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domingo, 10 de mayo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (174)

HACIA UNA FORMACIÓN DEL CARÁCTER

 


En la actualidad, especialmente en el ámbito anglosajón, se observa una tendencia creciente hacia el modelo educativo conocido como “educación del carácter”. Esta orientación surgió en los años 90 como respuesta a una inquietante deriva iniciada en la década de los 60, cuando muchos profesores empezaron a rechazar la educación moral por considerarla “adoctrinamiento”. A raíz de esta renuncia, la enseñanza se centró en transmitir habilidades y destrezas sin una guía ética ni antropológica clara, lo que desembocó en resultados académicos catastróficos y en una cultura de libertarismo disfuncional que todavía persiste. 

La decisión de apostar por la “educación del carácter” responde a la conciencia de que no basta con formar a los estudiantes en capacidades o habilidades, incluso cívicas; es esencial dotarles de argumentos y criterios para saber cómo, cuándo y por qué emplear esas habilidades, así como de resortes volitivos para llevarlos a la práctica. Sin esta orientación, el aprendizaje pierde profundidad y sentido, y los estudiantes pueden convertirse en individuos hábiles pero carentes de discernimiento ético. 

Fuera del mundo anglosajón —aunque también dentro de él, ciertamente— sigue prevaleciendo una educación demasiado dependiente en exceso de los dictados políticos e ideológicos dominantes. Esta tendencia limita el desarrollo de la personalidad del estudiante y condiciona los contenidos y métodos educativos a intereses ajenos a su formación personal. 

Es frecuente escuchar que los jóvenes de hoy son los más preparados de la historia. Sin embargo, desde la Universidad de Cambridge se alerta de que, pese a que los estudiantes británicos adquieren un elevado conocimiento en muchas competencias esenciales para la vida, existe entre el profesorado una marcada preocupación por la dimensión ética de sus alumnos. Se afirma que “son muy listos, pero perfectamente individualistas y egoístas”. Esta observación lleva a preguntar: ¿Qué tipo de personas estamos educando? 

El historiador Christian Ingrao, en su obra Creer y destruir. Los intelectuales en la máquina de guerra de las SS (Acantilado, 2017), describe el perfil de numerosos miembros del ejército nazi que no eran personas ignorantes, sino individuos con una formación académica muy elevada. Lejos de ser incultos, poseían un alto nivel educativo, lo que, sumado a un profundo compromiso ideológico, los convirtió en piezas eficaces de la maquinaria de exterminio alemana. Este caso es un ejemplo paradigmático de las consecuencias negativas de una formación intelectual intensa pero desvinculada de una sólida educación moral. 

Por tanto, es fundamental recordar que la educación tiene una doble función: enseñar y formar. Si se pone el énfasis únicamente en la enseñanza y en la mejora de la didáctica, el esfuerzo educativo se dirige al qué y al cómo enseñar, olvidando el para qué se aprende y la finalidad de los conocimientos adquiridos. Muchos jóvenes graduados que aterrizan en la docencia poseen un bagaje intelectual suficiente pero carecen de una formación moral y pedagógica que tenga como horizonte la plenitud de la persona en su integridad. 

Cada vez son más los centros escolares que demandan profesores comprometidos con el desarrollo personal de los estudiantes, más allá de competencias y habilidades y al margen de las presiones ideológicas impuestas desde el poder político, especialmente ante la renuncia de no pocas familias a su responsabilidad educativa. 

(Publicado en el semanario La Verdad el 8 de mayo de 2026)

domingo, 3 de julio de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (y 35)

EDUCAR EN LA VERDAD, PARA LA VIDA


 

Culminamos por ahora nuestras reflexiones acerca de la educación volviendo a lo esencial. Y lo esencial es aquello que ya afirmaba Hesíodo en el siglo VII a. Jc., que “la educación ayuda al hombre a ser lo que es capaz de ser”. Y por eso, si queremos educar ayudando al ser humano a introducirse en la realidad, tenemos que hacerlo educando en la verdad, el bien y la belleza, que son el horizonte de plenitud al que tiende nuestra naturaleza.

La belleza es el esplendor de la verdad y el bien; es camino para descubrir el sentido de las cosas. Y para educar en la verdad y en el bien es fundamental disponer de certezas acerca de cómo es el mundo. Es necesario, sobre todo, saber qué significa ser persona. Si esto no está claro tampoco lo estarán los criterios por los que han de establecerse los contenidos, las prioridades, objetivos o metas -y las llamadas “competencias”- en la educación. Ésta es la cuestión fundamental que hay que plantearse: ¿Qué y quién es la persona humana? ¿Es “algo”, simplemente, o es “alguien”? ¿Qué la perfecciona como ser humano? ¿Qué valor tiene la relación con las demás personas? ¿Qué sentido tiene la vida y qué lugar ha de ocupar el ser humano en la realidad? 

Para ejercer su libertad, el hombre debe conocer la verdad sobre sí mismo y sobre lo que diferencia el bien y el mal, superando la tentación del relativismo. El relativismo es una capitulación ante la tarea de dar un sentido digno a la vida personal o colectiva y nos zarandea entre la indolencia y el fanatismo. 

Cuando la libertad, queriendo emanciparse de toda tradición y autoridad, se cierra a las evidencias de una verdad objetiva como fundamento de la vida personal y social, se acaba por asumir como única referencia para las decisiones personales la opinión subjetiva y mudable, el capricho o el interés egoísta, ya sea el propio o el de los gobernantes. Y de ahí se sigue un planteamiento acerca de la educación pobre de miras, decepcionante y finalmente fallido.

En nuestro mundo el valor de la persona, de su dignidad y de sus derechos está seriamente amenazado por la extendida tendencia a recurrir exclusivamente a criterios de utilidad y disfrute. Por ello no se contempla a menudo otro sentido para la vida que el recrearse en un bienestar cómodo y mientras dure. Oscurecido así el sentido de la vida, ocurre que la perplejidad, el abatimiento y la falta de horizonte llevan a muchos a pensar que esta vida no merece la pena vivirse ni transmitirse. Y esto nos está pasando de manera alarmante. Nos asustan y rehusamos los resultados: vacío existencial, nihilismo, desprecio por la vida, crispación social, superficialidad generalizada, narcisismo sin freno…, pero no hemos valorado bien las premisas que nos han llevado hasta ellos. Y la educación así lo refleja, tristemente.

El problema profundo de la educación hoy no es un problema de medios y recursos sino de fines; no es un problema de mera transmisión de saberes y utilidades, sino de aportación de significados, de valores de sentido que hagan justicia a la dignidad del ser humano y a su vocación al amor, a su anhelo de felicidad, a su espera de un Bien infinito.


           (Publicado en el semanario LA VERDAD el 1 de julio de 2022)

viernes, 24 de junio de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (34)

LA NATURALEZA HUMANA, PAUTA DE CONDUCTA MORAL


 

El ser humano se va “construyendo a sí mismo” a partir de su naturaleza, de su modo constitutivo de ser. No puede “crecer” como pájaro ni como encina. No es esa su naturaleza. Sólo puede crecer como ser humano.  Y la naturaleza humana, aunque le da unas pautas importantes, deja un espacio libre a la autodeterminación, a la relación con los demás, a la educación, a las experiencias de la vida…

Como el ser humano no nace especializado biológicamente pero cuenta con su inteligencia y su voluntad libre, ha podido adaptar su entorno a sí mismo, a sus expectativas, necesidades y proyectos, transformándolo, haciéndolo así habitable; y a la vez ha tenido que cultivar su propia naturalezaperfeccionándose y realizándose a sí mismo por medio de la educación, de la convivencia, del trabajo, del arte y de la virtud. Esto es precisamente la cultura.

Pero es preciso entender bien la naturaleza y lo natural; a saber, como el ámbito de perfeccionamiento que corresponde a cada cosa -y al ser humano- según su modo de ser. “Antinatural” sería así lo que atenta contra su perfeccionamiento propio, lo que lo violenta o corrompe. Por ejemplo, es natural para el ser humano que haga uso de su razón cultivando el saber, y de su sensibilidad hacia la belleza admirando un paisaje o decorando su hogar. Por el contrario, sería antinatural utilizar al ser humano como animal de carga u objeto de explotación económica. Lo mismo que sería antinatural para un vaso utilizarlo como martillo: se clavaría mal el clavo y seguramente el vaso terminaría por quebrarse.

Alguien ha dicho que el hombre y la mujer ‘no nacen, se hacen’… Pero el ser humano no puede hacerse a sí mismo de la nada. Entre otras cosas porque “de la nada, nada sale”. Aunque su naturaleza es libre y abierta, es la de un ser humano, y debe partir de su modo constitutivo de ser para desarrollarlo

La naturaleza humana es un don originario, pero es también una tarea y un elenco de potencialidades. Marca a cada uno un criterio de crecimiento adecuado: el ser humano es más plenamente humano cuando, a partir de su naturaleza abierta a lo universal, potencialmente cuajada de maravillas y de riesgos, desarrolla sus capacidades y ejerce su libertad de manera constructiva, cuando es capaz de aportar al mundo su sello personal, su pensamiento y su sensibilidad, embelleciéndolo y perfeccionándolo -“humanizándolo”-, entrando en relación de amistad, de amor, de servicio y de colaboración con otros seres humanos… 

Pero el éxito en esta tarea no está garantizado de antemano. El ser humano puede también hacer mal uso de su libertad. Por ello, para el ser humano vivir es siempre un riesgo, una aventura moral. Es responsabilidad de cada persona hacer del ejercicio de su libertad una aportación de más y mejor humanidad, de calidad humana, a los demás y a sí mismo: descubrir la verdad y comunicarla (conocimiento, ciencia, saber…), amar el bien y transmitirlo (honradez, servicio, amabilidad, compromiso y ayuda…), aportar belleza al mundo (arte, alegría, amor, generosidad…), aprender a dar y a recibir de los demás, caminar hacia metas de sentido, hacer tangible y ‘abrazable’ en lo posible una felicidad que sin embargo nos impulsa más allá de nosotros mismos… Vivir. En suma, elevar el propio ser hacia lo mejor de sí.

        (Publicado en el semanario La Verdad el 24 de junio de 2022)

viernes, 17 de junio de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (33)

VOLVAMOS A SÓCRATES

 

El filósofo español Xavier Zubiri escribe que los sofistas pretendieron “formar a los nuevos hombres de Grecia desentendiéndose de la verdad”. Ciertamente, Atenas había enfermado de relativismo y de individualismo, en gran medida por la labor educativa sembrada por los sofistas. Cada cual buscaba pragmáticamente su provecho y medro particular sin atender al bien común. Y como ocurre invariablemente en tiempos de relativismo, los más perjudicados son siempre los más débiles.

 Consciente de lo que estaba ocurriendo, un modesto alfarero llamado Sócrates, decidió entonces dedicar todo su tiempo a salir por las calles y plazas de Atenas para dialogar amistosamente con sus paisanos, invitándoles a reflexionar sobre lo que diferencia al bien del mal y lo que hace bueno a un ciudadano. Hizo suya la sentencia délfica “conócete a ti mismo” y con sus inteligentes preguntas dejaba a menudo en evidencia a muchos poderosos y falsos maestros, que finalmente no dudaron en acusarlo injustamente de corromper a la juventud hasta conseguir su condena a muerte.

Escribe su discípulo Platón que cuando Sócrates fue conminado por la asamblea de los jueces a abandonar su actividad, respondió: “Atenienses, os respeto y os amo; pero obedeceré a Dios antes que a vosotros y, mientras yo viva, no dejaré de filosofar, diciendo a cada uno de vosotros cuando os encuentre: ‘Amigo, ¿cómo no te avergüenzas de no haber pensado más que en amontonar riquezas, en adquirir crédito y honores, en despreciar los tesoros de la verdad y de la sabiduría, y de no trabajar para hacer tu alma tan buena como pueda serlo?’. Toda mi ocupación es trabajar para persuadiros de que antes que el cuidado del cuerpo y de las riquezas, está el del alma y su perfeccionamiento; y no me cansaré de deciros que la virtud no viene de las riquezas sino que, por el contrario, la riqueza auténtica es la que viene de la virtud, y que es de aquí de donde nacen todos los demás bienes para la ciudad y para vosotros mismos.” (Apología de Sócrates)

Para Sócrates, la verdadera educación no consistía en adiestrar al hombre en el manejo de ciertas habilidades retóricas o sociales para alcanzar el éxito y el poder a cualquier precio, sino en lo que él llamaba el “cuidado del alma”, es decir, en buscar el conocimiento de la verdad y del bien y en el ejercicio de una vida conforme a la virtud. Llega incluso a afirmar y mostrar con su ejemplo de vida que es preferible padecer una injusticia a cometerla.

Su magisterio iluminó principalmente a sus discípulos Platón y Aristóteles, a través de los cuales pervive como uno de los principales maestros de la cultura occidental, al proponer la búsqueda sistemática de la verdad como forma de vida y el  respeto hacia el orden moral como cimiento de una sana ciudadanía. 

Lamentablemente, no parece este nuestro caso. Como el propio Xavier Zubiri añadía, “hoy estamos innegablemente envueltos en todo el mundo por una gran oleada de sofística”. El relativismo y el pragmatismo de nuestros días reclama también un replanteamiento de la tarea de educar que tenga como centro la dignidad personal del ser humano y su vocación a la verdad, el bien y la belleza. Necesitamos a Sócrates.


     (Publicado en el semanario La Verdad el 17 de junio de 2022)

viernes, 3 de junio de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (31)

ACERCA DEL RELATIVISMO Y LA EDUCACIÓN

 


Seguramente el relativismo -hay tantas verdades como opiniones y tantas éticas como individuos- es el principal obstáculo con el que, hoy y siempre, cuenta la educación moral. Si queremos educar a personas que sean capaces de dar lo mejor de sí mismas para el bien de los demás es fundamental tener clara la diferencia entre el bien y el mal. 

El bien es lo que nos hace mejores personas, y el mal es lo que nos deshumaniza. Pero es imprescindible tener muy claro qué es el ser humano y en qué consiste su dignidad, tanto la que le es inherente como persona -que le obliga también a respetarse a sí mismo-, como la dignidad moral que adquiere mediante la nobleza de sus acciones y decisiones. La comprensión que se tiene del hombre y de lo humano condiciona el ideal que se propone como meta de la educación y los medios y recursos que se emplean para su logro. 

 Quien pretenda educar tiene que saber hacia dónde orientar el proceso educativo. No es lo mismo buscar el propio interés tanto por las buenas como por las malas, como Celestina: “a tuerto o a derecho, mi casa hasta el techo”, que preferir “antes padecer el mal que cometerlo”, como Sócrates.

Si lo que queremos al educar es formar hombres y mujeres en quienes se pueda confiar, no es lo mismo aplaudir la ambición, la codicia y el éxito a ultranza como estilos de vida, que ayudar a despertar en el niño o en el joven una disposición generosa, honesta y abnegada.

Hace algunos años presencié el siguiente caso. En la taquilla del circo figuraba un letrero que decía: “Precio de la entrada: 20 €. Menores de 11 años: 10 €.” Delante de mí, una mujer acompañada por dos niños se acercó a la ventanilla y pidió tres entradas de adultos. La señora que le atendía le preguntó: -¿Qué edad tiene el niño pequeño? -Cumplió once años el pasado domingo. -¿Y por qué no me ha pedido una entrada para menores de 11 años?, yo no hubiera notado la diferencia. -Pero mis hijos sí, repuso la madre. Estoy convencido de que esos niños recibieron esa tarde una magnífica lección de comportamiento moral y que su madre fue correspondida con un respeto y una admiración imborrables.

La mayor dificultad para educar hoy no es la presencia del mal y el atractivo con el que a menudo se presenta engañosamente, sino la pandemia relativista presente en los ambientes sociales, la política, los medios de comunicación, el cine y las series, la publicidad, los programas basura que presiden las programaciones televisivas, las redes sociales y la educación misma. 

Decía el viejo sofista Protágoras hace ya 2500 años que las cosas son buenas o malas según le parecen a cada cual. No es de extrañar que él y sus colegas se dedicaran a formar a los jóvenes políticos sin escrúpulos del momento, cobrando sustanciosas sumas por ello, eso sí. Porque, si no se reconoce un criterio racional y objetivo de moralidad que distinga el bien del mal, la única forma de determinar lo que es justo o conveniente es la imposición del poder, la astucia de los comunicadores o la ceguera de las mayorías. Y entonces la educación se reduce a instrumento de manipulación. 

        (Publicado en el semanario LA VERDAD el 3 de junio de 2022)

domingo, 29 de mayo de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (30)

ACERCA DE LA EDUCACIÓN MORAL


 

En alguna reflexión anterior insistíamos en que la educación emocional es de veras necesaria y fundamental… si se enfoca adecuadamente; es decir, no como sustituta de la formación moral ni como un proceso de autoayuda -“sentirme bien conmigo mismo, conmigo misma…”- para venir a recaer en el emotivismo hoy imperante, sino como un saber instrumental -una verdadera formación del carácter- que ha de encuadrarse en un marco ético que le proporcione finalidad y la integre en una formación armónica y completa de la persona, en una auténtica educación del corazón. 

El fin de la educación no es hacer al educando feliz en el sentido frecuente de disfrutar de bienestar, sino capacitarle para que cultive su “mejor yo” -en expresión de Pedro Salinas- mediante sus elecciones personales. 

El conocimiento y orientación de nuestras emociones e inclinaciones sensibles ha de culminar precisamente en una educación en las virtudes que permita interiorizar y llevar a la práctica los valores éticos fundamentales. José Antonio Marina señala que los sentimientos se deben educar desde una instancia ética normativa, lo que implica "enlazar el mundo de las emociones con el mundo de la acción moralmente buena". Coincide en esto con autores como Nussbaum, Brunner, Bandura, MacIntyre o Gregorio Luri, entre otros. Escribe este último, por ejemplo: “Dudo mucho que se pueda enseñar en la escuela a gestionar emociones sin tener un principio no emocional, a saber, un modelo concreto de lo que es una persona educada. Más importante que hablar de emociones es saber qué tipo de personas aspiramos a ser. Lo que realmente nos educa emocionalmente es el ejemplo de las personas a las que admiramos.”

Y en otro momento recordábamos también que, según Aristóteles, el fin de la educación consiste en enseñar a desear lo deseable, lo valioso. Se refería con ello a educar los deseos -educación emocional y afectiva, educación del carácter- para facilitar el comportamiento ético adecuado, aquel que hace efectiva la excelencia del ser humano. 

La educación ha de aportar sentido y ayuda al perfeccionamiento de las capacidades del ser humano. Este perfeccionamiento es fruto, sobre todo, del desarrollo de virtudes intelectuales (sabiduría, razonamiento, intuición, deducción...), y morales (prudencia, justicia, fortaleza, templanza). Las virtudes son más que simples valores. Son energías. De hecho, en latín, «virtus», significa fuerza o poder. Si se practican habitualmente, reafirman progresivamente la propia capacidad para actuar y configuran de forma paulatina el carácter, la personalidad. El fin inmediato de la educación moral es el desarrollo de virtudes en una personalidad equilibrada, armónica y creativa, orientada al bien. 

La virtud es el crecimiento en el ser que acontece cuando la persona, en su actuación, obedece a la verdad y al bien. Es una ganancia en libertad. La virtud representa el rastro que deja en nosotros la tensión hacia la verdad como perfección de la persona.

Así pues, en su dimensión moral, la educación ha de orientar en la realidad, aportando discernimiento, orden y unidad a la vida humana. Su papel no es acumular más y más datos, experiencias y vivencias sin orden ni concierto, sino aportar criterio y energía a nuestra relación con la realidad, configurando armónicamente la personalidad como un todo, como el crecimiento de la persona en el ser.


        (Publicado en el semanario LA VERDAD el 27 de mayo de 2022)

sábado, 14 de mayo de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (28)

LA FAMILIA Y LA EDUCACIÓN MORAL

 


Si aceptamos que el referente fundamental de la ética y de la educación moral es la dignidad inherente a la persona, reconoceremos que la familia es el ámbito en el que de modo más espontáneo y primordial se valora al ser humano por ser quien es, precisamente en su índole de persona; y, como consecuencia, que es el ámbito educativo y personalizador por excelencia.

En la relación familiar, debido a los vínculos morales y afectivos que conlleva, cada miembro es significativo por el hecho de ser él mismo. De ella debe brotar el sentimiento de confianza básica, pilar de la autoestima y de un desarrollo sano de la personalidad. 

Después de la familia, obviamente, un ámbito personalizador decisivo es la institución escolar, siempre y cuando permanezca al margen de postulados ideológicos. Porque la educación ha de tener como referente a la persona y no las ideologías. Los hijos/alumnos no son peones en el tablero de la lucha por el poder. Ciertas ideologías sostienen que todo es política, y la educación de manera muy singular. Sin embargo, esto no es admisible. Si lo fuera, la educación se convertiría en manipulación. La escuela no tiene que ser ni “conservadora” ni “progresista”. Tiene que ser educadora.

Pero volvamos al papel prioritario de la familia en el marco de la educación moral. Hablamos de un ámbito de relación en el que se comparte lo fundamental de la vida, donde se aprenden las habilidades básicas, la comunicación, los criterios y claves de sentido para orientarse en la vida, la diferencia entre el bien y el mal, las normas básicas de comportamiento... Y todo ello mediante el vínculo del afecto y la confianza, de la obligación natural recíproca. Por eso es más adecuado afirmar que en ella se aprende, sobre todo, a vivir.

Pero esta responsabilidad no es un mero privilegio ni se da sin más. Es preciso aprender a ejercerla. La tarea educativa que corresponde a la familia requiere, sobre todo en los padres, una actitud de coherencia, ideas claras, formación -personal y conjunta-, adquisición y ejercicio de virtudes, dedicación incondicional y aprendizaje permanente. También el amor es una tarea. 

Es conocida aquella afirmación de Aristóteles de que ser justo no consiste en saber qué es la justicia, sino en practicarla. Esto vale para la educación entendida como adquisición y desarrollo de virtudes y para la familia como ámbito educativo y personalizador por excelencia. 

Santa Teresa de Calcuta decía a los padres: “no te preocupes porque tus hijos no te escuchan. Ellos te observan permanentemente todo el día.” Educar es transmitir lo que se vive y no se educa solo con palabras sino con el ejemplo de vida. El educador ha de ir siempre por delante (y al lado). “Solo lo que el educador intenta conquistar en lucha consigo mismo podrá esperarlo de la índole natural de sus educandos”, escribe W. Foerster.

Hannah Arendt escribía que un educador, solo con el modo en que está presente ante sus alumnos -en este caso los hijos-, les está diciendo: “el mundo es así”. Se aprende viendo vivir a las personas que son nuestros referentes.

Es esencial que la educación moral incorpore siempre las dimensiones teórica, emocional y práctica. Las ideas –y más los valores- dejan fácilmente de comprenderse cuando dejan de vivirse, y por ello, como suele decirse, “el que no vive como piensa acaba pensando como vive”. 

(Publicado en el semanario LA VERDAD el 13 de mayo de 2022)


viernes, 26 de noviembre de 2021

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (3)

HOMBRES Y MUJERES EN QUIENES SE PUEDA CONFIAR




Con el comienzo de un nuevo curso los asuntos educativos vuelven a estar en el candelero, generalmente porque lo demandan las estadísticas o acontecimientos lamentables. Pero la educación es un asunto nuclear del que la sociedad en general y las familias en particular no deben desentenderse nunca, y menos -como suele decirse con ironía, acerca de todas las cosas que de verdad importan- dejándolo en manos de los políticos. Y que me perdonen los políticos buenos, que alguno hay.

Las políticas educativas, bajo capa de neutralidad, suelen estar marcadas por propósitos ideológicos y por condicionamientos económicos, instrumentalizando la educación, bien al servicio de una voluntad de poder o bien del sistema productivo. Pero la educación es y debe ser otra cosa. Deberíamos preguntarnos las familias, los educadores y los responsables de la política educativa si en el fondo no estamos proporcionando sólo una blanda retórica moralizante, trivial, que no sirve para nada y deja cancha libre a propósitos engañosos. 

Más allá de cualquier asunto coyuntural, lo nuclear en la educación es fomentar buenas personas. Suena a blandito, ya lo sé, pero muchas conductas disfuncionales que agitan la vida social, familiar y escolar obedecen a un serio déficit ético en la educación que no ha sido adecuadamente atendido en la familia y en la escuela. 

Escribe José Antonio Marina que, de un modo u otro, "toda cultura defiende un modelo de persona, un modelo de comportamiento y un modelo de sociedad. Estos tres aspectos constituyen el núcleo del contenido educativo y es fácil ver que son contenidos morales. Sin embargo, el mundo desarrollado ha pretendido configurar una sociedad neutral respecto a los valores. Ha sentido la fascinación por la ciencia y ha considerado que la moral pertenece a la esfera privada, y que no es propio de la escuela adoctrinar.”

Advierte además de que tal concepción es en realidad una trampa porque “no hay educación moralmente neutral. Esa neutralidad es ya un determinado tipo de propuesta moral. La escuela transmite valores por acción o por omisión, con lo que dice y con lo que calla. Debemos cambiar de orientación y enseñar que todos estamos enfrentados a una opción definitiva: elegir entre vivir en un orbe ético o vivir en la selva, donde el hombre es un lobo para el hombre.” 

La educación tampoco debe tratar simplemente de aprender a sentirse bien. Muy por encima del bienestar personal y social, e incluyéndolo, está el ámbito del bien ser de la persona. Se trata, en suma, de ayudar a niños y jóvenes para que lleguen a ser hombres y mujeres en quienes se pueda confiar. 

Es conocida aquella historia en la que un anciano contaba a sus nietos cómo en las personas hay dos lobos, el del resentimiento, la mentira y la maldad, y el de la bondad, la verdad y la misericordia. Al terminar, uno de los niños preguntó: “-Abuelo, ¿cuál de los lobos ganará?” Y este contestó: “-El que alimentéis.” La educación, hoy y siempre, ha de preocuparse sobre todo por la calidad humana de las personas. Ese es el desafío educativo del momento.

(Publicado en el semanario LA VERDAD, 15 octubre 2021).