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sábado, 20 de septiembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (148)

DEL DESEO DE APRENDER AL AUTODOMINIO


Una educación orientada y centrada en el desarrollo de la persona hacia su plenitud ha de partir indispensablemente del asombro y el deseo innato de aprender que observamos en la infancia. 

El educador (padre, maestro…) ha de suscitarlos para propiciar el aprendizaje y el ejercicio de experiencias significativas a través del trabajo (reflexión, esfuerzo, responsabilidad, constancia, adquisición y ejercicio de hábitos) y de la convivencia. Esto ayuda al niño y al joven a avanzar hacia la verdadera libertad, que no consiste simplemente en “querer”, sino en “saber querer”: en ser dueño de uno mismo y optar por lo bueno, lo justo, lo valioso, lo verdadero.

La adolescencia, se ha dicho, es la segunda edad de oro del aprendizaje; y aunque la infancia es más fundamental porque sienta las bases del desarrollo, aquella lo es en otro sentido, porque es la última gran oportunidad del educando para tomar decisiones importantes para su cerebro, su personalidad y su orientación vital.

El cerebro adolescente cambia de manera fantástica. Freud consiguió convencer a muchos de que la infancia vivía bajo el régimen del deseo, del que salía para entrar en el tremendo régimen de la realidad. Se olvidó de que entre ambos hay una etapa extraordinariamente fértil: la edad de la posibilidad, de la conciencia de la propia singularidad, característica esencial de la adolescencia.

La adolescencia es la época de la posibilidad y de la adquisición/consolidación del carácter, ya que coincide con el desarrollo de los lóbulos frontales del cerebro y el fortalecimiento de las funciones ejecutivas. Al mismo tiempo aparece el afán de autonomía personal, de una libertad sin barreras, necesitada sin embargo de referencias consistentes. Suele ser también, por ello, escenario de significativas frustraciones de las que es preciso también aprender.

Afirma José A. Marina que “según la Neurociencia, la experiencia consciente emerge del trabajo no consciente de nuestro cerebro y a partir de ella podemos introducir variaciones en la formidable maquinaria neuronal”. En un horizonte de comprensión más abarcador, este bucle prodigioso lo denominamos con palabras que comienzan por el prefijo “auto”: autocontrol, autorregulación, autodeterminación...; autodominio, en suma.

El autodominio implica actuar voluntariamente sobre nuestra inteligencia y sobre nuestra afectividad para orientarlas hacia valores significativos, hacia ideales de excelencia humana. Supone también el ejercicio continuado y bien orientado que nos hace pasar del “querría”, “me gustaría”… al logro efectivo, al “lo hago”.

La persona aprende a dirigirse a sí misma, a autogestionarse. El autodominio (los clásicos hablaban de prudencia, templanza, fortaleza y justicia…) es la función ejecutiva central en el desarrollo de nuestra personalidad. Es una capacidad más o menos amplia para dirigir, cambiar o bloquear las operaciones y los impulsos. Y su efecto es colosal, porque permite que el cerebro “se construya” a sí mismo. Más aún, lo que se forja y se eleva, paulatinamente, es la personalidad madura. 

Así pues, este momento decisivo del desarrollo de la personalidad consiste en aprender a dirigir aquella poderosa “maquinaria neuronal” -una base que nos capacita para el autoaprendizaje y que no conocemos del todo- hacia metas valiosas, elegidas voluntariamente. Es el proceso y el fruto de una lenta y bien dirigida educación. Tanto en el colegio como en la familia, el norte ha de estar en el mismo sitio.

(Publicado en el semanario La Verdad el 19 de septiembre de 2025)

miércoles, 2 de abril de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (135)

MAMÁ, QUIERO SER INFLUENCER (y III)

 


Una respuesta educativa ante el fenómeno de la irrupción de los influencers y de la dependencia emocional hacia las pantallas y redes sociales, tan extendido hoy, ha de ser consciente de la fuerza del emotivismo que caracteriza la mentalidad dominante y su repercusión en la educación de niños y jóvenes y en la maduración de las personas en general.

Lo primero a tener en cuenta es que los educadores tengamos claro qué tipo de persona queremos que sean nuestros hijos o alumnos y por qué, lo que ha de llevar a plantear para ellos una “saludable educación del carácter”.

En esta línea, se tratará de educar para el autodominio. Ser dueño de uno mismo es otra forma de decir libertad. Esta no consiste en hacer lo que me apetece, dejándose llevar de las emociones y de los estímulos agradables de manera irreflexiva, sino en elegir lo mejor tras haberlo pensado bien (deliberación, juicio de valor) y haberlo decidido (voluntad).

La reflexión, la responsabilidad y la constancia son aspectos básicos de una personalidad equilibrada y madura. La persona madura es la que piensa, decide y actúa por sí misma, frente a la inmadurez de quienes dejan que sean otros -a través de dispositivos y pantallas en este caso- los que piensen, decidan y actúen por uno mismo. 

Algunas pautas importantes pueden ser:

1) Actuar después de haber reflexionado, y no reaccionando impulsivamente frente a los estímulos de agrado y desagrado: con otras palabras, párate y piensa antes de actuar; y piensa también después de haber actuado: “por qué ha ocurrido esto o aquello, cómo debería haber actuado...”

2) Entrenar en el fortalecimiento de la voluntad: afrontar las dificultades y el desagrado, vencer la pereza, el inmediatismo (no reaccionar impulsivamente ante los estímulos, aplazar la satisfacción de los deseos), valorar la sobriedad, resistirse a los caprichos, aprender a decir y a aceptar el “no”. John Stuart Mill, uno de los padres de la psicología moderna, decía: “De quienes no se han negado nunca una cosa lícita, no se puede esperar con seguridad que se nieguen cosas ilícitas”. Una persona con voluntad, con personalidad, que sabe retrasar las recompensas, es más dueña de sí, es más fuerte y llegará más lejos que una persona inteligente. 

Aldo Naourien su libro Padres permisivos, hijos tiranos, afirma: "Los padres deben ser educadores,deben saber, por amor a sus hijos, fijar límites y establecer prohibiciones, sin intentar justificarse ni seducir. El cariño no está reñido con la firmeza, la reclama incluso. Deben encauzar esa considerable energía del niño desde la primera infancia para que pueda crecer, controlar su energía y aprender a utilizarla. Educar es ofrecer seguridad, orientar; pero también es frustrar. A menudo digo a los padres que deben resignarse a no ser unos padres ‘amados’ por sus hijos."

            3) Los adultos (padres y educadores) no debemos ser dependientes del móvil o de las redes y las pantallas; no tengamos el móvil delante ni parezcamos enganchados a él ante nuestros educandos. Centremos nuestra atención en las personas con las que estamos y hablamos, obsequiándoles nuestro tiempo, nuestra paciencia... Dediquemos tiempo a los hijos para que no se busquen sucedáneos virtuales. Enseñemos a conectar con los amigos, con quienes queremos, en la vida real. Ofrezcamos alternativas valiosas para el tiempo de ocio: salidas a la naturaleza, encuentros frecuentes con familias amigas con las que se sintoniza en valores, celebraciones familiares, actividades de voluntariado, asistencia a representaciones teatrales, cultivo de la lectura en el ámbito familiar, etc.


(Publicado en el semanario La Verdad el 28 de marzo de 2025)

sábado, 20 de abril de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (100)

EL VALOR DE LA PERSEVERANCIA


        La constancia es un valor humano que puede suplir muchos talentos, ingrediente necesario en la consolidación de todo hábito positivo, en toda virtud genuina. Sin embargo, no puede ser suplido por ningún otro valor. La generosidad, el respeto, la paciencia, la resistencia a la frustración, la responsabilidad, el esmero en el trabajo, la compasión… toda virtud, en fin, se adquiere mediante la reiteración de actos a impulso de una voluntad persistente.

Por ello, si queremos que una persona consolide y saque a la luz su mejor versión, es importante ayudarle para que actúe de forma perseverante y persistente. 

            Es conocida aquella fábula en la que dos ranas cayeron en un recipiente de nata y empezaron a hundirse.Al principio, las dos patalearon en la nata para llegar al borde del recipiente, pero era inútil; sólo conseguían chapotear y hundirse cada vez más. Una de ellas exclamó: “No puedo más. Es imposible salir de aquí. Y ya que voy a morir no veo por qué prolongar este sufrimiento. No tiene sentido morir agotada por un esfuerzo estéril”. Dicho esto dejó de patalear y se hundió con rapidez. 

            La otra rana, más persistente, se dijo: “¡Uff... parece imposible, sin embargo mi familia y mis amigos me esperan; mientras pueda, no debo dejar de intentarlo.”Siguió chapoteando en el mismo lugar durante un buen tiempo… y, de pronto, de tanto patalear y batir las ancas, la nata se fue convirtiendo en mantequilla. Sorprendida, la rana dio un salto y llegó hasta el borde del recipiente. Una vez fuera, pudo regresar a casa croando alegremente.

El esfuerzo perseverante no es la virtud suprema, ciertamente, pero sin él no puede arraigar en el carácter ningún valor humano de envergadura. No obstante, especialmente en tiempos o en ambientes de permisividad o de hedonismo -de aprecio excesivo del placer y de la comodidad-, el esfuerzo se convierte de por sí en una virtud notable. 

Se ha puesto de moda el término resiliencia, que vendría a significar más o menos lo mismo que la virtud de la fortaleza. Hablamos en el fondo de un valor humano decisivo para la formación del carácter y para contar con personas capaces de afrontar dificultades y adversidades, en quienes se pueda confiar para encomendarles responsabilidades, liderar grupos, sostener proyectos... Es también una clave importante para la educación emocional puesto que conlleva autodominio y es fuente de serenidad, de estabilidad y de equilibrio.

Si queremos enriquecer nuestro carácter, mejorar nuestras actitudes y comportamientos, es preciso luchar con perseverancia para corregir nuestros defectos. La nuestra es una naturaleza “herida” (son las consecuencias del pecado original, que tantos pensadores y pedagogos han constatado, atribuyéndolas a los más diversos factores y llegando a malentenderlas en muchos casos; Rousseau, por ejemplo, las refería a la vida en sociedad y a la propiedad privada). Por ello, es preciso el esfuerzo permanente y la apertura a la gracia divina para reconducir nuestra vida al bien, a la verdad y a la belleza, en lucha paciente contra nuestro defecto o defectos dominantes y fomentando la virtud de manera perseverante. 

Aquí encaja muy bien la afirmación de Viktor Frankl: “quien tiene un para qué encontrará y podrá soportar el cómo”. No se trata de no caer, sino, cuando se tiene un “para qué”, de no cansarse nunca de estar empezando siempre.

(Publicado en el semanario La Verdad el 19 de abril de 2024)

 

sábado, 15 de enero de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (12)

EDUCACIÓN DEL CORAZÓN, EDUCACIÓN DE LA PERSONALIDAD



 

La afectividad, veníamos diciendo, necesita ser educada -no anulada- para que forme un todo armónico con la inteligencia y la voluntad y nos ayude a configurar nuestra personalidad de manera íntegra y cabal, completa. 

Uno de los rasgos de la madurez personal es actuar, no por "dependencia emocional" hacia algo o hacia alguien, sino reflexionando al decidir. No tomar decisiones porque “tengo ganas o no”, “me gusta o no me gusta”, “me apetece o no”, “lo hacen o no lo hacen los demás”... Esta forma de decidir es muy pobre y fácil de manipular. Es necesario entrenarse en la exigencia de optar por lo bueno, lo justo, lo valioso, lo verdadero, a pesar de que sea costoso. 

Una educación de la persona así entendida, una “educación del corazón", deberá desarrollar tres aspectos:

1.- Educación afectiva: su finalidad es conseguir un estilo afectivo (sensibilidad, asombro, autoconocimiento, respeto) que sintonice con los buenos valores.

2.- Educación de la voluntad y del carácter: se trata de ayudar a construir los instrumentos psicológicos de autocontrol necesarios para el dominio de uno mismo, para un comportamiento libre y responsable.

3.- Educación ética: enseñar a percibir y a hacer propios unos valores y comportamientos morales que orienten nuestra vida al bien.

No debemos perder de vista que en el ser humano la inteligencia emocional no se puede ni se debe separar -aunque sí distinguir- de la inteligencia moral. Porque en el ser humano, si bien son de gran importancia los sentimientos, emociones y estados de ánimo, donde se juega la autorrealización de la persona, sus relaciones, el sentido y la orientación de su vida, es ante el bien y el mal. Y el bien no es sólo lo deseado por la voluntad o lo que apetece. Platón vio muy bien que el el bien lo abraza todo, no solo el objeto del deseo.

Se trata de ser dueño de uno mismo. "Autodominio" es otra forma de decir libertad. La libertad no consiste en hacer lo que me apetece, sino en elegir lo mejor tras haberlo pensado bien y haberlo decidido. 

El autodominio presenta dos aspectos: el autocontrol para orientar adecuadamente deseos, sentimientos y emociones, y la fortaleza o resiliencia para afrontar las dificultades, vencer la pereza, los deseos incontrolados y las timideces. Todo ello después de haber juzgado sabiamente acerca de lo que es mejor en cada caso. 

La libertad y la inteligencia “afectiva”, así pues, consisten, primero, en saber querer: en saber lo que se quiere y que esto sea realmente valioso, por una parte; y por otra, en aplicar los medios para alcanzar las metas propuestas, siendo consecuentes, luchando contra la pereza, las dificultades y asperezas que surjan: es la fuerza de voluntad, la constancia, la capacidad de superación, la resiliencia, la honestidad firme. También incluye gozarse en el bien, saber disfrutarlo y agradecerlo.

La construcción de la personalidad es desarrollo humano integral, labor de esfuerzo para vencer las limitaciones y, sobre todo, empeño para forjar hábitos estables que permitan a la persona alcanzar un grado de madurez por el cual esta se convierte, como decía Nelson Mandela, en “el dueño de mi destino, el capitán de mi alma”.

(Publicado en el semanario LA VERDAD el 31 de diciembre de 2021) 

sábado, 9 de febrero de 2013

LIBERTAD Y AUTODOMINIO




            No es lo mismo necesitar que desear. Pero en un sociedad consumista no es fácil distinguir ambas cosas; y esto hace más difícil la tarea de educar el carácter y la personalidad, no sólo de niños y jóvenes, sino también de los adultos.
            La publicidad, entre otros medios de persuasión, tiende a borrar la frontera entre la necesidad auténtica y el simple deseo, por intenso que pueda ser. Un deseo, un apetito, puede obedecer a motivos no siempre necesarios, ser fruto de una ‘necesidad’ artificialmente creada.
            Gracias a los resortes persuasivos de una publicidad dotada de espectaculares medios de seducción, se puede asociar un producto –una bebida alcohólica o un perfume de tal marca, por ejemplo- con la satisfacción de un deseo -tener éxito o relaciones personales satisfactorias, tal vez-. Consecuentemente, dicho producto será percibido por el receptor, consciente o inconscientemente, como deseable, y por lo tanto como ‘bueno’.
            Pero lo que se presenta aquí como ‘bueno’ (apariencia) puede obedecer a una asociación inadecuada entre el producto y la satisfacción gozosa y profunda de una necesidad de gran calado e importancia: para establecer relaciones personales valiosas hace falta algo más que un estado de ánimo desinhibido o un desodorante (lo que no quiere decir, en este último caso, que la higiene personal carezca de importancia, por supuesto).
            Es muy fácil que se produzcan formas sutiles y a veces mostrencas de manipulación cuando existe la posibilidad de manejar los sentimientos y las reacciones emocionales de personas masificadas, carentes de lucidez y de fortaleza para pensar, decidir y actuar por sí mismas; acostumbradas a “hacer como todo el mundo” y en definitiva, a dejarse llevar por lo que apetece.          


Para captar lo auténticamente valioso

            A este respecto conviene, en primer lugar, promover en los niños y jóvenes la reflexión pausada, serena y silenciosa, a menudo a partir de experiencias (personales o ajenas) de las que se pueda extraer una lección para la vida, con el fin de que aprendan a distinguir lo verdadero y lo aparente, lo importante y lo secundario, la satisfacción inmediata de los apetitos y el valor del autodominio.
            Pero a su vez, y en segundo lugar, es preciso adquirir fortaleza para decir “no” a algo que atrae sensiblemente pero que no es digno o realmente necesario. Sólo quien sabe que ese “no” es en realidad un “sí” a un gozo y a un bien mayores tiene fuerza para no dejarse persuadir.
            La captación eficaz de la diferencia que hay entre el ‘goce’ (externo, superficial, primario, que no llena de verdad) y el ‘gozo’ (íntimo, profundo, permanente, que es fuente de plenitud) no es teórica, sino que se extrae de la propia experiencia. De ahí la importancia de una temprana dedicación de niños y muchachos a tareas que supongan una entrega generosa y abnegada, fuente de satisfacciones personales profundas, y que se puedan percibir como algo realmente más gozoso que la mera satisfacción de los caprichos.


Pautas para la educación en el autodominio

            En un corazón pleno y radiante no hay necesidad de llenar o disimular carencias y vacíos afectivos. El corazón humano no se llena de verdad con placeres superficiales ni con bagatelas emocionales. Por lo mismo, no es bueno incentivar comportamientos por medio de la codicia o la envidia, sino impulsar a la superación de sí mismo y a la generosidad.
El dominio de uno mismo se manifiesta en la conducta a través de gestos, actitudes y hábitos de serenidad, equilibrio, elegancia, responsabilidad. Todo ello es fruto de una capacidad de abnegación y superación personal por la que una persona se comporta, no de modo caprichoso, imprevisible y voluble, sino de forma tal que inspira y suscita la confianza de los demás, que esperan -con cierto fundamento- que se ponga lo mejor de uno mismo en lo que se hace, y que se actúe del mejor modo posible.
            Pero esa capacidad de superación personal y de responsabilidad no se improvisa, ni se aprende sólo en los libros. Es fruto del ejercicio constante de pequeños actos de dominio personal, de vencimiento propio, de negarse a actuar movido por caprichos intrascendentes o por la propia comodidad. Un modo de actuar fundando en motivos de verdadero calado: la generosidad, el amor a la obra bien hecha, el deseo de superar dificultades y resolver problemas, de hacer la vida más agradable y digna para los demás, etc. William James decía que “no se puede esperar de una persona que se niegue a hacer algo ilícito si antes no ha sido capaz de negarse a sí mismo cosas lícitas”.
            La repetición, la insistencia y la constancia -no cansarse nunca de volver a empezar- consolidan los hábitos y los hacen cada vez más fáciles y gozosos. Es, en definitiva, el “entrenamiento de una voluntad” y el cultivo de una personalidad que aspiran a bienes de notable envergadura.
            Pero la mera repetición de hábitos no difiere sin más de una rutinaria costumbre, a no ser que sea orientada por ideales valiosos, que merezcan la pena, por valores o metas significativas que impulsan a la superación personal.
            Pero la educación en valores (o virtudes), decía Tomás de Aquino que no se adquiere en solitario. La forma más eficaz de aprender a vivir es, afirmaba, por “connaturalidad”, es decir, conviviendo con personas que actúan habitualmente de forma virtuosa, viendo cómo viven y tomándolas como referente, buscando emularlas, aprendiendo de sus experiencias, motivándose al recibir su aprobación.
            Con lo cual venimos a parar a otra condición esencial de la educación del carácter: la presencia de educadores que enseñan lo que viven y que viven lo que enseñan. Dicho de otro modo, la condición más importante para la educación en la virtud es la comunicativa cercanía de maestros de vida. A.J.



lunes, 30 de mayo de 2011

Educar en el dominio de uno mismo

             No es lo mismo necesitar que desear. Pero en un sociedad consumista no es fácil distinguir ambas cosas; y esto hace más difícil la tarea de educar el carácter y la personalidad, no sólo de niños y jóvenes, sino también de los adultos.
            La publicidad, entre otros medios de persuasión, tiende a borrar la frontera entre la necesidad auténtica y el simple deseo. Un deseo, un apetito, puede obedecer a motivos no siempre necesarios, ser fruto de una ‘necesidad’ artificialmente creada.
            Gracias a los resortes persuasivos de una publicidad dotada de espectaculares medios de seducción, es fácil asociar un producto –una bebida alcohólica o un perfume de tal marca, por ejemplo- con la satisfacción de un deseo -tener éxito o relaciones personales satisfactorias, tal vez-. Consecuentemente, dicho producto será percibido por el receptor, consciente o inconscientemente, como deseable, y por lo tanto como ‘bueno’.
            Pero lo que se presenta aquí como ‘bueno’ (apariencia) puede obedecer a una asociación inadecuada entre el producto y la satisfacción gozosa y profunda de una necesidad de gran calado e importancia: para establecer relaciones personales valiosas hace falta algo más que un estado de ánimo desinhibido o un desodorante (lo que no quiere decir, en este último caso, que la higiene personal carezca de importancia, por supuesto).
            Es muy fácil que se produzcan formas sutiles y a veces mostrencas de manipulación cuando existe la posibilidad de manejar los sentimientos y las reacciones emocionales de personas masificadas, carentes de lucidez y de fortaleza para pensar, decidir y actuar por sí mismas; acostumbradas a “hacer como todo el mundo” y en definitiva, a dejarse llevar por lo que apetece, por lo más cómodo, o por lo que se presenta como tentador.   

Para captar lo auténticamente valioso
            A este respecto conviene, en primer lugar, promover en los niños y jóvenes la reflexión pausada, serena y silenciosa, a menudo a partir de experiencias (personales o ajenas) de las que se pueda extraer una lección para la vida, con el fin de que aprendan a distinguir lo verdadero y lo aparente, lo importante y lo secundario, la satisfacción inmediata de los apetitos y el valor del autodominio.
            Pero a su vez, y en segundo lugar, es preciso adquirir fortaleza para decir “no” a algo que atrae sensiblemente pero que no es digno o realmente necesario. Sólo quien sabe que ese “no” es en realidad un “sí” a un gozo y a un bien mayores tiene fuerza para no dejarse persuadir.
            La captación eficaz de la diferencia que hay entre el ‘goce’ (externo, superficial, primario, que no llena de verdad) y el ‘gozo’ (íntimo, profundo, permanente, que es fuente de plenitud) no es teórica, sino que se extrae de la propia experiencia. De ahí la importancia de una temprana dedicación de niños y muchachos a tareas que supongan una entrega generosa y abnegada, fuente de satisfacciones personales profundas, y que se puedan percibir como algo realmente más gozoso que la mera satisfacción de los caprichos.

Pautas para la educación en el autodominio
            En un corazón pleno y radiante no hay necesidad de llenar o disimular carencias y vacíos afectivos. El corazón humano no se llena de verdad con placeres superficiales ni con bagatelas emocionales. Por lo mismo, no es bueno incentivar comportamientos por medio de la codicia o la envidia, sino impulsar a la superación de sí mismo y a la generosidad.
El dominio de uno mismo se manifiesta en la conducta a través de gestos, actitudes y hábitos de serenidad, equilibrio, elegancia, responsabilidad. Todo ello es fruto de una capacidad de abnegación y superación personal por la que una persona se comporta, no de modo caprichoso, imprevisible y voluble, sino de forma tal que inspira y suscita la confianza de los demás, que esperan -con cierto fundamento- que se ponga lo mejor de uno mismo en lo que se hace, y que se actúe del mejor modo posible.
            Pero esa capacidad de superación personal y de responsabilidad no se improvisa, ni se aprende sólo en los libros. Es fruto del ejercicio constante de pequeños actos de dominio personal, de vencimiento propio, de negarse a actuar movido por caprichos intrascendentes o por la propia comodidad. Un modo de actuar fundando en motivos de verdadero calado: la generosidad, el amor a la obra bien hecha, el deseo de superar dificultades y resolver problemas, de hacer la vida más agradable y digna para los demás, etc. William James decía que “no se puede esperar de una persona que se niegue a hacer algo ilícito si antes no ha sido capaz de negarse a sí mismo cosas lícitas”.
            La repetición, la insistencia y la constancia -no cansarse nunca de volver a empezar- consolidan los hábitos y los hacen cada vez más fáciles y gozosos. Es, en definitiva, el “entrenamiento de una voluntad” y el cultivo de una personalidad que aspiran a bienes de notable envergadura.
            Pero la mera repetición de hábitos, sin más, no difiere de una rutinaria costumbre a no ser que sea orientada por ideales valiosos, que merezcan la pena, por valores o metas significativas que impulsan a la superación personal.
            Pero la educación en valores (o virtudes), decía Tomás de Aquino que no se adquiere en solitario. La forma más eficaz de aprender a vivir es, afirmaba, por “connaturalidad”, es decir, conviviendo con personas que actúan habitualmente de forma virtuosa, viendo cómo viven y tomándolas como referente, buscando emularlas, aprendiendo de sus experiencias, motivándose al recibir su aprobación.
            Con lo cual venimos a parar a otra condición esencial de la educación del carácter: la presencia de educadores que enseñan lo que viven y que viven lo que enseñan. Dicho de otro modo, la condición más importante para la educación en la virtud es la comunicativa cercanía de maestros de vida. Sin olvidar tampoco a los buenos amigos.

"Oscuro objeto de deseo": ejemplo sencillo de manipulación
que empaña la dignidad de la persona, en este caso de la mujer