domingo, 15 de enero de 2012

LAS HUMANIDADES: UN PELIGRO (Cita de Alejandro Llano)

         "A mi juicio, resulta lamentable que una buena parte de las familias españolas –tan permisivas en casi todo- prohíban de hecho a sus hijos que lo desean el estudio de carreras humanísticas, porque temen que su futuro económico sea inferior al de los que siguen profesiones técnicas y administrativas. Parece que no le faltaba visión de futuro a Edmund Burke cuando anunció hace dos siglos que el dinero se iba a convertir en 'el sustituto técnico de Dios'." 
         De hecho, la España actual llama la atención a sus visitantes por el extremado materialismo, el desbordamiento de su capacidad de consumo, y la pasividad con la que su población ha aceptado la imposición de una de las legislaciones éticamente más primitivas del mundo. (…)
            Por decirlo ya abruptamente, la apasionante tarea que tiene ante sí la Universidad actual es la de pensar, articular, proyectar y transmitir una nueva visión del hombre y del mundo que responda a la dignidad de la persona, que se abra al designio salvador de Dios, y que sea adecuada para encaminar una sociedad crecientemente mundializada hacia planteamientos más justos y equilibrados."
(Alejandro Llano. La nueva tarea de la Universidad)


jueves, 12 de enero de 2012

LAS DOS MIRADAS SOBRE EL SER HUMANO (y II / II)


En la primera parte de este breve ensayo, llamábamos ‘mentalidad’ a un modo más o menos sistemático de entender la vida y la realidad, vigente de forma un tanto difusa en un momento histórico o cultural determinado. Y decíamos, según esto, que numerosos síntomas del presente parecen revelar la existencia, a grandes rasgos, de dos mentalidades contrapuestas, de dos miradas muy diferentes a la hora de considerar al ser humano y su valor. La primera, de la que hicimos una descripción fenomenológica, era la mirada pragmática. Hablemos ahora un poco de la segunda.

La mirada personalista, abierta al ser de las cosas

         No se trata de menospreciar o dejar a un lado la eficacia en la consideración de las personas, las cosas y los acontecimientos, sino de subordinarla al descubrimiento de la verdad y al respeto por la dignidad que poseen las personas por sí mismas, con independencia de su utilidad.

         Esta forma de contemplar el mundo y lo humano reconoce que hay una realidad que nos es dada de algún modo -interesante asunto, averiguar este modo en que la realidad nos es dada-. En el encuentro con esta realidad que no es un simple correlato de nuestro hacer o de nuestros deseos, sino algo previo y que nos supera y nos desborda, el ser humano tiene que dejarse asombrar. Aristóteles, como es sabido, decía que la filosofía nació precisamente de este asombro, que lleva al ser humano a preguntarse “por qué”.

         Esta mirada contemplativa y abierta a la realidad es respetuosa -decía Heidegger que el respeto consiste en “dejar ser al ser”-. Para la mirada utilitarista y pragmática la “verdad” sólo podía ser lo que responde o se adecua a la voluntad de poder: lo efectivo, lo hecho, los resultados. Ahora la verdad consiste en la adecuación del propio juicio y pensamiento al ser que constituye a cada cosa.

         No hay inconveniente en reconocer que dependemos de esa realidad que es “más grande” que nosotros. De hecho, cada uno va tomando conciencia a lo largo de sus primeros años de existencia de que forma parte de esa realidad, se encuentra a sí mismo “existiendo”. Ninguno de nosotros se ha dado el ser a sí mismo, sino que nos ha sido dado.

Aparece la persona

         Y otra cosa que advertimos con el paso del tiempo, y notablemente a través de la adolescencia, es que cada uno de nosotros es un ser irrepetible y único, que ocupa un lugar singular. Mi vida es mía, de una forma inequívoca. Dependemos de otros seres, evidentemente, pero no por ello dejamos de ser distintos de los otros, de las demás cosas. Estamos, en cierto modo, “en medio” del mundo –percibimos la realidad como algo que nos circunda y nos envuelve-, pero ejercemos nuestra existencia de forma propia y singular.

         Según esto, conocer es descubrir que se “se nos dan” cosas, que están “ahí”, ante nosotros, en la realidad, y averiguar lo que son. Ahora bien, juzgar esto –la realidad, las cosas, nuestro mismo existir– como algo positivo y que nos permite subsistir y aprender, desarrollar nuestras potencialidades de conocimiento, de acción, de relación, es captar su “bondad”. Y la captación de algo como bueno, como un cierto don que se nos concede, es el punto de partida del amor.

         Amar, inicialmente, es apreciar, valorar positivamente, “bendecir” algo. Y una vez descubierto su valor, contribuir libremente a su incremento, a su perfección.

         Pero otro dato que surge en el transcurso de nuestra experiencia acerca de “la vida”, de la realidad, es que nosotros también podemos y necesitamos aportar algo, intervenir, modificándola. Y que al hacerlo, de algún modo nos hacemos también a nosotros mismos, “crecemos”.

         Cada ser humano, a través de su experiencia y de su reflexión, se va descubriendo a sí mismo como “sujeto”, como alguien único en el mundo, responsable del contenido y de la orientación de sus acciones, con relación a sí mismo y con relación a las cosas y a las demás personas. Ser “alguien” no es lo mismo que ser “algo”. Cada ser humano es un “alguien” único, en desarrollo dinámico, dotado de una naturaleza o modo de ser constitutivo, pero también de una capacidad de iniciativa, y que se va perfilando a sí mismo en virtud de las propias decisiones y acciones, y de las relaciones con los demás. No dejamos de ser dependientes. Necesitamos las aportaciones ajenas.

No somos autosuficientes, pero a la vez podemos llegar a ser en gran medida dueños de nuestras acciones, protagonistas de nuestra propia vida. Somos responsables, somos libres. Esto es lo nuclear en toda persona. Una persona es un ser único e irrepetible, dotado de naturaleza racional (de inteligencia y voluntad), llamado a desarrollar su vida haciendo un uso responsable de su libertad.

Los otros sujetos humanos son “otros como yo”, y por consiguiente dotados de la misma singularidad, y merecedores del mismo respeto. Es decir, no se les puede tratar como si sólo fueran “algo”, porque cada uno de ellos es alguien.

Respeto, colaboración y ayuda mutua hacen que la convivencia humana sea fuente de vínculos recíprocos, y que la persona sea lo nuclear en la vida social: lo más importante en la sociedad son las personas, que son fines y nunca meros medios al servicio de otra cosa, ni siquiera del bien social.

Una persona es valiosa por sí misma, por el hecho de ser alguien. Su ser no se agota en su hacer; somos más que lo que hacemos. Y el modo de obrar sigue al modo de ser. Lo más fascinante del ser humano es que es “más grande” por dentro que por fuera. No son sus obras las que le hacen grande sino ese núcleo interior –íntimo- del que brotan los actos humanos. El yo. Esa intimidad es además la fuente de las novedades que el ser humano aporta al mundo.

Responsabilidad y tiempo

La acción respetuosa sobre el mundo circundante es un deber moral, puesto que ese mundo es la morada de los seres humanos. Quien atenta contra esa morada, atenta contra el ser humano. El dominio sobre la naturaleza no es –no debe ser- explotación, sino cultivo responsable llamado a hacer del mundo un lugar habitable y humanizado, en el que sea posible y positivo compartir la vida.

Para la mirada pragmática, el tiempo es “oro”.  Para la mirada abierta al ser, es mucho más. Es vida, desarrollo del propio ser, tarea, ocasión de dar y de encontrar sentido. Dar el propio tiempo es darse a sí mismo. El tiempo vital, el que brota de la intimidad, es ámbito de comunión, de relación humana y fuente de valor moral: “El tiempo que perdiste por tu flor –se dice en El principito- es lo que hace que tu flor sea tan importante… Eres responsable para siempre de lo que has domesticado, eres responsable de tu rosa.”

Las cosas que amamos, a las que dedicamos el tiempo de nuestra vida, se hacen más cercanas y más queridas, son rescatadas del anonimato, son “nuestras”; pero no como meros objetos de consumo o de posesión, sino en el sentido de lo que forma parte de la propia vida, de lo íntimo.

La mirada abierta al ser nos permite considerar al ser humano, hombre y mujer -de acuerdo con su naturaleza constitutiva- de un modo más hondo y enriquecedor. Superando reduccionismos, se dirige a una realidad que traspasa la apariencias y lo superficial, y que es fuente de un alto valor: de dignidad.

Esta mirada, esta mentalidad, es la que nos permite descubrir lo que significa ser persona. La que nos impulsa (obliga) a respetar a toda persona, incluido uno mismo. La que nos lleva a descubrir que la felicidad, la plenitud a la que aspira todo ser humano, se alcanza por medio de la autodonación libre y amorosa.  A.J. 


Ainhoa Fernández del Rincón, cooperante española secuestrada en el Sáhara, y querida amiga. Su entrega y dedicación por las demás personas es un testimonio vivo de la dignidad humana.

martes, 10 de enero de 2012

LAS DOS MIRADAS SOBRE EL SER HUMANO (I/II)


Entendemos aquí ‘mentalidad’ como un modo más o menos sistemático de entender la vida y la realidad, vigente de forma un tanto difusa en un momento histórico o cultural determinado. Según esto, puede decirse que numerosos síntomas del presente parecen revelar la existencia, a grandes rasgos, de dos mentalidades contrapuestas, de dos miradas muy diferentes a la hora de considerar al ser humano y su valor.

Pragmatismo

Por un lado está la que llamaríamos mirada o mentalidad pragmática, que puede caracterizarse como un modo de considerar las cosas y los acontecimientos según un cálculo de intereses y de utilidad. La realidad sería el ámbito de realización de los intereses humanos, en el que el hombre está llamado a ejercer un control y un dominio efectivo sobre las cosas. Saber acerca de las cosas sería una forma de poder. En expresión de Tomás Hobbes, “conocer una cosa significa saber qué se puede hacer con ella cuando se tiene”.

La meta de la vida humana según esta visión sería el éxito, la consecución de los propios proyectos. El ser humano se hace a sí mismo digno en la medida en que satisface sus necesidades y deseos, en que consigue hacerse a sí mismo autosuficiente, no carecer de lo que desea o necesita –aquí ya no sería nada fácil distinguir entre necesidad y deseo-. Para ello dispone de poderosos instrumentos: la economía, la ciencia, la política, la técnica… Además, la naturaleza, el entorno formado por los seres que rodean al hombre, queda reducida a una mera fuente de recursos, a un stock de bienes de consumo y transformación para su aprovechamiento y explotación inmediatos. Una de las expresiones más rotundas de esta mentalidad es el mercantilismo que, al extender criterios y procedimientos del mercado a los demás ámbitos de la vida humana, ha sustituido el valor de las cosas por su precio. Una de las formas más extendidas de medir el valor de algo (un negocio, una empresa, un objeto, un producto, etc.) es averiguar si “la gente” está dispuesta a pagar dinero por ello.

En este planteamiento, también las relaciones humanas son valoradas por su utilidad. Las demás personas adquieren un valor en la medida en que resultan útiles, en que se hacen valer por sus cualidades, éxitos, fortalezas, medios económicos, posición social, poder político… Y así pueden ser susceptibles de envidia y de admiración, pero también de uso y eventual sustitución, pueden ser rivales en la lucha por el poder o el triunfo o socios que, mientras lo aconseje la eventual confluencia de intereses, trabajan por su logro o incremento.

En El principito, Antoine de Saint-Exupèry presenta a un joven  príncipe que, descantado y a la búsqueda de alguien de quien hacerse amigo, llega a una serie de planetas solitarios cuyos habitantes –un rey, un vanidoso, un geógrafo, un bebedor, un hombre de negocios…- no ven en el pequeño visitante sino a un súbdito, un admirador, un explorador, una molesta interrupción en sus negocios… Es decir, sólo lo contemplan en tanto en cuanto presenta o no para ellos una utilidad. Tras dialogar con cada uno de ellos, el principito abandona sus planetas porque en ellos “no hay lugar para dos”. Se da cuenta de que no es valorado por sí mismo, por ser él, una persona única con la que es posible entablar una relación de amistad, no utilitarista. A nadie se le escapa que esta parábola alude a que un modo reduccionista de considerar al ser humano es fuente de desencuentros, conflictos, malentendidos, abusos, injusticias a pequeña o gran escala. Y de una gran soledad y falta de sentido.

Para esta mirada pragmática acerca de la vida, el tiempo es medido también por su utilidad. El tiempo es oro, un capital que se gasta al utilizarlo y que no debe desperdiciarse en cosas inútiles, sino que ha de invertirse de forma rentable. “Ganar tiempo” sería hacer negocios, producir más, tener más cosas, vivir deprisa. El propio libro que acabamos de mencionar –en el que aparece, por ejemplo, un vendedor de pastillas que calman la sed y permiten ahorrar tiempo, pero que impiden disfrutar de un tranquilo paseo hacia una fuente–, u otros como Momo, de Michael Ende, insisten en una visión más profunda sobre el tiempo, que posee un tipo de valor más hondo que el económico y material.

La mirada del pragmatismo, en suma, es febril, vertiginosa. Y también superficial, incapaz de ofrecer fundamento a proyectos vitales de envergadura. Es correr muy deprisa hacia no se sabe dónde, viajar en aviones, naves y trenes de alta velocidad cuyo destino, en el fondo, se desconoce. “La nuestra, dijo Einstein, es una época de medios perfectos y de metas confusas”.
(Continuará)




lunes, 9 de enero de 2012

NO ERA ESTO, NO ERA ESTO... (Cuentan que Ortega y Gasset dijo algo parecido)



La economía es sólo una dimensión de la vida humana. La "calidad de vida" (el bienestar material o emocional, la salud...) es sólo un aspecto parcial. 
Lo importante de verdad es la dignidad y el valor que en todo caso tiene toda persona, todo ser humano, con independencia de que haya nacido o esté en camino, esté en enfermo o goce de salud, sea rico o pobre, joven o anciano, tenga una vida de gozos o de pesares... 
A ningún ser humano se le puede valorar ni tratar como un objeto más o menos útil. Es siempre digno. 
Los cristianos añadimos: porque es hijo de Dios. Y no olvidemos que no se puede servir a Dios y al dinero.





domingo, 8 de enero de 2012

Juicio a Sócrates (3ª parte, sentencia)

http://www.youtube.com/watch?v=sqkWKyV8zsU

Y este es el desenlace. Interesante reflexión acuerda de la fuente de la justicia, que no es la opinión de la mayoría, ni los deseos de los poderosos.
"El mayor de los males no es la muerte ni el destierro, sino trabajar para procurar la muerte de un inocente"

EL JUICIO CONTRA SÓCRATES (2ª PARTE)

http://www.youtube.com/watch?v=XiCZT-mLyYM&feature=related


Segunda parte del juicio: esto se pone muy interesante...
"...Os amo, atenienses, pero en lo que a mi respecta, no desobedeceré a mi dios, que me manda razonaros..."