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viernes, 20 de junio de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (142)

ADICTOS (II): EL PELIGRO DE LA PORNOGRAFÍA


Dejar un vicio no es fácil, requiere mucho esfuerzo y trabajo personal. Pero puede superarse, se puede salir de ahí. A diferencia de las drogas, el hábito de la pornografía tiene un periodo de recuperación menos severo, pero de todas formas es un proceso arduo, requiere perseverancia y compañía. ¿Cómo pueden los padres intervenir al respecto?

Es fundamental reconocer que dejar un vicio requiere fuerza de voluntad, constancia y apoyo. Aunque el proceso de recuperación puede ser más rápido que en otras adicciones sigue siendo desafiante y requiere perseverancia.

Lo ideal es actuar mucho antes, de manera preventiva, para que los hijos desarrollen una estabilidad emocional y una sana autoestima. Ello requiere estar presentes física y emocionalmente, sin agobiar, de forma natural, desde la primera infancia hasta la adolescencia: que sea habitual hablar juntos de muchas cosas, tanto trascendentes como intrascendentes, favoreciendo una comunicación natural y fluida. Dedicarse tiempo para estar juntos, escucharse, cambiar impresiones, comentar acontecimientos, aportar juicios de valor… Una vez que esto se da, es más sencillo trasladar con palabras y con el ejemplo una forma de valorar a las personas de ambos sexos con respeto y delicadeza. Los hijos deben percibir en sus padres un trato afable y respetuoso, que les sirva como referencia para sus propias relaciones y para valorar a las demás personas.

Cuando los hijos se acercan a la pubertad, es importante hablar con ellos sobre el sexo y la afectividad, abordando posibles informaciones o actitudes inadecuadas que puedan haber recibido. Este diálogo debe ser claro, afectuoso y sin prejuicios, anticipándose en lo posible a posibles situaciones problemáticas. Es preferible anticiparse a llegar demasiado tarde. El propósito es que si ellos ven escenas inadecuadas de tipo sexual o escuchan alusiones, comentarios o juicios inconvenientes, no tengan problema en comentarlo y en pedir criterio o consejo al respecto. También es muy importante conversar acerca de las malas compañías.

Es esencial transmitir que se desaprueban las malas conductas pero no a la persona, para garantizar que se sientan aceptados y motivados para cambiar, llegado el caso. 

Si ya se ha desarrollado un hábito, es básico hacerles entender que la pornografía afecta el cerebro produciendo dopamina en grandes cantidades, lo que modifica las conexiones neuronales, distorsiona el pensamiento y dificulta la toma de decisiones. Este impacto puede causar un comportamiento dependiente, poco razonable y más rudo en las relaciones. Reconocer la gravedad del problema y buscar ayuda son los primeros pasos hacia el cambio.

Cuando se descubre que un hijo está viendo pornografía, es importante actuar con calma, corregir la conducta y evitar generar vergüenza o culpa excesiva, para mantener la confianza y el diálogo abierto. Más que culpabilizar por las conductas negativas, lo efectivo es fomentar hábitos positivos que motiven cambios duraderos: ayudar a otras personas en dificultad, por ejemplo.

El proceso de superar un vicio o una adicción no es inmediato. Las recaídas son parte esperada del progreso y no deben interpretarse como fracasos. Lo importante es tener la disposición de volver a empezar y mantener un enfoque constante en construir una vida más saludable y con mejores decisiones. En resumen, la prevención, el apoyo familiar, la educación emocional y la perseverancia son fundamentales para abordar el peligro de la pornografía. Cambiar conductas no deseadas requiere empatía, paciencia y confianza en que siempre es posible comenzar de nuevo.

(Publicado en el semanario La Verdad el 13 de junio de 2025)

martes, 10 de junio de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (141)

ADICTOS (I)



Por supuesto, no todo en las redes sociales es negativo o peligroso. Hay quien insiste en ciertas consecuencias positivas, como que los jóvenes experimentan un mayor “apoyo emocional” ante situaciones difíciles o que encuentran en ellas un cauce para expresar sus opiniones. Pero haciendo un balance de pros y contras desde el punto de vista educativo, no está de más llamar la atención sobre los cambios sociales y las consecuencias nada positivas que se vienen observando.

Hemos hablado ya de la preocupación por la propia imagen y algunas de sus secuelas. Instagram, entre otras redes favorecen la configuración de una autoestima basada en la imagen física y la frustración consiguiente en chicas y chicos adolescentes por la comparación con las “vidas ideales”, a menudo falsas, que otros muestran en sus perfiles, provocando una espiral de “postureo” generalizado. 

Cuando cientos o miles de personas nos están observando, la preocupación por quedar bien o ser popular puede volverse asfixiante. El cerebro y la sensibilidad de un adolescente son muy susceptibles a las críticas y a la exigencia de perfección que suelen difundirse por las redes. Debido a una mayor producción de dopamina en el cerebro, los adolescentes tienden a buscar sensaciones nuevas de forma inmediata y creciente. Y así, la búsqueda de satisfacción lleva a valorar más el goce inmediato que los riesgos. 

No son pocos quienes se obsesionan con ser aplaudidos por un alto número de seguidores y admiradores y que, por la misma razón, se vienen abajo o se descontrolan si tal cosa no ocurre. Los alicientes efímeros en los que a menudo se pone la ilusión o se busca un escape dejan un oscuro reguero de frustración, desencanto e inestabilidad, como se aprecia por ejemplo en la aleccionadora serie británica “Adolescencia”, mencionada con anterioridad.

Es fundamental aceptar y amar a los hijos con sus imperfecciones, y que ellos lo experimenten así. Esto puede evitar problemas de imagen corporal vinculados a las redes. Aunque tampoco estaría de más que los padres se examinen también para comprobar si ellos mismos los sufren, porque si los padres se comparan constantemente con lo que ven en las redes, este patrón se contagiará fácilmente a sus hijos. Es importante que la obsesión por el aspecto físico o el qué dirán no se vea fomentada por quienes son sus referentes educativos.

Otro de los comportamientos ligados a Internet más preocupantes es la adicción al juego. Se caracteriza por la pérdida de control, la dependencia emocional respecto al juego y la interferencia grave en la vida cotidiana y en las relaciones. Se asegura que en España apuestan on-line casi el 20 por ciento de los menores, y que suelen empezar hacia los 13 años. Aunque ello está prohibido a menores, muchos acceden a Internet utilizando identidades falsas. 

Es una práctica tristemente frecuente también el acceso a la pornografía (muy precoz, en torno a los 10 u 11 años), y las consecuencias negativas que conlleva. Su difusión y la consiguiente comercialización y banalización del cuerpo han sido muy favorecidas por un uso desequilibrado de Internet. Se puede llegar a adquirir así un hábito pernicioso y hasta una conducta compulsiva, una adicción. A esto hay que añadir la degradación moral derivada de un comportamiento erótico reactivo y de considerar a las personas como meros objetos de deseo, de usar y tirar. (Continuará)

 (Publicado en el semanario La Verdad el 6 de junio de 2025)

martes, 25 de marzo de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (134)

MAMÁ, QUIERO SER INFLUENCER (II)


Quién acompaña a los Influencers? | iDen Global Consultoría de Negocio  Digital


Hemos descrito la creciente proyección que, especialmente entre nuestros jóvenes, tiene la irrupción de los influencers en las redes sociales. Vayamos ahora con una posible respuesta educativa ante este fenómeno.

Empezaremos aludiendo al sentimentalismo dominante en la mentalidad hoy prevaleciente, y que constituye el marco de nuestra era digital. El sentimentalismo es una deformación de la vida afectiva, aparece cuando la verdad, el bien, la justicia o la belleza dejan de orientar la vida y son sustituidos por el sentimiento, la pasión, el gregarismo, el mero apetecer o el capricho (las ganas). 

Es estupendo que nuestros hijos o alumnos sean sensibles. Pero han de ser dueños de sí mismos y no esclavos de sus apetencias y caprichos, de las modas o del miedo al qué dirán.

Si la afectividad no es ordenada por la razón -criterio y voluntad-, se verá sometida a la espontaneidad ciega de impulsos que suelen ser imprevisibles, variables, muchas veces ilógicos y a menudo destructivos. Dejarse llevar de modo habitual por lo que atrae sensiblemente, por lo agradable y placentero, poniendo el bienestar en lo más alto de la escala de valores, puede llevar a grandes equivocaciones y daños tanto en el proceso educativo como en la vida misma. Y además es un comportamiento muy fácil de manejar, como saben muy bien los publicistas y los demagogos. 

En los fenómenos adictivos se produce en el cerebro una gran cantidad de dopamina, hormona que genera una sensación intensa de placer y que está presente también en las sustancias adictivas; influye en las conexiones neuronales, haciendo que el pensamiento priorice la autosatisfacción, se vuelva más superficial y se tienda a un trato reactivo y zafio, más irreflexivo, menos respetuoso y sensible hacia los demás.

Una educación centrada en la persona no trata simplemente de aprender a sentirse bien. Por encima del bienestar personal prioriza el bien-ser. Busca ayudar a ser mejor como persona. 

Teniendo esto en cuenta, el mejor modo de hacer frente a las dependencias, las adicciones y la manipulación es una saludable educación del carácter que nos haga realmente libres: dueños de nosotros mismos; personalidades firmes y equilibradas, capaces de decir “no” a lo que deshumaniza y de decir “sí” a lo que vale más la pena, aunque cueste.  

Frente a una mentalidad narcisista, hedonista y pragmática que nos dice: “satisface tus deseos a toda costa, aquí y ahora”, y que es caldo de cultivo de múltiples adicciones, es fundamental educar a niños y jóvenes para que sean capaces de distinguir y apreciar el bien, y de orientar hacia él su vida mediante la fuerza de voluntad y la constancia.

Así pues, para empezar, lo primero que hace falta es que los padres y los educadores tengamos claro qué tipo de persona queremos que sean nuestros hijos o alumnos y por qué; saber qué es lo más valioso en una persona: que sea dueña de sí misma, que sepa distinguir el bien y el mal (y elija habitualmente el bien), que sea honesta, generosa…, frente a otros modelos que de hecho se nos venden desde las redes y los núcleos creadores de opinión. Las pantallas a menudo suplantan y tergiversan la realidad. Las cosas buenas de verdad ocurren en la vida real, no en los escenarios virtuales. 

 (Publicado en el semanario La Verdad el 21 de marzo de 2025)