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jueves, 21 de mayo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (175)

EDUCAR EL CARÁCTER ES PREOCUPARSE Y AYUDAR

            


            Educar el carácter tiene una estrechísima relación con la dimensión educativa de la formación, que -más allá de la mera instrucción- consiste en ayudar a adquirir hábitos positivos que son los que estructuran la personalidad y le brindan un propósito.

Facilitar que los estudiantes se conozcan, acepten todas las cualidades que tienen, que las valoren de modo positivo, y las cultiven y orienten en forma de servicio al bien común, es la tarea más noble que puede plantearse un sistema educativo.

El escritor Daniel Pennac cuenta en su libro Mal de escuela cómo uno de sus profesores, cercano ya a jubilarse, fue su salvador al descubrir que aquel joven díscolo y descuidado era un forjador de historias. Este profesor entendió que las numerosas fantasías y recelos de ese adolescente de catorce años eran excusas para no aprender las lecciones o no realizar los deberes. Entonces el veterano educador le motivó para que escribiera una novela de tema libre que debía redactar durante el trimestre, entregando un capítulo por semana, sin faltas de ortografía. Este hecho cambió la actitud negativa y desafiante de Daniel Pennac. He aquí un profesor -un maestro de vida- que no se limitó a enseñar y a evaluar, sino a cambiar el modo de ser de ese alumno: su carácter.

En un modelo orientado a la educación del carácter la primera tarea del profesor es preocuparse por cada estudiante, por quién es y por cómo es, por cuál es su temperamento natural, y a continuación atender a sus cualidades naturales y ayudarle a perfeccionarlas. 

Lo segundo, es ayudarle al mismo tiempo a que se conozca y a que se acepte como es. La aceptación personal es doble: por un lado, lo que es, y por otro cómo puede mejorar y perfeccionarse.

Lo tercero es ayudarle a que sea responsable, es decir protagonista de su aprendizaje y de su cambio personal, ayudándole a que se proponga metas personales valiosas, que puedan motivarle a mejorar como persona y a ayudar a los demás. 

De acuerdo con lo anterior, una educación del carácter centrada en la persona, tiene un doble objetivo: 

1º) Ayudar a que cada educando sea mejor persona, a que adquiera virtudes, hábitos intelectuales, volitivos y morales positivos que enriquezcan su naturaleza humana. 

2º) Ayudar a cada educando a que configure y decida un propósito valioso (tal vez varios) para su vida y su actuación. Aristóteles, a ese respecto, apelaba sobre todo a la virtud de la magnanimidad, virtud de quien se hace digno y se siente capaz de grandes realizaciones. Uno de los referentes de la educación del carácter es el concepto de felicidad, estado de plenitud y gozo de quien se encuentra con el bien. Educar el carácter implica ayudar a alcanzar una vida plena y feliz.

En definitiva, la educación del carácter representa un esfuerzo por recuperar el sentido profundo de la formación, integrando el desarrollo intelectual y moral para formar personas capaces de sacar lo mejor de sí mismas y de contribuir positivamente al bien común. Desde este planteamiento el conocimiento y la habilidad no se convierten en herramientas vacías, sino en hábitos valiosos que consolidan el carácter.

               (Publicado en el semanario La Verdad el 15 de mayo de 2026)

martes, 15 de octubre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (116)

   “BASTA UN PROFESOR -UNO SOLO-…”

 


El educador no es un animador sociocultural, ni un monitor de juegos, lo cual no significa que no intente hacer amena su labor, pero el objetivo final no es la diversión sino el crecimiento personal. El auténtico educador sabe que el amor, la comprensión y la confianza no excluyen la exigencia. Últimamente se ha hablado mucho de procurar que los chicos “se lo pasen muy bien en el centro escolar”, que lo más importante es “que sean felices”…, y no es que haya que ir a la escuela “a pasarlo mal”, desde luego. Pero la educación es un impulso hacia lo mejor de la persona, y esto no suele lograrse, también, sin esfuerzo, sin sacrificio. 

La importancia del buen educador es decisiva; prolonga la tarea del padre y de la madre. Ganándose la confianza de sus alumnos, y mediante una labor generosa, sabia y exigente, los guía y ayuda a crecer a como seres humanos, para que lleguen a ser lo mejor que puedan ser. Y a este es a quien se llama con propiedad maestro, maestra. A la vez que se ocupa de la transmisión del saber, se afana en la educación del carácter de sus alumnos, de su voluntad, de sus disposiciones emocionales. 

Daniel Pennac es un célebre escritor actual cuya etapa escolar no fue fácil ni para él, ni para sus padres y educadores (vamos, que al principio su vida escolar y su rendimiento fueron un desastre). Así lo cuenta en su libro Mal de escuela. Pero de manera sorprendente pasó algo que cambió todo. Lo dice el propio Pennac: «Basta un profesor —¡uno solo!— para salvarnos de nosotros mismos y hacernos olvidar a todos los demás».

Detrás del impacto favorable que puede sacudir la inercia y el letargo de muchos estudiantes, en el maestro suele esconderse una gran generosidad, autoexigencia y capacidad de sacrificio. Esas disposiciones hacen posible que se convierta en guía y facilitador del aprendizaje, desempeñando un papel fundamental al orientarles en su proceso de crecimiento académico y humano. 

En alguna ocasión hemos citado a Aristóteles cuando afirmaba que «educar es hacer deseable lo valioso». El maestro ha de hacer que el educando quiera, y no simplemente querer que el educando haga; no sólo busca que realice buenas acciones, sino la repercusión positiva de estas sobre quien las realiza; que al aprender y actuar, el educando se haga una persona más valiosa, más digna de confianza, y que él mismo sea consciente de ello. 

Un maestro no solo transmite conocimientos —que también, y ha de hacerlo lo mejor posible — sino que a través de esa tarea de transmisión actúa a la vez como mentor —Mentor fue quien educó a Telémaco durante la larga ausencia de su padre, Ulises, tomándose el término como el de preceptor y consejero sabio y experimentado—. Esta faceta se dirige a orientar y brindar apoyo y consejo a sus alumnos, en lo posible de manera personal. Educar supone trasladar al niño o joven una convicción: «Tú eres mucho mejor de lo que crees y eres capaz de mucho más de lo que imaginas».

Hacen falta educadores así. Y es muy importante que quienes piensen en dedicarse a esta profesión se hayan parado a reflexionar en su trascendencia con la suficiente antelación y hondura. Merece la pena.

 (Publicado en el semanario La Verdad el 11 de octubre de 2024)