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sábado, 13 de junio de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (178)

LA CONSOLIDACIÓN DEL “BUEN CARÁCTER”


El modelo educativo de la “educación del carácter”, aunque está de actualidad sobre todo en el mundo anglosajón, ahonda sus raíces en una contrastada tradición cultural que, ya desde Platón, destaca las cuatro virtudes llamadas “cardinales”, y las virtudes subordinadas que pueden incluirse en cada una de ellas: 



- Prudencia: honestidad, integridad, humildad, reflexión.

- Justicia: responsabilidad, ciudadanía activa, respeto, compasión, deportividad, amabilidad. 

- Fortaleza: resiliencia, lealtad, esperanza, capacidad de autosuperación, perseverancia y generosidad.

- Templanza: autodominio, paciencia, diligencia, serenidad, equilibrio, gratitud, cortesía y orden.



Es importante recordar que las virtudes son hábitos, es decir disposiciones estables de la persona, las cuales se adquieren en la práctica mediante la reiteración de acciones semejantes, que se orientan al bien propio y al bien común. Son estas disposiciones las que van configurando el carácter (en este contexto podemos hablar también de la personalidad), es decir, el modo de ser y de comportarse de una persona. En esta labor es importante el valor humano de la constancia: “no cansarse nunca de estar empezando siempre”.

*** *** ***

Aunque en la formación del carácter de niños y jóvenes es imprescindible la colaboración congruente entre la familia y el centro escolar, se podría sintetizar a grandes rasgos un programa-tipo para fomentar la consolidación de un buen carácter en los centros educativos:

6 Maneras de favorecer el buen carácter 

en el centro educativo 

 

Ejemplo: los profesores procuran ser un modelo para sus alumnos, esforzándose por vivir con alegría y equilibrio lo que intentan suscitar en sus alumnos.

Explicación: las virtudes hay que explicarlas bien, de acuerdo con una jerarquía adecuada, sirviéndose de ejemplos y casos concretos, aprovechando las oportunidades que ofrece la vida del colegio.

Ambiente y clima positivo: la clase y el centro educativo son una “comunidad ética” -para bien y para mal-. Los profesores tienen un papel fundamental en el mantenimiento de dicha “ética escolar” fomentando en los alumnos responsabilidad, perseverancia, respeto, civismo, generosidad, amabilidad y amistad, entre otros valores humanos. El respeto y la confianza de los alumnos no se logran sólo con las normas escolares; se deben fortalecer las relaciones basadas en el respeto mutuo: mostrándolo, solicitándolo y agradeciéndolo. Es muy importante el estímulo que ofrece siempre el grupo de iguales.

Trabajo bien hecho: consiste en trabajar con esmero, iniciativa, perseverancia y sentido de la responsabilidad, convirtiéndolo en un servicio cualificado. En la actividad y en la convivencia, trabajando junto con otras personas, uno puede aprender de sus errores y mejorarse a sí mismo, también el profesor… 

Solidaridad: Es muy importante transmitir a los alumnos una preocupación sincera por su futuro, a medio y largo plazo, así como por el bien común. Mostrar con ejemplos vividos que lo que se hace, para bien o para mal, tiene repercusión en las demás personas, y que todos dependemos de todos. Se cuenta que cuando Wellington visitó el colegio de sus años de infancia, afirmó: “aquí es donde derroté a Napoleón”.

Expectativas de excelencia: Intentar sacar de ellos lo mejor de sí mismos. Suscitar el deseo de hacer las cosas lo mejor posible. Invitar constantemente a mejorar, animar e inspirar. Comunicar con optimismo que siempre uno puede superarse, hacer más, aspirar a metas más altas cada vez, confiando, con paciencia, en que las alcanzarán.


(Publicado en el semanario La Verdad el 12 de junio de 2026)

miércoles, 3 de junio de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (177)

EL “BUEN CARÁCTER”

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El carácter es el modo de ser que una persona va desarrollando a partir de su temperamento innato por medio de la educación y la interacción con otras personas. Define su manera habitual de comportarse. 

Y así, la educación del carácter pretende ayudar a los alumnos y a los hijos a cultivar la mejor versión de sí mismos; que aprendan a desarrollar sus cualidades de manera integradora y positiva. En definitiva, formar hombres y mujeres en quienes se pueda confiar. 

 William J. Bennet y su grupo de investigación describen ocho grandes fortalezas del buen carácter: 



1. Ser una persona que aprende de la vida y tiene un pensamiento crítico (basado en criterios solventes) acerca de los acontecimientos que suceden en la vida.

2. Ser reflexivo, plantearse si lo que sucede es bueno o malo, si se debe hacer o no. Dar importancia al valor moral de lo que hacemos.

3. Ser diligente, capaz de ejecutar con rapidez lo que uno ha decidido que debe hacer.

4. Ser una persona que actúa de manera honesta, respetuosa y responsable.

5. Ser una persona disciplinada, en la que se aprecia un notable autodominio personal, no determinada por las circunstancias y los apetitos y que sigue una forma de vida saludable en todos los aspectos.

6. Ser una persona abierta, sociable y emocionalmente equilibrada.

7. Ser miembro activo y positivo en los ámbitos de convivencia social a los que se pertenece, colaborando en ellos de manera responsable y con iniciativas valiosas.

8. Ser una persona con valores sólidos y estables, o virtudes, que busca y tiene en cuenta su propósito en la vida, en el marco del bien común.



***

Una persona con un carácter sólido y valioso es la que ha ido configurando una serie valores humanos:

Propios de la inteligencia: Reflexionar antes, durante y después de actuar. Habilidad para comprender una situación, decidir, elegir algo por ser bueno (no por ser apetecible). Es lo que caracteriza a la prudencia o sabiduría práctica.

Propios del corazón: Desarrollo de sentimientos y emociones morales, empezando por el amor a lo bueno y la aversión a lo malo, la aspiración a lo mejor; además de la capacidad de empatizar y convivir con los otros. A grandes rasgos es lo que Aristóteles llama magnanimidad, grandeza de alma.

Propios de la acción: Deseo de hacer lo que se debe, tras considerar los hechos y circunstancias relevantes. Fortaleza y resiliencia. Llevar a la práctica lo que uno sabe que debe hacer: Compromiso, diligencia, responsabilidad, paciencia y constancia. 

Cuando una persona tiene un buen carácter, se espera que posea ideas claras, criterios sanos a la hora de hacer algo, que quiera hacerlo y que luego lo haga porque está motivada para acometer acciones buenas y rechazar las malas, superando las ganas y las desganas, incluso cuando se está sometido a la presión de un ambiente adverso. 

(Publicado en el semanario La Verdad el 29 de de mayo de 2026)

jueves, 21 de mayo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (175)

EDUCAR EL CARÁCTER ES PREOCUPARSE Y AYUDAR

            


            Educar el carácter tiene una estrechísima relación con la dimensión educativa de la formación, que -más allá de la mera instrucción- consiste en ayudar a adquirir hábitos positivos que son los que estructuran la personalidad y le brindan un propósito.

Facilitar que los estudiantes se conozcan, acepten todas las cualidades que tienen, que las valoren de modo positivo, y las cultiven y orienten en forma de servicio al bien común, es la tarea más noble que puede plantearse un sistema educativo.

El escritor Daniel Pennac cuenta en su libro Mal de escuela cómo uno de sus profesores, cercano ya a jubilarse, fue su salvador al descubrir que aquel joven díscolo y descuidado era un forjador de historias. Este profesor entendió que las numerosas fantasías y recelos de ese adolescente de catorce años eran excusas para no aprender las lecciones o no realizar los deberes. Entonces el veterano educador le motivó para que escribiera una novela de tema libre que debía redactar durante el trimestre, entregando un capítulo por semana, sin faltas de ortografía. Este hecho cambió la actitud negativa y desafiante de Daniel Pennac. He aquí un profesor -un maestro de vida- que no se limitó a enseñar y a evaluar, sino a cambiar el modo de ser de ese alumno: su carácter.

En un modelo orientado a la educación del carácter la primera tarea del profesor es preocuparse por cada estudiante, por quién es y por cómo es, por cuál es su temperamento natural, y a continuación atender a sus cualidades naturales y ayudarle a perfeccionarlas. 

Lo segundo, es ayudarle al mismo tiempo a que se conozca y a que se acepte como es. La aceptación personal es doble: por un lado, lo que es, y por otro cómo puede mejorar y perfeccionarse.

Lo tercero es ayudarle a que sea responsable, es decir protagonista de su aprendizaje y de su cambio personal, ayudándole a que se proponga metas personales valiosas, que puedan motivarle a mejorar como persona y a ayudar a los demás. 

De acuerdo con lo anterior, una educación del carácter centrada en la persona, tiene un doble objetivo: 

1º) Ayudar a que cada educando sea mejor persona, a que adquiera virtudes, hábitos intelectuales, volitivos y morales positivos que enriquezcan su naturaleza humana. 

2º) Ayudar a cada educando a que configure y decida un propósito valioso (tal vez varios) para su vida y su actuación. Aristóteles, a ese respecto, apelaba sobre todo a la virtud de la magnanimidad, virtud de quien se hace digno y se siente capaz de grandes realizaciones. Uno de los referentes de la educación del carácter es el concepto de felicidad, estado de plenitud y gozo de quien se encuentra con el bien. Educar el carácter implica ayudar a alcanzar una vida plena y feliz.

En definitiva, la educación del carácter representa un esfuerzo por recuperar el sentido profundo de la formación, integrando el desarrollo intelectual y moral para formar personas capaces de sacar lo mejor de sí mismas y de contribuir positivamente al bien común. Desde este planteamiento el conocimiento y la habilidad no se convierten en herramientas vacías, sino en hábitos valiosos que consolidan el carácter.

               (Publicado en el semanario La Verdad el 15 de mayo de 2026)

domingo, 10 de mayo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (174)

HACIA UNA FORMACIÓN DEL CARÁCTER

 


En la actualidad, especialmente en el ámbito anglosajón, se observa una tendencia creciente hacia el modelo educativo conocido como “educación del carácter”. Esta orientación surgió en los años 90 como respuesta a una inquietante deriva iniciada en la década de los 60, cuando muchos profesores empezaron a rechazar la educación moral por considerarla “adoctrinamiento”. A raíz de esta renuncia, la enseñanza se centró en transmitir habilidades y destrezas sin una guía ética ni antropológica clara, lo que desembocó en resultados académicos catastróficos y en una cultura de libertarismo disfuncional que todavía persiste. 

La decisión de apostar por la “educación del carácter” responde a la conciencia de que no basta con formar a los estudiantes en capacidades o habilidades, incluso cívicas; es esencial dotarles de argumentos y criterios para saber cómo, cuándo y por qué emplear esas habilidades, así como de resortes volitivos para llevarlos a la práctica. Sin esta orientación, el aprendizaje pierde profundidad y sentido, y los estudiantes pueden convertirse en individuos hábiles pero carentes de discernimiento ético. 

Fuera del mundo anglosajón —aunque también dentro de él, ciertamente— sigue prevaleciendo una educación demasiado dependiente en exceso de los dictados políticos e ideológicos dominantes. Esta tendencia limita el desarrollo de la personalidad del estudiante y condiciona los contenidos y métodos educativos a intereses ajenos a su formación personal. 

Es frecuente escuchar que los jóvenes de hoy son los más preparados de la historia. Sin embargo, desde la Universidad de Cambridge se alerta de que, pese a que los estudiantes británicos adquieren un elevado conocimiento en muchas competencias esenciales para la vida, existe entre el profesorado una marcada preocupación por la dimensión ética de sus alumnos. Se afirma que “son muy listos, pero perfectamente individualistas y egoístas”. Esta observación lleva a preguntar: ¿Qué tipo de personas estamos educando? 

El historiador Christian Ingrao, en su obra Creer y destruir. Los intelectuales en la máquina de guerra de las SS (Acantilado, 2017), describe el perfil de numerosos miembros del ejército nazi que no eran personas ignorantes, sino individuos con una formación académica muy elevada. Lejos de ser incultos, poseían un alto nivel educativo, lo que, sumado a un profundo compromiso ideológico, los convirtió en piezas eficaces de la maquinaria de exterminio alemana. Este caso es un ejemplo paradigmático de las consecuencias negativas de una formación intelectual intensa pero desvinculada de una sólida educación moral. 

Por tanto, es fundamental recordar que la educación tiene una doble función: enseñar y formar. Si se pone el énfasis únicamente en la enseñanza y en la mejora de la didáctica, el esfuerzo educativo se dirige al qué y al cómo enseñar, olvidando el para qué se aprende y la finalidad de los conocimientos adquiridos. Muchos jóvenes graduados que aterrizan en la docencia poseen un bagaje intelectual suficiente pero carecen de una formación moral y pedagógica que tenga como horizonte la plenitud de la persona en su integridad. 

Cada vez son más los centros escolares que demandan profesores comprometidos con el desarrollo personal de los estudiantes, más allá de competencias y habilidades y al margen de las presiones ideológicas impuestas desde el poder político, especialmente ante la renuncia de no pocas familias a su responsabilidad educativa. 

(Publicado en el semanario La Verdad el 8 de mayo de 2026)

miércoles, 6 de mayo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (173)

LA “EDUCACIÓN DEL CARÁCTER”, UNA EDUCACIÓN CENTRADA EN LA PERSONA

 

          


      Existe un interés creciente por una línea educativa actual que ha dado en llamarse “Educación del carácter”, aunque su desarrollo en España es una tarea pendiente si se compara con el ámbito anglosajón. En estos países, desde los años 90 del pasado siglo, se ha producido un resurgimiento notable y exitoso de este modelo educativo, a través de diversas propuestas que lo han posicionado como referente. 

          En España este interés se manifiesta actualmente de forma débil y fragmentada. Sin embargo, una investigación reciente liderada por la profesora Verónica Fernández Espinosa (UFV), indica que un alto porcentaje del profesorado considera la educación del carácter como un elemento esencial para el desarrollo integral y el éxito académico del alumno.

            Se observa además una tendencia creciente a integrar la formación del carácter bajo el paraguas de las habilidades no cognitivas  (soft skills). Educadores y pedagogos valoran virtudes como la tenacidad, la constancia y la diligencia, por su alta demanda en el ámbito laboral y su impacto en la resolución de problemas. Por otro lado, algunas líneas de innovación pedagógica convergen con este enfoque a través de pedagogías activas y de educación emocional.

El enfoque teórico de la educación moral hoy más invocado es deudor en gran medida del planteamiento de autores como Kohlberg, y se basa solo en la autonomía y el juicio moral como pilares fundamentales, argumentando que no se puede  reducir  el comportamiento moral a la mera acción, a la conducta irreflexiva (se toma aquí el hábito como un mero mecanismo que excluye la reflexión).

Pero el hábito, bien entendido, es una disposición basada en el ejercicio persistente de una facultad humana, que no renuncia a la reflexión: por ejemplo, el hábito de la sinceridad se adquiere acostumbrándose a decir siempre la verdad, pero esto no excluye que se piense lo que se dice sino todo lo  contrario.

            Además, en el comportamiento moral residen otros dos componentes clave: por un lado la voluntad, en estrecha relación con la afectividad, que implica querer hacer algo concreto en vez de su contrario; y, por otro el conocimiento de la realidad y el reconocimiento de la dignidad humana, necesarios para fundamentar las decisiones morales.

En nuestros centros escolares se echa a faltar demasiado a menudo un enfoque educativo que abarque a la persona en su totalidad y que fomente el cultivo de una “vida buena” (que no es lo mismo que la buena vida…) Y para esto no basta un planteamiento basado en competencias o habilidades. El modelo de la educación del carácter centrado en la idea de la plenitud humana se ofrece como alternativa al enfoque hoy vigente, lastrado de utilitarismo y contaminado ideológicamente.

Así, K. Kristjánsson, profesor en Birmingham, hablando de la virtud de la prudencia, afirma que consiste en una compleja tarea de organizar la vida buena que no puede asemejarse a una mera adquisición de habilidades, pues requiere una comprensión teórica profunda acerca de lo que significa tal vida buena. Se requieren habilidades para afrontar situaciones particulares, sin duda; pero también una visión teórica general que facilite el acceso a lo universal, en la que tiene lugar la reflexión sobre los fines de la existencia. (Continuará)

(Publicado en el Semanario La Verdad el 1 de mayo de 2026)

lunes, 5 de mayo de 2025

YA A LA VENTA: REPENSANDO LA EDUCACIÓN. CLAVES PARA UNA EDUCACIÓN CENTRADA EN LA PERSONA.

 


"El problema profundo de la educación hoy no es un problema de medios y recursos sino de fines; no es tampoco un problema de mera transmisión de saberes y utilidades, sino de aportación de significados, de valores de sentido que hagan justicia a la dignidad del ser humano y a su vocación al amor, a su anhelo de felicidad.

Una pedagogía consistente, perdurable, no debería ser ni progresista ni conservadora. La pedagogía no está hecha para el tiempo ni para las luchas por el poder, sino para el ser humano. La educación ha de poner como centro a la persona en toda su integridad. Por eso la educación tiene -debe tener-, antes que nada, una función personalizadora. 

Nuestros sistemas educativos se postulan como trampolines para la empresa y talleres de una servil ciudadanía, pero acaban a menudo en plantaciones de desesperanza incapaces de ofrecer razones para vivira muchos de nuestros jóvenes. ¿Acaso no hay razones para repensar a fondo nuestra educación?"


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ANDRES JIMÉNEZ ABAD es catedrático de instituto, doctor en filosofía y pedagogo. Ha sido director de centros de Enseñanza Media durante 10 años, tanto en el ámbito público como en el privado. Ha ejercido como profesor asociado de universidad durante 20 años. Colabora en actividades de formación del profesorado en centros de profesores y universidades españolas e hispanoamericanas. Durante 12 años ha ejercido diversas responsabilidades en la administración educativa del Gobierno de Navarra. 


domingo, 12 de noviembre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (84)

SABER MANDAR: CALMA Y ENERGÍA (II)


 

Calma, energía y entereza. Tres actitudes o disposiciones ineludibles para ejercer la autoridad en la educación. Tres ingredientes de la necesaria firmeza que ello conlleva. 

Se ha dicho que la calma es la majestad de la fuerza. Ha de ser la condición necesaria que ha de preceder a todo mandato. Cuando los nervios fallan no se está en condiciones de ejercer la autoridad. Calma: es mejor hablar que gritar, reprender sin insultar ni humillar, mandar sin atropellar, atendiendo al ritmo de maduración del niño o del joven, a su temperamento (si es muy primario y perdemos la calma tendremos una mala contestación casi asegurada, si es muy secundario puede sentirse herido, o “guardárnosla” ahondando en sentimientos de revancha, y la herida perdurará por bastante tiempo, y en todo caso se interpretará que estamos descargando nuestro mal humor o prepotencia, sin entender otros motivos e intenciones). 

También hay que estar atentos a las circunstancias (conviene no emplear el mismo tono en público o en privado, no aludir a cosas que le hieran o humillen particularmente, no se debe corregir cuando hay demasiada tensión emocional…)

No hay que pedir imposibles, seguramente convendrá disimular ciertos fallos de poca importancia para intervenir sólo en el momento más oportuno. Conviene reducir las órdenes al mínimo. No se trata de controlar y ahogar las energías naturales del niño o del joven, sino de orientarlas al mayor bien. María Montessori decía que hay que observarlo todo, y corregir poco y a su debido tiempo.

No hay que asfixiar las energías naturales, la iniciativa. Cuando un niño o niña se siente asfixiado, aplastado por un aluvión de normas y reproches, se encoge, pierde autoestima, se pone a la defensiva y cae con facilidad en el disimulo y la mentira, adquiere un hastío devastador frente a toda norma, deber y principio.

Como es lógico, esto se aprende. A veces nos pasaremos, otras nos quedaremos cortos… Pero debemos poner todo nuestro cuidado en actuar con la mejor intención y no perder los estribos ni las formas... ni el cariño.

      Hablemos ahora de la energía. Se trata de saber hacerse querer y respetar. Ha de ir acompañada de respeto, tacto y condescendencia. La energía, volvemos a insistir, no estará en gritar, insultar, mirar de forma amenazante… Se trata de:

a) Mandar sin suplicar. Convendrá dulcificar algunas órdenes, pero ha de haber órdenes. La obediencia no se mantiene ante una persona insegura de sí misma, carente de determinación en las decisiones de importancia. Es un modo de dar valor a lo que es preciso hacer.

b) Mandar sin discutir. Cuando no conviene detenerse en explicaciones o no existe seguridad de ser entendido en ese instante por el niño, no hay que aceptar réplicas. Se debe buscar otro momento, más sereno, para aclarar en privado la situación.

c) Mandar con claridad. Directrices claras y adaptadas a la edad, la inteligencia y receptividad del niño. Evitar expresiones ambiguas o que carezcan de la necesaria convicción.

d) Mantener lo mandado. No cambiar las órdenes a capricho, ni emplear diferente rigor según el humor que se tenga en cada momento, ni establecer diferencias injustas. Desigualdades y rectificaciones desconciertan. Una vez tomada una medida hay que mantenerla; la falta de perseverancia en esta actitud debilita la autoridad. Si el niño no merecía una corrección, por ejemplo, no había que habérsela impuesto, y si la merecía debe cumplirla. Hace falta entereza para no claudicar ante una momentánea pérdida de afecto. La tendencia a modificar las órdenes hace pensar que éstas dependen del capricho del educador. 

Calma para no pasarse de la raya de manera irracional y abusiva; y firmeza para no pararse antes de tiempo y caer en la veleidad y en la indecisión. La firmeza bien administrada da seguridad.

Nunca se insistirá lo bastante en la importancia de cuidar mucho las condiciones mencionadas. Esmerarse en ello, no cansarse de intentar actuar así no sólo es educativo para nuestros hijos o alumnos. Evidentemente, nosotros mismos, educadores, nos estaremos autoeducando, puesto que estaremos puliendo nuestro propio carácter. 

 (Publicado en el semanario La Verdad el 3 de noviembre de 2023)


sábado, 19 de febrero de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (17)

                    LA EDUCACIÓN DE LA AFECTIVIDAD



        

Nos hemos referido en artículos anteriores a la educación del corazón entendida como formación integral o educación personalizadora; y destacábamos en ella tres aspectos nucleares: la educación de la afectividad, de la voluntad o el carácter y la educación ética. Hemos reflexionado ya sobre la educación del carácter, y empezaremos a hacerlo ahora sobre la educación de los afectos. Aunque ya aludimos a ella anteriormente de pasada, conviene precisar ahora algo más.

La afectividad es una dimensión de nuestra naturaleza que es preciso tener muy en cuenta si queremos educar de manera equilibrada, integral, plenamente humana. Emociones, sentimientos, estados de ánimo, sensibilidad artística, compasión, deseos, ilusiones, miedos, impulsos, apetitos… son vivencias que surgen y actúan cuando percibimos algo que nos agrada o que nos disgusta, que nos atrae o nos amenaza, sacándonos de la indiferencia.

El poder de nuestras emociones es formidable. Gracias a su impulso se pueden alcanzar logros difíciles y afrontar adversidades que amenazan con ahogar nuestra resistencia e incluso nuestra vida. Por amor o por ira, por la fuerza de nuestras ilusiones o por el deseo de que se nos trate justamente, o incluso por desesperación, somos capaces de hacer y soportar lo que nuestra voluntad por sí sola no podría.

Pero las vivencias emocionales, las pasiones y los afectos poseen una espontaneidad, una fuerza y una fluctuación que a menudo los hacen difícilmente gobernables. Y al depender muy directamente de estímulos de agrado y desagrado pueden también ser susceptibles de manipulación externa. Decía Aristóteles, que la voluntad domina los apetitos hasta cierto punto, con imperio “político” y no “despótico”. No tenemos un poder absoluto sobre ellos porque poseen una dinámica propia, suelen resistir al mandato de la razón y solo cabe regularlos y dominarlos con esfuerzo, habilidad y paciencia, y no siempre. Si no se integran los sentimientos y los afectos de manera adecuada con la voluntad y con la inteligencia, el resultado es una vida llena de tensiones conscientes o inconscientes y en todo caso nada saludables.

Gregorio Luri decía recientemente, con clarividencia de maestro: “Dudo mucho de que las emociones puedan organizarse a sí mismas sin la ayuda de un principio no emocional. Más importante que hablar de emociones es saber qué tipo de personas aspiramos a ser.” 

La voluntad -instancia operativa racional- debe orientar la conducta, dirigiendo la agresividad y la apetencia de placer -que son las instancias operativas sensibles- y engendrando actitudes y hábitos enriquecedores para nuestra vida y la de los demás. Es el cauce de la autoposesión personal, del autodominio. Sólo quien se posee a sí mismo, por ser dueño de sus actos, puede darse a sí mismo, amar con autenticidad, hondura y constancia. 

Es preciso orientar racionalmente nuestras emociones para que sirvan al bien y a la verdad, a lo justo, a lo que es moralmente digno, que son aspectos que corresponde dilucidar y plantear a la inteligencia y la voluntad. Eso no es excluir las emociones. La afectividad necesita ser educada -no anulada- para que nos ayude a configurar nuestra personalidad de manera armónica y cabal. 

Pero para no caer en el voluntarismo y la insensibilidad -que, como ya dijimos en su momento, son deformaciones tan extremas como pueda serlo el emotivismo- es preciso dar su importancia al papel de los afectos y al cultivo de la sensibilidad.


         (Publicado en el semanario LA VERDAD el 11 de febrero de 2022)

miércoles, 9 de febrero de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (16)

METAS E IDEALES EN LA EDUCACIÓN

 


Hemos venido diciendo que la educación del carácter pivota en gran medida sobre la educación de la voluntad. Convendría resaltar a este respecto que el olvido de esta facultad en educación pasa por una generalizada dificultad a la hora de tomar decisiones y de proponerse metas valiosas como horizonte del desarrollo personal. 

En muchas personas, jóvenes y adultas, la voluntad no llega a desarrollarse porque no tienen capacidad de plantearse metas valiosas de cierta envergadura, lo cual va de la mano con una notable incapacidad para tomar decisiones. Una de las imágenes típicas de la persona sin voluntad es precisamente la del indeciso. Esta disfunción de la capacidad de elegir procede con frecuencia del rechazo al sacrificio que supone renunciar a algo para conseguir algo. 

Toda elección implica siempre renuncia. El indeciso, al pretender sustraerse a esa ley, termina bajo el imperio del deseo. Son esas personalidades acomplejadas definidas por Remo Bodei como "personalidades deseantes": buscan elecciones sin vínculos, relaciones sin lazos, "altruismos indoloros". Es el producto de un clima social en el que el simple deseo de algo da derecho a poseerlo sin demora e incapacita para asumir la responsabilidad y el riesgo que lleva consigo toda elección.

El adecuado desarrollo de la voluntad y del carácter dentro de una formación integral de la persona supone también la capacidad de ponerse metas valiosas, ideales. Decía Víktor Frankl: "Considero un concepto falso y peligroso para la higiene mental dar por supuesto que lo que el ser humano necesita ante todo es equilibrio o, como se denomina en biología, 'homeostasis', es decir, un estado sin tensiones, una forma de bienestar cómodo. Pero lo que el ser humano realmente necesita no es vivir sin tensiones, sino esforzarse y luchar por una meta que le merezca la pena". 

Pretender la forja de voluntades fuertes sin metas que las atraigan, acometer un “cómo” arduo sin tener un “para qué” valioso, puede terminar en neurosis o soberbia, en puro narcisismo, en contorsionismo intrascendente. El cultivo de la voluntad no es el exhibicionismo estoico de quien se "machaca" en el gimnasio para modelar los músculos y presumir ante sí mismo y los demás. 

Por eso es central en la práctica educativa alumbrar en los educandos grandes ideales donde dirigir la mirada y apartarla de su yo en riesgo de ser  convertido en ídolo. El ideal -la excelencia bien entendida: dar lo mejor de uno mismo por el bien de los demás, por una causa valiosa, justa y noble- ilusiona, aviva la voluntad, proporciona sentido.

Hoy, en tiempos de posverdad y pragmatismo, vemos claramente que si no hay posibilidad de hacer juicios objetivos porque, se dice, no hay verdad ni certezas, todo es pura subjetividad, relativismo. Todo, pues, vale igual. Y, si todo vale igual, nada vale nada. Y si nada vale nada ¿para qué poner en movimiento la voluntad, comprometerse? He aquí uno de los rasgos de nuestra crisis cultural. El ocaso de los ideales trae consigo el olvido de la voluntad y viceversa. No nos engañemos ni engañemos a los jóvenes: no hay posibilidad de una voluntad libre sin la presencia de ideales nobles, trascendentes. Gabriel Marcel afirmaba que hay dos formas de ser inservible para el mundo: o volviéndose de espaldas, o sumergiéndose en él. 


(Publicado en el semanario LA VERDAD el 4 de febrero de 2022)

viernes, 4 de febrero de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (15)

    EL PAPEL DEL ESFUERZO EN EL PROCESO EDUCATIVO




Existe en la educación del carácter y la personalidad un aspecto que tiene mucho que ver con el logro del autodominio. Se trata del hábito del esfuerzo. Es un hecho de experiencia que ni todo lo que nos agrada es bueno ni lo bueno es siempre apetecible, pues a menudo  resulta costoso y es necesario pugnar frente a las dificultades. 

El esfuerzo -esa determinación de la voluntad con la que se afrontan situaciones costosas- puede no ser una virtud como tal, pero sí es un ingrediente de toda virtud genuina. La generosidad, el respeto, la paciencia, la resistencia a la frustración, la responsabilidad, el esmero en el trabajo, la constancia, la compasión… toda virtud, en fin, se adquiere por reiteración de actos a impulsos de una voluntad persistente.

Al principio supone autoexigencia, insistencia, afán de superación…, pero en cuanto el hábito empieza a consolidarse la actividad resulta más fácil, produce alegría y con ella un plus de motivación que es fuente de una experiencia educativa valiosísima: la satisfacción del deber cumplido, el gozo de superarse y de haber sido capaz de conseguir las metas planteadas, con la consiguiente autoconfianza. La alegría interior que sigue a la coronación exitosa de un esfuerzo es una fuente extraordinaria de motivación y nos hace conocer una forma de alegría muy superior al placer sensible inmediato.

Por este motivo no hay que evitar esfuerzos a los niños y jóvenes; tienen que aprender a resolver los problemas que son capaces de resolver, contando con el apoyo emocional de sus padres y maestros, pero aprendiendo a ser los protagonistas. En general se trata de no dárselo todo hecho, de que aprendan a conseguir metas algo difíciles por medio de su esfuerzo y responsabilidad. La prudencia ha de acompañar esta práctica de la exigencia. 

El comportamiento moral positivo implica escuchar la voz del deber, la cual orienta la voluntad hacia el bien pero suele ser austera, exigente y frustra algunos de nuestros deseos más primarios. A partir de los quince meses los niños necesitan saber que a menudo hay que hacer cosas poco agradables para conseguir una meta valiosa y más satisfactoria a la larga. Para ello es necesaria una adecuada disciplina: cuidar el orden, establecimiento de límites, fomentar el gusto por el trabajo bien hecho, propiciar el autocontrol aprendiendo a dominar caprichos y a sobrellevar con buen ánimo estados y situaciones de frustración. Importa mucho aquí valorar su esfuerzo tanto, al menos, como el resultado final.

Es muy importante enseñar a aplazar la recompensa, como confirma el famoso experimento en 1960 del Dr. Walter Mischel, de la Universidad de Stanford, conocido como Test del Malvavisco (The Marshmallov Test).

Pero no es cuestión tampoco de “obrar sólo por amor al deber”, como decía Kant (eso sería caer en el voluntarismo y el rigorismo, que son degeneraciones de la voluntad); sino en obrar por amor al bien y a las personas, para lo cual el deber, eso sí, es una gran ayuda. 

No hay que olvidar tampoco una evidencia pedagógica y moral: las consecuencias en nuestra naturaleza del pecado original. Preferimos lo fácil y lo cómodo a lo bueno y tendemos a anteponer nuestro egoísmo a la generosidad y a la justicia. Ello acentúa el valor educativo del esfuerzo, además, claro está, de hacer necesaria también la ayuda sobrenatural de la gracia.


(Publicado en el semanario LA VERDAD el 28 de enero de 2022)

viernes, 21 de enero de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (13)

EDUCACIÓN DEL CARÁCTER


         Decíamos en el artículo anterior que una educación del corazón, entendida integralmente, debe desarrollar tres aspectos: 

1) Educación afectiva, cultivando sensibilidad, asombro, autoconocimiento, respeto… para sintonizar con el bien en todas sus modalidades. 

2) Educación de la voluntad y del carácter para el autodominio y el comportamiento libre y responsable. 

3) Educación ética: enseñar a hacer propios unos valores y comportamientos que orienten la vida al bien.

Por razones didácticas y de fundamentación empezaremos por el segundo, la educación de la voluntad y del carácter. Es muy interesante a este respecto una precisión que hace Daniel Goleman en su conocida obra Inteligencia emocional (Ed. Kairós) al vincular la "inteligencia emocional" con una larga tradición humanística: "Existe una palabra muy antigua para referirse a todo el conjunto de las habilidades representadas por la inteligencia emocional: carácter. (...) La inteligencia emocional es uno de los armazones básicos del carácter. La piedra de toque del carácter es la autodisciplina -la vida virtuosa- que, como han señalado tantos filósofos desde Aristóteles, se basa en el autocontrol. Otro elemento fundamental del carácter es la capacidad de motivarse y guiarse a uno mismo. (...) La capacidad de demorar la gratificación y de controlar y canalizar los impulsos constituye otra habilidad emocional fundamental a la que antiguamente se llamó voluntad." 

He traído aquí esta cita, algo extensa quizás, porque rompe con un prejuicio muy extendido, el de despreciar una larga trayectoria de pensamiento rico en sabiduría acerca del corazón humano. Hace unos años José Antonio Marina denunciaba el “misterio de la voluntad perdida” y se preguntaba: “¿cómo es posible que se haya  esfumado el concepto que ha servido para explicar el comportamiento libre durante veinticinco siglos, y que nadie haya protestado?”. La respuesta estaría, dice, en su sustitución por un concepto más ambiguo, el de motivación, que equivale a “tener ganas…, un fenómeno afectivo que no dominamos y en el que, por lo tanto, no podemos fundamentar nuestro comportamiento”, concluye. Por eso propone devolver a la voluntad su importancia educativa.

Según él las destrezas inherentes a la voluntad son: inhibir el impulso, deliberar, tomar decisiones y soportar el esfuerzo que supone la ejecución de éstas. Y refiriéndose al último punto, relataba algunas quejas frecuentes entre padres y educadores: “Mi niña se cansa de todo”, “¿qué hago con mi hijo que es muy inteligente, pero que no se esfuerza nada?”, “no sé cómo conseguir que mi hija estudie, o que mi hijo arregle su habitación”, “parece que han nacido cansados”…  Los educadores, proseguía, oímos con frecuencia estas quejas de los padres, a las que sigue siempre una pregunta: “¿Qué puedo hacer?”.El esfuerzo no es la virtud suprema, ciertamente, pero sin él no puede arraigar en el carácter ningún valor humano de envergadura. Especialmente en tiempos o en ambientes de permisividad o de hedonismo -de aprecio excesivo del placer y de la comodidad-, el esfuerzo se convierte de por sí en una virtud notable: se manifiesta en la fuerza de voluntad, la fortaleza o reciedumbre, y en la constancia, en la perseverancia.

En su libro Todo se puede entrenar, Toni, entrenador y tío de Rafa Nadal, escribe: “Lo que Rafael ha aprendido formándose como tenista le es útil también en su día a día. He intentado que su formación tenística fuera acompañada de lo que me parece más determinante: la formación del carácter.” 


(Publicado en el Semanario LA VERDAD el 14 de enero de 2022)

lunes, 29 de diciembre de 2014

EVALUACIÓN DE HÁBITOS Y VALORES. UNA PROPUESTA PARA EDUCACION PRIMARIA

El Departamento de Educación del Gobierno de Navarra ha publicado recientemente una interesante herramienta para evaluar hábitos y valores humanos en Educación Primaria.



    Se trata de un repertorio estructurado de indicadores que pueden ser utilizados tanto para el diagnóstico como para el seguimiento de los planes de mejora de los centros educativos.

    Con este Sistema de indicadores se facilita y orienta la observación del comportamiento en el alumnado por parte del profesor o tutor, y también, de manera análoga, por parte de los padres. Ello hace posible el  planeamiento de objetivos comunes entre profesorado y familia, así como el seguimiento del alumno o alumna, dentro de una labor coordinada. 

    Tras una definición operativa de cada hábito o valor (instrumental o final) sigue una descripción mediante rúbricas de cinco niveles o grados de desarrollo.

   El Sistema de indicadores pretende ofrecer una estructura sencilla, operativa y fácilmente comprensible para el profesorado y las familias.

            Los indicadores se refieren a cuatro tipos de hábitos y valores:

1.    Indicadores referidos a hábitos y valores que facilitan la convivencia y la vida escolar.

2.    Indicadores referidos a hábitos y valores que facilitan el trabajo y el estudio.

3.    Indicadores referidos a hábitos y valores que favorecen el bienestar personal y familiar.

4.  Indicadores referidos a hábitos y valores que favorecen el compromiso con las  personas y la sociedad.

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