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lunes, 17 de noviembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (156)

EDUCACIÓN EN LA ADOLESCENCIA. AFECTIVIDAD Y SEXUALIDAD.


La adolescencia es vivida por los propios jóvenes con gran intensidad, pero para padres y educadores se trata también de uno de los más serios retos educativos. Ya hemos indicado que es preciso favorecer el desarrollo temprano de actitudes, hábitos y estrategias de relación y de comportamiento, especialmente en el marco de la infancia media -7 a 10 años-, y no esperar a que el niño llegue a la pubertad para exigirle de golpe que asuma criterios, responsabilidades y disposiciones casi de adulto. Es preciso empezar mucho antes de que empiecen a sonar las primeras alarmas.

Si un hijo no ha aprendido a ser ordenado y constante, a confiar en sus padres con naturalidad, a contarles sus cosas sinceramente y a tomar algunas decisiones por sí mismo asumiendo responsabilidades concretas, es muy difícil que lo haga en el momento en que se aleja del referente paterno y materno. No esperemos que un joven o una joven se confíe espontáneamente a sus padres cuando tenga algún dilema personal o algún conflicto si la escucha y el diálogo natural y confiado no vienen siendo lo habitual en la familia “desde siempre” y por parte de todos. 

Mencionaremos algunas pautas educativas que pueden ayudar al adolescente y colaborar positivamente en su desarrollo. Empecemos por la educación de la afectividad y la sexualidad. 

El desarrollo sexual motiva una gran curiosidad, a la que debe preceder y acompañar una oportuna y cuidada información y apoyo. No es bueno que surja una curiosidad malsana, un deseo de buscar información fuera del ámbito familiar, tal vez donde no se le ofrezca de manera positiva, ni tampoco que se produzcan sentimientos de injustificada culpabilidad. 

Por ello, al desarrollo corporal le debe preceder y acompañar una adecuada reflexión sobre la afectividad, la amistad y el recto sentido del amor humano: la sexualidad es uno de los lenguajes del amor, es expresión del amor de entrega entre un hombre y una mujer en el que cada uno ha de buscar por encima de todo el bien del otro, lo cual reclama un compromiso mutuo y estable; y esa es su mayor riqueza. 

La familia es escuela de un amor profundo cuya esencia es la entrega personal, una comunidad de vida y no el placer, que es fluctuante. El goce sexual tiene su lugar, desde luego, pero no puede ponerse por encima de la búsqueda del bien para el otro. No puede haber amor si no hay respeto. Siempre que se hable de sexualidad en casa se debe valorar, sobre todo, como expresión y lenguaje del amor humano.

Ciertamente, una vida sexual madura así entendida no es fácil. Habrá incluso quien diga que es imposible de vivir. Y por eso, niños y jóvenes necesitan ver a su lado personas de referencia -de manera fundamental sus padres- que siguen formas de vida equilibrada, que saben querer y quererse de verdad, y que son verdaderamente felices. Sin esta fuerza moral, que brota de una relación personal concreta y gozosa, de la que se forma parte, por supuesto es difícil creer que se puede vivir así. 

Por ello es tan esencial la función educadora de la familia: lo que uno ha vivido y experimentado (en su familia, en su casa, viéndolo vivir y participando de ello gozosamente) es irrefutable. Contra facta, non valent argumenta. (Continuará)

     (Publicado en el semanario La Verdad el 14 de noviembre de 2025)

viernes, 20 de junio de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (142)

ADICTOS (II): EL PELIGRO DE LA PORNOGRAFÍA


Dejar un vicio no es fácil, requiere mucho esfuerzo y trabajo personal. Pero puede superarse, se puede salir de ahí. A diferencia de las drogas, el hábito de la pornografía tiene un periodo de recuperación menos severo, pero de todas formas es un proceso arduo, requiere perseverancia y compañía. ¿Cómo pueden los padres intervenir al respecto?

Es fundamental reconocer que dejar un vicio requiere fuerza de voluntad, constancia y apoyo. Aunque el proceso de recuperación puede ser más rápido que en otras adicciones sigue siendo desafiante y requiere perseverancia.

Lo ideal es actuar mucho antes, de manera preventiva, para que los hijos desarrollen una estabilidad emocional y una sana autoestima. Ello requiere estar presentes física y emocionalmente, sin agobiar, de forma natural, desde la primera infancia hasta la adolescencia: que sea habitual hablar juntos de muchas cosas, tanto trascendentes como intrascendentes, favoreciendo una comunicación natural y fluida. Dedicarse tiempo para estar juntos, escucharse, cambiar impresiones, comentar acontecimientos, aportar juicios de valor… Una vez que esto se da, es más sencillo trasladar con palabras y con el ejemplo una forma de valorar a las personas de ambos sexos con respeto y delicadeza. Los hijos deben percibir en sus padres un trato afable y respetuoso, que les sirva como referencia para sus propias relaciones y para valorar a las demás personas.

Cuando los hijos se acercan a la pubertad, es importante hablar con ellos sobre el sexo y la afectividad, abordando posibles informaciones o actitudes inadecuadas que puedan haber recibido. Este diálogo debe ser claro, afectuoso y sin prejuicios, anticipándose en lo posible a posibles situaciones problemáticas. Es preferible anticiparse a llegar demasiado tarde. El propósito es que si ellos ven escenas inadecuadas de tipo sexual o escuchan alusiones, comentarios o juicios inconvenientes, no tengan problema en comentarlo y en pedir criterio o consejo al respecto. También es muy importante conversar acerca de las malas compañías.

Es esencial transmitir que se desaprueban las malas conductas pero no a la persona, para garantizar que se sientan aceptados y motivados para cambiar, llegado el caso. 

Si ya se ha desarrollado un hábito, es básico hacerles entender que la pornografía afecta el cerebro produciendo dopamina en grandes cantidades, lo que modifica las conexiones neuronales, distorsiona el pensamiento y dificulta la toma de decisiones. Este impacto puede causar un comportamiento dependiente, poco razonable y más rudo en las relaciones. Reconocer la gravedad del problema y buscar ayuda son los primeros pasos hacia el cambio.

Cuando se descubre que un hijo está viendo pornografía, es importante actuar con calma, corregir la conducta y evitar generar vergüenza o culpa excesiva, para mantener la confianza y el diálogo abierto. Más que culpabilizar por las conductas negativas, lo efectivo es fomentar hábitos positivos que motiven cambios duraderos: ayudar a otras personas en dificultad, por ejemplo.

El proceso de superar un vicio o una adicción no es inmediato. Las recaídas son parte esperada del progreso y no deben interpretarse como fracasos. Lo importante es tener la disposición de volver a empezar y mantener un enfoque constante en construir una vida más saludable y con mejores decisiones. En resumen, la prevención, el apoyo familiar, la educación emocional y la perseverancia son fundamentales para abordar el peligro de la pornografía. Cambiar conductas no deseadas requiere empatía, paciencia y confianza en que siempre es posible comenzar de nuevo.

(Publicado en el semanario La Verdad el 13 de junio de 2025)

martes, 4 de octubre de 2011

Persona masculina, persona femenina


La persona humana es coesencialmente alma y cuerpo, formando ambas dimensiones una unidad sustancial, un solo ser.
El cuerpo humano es constitutivo de la persona y es su  expresión. El cuerpo manifiesta además una modalización decisiva: es masculino o femenino, ya desde su configuración cromosómica y genética. Pero al mismo tiempo sirve de cauce expresivo,  pasando  por  el dimorfismo morfológico y fisiológico correlativo en el varón y en la mujer-, y así uno y otra se expresan como tales a través de su corporalidad distintiva. La corporalidad sexuada modula también el modo de sentir, querer y pensar. La persona entera es masculina o femenina.
Esta dualidad en el modo de ser persona mostrada por el cuerpo de hombre o de mujer se ve ahondada significativamente en la generación sexual, basada en la diferenciación corporal –anatómica y fisiológica- masculina y femenina.
            Ciertas cualidades decisivas en toda persona madura parecen más peculiares del modo de ser persona masculino y otras del modo de ser persona femenino. Hay, por ejemplo, un modo masculino de ejercer la ternura, distinto en la mujer; del mismo modo que hay un modo femenino de ejercer la firmeza, distinto en el varón. Que exista una cierta inclinación hacia determinadas disposiciones no significa exclusividad en su adquisición y ejercicio. El modo de ser masculino parece más capaz de aportar una tendencia a la exactitud y la racionalización, la técnica, el dominio sobre las cosas, la capacidad de proyectos a largo plazo. El modo femenino de ser persona muestra una mayor espontaneidad para el conocimiento de las personas, la delicadeza y el matiz en el trato, la capacidad de atender a lo concreto, la generosidad, la intuición en el raciocinio, la tenacidad...
Ello no supone un “reparto” de cualidades, y menos aún una distinción de rango o dignidad, sino una predisposición natural a la complementariedad, al respeto y a la ayuda mutua.  No es que existan cualidades masculinas y femeninas, sino un diferente modo de cultivarlas y de mostrarlas, masculino y femenino,  que  induce a la colaboración entre las personas de uno y otro sexo.
La dualidad varón-mujer afecta, así pues, a la persona entera: cuerpo, afectividad, racionalidad, conducta; y por lo tanto también a la cultura y a la vida social, reflejo y objetivación en buena medida de la subjetividad personal.
La persona humana es varón o mujer, en referencia recíproca y complementariedad radical. La persona en cuanto varón es para la mujer, y en cuanto mujer es para el varón. Ser en el cuerpo varón o mujer significa que la persona humana se ofrece en reciprocidad mediante una forma de vida en complementariedad, en convivencia íntima, mediada por la mutua referencia corporal sexuada, pero basada en la libre donación mutua y  en la comunión de las personas.
       Intentar vivir sin contar con nuestra dimensión físico-biológica es intentar romper la unidad constitutiva del ser humano. La ruptura con lo biológico no libera de ataduras, antes bien conduce a lo patológico.



Amor y sexualidad humana

            Venimos diciendo que la persona entera es afectada por su naturaleza sexuada de mujer o de varón.  La vida humana, por otra parte, y de forma radical, es una realidad unitaria, porque es radicalmente la vida de un sujeto individual, que luego se enriquece operativamente por medio de sus relaciones cuando éstas son equilibradas, sinérgicas, creativas. Pero como en la naturaleza humana existen dimensiones y elementos distintos, es preciso configurar la propia vida y la personalidad mediante una adecuada integración. Como en otros aspectos de la realidad, la integración y unidad de lo diverso es lo que llamamos orden o jerarquía.

Y lo mismo que ocurre con el resto de las dimensiones y estratos de la personalidad humana, la integración de todas las dimensiones de la sexualidad no es fácil. Es una jerarquía en la que las partes se complementan y ayudan mutuamente aportando lo que es propio de cada una para dar lugar a lo que es propio de la persona: la unidad de vida para la propia donación en el amor.

La unidad y el equilibrio personal implican una ordenación, una jerarquía efectiva, de todas las dimensiones de la sexualidad humana: la biológica, la afectiva y la personal.

La subordinación (en este caso de la dimensión biológica y la afectiva a la dimensión personal) no destruye el dinamismo de los elementos o dimensiones inferiores, sino que los eleva al darles un sentido que supera las posibilidades que tienen por separado: como la piedra que se convierte en cimiento, el espacio que se convierte en hogar, el esfuerzo que se convierte en trabajo, la caricia que se convierte en símbolo de cercanía y compenetración entre dos personas. La subordinación de todas las dimensiones de la naturaleza humana a la dimensión estrictamente personal tiene lugar de forma culminar en el amor de oblación. El amor hecho donación de sí mismo da sentido profundamente humano al diálogo sexual.

DIMENSIÓN BIOLÓGICA
a)  Dimorfismo sexual, ligado a la función reproductiva: complementariedad
b)  En la especie humana no existe dependencia total de los individuos con respecto a las pautas de la especie, pero sí una tendencia sensible básica
c)   Es cauce y expresión de la individualidad y de la intimidad personal
d)   Su satisfacción es el goce o deleite (bienestar o placer fisiológico)
 DIMENSIÓN AFECTIVA
a)   Engloba emociones, sentimientos, necesidades, estados de ánimo, impulsos
b)    A través de la afectividad se expresan y captan necesidades, actitudes y deseos, y también aspectos interiores de las personas
c)    Enamoramiento: estado de ánimo o sentimiento generalizado de ilusión, de necesidad emocional y de valoración optimista de la persona amada
d)    Su satisfacción constituye el gozo o alegría (bienestar o placer emocional)
DIMENSIÓN PERSONAL
a) Encuentro interpersonal, comunicación: ámbito de intimidad compartida
b)  Amor personal (conyugal): donación mutua
c)    Procreación: La donación mutua y la comunión personal se convierten en potencial ámbito de acogida a un nuevo ser personal
d)   Su satisfacción es la felicidad compartida (bienestar o placer espiritual de la comunión amorosa, gozo)
e) Toda la dinámica fisiológica y afectiva se hace cauce para el don recíproco de las personas

Una vida afectivo-sexual madura consiste fundamentalmente en vivir armónica y profundamente toda la potencialidad del amor conyugal, como donación mutua, en beneficio común y en apertura a la vida.

Ambas personas, hombre y mujer, se entregan recíprocamente para compartir lo que son y lo que tienen, y para abrirse al don que reciben gratuitamente como coronación de su donación mutua, convertida en comunidad de vida.

Pero como nadie puede dar lo que no tiene, se precisa como condición previa el dominio de uno mismo. Y éste dominio sólo es verdadero cuando se confirma libremente en el obrar mediante un compromiso acorde con la naturaleza constitutiva de un ser que es persona. Sí, hablamos de lo que los clásicos llamaban virtud. La ética no es en el fondo sino el arte de vivir orientándose hacia el bien.


En la vida sexual, muy a menudo, no se tiene en cuenta el aspecto moral, lo cual hace que la sexualidad corra el peligro de despersonalizarse, y en lugar de convertirse en un modo de enriquecimiento humano, queda reducido a un factor de cosificación, de manipulación y de tristeza. A.J.