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jueves, 20 de febrero de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (130)

UNA SOCIEDAD INMADURA NO EDUCA (I)

 


            Tengo la impresión de que millones de adolescentes son educados por… millones de adolescentes”, escribe la pedagoga y maestra Mercedes Ruiz Paz. 

Se habla incluso de una “sociedad adolescente” para referirse a aquella cuya mentalidad dominante ostenta rasgos de inestabilidad, inseguridad, narcisismo e inmadurez. Muchas voces advierten de que nuestras sociedades líquidas -Abilio de Gregorio hablaba incluso de “sociedades gaseosas”- registran una notable tendencia en numerosas personas a eludir comportamientos propios de la madurez y la vida adulta: compromiso, autonomía responsable, toma de decisiones, autocontrol, etc. Actualmente podría decirse, en palabras de Juan Antonio G. Trinidad, que “la adolescencia es un periodo de la vida que empieza con la pubertad y termina… con la vejez”.

La crisis de la educación actual es posiblemente una crisis de educadores, empezando por la familia, pues en muchos casos encontramos que, unas veces por ignorancia, otras por incapacidad, los padres no educan a sus hijos. Son padres permisivos que no valoran ni asumen la responsabilidad de ser padres y, en consecuencia, tampoco exigen responsabilidad a sus hijos. Ello suele generar con el tiempo “adultos-adolescentes” irresponsables y con escaso autocontrol.

Hablando más en general, determinadas manifestaciones sociales y culturales (consumismo, ocio comodón, emotivismo, gregarismo ideológico…) nos hablan de una extendida tendencia a rehuir las responsabilidades, a vivir en el inmediatismo, el hedonismo y el subjetivismo moral, y a esquivar compromisos a largo plazo. Al mismo tiempo los deseos se han erigido como fuente de corrección política y del derecho, lo cual resulta nefasto, pues no basta que algo se desee mucho para que sea justo. Preocupa también la falta de resiliencia y el vacío existencial que se han extendido de manera preocupante. Fenómenos como la llamada posverdad manifiestan una incapacidad para valorar de manera objetiva y realista situaciones e informaciones, y para concebir el bien más allá del subjetivismo y de lo legalmente establecido. 

En esa misma línea hallamos un curioso fenómeno: se multiplican las normas, las leyes y reglamentos sociales, con los cuales se pretende controlar el comportamiento de los individuos y garantizar la justicia, la igualdad, el orden y la cohesión social. Pero a la vez se multiplican las excepciones: indultos, cambios legales, amnistías, etc. para favorecer a determinados transgresores afectos a los ámbitos de poder; con lo cual se viene a instalar la idea adolescente de que en determinados casos se pueden transgredir las normas y no pasa nada. Al menos mientras no te pillen. Más aún, que “ser listo” consiste precisamente en que no te pillen; existe una recompensa social para quien se instala en los ámbitos del poder o en todo caso triunfa saliéndose con la suya.

Si los ciudadanos no piensan más que en su propio beneficio particular y a corto plazo, la vida social se deteriora; si los políticos se centran en ofrecer subvenciones y los ciudadanos se conforman con recibirlas, acaba envileciéndose.  

El educador -padre o docente- ha de estar caracterizado por una escala de valores y una voluntad de mirar a la excelencia que no ceda a la comodidad y el cortoplacismo. Una persona y una sociedad inmaduras no pueden educar, porque nadie da lo que no tiene.

(Publicado en el semanario La Verdad el 14 de febrero de 2025)

sábado, 20 de abril de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (100)

EL VALOR DE LA PERSEVERANCIA


        La constancia es un valor humano que puede suplir muchos talentos, ingrediente necesario en la consolidación de todo hábito positivo, en toda virtud genuina. Sin embargo, no puede ser suplido por ningún otro valor. La generosidad, el respeto, la paciencia, la resistencia a la frustración, la responsabilidad, el esmero en el trabajo, la compasión… toda virtud, en fin, se adquiere mediante la reiteración de actos a impulso de una voluntad persistente.

Por ello, si queremos que una persona consolide y saque a la luz su mejor versión, es importante ayudarle para que actúe de forma perseverante y persistente. 

            Es conocida aquella fábula en la que dos ranas cayeron en un recipiente de nata y empezaron a hundirse.Al principio, las dos patalearon en la nata para llegar al borde del recipiente, pero era inútil; sólo conseguían chapotear y hundirse cada vez más. Una de ellas exclamó: “No puedo más. Es imposible salir de aquí. Y ya que voy a morir no veo por qué prolongar este sufrimiento. No tiene sentido morir agotada por un esfuerzo estéril”. Dicho esto dejó de patalear y se hundió con rapidez. 

            La otra rana, más persistente, se dijo: “¡Uff... parece imposible, sin embargo mi familia y mis amigos me esperan; mientras pueda, no debo dejar de intentarlo.”Siguió chapoteando en el mismo lugar durante un buen tiempo… y, de pronto, de tanto patalear y batir las ancas, la nata se fue convirtiendo en mantequilla. Sorprendida, la rana dio un salto y llegó hasta el borde del recipiente. Una vez fuera, pudo regresar a casa croando alegremente.

El esfuerzo perseverante no es la virtud suprema, ciertamente, pero sin él no puede arraigar en el carácter ningún valor humano de envergadura. No obstante, especialmente en tiempos o en ambientes de permisividad o de hedonismo -de aprecio excesivo del placer y de la comodidad-, el esfuerzo se convierte de por sí en una virtud notable. 

Se ha puesto de moda el término resiliencia, que vendría a significar más o menos lo mismo que la virtud de la fortaleza. Hablamos en el fondo de un valor humano decisivo para la formación del carácter y para contar con personas capaces de afrontar dificultades y adversidades, en quienes se pueda confiar para encomendarles responsabilidades, liderar grupos, sostener proyectos... Es también una clave importante para la educación emocional puesto que conlleva autodominio y es fuente de serenidad, de estabilidad y de equilibrio.

Si queremos enriquecer nuestro carácter, mejorar nuestras actitudes y comportamientos, es preciso luchar con perseverancia para corregir nuestros defectos. La nuestra es una naturaleza “herida” (son las consecuencias del pecado original, que tantos pensadores y pedagogos han constatado, atribuyéndolas a los más diversos factores y llegando a malentenderlas en muchos casos; Rousseau, por ejemplo, las refería a la vida en sociedad y a la propiedad privada). Por ello, es preciso el esfuerzo permanente y la apertura a la gracia divina para reconducir nuestra vida al bien, a la verdad y a la belleza, en lucha paciente contra nuestro defecto o defectos dominantes y fomentando la virtud de manera perseverante. 

Aquí encaja muy bien la afirmación de Viktor Frankl: “quien tiene un para qué encontrará y podrá soportar el cómo”. No se trata de no caer, sino, cuando se tiene un “para qué”, de no cansarse nunca de estar empezando siempre.

(Publicado en el semanario La Verdad el 19 de abril de 2024)

 

viernes, 8 de abril de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (23)

AUTOESTIMA Y TOLERANCIA DE LA FRUSTRACIÓN



Para ayudar a un niño o niña a mejorar en su autoestima es preciso que aprenda a afrontar los problemas y limitaciones, incluyendo también los fracasos. Es importante asumir que la frustración forma parte de la vida, porque las cosas no siempre resultan como esperábamos y las ilusiones que teníamos puestas en algo a veces no se cumplen. Muy a menudo no se puede evitar, pero sí podemos aprender a manejarla y a superarla. 

La baja tolerancia a la frustración causa bloqueo, desaliento, enfado e incapacidad ante las molestias y problemas, provocando la huida o la mala solución de los mismos. A veces, ante un niño con baja autoestima, los padres se dejan llevar por la pena, le sobreprotegen y dejan de apoyar sus esfuerzos. Toman las decisiones por él, excusan su conducta, hacen sus deberes escolares o cuidan en exceso sus necesidades personales. Les ahorran las consecuencias de sus errores, pero les hacen más vulnerables y dependientes, con lo cual, sin quererlo, alimentan más en ellos la creencia de que son incompetentes o torpes. 

La protección real consistiría en enseñar a estos niños a tomar decisiones eficaces para afrontar los retos que se les presentan y en alentar sus esfuerzos, en ayudarles a fijarse objetivos alcanzables y a pensar en planes para lograrlos, en ayudarles a ver lo que pueden y no pueden controlar. 

Desde hace unas décadas, se ha generado una verdadera industria de libros de autoayuda y de programas de mejora de la autoestima no muy bien orientados, derivando hacia una autoestima vacía y narcisista. La falsa autoestima, especialmente cuando busca negar una imagen poco gratificante de sí mismo y no lleva a una autoaceptación sincera, puede causar muchos daños.

La atención a la autoestima se torna enfermiza cuando para evitar ciertos males se siguen pautas como: no culpabilizar en absoluto, hacer todo fácil y rebajar los ideales para evitar la decepción, aprobar o excusar cuando uno no lo merece, alabar independientemente del comportamiento, recibir premios sin estar relacionados con sus acciones. De esta forma artificiosa se puede conseguir que los niños se sientan bien, pero se les hace consentidos y no se les prepara sólidamente para enfrentarse a una realidad testaruda y frustrante.

Una autoestima saludable no consiste en decirse constantemente lo valioso que soy. Hay que promover por el contrario una autoestima ganada, merecida. Los padres harían un gran servicio a sus hijos ayudándoles a desarrollar habilidades para actuar con responsabilidad personal y preocuparse por los demás. 

Los niños necesitan aprender a identificar, expresar y controlar sus sentimientos, a controlar sus impulsos y a demorar la gratificación, a manejar las situaciones de ansiedad y a perseverar frente a los reveses y dificultades de la vida, mantener el interés aunque no les guste el trabajo que tienen que hacer. 

El niño que adquiere el dominio de sí mismo, se responsabiliza de sus acciones y se esfuerza por alcanzar metas valiosas, estará preparado para afrontar los retos de la vida en su trabajo y en las relaciones sociales, y la autoestima vendrá sola. La nadadora Teresa Perales, poseedora de 27 medallas olímpicas y 20 medallas en los campeonatos mundiales, recomienda: “No pidas una carga ligera, pero tampoco penalidades, pide una espalda fuerte capaz de sobrellevarlas.”

Con frecuencia, somos más felices cuando nos implicamos en actividades que no nos hacen pensar en nosotros mismos. Paradójicamente, la autoestima positiva se desarrolla cuando uno se olvida de sí mismo. 

 

(Publicado en el semanario La verdad el 25 de marzo de 2022)