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martes, 12 de septiembre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (76)

EDUCACIÓN Y SOCIALIZACIÓN


Se preguntaba antes de dejarnos, hace no mucho, el profesor Abilio de Gregorio: “¿A qué causa, ha de servir la educación? ¿Qué valores derivarán de esa causa y en qué jerarquía?...” Y la respuesta que proponía era la de “una educación al servicio de la causa del hombre como persona”.

Reconocía sin embargo que actualmente se dan enfoques de la educación mediatizados por planteamientos económicos, culturales, políticos e ideológicos que miran en otras direcciones.

Así, podemos ver que la finalidad declarada en las leyes de educación en España en los últimos tiempos, por encima de la transmisión del conocimiento, es la socialización de los alumnos. 

Siempre se ha entendido que la socialización consiste en la integración en la comunidad y en la cultura en la que se vive, aprendiendo a convivir, a dar y a recibir de familiares, vecinos y conciudadanos, a contribuir al bien común. Y ciertamente, las personas, a través de la educación y la convivencia, están llamadas a socializarse. 

Pero conviene advertir que en los textos y directrices de nuestra legislación educativa se ha caído cuando menos en la ambigüedad. La idea de socialización que ha venido a imponerse prioriza ante todo la integración en el colectivo social según los valores dominantes en el mismo, tendiendo a una absorción de la persona y de sus responsabilidades en el seno de la colectividad bajo el arbitrio del Estado. El sistema social y su cohesión sería lo más relevante, y la persona quedaría reducida esencialmente a la condición de “ciudadano”. El referente de la acción educativa será entonces el de la inserción y el progreso social, tal como quiera entenderlos el gobernante de turno. 

No es que la dimensión social de las personas carezca de importancia. Al contrario, el ser humano está necesitado de la convivencia para vivir y desarrollarse plenamente. Sin embargo, su valor y dignidad no le viene de ser un mero fragmento o parte del todo social. 

 La cuestión de fondo es si la persona “es para” la sociedad, o más bien la sociedad “es para” la persona. Y, por lo mismo, si la persona es un mero fragmento o episodio de la sociedad -aquí el colectivo social sería lo sustantivo-, o más bien la sociedad es un conjunto de personas cuya finalidad es el bien común, es decir el bien propio y solidario de las personas mismas.

Bajo el primer enfoque -el individuo es básicamente un fragmento del todo social y la educación ha de propiciar su inserción en este- se tiende a olvidar que la persona es un fin en sí misma y nunca debe ser tomada como mero medio al servicio de algo (en este caso del colectivo). El peligro evidente es favorecer desde la acción educativa el gregarismo de las personas al servicio del poder político, de las exigencias del mercado y de las ideologías.

La persona no está ordenada a la comunidad política según todo su ser y según todo lo que le pertenece, y por ello la disolución de la responsabilidad personal en el entramado socioeconómico no puede ser la finalidad de la educación, porque en última instancia implica la deshumanización de la persona.

Arthur Koestler denunció con pasión y con razón las sociedades en las que un hombre solo es “un millón de hombres partido por un millón”.

     (Publicado en el semanario La Verdad el 8 de septiembre de 2023)

martes, 30 de diciembre de 2014

LA PERSONA Y EL ESTADO MODERNO


       La cohesión social, uno de los aspectos del bien común, no debe implicar una absorción de la responsabilidad personal en la sociedad global ni en el Estado. La consecución del bien común debe conducir necesariamente a un mayor grado de personalización porque la persona es el principio, el sujeto y el fin de la vida social.

         El Estado moderno tiende al control y a la concentración de todos los poderes en la Administración pública, asfixiando la vitalidad del tejido social y de las asociaciones intermedias entre la persona y el Estado. De ahí la necesidad de entidades y grupos con finalidades económicas, familiares, culturales, educativas, lúdicas, profesionales, etc., que gocen de autonomía respecto del poder político, y que se organicen como comunidades vivas, de modo que sus miembros sean tratados como personas y se vean estimulados a tomar parte activa en ellas. La sociedad no es un aglomerado de individuos, sino una ‘sociedad de sociedades’, una unidad de orden compuesta por realidades sociales que se vinculan de forma subsidiaria y solidaria. Entre ellas es prioritaria la familia.


         
         La vitalidad social depende en última instancia de la responsabilidad de las personas concretas; parte de esta responsabilidad y tiende a incrementarla. La mera acumulación de bienes y servicios como rendimiento eficaz de las estructuras sociales no basta para proporcionar la felicidad al ser humano.

         Benedicto XVI señala la incapacidad del Estado para suplir el amor: “No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo. El Estado que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte... en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido –cualquier ser humano- necesita: una entrañable atención personal.” (Deus caritas est, n. 28)

         La justicia no dispensa de la caridad, y a su vez la caridad no dispensa tampoco de la justicia, sino que la exige y la asume; pero además la trasciende para hacerse cercanía y atención personal, cosa que una entidad meramente administrativa o una ley jamás podrán ofrecer.