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lunes, 27 de octubre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (153)

 

¿EDUCAR EN LA ADOLESCENCIA? (V)

 


A menudo se escucha a educadores -por lo general profesores y padres un tanto o muy desesperanzados en el fondo- que en la adolescencia lo que procede es orientar para la capacitación profesional e insistir sobre todo en el aprendizaje de las habilidades y competencias técnicas -idiomas, tecnología de la información y la comunicación, inteligencia artificial…-, porque lo importante es ofrecer herramientas para un futuro que es cada vez más inmediato y cambiante. 

A algunos les parece que intentar educar -no solo adiestrar e instruir- en la etapa adolescente, para la familia y para la escuela, ya es llegar tarde. Eso sí, a muchos padres y profesores les preocupa, en todo caso, que la adolescencia adquiera un tono de excesiva rebeldía, que se lleven a cabo conductas de riesgo, que pese demasiado la influencia de malas compañías… Y en esto, a menudo es verdad, se llega tarde.

Pero la experiencia, el contexto social y cultural presente -al que venimos aludiendo-, y el sentido común dicen que la adolescencia es un momento esencial y álgido para ahondar en la acción educativa. Y es todo un reto. Esta llamada “segunda edad de oro del aprendizaje” -obviamente la primera es la infancia, en la que se ponen las bases- es la última gran oportunidad para adquirir hábitos, consolidar o cribar criterios, empezar a asumir ciertos compromisos e ir configurando de manera más contrastada una escala personal de valores, que guíe su incipiente personalidad. 

Del educador -¡también del padre y la madre, aunque no es fácil muchas veces!- se espera que oriente y acompañe al adolescente en su personal proceso de autoconocimiento y en sus primeras tomas de decisiones. No que le sustituya, ni que “le lleve de la mano” porque “sabe lo que le conviene”. Entre otras cosas, lo normal es que su figura de autoridad haya ido menguando según avanza la pubertad de los hijos, y son estos los que tienen que ir aprendiendo a tomar sus propias decisiones, incluso a riesgo de equivocarse. Pero sí habrá que estar cerca y atentos para ofrecer consejo, consuelo o calma cuando se nos pida, y nunca avasallando o negándoles la iniciativa. 

¿Cómo? Con firmeza, tacto y paciencia. Sobre la base de haber ganado su confianza, es preciso que el padre y la madre traten de empatizar con su hijo o hija, y de establecer una relación afectiva abierta a posibles confidencias, dejándoles tomar decisiones, ayudándole a reflexionar acerca de ellas y autocorregirse llegado el caso. Habrá que seguir poniendo límites, ciertamente, sobre lo más esencial, y negociar en otras cosas de menor trascendencia. En ocasiones habrá que “hacer la vista gorda”, con paciencia, a la espera de que recapaciten.

A pesar de lo que se ha dicho, es también verdad que hay adolescentes que no se limitan a confiar sus problemas personales solo a los amigos de su misma edad; algunos confiesan que su mejor confidente es su padre, su madre o cierto profesor o tutor, porque es quien más y mejor le escucha, le acepta y orienta en sus dudas y zozobras, a pesar de todo. 

Pero esta confianza hay que empezar a ganársela mucho antes, a lo largo de la infancia. En realidad, la educación en la edad adolescente empieza en los años que la preceden; solo puede darse sobre la base de lo trabajado durante la infancia.

         (Publicado en el semanario La Verdad el 24 octubre 2025)

sábado, 20 de septiembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (148)

DEL DESEO DE APRENDER AL AUTODOMINIO


Una educación orientada y centrada en el desarrollo de la persona hacia su plenitud ha de partir indispensablemente del asombro y el deseo innato de aprender que observamos en la infancia. 

El educador (padre, maestro…) ha de suscitarlos para propiciar el aprendizaje y el ejercicio de experiencias significativas a través del trabajo (reflexión, esfuerzo, responsabilidad, constancia, adquisición y ejercicio de hábitos) y de la convivencia. Esto ayuda al niño y al joven a avanzar hacia la verdadera libertad, que no consiste simplemente en “querer”, sino en “saber querer”: en ser dueño de uno mismo y optar por lo bueno, lo justo, lo valioso, lo verdadero.

La adolescencia, se ha dicho, es la segunda edad de oro del aprendizaje; y aunque la infancia es más fundamental porque sienta las bases del desarrollo, aquella lo es en otro sentido, porque es la última gran oportunidad del educando para tomar decisiones importantes para su cerebro, su personalidad y su orientación vital.

El cerebro adolescente cambia de manera fantástica. Freud consiguió convencer a muchos de que la infancia vivía bajo el régimen del deseo, del que salía para entrar en el tremendo régimen de la realidad. Se olvidó de que entre ambos hay una etapa extraordinariamente fértil: la edad de la posibilidad, de la conciencia de la propia singularidad, característica esencial de la adolescencia.

La adolescencia es la época de la posibilidad y de la adquisición/consolidación del carácter, ya que coincide con el desarrollo de los lóbulos frontales del cerebro y el fortalecimiento de las funciones ejecutivas. Al mismo tiempo aparece el afán de autonomía personal, de una libertad sin barreras, necesitada sin embargo de referencias consistentes. Suele ser también, por ello, escenario de significativas frustraciones de las que es preciso también aprender.

Afirma José A. Marina que “según la Neurociencia, la experiencia consciente emerge del trabajo no consciente de nuestro cerebro y a partir de ella podemos introducir variaciones en la formidable maquinaria neuronal”. En un horizonte de comprensión más abarcador, este bucle prodigioso lo denominamos con palabras que comienzan por el prefijo “auto”: autocontrol, autorregulación, autodeterminación...; autodominio, en suma.

El autodominio implica actuar voluntariamente sobre nuestra inteligencia y sobre nuestra afectividad para orientarlas hacia valores significativos, hacia ideales de excelencia humana. Supone también el ejercicio continuado y bien orientado que nos hace pasar del “querría”, “me gustaría”… al logro efectivo, al “lo hago”.

La persona aprende a dirigirse a sí misma, a autogestionarse. El autodominio (los clásicos hablaban de prudencia, templanza, fortaleza y justicia…) es la función ejecutiva central en el desarrollo de nuestra personalidad. Es una capacidad más o menos amplia para dirigir, cambiar o bloquear las operaciones y los impulsos. Y su efecto es colosal, porque permite que el cerebro “se construya” a sí mismo. Más aún, lo que se forja y se eleva, paulatinamente, es la personalidad madura. 

Así pues, este momento decisivo del desarrollo de la personalidad consiste en aprender a dirigir aquella poderosa “maquinaria neuronal” -una base que nos capacita para el autoaprendizaje y que no conocemos del todo- hacia metas valiosas, elegidas voluntariamente. Es el proceso y el fruto de una lenta y bien dirigida educación. Tanto en el colegio como en la familia, el norte ha de estar en el mismo sitio.

(Publicado en el semanario La Verdad el 19 de septiembre de 2025)

viernes, 12 de septiembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (147)


LA IMPORTANCIA DEL ASOMBRO

     

Decíamos en el artículo precedente que nos hallamos en un contexto social y cultural cada vez más superficial y frenético, más utilitarista y hedonista, y por ello también más desalentado. Las prisas y las pantallas impiden a nuestros niños y jóvenes -a muchos adultos también- reflexionar y saborear con calma y con sosiego, saturan nuestros sentidos, embotan la conciencia y dificultan la capacidad de contemplación y de descubrimiento. 

Una profusión de actividades servidas de manera vertiginosa nos apartan de la contemplación de la naturaleza, del silencio, del juego creativo, del asombro ante la belleza, del conocimiento sereno y profundo de las cosas y de su valor, lo que, entre otras cosas, hace la tarea de educar más compleja, y a la vez aleja a nuestros niños -y no solo a ellos, por supuesto- de lo esencial. Si no hay silencio y calma, es imposible la reflexión, nos limitamos a reaccionar. El ambiente succiona y somete, los caracteres se ablandan… Se ha llegado a decir que los hijos son más hijos del ambiente que de sus padres.

Muchos hombres y mujeres, desde edades tempranas, se ven incapacitados para contemplar sosegadamente la realidad. La profundidad nos asusta o nos aburre. Nos mueve lo inmediato, los estímulos más superficiales; nos cuesta esperar resultados a medio y largo plazo. Hemos perdido capacidad para el asombro, que es la puerta del saber.

El asombro es un sentimiento de sorpresa y de admiración ante algo que no esperábamos. Nos impulsa al conocimiento, a profundizar mediante el estudio, a la contemplación y al deleite, a buscar, a crecer, a avanzar… 

Es también una actitud de humildad y agradecimiento ante lo bello. Lo primero que acontece en la experiencia estética es ese asombro que sigue y acompaña a la captación sensible; da paso a la fruición, al deleite, a la contemplación gozosa: origina un “pararse para mirar”, para escuchar; un percibir atento, exento de toda posesión utilitaria, desinteresado. 

Lo contemplado se interioriza entonces, se hace propio y se “está” en su presencia, dejándose uno mismo “apropiar” a la vez por ello, por cuanto irradia, hasta culminar en un sentimiento de plenitud: el entusiasmo, en aquella suerte de “enajenación” y “estar poseído por algo divino” que tiene mucho de enamoramiento, según lo describía Platón (Cfr. Fedro, 249, d-e). Ya no es mero “placer para los sentidos” sino un gozo a la vez sensible y espiritual de toda la persona.

Dejar que el asombro y la contemplación nos eduquen es crecer con la mirada abierta a la belleza, a la hondura y variedad de las cosas, aprender a contemplarlas con respeto y gratitud. El asombro, decíamos, suscita el interés, la ilusión, el deseo de conocer y de saber; es el principio del conocimiento: una emoción, un sentimiento de admiración y de elevación frente a algo que nos supera y nos encumbra.

Chesterton decía que “los hombres vulgares son aquéllos que estuvieron ante lo sublime, ante lo grandioso, y no se dieron cuenta”. Él mismo poseía una mirada capaz de admirarse hasta el extremo. En una frase formidable que a Borges le encantaba recordar, Chesterton afirmaba: “Todo pasará, sólo quedará el asombro, y sobre todo el asombro ante las cosas cotidianas”.


 (Publicado en el semanario La Verdad el 12 de septiembre de 2025)

domingo, 25 de mayo de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (139)

UNA SALUDABLE APUESTA POR LO REAL 


La miniserie que lleva por título “Adolescencia” ha dado pie a reflexiones diversas y muy interesantes en diferentes ámbitos de opinión. Su contenido, fuerte y provocador pero veraz, la lúcida crudeza del guion y el sobresaliente trabajo de sus intérpretes contribuyen a dar credibilidad a una situación que ocurre con demasiada frecuencia y que afecta a jóvenes, profesores y familias por influjo de un ambiente avasallador. 

Recientemente, el neurocientífico alemán Manfred Spitzer ha descrito y estudiado tal situación, y la ha llamado “demencia digital”, atribuyéndola de manera significativa al “uso desordenado entre adolescentes (y adultos) de los medios tecnológicos”.

El influjo excesivo de Internet y redes sociales, afirma Spitzer, aminora la capacidad de retener información y afecta negativamente al rendimiento cognitivo de nuestro cerebro afectando a la memoria, a la capacidad de aprendizaje y a la concentración. A su vez, la incapacidad para mantener la atención y la impaciencia por obtener respuestas dificultan concentrarse en tareas significativas, lo que a su vez reduce la productividad y aumenta la frustración.

Pero hay que referirse también a la inestabilidad emocional, a la inmadurez y debilidad del carácter, a la incapacidad para reflexionar y tomar decisiones firmes, a la insensibilidad ante el sufrimiento ajeno... También al temor que muchos jóvenes experimentan por no ser aceptados o porque sus compañeros les pueden hacer el vacío si no comparten “desafíos” o ”experiencias singulares” a través de las redes sociales.  

Indica también Spitzer que las neuronas se parecen en esto a los músculos y necesitan ser ejercitadas. Si recurrimos menos a nuestros recuerdos y acudimos a internet o a la IA para buscar respuestas rápidas, el cerebro se incapacita para el esfuerzo, la concentración y la reflexión, y tenderá a atrofiarse. Este buscar sistemáticamente respuestas rápidas en Internet, sin esforzarse en recordar o deducir, sustituir los juicios de valor por las reacciones emocionales, la manía de mirar las redes sociales cada poco tiempo, hacer scroll (técnica de diseño que impulsa a desplazarse sin fin deslizando el dedo en la pantalla mostrando automáticamente contenidos nuevos)... pueden contribuir a una dependencia empobrecedora y a incurrir en la mencionada “demencia digital”.

Pero esto no debe llevar simplemente a alarmarse, sino a adoptar criterios y actitudes que faciliten, por un lado y fundamental, la comunicación de padres y educadores con los hijos pequeños y adolescentes, y por otro que en estos se afiancen criterios bien fundados y disposiciones para no dejarse llevar por los estímulos y las incitaciones procedentes de ambientes o influencias tóxicas. 

Las prohibiciones no bastan, y por sí solas no educan. Frente a los peligros de la dependencia digital se impone una saludable “apuesta por lo real”: por la relación y la comunicación personal, por las experiencias de asombro ante la contemplación de las cosas, los paisajes, la naturaleza, la belleza artística, las historias personales; por el sosiego reflexivo, por el hábito lector tempranamente adquirido y tutelado, por formas de distracción y diversión que impliquen trabajo en equipo, convivencia cercana, por el trabajo y la escritura manuales, por el deporte y la actividad física compartida. 

La realidad es fuente esencial de enseñanzas verdaderas. Aprender a contemplar, a mirar serenamente a las personas, las cosas y los acontecimientos, es aprender a vivir con criterio y con sentido. Bernardo de Claraval decía que “sabio es aquel a quien las cosas le saben realmente como son”. 

(Publicado en el semanario La Verdad el 23 de mayo de 2025)

lunes, 7 de abril de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (136)

PANTALLAS Y EDUCACIÓN

Catherine L'Ecuyer, doctora en Educación y Psicología, y escritora experta en temas educativos, ha comparecido recientemente ante el Parlamento de Madrid y el Parlamento Vasco para tratar del uso de pantallas y dispositivos por parte de los menores y en los centros educativos. Extraemos algunas ideas de ambas intervenciones que nos parecen de gran interés tanto para padres como para centros escolares. 

L'Ecuyer explicaba en primer lugar que para entender cómo la tecnología afecta a los niños es esencial comprender sus necesidades y cómo aprenden en cada etapa de su desarrollo. 

Entre los 0 y 6 años, los niños aprenden a través de experiencias sensoriales y de interacciones personales. Durante esta etapa, su pensamiento abstracto está en desarrollo, por lo que no aprenden a través de pantallas, más aún, la literatura pediátrica señala que estas pueden causar impulsividad, inatención, dificultad para la deliberación y pobreza de vocabulario, y se acentúa la dificultad para trasladar una imagen de dos dimensiones a un ámbito de tres. Por ello, la Academia Americana de Pediatría recomienda cero tiempo de “pantalla” para niños de 0 a 2 años y menos de una hora al día para niños de 2 a 5 años.

Desde los 6 años hasta los 12, el niño consolida la lectoescritura, pero esta se aprende mejor con la escritura a mano pues, como la neurociencia demuestra, el movimiento inteligente de la mano es clave para el desarrollo cerebral. El informe The Google Generation estima que el concepto de nativo digital está sobrevalorado y que los jóvenes “dependen demasiado de los motores de búsqueda, lo que merma las competencias críticas y analíticas para poder entender el valor y la originalidad de la información en la web”.

“-¿Por qué el discurso digital se ha convertido no en una oportunidad sino en una dictadura? ¿Por qué la Comisión Europea impone en educación a los niños pequeños la adquisición de las llamadas “competencias digitales” mientras la Pediatría va por otro lado?”, se pregunta L’Ecuyer.

En respuesta a ello, critica a la industria tecnológica por su influencia en la percepción pública sobre el uso de pantallas. Las empresas no solo venden dispositivos, sino que buscan captar la atención de los usuarios mediante contenidos y recursos adictivos  (p.ej. el scrooling / desplazamiento infinito) para que permanezcan más tiempo, y de paso vender información y datos personales a terceros. Además, patrocinan investigaciones y eventos educativos para promover sus productos entre políticos, comunicadores y educadores, y convencerles de que tales productos son un factor imprescindible para el buen desarrollo de los niños.

La ponente desmonta varios "tecnomitos" difundidos por la industria, al afirmar: 

1º. Que los dispositivos están diseñados para enganchar al usuario. 

2º. Que los niños no tienen la madurez necesaria para el uso responsable de la tecnología. 

3º. Que, según el Instituto de Salud Pública de Québec “los dispositivos digitales en el aula, utilizados con fines personales o educativos, en el mejor de los casos no aportan ningún beneficio al aprendizaje o, en el peor, tienen un efecto negativo en la cognición de los jóvenes.”

4º Que el acceso universal a la tecnología viene a generar una “brecha cultural” entre las familias que no son conscientes de la necesidad de limitar el tiempo de uso y las que privilegian en sus hijos el contacto con la naturaleza y las relaciones interpersonales.


(Publicado en el semanario La Verdad el 7 de marzo de 2025)

domingo, 2 de marzo de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (132)

            LA TECNOLOGÍA: A FAVOR Y EN CONTRA                           DE LA EDUCACIÓN


 

La tecnología es una forma ordenada de aplicar conocimientos para lograr ciertos objetivos. Su valor máximo es la eficacia y la eficiencia. Ha permitido la producción sistemática de bienes y servicios y ha ampliado las capacidades humanas. Sin embargo, Romano Guardini advertía ya hace unas décadas que la tecnología ha dado lugar a una forma de poder al que acompaña un riesgo: la pérdida del sentido  propiciada por una economía y una forma de entender el mercado que no mira al verdadero desarrollo humano, y por una fragmentación de los saberes que facilita que la técnica se considere el principal recurso para interpretar y valorar la existencia.

La ciencia y la tecnología no deberían amenazar a la humanidad, pero los hechos históricos son contundentes al respecto. No podemos ser ingenuos como los ilustrados del siglo XVIII. La ética es crucial en la búsqueda de la verdad y la dignidad humana y ha de guiar el conocimiento para que esté al servicio del ser humano y del bien común. 

En el ámbito educativo, el llamado paradigma digital instalado en los últimos años ofrece nuevas formas de conocer y aprender, permitiendo mejorar el acceso a la educación y ofreciendo posibilidades de apoyo personalizado. Bien utilizadas, estas herramientas pueden mejorar la transmisión del conocimiento y el seguimiento individualizado del aprendizaje.

Pero es esencial al mismo tiempo defender valores como el rigor y la pausa en el pensamiento, orientando y estableciendo prioridades para un uso responsable de la tecnología en el ámbito educativo. La llamada “competencia digital” no consiste solo en manejar un ordenador y obtener rápidamente información, sino en una actitud crítica y reflexiva frente a la información y en usar los medios interactivos de manera responsable. Existe el riesgo de caer en una obsesión utilitarista que busca formar mano de obra cualificada al servicio del sistema productivo, despreciando otros ámbitos del conocimiento y el desarrollo y maduración de la persona misma… por no hablar de la predisposición a conductas adictivas.

La llamada “inteligencia artificial” (IA) debe ser utilizada como una herramienta complementaria de la inteligencia humana sin sustituir su riqueza inherente. Su uso extensivo en la educación podría aumentar la dependencia de la tecnología por parte de los estudiantes, bloqueando su capacidad para realizar actividades de forma autónoma y responsable. Pretender que la IA haga el trabajo de analizar, resumir, redactar, comentar… llevará a que los estudiantes no aprendan gramática, a redactar, a escribir una frase o un argumento convincente y cargado de intención, a extraer las ideas principales de un texto…, a pensar, en fin, por sí mismos.  

Si una habilidad no se cultiva acaba por atrofiarse. La educación en el uso de la IA debe centrarse en promover el pensamiento crítico, ya que su irrupción obliga a replantearse qué es lo esencialmente humano y qué se puede delegar en las máquinas.

En suma, la tecnología y la IA ofrecen grandes oportunidades, pero deben ser utilizadas con prudencia y con criterio ético para evitar riesgos y potenciar el verdadero aprendizaje y la maduración personal. Sustituir por herramientas tecnológicas el esfuerzo por comprender, memorizar, pensar, contemplar, hacer juicios de valor, reflexionar sobre uno mismo… conduce a la más rotunda falta de libertad.

(Publicado en el semanario La Verdad el 28 de febrero de 2025)

miércoles, 12 de febrero de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (129)

“APUNTA ALTO, TRABAJA DURO”. 

EL ÉXITO EDUCATIVO DE ESTONIA (y III)

 


Muchos indicadores revelan que Estonia 'cree' de verdad en la educación. Tras escapar del yugo soviético, este pequeño país, partiendo de una situación social y económica muy adversa, apostó por la digitalización y por la mejora del sistema educativo, centrándose en tres asuntos principales: 1) que las leyes educativas fueran realistas y eficaces, 2) la reforma de los currículos para centrarlos en lo esencial y 3) la formación del profesorado.

Ya el primer Informe McKinsey, de 2007 (“Cómo hacen los sistemas educativos con mejor desempeño del mundo para alcanzar sus objetivos”), apuntó a que la calidad de un sistema educativo depende sobre todo de la calidad del profesorado. Estonia es un buen ejemplo de ello. Formar excelentes profesores es asegurar la excelencia del sistema.

Los profesores estonios son preparados para desarrollar el pensamiento analítico y crítico de los alumnos, así como el pensamiento sistémico, la comprensión global y la capacidad de tomar decisiones éticas. La ética, en particular, se está convirtiendo en un aspecto fundamental en un entorno rico en tecnología como el que se ha instaurado en Estonia. Un objetivo fundamental en todas sus escuelas es el desarrollo de esta “habilidad”.  Con otras palabras, asumir la virtud de la prudencia como objetivo educativo básico.

Desde la época soviética había escuelas que enseñaban en ruso, pero los datos demuestran que la inmersión obligatoria en una lengua no materna en comunidades bilingües perjudica el aprendizaje. Esto se ha convertido en una prioridad para las autoridades educativas, porque no hablar con fluidez estonio, la lengua común, está siendo un obstáculo para el rendimiento de los estudiantes y para su futuro. Por ello se está intensificando el aprendizaje de la gramática y el uso vehicular de la lengua estonia.

Como contraste, frente a un sistema que ha asumido como lema “Apunta alto, trabaja duro” -es decir, aspiremos a la excelencia y valoremos el esfuerzo en el aprendizaje-, Gregorio Luri, ante la tendencia observada en sucesivos informes PISA, lamentaba que “nuestro sistema (el español) genera más deficiencia que excelencia, desde 2009 los alumnos excelentes están disminuyendo y los más rezagados, aumentando. Un 28%, es decir, casi un tercio, están en las franjas de abajo, y un 5% en las franjas de arriba”. 

        Lamentaba también Luri que “los docentes sufren una carga burocrática absurda” en nuestro país. El afán controlador de las administraciones educativas, impulsado por el actual marco legislativo, obliga al profesorado a dedicar casi la mitad de su horario efectivo a un papeleo atosigante. 

        Si a esto se añade la avidez política por adoctrinar ideológicamente al alumnado se comprende también lo que afirma el profesor navarro: “¿Dónde está la clave del éxito educativo? , le pregunté a un político de Singapur. Me contestó: 'En que cada docente sepa en cada momento por qué hace lo que hace'. Parece obvio, pero no lo es. A un profesor coreano le pregunté lo mismo y me dijo: 'Si un alumno en Corea presenta deficiencias de comprensión lectora (el 8% de los alumnos de 15 años) concluimos que su instrucción ha sido deficiente. Mientras, en España (donde se da un 20% ), lo enviáis al psicólogo'. Es decir, cuando hay problemas echamos balones fuera”, concluye. Sin embargo, añade, en España hallamos notables excepciones; nos fijamos mucho en otros países: “No hay que ir a Finlandia, que hoy es un juguete roto, sino a Soria, Valladolid y Burgos…”

(Publicado en el semanario La Verdad el 7 de febrero de 2025)

martes, 15 de octubre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (116)

   “BASTA UN PROFESOR -UNO SOLO-…”

 


El educador no es un animador sociocultural, ni un monitor de juegos, lo cual no significa que no intente hacer amena su labor, pero el objetivo final no es la diversión sino el crecimiento personal. El auténtico educador sabe que el amor, la comprensión y la confianza no excluyen la exigencia. Últimamente se ha hablado mucho de procurar que los chicos “se lo pasen muy bien en el centro escolar”, que lo más importante es “que sean felices”…, y no es que haya que ir a la escuela “a pasarlo mal”, desde luego. Pero la educación es un impulso hacia lo mejor de la persona, y esto no suele lograrse, también, sin esfuerzo, sin sacrificio. 

La importancia del buen educador es decisiva; prolonga la tarea del padre y de la madre. Ganándose la confianza de sus alumnos, y mediante una labor generosa, sabia y exigente, los guía y ayuda a crecer a como seres humanos, para que lleguen a ser lo mejor que puedan ser. Y a este es a quien se llama con propiedad maestro, maestra. A la vez que se ocupa de la transmisión del saber, se afana en la educación del carácter de sus alumnos, de su voluntad, de sus disposiciones emocionales. 

Daniel Pennac es un célebre escritor actual cuya etapa escolar no fue fácil ni para él, ni para sus padres y educadores (vamos, que al principio su vida escolar y su rendimiento fueron un desastre). Así lo cuenta en su libro Mal de escuela. Pero de manera sorprendente pasó algo que cambió todo. Lo dice el propio Pennac: «Basta un profesor —¡uno solo!— para salvarnos de nosotros mismos y hacernos olvidar a todos los demás».

Detrás del impacto favorable que puede sacudir la inercia y el letargo de muchos estudiantes, en el maestro suele esconderse una gran generosidad, autoexigencia y capacidad de sacrificio. Esas disposiciones hacen posible que se convierta en guía y facilitador del aprendizaje, desempeñando un papel fundamental al orientarles en su proceso de crecimiento académico y humano. 

En alguna ocasión hemos citado a Aristóteles cuando afirmaba que «educar es hacer deseable lo valioso». El maestro ha de hacer que el educando quiera, y no simplemente querer que el educando haga; no sólo busca que realice buenas acciones, sino la repercusión positiva de estas sobre quien las realiza; que al aprender y actuar, el educando se haga una persona más valiosa, más digna de confianza, y que él mismo sea consciente de ello. 

Un maestro no solo transmite conocimientos —que también, y ha de hacerlo lo mejor posible — sino que a través de esa tarea de transmisión actúa a la vez como mentor —Mentor fue quien educó a Telémaco durante la larga ausencia de su padre, Ulises, tomándose el término como el de preceptor y consejero sabio y experimentado—. Esta faceta se dirige a orientar y brindar apoyo y consejo a sus alumnos, en lo posible de manera personal. Educar supone trasladar al niño o joven una convicción: «Tú eres mucho mejor de lo que crees y eres capaz de mucho más de lo que imaginas».

Hacen falta educadores así. Y es muy importante que quienes piensen en dedicarse a esta profesión se hayan parado a reflexionar en su trascendencia con la suficiente antelación y hondura. Merece la pena.

 (Publicado en el semanario La Verdad el 11 de octubre de 2024)

lunes, 30 de enero de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (54)

LA INICIACIÓN A LA LECTURA EN EL HOGAR

 


El habito lector es cauce educativo para una vida rica en reflexión y valores humanos y por ello ha de cultivarse desde la primera infancia. En el ámbito familiar es de gran importancia la lectura de apego por parte de los padres ya desde el primer año; también que los padres lean, ellos mismos, habitualmente y con agrado, y que sus hijos les vean hacerlo, y que en el hogar se disponga de una biblioteca familiar que esté viva, formada con buenos libros, adecuados a las diferentes edades. 

Que un niño no sepa leer todavía no implica que no pueda disfrutar de las historias que se presentan en un libro; son los padres quienes hacen de intermediarios entre el cuento y él, facilitando que, a través de la expresión de las emociones que se narran y se comparten, el niño pueda interesarse en la lectura, en los valores y riquezas que esta aporta.

Es muy divertido iniciar este hábito con imágenes e ilustraciones y con la narración oral cuando son pequeños, para suscitar el asombro y el deseo de conocer, y facilitar así que lleguen paulatinamente a la lectura personal.

Contarle o leerle un cuento a un niño implica una actividad de apego y será uno de los momentos que atesore durante toda la vida, incluso de manera no consciente, ya que es un tiempo compartido y de dedicación exclusiva para él; así se fortalecen los lazos emocionales. El niño pequeño  aprende que es alguien valioso por ser “él” (o “ella”) mismo, ya que sus padres le dedican una atención expresa y con ello refuerzan la valoración incondicional de su persona.

Cuando, en efecto, una mamá le lee a su hijo se produce un encuentro muy íntimo, en el que su voz, la más próxima y cercana al bebé, lo acoge cariñosamente mientras narra historias, canta canciones… Cuando lo hace el papá, a su vez, se refuerza el sentimiento de autoestima por parte del niño o la niña.

La lectura en voz alta (leerles cuando son pequeños, antes de dormir, y más adelante, cuando han aprendido, hacer que ellos nos lean en voz alta) permite aprender a reconocer y a utilizar la entonación, favorece la ortofonía, ayuda a generar habilidades sintácticas y a adquirir estructuras de lenguaje culto. 

Es estupendo hablar con ellos sobre lo leído: poner palabras, suscitar preguntas, hacer pensar, ayudar a comunicar los propios sentimientos y conocer los de los padres, trasladarles referencias y criterios de discernimiento y de prudencia en el obrar… Muchos cuentos muestran cómo ciertos personajes afrontan situaciones complicadas, lo que permite que el niño adquiera confianza para poder superar obstáculos.

Por el contrario, que la lectura sea desplazada por la televisión u otras pantallas; que lo audiovisual -con su fuerza seductora pero emocionalmente anónima- arrebate esos momentos de intimidad lectora compartida entre padres e hijos pequeños, generará carencias emocionales y a la vez dependencias hacia los dispositivos digitales empobrecedoras a corto y largo plazo. 

Hemos de privilegiar el aprendizaje mediante la lectura reflexiva y el diálogo frente al aprendizaje audiovisual y el “picoteo adictivo” del mundo virtual. No se aprenden criterios y valores a través de las pantallas, sino a través del descubrimiento acompañado por una persona querida.


   (Publicado en el semanario La Verdad el 27 de enero de 2023)