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viernes, 4 de febrero de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (15)

    EL PAPEL DEL ESFUERZO EN EL PROCESO EDUCATIVO




Existe en la educación del carácter y la personalidad un aspecto que tiene mucho que ver con el logro del autodominio. Se trata del hábito del esfuerzo. Es un hecho de experiencia que ni todo lo que nos agrada es bueno ni lo bueno es siempre apetecible, pues a menudo  resulta costoso y es necesario pugnar frente a las dificultades. 

El esfuerzo -esa determinación de la voluntad con la que se afrontan situaciones costosas- puede no ser una virtud como tal, pero sí es un ingrediente de toda virtud genuina. La generosidad, el respeto, la paciencia, la resistencia a la frustración, la responsabilidad, el esmero en el trabajo, la constancia, la compasión… toda virtud, en fin, se adquiere por reiteración de actos a impulsos de una voluntad persistente.

Al principio supone autoexigencia, insistencia, afán de superación…, pero en cuanto el hábito empieza a consolidarse la actividad resulta más fácil, produce alegría y con ella un plus de motivación que es fuente de una experiencia educativa valiosísima: la satisfacción del deber cumplido, el gozo de superarse y de haber sido capaz de conseguir las metas planteadas, con la consiguiente autoconfianza. La alegría interior que sigue a la coronación exitosa de un esfuerzo es una fuente extraordinaria de motivación y nos hace conocer una forma de alegría muy superior al placer sensible inmediato.

Por este motivo no hay que evitar esfuerzos a los niños y jóvenes; tienen que aprender a resolver los problemas que son capaces de resolver, contando con el apoyo emocional de sus padres y maestros, pero aprendiendo a ser los protagonistas. En general se trata de no dárselo todo hecho, de que aprendan a conseguir metas algo difíciles por medio de su esfuerzo y responsabilidad. La prudencia ha de acompañar esta práctica de la exigencia. 

El comportamiento moral positivo implica escuchar la voz del deber, la cual orienta la voluntad hacia el bien pero suele ser austera, exigente y frustra algunos de nuestros deseos más primarios. A partir de los quince meses los niños necesitan saber que a menudo hay que hacer cosas poco agradables para conseguir una meta valiosa y más satisfactoria a la larga. Para ello es necesaria una adecuada disciplina: cuidar el orden, establecimiento de límites, fomentar el gusto por el trabajo bien hecho, propiciar el autocontrol aprendiendo a dominar caprichos y a sobrellevar con buen ánimo estados y situaciones de frustración. Importa mucho aquí valorar su esfuerzo tanto, al menos, como el resultado final.

Es muy importante enseñar a aplazar la recompensa, como confirma el famoso experimento en 1960 del Dr. Walter Mischel, de la Universidad de Stanford, conocido como Test del Malvavisco (The Marshmallov Test).

Pero no es cuestión tampoco de “obrar sólo por amor al deber”, como decía Kant (eso sería caer en el voluntarismo y el rigorismo, que son degeneraciones de la voluntad); sino en obrar por amor al bien y a las personas, para lo cual el deber, eso sí, es una gran ayuda. 

No hay que olvidar tampoco una evidencia pedagógica y moral: las consecuencias en nuestra naturaleza del pecado original. Preferimos lo fácil y lo cómodo a lo bueno y tendemos a anteponer nuestro egoísmo a la generosidad y a la justicia. Ello acentúa el valor educativo del esfuerzo, además, claro está, de hacer necesaria también la ayuda sobrenatural de la gracia.


(Publicado en el semanario LA VERDAD el 28 de enero de 2022)

sábado, 3 de enero de 2015

La libertad y el puesto del ser humano en el cosmos


       Una de las evidencias más rotundas que ofrece la historia humana frente al curso vital de las demás especies animales es su fecundidad cultural. En el transcurso histórico de los acontecimientos humanos se aprecia una capacidad singular de innovación, de originalidad, de tradición y progreso. 
       La historia se muestra así como una aportación de novedades, en la que la especie humana no se ha limitado a una adaptación forzosa el medio ambiente. Contando con una realidad de la que forma parte, pero al mismo tiempo desde una peculiar distancia, el hombre la ha considerado objetivamente, se ha medido con ella y la ha asumido hasta llegar a transformarla. El ser humano ha sido capaz de conocer la realidad, hacerla suya y trascenderla.
       Esta capacidad pone de manifiesto que la especie humana, a diferencia de lo que ocurre en las demás especies biológicas, no marca a sus miembros pautas fijas e innatas de conducta, sino que ofrece espacios para la autodeterminación de cada uno de ellos. Esa capacidad que encontramos en cada ser humano para disponer de sí mismo en forma original, para tomar decisiones como sujeto de su propio obrar, es lo que conocemos con el nombre de libertad.
       No es que el ser humano carezca de determinaciones en su actuación. La libertad humana actúa entre determinaciones que son su límite -no pocas de las cuales ella misma ha configurado-, pero de las que puede también servirse para trazar un camino inédito y fecundo. Es el caso, por ejemplo, de las leyes de la aerodinámica, en las que se cumple una paradoja elocuente: impiden que el hombre vuele y a la vez lo hacen posible. Ello ocurre gracias a que el ser humano puede conocer dimensiones virtuales en la realidad, avanzar proyectos y aportar soluciones nuevas a las dificultades de su existencia.
     Aunque dichas determinaciones intervienen en la configuración de la trayectoria vital humana, las dimensiones más propias e identificadoras de un sujeto no son previsibles a partir de tales determinaciones. El yo, la identidad expresada a través de las decisiones y que las origina y sustenta, no es la suma o producto de una red más o menos compleja de circunstancias. 
      Lo que el ser humano tiene de “único”, no es de ningún modo un resultado, sino algo previo, un dato originario. El carácter, la personalidad aprendida o elegida, acentuará despues esa unicidad, pero la condición radical que la hace posible es que el ser humano es, desde el principio, más que lo que hace.