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martes, 23 de diciembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (159)

PAUTAS PARA LA EDUCACIÓN DE ADOLESCENTES

Página 2 | Imágenes de Adolescentes estudiando clase - Descarga gratuita en  Freepik            

            Junto con todo lo anterior, conviene no dejar de lado el aspecto religioso en esta edad. Precisamente ahora se puede entender muy bien el alcance de la experiencia personal de encuentro con Dios. Debemos rezar por ellos, también Dios es su Padre y los quiere. San Ambrosio decía a Santa Mónica cuando ésta pedía ayuda para su hijo Agustín: “Dios no dejará que se pierda el hijo de tantas lágrimas”.            

    Conviene hacer ver que las normas morales o los mandamientos religiosos no son obstáculos sino formas de potenciar la maduración personal y el respeto por lo que tiene valor, una defensa para los más débiles y una ayuda para caminar a pesar de la propia debilidad. Las normas favorecen el orden (el desorden no conduce a la creatividad sino a la pereza). Decía Paul Claudel que la juventud no está hecha para la mediocridad sino para el heroísmo, y remachaba J. M. Timon-David: “Si al joven se le pide poco no da nada, pero si se le pide mucho da más de lo que se le pide.”

            A veces puede parecer que predicamos en el desierto o que escribimos en el agua, que no nos hacen caso. Pero no es así. Es frecuente que a la oposición típica hacia los padres, siga años más tarde un cambio de perspectiva, cuando se acerca el momento de asumir responsabilidades en la vida –sobre todo familiares-. Aquél referente discutido vuelve a ser punto de referencia a partir del cual los hijos se replantean lo que deben y no deben hacer, y viene el pensamiento: “¿Qué hacían mis padres en esta situación?”, o incluso este otro: “¡Qué razón tenían…!” 

Si aquella referencia existió en su día, la mirada de los que se inician en la edad adulta suele volverse hacia ella; y cuando se recuerda el amor desinteresado, la honestidad, la sinceridad y la coherencia de los padres durante aquellos años difíciles, se vuelve a tener en cuenta… ¡y cuántas veces fructifica! Santa Teresa de Calcuta decía a los padres: «No os preocupéis si vuestros hijos no os escuchan. Os están observando todo el día».

Si hubiera que sintetizar en pocas claves la tarea educadora de los padres hacia sus hijos adolescentes, propondríamos las siguientes:

1ª. Tener idea clara de qué es lo que hace madura a una persona y apuntar siempre en esa dirección, con tacto pero sin claudicar.

2ª. Situarse a su nivel: Necesitan ser comprendidos, respetados, escuchados, tratados paulatinamente como adultos. No convertirse en un aleccionador pertinaz; es mejor el ejemplo paciente.

3ª. Aceptación incondicional de su persona, siendo justos y estimulantes al mismo tiempo con ellos. Nunca descalificar a la persona y que sientan que pueden confiar en nosotros pase lo que pase. Que sepan que pueden volver siempre… estén como estén.

5ª. Evitar las comparaciones, con otras personas o con nosotros mismos.

6ª. Dar razones oportunas de nuestra fe con sencillez ante las requisitorias de los jóvenes, sabiendo que más de una vez pueden reprocharnos nuestras debilidades o incoherencias, y a veces con razón.

7ª. Favorecer su integración en ambientes juveniles sanos, donde diversión, amistad, formación y religiosidad sean vividas de forma natural y entusiasta, y puedan hallar referentes que a menudo se resisten a reconocer en casa.

6ª. Sobre todo: Paciencia, paciencia, paciencia…      

(Publicado en el semanario La Verdad el 19 de diciembre de 2025) 

viernes, 10 de enero de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (125)

EXIGENCIA Y AUTORIDAD AL EDUCAR

 

En nuestra sociedad del bienestar se cree a menudo que el alumno debe ser educado como si estuviera sentado cómodamente en un sillón frente a una pantalla que le ofrece estímulos agradables. Pues bien, Estonia obtuvo el tercer lugar en las pruebas PISA 2022 -solo por detrás de China y Singapur-. En el pequeño país báltico el lema del sistema educativo es:  "Apunta alto. Trabaja duro".

En otra ocasión hablaremos con más detalle del sistema educativo estonio. Hoy vamos a incidir en que exigencia y autoridad son esenciales en todo educador, en línea con lo que venimos diciendo. Y no está de más repetir que no se trata de ser duro ni inflexible.

La autoridad -autoridad moral, no mero poder o coacción- es la seguridad y la certeza que transmite una persona cuando obra rectamente, pone lo mejor de sí misma y se hace digna de confianza para otras. Es el ascendiente que acompaña al educador, al médico, al buen político, al amigo verdadero. No se impone por la fuerza, sino por el saber, la coherencia y la generosidad. Su manera de ser y de tratar invita a escucharle, a hacerle caso. Y así suscita la confianza y el seguimiento. Solo desde la autoridad moral se puede presentar la exigencia de “apuntar alto” y “trabajar duro”.

Por parte del educador la autoridad se traduce en serenidad, firmeza, estabilidad, paciencia y coherencia. Verle entusiasmado, seguro de sí mismo y de lo que hace, contagia. No convence ni se impone por sus palabras, sino por su manera de ser… que se traduce en sus palabras. La exigencia ha de venir avalada por la autoridad moral, por la coherencia entre lo que enseña y lo que vive el educador.

Es ineficaz e incluso contraproducente exigir al hijo o al alumno cosas que el educador no hace ni valora; por ejemplo, pedirle que sea ordenado en sus cosas o en su distribución del tiempo y luego no esforzarse uno mismo por ser ordenado en las propias cosas o en los tiempos. Al educar, la exigencia no ha de ser solo “hacia el otro”. El educador, primero, ha de exigirse a sí mismo.

La intervención educativa es contraproducente cuando, según los propios estados de ánimo, se es exigente a veces y a veces se es sentimental y permisivo; es decir, cuando faltan la constancia o el equilibrio sobre los que bascula la coherencia personal. El hijo o el alumno necesita que sus educadores no actúen desde sus estados de ánimo, prisas, temores o culpabilidades, porque esto los lleva a ser a veces muy duros y a veces demasiado indulgentes y blandos, y eso confunde y genera desconfianza. Aquél acaba pensando que la actitud del educador es un abuso de poder caprichoso o una venganza y, en el fondo, una forma de debilidad. Por la misma razón, tampoco se es eficaz cuando, al intervenir varios educadores (padre, madre, diversos profesores), unos son exigentes y otros son permisivos. Tanto en el colegio como en la familia el norte ha de estar en el mismo sitio.

Sin constancia, sin estabilidad, sin coherencia, la autoridad se desvanece y la exigencia se convierte en coacción. Por ejemplo, el educador nunca debe corregir a un niño o a un joven cuando está enfadado, porque puede caer en la desproporción, en nociva agresividad. Y eso no educa. Mejor corregir desde la calma por ambas partes.

(Publicado en el semanario La Verdad el 10 de enero de 2025)

 

viernes, 17 de marzo de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (61)

“EL QUE NO VIVE COMO PIENSA…” EDUCAR EN LA REFLEXIÓN (II)

 


Lo más tempranamente posible, los padres tienen que encontrar el tiempo y el momento adecuado de hablar y actuar con sus hijos para fomentar la capacidad de aprender a distinguir el bien del mal, lo justo de lo injusto, a reconocer lo auténticamente valioso en la vida y a distinguirlo de lo que no lo es aunque aparente serlo; que reconozcan la importancia de hacer el bien y evitar el mal, aunque sea con esfuerzo.

El aprendizaje en el ejercicio de la reflexión se refiere, por un lado, a cuestiones teóricas: comprender lo que son las cosas, su valor y su sentido, tener ideas claras. 

Pero también tiene que ver con cuestiones prácticas: saber cómo tratar bien a las personas, cómo funcionan las cosas y como utilizarlas, resolver problemas que acontecen en nuestra vida, saber acerca de uno mismo para conocerse y aspirar a una vida lograda y plena. Es esencial el comportamiento, lo que uno hace en relación con las personas, con las cosas y consigo mismo: aprender a tratar bien, a resolver problemas de todo tipo, a perdonar, a rezar, a forjarse un carácter... Se aprende a pensar actuando y reflexionando acerca de lo hecho. Sólo quienes viven de forma virtuosa pueden comprender de verdad el valor e importancia de la virtud, y además sólo de ellos puede aprenderse.

Porque se puede conocer la verdad acerca del valor de una acción y no ser a la vez consecuente con él. El ejemplo es más elocuente que las palabras. Una persona, por ejemplo, puede tener muy claro que no debe ser desleal, pero quizás murmura de sus amigos ante otras personas; o que no se debe mentir, pero... 

Recuerdo haber presenciado hace unos años la siguiente escena  en casa de unos conocidos. En la sobremesa -que sin duda es un buen momento para hablar de todo y dejar caer criterios y observaciones interesantes, y también para escuchar a los demás-, el padre les decía a los hijos pequeños qué importante era no mentir nunca y decir siempre la verdad. Con énfasis y de manera bastante convincente, todo hay que decirlo. Los niños no pestañeaban. Pero en ese momento alguien llamó al teléfono -aún se usaban los teléfonos fijos, creo- y uno de los pequeños fue a atender la llamada. Cuando volvía para trasladar de quién se trataba, el padre, en voz semibaja y con cara de cierta ansiedad, le dijo: “-¡Dile que no estoy, dile que no estoy!”… ¿Lección aprendida?: Que se puede mentir cuando interesa.

Puede parecer, como ya decía el bueno de Sócrates -demasiado bueno quizás, a este propósito-, que basta con conocer el bien para ser virtuoso. De hecho algunas teorías educativas se limitan a la “clarificación” emocional y de valores. Pero Aristóteles recuerda que, entre las ideas por un lado, por muy claras que estén en teoría, y los hechos por otro, hay dos obstáculos que salvar: la debilidad -“no puedo, cuesta mucho…”- y la libertad -“uff, pero… es que no me apetece”. Y concluye: “Lo importante no es saber lo que es bueno, sino ser bueno”. A obrar el bien (y a conocerlo) se aprende obrando el bien. 

Para conocer la verdad -“de verdad”- es preciso que la vida se ajuste a ella. Porque -y esto muy a menudo se olvida- quien no vive como piensa, acaba pensando como vive.

   (Publicado en el semanario La Verdad el 17 de marzo de 2023)

 

jueves, 19 de enero de 2012

EDUCACIÓN PARA UN TIEMPO DE CRISIS (IV)

       3.- Maestro, el que educa con su vida
        Valores y virtudes se educan en y desde la práctica, por medio del trabajo y la convivencia; pero más especialmente por el trato frecuente y habitual con personas que hacen brillar la virtud en su ser y en su obrar, es decir, con maestros. Las virtudes se dan vivas en la persona y con la singularidad que es propia de la persona. 
         Es maestro, en el más noble y amplio sentido de la palabra, quien sabe transmitir y suscitar en otro esa calidad humana. El maestro no nace, se hace; pero se hace maestro en la lucha consigo mismo, para poner a disposición de otros su mejor yo, sabedor de que sólo podrá esperar de sus alumnos lo que diariamente se esfuerza en conquistar sobre sí mismo. Sus propias limitaciones personales, incluso, aceptadas con sencillez y paciencia, pueden ser un privilegiado argumento para acompañar y comprender a sus alumnos en sus dificultades y en sus reticencias.
Es importante señalar que no son los métodos los que hacen bueno al maestro, sino el maestro el que hace buenos los métodos. Más aún, puede decirse que en el fondo el verdadero método es el maestro mismo, precisamente porque enseña lo que vive y vive lo que enseña.
Nuestros niños y nuestros jóvenes no serán mejores estudiantes, profesionales, padres de familia o «simplemente» personas, por el mero hecho de que les hablemos en abstracto de los valores. La clarificación y el discernimiento sin duda son necesarios. Y la falta actual de referentes claros y profundos convierte ambas tareas en necesidades urgentes y básicas. Pero los elementos que soportan el basamento ético de una colectividad humana (su “ethos”) no pueden ser asimilados más que por relación interpersonal, por contacto, por roce convivencial con personas que sirven de referencia y enseñan a vivir con su mismo modo de vida.
Es preciso resaltar con fuerza el perfil y la labor del maestro o la maestra verdaderos. La educación moral, es decir, la más genuina educación en valores, se sustenta en la autoridad moral de los maestros; toma sus criterios de una adecuada visión del ser humano y del sentido de la vida, que se muestran a través del ser y del hacer del maestro, en quien se confía. 
En la práctica se traduce en proponer a los alumnos y en vivir uno mismo como referentes propios unos ideales verdaderos y valiosos que impulsen a la mejora constante, y en forjar la base conductual de un carácter estructurado por virtudes humanas que son fruto del autodominio personal y de una disposición permanente a realizar el bien. 
El maestro es una persona dotada de autoridad (“auctoritas”, capacidad de dar auge, de ayudar al crecimiento) porque con su modo de vivir enseña a crecer en humanidad. Su autoridad emana en el fondo del prestigio y la confianza que nacen de una disposición de servicio cualificado, que se realiza por medio de su saber y de su actitud.
Esto hace que la docencia, por su notable componente vocacional y ético, no sea equiparable a otras profesiones. 
A.J. (Continuará)