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viernes, 17 de junio de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (33)

VOLVAMOS A SÓCRATES

 

El filósofo español Xavier Zubiri escribe que los sofistas pretendieron “formar a los nuevos hombres de Grecia desentendiéndose de la verdad”. Ciertamente, Atenas había enfermado de relativismo y de individualismo, en gran medida por la labor educativa sembrada por los sofistas. Cada cual buscaba pragmáticamente su provecho y medro particular sin atender al bien común. Y como ocurre invariablemente en tiempos de relativismo, los más perjudicados son siempre los más débiles.

 Consciente de lo que estaba ocurriendo, un modesto alfarero llamado Sócrates, decidió entonces dedicar todo su tiempo a salir por las calles y plazas de Atenas para dialogar amistosamente con sus paisanos, invitándoles a reflexionar sobre lo que diferencia al bien del mal y lo que hace bueno a un ciudadano. Hizo suya la sentencia délfica “conócete a ti mismo” y con sus inteligentes preguntas dejaba a menudo en evidencia a muchos poderosos y falsos maestros, que finalmente no dudaron en acusarlo injustamente de corromper a la juventud hasta conseguir su condena a muerte.

Escribe su discípulo Platón que cuando Sócrates fue conminado por la asamblea de los jueces a abandonar su actividad, respondió: “Atenienses, os respeto y os amo; pero obedeceré a Dios antes que a vosotros y, mientras yo viva, no dejaré de filosofar, diciendo a cada uno de vosotros cuando os encuentre: ‘Amigo, ¿cómo no te avergüenzas de no haber pensado más que en amontonar riquezas, en adquirir crédito y honores, en despreciar los tesoros de la verdad y de la sabiduría, y de no trabajar para hacer tu alma tan buena como pueda serlo?’. Toda mi ocupación es trabajar para persuadiros de que antes que el cuidado del cuerpo y de las riquezas, está el del alma y su perfeccionamiento; y no me cansaré de deciros que la virtud no viene de las riquezas sino que, por el contrario, la riqueza auténtica es la que viene de la virtud, y que es de aquí de donde nacen todos los demás bienes para la ciudad y para vosotros mismos.” (Apología de Sócrates)

Para Sócrates, la verdadera educación no consistía en adiestrar al hombre en el manejo de ciertas habilidades retóricas o sociales para alcanzar el éxito y el poder a cualquier precio, sino en lo que él llamaba el “cuidado del alma”, es decir, en buscar el conocimiento de la verdad y del bien y en el ejercicio de una vida conforme a la virtud. Llega incluso a afirmar y mostrar con su ejemplo de vida que es preferible padecer una injusticia a cometerla.

Su magisterio iluminó principalmente a sus discípulos Platón y Aristóteles, a través de los cuales pervive como uno de los principales maestros de la cultura occidental, al proponer la búsqueda sistemática de la verdad como forma de vida y el  respeto hacia el orden moral como cimiento de una sana ciudadanía. 

Lamentablemente, no parece este nuestro caso. Como el propio Xavier Zubiri añadía, “hoy estamos innegablemente envueltos en todo el mundo por una gran oleada de sofística”. El relativismo y el pragmatismo de nuestros días reclama también un replanteamiento de la tarea de educar que tenga como centro la dignidad personal del ser humano y su vocación a la verdad, el bien y la belleza. Necesitamos a Sócrates.


     (Publicado en el semanario La Verdad el 17 de junio de 2022)

viernes, 10 de junio de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (32)

EL RELATIVISMO: SOFISTAS DE AYER… Y DE HOY


Nos referíamos en nuestra reflexión precedente al relativismo impulsado por aquellos sofistas que, en la Atenas del siglo V a. Jc., educaban a los jóvenes de la nobleza para el éxito en la política y que tanto se parece al de nuestros días. 

Presumían aquellos sabios educadores de que, según quien les pagase, eran capaces de demostrar la verdad de una cosa o de su contraria, porque en realidad se trataba de convencer y seducir al auditorio, y para eso bastaba con el manejo de una hábil retórica. Negaban que hubiera una verdad y que pudiera ser conocida porque “las cosas son según le parecen a cada cual” (Protágoras).

Pero si no existe una verdad, ¿quién tiene razón? Sencillo: al final el poder, la “ley” del más fuerte y del más astuto, o la postura mayoritaria, se convierte en norma. Lo decisivo es la eficacia de las palabras. “Con la palabra, dirá el sofista Gorgias de Leontino, se fundan las ciudades, se construyen los puertos, se impera al ejército y se gobierna el Estado.” 

En cuanto al ser humano, la sentencia de Protágoras se ha hecho famosa: “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, y de las que no son en cuanto que no son.” Es decir, que la voluntad del individuo es la que determina el valor de las cosas… y de las personas. Ya que no hay criterios objetivos para distinguir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto…, la habilidad para presentar los argumentos y convencer al auditorio se convierte en el instrumento idóneo para hacerse con el poder y acrecentarlo, y así determinar lo que vale y lo que no por medio de las leyes. Sin normas trascendentes, morales o religiosas, cada cual para sí y los poderosos para la colectividad son la medida de las acciones humanas.

Para el sofista, todo en la vida se subordina a lo que decidan quienes tienen el poder. La educación consistirá entonces en la adquisición de habilidades sociales -retóricas y políticas- para triunfar, y eso es lo que daría sentido a la vida. 

La concepción sofística del hombre es la de un “ciudadano del mundo” (cosmopolita) desarraigado de las tradiciones y costumbres de su ciudad y que, por medio de las leyes, crea los valores, determinando lo que vale y lo que no. Es un triunfador, autosuficiente en la medida en que logra el poder, pero que se hallará indefenso cuando se vea a merced de adversarios más poderosos o sagaces.

En la vida pública, lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto es determinado por el legislador. Lo que éste decida será justo, sea lo que sea, porque tiene el poder para imponerlo. En suma, los que triunfan y mandan son los que imponen su manera de ver la vida. Se oculta a la vez qué ocurre con los débiles o con los que fracasan… porque no cuentan socialmente.

Atenas, en este momento, se había convertido en una palestra de ganadores, en el olimpo del individualismo. Cierto. Lo malo es que ya no era un pueblo, tal como los griegos habían entendido la polis hasta entonces: como un ámbito acogedor de convivencia que brinda seguridad, criterio e identidad a los ciudadanos. 

      (Publicado en el semanario LA VERDAD el 10 de junio de 2022)