miércoles, 28 de enero de 2015

APRENDIZAJE VICARIO: LA IMPORTANCIA EDUCATIVA DE LOS MODELOS


 Llamamos “aprendizaje vicario” a la adquisición de conductas por medio de la observación.
            
Albert Bandura se refiere, entre otras, a esta modalidad de aprendizaje consistente en aprender observando a los otros. Por el solo hecho de ver lo que otros hacen y las consecuencias que se siguen de su comportamiento, se aprende a repetir o evitar esa conducta.


No todo el aprendizaje se logra experimentando personalmente las acciones. En el aprendizaje vicario el refuerzo se basa en procesos imitativos cognitivos del sujeto que aprende con el modelo. En los primeros años, los padres y educadores serán normalmente los modelos básicos a imitar.

Bandura también dice que al ver las consecuencias positivas o negativas de las acciones de otras personas, las apreciamos y asumimos como si fueran nuestra propia experiencia en otras circunstancias. Son muchos los ejemplos de cómo los niños observan e imitan a sus padres y aprenden de lo que les sucede a sus hermanos, cuando éstos son regañados o premiados, y entonces rigen su actuación de acuerdo con sus observaciones.


Así se aprenden los valores y las normas sociales y se educa emocionalmente: cómo manejar los impulsos agresivos, cómo prestar y compartir las cosas, cómo tratar con respeto a otros, como vencer y superar un apetito desordenado… por mencionar sólo unos ejemplos. Estos procesos se dan toda la vida.

Evidentemente, en este marco se incluye la huella que pueden dejar en los niños y jóvenes narraciones, películas, series, anuncios publicitarios, noticias, cuentos, lecturas, videojuegos, etc. Y no está de más  comprobar en qué gran medida influyen en muchas personas adultas (¿?) fenómenos televisivos como los reality show.

sábado, 24 de enero de 2015

CONSUMISMO Y ETERNIDAD, UNA REFLEXIÓN DE SUSANNA TAMARO

    "El ser humano, desde que tiene conciencia de sí mismo, se ha fijado siempre en esa parte inescrutable que nos rodea, precisamente aquella que nos hace sentir el aliento de la eternidad.

    Pero si nuestra existencia se ve abocada a una vida de consumo permanente, de compras y recompras, en lo que viene a ser un bulimia incontrolable e incontrolada, no es de extrañar que acabemos sintiendo que también nosotros somos monedas de cambio, puros objetos, intercambiables unos por otros tan pronto como dejamos de ser eficientes. Si todo termina sumido en una espiral consumista, sin lugar alguno para una noción más elevada y compleja de la vida, ¿cómo va a ser capaz de encontrar el núcleo de su identidad una muchacha sensible y llena de dudas?"


(Del artículo "Saturno devorando a sus hijos", en mujerhoy, 24 enero 2015)


viernes, 9 de enero de 2015

¿ATENTADO CONTRA...?


        Me permito transcribir un post de Fernando Jiménez González en Facebook, del día 7 de enero, que me parece muy ponderado y preciso, y que comparto plenamente.

       "Se equivocan completamente los que dicen, como el desnortado Hollande, que el atentado contra "Charlie Hebdo" es un atentado contra la "libertad de expresión". Este es un valor relativo respecto a la dignidad de la persona y no puede amparar nunca el insulto y la discriminación contra ninguna comunidad religiosa o étnica -hay que reconocer que algunas de las viñetas de la publicación sobre Mahoma son, sencillamente, repugnantes-.

         Lo que no es relativo y lo que sí es sagrado es el valor de la vida humana. El de hoy, como todos, es un atentado contra la dignidad de la vida humana, pues ningún exceso, crítica ni burla, justifica destruir una vida humana. Por eso el atentado es repugnante y no por otra cosa.

         Pero los exponentes del Occidente pseudoprogresista y bienpensante no lo reconocerán y seguirán insistiendo en que es un "atentado contra la libertad de expresión", algo mucho más importante para los ideólogos políticos occidentales que el valor absoluto de la vida humana, relativizada según criterios de burdo utilitarismo."

Fernando Jiménez González 










jueves, 8 de enero de 2015

LA CRISIS -DE FONDO- QUE PERDURA



      La crisis que aún perdura en economía y en política, y lo que nos queda -ya siento decirlo-, es consecuencia de algo que viene de antes, de cuando se pensaba que estamos en este mundo para enriquecernos y pronto, para disfrutar y “pasarlo bien”, sin sufrimiento. Bueno, tal vez no debiera haber empleado el pretérito, por imperfecto que sea: “se pensaba”… y se piensa.

      Hay, en efecto, un credo universal que se estableció como mentalidad dominante y que podemos tildar de utilitarismo y hedonismo. Es también lo que está en la entraña del consumismo: pensar que la felicidad se compra con dinero y que consiste en lograr de forma inmediata lo que se desea.

       Y así, cada uno en su registro, cantábamos a coro aquél dicho anglosajón de que “cada uno mire para sí y al último que se lo lleve el diablo”. La mentalidad liberal insistía desde el siglo XVIII en que si cada individuo buscaba su riqueza, una “mano invisible” (la expresión era de Adam Smith, que no se sabe muy bien si se refería a la Providencia o a las leyes del mercado, en el fondo le daba lo mismo) propiciaría la riqueza general. La canción tiene también su versión socialista, metiendo de por medio a las clases sociales, al curso de la historia, al “todo es política” y al Estado. Total, que a distintas voces la melodía de fondo no es muy diferente (suena algo así como: “Todos los paraísos están aquí abajo, atrapadlos”).

       Pero, al parecer, a la famosa “mano invisible” de la que hablaba Adam Smith le gusta jugar a los dados… o a algo peor. Entre otras cosas, porque en muchos casos la riqueza y el éxito de unos se logra a costa de los demás. Y el colmo es que el bienestar material por sí sólo tampoco parece llenar las ansias más hondas del corazón humano. Y de la vieja canción -que según parece es más antigua que los mismos anglosajones- al final se escucha siempre el eco: “¿por qué, Señor, que esto sólo no basta?”, como decía Blas de Otero.
Pero volvamos a “la crisis”. Aún más serio que el cierre de las empresas, la paralización de la construcción y del gasto público, es que la honestidad haya sido derrotada como valor social por el afán de riqueza. Y hay algo dramático en la codicia de bienestar material, y es ignorar dónde están los límites: Qué es lo que no se puede -no se debe- hacer. Porque al final pasa lo que cuenta Ortega del rey Francisco I de Francia. Como es sabido, era éste enemigo encarnizado de Carlos I de España, y las guerras entre ambas naciones eran el pan nuestro de cada día. Alguien preguntó al monarca galo cómo era posible que siendo primos hermanos los dos reyes, vivían con tanta discrepancia. A lo que el francés contestó: “-Es que en realidad estamos de acuerdo: los dos queremos Milán”.

       Así las cosas, si no se reconoce una instancia superior que establezca dónde está la diferencia entre el bien y el mal, y dónde acaba la libertad codiciosa de cada uno, se produce la “dictadura del relativismo” y con ella el camino más directo a la decadencia moral, en la que los peor parados son siempre los menos fuertes: el no nacido, el desfavorecido social y económicamente, el que no tiene preparación o trabajo, el que ya no se puede valer por sí mismo, sea enfermo o anciano… Y es que el que hace la norma hace la trampa, el que mueve los hilos de las ideologías reinantes desprecia a la persona, el que tiene los medios de comunicación y difusión manipula (“cocina”) datos, criterios, hechos y conciencias… El fin justifica los medios: atrevámonos a todo (con tal de que no nos pillen). Y es que el dinero y el poder son dioses sin entrañas.

       Es hora de pensar en una alternativa mejor (no podemos seguir con la misma historia).



sábado, 3 de enero de 2015

La libertad y el puesto del ser humano en el cosmos


       Una de las evidencias más rotundas que ofrece la historia humana frente al curso vital de las demás especies animales es su fecundidad cultural. En el transcurso histórico de los acontecimientos humanos se aprecia una capacidad singular de innovación, de originalidad, de tradición y progreso. 
       La historia se muestra así como una aportación de novedades, en la que la especie humana no se ha limitado a una adaptación forzosa el medio ambiente. Contando con una realidad de la que forma parte, pero al mismo tiempo desde una peculiar distancia, el hombre la ha considerado objetivamente, se ha medido con ella y la ha asumido hasta llegar a transformarla. El ser humano ha sido capaz de conocer la realidad, hacerla suya y trascenderla.
       Esta capacidad pone de manifiesto que la especie humana, a diferencia de lo que ocurre en las demás especies biológicas, no marca a sus miembros pautas fijas e innatas de conducta, sino que ofrece espacios para la autodeterminación de cada uno de ellos. Esa capacidad que encontramos en cada ser humano para disponer de sí mismo en forma original, para tomar decisiones como sujeto de su propio obrar, es lo que conocemos con el nombre de libertad.
       No es que el ser humano carezca de determinaciones en su actuación. La libertad humana actúa entre determinaciones que son su límite -no pocas de las cuales ella misma ha configurado-, pero de las que puede también servirse para trazar un camino inédito y fecundo. Es el caso, por ejemplo, de las leyes de la aerodinámica, en las que se cumple una paradoja elocuente: impiden que el hombre vuele y a la vez lo hacen posible. Ello ocurre gracias a que el ser humano puede conocer dimensiones virtuales en la realidad, avanzar proyectos y aportar soluciones nuevas a las dificultades de su existencia.
     Aunque dichas determinaciones intervienen en la configuración de la trayectoria vital humana, las dimensiones más propias e identificadoras de un sujeto no son previsibles a partir de tales determinaciones. El yo, la identidad expresada a través de las decisiones y que las origina y sustenta, no es la suma o producto de una red más o menos compleja de circunstancias. 
      Lo que el ser humano tiene de “único”, no es de ningún modo un resultado, sino algo previo, un dato originario. El carácter, la personalidad aprendida o elegida, acentuará despues esa unicidad, pero la condición radical que la hace posible es que el ser humano es, desde el principio, más que lo que hace.