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lunes, 9 de febrero de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (164)

PARA MEJORAR LA CALIDAD DEL SISTEMA EDUCATIVO


Como ya hemos advertido, de nuestros pobres resultados en PISA y más allá (y acá) se desprende que la mejora de la calidad del sistema educativo ha de ir a la raíz y no quedarse en los síntomas. Por ello, lo primero que ha de tenerse en cuenta es hacia dónde se pretende ir, es decir el modelo de persona formada que buscamos para nuestros alumnos. 

Después, la sensatez reclama que se prioricen la educación primaria y la secundaria, ya que si los alumnos no adquieren una buena base es imposible obtener una buena calidad en los niveles superiores. 

Si se quiere que los alumnos se conviertan en agentes responsables y entusiastas de su propio conocimiento y mejora personal, deben ser: 

-Buenos lectores, que saben leer con fluidez y comprensión, que saben redactar textos coherentes y gramaticalmente correctos. 

-Personas con sentido de la honradez, que procuran ahondar en el conocimiento de sí mismos y del orden moral para actuar honestamente. 

-Personas cultas, preocupadas por adquirir las bases de una cultura general, con las claves de sentido adecuadas para interpretar el mundo e intervenir en él. 

Se ha dicho también que la manera más rápida de conseguir mejoras en un sistema educativo es permitir que las escuelas exijan esfuerzos y buena conducta a sus alumnos. Parece obvio, pero…

Si esto no se cuida, no se lograrán los objetivos fundamentales de la educación primaria, la enseñanza secundaria se convertirá en enseñanza primaria, y la universitaria en secundaria, y de este modo la sociedad no podrá contar con buenos ingenieros, profesores, abogados y médicos (ni políticos, ni economistas, ni psicólogos, etc.) con la calidad humana necesaria y en número suficiente, ya sean hombres o mujeres. 

Abundarán, en cambio, individuos -hombres y mujeres- que pensarán fundamentalmente solo en sí mismos, que buscarán medrar o pasar la vida con el menor esfuerzo posible rehuyendo el compromiso y el sacrificio, y buscando atajos constantemente, e incluso, si hace falta, haciendo trampas: “todo el mundo las hace, la clave es que no te pillen…” Dados a reivindicar sus derechos y olvidando sus deberes, a la espera de subsidios en lugar de apoyarse en sus propios méritos, en su esfuerzo para autosuperarse y en su perseverancia. En definitiva, mediocres (aunque lleguen a titularse como ingenieros, profesores, abogados, médicos, políticos, etc.)

Pero hay aún algo más esencial. ¿Más aún? Sí. Antes es preciso contar con profesores y profesoras, maestros y maestras, que tengan una conciencia muy clara de todo lo anterior. Que sean honestos, responsables, competentes y entusiastas, porque serán el espejo en que se miren sus alumnos. Difícilmente lograrán que estos alcancen metas que ellos no valoren y vivan.

Comparando PIAAC -investigación internacional sobre los conocimientos de los adultos- con PISA, Eric Hanushek, de la universidad de Stanford, afirma que los países que disponen de profesores de un alto nivel de lengua y matemáticas son los que logran alumnos con un alto nivel de conocimientos en estas materias. Resalta también la importancia del ambiente de los centros educativos para el trabajo del profesorado. Su conclusión es que si un país quiere subir en el ranking PISA debe empezar por disponer de profesores inteligentes y bien formados, que aman su trabajo. Para lograrlo, dice entre otras cosas, la profesión docente debe atraer a los jóvenes más valiosos.

 (Publicado en el semanario La Verdad el 6 de febrero de 2026)

viernes, 4 de febrero de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (15)

    EL PAPEL DEL ESFUERZO EN EL PROCESO EDUCATIVO




Existe en la educación del carácter y la personalidad un aspecto que tiene mucho que ver con el logro del autodominio. Se trata del hábito del esfuerzo. Es un hecho de experiencia que ni todo lo que nos agrada es bueno ni lo bueno es siempre apetecible, pues a menudo  resulta costoso y es necesario pugnar frente a las dificultades. 

El esfuerzo -esa determinación de la voluntad con la que se afrontan situaciones costosas- puede no ser una virtud como tal, pero sí es un ingrediente de toda virtud genuina. La generosidad, el respeto, la paciencia, la resistencia a la frustración, la responsabilidad, el esmero en el trabajo, la constancia, la compasión… toda virtud, en fin, se adquiere por reiteración de actos a impulsos de una voluntad persistente.

Al principio supone autoexigencia, insistencia, afán de superación…, pero en cuanto el hábito empieza a consolidarse la actividad resulta más fácil, produce alegría y con ella un plus de motivación que es fuente de una experiencia educativa valiosísima: la satisfacción del deber cumplido, el gozo de superarse y de haber sido capaz de conseguir las metas planteadas, con la consiguiente autoconfianza. La alegría interior que sigue a la coronación exitosa de un esfuerzo es una fuente extraordinaria de motivación y nos hace conocer una forma de alegría muy superior al placer sensible inmediato.

Por este motivo no hay que evitar esfuerzos a los niños y jóvenes; tienen que aprender a resolver los problemas que son capaces de resolver, contando con el apoyo emocional de sus padres y maestros, pero aprendiendo a ser los protagonistas. En general se trata de no dárselo todo hecho, de que aprendan a conseguir metas algo difíciles por medio de su esfuerzo y responsabilidad. La prudencia ha de acompañar esta práctica de la exigencia. 

El comportamiento moral positivo implica escuchar la voz del deber, la cual orienta la voluntad hacia el bien pero suele ser austera, exigente y frustra algunos de nuestros deseos más primarios. A partir de los quince meses los niños necesitan saber que a menudo hay que hacer cosas poco agradables para conseguir una meta valiosa y más satisfactoria a la larga. Para ello es necesaria una adecuada disciplina: cuidar el orden, establecimiento de límites, fomentar el gusto por el trabajo bien hecho, propiciar el autocontrol aprendiendo a dominar caprichos y a sobrellevar con buen ánimo estados y situaciones de frustración. Importa mucho aquí valorar su esfuerzo tanto, al menos, como el resultado final.

Es muy importante enseñar a aplazar la recompensa, como confirma el famoso experimento en 1960 del Dr. Walter Mischel, de la Universidad de Stanford, conocido como Test del Malvavisco (The Marshmallov Test).

Pero no es cuestión tampoco de “obrar sólo por amor al deber”, como decía Kant (eso sería caer en el voluntarismo y el rigorismo, que son degeneraciones de la voluntad); sino en obrar por amor al bien y a las personas, para lo cual el deber, eso sí, es una gran ayuda. 

No hay que olvidar tampoco una evidencia pedagógica y moral: las consecuencias en nuestra naturaleza del pecado original. Preferimos lo fácil y lo cómodo a lo bueno y tendemos a anteponer nuestro egoísmo a la generosidad y a la justicia. Ello acentúa el valor educativo del esfuerzo, además, claro está, de hacer necesaria también la ayuda sobrenatural de la gracia.


(Publicado en el semanario LA VERDAD el 28 de enero de 2022)