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martes, 6 de enero de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (160)

LOS JÓVENES, LA ESCUELA Y LA PÉRDIDA DE SENTIDO

 


No dejan de sobresaltarnos las noticias tristes de jóvenes afectados por la depresión y por un malestar emocional difícilmente soportable, hasta el punto de caer, en algunos casos -siempre demasiados- en la tentación de acabar con su vida. 

A menudo los motivos vienen del desprecio que sienten por parte de compañeros en el ámbito escolar, en el de las amistades y en el de las redes sociales. Es este un asunto muy preocupante, que delata serias e inadmisibles tendencias egoístas por parte de los agresores y de quienes les aplauden y jalean a menudo, o simplemente, guardan silencio. 

No deja de sorprendernos también la fragilidad emocional tan frecuente, la falta de resiliencia en las víctimas, su soledad y su dificultad para acudir a quien pudiera ayudarles: padres, profesorado, autoridades... 

Pero habría que preguntarse también si la proliferación de manifestaciones neuróticas de la personalidad, sin que medie una amenaza externa explícita, tiene alguna relación con la devaluación del propio ser personal, y ésta, a su vez, con la experiencia de la pérdida de sentido. 

Gianni Vattimo afirma que “Dios muere en la medida en que el saber ya no tiene necesidad de llegar a las causas últimas (...) En esta acentuación del carácter superfluo de los valores últimos está la raíz del nihilismo consumado” (El fin de la modernidad, Barcelona, pág. 17) ¿Proclama con ello sólo la muerte de Dios, o está proclamando la desaparición de todo sentido? Y al hacerlo, ¿no está frustrando la tendencia profunda del ser humano a la búsqueda de un significado, devaluando también a la propia persona hasta la categoría de “valor superfluo”? Un hombre o una mujer sin significado terminan siendo un hombre o una mujer in-significantes.

Este nihilismo se ha convertido no ya en una filosofía de gabinete, sino en una capa de pensamiento que se respira y alienta los modos de vida hasta convertirse en modelos conceptuales, en estructuras mentales, en inconscientes colectivos desde los que se lee la realidad y desde los que se actúa con absoluta “naturalidad”.

A esa pérdida del sentido personal del hombre también ha podido contribuir la escuela, deudora al fin y al cabo de las sensibilidades de su tiempo, en especial de las dominantes. Una escuela que se ha podido dejar fascinar por las distintas novedades que han ido pasando delante de sus ojos: el cientificismo, el tecnologismo, el utilitarismo, el productivismo, el hedonismo, el colectivismo, el individualismo, los mesianismos sociales... Muchos “ismos…” y un mismo horizonte, sin trascendencia vital. En el fondo, una educación envenenada de nihilismo, presentista y que no lleva a ninguna parte.

       Pero la educación va más allá de los procesos meramente instruccionales, movidos por la técnica y la eficacia, y de los procesos de socialización, ideologizados y politizados por lo general. 

Es fundamental y muy urgente tomar conciencia de que la educación es una “periferia” donde un bautizado está llamado a aportar vida y sentido, comprometiéndose de verdad: como docente (profesorado, equipos directivos…), como padre (familia y asociaciones), como alumno (formándose en serio y participando en la representación escolar). Y a reivindicar otra política educativa, fundada en criterios, valores y procedimientos que se correspondan con la condición personal del hombre y con su dignidad, no con señuelos ideológicos proclives a la perversión, la manipulación y el nihilismo.

(Publicado en el semanario La Verdad el 26 de diciembre de 2025)

miércoles, 12 de marzo de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (133)

“MAMÁ, QUIERO SER INFLUENCER” (I)


           Tradicionalmente, las empresas han venido utilizando a figuras atractivas y famosas: artistas, deportistas, cantantes o incluso expertos en diferentes sectores, para ayudar a vender sus productos a través de anuncios de televisión, radio y publicaciones diversas.

Pero desde hace algo más de dos décadas el auge de las redes sociales ha hecho que personas comunes hayan logrado acaparar una cantidad importante de seguidores sobre los que ejercen una influencia significativa gracias a los contenidos que comparten en sus redes, por ejemplo en Instagram, Tik-Tok o YouTube. 

En definitiva, son más populares y consiguen que sus seguidores imiten su comportamiento y compartan sus gustos o sus consejos. Se han convertido en altavoces sorprendentemente eficaces que han venido a configurar el llamado “marketing de influencia”.

Destacan aquí dos aspectos concretos para nuestro interés, por un lado el poder persuasivo e incluso adictivo de las redes sociales y por otro el atractivo de la figura del influencer.

1.- Las redes sociales han sido diseñadas para ser adictivas: Capturan nuestra atención y ofrecen respuestas y gratificaciones inmediatas a nuestras demandas. Las pantallas aprisionan nuestra atención porque multiplican luz, sonido, movimiento, imágenes sugerentes que cambian con rapidez. Su objetivo es que pasemos el máximo de tiempo posible delante, interactuando o simplemente asomados a la pantalla, consumiendo información. 

Se favorece así un fenómeno muy extendido de “drogodependencia emocional”. Vivimos en una cultura sentimentaloide y emotivista, tendente a la gratificación inmediata, y en la que se busca alivio, confort, evasión, deseo de ser querido y halagado para reforzar la propia autoestima, pero que produce al mismo tiempo una generalizada falta de resistencia a la frustración y una propensión al estrés cuando los deseos no se ven satisfechos de manera inmediata. 

La necesidad de gratificación y de evasión lleva a no ser capaces de prescindir de las redes y de las pantallas. Esta adicción se produce, por lo demás, a ambos lados, tanto por parte del consumidor de dispositivos como del que genera los contenidos, que no sabe prescindir de la búsqueda de éxito.

2.- El “marketing de influencia” nos muestra a gente común, en principio, que aglutina a miles de seguidores en las redes. La figura del influencer se ha convertido en una especie de gurú contemporáneo, un líder que crea opinión, marca tendencia, suscita admiración e imitación habitual y acrítica. Es un perfil que se ha hecho muy popular especialmente entre jóvenes que lo ven como una profesión muy apetecible, con la que además se puede ganar dinero esforzándose relativamente poco (“desde casa”, incluso).

Conviene advertir de que hay otra cara en esta moneda, a la que antes aludíamos de pasada: Es bastante frecuente que jóvenes influencers que parecían haber colmado toda expectativa de éxito, seguidos por millones de personas y con una holgada economía, caigan en depresión o ansiedad e incluso lleguen a quitarse la vida de manera inesperada. Al cabo terminamos sabiendo que se veían sometidos a una gran presión, a una enorme dependencia emocional que no han sabido manejar, a una gran fragilidad para afrontar críticas o insultos a veces crueles, o aparece un vacío existencial que no se ve satisfecho por el halago y la adulación de sus fans y seguidores.

      (Publicado en el semanario La Verdad el 14 de marzo de 2025)

miércoles, 23 de abril de 2014

MOTIVACION Y EDUCACIÓN EN VALORES (...O VIRTUDES)

LA EDUCACIÓN EN VALORES PROTEGE A LOS ADOLESCENTES DE LA DEPRESIÓN

(...Y el viejo Aristóteles volvió a tener razón)


Pilar Quijada
(abc.es - 22 abril 2014) 

Por el contrario, los jóvenes cuyo cerebro se activa más con las recompensas inmediatas son más propensos al malestar psicológico.


La sensación de bienestar en los adolescentes, una potente vacuna contra la depresión, podría depender de la búsqueda de placer a través de valores tradicionales, como la familia, la cultura o la moralidad, frente a otras recompensas más inmediatas pero vacías de contenido y centradas en uno mismo, según un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).

El trabajo, liderado por Adriana Galván, experta en el cerebro adolescente de la Universidad de Los Ángeles (California), sugiere que los adolescentes cuyo sistema de recompensa cerebral responde más a actividades que favorecen la autorrealización tienen menor riesgo de experimentar síntomas depresivos a lo largo de la vida. Por el contrario, los jóvenes que prefieren actividades que conducen a una gratificación rápida pero carente de significado son más propensos al malestar psicológico.

Se trata del viejo dilema de la búsqueda de la felicidad a través del placer inmediato (hedonismo), potencialmente perjudicial, o a largo plazo y más saludable (eudaimonía) que planteaba ya Aristóteles en el siglo IV antes de Cristo. Aunque esta vez revisado por la neurociencia, que parece inclinar la balanza a favor de los argumentos del filósofo: El bienestar psicológico duradero se logra a través de las actividades con un significado y un propósito, como la ayuda a los demás, colaborar con la familia y en el cuidado de los hermanos, la expresión de la gratitud o la búsqueda de objetivos a largo plazo.

El cerebro de 39 jóvenes con una edad media de 17 años ha aportado las pruebas en un estudio de imagen cerebral que, según los autores, es el primero en relacionar el bienestar o el malestar mental con la predilección de lso adolescentes por las recompensas diferidas o inmediatas, respectivamente.

Mayor riesgo en la adolescencia

Los síntomas depresivos tienen un máximo precisamente durante la adolescencia, con un pico hacia los 17-18 años. Esto se debe en parte a que en los quinceañeros el sistema de recompensa cerebral, encargado de procesar el placer, muestra una activación mucho mayor que en niños y adultos, y especialmente cuando se asocia a conductas de riesgo. De ahí que en esta etapa de la vida la búsqueda de gratificaciones esté exacerbada y el riesgo de caer en hábitos inadecuados sea más elevado.

Sin embargo, argumentan los investigadores liderados por Galván, se sabe poco de cómo el cerebro responde a las diferentes formas de obtener placer en esa etapa de la vida, a pesar de que tiene importantes implicaciones en su bienestar psicológico futuro. Por eso se plantearon averiguar cómo la sensibilidad neural a las recompensas inmediatas o diferidas, ambas asociadas a la misma zona del cerebro, el estriado ventral, es capaz de predecir en la adolescencia la aparición de posibles síntomas depresivos en el futuro.

Y vieron que cuando esta zona del cerebro se activa más frente a actividades que proporcionan un placer centrado en uno mismo o frente a conductas de riesgo, la probabilidad de desarrollar síntomas depresivos aumenta con el tiempo. Sin embargo, cuando los jóvenes experimentan placer en comportamientos con un significado más altruista o bien orientados a la consecución de objetivos, el riesgo de malestar psicológico en el futuro se reduce.

Sistema de recompensa

La explicación podría estar en que la respuesta del sistema de recompensa a las actividades puramente hedónicas, centradas en uno mismo, no aporta estrategias para lograr un bienestar duradero. Ejemplo de estas fuentes de placer serían, la comida, los videojuegos o las compras, todas ellas capaces de crear adicciones cuando se recurre a ellas de forma patológica.

Por el contrario, cuando el placer proviene de actividades con algún fin social o personal podría estar reflejando una motivación dirigida hacia comportamientos que incrementan la sensación de autoestima y que no dependen tanto de factores externos sino intrínsecos a la persona.

Cambiar la intensidad de la respuesta cerebral de los adolescentes a las distintas fuentes de placer no es algo fácil, reconocen los autores, ya que puede depender de factores genéticos. Sin embargo, puesto que esta respuesta del sistema de recompensa depende del contexto, orientarles hacia actividades provistas de un significado, que proporcionan una sensación de autocontrol, competencia, pertenencia al grupo, conexión social y bienestar duradero, les ayuda a adquirir estrategias que garantizan una mejor salud psicológica y estabilidad emocional.