viernes, 26 de noviembre de 2021

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (3)

HOMBRES Y MUJERES EN QUIENES SE PUEDA CONFIAR




Con el comienzo de un nuevo curso los asuntos educativos vuelven a estar en el candelero, generalmente porque lo demandan las estadísticas o acontecimientos lamentables. Pero la educación es un asunto nuclear del que la sociedad en general y las familias en particular no deben desentenderse nunca, y menos -como suele decirse con ironía, acerca de todas las cosas que de verdad importan- dejándolo en manos de los políticos. Y que me perdonen los políticos buenos, que alguno hay.

Las políticas educativas, bajo capa de neutralidad, suelen estar marcadas por propósitos ideológicos y por condicionamientos económicos, instrumentalizando la educación, bien al servicio de una voluntad de poder o bien del sistema productivo. Pero la educación es y debe ser otra cosa. Deberíamos preguntarnos las familias, los educadores y los responsables de la política educativa si en el fondo no estamos proporcionando sólo una blanda retórica moralizante, trivial, que no sirve para nada y deja cancha libre a propósitos engañosos. 

Más allá de cualquier asunto coyuntural, lo nuclear en la educación es fomentar buenas personas. Suena a blandito, ya lo sé, pero muchas conductas disfuncionales que agitan la vida social, familiar y escolar obedecen a un serio déficit ético en la educación que no ha sido adecuadamente atendido en la familia y en la escuela. 

Escribe José Antonio Marina que, de un modo u otro, "toda cultura defiende un modelo de persona, un modelo de comportamiento y un modelo de sociedad. Estos tres aspectos constituyen el núcleo del contenido educativo y es fácil ver que son contenidos morales. Sin embargo, el mundo desarrollado ha pretendido configurar una sociedad neutral respecto a los valores. Ha sentido la fascinación por la ciencia y ha considerado que la moral pertenece a la esfera privada, y que no es propio de la escuela adoctrinar.”

Advierte además de que tal concepción es en realidad una trampa porque “no hay educación moralmente neutral. Esa neutralidad es ya un determinado tipo de propuesta moral. La escuela transmite valores por acción o por omisión, con lo que dice y con lo que calla. Debemos cambiar de orientación y enseñar que todos estamos enfrentados a una opción definitiva: elegir entre vivir en un orbe ético o vivir en la selva, donde el hombre es un lobo para el hombre.” 

La educación tampoco debe tratar simplemente de aprender a sentirse bien. Muy por encima del bienestar personal y social, e incluyéndolo, está el ámbito del bien ser de la persona. Se trata, en suma, de ayudar a niños y jóvenes para que lleguen a ser hombres y mujeres en quienes se pueda confiar. 

Es conocida aquella historia en la que un anciano contaba a sus nietos cómo en las personas hay dos lobos, el del resentimiento, la mentira y la maldad, y el de la bondad, la verdad y la misericordia. Al terminar, uno de los niños preguntó: “-Abuelo, ¿cuál de los lobos ganará?” Y este contestó: “-El que alimentéis.” La educación, hoy y siempre, ha de preocuparse sobre todo por la calidad humana de las personas. Ese es el desafío educativo del momento.

(Publicado en el semanario LA VERDAD, 15 octubre 2021).

viernes, 19 de noviembre de 2021

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (2)

       EDUCAR EN LO ESENCIAL




Una vida cultivada (lo que los griegos denominaban paideia e identificaban con la educación) no es un conglomerado de conocimientos y actividades diversas, sino una energía unificadora y creativa, capaz de situarse con sensatez ante la realidad y de mejorarla. Convertir esta energía en la formulación y la realización de un proyecto personal de vida es seguramente el papel más importante que la educación puede llevar a cabo.

Pero vivimos en un tiempo de desorientación acerca de lo esencial. El pedagogo Víctor García Hoz insistía a menudo en que “la educación corre el riesgo de convertirse en una suma de actividades y de aprendizajes inconexos que, en lugar de integrar a la persona humana, tienden a disgregarla en medio de una multitud de solicitaciones, oscureciendo el sentido de su existencia y debilitando su capacidad de ordenación de la propia vida.” 

Este peligro seguramente se ha incrementado en los últimos tiempos debido en gran medida a una mentalidad relativista dominante en lo moral y a la dispersión que caracteriza a los distintos saberes. Escribía Paul Ricoeur que vivimos en una época de medios perfectos y de metas confusas. Y sin embargo, sobre todo en educación, es esencial responder a la pregunta ¿a dónde vamos en la vida?

Es importantísimo que los educadores -padres y docentes- tengamos un proyecto educativo claro que permita saber a dónde hemos de orientar a nuestros niños y jóvenes con la educación que les estamos proporcionando, ya que el pleno desarrollo de la personalidad del alumno, chico o chica, reclama entre otras cosas que los objetivos y finalidades de la actividad educativa concurran de manera congruente y provechosa. 

Decía a este respecto Jacques Maritain que toda labor educativa debe esforzarse por fomentar en la persona la unidad interior y la coherencia, aunque para ello sea preciso cultivar diferentes capacidades y valores humanos. Es una paradoja, pero no una contradicción, ya que todos los valores humanos y virtudes -si se cultivan sabiamente- guardan entre sí una interrelación profunda porque, en el fondo, la virtud es única: es la orientación de toda la persona a obrar el bien. 

La unidad de vida es la columna vertebral de una personalidad madura y, por lo tanto, una condición imprescindible para la formación humana de la persona, para la educación como tal. Lo esencial, así pues, es educar la personalidad de nuestros hijos para que sean capaces de distinguir y de apreciar el bien y de orientar su vida hacia él.

Por ello, el pleno desarrollo de la personalidad en nuestros niños y jóvenes exige que las finalidades y expectativas de nuestra labor educativa como padres, lo mismo que la de los centros escolares y las distintas influencias que llegan del exterior (calle, amigos, cine, medios de información, etc.) concurran en una misma dirección. 

Está bien que nos preocupemos por el inglés y las TIC en nuestros colegios, pero hay algo aún más importante. Ya Séneca, hace veinte siglos, escribía que “si el marino no tiene claro el rumbo, todos los vientos le son contrarios”. A.J.


(Publicado en el Semanario LA VERDAD. Pamplona, 8 octubre 2021, pág. 40)

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (1)

UNA EDUCACIÓN CENTRADA EN LAS PERSONAS




Es posible que los titulares de la prensa, pendientes de las urgencias del momento, apunten en otras direcciones, pero la educación es sin duda uno de los temas cruciales de nuestro tiempo. De todos modos, con el comienzo de un nuevo curso, los asuntos educativos vuelven a estar en el candelero, aunque sea por temas como leyes, presupuestos, costes, equipamiento, la seguridad frente a los riesgos de contagio… Cuestiones, sin duda, de interés.

Pero las preocupaciones del momento no deben ocultar las grandes cuestiones, como, por ejemplo, hacia dónde debe orientarse la educación y cuál es o debe ser su modelo de persona. 

Por lo demás, la calidad y el rendimiento de los sistemas educativos es también una cuestión de personas. Los análisis de la OCDE revelan reiteradamente que apenas el 16% del rendimiento educativo está condicionado por factores como el deterioro del PIB o el aumento de alumnos inmigrantes en las aulas, entre otros, mientras que el 84% restante depende de factores como la estabilidad y calidad del tejido familiar, el nivel de formación de los docentes y la calidad de los procesos educativos en los centros.

Como ha escrito Javier Gomá, la línea que separa la excelencia ética y social de la vulgaridad y la barbarie se dibuja en el corazón de todos y cada uno de los ciudadanos. Así pues, no es tanto una cuestión de economía y de estructuras sociales  -que influyen, sin duda- como de formación de la personalidad.

Hace un par de décadas, la llamada “formación del carácter” vino a situarse entre las principales prioridades de los planes escolares en los países anglosajones, con EEUU a la cabeza. Los analistas -de vuelta ya de viejos tópicos- han venido a reconocer que la clave más decisiva para transformar la realidad y mejorarla es educar personas valiosas y competentes

En este marco, el desarrollo de la personalidad se construye sobre dimensiones “sólidas”, sobre fortalezas que capacitan a una persona para aportar calidad humana al mundo a través de sus juicios y percepciones, de su actividad y su iniciativa, de su equilibrio personal y de sus relaciones. Estas fortalezas son en última instancia hábitos, virtudes, valores humanos que configuran la urdimbre psicológico-moral de la personalidad y aportan una orientación fundamental para la vida. 

Estos valores y fortalezas no son un barniz decorativo, un condimento “políticamente correcto” de la actividad productiva. Muy al contrario, son una parte de la personalidad -y por lo tanto de la educación- llamada a persistir siempre, incluso en una sociedad pragmática como la nuestra. 

Es cierto que la dura competencia por los primeros puestos, por triunfar en el trabajo o los negocios, por las calificaciones para acceder a determinados estudios, no va a desaparecer. Pero cuando un joven o una joven se presenten a una entrevista para pedir un trabajo de cierto relieve, serán sus virtudes de iniciativa, responsabilidad, honradez, lealtad, constancia, laboriosidad, etc. las que más contarán. O cuando tengan que afrontar problemas familiares, cívicos o de conciencia profesional, por ejemplo, serán sus criterios y disposiciones morales los que iluminarán sus decisiones.  Por eso no debemos perder como referencia en educación la centralidad de la persona. A.J.


(Publicado en el Semanario LA VERDAD. Pamplona, 1 octubre 2021, pág. 40)

jueves, 14 de octubre de 2021

El hombre moderno

 

         


    "El hombre moderno, el hombre en cuanto moderno, hace su primera y soberbia aparición el año 1482, en la Oratio de hominis dignitate de Pico de la Mirándola… 

 

El supremo artesano… tomó al hombre “hechura de una forma indefinida y, colocado en medio del mundo, le habló de esta manera: ‘No te dimos ningún puesto fijo, ni una faz propia, ni un oficio peculiar, ¡oh Adán!, para que el puesto, a imagen y los empleos que deseas para ti, ésos los tengas y poseas de tu propia decisión y elección… Ni celeste, ni terrestre te hicimos, ni mortal ni inmortal, para que tú mismo, como modelador y escultor de ti mismo, más a tu gusto y honra, te forjes la forma que prefieras para ti. Podrás degenerar a lo inferior, con los brutos; podrás realzarte a la par de las cosas divinas, por tu misma decisión’.”

 

Este relato de los orígenes, verdadera Biblia de la Edad Moderna, otorga una forma religiosa a la desactivación del texto sagrado y la apariencia de la heteronomía (de una decisión venida de lo alto) a la definición del hombre como ser enteramente autónomo. El Autor de las cosas constituyó a Adán como autor. Lo que se le revela no es la ley que le funda, sino que él mismo es fuente de sus leyes. Esta criatura presenta esta diferencia respecto a todas las demás: que ella misma se crea, que se modela a sí misma y que ninguna autoridad, ninguna trascendencia, ninguna instancia superior le prohíbe lanzarse a la conquista de los atributos divinos de la omnisciencia y de la omnipotencia. La ruptura con la tradición cristiana y con la sabiduría de los Antiguos se camufla tomando aires de continuidad: Pico de la Mirándola pone en boca de Dios una esplendida declaración de independencia humana.

 

La dignidad del hombre ya no está relacionada con la posición que se le habría asignado, de una vez por todas, en el edificio cósmico. Al contrario, lo que constituye su dignidad es que, para él y en él, nada es de una vez por todas. Queda abolido lo definitivo. El hombre no es un ser cuyo obrar procede del ser, sino un ser cuyo ser procede de su obrar. Hablando con propiedad no es nada…

 

Ahora bien, ¿dónde reside la verdad si ya no hay naturaleza para circunscribirla ni escritos canónicos para enunciarla? Ciento cincuenta años después de Pico de la Mirándola, Francis Bacon da la respuesta en su Novum Organum: la verdad es hija del Tiempo y no de la Autoridad. Puesto que la dignidad del hombre ya no consiste en la realización cabal de su naturaleza, sino en sus posibilidades infinitas, le incumbe ir siempre adelante y superarse. Bajo el impacto de los primeros éxitos del pensamiento científico, el ser pierde su preeminencia ontológica en beneficio del devenir, y la humanidad bascula hacia la Historia. (…) Y ‘¿Qué es la Historia?’, pregunta un personaje del Doctor Zhivago. Y esta es su respuesta: ‘Es la puesta en marcha de los trabajos destinados a elucidar progresivamente el misterio de la muerte y a vencerla un día’."

 

Alain Finkielkraut. Nosotros, los modernos. 

Encuentro, Madrid, 2006, págs. 25-26.

viernes, 20 de noviembre de 2020

FIDELIDAD A LA REALIDAD

Por Abilio de Gregorio (In memoriam)

 

Acaba de fallecer el profesor -y maestro- Abilio de Gregorio. Por su clarividencia y actualidad traemos aquí, en homenaje, este artículo publicado en 2016 en el libro “4 Miradas” (Ed. Monte Carmelo. Burgos)

D.E.P.



Hay quienes, víctimas de alguna disfunción cognitiva, están convencidos de que el círculo es cuadrado y, por lo tanto, tienen problemas para adaptarse a la circularidad real. Otros, sin llegar al extremo de esa disfunción esquizoide, perciben claramente que el círculo es redondo y es distinto del cuadrado, pero no les gusta que así sea y preferirían que fuese cuadrado. Su enfado con la realidad toma formas de comportamiento neurótico y terminan actuando sobre la base de la cuadratura del círculo.  La primera medida de profilaxis mental es el reconocimiento, la afirmación y la aceptación de lo real. Este atenimiento a la realidad se convierte, a su vez, en norma ética, toda vez que, no tratar a una realidad de acuerdo con su naturaleza y con sus fines, suele estar en la base del mal.

Si el papel de los educadores (en el sentido más amplio) es ir introduciendo al educando en el mundo de la realidad y enseñarles a circular por ella, importa vigilar la actitud que tienen ante la misma. Su calidad profesional habría que juzgarla por la relación ontológica, ética y psicológica que mantienen con la realidad.

Así, con frecuencia nos hemos encontrado con educadores que huyen de la realidad por la vía de la ideología. No les importa lo que las cosas son, sino cómo quieren ellos que sea esa realidad. La ideología se convierte en un dulcificado sucedáneo de la realidad, en un burladero para esconderse de la realidad. Constantin Noica al hablar de “las enfermedades del espíritu contemporáneo”, hace referencia precisamente a una cierta patología de la perfección por la cual se impulsa al sujeto a escapar de las exigencias de cada día amparándose en el mundo de las ideas puras. ¿Quién ha autorizado al educador para encadenar al educando a sus utopías de futuro? ¿Quién le ha entregado a los jóvenes como materia moldeable para que intente construir con ellos la nueva sociedad sin clases, la nueva o la vieja etnia, la nueva nación, la nueva clase productiva, etc.? 

Otros, huyen de la realidad por la vía del relativismo. No hay principios estables, dicen; no hay universales que permitan generalizaciones. No hay posibilidad de acceso al sentido de la realidad, a la verdad, al valor, al bien. Cuando no hay posibilidad de profundizar en lo humano, los hechos, los fenómenos se suceden sin significado, la existencia personal se torna en un simple consumo de vida y la libertad se vuelve pura aventura. 

Instalados en esta huida, no importa lo que las cosas son, sino lo que se puede hacer con las cosas y la utilidad que produce dicho hacer. Comienza entonces una orgía de la acción. 

Esta huida de los principios y de los universales, del abandono de la idea de verdad, suele conducir a la exaltación alternativa de lo diverso o de lo plural. El rechazo del logos universal marca el advenimiento del politeísmo de las verdades, del multiculturalismo como nuevo ethos social.

El vacío que deja esa falta de principios estables ha de ser rellenado por otro principio elevado a la categoría de “bonum” ético: la existencia de un espacio donde quepa todo. Pero sólo puede caber todo en convivencia tolerante y no excluyente si todo vale igual. Y, claro está, si todo vale igual, nada vale nada. Estamos en las raíces del nihilismo.

Esta es la anomía dominante en muchos ambientes educativos. El currículo no es más que la superposición de fragmentos de ciencia, de historia, de cultura, etc. sin sentido ni significado que los explique. Y  en la convivencia, no hay más norma que aquella que garantiza la suficiente distancia de seguridad entre el educador y el educando para evitar cualquier colisión. Dice sabiamente R. Spaemann que “de la convicción de que hay muchos caminos del hombre hacia su meta no se extrae la consecuencia de seguir uno de esos caminos decididamente, sino la de no seguir ninguno, la de dejarlo todo en lo hipotético”. Aquí puede estar una de las causas de esa patológica ausencia de ideales y de compromisos en muchos jóvenes. Y añade el pensador alemán: “el relativismo es la capitulación del hombre frente a la tarea de cobrar una relación madura y humanamente digna con la realidad. Hace al hombre pequeño y le hace a éste empequeñecerlo todo”. Por eso habría que afirmar que el “enseñante” relativista no pasa de ser un jíbaro del espíritu de sus educandos.

Pero reductor de espíritus es también quien huye vergonzantemente de la realidad amparado en la racionalidad científica. Afirma Pérez de Laborda que “hoy la concepción científica del mundo es, creo, la más potente de las tapaderas que se utilizan por doquier para que quede oculta la realidad despiadada de nuestro mundo...”. 

Ciertamente, la racionalidad científica es un medio de acceso a una región de la realidad. No se puede hablar de la realidad sin recurrir a la ciencia. Ciertamente. La ciencia nos muestra realidad, pero no nos muestra toda la realidad. Nos dice cómo es nuestro mundo, pero no nos dice qué sentido tiene. Nos dice cómo es nuestra vida e incluso la prolonga, pero no nos dice cómo hemos de vivirla. Nos dice cómo somos, pero no cómo hemos de ser. 

La fidelidad a la entera realidad exige no tomar la parte por el todo. Maestro no es el que enseña hechos, fenómenos, fórmulas y demostraciones. Maestro es el que propone significados.

Es, pues, una condición exigible a quien acepta asumir la labor de educar el compromiso de respeto y de fidelidad a la realidad. Al fin y al cabo, el maestro es alguien que se sitúa entre el discípulo y la realidad. Pero, como decía G. Marcel, hay dos maneras de perder de vista esa realidad: o poniéndose de espaldas a la misma o sumergiéndose en ella. En ninguno de los dos casos se está en disposición de ejercer magisterio; mucho menos educación. 




 "HE APRENDIDO A ANDAR PORQUE IBA A ALGUNA  PARTE"

(Natalia Sanmartín Fenollera)




viernes, 30 de octubre de 2020

EDUCAR CON UNA IDEA CABAL DEL SER HUMANO

¿Aprender qué?

            Contaba José Luis Martín Descalzo que un niño pequeño, vecino de un famoso escultor, entró un día en el estudio de éste y vio un gigantesco bloque de piedra. Cuando volvió por allí, dos meses más tarde, encontró en su lugar una preciosa estatua ecuestre. Y volviéndose al escultor, le preguntó: "¿Y cómo sabías tú que dentro de aquel bloque había un caballo?"

         La frase del pequeño en realidad no era tan ingenua, porque la verdad es que el caballo estaba, ciertamente, dentro de aquel bloque, y que la maestría del escultor consistió precisamente en eso: en saber ver el caballo que había dentro, e irle quitando al bloque de piedra todo cuanto le sobraba. El escultor no trabajó añadiendo trozos de caballo al bloque de piedra, sino liberando a la piedra de todo lo que impedía mostrar el caballo ideal que tenía en su interior. El artista supo "ver" dentro, lo que nadie veía. 


         Pienso todo esto porque con la educación de los humanos pasa algo parecido. ¿Nos acordamos de que la palabra "educar" viene del latín "edúcere", que quiere decir exactamente «sacar de dentro»

            Y es que la naturaleza humana se presenta al principio como indigencia, pero a la vez se halla poderosamente abierta a un desarrollo perfectivo que tiene lugar mediante el cultivo de sus capacidades. Una actuación es educativa si hace crecer en humanidad al ser humano y le acerca a su plenitud, incrementando su capacidad de verdad, de bien y de belleza. Se trata de un proceso de formación paulatina de la personalidad humana, de maduración.

         Pero este desarrollo no es algo añadido a la naturaleza desde el exterior, sino un crecimiento cuyo protagonismo ha de ir asumiendo según su capacidad el propio sujeto humano que se educa. Por eso, la acción educativa en el fondo es sólo una ayuda encaminada a suscitar y fortalecer las posibilidades creativas de la libertad del sujeto, hombre o mujer, mediante la adquisición y cultivo de hábitos valiosos.

            Conformistas en el fondo

         Hace un tiempo estaba corrigendo unos trabajos de mis alumnos de 2º de Bachillerato, tan “mayores” ellos, tan amigos de la libertad y la independencia, sobre la lectura del Critón, el breve pero jugoso diálogo platónico, que presenta a Sócrates esperando en la celda la hora de su ejecución tras padecer un vergonzoso juicio, y convenciendo a  su amigo Critón, que tenía sobornado al carcelero, de que prefería no escapar porque, según pensaba el sabio ateniense, es preferible padecer una injusticia a cometerla.

       Una de las preguntas que se les formulaba era: “¿Estás de acuerdo en que las leyes deben ser obedecidas siempre? ¿Por qué? ¿Estás de acuerdo en lo que afirma Hegel –según lo que se dice en la nota del comentarista del libro en esta edición-: «El principio primordial de un Estado es que no haya por encima de él ninguna razón, conciencia o sentido del derecho superior a lo que el propio Estado reconoce»?. Según eso, ¿podría equivocarse alguna vez el Estado?”

         Pues bien, mi sorpresa fue grande al comprobar que más del 90% de los jóvenes contestaba sin rubor que sí, que hay que cumplir siempre las leyes y que no hay nada por encima del Estado, el cual, por supuesto no se equivoca nunca. Muchos de ellos más de la mitad– lo justificaban diciendo que lo contrario sería el caos, y que nadie tiene derecho a ponerse por encima de la ley y del Estado, porque eso sería “injusto” (sic) y, además, “el Estado somos todos” (no sé por qué me venía a la memoria el eslogan aquel de Hacienda –‘Hacienda somos todos’- en vísperas de la Declaración de la renta). 

        La zozobra fue grande cuando les hice la observación de que puede haber (ha habido, hay y habrá) leyes gravemente injustas; y cuando les pregunté si sería legítimo resistir a un Estado tiránico.

        Llama la atención el conformismo que pueden llegar a profesar muchas personas, y en especial estos jóvenes casiuniversitarios, tan ansiosos ante la cercanía de acudir pronto a las urnas y de sacarse el carné de conducir. Parece claro que “desde fuera” les ha llegado el influjo de las campañas de propaganda, de los tópicos y los clichés buenistas orquestados por los medios de difusión al dictado de las ideologías imperantes.

        Y podemos preguntarnos qué es lo que se les enseña a nuestros niños y jóvenes, y si la educación que reciben les ayuda realmente a madurar.


Poder decir tonterías en cinco idiomas 

El filósofo Alejandro Llano denunciaba hace algún tiempo que la enseñanza reglada pone hoy todo el énfasis en los procedimientos. Se habla, por ejemplo, de «aprender a aprender». Pero no se contesta –ni siquiera se formula– la pregunta clave: «¿Aprender qué?». «-Los contenidos son lo de menos», se arguye, porque pueden encontrarse en cualquier base de datos. Lo importante, se machaca, es que estos adolescentes, llamados a vivir en la sociedad de la información, dominen las nuevas tecnologías informáticas que van a poner a su disposición inmediata todo el saber disponible en el mundo entero. 

Recuerda Llano a este respecto que el castizo Miguel de Unamuno decía con malicia del cosmopolita Salvador de Madariaga, que «era capaz de decir tonterías en cinco idiomas». Puede que la alusión fuese injusta para el caso, pero nos lleva a pensar en el gran esfuerzo invertido en que nuestros jóvenes aprendan informática e inglés como preparación para conseguir una buena posición económica. Aunque tampoco faltan los que sostienen muy en serioque si las ‘tonterías’ se enseñan en un instituto público son ‘menos tonterías’ –o no lo serían en absoluto– que si se enseñan en un colegio privado (o a la inversa). En esto se agota para muchos el panorama cultural y social abierto ante el quehacer de los educadores y el de la libertad de educación que se les reconoce a los padres. 

Pero educar –“edúcere”- es otra cosa. Si queremos ayudar a que se desarrolle plenamente la personalidad de los niños y los jóvenes, la labor educativa se ha de plantear desde una visión del hombre y la sociedad que valore -por encima del dinero o el poder, del mero acumular clichés ideológicos o informaciones sin criterio– la dignidad intocable de la persona humana y sus exigencias morales. Es preciso tener en la base una idea cabal de la naturaleza humana. 

Un ejemplo sangrante es la actual fiebre por extender en los colegios y ámbitos de relación social de los jóvenes una pretendida educación “afectivo-sexual” ajena por completo a criterios éticos y centrada sólo en la satisfacción de los propios deseos. Una educación “despersonalizada” -en la que la persona y su dignidad inmanipulable no se tienen en cuenta- es siempre una educación despersonalizadora, que impide el crecimiento hacia la sabiduría y la felicidad, y que acaba convirtiéndose en instrumento al servicio del poder y camino inevitable hacia el vacío existencial de las personas concretas.

Un buen padre, un buen educador es el que sabe ver la escultura maravillosa que cada uno tiene dentro, revestida tal vez por toneladas de vulgaridad. Quitar esa vulgaridad a martillazos -quizá muy dolorosos-, a la vista de la persona auténtica, valiosa, que cada niño, cada joven, está llamado a ser, es la verdadera obra de arte de un educador. A.J.