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domingo, 22 de marzo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (170)

LA IMPORTANCIA DE LA “CONFIANZA BÁSICA” (I)

 


Para el ser humano, vivir significa convivir y compartir la vida con otras personas. El ser humano nace biológicamente prematuro, a diferencia de otros animales que pueden valerse por sí mismos desde el nacimiento. Por ello, el primer hecho esencial en la vida de una persona es la familia, un entorno reducido de convivencia que responde gratuitamente a la vulnerabilidad innata del ser humano y procura su desarrollo mediante el cuidado mutuo y la distribución de tareas.

La familia, como ámbito inicial de convivencia, proporciona el sentimiento de confianza básica -término acuñado por E. Erikson-. Si esta confianza no se desarrolla, las carencias afectivas marcarán el desarrollo originando otras que dificultarán gravemente la vida de la persona.

El autoconcepto, es decir, la imagen que tenemos de nosotros mismos, comienza a formarse en los primeros meses de vida al percibir cómo nos valoran los demás. Dependiendo del trato que recibimos, nos sentimos de una manera u otra. Esta imagen se va perfilando con los años y los acontecimientos, dando lugar a una mayor o menor confianza en uno mismo  -la autoestima- que constituye la base de la personalidad.

Al analizar las necesidades primarias de los primeros años, no debemos caer en el reduccionismo de pensar que solo son biológicas. Es aún más fundamental aquello que confirma al ser humano como tal, como un sujeto con valor absoluto y fin en sí mismo. Por ello, surge una necesidad nuclear en todo ser personal, empezando por el recién nacido: la necesidad de afirmación del propio yo.

En los primeros años de la infancia, la educación empieza por garantizar la seguridad afectiva del niño. La base del desarrollo de su “confianza básica” la encontrará en el suelo firme de sus padres, que le protegen con la garantía de su amor mutuo y su protección. La relación estrecha con otras personas empieza como un don: otros nos han cuidado y atendido sin recibir nada a cambio. Esta experiencia es el cimiento sobre el que se configura nuestra imagen y la confianza en nosotros mismos. Si falta esta experiencia, es decir, si hay ausencia de esta certeza inicial alimentada por el apego y la atención temprana, nos percibimos como carentes de valor.

Ya en el seno materno la criatura mantiene una comunicación rica en mensajes con su madre. Como afirma Boris Cyrulnik, del encuentro del feto y su madre nace la vida psíquica. El primer mundo mental del feto será un mundo de representaciones organizadas alrededor del afecto transmitido a través de estas primeras sensaciones. Ese mensaje iniciado en el útero materno tiene su continuidad en todo el ritual de comunicación afectiva que se va produciendo en torno a la atención de las necesidades más primarias del bebé. El eje madre-hijo constituye así el vector afectivo donde confluyen todas las maneras de amar. El cuerpo de la madre, en cierta manera, es el crisol donde se sigue moldeando la indefinida conciencia del niño.

La tendencia o necesidad básica de toda persona es percibirse a sí misma como alguien digno de valor. Para Philiph Lersch, esto forma parte esencial de la pulsión básica de conservación individual. La satisfacción de esta necesidad es la que genera el sentimiento de “confianza básica”, imprescindible para asegurar una autoestima suficiente y una percepción sólida de la propia identidad.

(Publicado en el semanario La Verdad el 20 de marzo de 2026)

lunes, 17 de noviembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (156)

EDUCACIÓN EN LA ADOLESCENCIA. AFECTIVIDAD Y SEXUALIDAD.


La adolescencia es vivida por los propios jóvenes con gran intensidad, pero para padres y educadores se trata también de uno de los más serios retos educativos. Ya hemos indicado que es preciso favorecer el desarrollo temprano de actitudes, hábitos y estrategias de relación y de comportamiento, especialmente en el marco de la infancia media -7 a 10 años-, y no esperar a que el niño llegue a la pubertad para exigirle de golpe que asuma criterios, responsabilidades y disposiciones casi de adulto. Es preciso empezar mucho antes de que empiecen a sonar las primeras alarmas.

Si un hijo no ha aprendido a ser ordenado y constante, a confiar en sus padres con naturalidad, a contarles sus cosas sinceramente y a tomar algunas decisiones por sí mismo asumiendo responsabilidades concretas, es muy difícil que lo haga en el momento en que se aleja del referente paterno y materno. No esperemos que un joven o una joven se confíe espontáneamente a sus padres cuando tenga algún dilema personal o algún conflicto si la escucha y el diálogo natural y confiado no vienen siendo lo habitual en la familia “desde siempre” y por parte de todos. 

Mencionaremos algunas pautas educativas que pueden ayudar al adolescente y colaborar positivamente en su desarrollo. Empecemos por la educación de la afectividad y la sexualidad. 

El desarrollo sexual motiva una gran curiosidad, a la que debe preceder y acompañar una oportuna y cuidada información y apoyo. No es bueno que surja una curiosidad malsana, un deseo de buscar información fuera del ámbito familiar, tal vez donde no se le ofrezca de manera positiva, ni tampoco que se produzcan sentimientos de injustificada culpabilidad. 

Por ello, al desarrollo corporal le debe preceder y acompañar una adecuada reflexión sobre la afectividad, la amistad y el recto sentido del amor humano: la sexualidad es uno de los lenguajes del amor, es expresión del amor de entrega entre un hombre y una mujer en el que cada uno ha de buscar por encima de todo el bien del otro, lo cual reclama un compromiso mutuo y estable; y esa es su mayor riqueza. 

La familia es escuela de un amor profundo cuya esencia es la entrega personal, una comunidad de vida y no el placer, que es fluctuante. El goce sexual tiene su lugar, desde luego, pero no puede ponerse por encima de la búsqueda del bien para el otro. No puede haber amor si no hay respeto. Siempre que se hable de sexualidad en casa se debe valorar, sobre todo, como expresión y lenguaje del amor humano.

Ciertamente, una vida sexual madura así entendida no es fácil. Habrá incluso quien diga que es imposible de vivir. Y por eso, niños y jóvenes necesitan ver a su lado personas de referencia -de manera fundamental sus padres- que siguen formas de vida equilibrada, que saben querer y quererse de verdad, y que son verdaderamente felices. Sin esta fuerza moral, que brota de una relación personal concreta y gozosa, de la que se forma parte, por supuesto es difícil creer que se puede vivir así. 

Por ello es tan esencial la función educadora de la familia: lo que uno ha vivido y experimentado (en su familia, en su casa, viéndolo vivir y participando de ello gozosamente) es irrefutable. Contra facta, non valent argumenta. (Continuará)

     (Publicado en el semanario La Verdad el 14 de noviembre de 2025)

lunes, 3 de noviembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (154)

ADOLESCENCIA (VI): TENER TIEMPO PARA ELLOS

 


Empezar a educar a los adolescentes durante la adolescencia es, sin duda, llegar tarde. Es una tarea que debió empezar poniendo bases muy sólidas durante la infancia. 

Lo ideal es actuar de manera preventiva para que de niños desarrollen una estabilidad emocional y una sana autoestima. Ello requiere que padres (y educadores) estemos presentes física y emocionalmente, sin agobiar, de forma natural desde la primera infancia: que sea habitual hablar juntos de muchas cosas, trascendentes e intrascendentes, favorecer una comunicación natural y fluida. Dedicar tiempo para estar juntos, escucharse, cambiar impresiones, comentar acontecimientos, aportar juicios de valor… Cuando esto se da es sencillo trasladar criterios con palabras y con el ejemplo.

Cuando se acercan a la pubertad, si viene siendo habitual hablar con naturalidad de las cosas de cada uno, es más sencillo, por ejemplo, hablar sobre sexo y afectividad,  informaciones o actitudes inadecuadas que puedan haber recibido. Este diálogo ha de ser claro, cariñoso y sin prejuicios, adelantándose en lo posible a situaciones problemáticas. Es preferible anticiparse a llegar demasiado tarde.

Es esencial transmitirles que desaprobamos las malas conductas pero no a ellos, para garantizar que se sientan aceptados y motivados siempre, a pesar de todo, y que no les sea costoso rectificar, llegado el caso. 

Sobre todo “hay que estar ahí”, a pesar de horarios de trabajo u otros intereses. Los hijos -también los adolescentes- necesitan encontrarnos cuando nos necesitan. Quiero traer un caso real, que me contó una madre de cuya hija yo era tutor en 2º Bach. 

“Estaba un día en la cocina con bastante lío, cuando apareció mi hija, de 16 años, y como distraída me preguntó si tenía un momento. Le dije que no, que estaba muy ocupada. Pero me preguntó si recordaba a su amiga “X”. Le dije que sí. “-Es que se ha metido en un problema, porque ha empezado a salir con un hombre mayor, de 40 años…” Yo salté hecha una furia: “-¡Pero esa cría está loca!, ¡qué barbaridad! ¿Cómo se le ocurre…? Y tú aléjate de ella ¡ya mismo!, que es una malísima influencia. Y déjame, que estoy ahora muy ocupada. ¿Tú no tienes que hacer nada?, ponte a estudiar ahora mismo.” Y me volví muy tensa a lo que estaba haciendo, lanzando reproches en voz alta. La verdad es que por dentro me sentía superada, y me defendía cargando sin contemplaciones contra la amiga de mi hija.

“Cosa de una semana después se repitió la escena, también en la cocina. “-Mamá…” “-¿Qué pasa ahora?” “¿Recuerdas que te hablé el otro día de “X“? -¿Esa…? sí, ¡qué! ...” (silencio). De repente -me dice la madre- me vino un sobresalto, un presentimiento. Como un latigazo. Y la miré a los ojos con cariño: “Espera…” De inmediato solté lo que tenía en la mano y le puse el brazo en el hombro con ternura. “Perdona. Cuéntame, sí, por favor…” Y, lo que me temía: ni amiga, ni nada. Se trataba de ella. Estaba intentando contármelo y no sabía cómo. Y yo la había mandado a paseo… Cerré la puerta, nos sentamos. La abracé con sentimientos de culpa pero dispuesta a escuchar lo que fuera. Hablamos, lloramos… la aconsejé con todo cariño. Y gracias a Dios la cosa se arregló a tiempo.” Y terminaba: “Me pregunto si yo no hubiera estado en casa o hubiera vuelto a escabullirme…” Pues eso.

(Publicado en el semanario La Verdad el 31 de octubre de 2025)

  

martes, 25 de marzo de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (134)

MAMÁ, QUIERO SER INFLUENCER (II)


Quién acompaña a los Influencers? | iDen Global Consultoría de Negocio  Digital


Hemos descrito la creciente proyección que, especialmente entre nuestros jóvenes, tiene la irrupción de los influencers en las redes sociales. Vayamos ahora con una posible respuesta educativa ante este fenómeno.

Empezaremos aludiendo al sentimentalismo dominante en la mentalidad hoy prevaleciente, y que constituye el marco de nuestra era digital. El sentimentalismo es una deformación de la vida afectiva, aparece cuando la verdad, el bien, la justicia o la belleza dejan de orientar la vida y son sustituidos por el sentimiento, la pasión, el gregarismo, el mero apetecer o el capricho (las ganas). 

Es estupendo que nuestros hijos o alumnos sean sensibles. Pero han de ser dueños de sí mismos y no esclavos de sus apetencias y caprichos, de las modas o del miedo al qué dirán.

Si la afectividad no es ordenada por la razón -criterio y voluntad-, se verá sometida a la espontaneidad ciega de impulsos que suelen ser imprevisibles, variables, muchas veces ilógicos y a menudo destructivos. Dejarse llevar de modo habitual por lo que atrae sensiblemente, por lo agradable y placentero, poniendo el bienestar en lo más alto de la escala de valores, puede llevar a grandes equivocaciones y daños tanto en el proceso educativo como en la vida misma. Y además es un comportamiento muy fácil de manejar, como saben muy bien los publicistas y los demagogos. 

En los fenómenos adictivos se produce en el cerebro una gran cantidad de dopamina, hormona que genera una sensación intensa de placer y que está presente también en las sustancias adictivas; influye en las conexiones neuronales, haciendo que el pensamiento priorice la autosatisfacción, se vuelva más superficial y se tienda a un trato reactivo y zafio, más irreflexivo, menos respetuoso y sensible hacia los demás.

Una educación centrada en la persona no trata simplemente de aprender a sentirse bien. Por encima del bienestar personal prioriza el bien-ser. Busca ayudar a ser mejor como persona. 

Teniendo esto en cuenta, el mejor modo de hacer frente a las dependencias, las adicciones y la manipulación es una saludable educación del carácter que nos haga realmente libres: dueños de nosotros mismos; personalidades firmes y equilibradas, capaces de decir “no” a lo que deshumaniza y de decir “sí” a lo que vale más la pena, aunque cueste.  

Frente a una mentalidad narcisista, hedonista y pragmática que nos dice: “satisface tus deseos a toda costa, aquí y ahora”, y que es caldo de cultivo de múltiples adicciones, es fundamental educar a niños y jóvenes para que sean capaces de distinguir y apreciar el bien, y de orientar hacia él su vida mediante la fuerza de voluntad y la constancia.

Así pues, para empezar, lo primero que hace falta es que los padres y los educadores tengamos claro qué tipo de persona queremos que sean nuestros hijos o alumnos y por qué; saber qué es lo más valioso en una persona: que sea dueña de sí misma, que sepa distinguir el bien y el mal (y elija habitualmente el bien), que sea honesta, generosa…, frente a otros modelos que de hecho se nos venden desde las redes y los núcleos creadores de opinión. Las pantallas a menudo suplantan y tergiversan la realidad. Las cosas buenas de verdad ocurren en la vida real, no en los escenarios virtuales. 

 (Publicado en el semanario La Verdad el 21 de marzo de 2025)

jueves, 24 de febrero de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (18)

SENSIBILIDAD Y ASOMBRO: VER CON EL CORAZÓN


 

La educación de los afectos consiste en asumir, potenciar y ordenar el conocimiento y la vivencia de toda su riqueza al servicio de una personalidad creativa, firme y magnánima. Aspiramos a promover en nuestra vida un modo de sentir y desear que sintonice con lo valioso. Se trata de “aprender a mirar”, de “saber gozar” y también, sin duda, de “saber sufrir”.

Hay en la vida afectiva un primer momento de receptividad: algo nos afecta, nos saca de la indiferencia, nos atrae o nos desagrada, nos alegra o nos hace temer o sufrir. Es lo que llamamos sensibilidad, una primera fuente de conocimiento y de valoración del mundo: personas, cosas y acontecimientos se muestran ante nosotros como atrayentes y bellos, como deseables; pero también como temibles, desagradables, dañinos…. La sensibilidad hace posible el asombro, la admiración, el deseo, la compasión, la percepción de la belleza, la ternura, la finura de conciencia... y también estados e impulsos de repulsa, como la aversión, el miedo o el sufrimiento. 

Educar la sensibilidad significa cultivar mediante experiencias adecuadas la percepción y el aprecio del valor de las cosas, pero distinguiendo además si, más allá del agrado y el desagrado, hay una realidad valiosa de suyo, algo que de verdad merece la pena. Apreciar la belleza -estética y moral- allí donde se encuentre y apenarse espontáneamente ante lo injusto, lo malo. Se trataría de aprender a mirar para aprender a vivir. 

Implica también aprender a ver en las realidades ordinarias y en los pequeños detalles indicios de lo eterno. Esta educación suele producirse por contagio: personas de referencia que han aprendido a mirar con finura, a ver con el corazón yendo más allá de las apariencias, ofrecen con su ejemplo claves y actitudes que despiertan en otros su sensibilidad. Es tarea esencial en la familia. Debemos a Machado, por ejemplo, el descubrimiento de la belleza de los paisajes de Soria, hasta entonces considerados como anodinos. Nos enseñó a mirarlos y amarlos, porque supo descubrir su “alma”.

Es fundamental aquí el cultivo del asombro: reconocer y hacer ver en la realidad algo sorprendente, que nos supera, que nos es dado de algún modo, que no hemos fabricado a capricho y que por lo tanto no debemos ni podemos manipular a nuestro antojo sin dramáticas consecuencias. El asombro nos hace humildes, genera algo tan esencial como el respeto. Hace contemplar la realidad con agradecimiento, delicadeza, sentido del misterio y admiración.

Sin esta mirada capaz de contemplar y de asombrarse todo se vuelve banal; al acontecimiento maravilloso se le llama “casualidad” o se ignora; se pierde la capacidad de agradecimiento, no es posible captar la belleza de lo real -incluyendo la belleza moral e interior de las personas- ni conocerse a uno mismo.

Como en casi todo comportamiento humano, la virtud, el acierto, es un equilibrio a veces difícil entre dos extremos perniciosos. Tan nocivos son la hipersensibilidad, la afectación y los escrúpulos que viven en la desproporción y la culpa, como la insensibilidad, la dureza de carácter, la trivialidad y el pragmatismo, que se alojan en el desprecio o la superficialidad. 

Dar presencia al mundo de la afectividad en la educación es ayudar a que la rigidez de la razón se flexibilice con la calidez de la afectividad, pero conseguir, al mismo tiempo, que la afectividad escuche a la razón y siga sus orientaciones para conocer el bien, la verdad y la belleza.

(Publicado en el semanario LA VERDAD el 18 de febrero de 2022)

sábado, 19 de febrero de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (17)

                    LA EDUCACIÓN DE LA AFECTIVIDAD



        

Nos hemos referido en artículos anteriores a la educación del corazón entendida como formación integral o educación personalizadora; y destacábamos en ella tres aspectos nucleares: la educación de la afectividad, de la voluntad o el carácter y la educación ética. Hemos reflexionado ya sobre la educación del carácter, y empezaremos a hacerlo ahora sobre la educación de los afectos. Aunque ya aludimos a ella anteriormente de pasada, conviene precisar ahora algo más.

La afectividad es una dimensión de nuestra naturaleza que es preciso tener muy en cuenta si queremos educar de manera equilibrada, integral, plenamente humana. Emociones, sentimientos, estados de ánimo, sensibilidad artística, compasión, deseos, ilusiones, miedos, impulsos, apetitos… son vivencias que surgen y actúan cuando percibimos algo que nos agrada o que nos disgusta, que nos atrae o nos amenaza, sacándonos de la indiferencia.

El poder de nuestras emociones es formidable. Gracias a su impulso se pueden alcanzar logros difíciles y afrontar adversidades que amenazan con ahogar nuestra resistencia e incluso nuestra vida. Por amor o por ira, por la fuerza de nuestras ilusiones o por el deseo de que se nos trate justamente, o incluso por desesperación, somos capaces de hacer y soportar lo que nuestra voluntad por sí sola no podría.

Pero las vivencias emocionales, las pasiones y los afectos poseen una espontaneidad, una fuerza y una fluctuación que a menudo los hacen difícilmente gobernables. Y al depender muy directamente de estímulos de agrado y desagrado pueden también ser susceptibles de manipulación externa. Decía Aristóteles, que la voluntad domina los apetitos hasta cierto punto, con imperio “político” y no “despótico”. No tenemos un poder absoluto sobre ellos porque poseen una dinámica propia, suelen resistir al mandato de la razón y solo cabe regularlos y dominarlos con esfuerzo, habilidad y paciencia, y no siempre. Si no se integran los sentimientos y los afectos de manera adecuada con la voluntad y con la inteligencia, el resultado es una vida llena de tensiones conscientes o inconscientes y en todo caso nada saludables.

Gregorio Luri decía recientemente, con clarividencia de maestro: “Dudo mucho de que las emociones puedan organizarse a sí mismas sin la ayuda de un principio no emocional. Más importante que hablar de emociones es saber qué tipo de personas aspiramos a ser.” 

La voluntad -instancia operativa racional- debe orientar la conducta, dirigiendo la agresividad y la apetencia de placer -que son las instancias operativas sensibles- y engendrando actitudes y hábitos enriquecedores para nuestra vida y la de los demás. Es el cauce de la autoposesión personal, del autodominio. Sólo quien se posee a sí mismo, por ser dueño de sus actos, puede darse a sí mismo, amar con autenticidad, hondura y constancia. 

Es preciso orientar racionalmente nuestras emociones para que sirvan al bien y a la verdad, a lo justo, a lo que es moralmente digno, que son aspectos que corresponde dilucidar y plantear a la inteligencia y la voluntad. Eso no es excluir las emociones. La afectividad necesita ser educada -no anulada- para que nos ayude a configurar nuestra personalidad de manera armónica y cabal. 

Pero para no caer en el voluntarismo y la insensibilidad -que, como ya dijimos en su momento, son deformaciones tan extremas como pueda serlo el emotivismo- es preciso dar su importancia al papel de los afectos y al cultivo de la sensibilidad.


         (Publicado en el semanario LA VERDAD el 11 de febrero de 2022)

sábado, 15 de enero de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (12)

EDUCACIÓN DEL CORAZÓN, EDUCACIÓN DE LA PERSONALIDAD



 

La afectividad, veníamos diciendo, necesita ser educada -no anulada- para que forme un todo armónico con la inteligencia y la voluntad y nos ayude a configurar nuestra personalidad de manera íntegra y cabal, completa. 

Uno de los rasgos de la madurez personal es actuar, no por "dependencia emocional" hacia algo o hacia alguien, sino reflexionando al decidir. No tomar decisiones porque “tengo ganas o no”, “me gusta o no me gusta”, “me apetece o no”, “lo hacen o no lo hacen los demás”... Esta forma de decidir es muy pobre y fácil de manipular. Es necesario entrenarse en la exigencia de optar por lo bueno, lo justo, lo valioso, lo verdadero, a pesar de que sea costoso. 

Una educación de la persona así entendida, una “educación del corazón", deberá desarrollar tres aspectos:

1.- Educación afectiva: su finalidad es conseguir un estilo afectivo (sensibilidad, asombro, autoconocimiento, respeto) que sintonice con los buenos valores.

2.- Educación de la voluntad y del carácter: se trata de ayudar a construir los instrumentos psicológicos de autocontrol necesarios para el dominio de uno mismo, para un comportamiento libre y responsable.

3.- Educación ética: enseñar a percibir y a hacer propios unos valores y comportamientos morales que orienten nuestra vida al bien.

No debemos perder de vista que en el ser humano la inteligencia emocional no se puede ni se debe separar -aunque sí distinguir- de la inteligencia moral. Porque en el ser humano, si bien son de gran importancia los sentimientos, emociones y estados de ánimo, donde se juega la autorrealización de la persona, sus relaciones, el sentido y la orientación de su vida, es ante el bien y el mal. Y el bien no es sólo lo deseado por la voluntad o lo que apetece. Platón vio muy bien que el el bien lo abraza todo, no solo el objeto del deseo.

Se trata de ser dueño de uno mismo. "Autodominio" es otra forma de decir libertad. La libertad no consiste en hacer lo que me apetece, sino en elegir lo mejor tras haberlo pensado bien y haberlo decidido. 

El autodominio presenta dos aspectos: el autocontrol para orientar adecuadamente deseos, sentimientos y emociones, y la fortaleza o resiliencia para afrontar las dificultades, vencer la pereza, los deseos incontrolados y las timideces. Todo ello después de haber juzgado sabiamente acerca de lo que es mejor en cada caso. 

La libertad y la inteligencia “afectiva”, así pues, consisten, primero, en saber querer: en saber lo que se quiere y que esto sea realmente valioso, por una parte; y por otra, en aplicar los medios para alcanzar las metas propuestas, siendo consecuentes, luchando contra la pereza, las dificultades y asperezas que surjan: es la fuerza de voluntad, la constancia, la capacidad de superación, la resiliencia, la honestidad firme. También incluye gozarse en el bien, saber disfrutarlo y agradecerlo.

La construcción de la personalidad es desarrollo humano integral, labor de esfuerzo para vencer las limitaciones y, sobre todo, empeño para forjar hábitos estables que permitan a la persona alcanzar un grado de madurez por el cual esta se convierte, como decía Nelson Mandela, en “el dueño de mi destino, el capitán de mi alma”.

(Publicado en el semanario LA VERDAD el 31 de diciembre de 2021) 

viernes, 7 de enero de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (11)

PARA UNA “EDUCACIÓN DEL CORAZÓN”

 


Se suele utilizar la palabra “corazón” para referirse habitualmente a la afectividad, al mundo de los sentimientos y las emociones. Sin embargo los sentimientos y la dimensión emocional no son lo más profundo de la persona. Además, “seguir la voz del corazón”, en el sentido de “haz lo que te digan tus sentimientos”, sin  pararse a pensar y orientarlos racional y moralmente, puede ser un acto caprichoso y de auténtica ceguera. Además, el rencor, la venganza, la envidia o la codicia son sentimientos, y no son nada buenos como criterios de comportamiento. 

Por eso es importante no reducir el corazón a la mera esfera de lo sentimental, porque en su sentido más profundo -más allá de la mera afectividad- significa el “yo”, la persona misma en lo que tiene de más profundo e íntimo.  Y así, educar el corazón implica la orientación de todo nuestro ser –no solo los sentimientos, sino razón y sensibilidad, voluntad y tendencias sensibles– hacia un bien universal, verdadero y donde todo sentimiento, idea o deseo se vea integrado en el amor, en el don de sí mismo para el bien de otras personas. 

Desde esta perspectiva, Susanna Tamaro -autora de la exitosa novela Donde el corazón te lleve- se refiere al corazón como “la totalidad más profunda del hombre, la imagen del lugar donde razón y emoción se enlazan armoniosamente y se funden en algo más grande. Ese corazón, en fin, que todas las religiones señalan como la esencia más verdadera y profunda del hombre”. Es ese “corazón inquieto” del que habla San Agustín, que ansía el descanso feliz en Dios. Pero volvamos a nuestro asunto.

Desde hace un par de décadas se viene poniendo un acento sobresaliente en la educación “emocional”. Tal vez fuera más oportuno decir “afectiva”, ya que comprende más elementos que las emociones -de suyo pasajeras e inestables- y es en el fondo una educación del corazón, entendido este en la segunda acepción antes indicada, como lo más íntimo de la persona, el “yo” interior. 

Y es que cuando la afectividad se reduce a “lo sentimental”, las relaciones tienden de hecho a verse como búsqueda de vínculos placenteros, interesados, donde no se tiene en cuenta el bien incondicional de la otra persona (a menudo ni siquiera el propio) ni la dimensión objetiva de la realidad (el orden moral objetivo).

Educar la afectividad, así pues, es enseñar a dirigir las inclinaciones naturales de forma respetuosa, equilibrada, creativa, alegre: amando lo que es bueno realmente y anteponiendo lo más valioso a lo menos importante y, sobre todo, cuidando de que la dignidad de las personas no se vea amenazada. 

La educación afectiva incluye el empeño por orientar las pasiones, los afectos; no se trata de asfixiarlos de manera voluntarista sino de integrarlos en una vida dirigida a los valores verdaderos para amar lo realmente bueno. No existe oposición entre pasiones y voluntad, sino complementariedad: la educación de la persona no se orienta a suprimir las pasiones sino a su integración en una personalidad armónica y volcada hacia los bienes verdaderos.

Alasdair MacIntyre afirma que “actuar virtuosamente no es actuar contra la inclinación; es actuar desde una inclinación formada por el cultivo de las virtudes”. La virtud ciertamente es un hábito operativo, pero es al mismo tiempo un hábito del corazón. 

(Publicado en el semanario LA VERDAD el 24 de diciembre de 2021)

miércoles, 8 de diciembre de 2021

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (5)

 “MERMELADA SENTIMENTAL”: EMOTIVISMO Y EDUCACIÓN



        Nuestros sentimientos, emociones, aspiraciones, anhelos y estados anímicos, nuestras ganas y desganas, ejercen una decisiva influencia en nuestro comportamiento. Dar la espalda a la sensibilidad lleva a un frío intelectualismo, al moralismo y al voluntarismo, no a una vida equilibrada, integrada y saludable. Una educación integral y personalizadora no debe anular la sensibilidad sino cultivarla y al mismo tiempo orientarla armónicamente hacia el bien y la verdad, hacia lo que es valioso y justo. 

El calor de las emociones, la intensidad de los sentimientos y la riqueza de las intuiciones han de acompañar e impulsar la constante novedad de una vida que reconoce lo que es verdadero, bello y bueno, que se deja atraer por ello y lo asume como propio hasta convertirlo en motor e ideal de sus elecciones y de su actividad. El poder de las emociones es ciertamente enorme; pueden lograr metas que parecerían inalcanzables y afrontar adversidades que la mera racionalidad no podría  superar. Pero, por otra parte, pueden adquirir tal hegemonía que el comportamiento humano llegue a ser irracional. 

El sentimentalismo o emotivismo, que quiere vivir exclusivamente de afectos, es una deformación, una desviación de la vida afectiva. Y como recuerda Gregorio Luri, “la tendencia a la mermelada sentimental lo pringa todo.” Aparece cuando la verdad y el bien    -lo que es justo- dejan de orientar la vida y son sustituidos por el sentimiento, la pasión o el mero apetecer. Y como las vivencias emocionales o afectivas guardan una dependencia de los estímulos de agrado o desagrado, suelen ser muy inestables. Muchas veces dejarse llevar por los sentimientos o las emociones viene a ser, directamente, un caminar a ciegas. 

Homero narra en la Ilíada (guerra de Troya) el diálogo entre Héctor y su hermano Paris, que rapta a Helena, la esposa del rey de Esparta. Previamente, Paris le había dicho a Helena: 

"-Si vienes nunca estaremos a salvo... pero yo te amo. Hasta el día en que incineren mi cuerpo, no dejaré de amarte." 

Héctor le reprocha a Paris: "-Para ti todo es un juego, ¿no? Pasas de ciudad en ciudad, yaciendo con vírgenes de los templos y esposas de mercaderes y te crees experto en el amor... Dices querer morir por amor, pero no sabes nada de la muerte, ni sabes nada del amor!". 

La frivolidad del sentimental Paris, ajena a toda sensatez, desencadenará la guerra y la desgracia.

Dejarse llevar simplemente por lo que atrae sensiblemente, por lo agradable y lo placentero, puede llevar a grandes equivocaciones y daños. Y además es una conducta muy fácil de manipular como saben muy bien los publicitarios y los demagogos. 

Este emotivismo imperante reclama de los educadores que se planteen cómo cultivar los sentimientos y a la vez cómo formar el carácter para dar coherencia y unidad a la vivencia de la persona en su vocación al bien, la verdad y al belleza; para que las emociones sirvan a lo que es justo y moralmente digno. 

Si la afectividad no es ordenada por la virtud (prudencia, justicia, fortaleza, templanza, fe, esperanza, caridad…), se verá sometida a la espontaneidad ciega de los propios impulsos, imprevisibles, inconstantes, muchas veces ilógicos y a menudo destructivos. Será también fácil presa de manipulación.

(Publicado en el semanario LA VERDAD el 29 de octubre de 2021)