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sábado, 18 de enero de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (126)

¿POSTEDUCACIÓN?


 vidajustaparatodos – "La justicia es el pan del pueblo; siempre está  hambriento de ella." René de Chateaubriand


La crisis de la educación de la que se habla por doquier, aunque abarca diversos aspectos, ha venido de la mano de una política educativa dominada por una visión igualitarista, economicista, utilitarista y cortoplacista, que no valora ni el conocimiento ni propiamente al alumno mismo. Sus principios y finalidades declaradas son la igualdad y la cohesión social para responder a las demandas del tiempo presente; pero en este contexto la educación se ha convertido de hecho en una herramienta de transformación social en manos del Estado para conformar comportamientos sociales masificados, predecibles y manejables. 

Previamente se ha decidido que educar es tarea del Estado y no tanto de los padres. Se ve como ingrediente de la sociedad del bienestar y como un servicio del Estado a los contribuyentes: los padres pagan sus impuestos y el Estado educa a sus hijos; silenciando que esto acaece obviamente según la ideología del legislador y del gobernante. En España esta concepción está claramente expresada en la Ley Orgánica del Derecho a la Educación (LODE) de 1985, y ha ido cuajando en los criterios del legislador y de las administraciones educativas hasta hoy. 

Por otra parte, cada vez más, y a falta de programas inspirados por principios de entidad, las autoridades políticas pretenden aumentar su popularidad entre los votantes ofreciendo una educación que no exija grandes esfuerzos a los alumnos. Se propicia el aprobado prácticamente automático y se mezcla lo supuestamente democrático con la idea de que el Estado debe regalar a los ciudadanos lo que estos reclaman. La educación ya no propicia la adquisición de conocimiento y la maduración mediante el esfuerzo personal del alumno. El resultado es una mediocridad progresiva.

Nuestros políticos han politizado la educación impulsados por los imperativos del igualitarismo y el utilitarismo. Desde hace cuatro décadas se han dedicado a imponer -unos- o a asumir -los otros- el igualitarismo, el café con leche para todos -te guste cómo lo preparo yo o no-: el modelo de una escuela única, pública, laica, revolucionaria, feminista… Y bajo la mirada utilitarista, la educación se ha convertido en una herramienta, bien al servicio del sistema económico, bien de las ideologías en pugna (de una de ellas, más bien). 

Y así, paradójicamente, politizando la escuela, el Estado pierde legitimidad como garante de la enseñanza pública, esa con la que en principio pretende atender a todos y que dice querer reforzar. El afán de control es prioritario. Existe un serio miedo a la libertad y a la responsabilidad personal y se asfixia la iniciativa social. Se ha fabricado un gigantesco “lecho de Procusto” para que todos vengan a ser labrados según el mismo molde. Según el mito griego, Procusto era un bandido que tenía una posada donde ofrecía alojamiento al viajero solitario. Allí lo invitaba a tumbarse en una cama de hierro donde lo inmovilizaba. Si la estatura de víctima era más larga que la cama, aserraba las partes del cuerpo que sobresalían. Si era de menor longitud, lo estiraba y descoyuntaba hasta hacerlo coincidir con las medidas del lecho.

En el ámbito científico y en el de la comunicación esto acontece cuando, despreciando la verdad, se deforman los datos reales para adaptarlos a la hipótesis o al relato previos. Algunos sostienen que quizás habría que hablar, no solo de una época de posverdad, sino también de posteducación.


(Publicado en el semanario La Verdad el 17 de enero de 2025)

 

lunes, 2 de octubre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (79)

¿EDUCAR PARA EL BIENESTAR O PARA EL BIEN SER?



Cediendo a una falsa socialización, reducido el ser humano a mera unidad de producción y de consumo, a simple elemento del sistema social pastoreado por el Estado, sin referencias trascendentes para su vida, no puede aspirar más que a estar (y cuando llegue la muerte… fin). ¿Recuerdan aquello de que el hombre es un “ser-para-la-muerte”, una “pasión inútil”?... 

Pero si hemos venido al mundo solo para estar, la única aspiración posible es estar bien, un bienestar regido en el fondo por el principio del deseo. Y como cada uno va a lo suyo y procura imponer sus deseos, el contenido de las normas sociales y los valores que rigen la convivencia dependerán de quien ostente el poder político, económico y mediático. Este es el trasfondo de la mentalidad hoy dominante, que condiciona poderosamente la tarea de educar priorizando en ella la adaptación al entorno.

Todo cuanto se oponga al deseo (al placer, al éxito) se considerará represivo y poco progresista. El utilitarismo, el relativismo, el narcisismo y la superficialidad configuran así el panorama ético vigente. 

Y así, si se trata de estar bien, en las relaciones interpersonales viene a regir una débil tolerancia (“si están bien así…”, “si así son felices…”, “si es lo que han elegido…”, “si se quieren…” pues vale). Pero esta tolerancia emana en el fondo de la indiferencia al ser del otro. La tolerancia (“yo te tolero…”) es un vínculo pobrísimo. A lo sumo se espera que, en contrapartida, a uno le dejen montarse la vida a su gusto.

Además, desde el estar como argumento vital no son bien vistas las convicciones; solo caben posturas. Tener convicciones suena a rígido, a absoluto… Cambiar de convicciones resulta demasiado difícil. Ya no se pregunta: “¿cuáles son sus convicciones…?, sino “¿cuál es su postura acerca de…”? Porque cuando no se está bien, lo más cómodo es cambiar de postura. Si las posturas se mantienen durante un tiempo acaban cansando. Será preciso entonces cambiarlas con frecuencia, relativizarlas para estar más cómodos. Y así, casi imperceptiblemente, se sustituirá la ética por la estética e incluso por la simple cosmética... La realidad se reemplaza por las apariencias. No importa hacer el bien, sino quedar bien. La aspiración a la excelencia (a cultivar y dar lo mejor de sí) será desbancada por el glamour y por el afán de convertirse en influencer.

Sin embargo, se quiera o no, el hombre no ha nacido para estar sino para ser. Y la educación ha de ayudar, no al bienestar sino al bien ser, al perfeccionamiento moral de la personalidad.

El ser humano es a un tiempo don y tarea. Se nos han dado la existencia y la vida, así como el privilegio mismo de ser humanos. La naturaleza humana (hoy tan mal entendida y menospreciada) es nuestro modo constitutivo de ser; nos otorga un patrimonio de magníficas capacidades y a la vez es una pauta que nos marca la diferencia entre lo bueno (lo humano) y lo malo (lo inhumano).

Si no actuamos, si no crecemos y no educamos de acuerdo con lo que somos -personas, hombres, mujeres-, surgirá la frustración, el sentimiento de fracaso, el hastío, el desequilibrio, la desesperanza, que son la consecuencia de una vida superficial e intrascendente. De un mero estar sin (querer) ser.

   (Publicado en el semanario La Verdad el 29 de septiembre de 2023)


domingo, 26 de febrero de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (58)

LO URGENTE Y LO ESENCIAL EN LA EDUCACIÓN

 


Dicen los expertos de la evaluación PISA, y lo repiten los redactores de nuestras últimas leyes orgánicas sobre educación, que urge propiciar el acceso de los jóvenes al mundo del trabajo y convertirles en agentes eficientes del sistema productivo. 

Sí, eso es urgente. Pero lo importante es que no pierdan de vista el verdadero valor de las cosas y de las personas. Es necesario que nuestros jóvenes se conviertan en óptimos trabajadores, pero es imprescindible que  nunca se olviden de para qué trabajan. Apremia que se desenvuelvan con éxito en una sociedad vertiginosamente cambiante. Pero antes y por encima de ello tienen que saber cuándo un cambio es a mejor o a peor..., o a nada. 

La receta tantas veces cacareada por algunos es que es preciso destinar más recursos para que mejore la educación. Pero de vez en cuando nos golpean en el alma noticias referentes a episodios de violencia juvenil, de bulling, acoso y maltrato, de suicidios protagonizados por escolares ante situaciones que se sienten incapaces de afrontar. La mediocridad y la comodidad se han convertido en el estilo de vida social y pedagógico dominante (por no hablar del nivel de muchos políticos…). Esforzarse no está de moda. La inmediatez y el emotivismo lo inundan todo. Algo importante falta en un escenario educativo moralmente empobrecido. 

Al igual que experimentamos que a este complejo mundo le aqueja el fantasma recurrente de la crisis en múltiples formas, no debemos olvidar que el origen de estas se encuentra en la generalización de estilos de vida y de decisiones dominadas por la falta de escrúpulos éticos. Y también por el desconocimiento y el desprecio de la dignidad de las personas, sometidas en el ámbito legal y en la práctica al imperio de los más fuertes y poderosos, al relativismo intelectual y moral generalizados. La corrupción no es privilegio exclusivo de los políticos; es cosa bastante repartida. 

Por otra parte, se aprecia una evolución en nuestro sistema educativo hacia una menor exigencia y una perversa concepción de la igualdad, consistente, no ya en la igualdad de oportunidades para acceder a una educación de calidad, sino en que “todos sepan fundamentalmente lo mismo”. La excelencia como aspiración en la vida y en la tarea educativa se mira con sospecha. 

Pero si nadie tiene que aspirar a ser lo mejor que pueda ser, si no debemos exigir a nuestros hijos o a nuestros alumnos que aspiren a la excelencia, si hemos de procurar que “nadie destaque”, en la práctica solo será posible que todos sepan lo mismo si todos saben tanto como el que menos. La consecuencia es un igualitarismo a la baja. No debe extrañarnos si los niveles son cada vez más bajos.

Y así, bajo el pretexto de que la educación no contribuya a perpetuar la desigualdad social, la ordenación del sistema educativo provoca necesariamente aquella mediocridad cultural y moral generalizada de la que hablábamos y, en el fondo, una difundida falta de sentido. No es cuestión de recursos económicos.

Para dar respuesta adecuada a todo ello, nuestros niños y jóvenes necesitan sobre todo maestros de vida que sepan qué es realmente importante en la vida y lo susciten. Padres y profesores tenemos ese primer deber y misión. El utilitarismo, obsesionado por lo urgente, en el fondo, es ciego ante lo esencial.

                     (Publicado en el semanario La Verdad el 24 de febrero de 2023)

viernes, 3 de febrero de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (55)

EDUCAR Y VIVIR AL TUNTÚN



En 2023 conoceremos los resultados de la última edición del Informe PISA que lleva a cabo la OCDE para evaluar las competencias de los jóvenes de 15 años al final de su etapa educativa obligatoria. Las pruebas pretenden medir “la evolución del conocimiento y las habilidades de los estudiantes en un contexto de proliferación de las TIC, y su capacidad para responder a las demandas de un mundo en constante cambio”.

La anterior edición se centró especialmente en la competencia lectora, clave de todo aprendizaje. Los resultados mostraban en general carencias muy llamativas. España y Navarra en particular reflejaban un nivel preocupantemente bajo, ambas por debajo del promedio global; España en el puesto 23 del conjunto, y Navarra en el 14 de entre las 17 comunidades españolas. 

Se nos dirá tal vez que no es culpa de la educación que tenemos, sino de la deriva social generalizada. Pero la educación no puede limitarse a ser un reflejo de las carencias sociales y culturales del momento, y mucho menos ha de contribuir a ellas. 

Los responsables de desarrollar y aplicar las leyes tienen en su mano tomar decisiones tendentes ante todo a la formación integral de niños y jóvenes, en la cual la comprensión lectora es una de las claves principales. Los educadores pueden y deben hacer mucho también. Debe preocupar asimismo que los padres ofrezcan tiempo y dedicación a sus hijos para leer y jugar con ellos, para hablar, para escuchar... Y en PISA hay también algunos indicadores que lo confirman.

Hace no mucho escribía Susanna Tamaro sobre la dificultad de asumir la función paterna con relación a los hijos e hijas adolescentes. Lo que decía vale para todos los responsables de la educación:

“La generación que hoy se asoma a la pubertad (a menudo formada por hijos únicos de padres separados que trabajan todo el día) es quizá la primera criada por niñeras electrónicas: televisión, videojuegos, redes sociales... 

            (…) Hay soledad, demasiada soledad entre estos adolescentes. Una soledad poblada de contactos y amigos virtuales, de distracciones y solicitaciones sonoras. Han crecido en un desierto de valores que los vuelve confusos y aburridos. Se diría que ninguno ha rozado jamás su núcleo esencial, que ninguno se ha formulado preguntas fundamentales sobre el significado de la vida: “¿Quién soy?”, “¿por qué estoy aquí?”, “¿qué está bien y qué está mal?”.

            Instar a los adolescentes, a responder a estas preguntas es quizá el primer paso que los adultos podemos dar para restablecer en ellos aquellas nociones de dignidad e integridad que, al crecer, tendrán que conquistar si no quieren verse expuestos a la humillación de una vida vivida ‘al tuntún’.”

El problema principal hoy no es que todos tengan acceso a las nuevas tecnologías, que hablen varios idiomas, que se capaciten para integrarse en el sistema productivo o que desarrollen eficazmente una mayor ambición por enriquecerse. El mayor problema es que las grandes cuestiones de la vida se están quedando fuera de la educación. A esto contribuye la actual fiebre utilitarista y la postergación de las humanidades y la formación religiosa en las recientes leyes de Educación. Y si, además, nuestros chavales no saben leer bien… 

Sería terrible que la educación se haya convertido en un seductor espejismo en medio de un “desierto de valores”, “de una vida vivida al tuntún”.


      (Publicado en el semanario La Verdad el 3 de febrero de 2023)

jueves, 8 de enero de 2015

LA CRISIS -DE FONDO- QUE PERDURA



      La crisis que aún perdura en economía y en política, y lo que nos queda -ya siento decirlo-, es consecuencia de algo que viene de antes, de cuando se pensaba que estamos en este mundo para enriquecernos y pronto, para disfrutar y “pasarlo bien”, sin sufrimiento. Bueno, tal vez no debiera haber empleado el pretérito, por imperfecto que sea: “se pensaba”… y se piensa.

      Hay, en efecto, un credo universal que se estableció como mentalidad dominante y que podemos tildar de utilitarismo y hedonismo. Es también lo que está en la entraña del consumismo: pensar que la felicidad se compra con dinero y que consiste en lograr de forma inmediata lo que se desea.

       Y así, cada uno en su registro, cantábamos a coro aquél dicho anglosajón de que “cada uno mire para sí y al último que se lo lleve el diablo”. La mentalidad liberal insistía desde el siglo XVIII en que si cada individuo buscaba su riqueza, una “mano invisible” (la expresión era de Adam Smith, que no se sabe muy bien si se refería a la Providencia o a las leyes del mercado, en el fondo le daba lo mismo) propiciaría la riqueza general. La canción tiene también su versión socialista, metiendo de por medio a las clases sociales, al curso de la historia, al “todo es política” y al Estado. Total, que a distintas voces la melodía de fondo no es muy diferente (suena algo así como: “Todos los paraísos están aquí abajo, atrapadlos”).

       Pero, al parecer, a la famosa “mano invisible” de la que hablaba Adam Smith le gusta jugar a los dados… o a algo peor. Entre otras cosas, porque en muchos casos la riqueza y el éxito de unos se logra a costa de los demás. Y el colmo es que el bienestar material por sí sólo tampoco parece llenar las ansias más hondas del corazón humano. Y de la vieja canción -que según parece es más antigua que los mismos anglosajones- al final se escucha siempre el eco: “¿por qué, Señor, que esto sólo no basta?”, como decía Blas de Otero.
Pero volvamos a “la crisis”. Aún más serio que el cierre de las empresas, la paralización de la construcción y del gasto público, es que la honestidad haya sido derrotada como valor social por el afán de riqueza. Y hay algo dramático en la codicia de bienestar material, y es ignorar dónde están los límites: Qué es lo que no se puede -no se debe- hacer. Porque al final pasa lo que cuenta Ortega del rey Francisco I de Francia. Como es sabido, era éste enemigo encarnizado de Carlos I de España, y las guerras entre ambas naciones eran el pan nuestro de cada día. Alguien preguntó al monarca galo cómo era posible que siendo primos hermanos los dos reyes, vivían con tanta discrepancia. A lo que el francés contestó: “-Es que en realidad estamos de acuerdo: los dos queremos Milán”.

       Así las cosas, si no se reconoce una instancia superior que establezca dónde está la diferencia entre el bien y el mal, y dónde acaba la libertad codiciosa de cada uno, se produce la “dictadura del relativismo” y con ella el camino más directo a la decadencia moral, en la que los peor parados son siempre los menos fuertes: el no nacido, el desfavorecido social y económicamente, el que no tiene preparación o trabajo, el que ya no se puede valer por sí mismo, sea enfermo o anciano… Y es que el que hace la norma hace la trampa, el que mueve los hilos de las ideologías reinantes desprecia a la persona, el que tiene los medios de comunicación y difusión manipula (“cocina”) datos, criterios, hechos y conciencias… El fin justifica los medios: atrevámonos a todo (con tal de que no nos pillen). Y es que el dinero y el poder son dioses sin entrañas.

       Es hora de pensar en una alternativa mejor (no podemos seguir con la misma historia).



domingo, 15 de diciembre de 2013

PISA, LOMCE... ¿EL PELIGRO DE UN ESPEJISMO EDUCATIVO?


Susanna Tamaro


El tema de la educación ha saltado de nuevo a todas las portadas a propósito de la publicación del Informe PISA 2012 y de la perspectiva de un nuevo marco legal para el sistema educativo español.

Pero me temo que el horizonte de muchas de esas reflexiones no pasa de la conexión necesaria –y lo es, no voy a discutirlo- entre la formación que el sistema educativo ofrece y las demandas y expectativas del sistema económico. Y aquí se prioriza el objetivo de orientar la educación hacia las competencias que mejoren la empleabilidad, el emprendimiento, el manejo de los idiomas y de las TIC… Es evidente que preocupa el futuro de nuestros jóvenes, y a la vez el de nuestro país, con el problema del paro y la creación de empleo como prioridad máxima.

Sin embargo, al igual que a este complejo mundo le aqueja una preocupante crisis económica, no debemos olvidar que el origen de ésta se encuentra en la generalización de estilos de vida y de decisiones dominadas por la falta de escrúpulos éticos. Y también por el desconocimiento y el desprecio de la dignidad de las personas, de todas y cada una de las personas, sometidas en el ámbito legal y en la práctica al imperio de los más fuertes y poderosos, y al relativismo intelectual y moral generalizados. La corrupción no es privilegio exclusivo de los políticos; es cosa bastante repartida.

La educación no puede limitarse a ser un reflejo de las carencias sociales y culturales del momento. Los educadores -padres, madres, profesorado- pueden y deben hacer mucho. Los responsables de desarrollar reglamentariamente las leyes de educación tienen en su mano decisiones en las que debe estar presente, ante todo, la formación integral de los niños y los jóvenes.

El problema no es que todos tengan acceso a las nuevas tecnologías, que hablen varios idiomas, o que desarrollen eficazmente una mayor ambición por enriquecerse. El mayor problema es que las grandes cuestiones de la vida se pueden quedar fuera de la educación. Decía Séneca que si el marino desconoce dónde está el norte, todos los vientos le son adversos. Y a esto puede contribuir la actual fiebre utilitarista y el enésimo olvido o postergación de las humanidades, de la formación ética y de la filosofía en los currículos. Por la misma razón, también, lo que más debe preocuparnos es que los padres puedan ofrecer tiempo y dedicación a sus hijos.

Hace sólo unos días escribía Susanna Tamaro un artículo en el que hablaba de la dificultad de asumir la función paterna, especialmente con relación a los hijos e hijas adolescentes. Pero lo que decía vale para todos los responsables de la educación:

“La generación que hoy se asoma a la pubertad (a menudo formada por hijos únicos de padres separados que trabajan todo el día) es quizá la primera criada por niñeras electrónicas: televisión, videojuegos, redes sociales... 

 (…) Hay soledad, demasiada soledad entre estos adolescentes. Una soledad poblada de contactos y amigos virtuales, de distracciones y solicitaciones sonoras. Han crecido en un desierto de valores que los vuelve confusos y aburridos. Se diría que ninguno ha rozado jamás su núcleo esencial, que ninguno se ha formulado preguntas fundamentales sobre el significado de la vida: “¿Quién soy?”, “¿por qué estoy aquí?”, “¿qué está bien y qué está mal?”.

 Instar a (los) adolescentes, a responder a estas preguntas es quizá el primer paso que los adultos podemos dar para restablecer en ellos aquellas nociones de dignidad e integridad que, al crecer, tendrán que conquistar si no quieren verse expuestos a la humillación de una vida vivida ‘al tuntún’.”

Urge propiciar el acceso de los jóvenes al mundo del trabajo y convertirles en agentes eficientes de la maquinaria productiva. Pero lo importante es que no pierdan de vista el verdadero valor de las cosas… y de las personas. Es necesario que nuestros jóvenes se conviertan en óptimos trabajadores, pero es imprescindible que  nunca se olviden de para qué trabajan. Nuestros niños y jóvenes necesitan sobre todo maestros de vida.



Valores y actitudes éticas son la parte de la educación llamada a persistir siempre, incluso en una sociedad pragmática como la nuestra.  Es cierto que la dura competencia por los primeros puestos, por las calificaciones necesarias para acceder a determinados estudios, por triunfar en el trabajo o los negocios, no va a desaparecer. Pero cuando un joven o una joven se presenten a una entrevista para pedir un trabajo, serán las perennes virtudes de responsabilidad, honradez, lealtad, constancia, laboriosidad, etc. las que contarán. O cuando tengan que afrontar problemas familiares, cívicos o de conciencia profesional, por ejemplo serán los criterios, hábitos y disposiciones morales los que iluminarán sus decisiones.

Es posible que movidos por la urgencia del momento económico, volvamos a olvidar la importancia de la educación integral. Nuevos conocimientos, procedimientos, competencias, habilidades… se convertirán, si esto vuelve a ocurrir, en un seductor espejismo en medio de un desierto de valores; en una vida vivida “al tuntún”.



martes, 28 de mayo de 2013

¿FORMACIÓN INTEGRAL? ¿COMPETENCIAS?


LETRAS DE ORO, 
firmadas por un maestro de los grandes:

“La experiencia demuestra que los desajustes entre formación y empleo, entre aprendizaje y espíritu innovador y creativo, entre calidad de educación y verdadera calidad de vida se curan mejor con una buena formación general, rica en valores, que con competencias meramente utilitaristas.”

JOSÉ LUS GARCÍA GARRIDO



El enlace al artículo completo:


http://www.paginasdigital.es/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=3798&te=&idage=&vap=0&codrel=2392