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domingo, 11 de febrero de 2024

RAFAEL ALVIRA, MAESTRO Y AMIGO. IN MEMORIAM.

 


Ante la muerte de un maestro -de nuestro maestro- es obligado, a mi parecer, traer a nuestro recuerdo el conocido pasaje de la Ética a Nicómaco en el que Aristóteles reflexiona sobre la restitución que se debe a aquellos amigos de quienes se han recibido favores dirigidos a nuestra persona, cuando la amistad se funda en la virtud: “La compensación de los favores recibidos -dice el estagirita- debe hacerse libremente y medirse por la intención. Así parece que debe obrarse también con los que nos comunicaron el amor al saber (la “filosofía”); su valor, en efecto, no se mide con dinero, y no puede haber honor adecuado a ellos, pero quizá baste, como cuando se trata de los dioses y de los padres, tributarles el que nos es posible”. (Ética a Nicómaco, 1164 b)

El valor de la amistad y de aquellos dones que nos vienen de los padres y de la divinidad, es impagable, no tiene precio. Y lo mismo ha de decirse de “aquellos que nos comunicaron el amor al saber”… No podemos sino tributarles todo el honor, el reconocimiento, la dignidad y la gratitud que nos sea posible porque siempre estaremos en deuda hacia ellos. 

El propio Aristóteles distinguía entre la amistad en la que dos se aman el uno al otro -se ama lo que el otro es, a él mismo-, y aquella en la que se ama lo que el otro tiene, ya sea a causa del placer, ya sea por interés. (Ibíd, 1164 a)

El magisterio y la amistad se hallan en el mismo caso: la gratuidad, el don de uno mismo, de lo que sabe y de lo que es, fundan una relación que conlleva la búsqueda del bien del otro -“amar, decía también Aristóteles, es querer el bien del otro”-. El ser humano, la persona, crece y se consolida dándose, trascendiéndose. Con su vida y con su magisterio, Rafa -así le llamábamos sus muchos amigos- mostraba que el ser humano encuentra su mayor altura y expresión al darse a sí mismo a través de sus atenciones, de su trabajo bien hecho y de sus vínculos.

Rafael Alvira ha sido -y seguirá siendo- un generoso maestro de humanismo; ha sabido educar y suscitar calidad humana desde el respeto, la amistad y la confianza. Entendía la educación como el arte de suscitar en otros lo mejor de su propia humanidad. Su magisterio ha sido -y es- donación de sí mismo. En él hemos hallado siempre ejemplo y estímulo para dar también lo mejor de nosotros. 

En el don se expresa la persona, que se pone a sí misma en lo que da y que busca el bien de la persona a la que se ofrece el don. Así como en el contrato se tiende a reducir la deuda a cero, en el don se tiende a hacerla crecer infinitamente, porque se busca el bien del otro, y en esto no hay medida: se busca el mayor bien posible. 

La lógica del don inherente al magisterio tal y como Rafa lo entendía y practicaba se apoya en la confianza primordial en la persona del otro. En esto hay un componente de riesgo, porque esta lógica estriba en no exigir ni obligar al otro a que corresponda. Mientras en una relación de transacción se buscan seguridades de contraprestación que tienden a eliminar la deuda, como decíamos, la donación se nutre de la esperanza: cuando damos incondicionalmente, nos abrimos a que el otro también dé incondicionalmente, esto es, libremente, con aquello que únicamente él o ella puede aportar por ser quien es. Y así, el maestro, al ofrecer el don de su calidad humana, suscita que el discípulo dé libremente lo mejor de sí mismo. De este modo, cuando el discípulo corresponde al don incondicionado recibido del maestro, no se cancela ninguna deuda: acontece un encuentro, un diálogo de gratuidades que discurre en la amistad.

Maestro verdadero es quien sabe transmitir y suscitar en otros calidad humana con su vida. Se trata más bien de alguien que procura vivir lo que enseña y enseñar lo que vive; que enseña a vivir, más aún, que educa con su vida. Rafa Alvira era y será siempre de estos: maestro de vida que procura hacer bien el bien y que contagia su entusiasmo y su ilusión, convirtiéndose en referente que anima a crecer, a vivir creciendo siempre. Porque educar, decía, es suscitar la virtud en el ser humano para que crezca como persona.

Rafael Alvira ha escrito que “aún más que la ciencia, es esencial en el educador la capacidad de despertar en otros el gusto -y esto es un arte-; y para ello es preciso que atesore entusiasmo, interés y admiración por las cosas y por las personas”. El maestro es alguien que atesora “entusiasmo, interés y admiración por las cosas y por las personas”… Con esta afirmación Rafa estaba haciendo un retrato fiel de sí mismo; es posible que sin saberlo, pero sin duda eso era precisamente lo que pretendía ser. Con su amabilidad y con su magisterio hacía el vivir más gustoso y amable a cuantos tuvimos el privilegio de conocerle y aprender de él. A su lado se experimentaba y entendía esa verdad que era para él tan inspiradora: Bonum diffusivum sui.

Andrés Jiménez.

miércoles, 7 de junio de 2023

¿PARA QUÉ SIRVE LA VERDAD?


 

Un autor contemporáneo llamaba no hace mucho la atención sobre un hecho algo llamativo: “Los filósofos, decía, han sido siempre unos ciudadanos mal mirados en la ciudad. Nunca se ha sabido exactamente qué hacer con ellos... Por eso unas veces se los ha enviado al exilio por carencia de trabajo para ellos y otras por el contrario se les ha encargado el gobierno de la polis.”(1)  Claro que “esto último era pensable en tiempos en que (...) a la verdad se le confería un peso de realidad discernible.(2)       

Sin embargo, como ha escrito Xabier Zubiri, “hoy estamos innegablemente envueltos en todo el mundo por una gran oleada de sofística”.(3) Para el gran metafísico español, la sofística quiso “formar a los nuevos hombres de Grecia desentendiéndose de la verdad.”(4) Y no es exagerado afirmar  que “como en tiempos de Platón y de Aristóteles, también hoy nos arrastran inundatoriamente el discurso y la propaganda”. (5)

 Y ello hasta extremos de magnitud incalculable, puesto que los logros y posibilidades de nuestro desarrollo tecnológico hacen que el poder económico-político se extienda hasta absorber todas las esferas de la cultura, es decir, de la conciencia que el ser humano posee de sí mismo y de su lugar en el mundo. 

En este sentido decía Guardini que la cultura es una “imagen existencial humana” y que “para medirla, no bastará sólo preguntar qué consigue, sino también que se hace en ella del hombre”. (6)

            Pues bien, la filosofía es la pregunta a un tiempo racional, radical y global que, a decir de Hegel, lleva a pensar el propio tiempo. No es exagerado observar que el nivel de humanidad de una época puede medirse por las reflexiones filosóficas en que se inspira. Un tanto hiperbólicamente, se ha llegado a decir que la historia es la filosofía puesta en ejemplos.

Sin embargo, lo primero que cabe resaltar aquí es lo peculiar del papel que a la actividad filosófica se le asigna en la vida. Se insiste a menudo –y no voy a discutirlo ahora- en que la filosofía no sirve para nada. Pero cuando en un pueblo se han ausentado los auténticos filósofos, aunque haya algunos que se sirvan de ese nombre para halagar a quien les paga o para construir un pedestal a su vanidad, ocurre que todo espacio de libertad es utilizado para preparar la conquista del poder en cualquiera de sus formas. Porque si lo único que cuenta es quién tiene el poder y como puede hacerlo valer de manera efectiva, ¿para qué sirve la verdad?, ¿para qué puede servir buscarla en todos los órdenes de la realidad y de la vida? Hay varias respuestas plausibles. En esta ocasión nos centraremos en una que nos parece fundamental.

La verdad, precisamente porque no es algo útil, es la condición más indispensable para que sea posible la libertad humana. Sucede de hecho que la libertad, el camino del ser humano hacia sí mismo y su plenitud, no carece de dificultades y riesgos. Y uno de los más importantes es que –como ocurría con los sofistas de antaño- sea disociada de la verdad.




Una libertad al margen de la verdad

¿Por qué la libertad es “difícil”? En primer lugar, porque hay algo en el ser humano que quiere la libertad, sin duda, pero también existe algo en él que la rechaza o siente su ejercicio como algo arduo y demasiado cargado de responsabilidades, algo que la aborrece, que se cansa. Resulta que es más fácil ser esclavo que libre, y es más fácil también luchar por la libertad que vivir en ella, porque no basta con proclamarla, fingirla o tolerarla, sino que hay que apuntalarla en la verdad –es decir, en lo real- y darle un sentido, un para qué consistente, acorde con lo verdaderamente humano. Pero desde ese momento nos vemos vinculados, obligados, comprometidos. 

Por eso es más simple dejarse llevar. Salustio escribía ya que la mayoría de los hombres no quieren en realidad ser libres; prefieren tener buenos amos.

Y por eso comprobamos a menudo que el individuo tiende con demasiada facilidad a claudicar pasivamente ante el poder. Sin embargo, el único antídoto contra el poder desnudo que no reconoce norma alguna por encima de sí, es la afirmación de la verdad; más precisamente aún, el compromiso vital con ella.

El siglo XX y el XXI son una verificación de que los asesinos y los mercenarios de los regímenes y movimientos fanáticos y totalitarios, de los cárteles y los llamados “ejércitos de liberación”, se reclutan entre hombres así, hombres grises, simplificados, más dóciles a su agresividad y a sus apetitos que a los argumentos y afanes de la inteligencia; y por ello más manipulables. Es el Poder, el partido, el sindicato o el grupo mediático quienes deciden las injusticias que deben indignar y las que deben dejar indiferente, lo que ha de tolerarse y lo que no. Este imperio de lo opinable y de la cancelación, en el que la verdad depende de quien la diga y de la violencia con que lo haga, crea un tipo de ciudadano perfectamente dócil a toda forma de totalitarismo.

En su novela 1984, George Orwell se plantea con fiereza la posibilidad de que la verdad fuera el resultado de una decisión de los fuertes, del sistema, del “Gran Hermano”. ¿Quién, por consiguiente, podría negar entonces que dos y dos fueran cinco si así lo establecía un poder vigilante por encima del cual no hay nada? ¿Quién puede defender en ese caso a sus víctimas? ¿En nombre de qué? ¿Cómo puede no extinguirse la libertad? 

En un importante pasaje de la narración, Winston Smith, el protagonista, acaba de descubrir las pruebas de una falsificación documental realizada por el llamado Ministerio de la Verdad, en el cual trabaja; medita acerca una noticia manipulada que ha llegado a su poder y que inculpa a tres individuos inocentes. Él lo sabe, pero conocer la verdad sobre este asunto hace que su conciencia le sitúe frente a la lectura oficial de los hechos:

“Se preguntó... si no estaría loco. Quizás un loco era sólo una “minoría de uno”. Hubo una época en que fue señal de locura creer que la tierra giraba en torno al sol: ahora era locura  creer que el pasado era inalterable... Pero la idea de ser un  loco no le afectaba mucho. Lo  que le horrorizaba era la posibilidad de estar equivocado.

            (...) Al final, el Partido anunciaría que dos y dos son cinco y habría que creerlo. Era inevitable que llegara algún día al dos y dos son cinco. La lógica de su posición lo exigía. Su filosofía negaba no sólo la validez de la experiencia, sino que existiera la realidad externa. La mayor de las herejías era el sentido común. Y lo más terrible no era que le mataran a uno por pensar de otro modo, sino que pudieran tener razón. Porque, después de todo, ¿cómo sabemos que dos y dos son efectivamente cuatro? O que la fuerza de la gravedad existe. O que el pasado no puede ser alterado. ¿Y si el pasado y el mundo exterior sólo existen en nuestra mente y, siendo la mente controlable, también pueden controlarse el pasado y lo que llamamos la realidad?

           ¡No, no!, a Winston le volvía el valor (...) Había que defender lo evidente. El mundo sólido existe y sus leyes no cambian. Las piedras son duras, el agua moja, los objetos faltos de apoyo caen en dirección al centro de la Tierra... 

Con la sensación (...) de que anotaba un importante axioma, escribió: "La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sus pasos contados.” (7) 

La verdad es peligrosa para el poder absoluto y totalitario, para los enemigos de la libertad; descalifica el voluntarismo nihilista de los superhombres. Por eso, el antagonista de Winston en la novela orwelliana, no duda en afirmar: 

“Nosotros, Winston, controlamos la vida en todos sus niveles. Te figuras que existe algo llamado  la naturaleza humana, que se irritará por lo que hacemos y se volverá contra nosotros. Pero no olvides que la naturaleza humana la creamos nosotros. Los hombres son infinitamente maleables... Si tú eres un hombre, Winston, es que eres el último ejemplar de esa especie. A esa especie la hemos sucedido nosotros. ¿Te das cuenta de que estás solo, absolutamente solo? Te encuentras fuera de la historia, no existes.” (8)

 


La mentalidad dominante en nuestro tiempo 

Max Weber consideró que nuestra época asistía al “desencantamiento del mundo”, refiriéndose al carácter de una sociedad occidental modernizada, burocratizada, secularizada, donde la comprensión científica está más valorada que la creencia y el misterio, y donde los procesos están orientados a metas racionales: no existen en torno a nuestra vida poderes ocultos o imprevisibles, sino que, por el contrario, todo puede sor dominado mediante el cálculo y la previsión. (9)

Pues bien, los acontecimientos mismos han mostrado que el control propio de una razón dominadora, autoconvencida de que saber es un poder (10)amenaza con convertir el nuestro en un mundo sin encanto, sin vínculos profundos y sin hogar, regulado por los sueños oscuros del poder. La razón misma, autosuficiente, no tendría ni pretendería otra justificación que sus propias creaciones. Los tortuosos desafíos de algunos hombres de ciencia o de algunos centros del poder económico pueden servir como ejemplos recientes de lo que venimos diciendo.

            Si tuviéramos que pensar el propio tiempo, como pedía Hegel a la filosofía, podríamos destacar que se ha extendido en los últimos tiempos, por encima de escuelas y sistemas filosóficos, la convicción de que el hombre "auténtico" –varón o mujer- es el que triunfa en la vida, lo cual significa: el que llega a ser autosuficiente, el que se desata de vínculos y dependencias forjando su propia seguridad e imponiendo sus deseos, el que no se debe a nadie más que a sí mismo y sólo es para sí mismo. En el ámbito individual eso significa autosatisfacción y bienestar, y en el colectivo –si es un grupo o una colectividad quien se erige en sujeto-, control, dominio y eficacia. Y el camino para lograr tal grado de autoafirmación no es otro que el propio hacer.

Esta mentalidad hoy dominante se levanta sobre el viejo desprecio del saber teorético en pro de la mentalidad productiva (poiesis) y la eficacia ("saber es poder"); hizo eclosión durante la Ilustración, momento en que la razón humana fue proclamada mayor de edad, y cuenta hoy con cauces muy precisos: economía, política, ciencia, técnica, informa­ción de masas..., o, si se quiere, economicismo, estatificación y pensamiento único, tecnocracia, con­sumismo... 

 


Las ideologías

Es producto de un implacable proceso de “ideologización de la cultura”. Pero, ¿qué debe entenderse por "ideología"? Las ideologías son sistemas de ideas que ofrecen una interpretación del mundo y del ser humano que sirven como instrumento para la instauración de una voluntad de dominio. Las ideologías son eminentemente pragmáticas, detrás de ellas no hay una pretensión de dar con la verdad sobre lo que ocurre en la realidad, lo que es justo o la naturaleza de las cosas. Su única intención es imponerse sobre cualquier otra concepción o postura.

Se trata de modos de entender el mundo articulados desde una voluntad de poder y no desde una apertura a la verdad, lo que las convierte en el fondo en meras condiciones de eficacia al servicio de la voluntad dominadora que las ha configurado. No tienen nada que ver con la adecuación a lo que las cosas son, con la verdad. Son eficaces y basta. Si logran imponerse, cuentan, y eso es todo. ¿Qué importa que una afirmación sea falsa o inmoral? El caso es que ‘hemos logrado que funcione’ y ha sido admitida por la opinión general. Para ello se cuenta, además, con poderosas herramientas de manipulación del lenguaje. (11)

Es el criterio de la praxis, entendida como producción de objetos y resultados externos y mensurables; el nudo pragmatismo. Dicho en expresión coloquial: “Lo de menos es que el gato sea blanco o negro. El caso es que cace ratones”. Por eso las ideologías no pertenecen al ámbito de la teoría, sino que penetran en la política, la economía, la comunicación, los núcleos y actividades generadoras de opinión.

Karl Marx escribía: “El problema de si al pensar humano responde una verdad objetiva no es una cuestión teórica, sino práctica. Es en la praxis donde tiene que demostrar el hombre la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. La disputa sobre la realidad o no realidad de un pensamiento, prescindiendo de la praxis, es una cuestión puramente escolástica.(12) Y añadía: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.” (13)

El caldo de cultivo para la imposición de una voluntad de poder es el relativismo, el nihilismo. Si todo es opinable y todas las opiniones son semejantes, si nada tiene valor por sí mismo, entonces lo que hace que prevalezca una postura u opinión sobre las demás es el grado de fuerza que la respalda y la conduce al éxito, a la supremacía sobre las demás, ya se trate de la seducción con la que se muestra, de la voluntad del legislador, de la moda o corriente mayoritaria, etc.)

Una cultura ideologizada devasta la verdad, el bien y la belleza, y las sustituye por sucedáneos: la apariencia, la mentalidad dominante, el placer, la utilidad, la comodidad, el éxito, el deseo... la posverdad. La realidad deja de ser el referente de lo verdadero, lo justo, lo correcto, lo bello... y todo pasa a depender del deseo predominante, del pensamiento único, de las emociones y la publicidad. Nietzsche lo llamaba la "voluntad de los fuertes"… ¿Nos preguntaremos aún para qué sirve la verdad…?

Andrés Jiménez Abad


[1] Olegario GONZÁLEZ DE CARDEDAL. El poder y la conciencia, Madrid, 1985, pág. 303.

[2] Ibídem

[3] Xabier ZUBIRI. Prólogo a Inteligencia Sentiente, Madrid, 1981, pág.15. Cit. en Olegario GONZÁLEZ DE CARDEDAL. Ídem, pág. 317.

[4] IDEM. Naturaleza, Historia, Dios. Madrid, 1974, 6ª ed., pág. 193.

[5] IDEM. Prólogo a Inteligencia Sentiente, loc. cit.

[6] ROMANO GUARDINI. La cultura como obra y riesgo. Madrid, 1960, pág. 20.

[7] GEORGE ORWELL. 1984. Estella (Navarra), 1983, págs. 69-70.

[8] IDEM. pág. 203.

[9] Cfr. MAX WEBER: “La ciencia como vocación”(1919). En Weber, M. El político y el científico. Madrid, Alianza, 1993, págs., 180-231. 

10 “Saber y poder son lo mismo; el sentido de todo saber es dotar a la vida humana de nuevos inventos y recursos”. (FRANCIS BACON. NovumOrganum, 1, 3; 1, 81)

[11] Términos-talismán como, por ejemplo, “ingeniería financiera”, "progreso", “beneficio cero”, “regulación de plantillas”, “interrupción voluntaria del embarazo”, “derechos reproductivos”, “escuela comprensiva e inclusiva”, “educación intercultural”, "inclusión", “opinión pública”, “perspectiva de género”, etc., gozan de una aureola encubridora de realidades menos halagüeñas.

[12] Karl MARX. Tesis sobre Feuerbach, 2ª tesis.

[13] Ibídem, 11ª tesis. 

martes, 17 de enero de 2017

LA FILOSOFÍA COMO HERRAMIENTA DE LIBERTAD

LA FILOSOFÍA COMO HERRAMIENTA DE LIBERTAD

Un amigo me hace saber que el periódico inglés The Guardian acaba de publicar una profunda y necesaria reflexión de Charlotte Blease sobre la utilidad de la Filosofía en tiempos en los que los empleos empiezan a automatizarse y el conocimiento a devaluarse. Tiempos en los que el ser humano necesita redescubrir el pensamiento flexible y bien fundado para evitar la catástrofe.
“Y eso comienza en la escuela”, dice Blease, quien se apoya en la siguiente opinión del presidente de Irlanda, Michael D. Higgins: “El estudio de la Filosofía es una de las más poderosas herramientas que tenemos a nuestra disposición para enseñar a los niños a actuar como sujetos libres y responsables, en un mundo cada vez más complejo, interconectado e incierto”. 
“La Filosofía en las aulas –dice Higgins— ofrece el camino al humanismo y a la construcción de una vibrante cultura democrática”.
Ya en 2013, cuando Irlanda batallaba contra los efectos colaterales de la crisis financiera, Higgins lanzó una iniciativa en todo el país llamando a debatir qué era lo que los irlandeses valoraban como sociedad. El resultado, apunta Blease, fue que, por vez primera, la Filosofía fue introducida en las escuelas primarias.
La robótica ha pasado de la ciencia ficción al dominio de una gran cantidad de ocupaciones y empleos que antaño eran solamente posibles contando con la habilidad humana. Ya en 2013 –señala Blease en su trabajo publicado por The Guardian— un grupo de la Martin School de la Universidad de Oxford estimó que para 2035, más de la mitad de los empleos podrían ser sustituidos por “tecnología inteligente”, es decir, por robots.
Los niños que hoy están en primaria, mañana entrarán –si tienen suerte—a sitios de trabajo muy diferentes a los que conocemos nosotros.
Ciertamente –apunta la autora del ensayo– la Filosofía no es una cura para todos los males actuales o futuros del mundo. “Pero puede crear inmunidad contra juicios descuidados y contra no pocas barbaridades”.
Más adelante se pregunta: “¿Cómo deberían los educadores preparar a los jóvenes para la vida cívica y profesional en la era digital?” 
En resumidas cuentas –escribe Blease—“necesitaremos gente que esté preparada para preguntar, y responder, cuestiones que no son googleables, como, por ejemplo: ¿Cuáles son las ramificaciones éticas de la automatización? ; ¿Cuáles son las consecuencias políticas del desempleo masivo?; ¿Cómo deberíamos distribuir la riqueza en una sociedad digitalizada…?”
“Como sociedad, necesitamos estar mucho más comprometidos con la Filosofía”, dice Blease, quien reconoce que la materia es difícil, pero que ayuda a los niños –y a los adultos—a articular preguntas y encontrar respuestas que no se hallan fácilmente “o por introspección o por Twitter”.
Y añado, por mi cuenta, la antigua reflexión de Séneca: “Si el marinero no sabe dónde está el norte, todos los vientos le son adversos”. Una buena parte de la orientación que nuestro tiempo necesita puede venir sin duda de una lúcida reflexión filosófica. Y nuestros avispados políticos, opinadores, y tecnócratas de pacotilla no lo saben. A.J.




lunes, 21 de noviembre de 2016

HACER FILOSOFÍA


            El día 17 de noviembre ha sido elegido por la UNESCO como el Día Mundial de la Filosofía. Es probable que a más de uno, si se le pregunta por un filósofo de actualidad, le venga a la cabeza eso tan repetido del “partido a partido”, y cite el nombre del Cholo Simeone. Y ciertamente, esta “filosofía” de uno de los entrenadores de moda se puede extender más allá de la competición deportiva y elevarse a categoría de comportamiento universal: Vivir el momento presente con los pies en el suelo, con esfuerzo y con constancia, con honestidad y con modestia no deja de ser un gran consejo.
            El ser humano o, si se quiere, todo hijo de vecino, hace muchas cosas a lo largo de su vida: trabaja, va al supermercado, forma una familia, participa en política o no, se enamora, pinta, escucha música, toma decisiones… Pues bien, muchos, cuando reflexionan racionalmente sobre estas actividades, se encuentran haciendo filosofía sin saberlo.
Recuerdo la pasión con la que un alumno me preguntaba hace poco por el reciente éxodo de refugiados que llegan a Europa en estos años recientes. Y que al ofrecerle algunas razones de tipo económico y político añadió:
-No, no. Eso es trivial. Lo que me pregunto es por qué el ser humano es capaz de algo así.
            Está bien que la educación al uso cifre su nivel de calidad en la incorporación de los idiomas o de las TIC, por ejemplo. No estaría de más que también incluyera la capacidad de plantearse los grandes y los cotidianos asuntos de la vida y que se reflexionara acerca de su alcance y su sentido. No basta con encogerse de hombros o con repetir tópicos titulares de prensa, ni siquiera hacerlo en varios idiomas y en formato digital.
            Escribía José Antonio Marina en cierta ocasión que filosofar es vivir de manera consciente, reflexiva y responsable. Por ello, añadía, necesitamos luchar contra la estúpida idea de que la filosofía no sirve para nada. Y concluía que esa supuesta inutilidad era un elogio envenenado que pretendía enaltecer nuestra actividad poniéndola a salvo de un torpe utilitarismo. Pienso lo mismo.
            Pero, ¿para qué estudiarla, entonces? Creo de veras que es un deber moral reivindicar la utilidad de la filosofía, su interés personal y social. Es el gran contraveneno contra elementos tóxicos diversos como el fanatismo, el dogmatismo, la superstición y la simpleza, entre otros. Desarrolla a su vez importantes antitoxinas mentales: la capacidad crítica, la autonomía, la visión de conjunto, la capacidad de hacerse preguntas inteligentes, la valentía de atreverse a buscar soluciones a esas preguntas.


A lo largo del tiempo he tenido que replantearme el contenido y el sentido de esta dedicación. Algunas veces, a la hora de programar y justificar los objetivos y la metodología de las asignaturas que me tocaba impartir. Otras de forma algo más inesperada e incluso abrupta. Recuerdo por ejemplo una ocasión en la que me encontraba explicando en clase la importancia de plantearse el proyecto de vida personal, y el sentido mismo de la propia vida. De pronto, al fondo de la clase, se alzó una mano:
–Y esto, ¿entra en el examen?
A pesar del desconcierto inicial, tuve reflejos para contestar:
–Claro. Por supuesto.
A lo que el muchacho reaccionó incorporándose en la silla y disponiéndose a tomar apuntes. Afortunadamente…
            Es evidente que plantearse el sentido de la propia vida, o de la vida humana en general, no es cosa que se resuelva contestando a una prueba de examen al uso. Más allá de la “salida de emergencia” relatada, Sócrates sugería algo muy juicioso cuando afirmaba que una vida sin examen, sin reflexión, no merecía la pena ser vivida.
            Me viene a la memoria una de mis primeras experiencias como docente. Acababa de aterrizar en mi primer destino, en una capital del norte de España. A los dos meses, por el mes de noviembre, me tocó conversar con una alumna, de 16 años, y le intentaba convencer de que luchara contra su adicción a una droga dura, a lo cual repuso:
          -¿Y para qué voy a dejarlo, si nadie me ha enseñado nunca nada mejor?
         Es verdad que la única respuesta posible no es la que tal vez pueda buscarse en los libros de filosofía. Pero también lo es que quien desee comprender y ayudar a un joven que mastica su desencanto se encuentra haciendo filosofía sin saberlo. No sería bueno que nuestra sociedad les dejara sin la capacidad de hacerse grandes preguntas y de buscar y hallar las respuestas.  A. J.




miércoles, 31 de diciembre de 2014

BUSCAR LA VERDAD Y NO RENUNCIAR A ELLA


Decía San Agustín que “algunos pueden engañar, pero a ninguno nos gusta ser engañados”. Es decir, que todos aspiramos a saber la verdad y contamos con ella, aunque no siempre la alcancemos o estemos dispuestos a aceptarla. Y aunque algunos digan haber renunciado a buscarla y alcanzarla.

Por lo demás, conocer las cosas completamente, hasta el fondo, es muy difícil y en muchos casos imposible. Los caminos de la realidad no pueden ser recorridos totalmente, y menos aún por una sola persona. Nuestras verdades –los conocimientos verdaderos que podemos alcanzar- no son completas normalmente, y en ocasiones aparecen mezcladas con errores. Hay otras cosas que no sabremos nunca. La realidad nos pone límites, y nuestro conocimiento también los tiene, pero éste puede ir alcanzando “zonas de verdad” sobre las cuales podemos comprender el mundo y a nosotros mismos hasta cierto punto, y todo lo que podamos averiguar posteriormente vendrá a completar esas zonas y a clarificarlas –en eso consiste el avance de las culturas y de la propia humanidad-; pero nunca una verdad podrá contradecir o excluir a otra.

Buscar la verdad es desear saber. Y para saber a qué atenerse en la vida y para vivir de acuerdo con lo que las cosas son hace falta amar y buscar la verdad, e incluso defenderla.

La inteligencia humana no puede ejercerse más que sobre la realidad, y cuando lo hace está en la verdad. Pretender que la verdad es inalcanzable –aunque ciertamente haya cosas que no averiguaremos nunca- significa cortar el vínculo entre la inteligencia y la realidad

Defender esa vinculación que abre a los seres humanos a la sabiduría y los libra del error y de la ignorancia, y les hace confiar entre sí, es tarea de la Filosofía (amor al saber), pero también es responsabilidad de todo ser humano en todos los órdenes en los que discurre su vida, porque la verdad es condición del conocimiento y fuente de sentido y de orientación para la vida. Sólo con ella el mundo puede ser habitable. 

Suele decirse que “errar es humano”, y así es; pero sólo es plenamente humano vivir en la verdad. Además, dicho sea de paso, el error supone en todo caso la existencia de la verdad. A.J.