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lunes, 3 de noviembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (154)

ADOLESCENCIA (VI): TENER TIEMPO PARA ELLOS

 


Empezar a educar a los adolescentes durante la adolescencia es, sin duda, llegar tarde. Es una tarea que debió empezar poniendo bases muy sólidas durante la infancia. 

Lo ideal es actuar de manera preventiva para que de niños desarrollen una estabilidad emocional y una sana autoestima. Ello requiere que padres (y educadores) estemos presentes física y emocionalmente, sin agobiar, de forma natural desde la primera infancia: que sea habitual hablar juntos de muchas cosas, trascendentes e intrascendentes, favorecer una comunicación natural y fluida. Dedicar tiempo para estar juntos, escucharse, cambiar impresiones, comentar acontecimientos, aportar juicios de valor… Cuando esto se da es sencillo trasladar criterios con palabras y con el ejemplo.

Cuando se acercan a la pubertad, si viene siendo habitual hablar con naturalidad de las cosas de cada uno, es más sencillo, por ejemplo, hablar sobre sexo y afectividad,  informaciones o actitudes inadecuadas que puedan haber recibido. Este diálogo ha de ser claro, cariñoso y sin prejuicios, adelantándose en lo posible a situaciones problemáticas. Es preferible anticiparse a llegar demasiado tarde.

Es esencial transmitirles que desaprobamos las malas conductas pero no a ellos, para garantizar que se sientan aceptados y motivados siempre, a pesar de todo, y que no les sea costoso rectificar, llegado el caso. 

Sobre todo “hay que estar ahí”, a pesar de horarios de trabajo u otros intereses. Los hijos -también los adolescentes- necesitan encontrarnos cuando nos necesitan. Quiero traer un caso real, que me contó una madre de cuya hija yo era tutor en 2º Bach. 

“Estaba un día en la cocina con bastante lío, cuando apareció mi hija, de 16 años, y como distraída me preguntó si tenía un momento. Le dije que no, que estaba muy ocupada. Pero me preguntó si recordaba a su amiga “X”. Le dije que sí. “-Es que se ha metido en un problema, porque ha empezado a salir con un hombre mayor, de 40 años…” Yo salté hecha una furia: “-¡Pero esa cría está loca!, ¡qué barbaridad! ¿Cómo se le ocurre…? Y tú aléjate de ella ¡ya mismo!, que es una malísima influencia. Y déjame, que estoy ahora muy ocupada. ¿Tú no tienes que hacer nada?, ponte a estudiar ahora mismo.” Y me volví muy tensa a lo que estaba haciendo, lanzando reproches en voz alta. La verdad es que por dentro me sentía superada, y me defendía cargando sin contemplaciones contra la amiga de mi hija.

“Cosa de una semana después se repitió la escena, también en la cocina. “-Mamá…” “-¿Qué pasa ahora?” “¿Recuerdas que te hablé el otro día de “X“? -¿Esa…? sí, ¡qué! ...” (silencio). De repente -me dice la madre- me vino un sobresalto, un presentimiento. Como un latigazo. Y la miré a los ojos con cariño: “Espera…” De inmediato solté lo que tenía en la mano y le puse el brazo en el hombro con ternura. “Perdona. Cuéntame, sí, por favor…” Y, lo que me temía: ni amiga, ni nada. Se trataba de ella. Estaba intentando contármelo y no sabía cómo. Y yo la había mandado a paseo… Cerré la puerta, nos sentamos. La abracé con sentimientos de culpa pero dispuesta a escuchar lo que fuera. Hablamos, lloramos… la aconsejé con todo cariño. Y gracias a Dios la cosa se arregló a tiempo.” Y terminaba: “Me pregunto si yo no hubiera estado en casa o hubiera vuelto a escabullirme…” Pues eso.

(Publicado en el semanario La Verdad el 31 de octubre de 2025)

  

lunes, 29 de mayo de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (69)

TIEMPO PARA ESCUCHAR, PARA ENSEÑAR A PENSAR



En artículos anteriores hemos venido tratando de la importancia de educar en la reflexión buscando la verdad, tanto en el ámbito familiar como en el escolar. Es importante ofrecer datos y habilidades, pero a la vez hay que aportar y suscitar criterios y actitudes, valores de sentido. No hay que dar las cosas pensadas, y ya. Tenemos que ayudar a que los niños y jóvenes logren “ver” por sí mismos.

El sistema educativo presente, tan sesgado ideológicamente, tan alejado de la persona y tan disperso, y el ritmo tan acelerado de vida y de búsqueda del bienestar a ultranza que agita a muchas familias, dificultan esta labor, de la máxima importancia para la maduración de la persona.

Pero precisamente en un mundo lastrado de superficialidad y altamente hedonista y erotizado es más decisivo fomentar el esfuerzo reflexivo desde los momentos más tempranos de la evolución del carácter. Dejar que los niños se acostumbren a dejarse llevar por sus caprichos y a verlos satisfechos de forma inmediata es una trampa mortal que les hará débiles y vulnerables en el futuro. Muchos, a la hora de decidir, en lugar de pararse a pensar y considerar qué es lo importante en cada caso, qué valores están en juego, qué consecuencias se pueden seguir, simplemente se dejan llevar por las apariencias, las tendencias de moda, las ganas y las desganas, o “lo que dicen los demás”.

Los padres han de encontrar tiempo y momentos adecuados para hablar con ellos sobre todos los temas. Tiempo para estar con ellos -dar tiempo es dar vida-. Tal vez hablar despacio con ocasión de un acontecimiento familiar importante, de una excursión o de una noticia, o con ocasión de una lección de ciencias naturales que están estudiando, o de los temas que surgen en la clase de Religión, de la película que acabamos de ver con ellos, del comportamiento de ciertos compañeros…

Hay momentos muy propicios, como las sobremesas, en las que salen a colación acontecimientos o surgen temas de conversación. Pero también hay ocasiones no buscadas: al ir juntos en el coche, al salir de compras. En cualquier oportunidad que nos brinde la convivencia diaria puede surgir una reacción, un juicio, una pregunta, un comentario de incalculable valor formativo.

En primer lugar es preciso escucharle para hacernos cargo de cómo está su cabeza por dentro. Si no, corremos el peligro de soltar un "rollo" bien intencionado, pero poco útil para él. Para ello es bueno animarle a comentar, ‘tirarle de la lengua' con tacto y escuchar con paciencia a que termine sus explicaciones y preguntas, hacerle preguntas y observaciones para ver cómo es capaz de argumentar: “Lo que dices ¿se apoya en...?, ¿qué te hace pensar que...?, ¿y por qué piensas que esto es así...?”, pueden ser preguntas que obliguen a razonar más sólidamente, a no precipitarse o a no dejarse llevar por un simple prejuicio.

Conviene no cortar y corregir de manera tajante o airada, sino adaptarse a la situación y al clima de la conversación, a su capacidad de comprender; valorar sus puntos de vista aunque no siempre se les dé la razón. Si la conversación se acalora y vemos que no están receptivos a nuestras apreciaciones, conviene dejar que pase algún tiempo y cuando haya un clima de tranquilidad volver al asunto con tacto: “A propósito, ¿sabes que el otro día me quedé pensando en lo que dijiste?”… 


          (Publicado en el semanario La Verdad el 26 de mayo de 2023)

jueves, 12 de enero de 2012

LAS DOS MIRADAS SOBRE EL SER HUMANO (y II / II)


En la primera parte de este breve ensayo, llamábamos ‘mentalidad’ a un modo más o menos sistemático de entender la vida y la realidad, vigente de forma un tanto difusa en un momento histórico o cultural determinado. Y decíamos, según esto, que numerosos síntomas del presente parecen revelar la existencia, a grandes rasgos, de dos mentalidades contrapuestas, de dos miradas muy diferentes a la hora de considerar al ser humano y su valor. La primera, de la que hicimos una descripción fenomenológica, era la mirada pragmática. Hablemos ahora un poco de la segunda.

La mirada personalista, abierta al ser de las cosas

         No se trata de menospreciar o dejar a un lado la eficacia en la consideración de las personas, las cosas y los acontecimientos, sino de subordinarla al descubrimiento de la verdad y al respeto por la dignidad que poseen las personas por sí mismas, con independencia de su utilidad.

         Esta forma de contemplar el mundo y lo humano reconoce que hay una realidad que nos es dada de algún modo -interesante asunto, averiguar este modo en que la realidad nos es dada-. En el encuentro con esta realidad que no es un simple correlato de nuestro hacer o de nuestros deseos, sino algo previo y que nos supera y nos desborda, el ser humano tiene que dejarse asombrar. Aristóteles, como es sabido, decía que la filosofía nació precisamente de este asombro, que lleva al ser humano a preguntarse “por qué”.

         Esta mirada contemplativa y abierta a la realidad es respetuosa -decía Heidegger que el respeto consiste en “dejar ser al ser”-. Para la mirada utilitarista y pragmática la “verdad” sólo podía ser lo que responde o se adecua a la voluntad de poder: lo efectivo, lo hecho, los resultados. Ahora la verdad consiste en la adecuación del propio juicio y pensamiento al ser que constituye a cada cosa.

         No hay inconveniente en reconocer que dependemos de esa realidad que es “más grande” que nosotros. De hecho, cada uno va tomando conciencia a lo largo de sus primeros años de existencia de que forma parte de esa realidad, se encuentra a sí mismo “existiendo”. Ninguno de nosotros se ha dado el ser a sí mismo, sino que nos ha sido dado.

Aparece la persona

         Y otra cosa que advertimos con el paso del tiempo, y notablemente a través de la adolescencia, es que cada uno de nosotros es un ser irrepetible y único, que ocupa un lugar singular. Mi vida es mía, de una forma inequívoca. Dependemos de otros seres, evidentemente, pero no por ello dejamos de ser distintos de los otros, de las demás cosas. Estamos, en cierto modo, “en medio” del mundo –percibimos la realidad como algo que nos circunda y nos envuelve-, pero ejercemos nuestra existencia de forma propia y singular.

         Según esto, conocer es descubrir que se “se nos dan” cosas, que están “ahí”, ante nosotros, en la realidad, y averiguar lo que son. Ahora bien, juzgar esto –la realidad, las cosas, nuestro mismo existir– como algo positivo y que nos permite subsistir y aprender, desarrollar nuestras potencialidades de conocimiento, de acción, de relación, es captar su “bondad”. Y la captación de algo como bueno, como un cierto don que se nos concede, es el punto de partida del amor.

         Amar, inicialmente, es apreciar, valorar positivamente, “bendecir” algo. Y una vez descubierto su valor, contribuir libremente a su incremento, a su perfección.

         Pero otro dato que surge en el transcurso de nuestra experiencia acerca de “la vida”, de la realidad, es que nosotros también podemos y necesitamos aportar algo, intervenir, modificándola. Y que al hacerlo, de algún modo nos hacemos también a nosotros mismos, “crecemos”.

         Cada ser humano, a través de su experiencia y de su reflexión, se va descubriendo a sí mismo como “sujeto”, como alguien único en el mundo, responsable del contenido y de la orientación de sus acciones, con relación a sí mismo y con relación a las cosas y a las demás personas. Ser “alguien” no es lo mismo que ser “algo”. Cada ser humano es un “alguien” único, en desarrollo dinámico, dotado de una naturaleza o modo de ser constitutivo, pero también de una capacidad de iniciativa, y que se va perfilando a sí mismo en virtud de las propias decisiones y acciones, y de las relaciones con los demás. No dejamos de ser dependientes. Necesitamos las aportaciones ajenas.

No somos autosuficientes, pero a la vez podemos llegar a ser en gran medida dueños de nuestras acciones, protagonistas de nuestra propia vida. Somos responsables, somos libres. Esto es lo nuclear en toda persona. Una persona es un ser único e irrepetible, dotado de naturaleza racional (de inteligencia y voluntad), llamado a desarrollar su vida haciendo un uso responsable de su libertad.

Los otros sujetos humanos son “otros como yo”, y por consiguiente dotados de la misma singularidad, y merecedores del mismo respeto. Es decir, no se les puede tratar como si sólo fueran “algo”, porque cada uno de ellos es alguien.

Respeto, colaboración y ayuda mutua hacen que la convivencia humana sea fuente de vínculos recíprocos, y que la persona sea lo nuclear en la vida social: lo más importante en la sociedad son las personas, que son fines y nunca meros medios al servicio de otra cosa, ni siquiera del bien social.

Una persona es valiosa por sí misma, por el hecho de ser alguien. Su ser no se agota en su hacer; somos más que lo que hacemos. Y el modo de obrar sigue al modo de ser. Lo más fascinante del ser humano es que es “más grande” por dentro que por fuera. No son sus obras las que le hacen grande sino ese núcleo interior –íntimo- del que brotan los actos humanos. El yo. Esa intimidad es además la fuente de las novedades que el ser humano aporta al mundo.

Responsabilidad y tiempo

La acción respetuosa sobre el mundo circundante es un deber moral, puesto que ese mundo es la morada de los seres humanos. Quien atenta contra esa morada, atenta contra el ser humano. El dominio sobre la naturaleza no es –no debe ser- explotación, sino cultivo responsable llamado a hacer del mundo un lugar habitable y humanizado, en el que sea posible y positivo compartir la vida.

Para la mirada pragmática, el tiempo es “oro”.  Para la mirada abierta al ser, es mucho más. Es vida, desarrollo del propio ser, tarea, ocasión de dar y de encontrar sentido. Dar el propio tiempo es darse a sí mismo. El tiempo vital, el que brota de la intimidad, es ámbito de comunión, de relación humana y fuente de valor moral: “El tiempo que perdiste por tu flor –se dice en El principito- es lo que hace que tu flor sea tan importante… Eres responsable para siempre de lo que has domesticado, eres responsable de tu rosa.”

Las cosas que amamos, a las que dedicamos el tiempo de nuestra vida, se hacen más cercanas y más queridas, son rescatadas del anonimato, son “nuestras”; pero no como meros objetos de consumo o de posesión, sino en el sentido de lo que forma parte de la propia vida, de lo íntimo.

La mirada abierta al ser nos permite considerar al ser humano, hombre y mujer -de acuerdo con su naturaleza constitutiva- de un modo más hondo y enriquecedor. Superando reduccionismos, se dirige a una realidad que traspasa la apariencias y lo superficial, y que es fuente de un alto valor: de dignidad.

Esta mirada, esta mentalidad, es la que nos permite descubrir lo que significa ser persona. La que nos impulsa (obliga) a respetar a toda persona, incluido uno mismo. La que nos lleva a descubrir que la felicidad, la plenitud a la que aspira todo ser humano, se alcanza por medio de la autodonación libre y amorosa.  A.J. 


Ainhoa Fernández del Rincón, cooperante española secuestrada en el Sáhara, y querida amiga. Su entrega y dedicación por las demás personas es un testimonio vivo de la dignidad humana.

martes, 10 de enero de 2012

LAS DOS MIRADAS SOBRE EL SER HUMANO (I/II)


Entendemos aquí ‘mentalidad’ como un modo más o menos sistemático de entender la vida y la realidad, vigente de forma un tanto difusa en un momento histórico o cultural determinado. Según esto, puede decirse que numerosos síntomas del presente parecen revelar la existencia, a grandes rasgos, de dos mentalidades contrapuestas, de dos miradas muy diferentes a la hora de considerar al ser humano y su valor.

Pragmatismo

Por un lado está la que llamaríamos mirada o mentalidad pragmática, que puede caracterizarse como un modo de considerar las cosas y los acontecimientos según un cálculo de intereses y de utilidad. La realidad sería el ámbito de realización de los intereses humanos, en el que el hombre está llamado a ejercer un control y un dominio efectivo sobre las cosas. Saber acerca de las cosas sería una forma de poder. En expresión de Tomás Hobbes, “conocer una cosa significa saber qué se puede hacer con ella cuando se tiene”.

La meta de la vida humana según esta visión sería el éxito, la consecución de los propios proyectos. El ser humano se hace a sí mismo digno en la medida en que satisface sus necesidades y deseos, en que consigue hacerse a sí mismo autosuficiente, no carecer de lo que desea o necesita –aquí ya no sería nada fácil distinguir entre necesidad y deseo-. Para ello dispone de poderosos instrumentos: la economía, la ciencia, la política, la técnica… Además, la naturaleza, el entorno formado por los seres que rodean al hombre, queda reducida a una mera fuente de recursos, a un stock de bienes de consumo y transformación para su aprovechamiento y explotación inmediatos. Una de las expresiones más rotundas de esta mentalidad es el mercantilismo que, al extender criterios y procedimientos del mercado a los demás ámbitos de la vida humana, ha sustituido el valor de las cosas por su precio. Una de las formas más extendidas de medir el valor de algo (un negocio, una empresa, un objeto, un producto, etc.) es averiguar si “la gente” está dispuesta a pagar dinero por ello.

En este planteamiento, también las relaciones humanas son valoradas por su utilidad. Las demás personas adquieren un valor en la medida en que resultan útiles, en que se hacen valer por sus cualidades, éxitos, fortalezas, medios económicos, posición social, poder político… Y así pueden ser susceptibles de envidia y de admiración, pero también de uso y eventual sustitución, pueden ser rivales en la lucha por el poder o el triunfo o socios que, mientras lo aconseje la eventual confluencia de intereses, trabajan por su logro o incremento.

En El principito, Antoine de Saint-Exupèry presenta a un joven  príncipe que, descantado y a la búsqueda de alguien de quien hacerse amigo, llega a una serie de planetas solitarios cuyos habitantes –un rey, un vanidoso, un geógrafo, un bebedor, un hombre de negocios…- no ven en el pequeño visitante sino a un súbdito, un admirador, un explorador, una molesta interrupción en sus negocios… Es decir, sólo lo contemplan en tanto en cuanto presenta o no para ellos una utilidad. Tras dialogar con cada uno de ellos, el principito abandona sus planetas porque en ellos “no hay lugar para dos”. Se da cuenta de que no es valorado por sí mismo, por ser él, una persona única con la que es posible entablar una relación de amistad, no utilitarista. A nadie se le escapa que esta parábola alude a que un modo reduccionista de considerar al ser humano es fuente de desencuentros, conflictos, malentendidos, abusos, injusticias a pequeña o gran escala. Y de una gran soledad y falta de sentido.

Para esta mirada pragmática acerca de la vida, el tiempo es medido también por su utilidad. El tiempo es oro, un capital que se gasta al utilizarlo y que no debe desperdiciarse en cosas inútiles, sino que ha de invertirse de forma rentable. “Ganar tiempo” sería hacer negocios, producir más, tener más cosas, vivir deprisa. El propio libro que acabamos de mencionar –en el que aparece, por ejemplo, un vendedor de pastillas que calman la sed y permiten ahorrar tiempo, pero que impiden disfrutar de un tranquilo paseo hacia una fuente–, u otros como Momo, de Michael Ende, insisten en una visión más profunda sobre el tiempo, que posee un tipo de valor más hondo que el económico y material.

La mirada del pragmatismo, en suma, es febril, vertiginosa. Y también superficial, incapaz de ofrecer fundamento a proyectos vitales de envergadura. Es correr muy deprisa hacia no se sabe dónde, viajar en aviones, naves y trenes de alta velocidad cuyo destino, en el fondo, se desconoce. “La nuestra, dijo Einstein, es una época de medios perfectos y de metas confusas”.
(Continuará)