos consultados, sin excepción, se hayan mostrado de acuerdo para formular un pronóstico idéntico: pero en mi experiencia nunca ha sucedido.
En esta circunstancia, ¿era necesario que muriera Vincent Lambert? ¿Y por qué justo él, entre los miles de pacientes que en este momento se encuentran en las mismas condiciones en Francia? Me cuesta mucho quitarme de encima la desconcertante sospecha de que Vincent Lambert ha muerto por una excesiva mediatización, por haberse convertido, a su pesar, en un símbolo. Para la ministra de Salud y “de Solidaridad”, se trataba de dar ejemplo. De “abrir una brecha” en la mentalidad para hacerla “evolucionar”. Dicho y hecho. La brecha se ha abierto, no cabe duda. En cuanto a la mentalidad, no estoy seguro. Nadie quiere la muerte, nadie quiere el sufrimiento. En esto consiste, por lo que parece, “la mentalidad”, por lo menos desde hace varios milenios.
Hay un descubrimiento extraordinario, que proporcionaría una solución elegante a un problema que nos acosa desde los orígenes de la humanidad, y que tuvo lugar en 1804: la morfina. Unos años más tarde se empezó a explorar seriamente entre las sorprendentes posibilidades de la hipnosis. En breve, el sufrimiento dejaría de ser un problema y eso es lo que hay que repetir, incesantemente, al 95% de la gente que se declara favorable a la eutanasia. Yo también, en ciertos momentos (afortunadamente raros) de mi vida, he estado dispuesto a todo, a implorar la muerte, las inyecciones, cualquier cosa que me quitara el dolor. Pero luego me ponían una inyección (de morfina) y mi perspectiva cambiaba inmediata y radicalmente. Bastaban unos minutos, apenas un puñado de segundos. Bendita seas, hermana morfina. ¿Cómo se permiten ciertos médicos rechazar la morfina? ¿Acaso temen que los agonizantes puedan caer en la drogodependencia? Es tan ridículo que me cuesta escribirlo. En general es ridículo pero también terriblemente asqueroso.
Decía que nadie quiere la muerte, nadie quiere el sufrimiento. Una tercera exigencia ha surgido desde hace unos años: la dignidad. Este concepto siempre me ha parecido un poco brumoso, a decir verdad. Yo también tengo mi dignidad, sin duda, lo pienso de vez en cuando, aunque tampoco muy a menudo, pero no creo que esta pueda ascender al primer puesto de las preocupaciones “de la sociedad”. Por escrúpulos de conciencia, he consultado el diccionario Le Petit Robert (edición 2017). Esta es su sencillísima definición de dignidad: “respeto debido a alguien”. Los ejemplos que siguen, en mi opinión, enmarañan la cuestión, revelando que Camus y Pascal, aun compartiendo el concepto de “dignidad humana”, no lo apoyan sobre las mismas bases (como era obvio imaginar).
En cualquier caso, parece evidente para ambos pensadores (y diría también para la mayoría de los individuos) que la dignidad (es decir, el respeto debido), aunque pueda verse lesionada por acciones moralmente reprensibles, no puede sufrir el más mínimo rasguño debido al declive, aunque sea catastrófico, del propio estado de salud. Si pensamos de otro modo, significa que efectivamente ha habido una “evolución de la mentalidad”, y no creo que sea un motivo para alegrarse.-


domingo, 29 de enero de 2012

DIGNIDAD HUMANA Y REBAJA DE PRECIOS

Otro de los chistes geniales de Faro, que de vez en cuando nos regala con algo tan... sugerente y provocador, para remover conciencias


martes, 14 de junio de 2011

FORUNIVER DE VERANO



PRESENTACIÓN
FORUNIVER es una Escuela de valores humanos que pretende suscitar el encuentro con los valores de sentido –los que pueden llenar el corazón humano-. Se ofrece como un ámbito de encuentro y de amistad en el que se dan cita profesores, alumnos y profesionales de diferentes campos para reflexionar juntos sobre un tema esencial, en este caso: “LA DIGNIDAD HUMANA …ESA DESCONOCIDA”.
En nombre de todos cuantos hemos puesto nuestro entusiasmo mejor en esta aventura ilusionante, te envío nuestra invitación más cordial.
FORUNIVER es una amistad que crece. Te esperamos. No vengas solo/a.
Gaudeamus!
           Andrés Jiménez Abad, director pedagógico.

Más información en: www.equipoagora.es

Dignidad humana y filosofía

Enlace a un artículo que suscribo de la cruz a la raya
http://dignidadhumana.blogspot.com/2007/04/filosofa-y-defensa-de-la-vida.html

14.4.07

Filosofía y defensa de la vida

El cuidado y respeto a la vida humana puede ser estudiado desde muchas vertientes y disciplinas. La reflexión tiene como propio un estudio racional integrador respecto al conjunto de las ciencias. Por este motivo puede ser de interés elaborar un análisis filosófico acerca de una realidad tan importante como es, en definitiva, el respeto a nosotros mismos. La biología, la medicina o la sociología tienen sus propios métodos. La filosofía tiene el suyo: esforzarse por emplear el sentido común abriendo los ojos a la realidad, tal y como es, sin miedo a liberarse de prejuicios.

La naturaleza humana tiene unas características evidentes. No se trata ahora de pormenorizarlas, cosa que sería propia de un estudio antropológico más amplio. Toda naturaleza tiene un modo de ser en parte permanente. El ser humano tiene una naturaleza biográfica. Se trata de un ser con libertad y responsabilidad limitadas, pero inalienables. Esta libertad y esta responsabilidad actúan en un organismo vivo, sujeto a leyes y condiciones particulares. La libertad propia se manifiesta desde un cuerpo con el que se une. La libertad humana opera en una materia con unas características morfológicas determinadas por la genética. Sin embargo la libertad no pesa un gramo y, si bien necesita de una base de operaciones fisiológicas, no es fisiológica en sí misma. La libertad tiene una cierta dependencia y una cierta independencia respecto al cuerpo; como una hoja respecto a su árbol. Pero si la libertad quiere ser hoja de nadie, como las caídas en otoño, se acaba agostando.

La naturaleza humana es la propia de un ser con libertad moral. La duda que puede plantearse es si el individuo humano lo es cuando no está capacitado para ejercer su libertad. Aristóteles aclara una idea capital: Una naturaleza se posee no cuando se ejercen los actos propios de ella; sino cuando se tienen las capacidades para hacerlos. Estas capacidades pueden no estar operativas, transitoria o definitivamente, como ocurre en múltiples casos: una persona que duerme, que tiene alguna discapacidad, que enferma, un anciano o un nonato. Negar la naturaleza humana por una disminución de actividades supone adoptar una actitud eugenésica.

Otra de las primeras cuestiones que pueden abordarse es la entidad de la naturaleza y su relación con la cultura. La cultura supone una transformación creativa de las naturalezas que nos rodean, así como de la nuestra propia. La historia forma, por tanto, un factor clave en las relaciones entre cultura y naturaleza. El paso del tiempo no es por sí solo un factor determinante en la mejora de la cultura. Las tremendas guerras del siglo XX lo han puesto de manifiesto. La cultura tiene por misión mejorar la naturaleza y para esto requiere de una condición previa: respetarla. La suplantación de la naturaleza por la cultura es una negación de la cultura misma.

A la hora de comprender la entidad de la naturaleza humana se pueden contemplar múltiples cuestiones. Existen dos enfoques opuestos: el del interés y el del respeto. El ser humano, todo ser humano, merece ser tratado desde el respeto y no desde el utilitarismo. En la medida en que el respeto al ser humano, en cualquiera de sus fases y circunstancias, prima sobre la utilidad y la manipulacióninteresada estamos construyendo una cultura más humana y solidaria. De lo contrario la sociedad se va transformado en una selva donde los fuertes oprimen e incluso anulan a los más débiles. Por ejemplo, la esclavitud ha sido –y todavía es- una llaga dolorosa en nuestro mundo.

En todas las polémicas bioéticas que surgen hoy existe una clara disyuntiva: El predominio de la propia autonomía sobre la naturaleza o el respeto a la naturaleza al que debe subordinarse la autonomía o libertad propia. Lo que honradamente cabe observar es que la autonomía o libertad propia surge de la naturaleza humana; no ocurre al revés. Nadie ha elegido tener dos brazos y un solo corazón.

Planteadas así las cosas parece que sería lógico que el respeto primara sobre el interés en las relaciones humanas. Muchas veces ocurre así; pero también con frecuencia constatamos ataques severos a la condición humana como es la práctica habitual, extendida y permitida por muchos gobiernos, del aborto voluntario. Ésta y otras muchas lacras sociales nos hacen preguntarnos por los cimientos del respeto a la vida humana. El respeto sin más fundamentación se muestra transgredido e ineficaz.

La filosofía no parece una disciplina muy práctica para solucionar problemas tan vitales, donde se ponen en juego cuestiones tan importantes como la salud o la economía. Pero, querámoslo o no, los hombres nos movemos por ideas y el estudio honesto sobre las ideas acerca de nuestra propia naturaleza es indispensable para construir un mundo más civilizado.

Cabe pensar que la filosofía no es una ciencia exacta y que pueden deducirse tantas conclusiones como filosofías. Las filosofías, como las setas, no son todas igualmente saludables. Por sus resultados se pueden conocer. Aquí consideramos correcta la filosofía que, en el respeto a la realidad, nos hace ser mejores personas al mover a ponernos en el lugar de los más indefensos.