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viernes, 17 de junio de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (33)

VOLVAMOS A SÓCRATES

 

El filósofo español Xavier Zubiri escribe que los sofistas pretendieron “formar a los nuevos hombres de Grecia desentendiéndose de la verdad”. Ciertamente, Atenas había enfermado de relativismo y de individualismo, en gran medida por la labor educativa sembrada por los sofistas. Cada cual buscaba pragmáticamente su provecho y medro particular sin atender al bien común. Y como ocurre invariablemente en tiempos de relativismo, los más perjudicados son siempre los más débiles.

 Consciente de lo que estaba ocurriendo, un modesto alfarero llamado Sócrates, decidió entonces dedicar todo su tiempo a salir por las calles y plazas de Atenas para dialogar amistosamente con sus paisanos, invitándoles a reflexionar sobre lo que diferencia al bien del mal y lo que hace bueno a un ciudadano. Hizo suya la sentencia délfica “conócete a ti mismo” y con sus inteligentes preguntas dejaba a menudo en evidencia a muchos poderosos y falsos maestros, que finalmente no dudaron en acusarlo injustamente de corromper a la juventud hasta conseguir su condena a muerte.

Escribe su discípulo Platón que cuando Sócrates fue conminado por la asamblea de los jueces a abandonar su actividad, respondió: “Atenienses, os respeto y os amo; pero obedeceré a Dios antes que a vosotros y, mientras yo viva, no dejaré de filosofar, diciendo a cada uno de vosotros cuando os encuentre: ‘Amigo, ¿cómo no te avergüenzas de no haber pensado más que en amontonar riquezas, en adquirir crédito y honores, en despreciar los tesoros de la verdad y de la sabiduría, y de no trabajar para hacer tu alma tan buena como pueda serlo?’. Toda mi ocupación es trabajar para persuadiros de que antes que el cuidado del cuerpo y de las riquezas, está el del alma y su perfeccionamiento; y no me cansaré de deciros que la virtud no viene de las riquezas sino que, por el contrario, la riqueza auténtica es la que viene de la virtud, y que es de aquí de donde nacen todos los demás bienes para la ciudad y para vosotros mismos.” (Apología de Sócrates)

Para Sócrates, la verdadera educación no consistía en adiestrar al hombre en el manejo de ciertas habilidades retóricas o sociales para alcanzar el éxito y el poder a cualquier precio, sino en lo que él llamaba el “cuidado del alma”, es decir, en buscar el conocimiento de la verdad y del bien y en el ejercicio de una vida conforme a la virtud. Llega incluso a afirmar y mostrar con su ejemplo de vida que es preferible padecer una injusticia a cometerla.

Su magisterio iluminó principalmente a sus discípulos Platón y Aristóteles, a través de los cuales pervive como uno de los principales maestros de la cultura occidental, al proponer la búsqueda sistemática de la verdad como forma de vida y el  respeto hacia el orden moral como cimiento de una sana ciudadanía. 

Lamentablemente, no parece este nuestro caso. Como el propio Xavier Zubiri añadía, “hoy estamos innegablemente envueltos en todo el mundo por una gran oleada de sofística”. El relativismo y el pragmatismo de nuestros días reclama también un replanteamiento de la tarea de educar que tenga como centro la dignidad personal del ser humano y su vocación a la verdad, el bien y la belleza. Necesitamos a Sócrates.


     (Publicado en el semanario La Verdad el 17 de junio de 2022)

viernes, 10 de junio de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (32)

EL RELATIVISMO: SOFISTAS DE AYER… Y DE HOY


Nos referíamos en nuestra reflexión precedente al relativismo impulsado por aquellos sofistas que, en la Atenas del siglo V a. Jc., educaban a los jóvenes de la nobleza para el éxito en la política y que tanto se parece al de nuestros días. 

Presumían aquellos sabios educadores de que, según quien les pagase, eran capaces de demostrar la verdad de una cosa o de su contraria, porque en realidad se trataba de convencer y seducir al auditorio, y para eso bastaba con el manejo de una hábil retórica. Negaban que hubiera una verdad y que pudiera ser conocida porque “las cosas son según le parecen a cada cual” (Protágoras).

Pero si no existe una verdad, ¿quién tiene razón? Sencillo: al final el poder, la “ley” del más fuerte y del más astuto, o la postura mayoritaria, se convierte en norma. Lo decisivo es la eficacia de las palabras. “Con la palabra, dirá el sofista Gorgias de Leontino, se fundan las ciudades, se construyen los puertos, se impera al ejército y se gobierna el Estado.” 

En cuanto al ser humano, la sentencia de Protágoras se ha hecho famosa: “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, y de las que no son en cuanto que no son.” Es decir, que la voluntad del individuo es la que determina el valor de las cosas… y de las personas. Ya que no hay criterios objetivos para distinguir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto…, la habilidad para presentar los argumentos y convencer al auditorio se convierte en el instrumento idóneo para hacerse con el poder y acrecentarlo, y así determinar lo que vale y lo que no por medio de las leyes. Sin normas trascendentes, morales o religiosas, cada cual para sí y los poderosos para la colectividad son la medida de las acciones humanas.

Para el sofista, todo en la vida se subordina a lo que decidan quienes tienen el poder. La educación consistirá entonces en la adquisición de habilidades sociales -retóricas y políticas- para triunfar, y eso es lo que daría sentido a la vida. 

La concepción sofística del hombre es la de un “ciudadano del mundo” (cosmopolita) desarraigado de las tradiciones y costumbres de su ciudad y que, por medio de las leyes, crea los valores, determinando lo que vale y lo que no. Es un triunfador, autosuficiente en la medida en que logra el poder, pero que se hallará indefenso cuando se vea a merced de adversarios más poderosos o sagaces.

En la vida pública, lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto es determinado por el legislador. Lo que éste decida será justo, sea lo que sea, porque tiene el poder para imponerlo. En suma, los que triunfan y mandan son los que imponen su manera de ver la vida. Se oculta a la vez qué ocurre con los débiles o con los que fracasan… porque no cuentan socialmente.

Atenas, en este momento, se había convertido en una palestra de ganadores, en el olimpo del individualismo. Cierto. Lo malo es que ya no era un pueblo, tal como los griegos habían entendido la polis hasta entonces: como un ámbito acogedor de convivencia que brinda seguridad, criterio e identidad a los ciudadanos. 

      (Publicado en el semanario LA VERDAD el 10 de junio de 2022)

sábado, 12 de noviembre de 2011

LA VERDAD NOS IMPORTA, Y MUCHO




El tema de la verdad es uno de los más olvidados en momentos históricos de crisis y desorientación general. Así ocurre, por ejemplo, en épocas en las que lo útil, o lo que lleva al triunfo, se considera más valioso que dar con la verdad. Es lo que acontecía, por ejemplo, en Atenas en el siglo V a. Jc., cuando se extendió la enseñanza de los sofistas, maestros de la elocuencia y del arte de convencer, para quienes lo importante de una argumentación o de un razonamiento no era que fuese verdadero o que se basara en lo que era justo, sino que resultase convincente al auditorio. Para ello bastaba con acudir a palabras bellas o a fórmulas de persuasión eficaces, aunque fuesen falsas o inicuas. La verdad se vio sustituida por la fuerza persuasiva de las opiniones.
Ante un panorama que llevaba a la corrupción de los ciudadanos y a la degeneración de la democracia ateniense, Sócrates propuso otra forma de mirar al mundo y de resolver los problemas de la ciudad. La llamó filosofía. Y de su labor se siguió la aparición de los filósofos más grandes de Grecia: Platón y Aristóteles, entre otros. Será sobre todo con Sócrates y con Platón cuando se empezará a considerar la filosofía (y la ciencia) como una indagación rigurosa y apasionada para saber lo que las cosas son. Es decir, como una búsqueda racional de la verdad.
Hoy, como entonces, se cruzan multitud de opiniones diversas acerca de casi todos los asuntos humanos. No faltan tampoco los sofistas en nuestro tiempo. Su influencia es sin embargo mucho mayor, porque los medios de comunicación pueden difundir cualquier opinión con mayor eficiencia que nunca. Por eso es tiempo de pensar en la importancia de que la verdad sea el criterio supremo acerca del valor de nuestros conocimientos y de nuestras más importantes inquietudes. Porque saber es conocer lo que las cosas son de verdad.
Nos interesa la verdad acerca de todo. Porque averiguar la verdad acerca de algo, es saber lo que ese algo es realmente. Averiguar la verdad de un acontecimiento por ejemplo, es saber qué es realmente lo que ocurrió. Como apunta J. R. Ayllón: “¿Qué hace bueno el diagnóstico de un médico? ¿Qué hace buenas la decisión de un árbitro y la sentencia de un juez? Sólo esto: la verdad. Por eso, una vida digna sólo se puede sostener sobre el respeto a la verdad.”
No es indiferente el hecho de que las cosas sean lo que son y que, al saber en qué consisten, podamos atenernos a ellas; o que no lo sean, y que no sepamos entonces a qué atenernos. No es lo mismo, por ejemplo, que un alimento esté intoxicado o que sea perfectamente sano, que tal persona en la que confío sea leal o no lo sea. De lo que sabemos depende nuestro modo de vivir.

No es sólo una cuestión teórica
Pero en la búsqueda de la verdad se pone en juego absolutamente todo el ser humano, no es un asunto meramente teórico sino que afecta a toda nuestra vida. Preguntarse por la verdad y por el modo de alcanzarla es preguntarse por el modo de no engañarnos acerca de los asuntos cotidianos, pero también por el acceso a las grandes cuestiones, aquellas en las que se pone en juego lo más profundo y lo más auténtico de nosotros mismos.
Es claro que hay asuntos o aspectos de la realidad que tienen una mayor importancia que otros, y por eso la verdad que podamos alcanzar en el conocimiento de esos temas o aspectos será más o menos importante, de acuerdo con ello. No es humano, ni siquiera es posible de modo permanente, vivir en falso. Fallar en la vida es la mayor frustración, y frustrar la vida es la mayor de las tragedias posibles.


Hablamos de la realidad

Hay algo que se da por supuesto cuando se adquiere un conocimiento sobre cualquier aspecto de la realidad, tanto si se trata de algo espectacular y trascendente como si se trata de algo pequeño y cotidiano, y es que ese conocimiento es verdadero.

Mientras se da por supuesto que aquello que sabemos y conocemos –no lo que creemos saber simplemente, sino lo que nos consta que es así- es verdadero, todo va bien. Pero no siempre acertamos al intentar conocer ciertas cosas, y esto con frecuencia es fruto de un gran esfuerzo de aprendizaje, de observación o de reflexión. Y no todos lo llevan a cabo. Por supuesto, a menudo nos vemos obligados a rectificar en cuestiones que pensábamos que eran de una manera y luego han resultado ser de otra. Por ejemplo, pensábamos que el 6 de diciembre había clase y caemos en la cuenta de que no es así, o que tal persona que decía querernos, en realidad se estaba aprovechando de nosotros, etc. La ignorancia y el error, la apariencia y el afán de poder “rodean” a la verdad por todos lados.
Sin embargo, si lo pensamos bien, la verdad misma no desaparece. Cuando advertimos haber cometido un error, no es que antes lo que pensábamos fuera verdadero y ahora ya no lo sea. Cuando advertimos un error lo hacemos ante una verdad que lo desmiente, que lo hace inaceptable. Dicho de otro modo, nos “desengañamos”. Estábamos engañados al tomar como verdadero lo que en realidad era falso, y salimos de nuestro error porque hemos averiguado la verdad.
Conocer algo es acceder a lo que ese algo es. Si, por ejemplo, advertimos ciertos síntomas inhabituales en nuestra salud que podrían ser los de una enfermedad, buscamos que alguien que sabe acerca del asunto, normalmente un médico, nos diagnostique lo que realmente nos pasa, y nos indique qué remedio o tratamiento puede acabar con la enfermedad y con sus síntomas. Vivimos en función de lo que conocemos; si no nos atenemos a lo que son las cosas, nuestra vida, que discurre en relación con ellas, resultará inviable.
Conocer y saber es alcanzar la verdad acerca de algo de manera bien fundada. Todas las formas de conocimiento que están a nuestro alcance nos ofrecen algún aspecto de la realidad, y podemos decir que sabemos o conocemos una cosa cuando sabemos de verdad lo que es o, dicho de otro modo, cuando sabemos lo que es realmente.
Un pensamiento nuestro, una suposición, cualquier idea o juicio que no fuese verdadero, no sería propiamente un conocimiento. Conocemos algo cuando conocemos la verdad acerca de ello. Tomar como verdadero algo que no lo es, es lo que llamamos un error, una propuesta que no se ve confirmada por la realidad, que no se adecua a ésta. Así, “2+2 = 7” no sería un conocimiento, sino, en todo caso, un mero pensamiento, erróneo, claro está.
Si es esencial al conocimiento –y a la vida humana- dar con la verdad acerca de cualquier acontecimiento o asunto, lo es más en el caso de aquellas grandes cuestiones de las que dependen muchas otras; esas que llamamos las “cuestiones últimas”, como la dignidad humana, qué significa ser persona, las grandes cuestiones morales o las relativas al sentido de la vida, a la existencia y naturaleza de Dios, etc.
Es especialmente importante buscar y alcanzar la verdad acerca de las cuestiones cruciales de la existencia, y avanzar hacia la fuente de la que mana el sentido y el valor de la realidad, aquello que hace a las cosas ser lo que son, su fundamento último. A eso es a lo que siempre se llamó sabiduría.

No es lo mismo, no.
Lo básico en todo esto es comprender que no es indiferente que una afirmación sea verdadera o falsa, esto es, que responda o no a la realidad. Por ejemplo, no nos es indiferente que el diagnóstico del médico acerca de nuestro estado de salud sea erróneo o no, que la persona a la que amamos nos corresponda o no; no nos comportamos de igual modo ante un agresor que ante un amigo, etc.
La diferencia entre lo verdadero y lo falso, atenerse a la realidad de las cosas, ha de ser independiente de nuestros gustos e intereses.  Hay veces en las que la verdad (la realidad) no es como a nosotros nos gustaría. No aceptarlo es no querer madurar, algo parecido a lo que pasa con esos “adolescentes” de cincuenta años que no aceptan la realidad y viven frustrados por no querer descabalgarse de sus deseos o de sus apetitos.
Todo esto parecería elemental, pero en muchas ocasiones se mezclan los sentimientos y las pasiones, y enturbian la capacidad de juicio.
Por lo demás, a veces hay cuestiones que no son nada fáciles. Hay cosas que tomamos por verdaderas y en realidad no lo son, sólo lo parecen. O podemos ser engañados por otros, que mienten, tergiversan hechos, ocultan datos... No faltan quienes desconfían de poder hallar la verdad y prefieren otras alternativas: seguir sus apetencias, o el parecer de la mayoría, dejarse llevar por la moda o por la persuasión con la que el mensaje se presenta, tener sólo en cuenta lo que resulte útil, etc. Es decir, que se puede ser infiel a la realidad, a veces de forma inevitable –en el caso de un error involuntario, por ejemplo-, pero también otras de forma deliberada.
Pero hay más aún. Se puede conocer la verdad acerca de un hecho o sobre el valor de una acción, pongamos por caso, y no ser consecuente con lo que se sabe. Una persona puede tener muy claro que no debe ser desleal, pero quizás murmura de sus amigos ante otras personas. Es decir, no es lo mismo conocer la verdad que vivir de acuerdo con ella. Hace falta para ello una disposición moral a menudo costosa.
Además está el relativismo. La pretensión de que la verdad es algo puramente subjetivo: cada cual tiene “su” verdad, que normalmente no tiene por qué coincidir y no coincide con la de los demás. Y por lo tanto no habría pautas universales de conocimiento ni de conducta para todos los seres humanos. Lo malo del relativismo es que no se presenta como una postura “relativa”, sino “absoluta”: “es verdad que cada uno tiene ‘su’ verdad…, con lo que se incurre en contradicción. Al relativista le importa el relativismo, porque piensa que el relativismo es verdadero. Esto es tan interesante  que tendremos que volver despacio sobre ello en otra ocasión. Pero volvamos a lo que nos preocupaba: que no es lo mismo –ni posible–  que algo sea verdadero y falso al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto.
El interés por la verdad es constitutivo de la inteligencia, de toda inteligencia humana, pero también también de la persona misma en todo su dinamismo vital. No podemos conocer ni vivir sin verdad.
Pongamos algunos ejemplos:
Si voy a unos almacenes y pido un reproductor de DVD y me traen varios aparatos convencionales para reproducir cintas, puedo precisar: “-La verdad es que yo quería un aparato que sirva para DVD”. Con ello deseo aclarar a qué se ajustaba mi petición.
Supongamos que en el informativo de la televisión se ofrece esta noticia: “Se ha esclarecido por fin la verdad acerca de la desaparición del joven actor...” Con ello se da a entender que se ha averiguado lo que ocurrió en realidad y que nos lo van a contar tal y como fue.
Otro ejemplo, éste quizás más cercano. El profesor de Filosofía puso un examen la semana pasada y preguntó los requisitos de una buena definición. Lo habíamos tratado en clase y pude consultar además dos libros al respecto. Además yo había estudiado, no soy tonto y me lo sabía de miedo. He puesto en el examen lo que se pedía y... ¡va, y me suspende! Pido revisión del examen al profesor, que vuelve a corregirlo y reconoce que se ha equivocado al calificar. La verdad estaba de mi lado.
Decía San Agustín que “algunos pueden engañar, pero a ninguno nos gusta ser engañados”. Es decir, que todos aspiramos a saber la verdad y contamos con ella, aunque no siempre la alcancemos o estemos dispuestos a aceptarla.



No se puede saber todo completamente, pero…
Ya hemos advertido que conocer las cosas completamente, hasta el fondo, es muy difícil y en muchos casos imposible. Todos los caminos de la realidad no pueden ser recorridos totalmente, y menos aún por una sola persona. Nuestras verdades –los conocimientos verdaderos que podemos alcanzar- no son completas normalmente, y en ocasiones aparecen mezcladas con errores. Hay otras cosas que no sabremos nunca.
Es verdad, hay diferentes caminos en la realidad. La realidad es, por así decir, poliédrica. Podemos averiguar cosas distintas acerca de lo mismo. Pero si lo averiguado se corresponde con la realidad, no puede existir contradicción en ello. Lo que normalmente ocurre es que muchas verdades son complementarias de otras. Por ejemplo: puedo averiguar que tal persona es de raza negra, que tiene un excelente humor, que su edad es de 41 años, que su religión es la musulmana, que trabaja como abogada, que es madre de tres hijos, que tiene problemas con la hipoteca de su casa o que es muy feliz en su matrimonio… Todo ello son facetas acerca de la misma persona, de las cuales podemos tener mayor o menor conocimiento. Pero ninguna de ellas invalida a las demás. La verdad es, por expresarlo con el título de un gran libro, “sinfónica”.
No lo sabemos todo acerca de todo. Obvio. La realidad nos pone límites, y nuestro conocimiento también los tiene, pero éste puede ir alcanzando “zonas de verdad” sobre las cuales podemos comprender el mundo y a nosotros mismos hasta cierto punto, y todo lo que podamos averiguar posteriormente vendrá a completar esas zonas y a clarificarlas –en eso consiste la educación, el avance de las culturas y de la propia humanidad-. Pero nunca una verdad podrá contradecir o excluir a otra.
Pretender que la verdad es inalcanzable –aunque haya cosas que no averiguaremos nunca- significa cortar el vínculo entre la inteligencia y la realidad. Defender esa vinculación que abre a los seres humanos a la sabiduría y los libra del error y de la ignorancia, y les hace confiar entre sí, es tarea de la Filosofía (amor al saber), pero también afecta a todos los órdenes en los que discurre nuestra vida, porque la verdad es condición del conocimiento, y fuente de sentido y de orientación para la vida. Sólo con ella el mundo puede ser habitable.
Suele decirse que “errar es humano”, y así es; pero sólo es plenamente humano vivir en la verdad. Además, dicho sea de paso, el error supone en todo caso la existencia de la verdad.
Buscar la verdad es desear saber, querer encontrarla. Pero para saber a qué atenerse en la vida, y para vivir de acuerdo con lo que las cosas son, hace falta amar y buscar la verdad, e incluso defenderla. La verdad se esconde del que no la ama. Pero aún así, a veces nos sale al encuentro inesperadamente y de forma tozuda. No aceptarla es querer vivir en otro mundo, y un síntoma de inmadurez.
La ignorancia implica ausencia de libertad, incapacidad para afrontar el mundo de forma inteligente, realista. Más aún si es consentida. Uno de los mayores errores de nuestro tiempo es pensar que la democracia es incompatible con la verdad. La única forma de superar el error y la ignorancia es el binomio indisoluble formado por el conocimiento y la humildad. No olvidemos aquello que alguien dijo: ser humilde no es sino aceptar la verdad. A.J.


lunes, 16 de mayo de 2011

SÓCRATES, MODELO DE CIUDADANÍA


DOS MODOS DE ENTENDER LA CIUDADANÍA: LOS SOFISTAS Y SÓCRATES
Hoy la convivencia recuerda mucho en algunos países de Occidente, aunque suene algo exagerado, a lo que ocurrió nada menos que hace 2.500 años en la ciudad de Atenas. Me refiero al enfrentamiento entre dos concepciones de la vida cívica, que son en realidad dos modos de entender al ser humano.
Una, basada en la lucha por el poder político y económico como llave para decidir los destinos de todos y como forma de obtener el éxito individual. Es la que encarnaban en la antigua Grecia ciertos famosos personajes a los que se conoce con el nombre de sofistas.
La otra, orientada a conseguir el bien común, como fruto de la orientación al bien por parte de todos y  cada uno de los ciudadanos, por encima de intereses particulares y ateniéndose a las exigencias de la justicia. Es la que representa el maestro fundador del pensamiento occidental, Sócrates.
Asombra comprobar que la descripción de ambas concepciones nos permite entender algunas de las claves de nuestro tiempo.
LOS SOFISTAS: EL PODER ES LA MEDIDAD DE LAS COSAS
La prosperidad comercial y la paz social que siguieron a la victoria sobre los persas (479 a. JC.), hicieron de Atenas, la polis (ciudad) más poderosa del momento, un hervidero de gentes, un paraíso de las artes y una acumulación de riquezas económicas. Pericles instauró la democracia como forma de gobierno, lo que facilitaba a todos los ciudadanos el intervenir en las deliberaciones pública y restaba influjo a los nobles. Éstos, dispuestos a triunfar en las discusiones y parlamentos, decidieron invertir en la educación de sus hijos para que éstos vinieran otra vez a ejercer el protagonismo político. ¿Pero quién podía formar a los jóvenes para hacerse con el éxito?
 Los sofistas eran los educadores de la juventud aristocrática ateniense. Una época como aquélla, en la que el éxito político de los ciudadanos, en especial de los más adinerados, era la preocupación fundamental, favoreció la llegada y el rápido auge de maestros de elocuencia, expertos en el arte de convencer por medio de la palabra y el discurso, llamados  a formar a los dirigentes de la vida pública. El historiador Werner Jaeger señala a los sofistas como los auténticos representantes del espíritu de aquel tiempo, “de una época que tiende en su totalidad al individualismo.”[1] ¿Quiénes eran los sofistas?
La enseñanza de los sofistas, reflejo fiel de la mentalidad dominante en este momento, da más importancia al interés y a la búsqueda del éxito social que a la preocupación por averiguar qué es bueno, verdadero y justo. La utilidad y la eficacia importan tanto que la virtud se reduce a la habilidad o destreza en el manejo de las técnicas que conducen al poder y a la riqueza. Virtuoso significará hábil. Y virtud cívica (politikè areté) se entenderá como sinónimo estricto de habilidad política.
La educación que imparten los sofistas apunta al cultivo de la pericia para desenvolverse ante un auditorio de acuerdo con lo que se espera o se desea conseguir de él. El escepticismo intelectual que profesan con más o menos variantes pone de manifiesto que no hay criterios objetivos en la naturaleza de las cosas (‘physis’) que puedan servir de indicación o pauta para la conducta de los hombres. No puede reconocerse en ese ámbito una norma trascendente o superior para la valoración de las acciones humanas: Nada es bueno ni malo de suyo. Como afirma Protágoras, “las cosas son según le parece a cada cual”. Se entroniza así el relativismo ético. Con él, la ley del más fuerte, del más sagaz e influyente, del más ágil, de los más numerosos, amenaza con convertirse en norma.
Por la misma razón tampoco existe un fundamento que justifique la existencia y el contenido de las leyes más allá o por encima de los acuerdos o pactos humanos. No es posible remontarse a una norma de justicia o legitimidad que trascienda lo legal establecido.
Ahora bien, frente a esta carencia de fundamentos objetivos para el saber, para la moral y para la vida social, se alza eficaz y magnífica la palabra. “Con la palabra,  proclama Gorgias de Leontino, se fundan las ciudades, se construyen los puertos, se impera al ejército y se gobierna al Estado.”
En cuanto a los dioses, dirá Protágoras nuevamente, no alcanzo a saber si existen o no. Numerosos son los obstáculos que impiden saberlo, tanto el carácter no manifiesto de la cuestión como la vida breve del hombre.”[2] A este respecto, Critias no duda en pronunciarse acerca del posible valor –valor de utilidad- de la existencia de los dioses con palabras que hubieran despertado la admiración de Voltaire o Diderot: “Hubo un tiempo, relata el sofista ateniense, en que la vida de los hombres era desordenada y salvaje, esclava de la fuerza, ya que no había ninguna recompensa para los buenos y ningún castigo para los malos. Y me parece, prosigue, que por ello los hombres establecieron leyes punitivas, a fin de que la justicia fuese soberana de todos por igual, y se dominase la fuerza... Y como las leyes impedían hacer en público actos de violencia pero se hacían a escondidas, entonces, según parece, un hombre prudente y sabio inventó para los humanos el temor a los dioses.”[3]
En cuanto al ser humano, la sentencia de Protágoras parece dejarse escuchar aún entre los foros y areópagos de todos los tiempos y latitudes: “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, y de las que no son en cuanto que no son.”[4] Cada individuo, por consiguiente, determina el valor y la consistencia que las cosas o las acciones han de tener, en función del modo en que afectan a su vida.
Pero la radical pregunta que tantas veces le atajó el paso en su camino disolvente: “¿Y quién es la medida del hombre?”, apenas logró enmudecerla por un momento.[5] Porque Gorgias, aún más consecuente, viene a argumentar: -¿Y qué más da?... Aunque nada existiera con certeza, aun cuando nada explique que podamos conocer y comunicarnos[6], “la palabra es una gran dominadora, puesto que con un cuerpo imperceptible realiza obras verdaderamente divinas”[7], y esa palabra está a disposición del hombre capaz de hacer uso de ella.
En suma, puede concluirse que para Gorgias, aunque no conocemos nada más que apariencias, la retórica es el arte de descubrir y utilizar aquéllas que pueden sernos útiles en cada caso particular. En palabras de Jaeger, Gorgias “considera como prueba de la grandeza de su arte del hecho de elevar la fuerza de simple palabra a instancia decisiva en el más importante de todos los campos de la vida, en el de la política.[8] La retórica es el instrumento idóneo para hacerse con el poder, para mantenerlo y acrecentarlo.
La concepción sofística del hombre es la de un “ciudadano del mundo” (kosmopolités) que, desarraigado del entorno nutricio de su ciudad, se emancipa por su destreza y habilidad, por su sagacidad y por el grado de poder al que consigue encaramarse, de toda índole de leyes naturales, dioses, principios especulativos y costumbres ciudadanas. Dominador y autor de leyes (convenciones) y pactos, aparece como creador de valores, al ser medida de lo que es y de lo que no es por su voluntad y su elocuencia.
Llamado de este modo a dominar sobre sus semejantes, se apoya en la retórica para lograr el poder político; aparece así como un ser independiente, autosuficiente en la medida en que logra el poder, pero inerme y sin respaldo alguno cuando se ve a merced de más sagaces adversarios.
Estamos ante una visión antropocéntrica de la realidad, ya que nada en la naturaleza es ajeno o superior a los intereses del hombre, o al menos nada de lo ajeno a dichos intereses merece ser tenido en cuenta en el ámbito natural o en cualquier otro. Ni el ser en su globalidad ni el hombre mismo en cuanto tal –¿quién es el medidor del hombre?- tienen consistencia ontológica. Todo -lo natural, lo social, lo humano- se subordina al arbitrio de quienes de hecho están en condiciones de decidir sobre su valor en la práctica. Las cosas “son”, resultan ser o se valoran tal y como decida quien de hecho puede hacerlo: los hombres –cada cual para sí, y los poderosos para la colectividad- son la medida de las cosas. Lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, es determinado por el legislador. Sea lo que sea, lo que éste decida será lo que “está bien”. En suma, los que triunfan por su elocuencia y su sagacidad son los que imponen su manera de ver la vida. Los que fracasan en el empeño quedan de este modo marginados y a su merced.
Atenas se ha convertido en una palestra de ganadores. Lo malo es que ya no es un pueblo, al menos del modo como los griegos habían entendido la polis hasta ese momento, como un ámbito de convivencia que brinda criterios, valores, identidad y acogida a los ciudadanos.
Escepticismo, relativismo y nihilismo práctico son lacras profundamente impresas en la vida pública y privada de Atenas cuando Sócrates, un ciudadano más bien modesto que vive de su trabajo de alfarero, aparece en la vida pública. No predica, al parecer, doctrina alguna; pero su conversación y sobre todo sus preguntas, ponen en serios aprietos a personajes notables y a sofistas. Ni que decir tiene, su actividad despierta la curiosidad y el entusiasmo de un buen grupo de jóvenes amigos, entre los que se encuentra uno de apenas veinte años al que todos cariñosamente apodan Platón. Pero al mismo tiempo se granjea la animadversión de hombres poderosos que no cejarán hasta conseguir su muerte.

SÓCRATES: “AMIGO, OCUPÉMONOS DEL ALMA”
            Si para los sofistas la medida de todas las cosas, de su ser y su no ser, de su valor y su indigencia, es el hombre, no en cuanto tal sino en cuanto capaz de dominación, para Sócrates el verdadero valor de las cosas pasa igualmente a través del ser humano. Pero él no se hace cuestión de lo que el hombre ‘dice’, de lo que ‘hace’, ‘puede’ o ’tiene’, sino de ‘lo que es’ y, en consecuencia, de lo que ‘debe’ hacer. Y de ahí que haga suya, como inspiración permanente de su pensamiento, la máxima de Delfos: “Conócete a ti mismo”. No se considera a sí mismo sabio, sofista, sino filósofo, buscador de la verdad, amante apasionado de la sabiduría y también de su ciudad.
            Lo primero que llama la atención en la antropología de Sócrates es su interioridad. Así, podemos leer en la Apología escrita por Platón: “Toda mi preocupación se reduce a moverme por ahí, persuadiendo a jóvenes y viejos de que no se preocupen tanto ni en primer término por su cuerpo y por su fortuna como por la perfección de su alma”.[9] Lo radical en el ser humano  está en su interior, en lo que Sócrates llama su alma, ese núcleo íntimo que define la identidad de cada hombre o mujer y que es fuente de su actuación moral. No es que el cuerpo sea ajeno al hombre, sino que debe subordinarse en todo momento a lo que en el ser humano hay de más noble, el alma, que es inmortal y cercano a la divinidad.
            Cada hombre, buscando en su interior, en su alma, encontrará la pauta de su conducta moral, tanto para su vida privada como para la vida pública, y que es superior a él mismo y a sus deseos e intereses. Pues no hay en el hombre dos vidas o identidades. “La cultura en sentido socrático, afirma Jaeger, se convierte en la aspiración a una ordenación filosófica de la vida que se propone como meta cumplir el destino espiritual y moral del hombre.”[10] Por eso, la verdadera educación no consiste en adiestrar al hombre en el manejo de ciertas habilidades retóricas o sociales, sino en el cuidado del alma, es decir, en ponerla en condiciones de alcanzar el conocimiento de la verdad y del bien, y en el ejercicio de una vida conforme a la virtud. Para un hombre que vive así, el conocimiento de la verdad, es decir, la ciencia (episteme), vendría a ser un ámbito de saber no sujeto a los intereses, a las circunstancias o las variables opiniones, sino dotado de consistencia y objetividad, al alcance de cualquiera, poderoso o no, que busque el conocimiento de sí mismo y en éste, no el temeroso culto a las apariencias, sino el descubrimiento de un modo de ser que reclama fidelidad y que ofrece la norma que ha de seguirse en la vida.
            La reforma de la polis, abrigo espiritual del hombre griego, consiste para la mirada socrática en la restauración de un sentido moral interior en el que la verdad y la justicia son para todos por igual, por encima de opiniones e intereses; nunca realizable por la implantación violenta de un poder externo sino por el cultivo de la virtud en el alma de cada ciudadano.
            La filosofía, ese camino que busca saber acerca de la esencia y de las causas de las cosas, presenta en Sócrates una dimensión de ultimidad. Es el esfuerzo de la razón y del amor para trascender el estrecho ámbito de los intereses inmediatos, y para conocer los fundamentos y el sentido último de la vida. Ningún sofista podría afirmar como él ante sus jueces: “Atenienses, os respeto y os amo; pero obedeceré a Dios antes que a vosotros y, mientras yo viva no dejaré de filosofar, (...) diciendo a cada uno de vosotros cuando os encuentre: Amigo, ¿cómo no te avergüenzas de no haber pensado más que en amontonar riquezas, en adquirir crédito y honores, en despreciar los tesoros de la verdad y de la sabiduría, y de no trabajar para hacer tu alma tan buena como pueda serlo?”[11]
            Frente a la usurpación realizada por una presunta forma de sabiduría, reducida por la retórica sofística a ser instrumento al servicio del interés y del poder a ultranza, Sócrates representa la búsqueda sistemática de la verdad como una forma de vivir, la filosofía; ésta se hace camino hacia el interior del ser humano y hacia su conciencia moral, abierta a la realidad misma de las cosas, de la que todos los hombres deben y pueden aprender.




[1] Werner JAEGER. Paideia: los ideales de la cultura griega. México, 1971, pág. 272.
[2] DIÓGENES LAERCIO, IX, 51. DIELS, B 4.
[3] DIELS, 88 B 25.
[4] DIELS, 80 B I.
[5] Platón responderá taxativamente a Protágoras: “La medida de todas las cosas es Dios.” (Leyes, 716 C). Esta es en definitiva, a nuestro juicio, la única batalla que desde sus principios conmueve al mundo.
[6] “Nada existe. Aunque existiera no puede conocerse. Aunque fuera conocido no puede comunicarse” (DIELS, 82 B 3. Cfr. SEXTO EMPÍRICO. Adv. Math. 7, 65 y ss).
[7] Elogio de Helena, 8, 14.
[8] WERNER JAEGER. Ob. cit., pág. 513. Para este autor, la retórica, en este contexto, no incluye tras su pantalla deslumbradora “ningún saber objetivo, una filosofía sólida ni una concepción firme de la vida; además, no la anima ningún ethos, sino que sus móviles son la codicia, la voluntad de éxito y la falta de escrúpulos” (Ibídem, pág. 512)
[9] PLATÓN. Apología de Sócrates, 171, 29 e.
[10] WERNER JAEGER, Ob. cit., pág. 450.
[11] PLATÓN. Ob. cit., 169, 29 d-e.