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miércoles, 3 de junio de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (177)

EL “BUEN CARÁCTER”

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El carácter es el modo de ser que una persona va desarrollando a partir de su temperamento innato por medio de la educación y la interacción con otras personas. Define su manera habitual de comportarse. 

Y así, la educación del carácter pretende ayudar a los alumnos y a los hijos a cultivar la mejor versión de sí mismos; que aprendan a desarrollar sus cualidades de manera integradora y positiva. En definitiva, formar hombres y mujeres en quienes se pueda confiar. 

 William J. Bennet y su grupo de investigación describen ocho grandes fortalezas del buen carácter: 



1. Ser una persona que aprende de la vida y tiene un pensamiento crítico (basado en criterios solventes) acerca de los acontecimientos que suceden en la vida.

2. Ser reflexivo, plantearse si lo que sucede es bueno o malo, si se debe hacer o no. Dar importancia al valor moral de lo que hacemos.

3. Ser diligente, capaz de ejecutar con rapidez lo que uno ha decidido que debe hacer.

4. Ser una persona que actúa de manera honesta, respetuosa y responsable.

5. Ser una persona disciplinada, en la que se aprecia un notable autodominio personal, no determinada por las circunstancias y los apetitos y que sigue una forma de vida saludable en todos los aspectos.

6. Ser una persona abierta, sociable y emocionalmente equilibrada.

7. Ser miembro activo y positivo en los ámbitos de convivencia social a los que se pertenece, colaborando en ellos de manera responsable y con iniciativas valiosas.

8. Ser una persona con valores sólidos y estables, o virtudes, que busca y tiene en cuenta su propósito en la vida, en el marco del bien común.



***

Una persona con un carácter sólido y valioso es la que ha ido configurando una serie valores humanos:

Propios de la inteligencia: Reflexionar antes, durante y después de actuar. Habilidad para comprender una situación, decidir, elegir algo por ser bueno (no por ser apetecible). Es lo que caracteriza a la prudencia o sabiduría práctica.

Propios del corazón: Desarrollo de sentimientos y emociones morales, empezando por el amor a lo bueno y la aversión a lo malo, la aspiración a lo mejor; además de la capacidad de empatizar y convivir con los otros. A grandes rasgos es lo que Aristóteles llama magnanimidad, grandeza de alma.

Propios de la acción: Deseo de hacer lo que se debe, tras considerar los hechos y circunstancias relevantes. Fortaleza y resiliencia. Llevar a la práctica lo que uno sabe que debe hacer: Compromiso, diligencia, responsabilidad, paciencia y constancia. 

Cuando una persona tiene un buen carácter, se espera que posea ideas claras, criterios sanos a la hora de hacer algo, que quiera hacerlo y que luego lo haga porque está motivada para acometer acciones buenas y rechazar las malas, superando las ganas y las desganas, incluso cuando se está sometido a la presión de un ambiente adverso. 

(Publicado en el semanario La Verdad el 29 de de mayo de 2026)

domingo, 15 de septiembre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (112)

HACEN FALTA MAESTROS

 


Lo más esencial en la tarea educativa, sobre todo en tiempos de crisis, es la presencia y la dedicación del maestro -hombre o mujer-. Del maestro de vida, con o sin títulos -estos a menudo, en los últimos tiempos, nos dan gato por liebre-. Esta es la mayor urgencia del presente en nuestra educación: hacen falta maestros. Uno de ellos, Santiago Arellano, solía parafrasear a los latinos y definía al verdadero maestro como “vir bonus docendi peritus”: una persona honesta que sabe enseñar. 

La primera condición que se pide aquí al maestro es la de ser una persona buena, honesta, alguien cuya vida y criterios se orientan al bien de manera habitual, que busca y ama la verdad y enseña a vivir de acuerdo con ella, que sabe captar la belleza y contagia su contemplación. Vive lo que enseña y enseña lo que vive, y por eso comunica con la mirada, con el gesto, con el trato habitual, tanto si habla de las cosas más extraordinarias como de las más cotidianas y en apariencia insignificantes. Diestro en enseñar porque transparenta entusiasmo y contagia generosamente el amor al bien, a la verdad y a la belleza, porque sabe ganarse la confianza y suscita el asombro, porque acierta, en palabras de Aristóteles, a hacer deseable lo valioso.

Alguna vez hemos evocado una reflexión de Hannah Arendt: en el momento mismo en que un maestro se sitúa delante de sus alumnos -sin necesidad de decir nada todavía- les está diciendo: “el mundo es así”. Y al mismo tiempo cabe añadir que, por el modo en que les trata, les está diciendo también: “así eres tú”. Y es que en la educación el amor precede al conocimiento; ese amor que busca el bien y lo hace atractivo, y que a la vez suscita el deseo de saber, de superarse. “Quiero sacar de ti tu mejor tú”, decía el poeta Salinas.

Tan importantes como la transmisión de los conocimientos -sin duda indispensables-, son los criterios y los referentes de conducta que aporta el maestro, pues desde ellos aprenderá el alumno a comprender, juzgar y actuar. Son las “claves de sentido” que cada profesor aporta en su área respectiva de conocimiento y también el clima de confianza, respeto y estímulo que suscita con su actitud de educador. 

La primera cualidad que ha de adquirir el maestro es la autoridad moral, aquella calidad humana que le hace digno de confianza, que le convierte en “autor” (“augere”, hacer crecer, dar auge), es decir en promotor, impulsor e inspirador del aprendizaje del alumno: “Te miraba y te hacía sentir única”, en palabras de la profesora Maica González Torres. La autoridad, bien entendida, ofrece seguridad al discípulo para desarrollar su autonomía, su responsabilidad, su deseo de aprender, su amor a la verdad, su capacidad de bien. Su libertad.

El maestro auténtico enciende en sus discípulos la pasión por la verdad, el bien y la belleza; les enseña cómo se recorre el camino, pero sabe retirarse a tiempo para no lastrar la marcha. Podría decir: “habré tenido éxito en vuestra educación el día que compruebe que, habiendo madurado, no os acordáis de mí, porque vuestra vida es de tal manera vuestra que camináis solos por un camino recto mirando adelante y no atrás”.


(Publicado en el semanario La Verdad el 13 de septiembre de 2024)