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sábado, 13 de junio de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (178)

LA CONSOLIDACIÓN DEL “BUEN CARÁCTER”


El modelo educativo de la “educación del carácter”, aunque está de actualidad sobre todo en el mundo anglosajón, ahonda sus raíces en una contrastada tradición cultural que, ya desde Platón, destaca las cuatro virtudes llamadas “cardinales”, y las virtudes subordinadas que pueden incluirse en cada una de ellas: 



- Prudencia: honestidad, integridad, humildad, reflexión.

- Justicia: responsabilidad, ciudadanía activa, respeto, compasión, deportividad, amabilidad. 

- Fortaleza: resiliencia, lealtad, esperanza, capacidad de autosuperación, perseverancia y generosidad.

- Templanza: autodominio, paciencia, diligencia, serenidad, equilibrio, gratitud, cortesía y orden.



Es importante recordar que las virtudes son hábitos, es decir disposiciones estables de la persona, las cuales se adquieren en la práctica mediante la reiteración de acciones semejantes, que se orientan al bien propio y al bien común. Son estas disposiciones las que van configurando el carácter (en este contexto podemos hablar también de la personalidad), es decir, el modo de ser y de comportarse de una persona. En esta labor es importante el valor humano de la constancia: “no cansarse nunca de estar empezando siempre”.

*** *** ***

Aunque en la formación del carácter de niños y jóvenes es imprescindible la colaboración congruente entre la familia y el centro escolar, se podría sintetizar a grandes rasgos un programa-tipo para fomentar la consolidación de un buen carácter en los centros educativos:

6 Maneras de favorecer el buen carácter 

en el centro educativo 

 

Ejemplo: los profesores procuran ser un modelo para sus alumnos, esforzándose por vivir con alegría y equilibrio lo que intentan suscitar en sus alumnos.

Explicación: las virtudes hay que explicarlas bien, de acuerdo con una jerarquía adecuada, sirviéndose de ejemplos y casos concretos, aprovechando las oportunidades que ofrece la vida del colegio.

Ambiente y clima positivo: la clase y el centro educativo son una “comunidad ética” -para bien y para mal-. Los profesores tienen un papel fundamental en el mantenimiento de dicha “ética escolar” fomentando en los alumnos responsabilidad, perseverancia, respeto, civismo, generosidad, amabilidad y amistad, entre otros valores humanos. El respeto y la confianza de los alumnos no se logran sólo con las normas escolares; se deben fortalecer las relaciones basadas en el respeto mutuo: mostrándolo, solicitándolo y agradeciéndolo. Es muy importante el estímulo que ofrece siempre el grupo de iguales.

Trabajo bien hecho: consiste en trabajar con esmero, iniciativa, perseverancia y sentido de la responsabilidad, convirtiéndolo en un servicio cualificado. En la actividad y en la convivencia, trabajando junto con otras personas, uno puede aprender de sus errores y mejorarse a sí mismo, también el profesor… 

Solidaridad: Es muy importante transmitir a los alumnos una preocupación sincera por su futuro, a medio y largo plazo, así como por el bien común. Mostrar con ejemplos vividos que lo que se hace, para bien o para mal, tiene repercusión en las demás personas, y que todos dependemos de todos. Se cuenta que cuando Wellington visitó el colegio de sus años de infancia, afirmó: “aquí es donde derroté a Napoleón”.

Expectativas de excelencia: Intentar sacar de ellos lo mejor de sí mismos. Suscitar el deseo de hacer las cosas lo mejor posible. Invitar constantemente a mejorar, animar e inspirar. Comunicar con optimismo que siempre uno puede superarse, hacer más, aspirar a metas más altas cada vez, confiando, con paciencia, en que las alcanzarán.


(Publicado en el semanario La Verdad el 12 de junio de 2026)

miércoles, 17 de julio de 2019


Una muerte impuesta por el Estado
Michel Houellebecq

(páginasDigital.es; 17 julio 2019)




El inclasificable, inconformista y agudo novelista francés Michel Houellebecq firma este artículo que ha chocado -y mucho, por tratarse de él- entre los partidarios del pensamiento único. 
Lucidez y coraje para reflexionar con rigor y decir lo obvio sin complejos.

El Estado francés ha logrado imponer lo que perseguía con ahínco y desde hace unos años también varios familiares, la muerte de Vincent Lambert.
Debo confesar que cuando la ministra de “Solidaridad y Salud” (en este caso valoro mucho la solidaridad) presentó un recurso de casación me quedé estupefacto. Estaba convencido de que el gobierno permanecería neutral en este caso. Después de todo, Emmanuel Macron había declarado poco antes que no tenía ninguna intención de implicarse. Pensé, estúpidamente, que sus ministros seguirían la misma línea.
Tendría que haber sospechado de Agnès Buzyn. A decir verdad, no me fiaba demasiado de ella desde que declaró que la conclusión que podemos sacar de las tristes historias parecidas a esta es que nunca hay que olvidarse de dejar por escrito, y con tiempo, las últimas voluntades (en realidad, hablaba como cuando uno recuerda a los niños que tienen que hacer sus deberes y ni siquiera se preocupó de precisar en qué sentido podían ir estas voluntades, como dándolo casi por descontado).
Vincent Lambert no había dejado ninguna disposición escrita. Circunstancia agravante, era enfermero. Debería saber, mejor que cualquier otro, que el hospital público tiene otras muchas cosas de las que ocuparse que de mantener con vida a los incapacitados (gentilmente recalificados como “vegetales”).
La sanidad pública está al límite y, si hay demasiados Vincent Lambert, corremos el riesgo de perder un montón de dinero (a propósito, me gustaría saber por qué: una sonda para el agua, otra para la alimentación, no me parece que eso suponga una intervención de alta tecnología, se podría hacer en el domicilio, se hace en la mayoría de los casos, y es lo que siempre han reclamado, a voces y con gran insistencia, sus padres).
Vincent Lambert vivía en un estado mental particular. Y no, no fue el centro universitario hospitalario quien le abandonó a su suerte, me sorprende darme cuenta. De hecho, Vincent Lambert no sufría dolores insoportables, no sufría en absoluto. Ni siquiera estaba al final de su vida. Vivía en un estado mental particular, sobre el que sería mucho más honesto admitir que aún no tenemos conocimientos precisos. No era capaz de comunicarse con los que le rodeaban, o lo hacía de un modo casi imperceptible (tampoco en esto hay nada extraño, su estado era parecido al que nos adentramos cada uno de nosotros al caer la noche). Su condición (esto es más raro) parecía irreversible. Escribo “parecía” porque he hablado con muchos médicos, por mí mismo y por otras personas (algunas agonizantes) y nunca, en ninguna circunstancia, un médico ha sido capaz de afirmar estar seguro, con una seguridad del cien por cien, de lo que iba a suceder. Pero también puede ser. Puede suceder que todos los médicos consultados, sin excepción, se hayan mostrado de acuerdo para formular un pronóstico idéntico: pero en mi experiencia nunca ha sucedido.
En esta circunstancia, ¿era necesario que muriera Vincent Lambert? ¿Y por qué justo él, entre los miles de pacientes que en este momento se encuentran en las mismas condiciones en Francia? Me cuesta mucho quitarme de encima la desconcertante sospecha de que Vincent Lambert ha muerto por una excesiva mediatización, por haberse convertido, a su pesar, en un símbolo. Para la ministra de Salud y “de Solidaridad”, se trataba de dar ejemplo. De “abrir una brecha” en la mentalidad para hacerla “evolucionar”. Dicho y hecho. La brecha se ha abierto, no cabe duda. En cuanto a la mentalidad, no estoy seguro. Nadie quiere la muerte, nadie quiere el sufrimiento. En esto consiste, por lo que parece, “la mentalidad”, por lo menos desde hace varios milenios.
Hay un descubrimiento extraordinario, que proporcionaría una solución elegante a un problema que nos acosa desde los orígenes de la humanidad, y que tuvo lugar en 1804: la morfina. Unos años más tarde se empezó a explorar seriamente entre las sorprendentes posibilidades de la hipnosis. En breve, el sufrimiento dejaría de ser un problema y eso es lo que hay que repetir, incesantemente, al 95% de la gente que se declara favorable a la eutanasia. Yo también, en ciertos momentos (afortunadamente raros) de mi vida, he estado dispuesto a todo, a implorar la muerte, las inyecciones, cualquier cosa que me quitara el dolor. Pero luego me ponían una inyección (de morfina) y mi perspectiva cambiaba inmediata y radicalmente. Bastaban unos minutos, apenas un puñado de segundos. Bendita seas, hermana morfina. ¿Cómo se permiten ciertos médicos rechazar la morfina? ¿Acaso temen que los agonizantes puedan caer en la drogodependencia? Es tan ridículo que me cuesta escribirlo. En general es ridículo pero también terriblemente asqueroso.
Decía que nadie quiere la muerte, nadie quiere el sufrimiento. Una tercera exigencia ha surgido desde hace unos años: la dignidad. Este concepto siempre me ha parecido un poco brumoso, a decir verdad. Yo también tengo mi dignidad, sin duda, lo pienso de vez en cuando, aunque tampoco muy a menudo, pero no creo que esta pueda ascender al primer puesto de las preocupaciones “de la sociedad”. Por escrúpulos de conciencia, he consultado el diccionario Le Petit Robert (edición 2017). Esta es su sencillísima definición de dignidad: “respeto debido a alguien”. Los ejemplos que siguen, en mi opinión, enmarañan la cuestión, revelando que Camus y Pascal, aun compartiendo el concepto de “dignidad humana”, no lo apoyan sobre las mismas bases (como era obvio imaginar).
En cualquier caso, parece evidente para ambos pensadores (y diría también para la mayoría de los individuos) que la dignidad (es decir, el respeto debido), aunque pueda verse lesionada por acciones moralmente reprensibles, no puede sufrir el más mínimo rasguño debido al declive, aunque sea catastrófico, del propio estado de salud. Si pensamos de otro modo, significa que efectivamente ha habido una “evolución de la mentalidad”, y no creo que sea un motivo para alegrarse.-


martes, 30 de diciembre de 2014

LA PERSONA Y EL ESTADO MODERNO


       La cohesión social, uno de los aspectos del bien común, no debe implicar una absorción de la responsabilidad personal en la sociedad global ni en el Estado. La consecución del bien común debe conducir necesariamente a un mayor grado de personalización porque la persona es el principio, el sujeto y el fin de la vida social.

         El Estado moderno tiende al control y a la concentración de todos los poderes en la Administración pública, asfixiando la vitalidad del tejido social y de las asociaciones intermedias entre la persona y el Estado. De ahí la necesidad de entidades y grupos con finalidades económicas, familiares, culturales, educativas, lúdicas, profesionales, etc., que gocen de autonomía respecto del poder político, y que se organicen como comunidades vivas, de modo que sus miembros sean tratados como personas y se vean estimulados a tomar parte activa en ellas. La sociedad no es un aglomerado de individuos, sino una ‘sociedad de sociedades’, una unidad de orden compuesta por realidades sociales que se vinculan de forma subsidiaria y solidaria. Entre ellas es prioritaria la familia.


         
         La vitalidad social depende en última instancia de la responsabilidad de las personas concretas; parte de esta responsabilidad y tiende a incrementarla. La mera acumulación de bienes y servicios como rendimiento eficaz de las estructuras sociales no basta para proporcionar la felicidad al ser humano.

         Benedicto XVI señala la incapacidad del Estado para suplir el amor: “No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo. El Estado que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte... en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido –cualquier ser humano- necesita: una entrañable atención personal.” (Deus caritas est, n. 28)

         La justicia no dispensa de la caridad, y a su vez la caridad no dispensa tampoco de la justicia, sino que la exige y la asume; pero además la trasciende para hacerse cercanía y atención personal, cosa que una entidad meramente administrativa o una ley jamás podrán ofrecer. 



miércoles, 28 de septiembre de 2011

UN DESARROLLO A LA MEDIDA DEL SER HUMANO


Conviene hacer una distinción inicial entre desarrollo y desarrollismo. El primero es un término que se aplica básicamente al crecimiento económico, entendido como el aumento de la producción y de la capacidad de consumo para el mayor número de seres humanos. En un sentido más amplio, más humano y tal vez menos tenido en cuenta, debiera considerarse el desarrollo auténtico como la elevación integral de la condición humana, de todo el ser humano y de todas las personas.
El desarrollismo, por su parte, es una concepción económica que propugna la necesidad de que la economía crezca indefinidamente, y asegura que ello reportará la acumulación generalizada de bienes y servicios, con lo que los seres humanos serán paulatinamente más felices. Esta felicidad, por lo demás, se entiende como “calidad de vida” interpretada generalmente en términos de bienestar material. Esta concepción se apoya en el auge de la tecnología y en sus posibilidades para potenciar y organizar a gran escala, incluso globalmente, la actividad humana sobre las fuentes y los cauces de la riqueza en el planeta.
Tras la revolución industrial, y por encima del enfrentamiento entre el modelo económico capitalista y el socialista, existía a lo largo de todo el siglo XX –hasta la década de los 70 aproximadamente- un fundamental acuerdo entre ambos acerca de la “concepción desarrollista” y sobre la necesidad de que la economía creciera indefinidamente. Las discrepancias venían al afirmar si quien podría lograr más adecuadamente tal propósito era el libre mercado o la economía centralizada bajo el control estatal.
El desarrollismo, como modelo económico y como mentalidad, puede resumirse, aun a riesgo de caer en la simplificación, en los siguientes postulados:


1)      El planeta es una fuente inagotable de recursos
2)      El desarrollo consiste en el proceso de crecimiento económico seguido por los llamados “países desarrollados”
3)      Dicho proceso es posible en todos los países del mundo
4)      Existe una correlación entre desarrollo y satisfacción de las necesidades del ser humano
5)      Como la racionalidad humana puede disponer absolutamente de una naturaleza cuyas leyes han sido descubiertas, el progreso de la humanidad se abre a un horizonte ilimitado.


La racionalidad ilustrada
Quizás pueda afirmarse que la raíz última de las dificultades sociales y ecológicas de las que se ha venido adquiriendo conciencia en las últimas décadas se halla en no haber reconocido límites al poder del hombre y de creer que todos los problemas se pueden resolver por medio de la ciencia y de la técnica. Tras esta convicción late un modelo de racionalidad, el ilustrado, que sitúa a cierto tipo de hombre -el triunfador en el terreno económico y en el público en general, y varón para más señas- como dominador absoluto de todo lo real, armado con un arsenal científico con el que dirige una mirada pragmática  al mundo y que ve en él un ámbito susceptible de dominio y, por lo tanto, un campo de rivalidades en el que la solidaridad encaja difícilmente. El mundo no tiene otro sentido para esta mirada que el servir a la voluntad de poder de seres humanos que se consideran o pretenden ser autosuficientes. En suma, como decía Tomás Hobbes al concluir el Renacimiento, el hombre vendría a ser “un lobo para el hombre”.
Pero el precio del triunfo a ultranza de los dominadores es la sangre, la miseria y la humillación de los vencidos. A nadie se escapa que el siglo XX, cumbre del desarrollo histórico en lo económico y en lo técnico, ha sido también, literalmente, el más sangriento de la historia.
Este modo de entender el crecimiento económico tiende a no considerar la relevancia moral de la naturaleza y del medio vital humano, así como a generar desigualdades y discriminaciones entre personas y pueblos por sus limitadas posibilidades para acceder al nivel de bienestar de los más beneficiados.
Seguramente ningún ser humano elige libremente vivir en la miseria y en la marginación. Y sin embargo, el mundo en el que vivimos ofrece un panorama dantesco cuajado de desequilibrios, en el que los pueblos ricos son cada vez más ricos y los pobres tienden a ser cada vez más miserables. La quinta parte más rica tiene unos ingresos 150 veces superiores a los ingresos de la quinta parte más pobre. Hemos construido un mundo en el que el 25% de la población mundial dispone y consume el 70% de la energía, el 75% de los metales, el 85% de la madera y el 60% de los alimentos.
Si en este marco se hace ya difícil para muchos seres humanos concebible el mundo como un lugar habitable, hay que añadir también que un proceso indefinido se hace imposible, entre otras cosas, porque los recursos del planeta son finitos y se ven en todo este proceso muy seriamente amenazados. 
El proceso de globalización de la economía, a pesar de sus aspectos positivos, ha agudizado la exclusión de amplias regiones geográficas, como las regiones subsaharianas, países iberoamericanos y otros países asiáticos; ha puesto en el umbral de la marginación a numerosos colectivos humanos como los jóvenes sin formación, los ancianos solos, los enfermos que no pueden valerse por sí mismos, las mujeres que no han podido acceder a títulos de propiedad, a unos estudios y una formación cualificados y las familias que dependen de ellas, las poblaciones que no disponen de recursos económicos o no disponen de medios para rentabilizarlos, etc., así como a muchas y variadas culturas y tradiciones. Y también a los no nacidos. Es el gran grupo de la humanidad perdedora.
El endeble desarrollo de los pueblos más deprimidos económicamente, el amplio y diverso panorama de la marginación social y cultural, y a la vez el complejo mundo del consumismo desenfrenado entre los más favorecidos, vienen a ser algunas de las grandes objeciones al modelo globalizador de la economía. Buena parte –si no la práctica totalidad- de los conflictos armados más recientes, y de los vigentes, tampoco es ajena a este complejo estado de cosas. 
La presente crisis financiera, en fin, montada sobre un pragmatismo sin referencias morales serias, no hace sino delatar que algo en el fondo de este modelo economicista ilustrado está podrido y muy podrido. Estamos ante una “reducción ad absurdum” planetaria, en la que se pone de manifiesto que una economía y una política sin moral -sin una moral verdadera, que haga justicia a la naturaleza y dignidad de todo ser humano- son una fuente de destrucción. Corrupción pura y dura.


Un desarrollo humano sostenible
 En las últimas dos décadas ha surgido con fuerza una línea de reflexión que ha planteado un modelo alternativo de desarrollo, que ha dado en llamarse “desarrollo humano” o también “desarrollo sostenible”. Este último término fue acuñado en 1987 por la Comisión Brundtland, amparada por la ONU. La idea de fondo consiste en mantener el desarrollo económico, pero de manera que concuerde con las necesidades del hombre –de toda la persona y de todas las personas- y de la naturaleza. 
         Se trata de un nuevo modelo de desarrollo que podemos caracterizar del siguiente modo:


- Un desarrollo integral: abarcando necesaria e indispensablemente el ámbito cultural, el económico y el medioambiental. 

-   Un desarrollo endógeno: no indiferenciado sino planteado a partir de la situación, de las necesidades y las posibilidades concretas de cada pueblo, y favoreciendo su protagonismo e identidad propia.

-  Un desarrollo sostenible: instaurando la disciplina del largo plazo, la visión de armonía y de conjunto. Lento, puesto que el crecimiento rápido es generador de nuevas dependencias entre pueblos. Que asegure el digno y libre desarrollo de las generaciones futuras.



           La superación de las situaciones marcadas por un economicismo que reduce el valor de las cosas, del trabajo y de la persona a su mera dimensión económica y de utilidad, exige la convicción decisiva de la primacía de la persona.

      No se puede hablar de desarrollo auténtico si éste resulta inhumano, pobre en solidaridad. La compensación de las carencias y dependencias de los países y de las personas más pobres hasta que aquéllas desaparezcan es la primera medida de cualquier forma de solidaridad. "El desarrollo, si quiere ser auténticamente humano, necesita, en cambio, dar espacio a la gratuidad". Se necesitan "unos ojos nuevos y un corazón nuevo, que superen la visión materialista de los acontecimientos humanos y que vislumbren en el desarrollo ese «algo más» que la técnica no puede ofrecer". (Benedicto XVI, Caritas in veritate)

        Es preciso replantearse que la interdependencia de la familia humana hace de la solidaridad, no un condimento o un maquillaje del desarrollo humano, sino su condición indispensable. Sin solidaridad, sin gratuidad, sin una defensa efectiva de la dignidad de toda persona humana, no puede existir una elevación real de la condición humana. Todos de un modo u otro somos responsables. “Las campanas doblan por mí”… (John. Doone).   A.J.



sábado, 14 de mayo de 2011

EL VOLUNTARIADO: AYUDAR PORQUE TÚ ME IMPORTAS (Y PORQUE ME DA LA GANA)

La vida no vale nada si yo me quedo sentado,
después que he visto y soñado que en todas partes me llaman.
Pablo Milanés

             Entregar tiempo es entregar vida. Esto es lo que define lo mejor de un fenómeno socialmente emergente, que manifiesta que en el corazón de muchas personas late un deseo de aportar algo de sí mismas y de comprometerse para hacer un mundo mejor. No quieren ser solidarios de manera ocasional, se trata de convertir la solidaridad en una forma diferente de vivir. Es el voluntariado.
            Ha habido épocas en las que el servicio generoso y gratuito a personas necesitadas se convirtió en un auténtico fenómeno social. Así ocurrió con el nacimiento en el siglo XIX de muchas órdenes religiosas que gratuitamente se dedicaron a la enseñanza y a la atención de las necesidades sanitarias y asistenciales básicas. A finales de ese mismo siglo surgieron también fundaciones y organizaciones privadas que se dedicaron a atender a los más necesitados: Cruz Roja es un ejemplo muy elocuente.
            Desde finales de los años 70 ha comenzado a hablarse voluntariado para referirse a una forma de actividad más o menos organizada, pero caracterizada sobre todo por la gratuidad, la libertad y la espontaneidad en la ayuda a personas necesitadas.

¿De dónde brota el ser ‘voluntario’?
¿Qué impulsa a un voluntario, hombre o mujer, a dedicar su vida a los demás? Ante todo, un ímpetu innato del corazón, que estimula a todo ser humano a ayudar a sus semejantes. El voluntario siente una alegría muy especial cuando logra dar gratuitamente algo de sí a los demás. Uno de los rasgos esenciales del voluntariado, y en cierto modo su piedra de toque, es que, más allá de los números y de las cifras, le importa el valor efectivo de las personas concretas, porque se ha comprendido que cada persona es importante: el verdadero protagonista en el voluntariado es la persona necesitada a la que se dirige.
            Está muy extendida la sensación de que el mundo se está haciendo cada vez menos habitable. Cuando un voluntario entra en contacto con la realidad del sufrimiento, con la injusticia o el dolor humano, necesariamente ha de posicionarse: “¿Cuál es mi actitud ante la realidad que me rodea? ¿La acepto sin más, como si yo no tuviera nada que aportar al transcurso de los acontecimientos, o tengo que implicarme, salir de mí mismo y ofrecerme a los demás?”. El voluntariado es ante todo un modo de ser que afecta a la globalidad de la persona.


El voluntariado y los valores humanos
            Un voluntario o voluntaria encarna un conjunto de valores humanos que expresan una opción básica por otras personas. El voluntariado, cuando está guiado por una disposición sincera de ayuda a personas concretas, siembra valores incesantemente
            Pero los valores humanos se comprenden y aprecian cuando se viven, y dejan de apreciarse  y  de comprenderse cuando dejan de vivirse.  Por eso se educan desde la práctica.
Se cuenta que en un teatro de la antigua Atenas se celebraba una representación teatral a la que habían sido invitados los embajadores espartanos. Cuando el teatro estaba lleno, entró un anciano y trató inútilmente de hallar sitio libre. Unos jóvenes atenienses que veían los esfuerzos del anciano por acomodarse comenzaron a reírse de él irrespetuosamente. Al ver esto, los embajadores de Esparta, acostumbrados a venerar a sus mayores, se levantaron y ofrecieron sus sitios al anciano. Todo el público del teatro, al presenciar la escena, aplaudió a los embajadores. “-Es curioso, dijo el anciano, los atenienses aplauden las virtudes, pero los espartanos las ejercitan...” La moraleja del cuento es que no basta con “aplaudir las virtudes” o con “sabérselas”: hay que practicarlas, llevarlas a la vida diaria.
Una obra puede ser técnicamente perfecta, pero gana en hondura humana cuando es fruto del amor, y enriquece tanto a quien la recibe como a quien la lleva a cabo. La relación entre una persona necesitada y las dedicadas al cuidado de su salud, al remedio de su ignorancia, o al acompañamiento de su soledad, por ejemplo, requiere una formación técnica suficiente, pero ante todo incorpora aspectos humanos indispensables.

Los valores propios del voluntariado
La acción voluntaria es fuente de valores éticos porque apunta a nobles ideales, busca la elevación de la condición humana en las personas a las que se ayuda y la promueve directamente a través de sus acciones. La acción voluntaria aporta un bien al mundo. El voluntario es una persona que procura cultivar lo mejor de sí mismo para ofrecerlo generosamente a otros. Nada más lejano de la “solidaridad light” de aquellos a los que “les da el punto” y deciden convertirse en voluntarios pero luego sólo aguantan 15 días. Y además se sienten tranquilizados.
      Entre los “valores del voluntariado” cabe destacar:

§         Sensibilidad para captar las necesidades concretas de las personas a las que se ayuda y sentirse apelado por ellas.

§         Libertad madura para ofrecer ayuda a otras personas de forma voluntaria y desinteresada.

§         Generosidad, dar con alegría, salir de uno mismo, alejarse por un momento de las propias necesidades, y dar, dar-se. Es una disponibilidad para la entrega y el servicio.

§         Solidaridad. Actitud básica y virtud por excelencia del voluntariado. Consiste en sentir y asumir como propias las necesidades de otras personas y trabajar por remediarlas como si fueran las propias.

§         Gratuidad, actitud de autodonación sin esperar nada a cambio, con la sola intención de hacer el bien a alguien que lo necesita, no por esperar agradecimiento o consideración alguna.

§         Compromiso y constancia, autoobligarse a ayudar con independencia de tener ganas o no. El compromiso puede ser limitado, pero ha de ser firme.

§         Búsqueda de la justicia, trabajar honestamente en la solución de problemas y situaciones concretas, empeñarse en mejorar el mundo.

§         Empatía, capacidad de comprensión, intentar ponerse en el lugar del otro para ver las cosas como él las ve. Asumir su punto de vista para comprender sus reacciones, para definir y ponderar sus necesidades, y para que se sienta querido y respetado.

§         Responsabilidad. Tomar las cosas como tareas propias y buscar la mejor solución. En lugar de poner pegas, resolverlas lo mejor posible.         

§         Autenticidad, coherencia entre lo que se piensa, se dice y se hace. Supone fidelidad a la propia escala de valores y deseo sincero de hacer el bien, integridad.

§         Respeto y amabilidad. Tratar al otro de acuerdo con su dignidad de persona y hacerle más llevadera y grata su situación con nuestra actitud. Más allá de la tolerancia, el respeto no se reduce a soportar al otro a pesar de lo que no agrada de él, sino reconocerle como un ser valioso y ponerse a su disposición.

§         Fortaleza, vencer el temor, el dolor y la desgana, mantener la serenidad y el autodominio en los momentos difíciles. En sus actividades, los voluntarios se exponen a situaciones dolorosas o injustas. En estas situaciones es importante mantener la fortaleza de espíritu, la ejemplaridad, mostrar energía y entereza, y transmitir aliento, coraje y esperanza.

§         Humildad. Nadie es imprescindible, y el servicio prestado no da derecho a sentirse superior o acreedor en modo alguno. Las personas a las que se ayuda también pueden enseñarnos mucho, tal vez lo esencial. Paciencia para aceptar las limitaciones propias y ajenas, los largos plazos, la falta de colaboración y de resultados tangibles.

Se puede humanizar el mundo
            Cuando un ser humano se halla a la intemperie, sobre todo en el sentido afectivo y personal, cuando se ve realmente solo, tiende a buscar cobijo, protección y seguridad. Esta carencia encuentra remedio en un ámbito de afecto personal donde se puede “estar” porque la cercanía tangible de alguien aviva el calor de la identidad y la conciencia de sí mismo; intensifica el sentido de la propia dignidad.
            Toda persona humana, aunque carezca de salud, de habilidades intelectuales o físicas o de bienes materiales, posee una dignidad irreductible que la hace directamente merecedora de solicitud. Este es el fundamento de la actividad médica, educativa u otras muchas orientadas a la ayuda y cuidado de personas damnificadas o menesterosas. Porque el sufrimiento no reduce la dignidad de la persona que sufre. Para quien entrega su vida y su tiempo generosamente como voluntario, una persona enferma, anciana o impedida, por ejemplo, no merece ser marginada o eliminada porque otros consideren que su vida es una carga y por eso carece de calidad. Antes bien, se hace acreedora de solicitud y de cuidado, porque no es una persona menos digna. Una de las más hermosas constantes en las experiencias de voluntariado es la de comprobar que las personas a las que se ayuda te aportan mucho más que lo que tú les das. En toda relación auténticamente personal se humanizan lo mismo el que da y el que recibe.
            El voluntariado responde a la necesidad de sentido y plenitud que es propia de la persona humana. En el umbral de una época nueva, la sensibilidad que emerge reclama una profunda mirada sobre el valor de cada persona y modos de convivencia donde cada uno pueda dar y recibir, donde el progreso de unos no sea un obstáculo para el desarrollo de los otros ni un pretexto para su exclusión.
            Una expresión de lo que esa mirada significa es precisamente la experiencia del voluntariado, llegar a personas concretas a través de una mirada y unas manos generosas y cercanas. Esas manos y esa mirada hacen concebir la esperanza de que el mundo pueda llegar a ser un día una morada a la medida del ser humano.