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sábado, 23 de mayo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (176)

¿CÓMO “NO EDUCAR” EL CARÁCTER?

 

            Educar el carácter es ayudar a crecer de forma integral, “aprender a ser”. El buen carácter es la orientación y el ejercicio de nuestras capacidades personales para lograr actuar moralmente bien y con eficacia. Ello implica el desarrollo de valores humanos para la vida (conocimientos, criterios, hábitos, destrezas, virtudes…), como las llamadas “4 C”: 

 

·     Creatividad, capacidad de aportar novedades, iniciativas personales; responsabilidad y compromiso ante las situaciones de la vida para mejorarla y embellecerla.

·     Colaboración, capacidad de trabajar y de ayudar en tareas comunes con otras personas.

·     Comunicación, capacidad de compartir, de dar y recibir lo que se tiene, lo que sabe, lo que se es.

·     Criterio, pensamiento crítico, capacidad de reflexión, de elaborar juicios de valor, de dirigir la propia conducta a la verdad y el bien. 


Educar para «aprender a ser» es una idea moderna, pero hunde sus raíces en el humanismo clásico. Para Aristóteles la educación tenía tres pilares:

1.    Formación humana: “pedagogía” viene del griego paideia, y se refería al desarrollo lo más completo posible de la naturaleza humana. 

2.    Carácter: El modo propio de comportarse y de ser de cada persona.

3.    Virtud: la magnanimidad que impulsa a que las personas sean mejores: honestas, excelentes, felices.


Ayudar a mejorar como personas suena muy bien. Pero no es fácil. Educar el carácter implica ayudar a mejorar en las potencialidades humanas más altas, especialmente la inteligencia y la voluntad, y para ello hace falta cultivar criterios, hábitos y virtudes. ¿Pero cómo hacerlo? Empecemos antes por “cómo NO  hacerlo”.

     Hay dos formas de NO educar el carácter: el adoctrinamiento dogmático y el relativismo.


      Para evitar estos errores es preciso enseñar a pensar, formar la conciencia moral, respetar  y fomentar la libertad responsable y buscar un propósito vital que dé sentido al desarrollo y la actuación personales. (Continuará)

miércoles, 18 de febrero de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (165)

UNA EDUCACIÓN “DESHEREDADA” Y POBRE

 



Es evidente que hemos de repensar la educación para evitar el adoctrinamiento perverso y la manipulación. Pero hay quienes piensan que tales peligros solo se conjuran evitando la transmisión de conocimientos “positivos”, de contenidos, limitándose a difundir dudas. Esto, sin embargo, fomenta la incertidumbre y el escepticismo ante la ausencia de criterios claros. Pero, paradójicamente, renunciar a los contenidos es también adoctrinar: se adoctrina no solo con lo que se dice sino también con lo que se calla, con lo que se oculta. 

El docente ha de transmitir conocimientos pero, obviamente, a la vez ha de fundamentarlos. No se deben hacer juicios rotundos sin matices, que alimenten los prejuicios y la irracionalidad, pero tampoco educa presentar todo en pie de igualdad, fomentando el relativismo mientras se adopta una pose de neutralidad, que en el fondo no lo es. El amor a la verdad es una actitud imprescindible y fundamental en el educador y tiene que convertirse en contagio entusiasta a través de sus actitudes y su práctica docente.

Se ha pretendido aportar falsas soluciones al denostado adoctrinamiento evitando las lecciones magistrales y el uso de la memoria. Con ello se ha mermado la transmisión de conocimientos a la vez que la capacidad de aprendizaje.

“¡Ustedes no tienen nada que transmitir!”. F. Xavier Bellamy, autor del libro Los desheredados (Encuentro, 2018), escuchó estas palabras, pronunciadas por un inspector de educación francés, el día en que empezaba su actividad como profesor de secundaria, y fueron el desencadenante de que su magnífico ensayo viera la luz. Bellamy se pregunta por qué fracasa la educación actual, y responde con contundencia: porque ha renunciado a transmitir la tradición cultural -la grecolatina, la judeocristiana, la genuinamente occidental- por considerarla “corruptora y alienante”. 

 Lo que se transmite, prosigue este autor, es precisamente la cultura; y el hecho es que en estos momentos “hemos perdido el sentido de la cultura” hasta el punto de que desde las instancias educativas y políticas se rechaza la idea de que los padres puedan transmitir a los niños una concepción del mundo. Estamos asistiendo así, concluye, no a un “choque de culturas” sino a un “choque de inculturas”. Esto incluye de manera muy significativa, precisa, dejar de cultivar la propia lengua: la lectura comprensiva (enseñar a leer despacio, analizando el significado de los textos), la redacción, las normas de ortografía y sintaxis, el vocabulario personal, el cultivo del bien hablar, que es expresión de un pensamiento organizado y fundamentado. Sí, hablamos de enseñar a leer, a escribir, a pensar, a escuchar respetuosamente, a hacer juicios de valor bien fundamentados, a expresarse con propiedad y cortesía… A ello puede ayudar mucho el conocimiento de los clásicos de la literatura, del arte, del pensamiento. 

            Todo esto no es banal. Al contrario, resulta especialmente importante ante la invasión de sofística que campa hoy en todos los ámbitos de la vida social. Adquirir criterio propio, formar con rectitud la propia conciencia moral, aprender a detectar falacias en tantas modas y prejuicios ambientales -por ejemplo, analizando los resortes de la manipulación publicitaria consumista, letras de canciones denigrantes, series y películas en las que se fomentan reacciones emocionales compulsivas al margen de consideraciones éticas, etc.- es una manera muy concreta de aquilatar un pensamiento propio y bien fundado. A “desadoctrinar” verdaderamente.

(Publicado en el semanario La Verdad el 13 de febrero de 2026)

sábado, 24 de enero de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (162)

LA EDUCACIÓN EN UN MUNDO RELATIVISTA: 

EL VALOR DE LA PERSONA

 


El principal desafío al que se enfrenta la educación en una sociedad dominada por el relativismo reside en su fragilidad; al carecer de certezas y garantías sólidas, se ve obligada a buscar fundamentos firmes. La causa de esta situación ha sido el desplazamiento de la acción educativa fuera de su núcleo esencial: la persona. 

La naturaleza personal del ser humano se articula en torno a la libertad, que le permite construir su biografía según sus propias elecciones, a diferencia de su biología, que le viene determinada. Así, mientras los seres no personales viven sujetos a determinismos naturales, el ser humano tiene la capacidad de ser dueño de su destino. Como afirmaba Cervantes, el hombre es “hijo de sus obras”, pero puede realizarse o deshumanizarse, por lo que el libre albedrío ha de orientarse al bien. 

Se trata por consiguiente de ayudar al educando a convertirse en una persona responsable de su vida, capaz de incidir positivamente en la realidad y de madurar orientando sus decisiones hacia el bien.

Afirma Jan H. Walgrave que “el ser humano auténticamente libre sabe lo que piensa y posee convicciones sólidas; sabe lo que quiere y permanece fiel a sí mismo. Se muestra fuerte, claro y preciso, no se diluye en la masa ni se deja seducir. Actúa por sí mismo, es dueño de sus decisiones y fiel a sus convicciones e ideales y a su crecimiento personal.”

Pero caracteriza al relativismo actual la disociación y la atomización. La existencia personal y el mundo se presentan como un “puzzle” de infinitas piezas sin modelo, dificultando la construcción de una personalidad coherente y unificada, y de sociedades que contribuyan a la humanización de sus miembros, quedando por consiguiente a merced de la voluntad de los más fuertes o astutos.

Resulta esencial para la educación definir los criterios en torno a los cuales se estructurará la visión de la realidad, que es la base para la formulación de juicios de valor, así como disponer de un modelo conceptual humanizador que posibilite una síntesis positiva de valores. La escuela debe proporcionar saberes y habilidades, pero también significados.

El auténtico fin de la escuela será entonces ayudar al educando a configurar referentes que le permitan interpretar la realidad, revisando los modelos conceptuales implícitos y explícitos en la enseñanza de las distintas áreas del conocimiento. Sin tales referentes, el alumno podrá acumular conocimientos, pero esta acumulación no bastará para alcanzar una comprensión profunda del mundo y de la vida, ni para orientarse en lo relativo al bien y al mal. 

Esto implica la primacía de la verdad sobre la opinión, de la realidad sobre la apariencia, de la reflexión sobre la inmediatez y la espontaneidad, de la voluntad sobre el deseo, del esfuerzo sobre el entretenimiento, y de la interioridad sobre la dispersión sensitiva y emocional.

Una educación comprometida con la humanización debe conducir al educando hacia la mayor perfección posible de su ser persona. Esto solo es posible si las instancias educativas principales -la familia y la escuela- logran fortalecerse frente a la presión de la mentalidad dominante. Esta tarea resulta especialmente difícil, ya que ambas son muy permeables a las vigencias actuales, especialmente si actúan de forma aislada.

(Publicado en el semanario La Verdad el 23 de enero de 2026)

lunes, 2 de octubre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (79)

¿EDUCAR PARA EL BIENESTAR O PARA EL BIEN SER?



Cediendo a una falsa socialización, reducido el ser humano a mera unidad de producción y de consumo, a simple elemento del sistema social pastoreado por el Estado, sin referencias trascendentes para su vida, no puede aspirar más que a estar (y cuando llegue la muerte… fin). ¿Recuerdan aquello de que el hombre es un “ser-para-la-muerte”, una “pasión inútil”?... 

Pero si hemos venido al mundo solo para estar, la única aspiración posible es estar bien, un bienestar regido en el fondo por el principio del deseo. Y como cada uno va a lo suyo y procura imponer sus deseos, el contenido de las normas sociales y los valores que rigen la convivencia dependerán de quien ostente el poder político, económico y mediático. Este es el trasfondo de la mentalidad hoy dominante, que condiciona poderosamente la tarea de educar priorizando en ella la adaptación al entorno.

Todo cuanto se oponga al deseo (al placer, al éxito) se considerará represivo y poco progresista. El utilitarismo, el relativismo, el narcisismo y la superficialidad configuran así el panorama ético vigente. 

Y así, si se trata de estar bien, en las relaciones interpersonales viene a regir una débil tolerancia (“si están bien así…”, “si así son felices…”, “si es lo que han elegido…”, “si se quieren…” pues vale). Pero esta tolerancia emana en el fondo de la indiferencia al ser del otro. La tolerancia (“yo te tolero…”) es un vínculo pobrísimo. A lo sumo se espera que, en contrapartida, a uno le dejen montarse la vida a su gusto.

Además, desde el estar como argumento vital no son bien vistas las convicciones; solo caben posturas. Tener convicciones suena a rígido, a absoluto… Cambiar de convicciones resulta demasiado difícil. Ya no se pregunta: “¿cuáles son sus convicciones…?, sino “¿cuál es su postura acerca de…”? Porque cuando no se está bien, lo más cómodo es cambiar de postura. Si las posturas se mantienen durante un tiempo acaban cansando. Será preciso entonces cambiarlas con frecuencia, relativizarlas para estar más cómodos. Y así, casi imperceptiblemente, se sustituirá la ética por la estética e incluso por la simple cosmética... La realidad se reemplaza por las apariencias. No importa hacer el bien, sino quedar bien. La aspiración a la excelencia (a cultivar y dar lo mejor de sí) será desbancada por el glamour y por el afán de convertirse en influencer.

Sin embargo, se quiera o no, el hombre no ha nacido para estar sino para ser. Y la educación ha de ayudar, no al bienestar sino al bien ser, al perfeccionamiento moral de la personalidad.

El ser humano es a un tiempo don y tarea. Se nos han dado la existencia y la vida, así como el privilegio mismo de ser humanos. La naturaleza humana (hoy tan mal entendida y menospreciada) es nuestro modo constitutivo de ser; nos otorga un patrimonio de magníficas capacidades y a la vez es una pauta que nos marca la diferencia entre lo bueno (lo humano) y lo malo (lo inhumano).

Si no actuamos, si no crecemos y no educamos de acuerdo con lo que somos -personas, hombres, mujeres-, surgirá la frustración, el sentimiento de fracaso, el hastío, el desequilibrio, la desesperanza, que son la consecuencia de una vida superficial e intrascendente. De un mero estar sin (querer) ser.

   (Publicado en el semanario La Verdad el 29 de septiembre de 2023)


miércoles, 7 de junio de 2023

¿PARA QUÉ SIRVE LA VERDAD?


 

Un autor contemporáneo llamaba no hace mucho la atención sobre un hecho algo llamativo: “Los filósofos, decía, han sido siempre unos ciudadanos mal mirados en la ciudad. Nunca se ha sabido exactamente qué hacer con ellos... Por eso unas veces se los ha enviado al exilio por carencia de trabajo para ellos y otras por el contrario se les ha encargado el gobierno de la polis.”(1)  Claro que “esto último era pensable en tiempos en que (...) a la verdad se le confería un peso de realidad discernible.(2)       

Sin embargo, como ha escrito Xabier Zubiri, “hoy estamos innegablemente envueltos en todo el mundo por una gran oleada de sofística”.(3) Para el gran metafísico español, la sofística quiso “formar a los nuevos hombres de Grecia desentendiéndose de la verdad.”(4) Y no es exagerado afirmar  que “como en tiempos de Platón y de Aristóteles, también hoy nos arrastran inundatoriamente el discurso y la propaganda”. (5)

 Y ello hasta extremos de magnitud incalculable, puesto que los logros y posibilidades de nuestro desarrollo tecnológico hacen que el poder económico-político se extienda hasta absorber todas las esferas de la cultura, es decir, de la conciencia que el ser humano posee de sí mismo y de su lugar en el mundo. 

En este sentido decía Guardini que la cultura es una “imagen existencial humana” y que “para medirla, no bastará sólo preguntar qué consigue, sino también que se hace en ella del hombre”. (6)

            Pues bien, la filosofía es la pregunta a un tiempo racional, radical y global que, a decir de Hegel, lleva a pensar el propio tiempo. No es exagerado observar que el nivel de humanidad de una época puede medirse por las reflexiones filosóficas en que se inspira. Un tanto hiperbólicamente, se ha llegado a decir que la historia es la filosofía puesta en ejemplos.

Sin embargo, lo primero que cabe resaltar aquí es lo peculiar del papel que a la actividad filosófica se le asigna en la vida. Se insiste a menudo –y no voy a discutirlo ahora- en que la filosofía no sirve para nada. Pero cuando en un pueblo se han ausentado los auténticos filósofos, aunque haya algunos que se sirvan de ese nombre para halagar a quien les paga o para construir un pedestal a su vanidad, ocurre que todo espacio de libertad es utilizado para preparar la conquista del poder en cualquiera de sus formas. Porque si lo único que cuenta es quién tiene el poder y como puede hacerlo valer de manera efectiva, ¿para qué sirve la verdad?, ¿para qué puede servir buscarla en todos los órdenes de la realidad y de la vida? Hay varias respuestas plausibles. En esta ocasión nos centraremos en una que nos parece fundamental.

La verdad, precisamente porque no es algo útil, es la condición más indispensable para que sea posible la libertad humana. Sucede de hecho que la libertad, el camino del ser humano hacia sí mismo y su plenitud, no carece de dificultades y riesgos. Y uno de los más importantes es que –como ocurría con los sofistas de antaño- sea disociada de la verdad.




Una libertad al margen de la verdad

¿Por qué la libertad es “difícil”? En primer lugar, porque hay algo en el ser humano que quiere la libertad, sin duda, pero también existe algo en él que la rechaza o siente su ejercicio como algo arduo y demasiado cargado de responsabilidades, algo que la aborrece, que se cansa. Resulta que es más fácil ser esclavo que libre, y es más fácil también luchar por la libertad que vivir en ella, porque no basta con proclamarla, fingirla o tolerarla, sino que hay que apuntalarla en la verdad –es decir, en lo real- y darle un sentido, un para qué consistente, acorde con lo verdaderamente humano. Pero desde ese momento nos vemos vinculados, obligados, comprometidos. 

Por eso es más simple dejarse llevar. Salustio escribía ya que la mayoría de los hombres no quieren en realidad ser libres; prefieren tener buenos amos.

Y por eso comprobamos a menudo que el individuo tiende con demasiada facilidad a claudicar pasivamente ante el poder. Sin embargo, el único antídoto contra el poder desnudo que no reconoce norma alguna por encima de sí, es la afirmación de la verdad; más precisamente aún, el compromiso vital con ella.

El siglo XX y el XXI son una verificación de que los asesinos y los mercenarios de los regímenes y movimientos fanáticos y totalitarios, de los cárteles y los llamados “ejércitos de liberación”, se reclutan entre hombres así, hombres grises, simplificados, más dóciles a su agresividad y a sus apetitos que a los argumentos y afanes de la inteligencia; y por ello más manipulables. Es el Poder, el partido, el sindicato o el grupo mediático quienes deciden las injusticias que deben indignar y las que deben dejar indiferente, lo que ha de tolerarse y lo que no. Este imperio de lo opinable y de la cancelación, en el que la verdad depende de quien la diga y de la violencia con que lo haga, crea un tipo de ciudadano perfectamente dócil a toda forma de totalitarismo.

En su novela 1984, George Orwell se plantea con fiereza la posibilidad de que la verdad fuera el resultado de una decisión de los fuertes, del sistema, del “Gran Hermano”. ¿Quién, por consiguiente, podría negar entonces que dos y dos fueran cinco si así lo establecía un poder vigilante por encima del cual no hay nada? ¿Quién puede defender en ese caso a sus víctimas? ¿En nombre de qué? ¿Cómo puede no extinguirse la libertad? 

En un importante pasaje de la narración, Winston Smith, el protagonista, acaba de descubrir las pruebas de una falsificación documental realizada por el llamado Ministerio de la Verdad, en el cual trabaja; medita acerca una noticia manipulada que ha llegado a su poder y que inculpa a tres individuos inocentes. Él lo sabe, pero conocer la verdad sobre este asunto hace que su conciencia le sitúe frente a la lectura oficial de los hechos:

“Se preguntó... si no estaría loco. Quizás un loco era sólo una “minoría de uno”. Hubo una época en que fue señal de locura creer que la tierra giraba en torno al sol: ahora era locura  creer que el pasado era inalterable... Pero la idea de ser un  loco no le afectaba mucho. Lo  que le horrorizaba era la posibilidad de estar equivocado.

            (...) Al final, el Partido anunciaría que dos y dos son cinco y habría que creerlo. Era inevitable que llegara algún día al dos y dos son cinco. La lógica de su posición lo exigía. Su filosofía negaba no sólo la validez de la experiencia, sino que existiera la realidad externa. La mayor de las herejías era el sentido común. Y lo más terrible no era que le mataran a uno por pensar de otro modo, sino que pudieran tener razón. Porque, después de todo, ¿cómo sabemos que dos y dos son efectivamente cuatro? O que la fuerza de la gravedad existe. O que el pasado no puede ser alterado. ¿Y si el pasado y el mundo exterior sólo existen en nuestra mente y, siendo la mente controlable, también pueden controlarse el pasado y lo que llamamos la realidad?

           ¡No, no!, a Winston le volvía el valor (...) Había que defender lo evidente. El mundo sólido existe y sus leyes no cambian. Las piedras son duras, el agua moja, los objetos faltos de apoyo caen en dirección al centro de la Tierra... 

Con la sensación (...) de que anotaba un importante axioma, escribió: "La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sus pasos contados.” (7) 

La verdad es peligrosa para el poder absoluto y totalitario, para los enemigos de la libertad; descalifica el voluntarismo nihilista de los superhombres. Por eso, el antagonista de Winston en la novela orwelliana, no duda en afirmar: 

“Nosotros, Winston, controlamos la vida en todos sus niveles. Te figuras que existe algo llamado  la naturaleza humana, que se irritará por lo que hacemos y se volverá contra nosotros. Pero no olvides que la naturaleza humana la creamos nosotros. Los hombres son infinitamente maleables... Si tú eres un hombre, Winston, es que eres el último ejemplar de esa especie. A esa especie la hemos sucedido nosotros. ¿Te das cuenta de que estás solo, absolutamente solo? Te encuentras fuera de la historia, no existes.” (8)

 


La mentalidad dominante en nuestro tiempo 

Max Weber consideró que nuestra época asistía al “desencantamiento del mundo”, refiriéndose al carácter de una sociedad occidental modernizada, burocratizada, secularizada, donde la comprensión científica está más valorada que la creencia y el misterio, y donde los procesos están orientados a metas racionales: no existen en torno a nuestra vida poderes ocultos o imprevisibles, sino que, por el contrario, todo puede sor dominado mediante el cálculo y la previsión. (9)

Pues bien, los acontecimientos mismos han mostrado que el control propio de una razón dominadora, autoconvencida de que saber es un poder (10)amenaza con convertir el nuestro en un mundo sin encanto, sin vínculos profundos y sin hogar, regulado por los sueños oscuros del poder. La razón misma, autosuficiente, no tendría ni pretendería otra justificación que sus propias creaciones. Los tortuosos desafíos de algunos hombres de ciencia o de algunos centros del poder económico pueden servir como ejemplos recientes de lo que venimos diciendo.

            Si tuviéramos que pensar el propio tiempo, como pedía Hegel a la filosofía, podríamos destacar que se ha extendido en los últimos tiempos, por encima de escuelas y sistemas filosóficos, la convicción de que el hombre "auténtico" –varón o mujer- es el que triunfa en la vida, lo cual significa: el que llega a ser autosuficiente, el que se desata de vínculos y dependencias forjando su propia seguridad e imponiendo sus deseos, el que no se debe a nadie más que a sí mismo y sólo es para sí mismo. En el ámbito individual eso significa autosatisfacción y bienestar, y en el colectivo –si es un grupo o una colectividad quien se erige en sujeto-, control, dominio y eficacia. Y el camino para lograr tal grado de autoafirmación no es otro que el propio hacer.

Esta mentalidad hoy dominante se levanta sobre el viejo desprecio del saber teorético en pro de la mentalidad productiva (poiesis) y la eficacia ("saber es poder"); hizo eclosión durante la Ilustración, momento en que la razón humana fue proclamada mayor de edad, y cuenta hoy con cauces muy precisos: economía, política, ciencia, técnica, informa­ción de masas..., o, si se quiere, economicismo, estatificación y pensamiento único, tecnocracia, con­sumismo... 

 


Las ideologías

Es producto de un implacable proceso de “ideologización de la cultura”. Pero, ¿qué debe entenderse por "ideología"? Las ideologías son sistemas de ideas que ofrecen una interpretación del mundo y del ser humano que sirven como instrumento para la instauración de una voluntad de dominio. Las ideologías son eminentemente pragmáticas, detrás de ellas no hay una pretensión de dar con la verdad sobre lo que ocurre en la realidad, lo que es justo o la naturaleza de las cosas. Su única intención es imponerse sobre cualquier otra concepción o postura.

Se trata de modos de entender el mundo articulados desde una voluntad de poder y no desde una apertura a la verdad, lo que las convierte en el fondo en meras condiciones de eficacia al servicio de la voluntad dominadora que las ha configurado. No tienen nada que ver con la adecuación a lo que las cosas son, con la verdad. Son eficaces y basta. Si logran imponerse, cuentan, y eso es todo. ¿Qué importa que una afirmación sea falsa o inmoral? El caso es que ‘hemos logrado que funcione’ y ha sido admitida por la opinión general. Para ello se cuenta, además, con poderosas herramientas de manipulación del lenguaje. (11)

Es el criterio de la praxis, entendida como producción de objetos y resultados externos y mensurables; el nudo pragmatismo. Dicho en expresión coloquial: “Lo de menos es que el gato sea blanco o negro. El caso es que cace ratones”. Por eso las ideologías no pertenecen al ámbito de la teoría, sino que penetran en la política, la economía, la comunicación, los núcleos y actividades generadoras de opinión.

Karl Marx escribía: “El problema de si al pensar humano responde una verdad objetiva no es una cuestión teórica, sino práctica. Es en la praxis donde tiene que demostrar el hombre la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. La disputa sobre la realidad o no realidad de un pensamiento, prescindiendo de la praxis, es una cuestión puramente escolástica.(12) Y añadía: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.” (13)

El caldo de cultivo para la imposición de una voluntad de poder es el relativismo, el nihilismo. Si todo es opinable y todas las opiniones son semejantes, si nada tiene valor por sí mismo, entonces lo que hace que prevalezca una postura u opinión sobre las demás es el grado de fuerza que la respalda y la conduce al éxito, a la supremacía sobre las demás, ya se trate de la seducción con la que se muestra, de la voluntad del legislador, de la moda o corriente mayoritaria, etc.)

Una cultura ideologizada devasta la verdad, el bien y la belleza, y las sustituye por sucedáneos: la apariencia, la mentalidad dominante, el placer, la utilidad, la comodidad, el éxito, el deseo... la posverdad. La realidad deja de ser el referente de lo verdadero, lo justo, lo correcto, lo bello... y todo pasa a depender del deseo predominante, del pensamiento único, de las emociones y la publicidad. Nietzsche lo llamaba la "voluntad de los fuertes"… ¿Nos preguntaremos aún para qué sirve la verdad…?

Andrés Jiménez Abad


[1] Olegario GONZÁLEZ DE CARDEDAL. El poder y la conciencia, Madrid, 1985, pág. 303.

[2] Ibídem

[3] Xabier ZUBIRI. Prólogo a Inteligencia Sentiente, Madrid, 1981, pág.15. Cit. en Olegario GONZÁLEZ DE CARDEDAL. Ídem, pág. 317.

[4] IDEM. Naturaleza, Historia, Dios. Madrid, 1974, 6ª ed., pág. 193.

[5] IDEM. Prólogo a Inteligencia Sentiente, loc. cit.

[6] ROMANO GUARDINI. La cultura como obra y riesgo. Madrid, 1960, pág. 20.

[7] GEORGE ORWELL. 1984. Estella (Navarra), 1983, págs. 69-70.

[8] IDEM. pág. 203.

[9] Cfr. MAX WEBER: “La ciencia como vocación”(1919). En Weber, M. El político y el científico. Madrid, Alianza, 1993, págs., 180-231. 

10 “Saber y poder son lo mismo; el sentido de todo saber es dotar a la vida humana de nuevos inventos y recursos”. (FRANCIS BACON. NovumOrganum, 1, 3; 1, 81)

[11] Términos-talismán como, por ejemplo, “ingeniería financiera”, "progreso", “beneficio cero”, “regulación de plantillas”, “interrupción voluntaria del embarazo”, “derechos reproductivos”, “escuela comprensiva e inclusiva”, “educación intercultural”, "inclusión", “opinión pública”, “perspectiva de género”, etc., gozan de una aureola encubridora de realidades menos halagüeñas.

[12] Karl MARX. Tesis sobre Feuerbach, 2ª tesis.

[13] Ibídem, 11ª tesis. 

martes, 6 de junio de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (70)

FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA


Venimos hablando de la importancia de educar en la reflexión desde edades tempranas. Uno de los principales aspectos de esta preocupación es aprender a distinguir el bien del mal para orientar cabalmente nuestra conducta y para realizar juicios de valor apropiados. 

Todos sabemos que hay que hacer el bien y evitar el mal, pero esto no siempre es fácil. El ser humano puede hacer buen o mal uso de su libertad y a menudo no hace lo que debe, o hay situaciones y circunstancias en las que no es sencillo acertar con un comportamiento o una decisión adecuadas. 

Los niños están especialmente necesitados de referencias morales que les ayuden a distinguir en la práctica lo que está bien de lo que está mal o de lo que simplemente resulta atrayente. 

Muchas veces todos nos damos cuenta de que algo que hemos hecho no estuvo bien, y sentimos remordimiento por ello. Al reflexionar serenamente caemos en la cuenta de haber hecho algo indebido, pero ya no hay remedio porque el mal está hecho. Por ello, antes de actuar, conviene pararse a pensar lo que debemos hacer y lo que no. Necesitamos una “brújula” que oriente nuestras decisiones y nuestra conducta para distinguir el bien del mal en situaciones concretas y acertar en nuestro comportamiento. 

La conciencia moral es esa “brújula” que nos orienta acerca del bien y del mal. Es un juicio de valor que cada uno realizamos acerca de nuestros actos concretos. Parándonos a pensar si lo que hacemos es lo correcto, nos dice lo que tenemos que hacer, o lo que teníamos que haber hecho. La virtud que orienta a la conciencia moral es la prudencia, el criterio moral, el hábito de juzgar correctamente en las situaciones concretas.

La conciencia ha de ser educada y formada tempranamente para acertar a distinguir entre el bien y el mal en las diferentes situaciones. Se trata de una educación que conduce al perfeccionamiento personal y que supone respetar tres reglas de oro: Hacer el bien y evitar el mal. Tratar a los demás como queremos ser tratados. No hacer el mal para obtener un bien.

Desde los primeros años una conciencia moral incipiente despierta al niño en su interior al conocimiento y la práctica del bien. Es como una inclinación espontánea, pero muy elemental, que se va desmarcando poco a poco de la simple distinción entre el placer y el dolor. Conviene orientarla para que aprenda a situarse ante los acontecimientos de la vida respetando el valor propio de las cosas y de las personas (él incluido). Es una tarea de toda la vida, pero si no se ha llevado a cabo desde la infancia pueden producirse deformaciones nada fáciles de corregir más adelante. 

Las apariencias a menudo son engañosas y por ello nunca debemos dejarnos llevar por las primeras impresiones. El relativismo y el emotivismo presentes en la mentalidad hoy dominante favorecen la tiranía de los deseos, de las ganas y del gusto por lo fácil y atrayente. Por este motivo es fundamental enseñar a discernir tempranamente entre el bien y el mal. Como escribía Blaise Pascal, “nuestra dignidad radica en el pensamiento, en la reflexión. Esforcémonos en pensar bien: ese es el principio de la moral.” Seguiremos con este tema en próximas ocasiones. 

     (Publicado en el semanario La Verdad el 2 de junio de 2023)

 

viernes, 17 de junio de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (33)

VOLVAMOS A SÓCRATES

 

El filósofo español Xavier Zubiri escribe que los sofistas pretendieron “formar a los nuevos hombres de Grecia desentendiéndose de la verdad”. Ciertamente, Atenas había enfermado de relativismo y de individualismo, en gran medida por la labor educativa sembrada por los sofistas. Cada cual buscaba pragmáticamente su provecho y medro particular sin atender al bien común. Y como ocurre invariablemente en tiempos de relativismo, los más perjudicados son siempre los más débiles.

 Consciente de lo que estaba ocurriendo, un modesto alfarero llamado Sócrates, decidió entonces dedicar todo su tiempo a salir por las calles y plazas de Atenas para dialogar amistosamente con sus paisanos, invitándoles a reflexionar sobre lo que diferencia al bien del mal y lo que hace bueno a un ciudadano. Hizo suya la sentencia délfica “conócete a ti mismo” y con sus inteligentes preguntas dejaba a menudo en evidencia a muchos poderosos y falsos maestros, que finalmente no dudaron en acusarlo injustamente de corromper a la juventud hasta conseguir su condena a muerte.

Escribe su discípulo Platón que cuando Sócrates fue conminado por la asamblea de los jueces a abandonar su actividad, respondió: “Atenienses, os respeto y os amo; pero obedeceré a Dios antes que a vosotros y, mientras yo viva, no dejaré de filosofar, diciendo a cada uno de vosotros cuando os encuentre: ‘Amigo, ¿cómo no te avergüenzas de no haber pensado más que en amontonar riquezas, en adquirir crédito y honores, en despreciar los tesoros de la verdad y de la sabiduría, y de no trabajar para hacer tu alma tan buena como pueda serlo?’. Toda mi ocupación es trabajar para persuadiros de que antes que el cuidado del cuerpo y de las riquezas, está el del alma y su perfeccionamiento; y no me cansaré de deciros que la virtud no viene de las riquezas sino que, por el contrario, la riqueza auténtica es la que viene de la virtud, y que es de aquí de donde nacen todos los demás bienes para la ciudad y para vosotros mismos.” (Apología de Sócrates)

Para Sócrates, la verdadera educación no consistía en adiestrar al hombre en el manejo de ciertas habilidades retóricas o sociales para alcanzar el éxito y el poder a cualquier precio, sino en lo que él llamaba el “cuidado del alma”, es decir, en buscar el conocimiento de la verdad y del bien y en el ejercicio de una vida conforme a la virtud. Llega incluso a afirmar y mostrar con su ejemplo de vida que es preferible padecer una injusticia a cometerla.

Su magisterio iluminó principalmente a sus discípulos Platón y Aristóteles, a través de los cuales pervive como uno de los principales maestros de la cultura occidental, al proponer la búsqueda sistemática de la verdad como forma de vida y el  respeto hacia el orden moral como cimiento de una sana ciudadanía. 

Lamentablemente, no parece este nuestro caso. Como el propio Xavier Zubiri añadía, “hoy estamos innegablemente envueltos en todo el mundo por una gran oleada de sofística”. El relativismo y el pragmatismo de nuestros días reclama también un replanteamiento de la tarea de educar que tenga como centro la dignidad personal del ser humano y su vocación a la verdad, el bien y la belleza. Necesitamos a Sócrates.


     (Publicado en el semanario La Verdad el 17 de junio de 2022)

viernes, 10 de junio de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (32)

EL RELATIVISMO: SOFISTAS DE AYER… Y DE HOY


Nos referíamos en nuestra reflexión precedente al relativismo impulsado por aquellos sofistas que, en la Atenas del siglo V a. Jc., educaban a los jóvenes de la nobleza para el éxito en la política y que tanto se parece al de nuestros días. 

Presumían aquellos sabios educadores de que, según quien les pagase, eran capaces de demostrar la verdad de una cosa o de su contraria, porque en realidad se trataba de convencer y seducir al auditorio, y para eso bastaba con el manejo de una hábil retórica. Negaban que hubiera una verdad y que pudiera ser conocida porque “las cosas son según le parecen a cada cual” (Protágoras).

Pero si no existe una verdad, ¿quién tiene razón? Sencillo: al final el poder, la “ley” del más fuerte y del más astuto, o la postura mayoritaria, se convierte en norma. Lo decisivo es la eficacia de las palabras. “Con la palabra, dirá el sofista Gorgias de Leontino, se fundan las ciudades, se construyen los puertos, se impera al ejército y se gobierna el Estado.” 

En cuanto al ser humano, la sentencia de Protágoras se ha hecho famosa: “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, y de las que no son en cuanto que no son.” Es decir, que la voluntad del individuo es la que determina el valor de las cosas… y de las personas. Ya que no hay criterios objetivos para distinguir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto…, la habilidad para presentar los argumentos y convencer al auditorio se convierte en el instrumento idóneo para hacerse con el poder y acrecentarlo, y así determinar lo que vale y lo que no por medio de las leyes. Sin normas trascendentes, morales o religiosas, cada cual para sí y los poderosos para la colectividad son la medida de las acciones humanas.

Para el sofista, todo en la vida se subordina a lo que decidan quienes tienen el poder. La educación consistirá entonces en la adquisición de habilidades sociales -retóricas y políticas- para triunfar, y eso es lo que daría sentido a la vida. 

La concepción sofística del hombre es la de un “ciudadano del mundo” (cosmopolita) desarraigado de las tradiciones y costumbres de su ciudad y que, por medio de las leyes, crea los valores, determinando lo que vale y lo que no. Es un triunfador, autosuficiente en la medida en que logra el poder, pero que se hallará indefenso cuando se vea a merced de adversarios más poderosos o sagaces.

En la vida pública, lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto es determinado por el legislador. Lo que éste decida será justo, sea lo que sea, porque tiene el poder para imponerlo. En suma, los que triunfan y mandan son los que imponen su manera de ver la vida. Se oculta a la vez qué ocurre con los débiles o con los que fracasan… porque no cuentan socialmente.

Atenas, en este momento, se había convertido en una palestra de ganadores, en el olimpo del individualismo. Cierto. Lo malo es que ya no era un pueblo, tal como los griegos habían entendido la polis hasta entonces: como un ámbito acogedor de convivencia que brinda seguridad, criterio e identidad a los ciudadanos. 

      (Publicado en el semanario LA VERDAD el 10 de junio de 2022)