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domingo, 22 de marzo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (170)

LA IMPORTANCIA DE LA “CONFIANZA BÁSICA” (I)

 


Para el ser humano, vivir significa convivir y compartir la vida con otras personas. El ser humano nace biológicamente prematuro, a diferencia de otros animales que pueden valerse por sí mismos desde el nacimiento. Por ello, el primer hecho esencial en la vida de una persona es la familia, un entorno reducido de convivencia que responde gratuitamente a la vulnerabilidad innata del ser humano y procura su desarrollo mediante el cuidado mutuo y la distribución de tareas.

La familia, como ámbito inicial de convivencia, proporciona el sentimiento de confianza básica -término acuñado por E. Erikson-. Si esta confianza no se desarrolla, las carencias afectivas marcarán el desarrollo originando otras que dificultarán gravemente la vida de la persona.

El autoconcepto, es decir, la imagen que tenemos de nosotros mismos, comienza a formarse en los primeros meses de vida al percibir cómo nos valoran los demás. Dependiendo del trato que recibimos, nos sentimos de una manera u otra. Esta imagen se va perfilando con los años y los acontecimientos, dando lugar a una mayor o menor confianza en uno mismo  -la autoestima- que constituye la base de la personalidad.

Al analizar las necesidades primarias de los primeros años, no debemos caer en el reduccionismo de pensar que solo son biológicas. Es aún más fundamental aquello que confirma al ser humano como tal, como un sujeto con valor absoluto y fin en sí mismo. Por ello, surge una necesidad nuclear en todo ser personal, empezando por el recién nacido: la necesidad de afirmación del propio yo.

En los primeros años de la infancia, la educación empieza por garantizar la seguridad afectiva del niño. La base del desarrollo de su “confianza básica” la encontrará en el suelo firme de sus padres, que le protegen con la garantía de su amor mutuo y su protección. La relación estrecha con otras personas empieza como un don: otros nos han cuidado y atendido sin recibir nada a cambio. Esta experiencia es el cimiento sobre el que se configura nuestra imagen y la confianza en nosotros mismos. Si falta esta experiencia, es decir, si hay ausencia de esta certeza inicial alimentada por el apego y la atención temprana, nos percibimos como carentes de valor.

Ya en el seno materno la criatura mantiene una comunicación rica en mensajes con su madre. Como afirma Boris Cyrulnik, del encuentro del feto y su madre nace la vida psíquica. El primer mundo mental del feto será un mundo de representaciones organizadas alrededor del afecto transmitido a través de estas primeras sensaciones. Ese mensaje iniciado en el útero materno tiene su continuidad en todo el ritual de comunicación afectiva que se va produciendo en torno a la atención de las necesidades más primarias del bebé. El eje madre-hijo constituye así el vector afectivo donde confluyen todas las maneras de amar. El cuerpo de la madre, en cierta manera, es el crisol donde se sigue moldeando la indefinida conciencia del niño.

La tendencia o necesidad básica de toda persona es percibirse a sí misma como alguien digno de valor. Para Philiph Lersch, esto forma parte esencial de la pulsión básica de conservación individual. La satisfacción de esta necesidad es la que genera el sentimiento de “confianza básica”, imprescindible para asegurar una autoestima suficiente y una percepción sólida de la propia identidad.

(Publicado en el semanario La Verdad el 20 de marzo de 2026)

martes, 9 de mayo de 2023

DIMENSIONES DE LA SEXUALIDAD HUMANA. UNA REFLEXIÓN.

  


         La naturaleza humana -el modo constitutivo de ser del hombre y la mujer- incluye una esencial dimensión biológica, obviamente, pero el cuerpo humano está configurado, más allá de su funcionalidad biológica y de sus condiciones físicas, para cumplir funciones no orgánicas, como el lenguaje, el trabajo o la creación artística, entre otras. En realidad no tengo un cuerpo. Mi cuerpo soy yo (como observaron, entre otros, Gabriel Marcel y M. Merleau-Ponty), aunque no soy solo un cuerpo.  

En el ser humano, en su naturaleza o modo de ser constitutivo, es preciso distinguir, dentro de la unicidad de su vida, dos aspectos inseparables pero que no deben confundirse entre sí: la vida biológica y la vida biográfica. El cuerpo humano participa plenamente de ambas, pero, obviamente, no del mismo modo. 

El cuerpo es, en primer término, un organismo biológico, dotado de una anatomía y una fisiología que hacen posible la supervivencia y la interrelación con el mundo entorno. Pero es también lenguaje y expresión de una realidad interior, específicamente humana, que rebasa lo biológico y pone de manifiesto que la vida humana es también biográfica. Esto es lo que se expresa, por ejemplo, en el dicho popular de que “la cara es el espejo del alma”. 

Pero además, el cuerpo humano, constitutivo y expresión de la persona, hace patente un decisivo modo de ser: es masculino y femenino. Se manifiesta en su constitución sexuada y sexual desde la raíz de su configuración cromosómica y genética, por un lado. Pero al mismo tiempo sirve de cauce a una diferente modalización que, pasando por el dimorfismo morfológico -anatomía y fisiología propias y correlativas en el varón y en la mujer-, modula también el modo de sentir, querer y pensar. Y por eso la persona entera es masculina o femenina. Esta dualidad en el modo de ser persona se ve ahondada significativamente en la generación humana de índole sexual, a la que sirve la diferenciación corporal masculina y femenina.

Ser varón y ser mujer son dos modos diversos de ser persona, ya que la persona entera es afectada por su naturaleza sexuada de mujer o de varón. Desde este punto de vista, la sexualidad no se reduce simplemente a una actividad concreta ordenada a la reproducción y la existencia de unos órganos y una fisiología específica -“lo sexual”-, sino que abarca toda una diversidad de aspectos que hacen que el varón y la mujer, siendo partícipes de una misma naturaleza, sean al mismo tiempo distintos en las diversas facetas de su ser, desde el tono de voz y la manera de andar hasta el modo de expresar la firmeza o la ternura -“lo sexuado”-. 

La persona humana es varón o mujer, en referencia recíproca y complementariedad radical. “Ser varón es estar referido a la mujer, y ser mujer significa estar referida al varón”, escribe Julián Marías. Son como la mano derecha respecto de la mano izquierda; si no hubiera más que manos izquierdas, no serían izquierdas. La persona en cuanto varón es para la mujer, y en cuanto mujer es para el varón, y no sólo en lo relativo a la genitalidad. Ser en el cuerpo varón o mujer significa que la persona humana se ofrece en reciprocidad adecuada a una forma de vida en complementariedad, mediada por la mutua referencia corporal entre varón y mujer, y basada en la libre donación mutua y en la apertura a una comunidad de vida. 

Pero la vida humana, decíamos, es de suyo una realidad unitaria. Y así, dado que en ella existen dimensiones y elementos distintos, es preciso configurarla mediante una adecuada integración.

Conviene, así pues, precisar primeramente cuáles son las dimensiones de la sexualidad humana: 


1) Dimensión biológica.

a.  Dimorfismo sexual -cromosómico, anatómico y fisiológico- ligado directamente a la función reproductiva: complementariedad de los caracteres sexuales.

b.  En la especie humana no existe dependencia total de los individuos con respecto a las pautas de la especie, pero sí una tendencia sensible básica.

c.  Es cauce y expresión de la individualidad y de la intimidad personal.

d.  Su satisfacción es el goce o deleite (bienestar o placer fisiológico).

 

2) Dimensión afectiva:

a. Engloba emociones, sentimientos, necesidades, estados de ánimo, impulsos .

b.  A través de la afectividad se expresan y captan necesidades, actitudes y deseos, y también aspectos interiores de las personas.

c. Enamoramiento: estado de ánimo o sentimiento generalizado de ilusión, de necesidad emocional y de valoración optimista de la persona amada.

d. Su satisfacción constituye el gozo o alegría (bienestar o placer emocional).

 

3) Dimensión personal:

a. Encuentro interpersonal, comunicación: ámbito de intimidad compartida.

b.  Amor personal (conyugal): donación mutua.

c.  Procreación: La donación mutua y la comunión personal se convierten en ámbito de acogida a una nueva persona, el hijo.

d.  Su satisfacción es la felicidad compartida (bienestar o placer espiritual de la comunión amorosa).

e. Toda la dinámica fisiológica y afectiva se hace cauce para el don recíproco de las personas. 

 

            La integración de todas las dimensiones de la sexualidad no es fácil. Es una jerarquía en la que las partes intervienen, se complementan aportando lo que es propio de cada una para dar lugar a lo que es propio de la persona: la unidad de vida para la propia donación en el amor. 

En el ser humano, la corporalidad en su aspecto o dimensión biológica, como venimos diciendo, no es un mero organismo; es también expresión y lenguaje de una realidad interior que se manifiesta a través de gestos, miradas, acciones corporales; es cauce y manifestación de una vida biográfica. Y esto incluye la sexualidad, en la que advertimos las tres dimensiones anteriormente mencionadas.

         Intentar vivir sin contar con nuestra dimensión físico-biológica es intentar romper la unidad constitutiva del ser humano. La ruptura con lo biológico no libera de ataduras, antes bien conduce a lo patológico. 

A su vez, intentar vivir sin contar con la dimensión personal, en la que la sexualidad se convierte en lenguaje, cauce y prueba de la donación amorosa, es, literalmente, despersonalizar el sexo y convertirlo en objeto e instrumento de dominación. El sexo sin amor entre seres humanos es despersonalizador.

Sin embargo, una adecuada subordinación de la dimensión biológica y la afectiva a la dimensión personal no destruye el dinamismo de aquellas, sino que las eleva al darles un sentido que supera sus meras posibilidades, de manera análoga a como la piedra se convierte en cimiento, al espacio que se convierte en hogar, al esfuerzo que se convierte en trabajo, o a la caricia que se convierte en símbolo de cercanía y compenetración entre dos personas. 

Dos personas que se aman de verdad se entregan recíprocamente para compartir lo que son y lo que tienen. Se trata, en definitiva, de saber amar con el cuerpo. La corporalidad del hombre y la mujer es, en su complementariedad, una llamada a la comunión personal. El amor conyugal significa la búsqueda del bien de la otra persona y la entrega a ella a través de la complementariedad sexual.

La sexualidad convertida en expresión de amor personal se hace don de sí mismo para el bien de la persona amada y de la unión íntima -la comunión- de las personas que en ella se significa. Y así, el amor por el que dos personas se entregan recíprocamente para compartir lo que son y lo que tienen da un sentido profundamente humano al diálogo sexual.

Una vida sexual madura consiste fundamentalmente en vivir armónica y profundamente toda la potencialidad del amor conyugal, como donación mutua, en beneficio común y en apertura a la vida.

Niños y jóvenes necesitan ver a su alrededor gente como ellos o cercana a ellos  (personas de referencia) que siguen formas de vida equilibrada y generosa, que saben querer de verdad y que son verdaderamente felices.

Sin esta fuerza moral, que brota de la relación personal concreta, es difícil creer que se puede vivir así. Por eso es tan esencial la función educadora de la familia: lo que uno ha vivido y experimentado adquiere la certeza de lo irrefutable.

Andrés Jiménez Abad.


domingo, 1 de diciembre de 2013

LAS DIMENSIONES ESENCIALES DE LA PERSONA HUMANA, CUERPO Y ESPÍRITU



       En la persona humana podemos reconocer dos dimensiones principales: corporalidad y racionalidad.


Corporalidad
      
       Nuestro cuerpo es un organismo biológico, dotado de unos órganos (anatomía) y de un funcionamiento (fisiología) orientado a la supervivencia.

       Pero además nuestro cuerpo es expresión de algo más, de una realidad íntima o interior: esa realidad íntima es lo que se conoce, entre otros nombres, con el de racionalidad. El ser humano posee una vida biológica pero también una vida biográfica, una historia personal irrepetible, en virtud de nuestra racionalidad.



  Racionalidad 
    
    Esta dimensión, más íntima y personal que la mera corporalidad, consta a   su vez de otras dimensiones:

a) La inteligencia es la capacidad o facultad de conocer el ser profundo de las cosas. Supone comprender lo que las cosas son.

b) La voluntad es la capacidad de disponer de sí mismo con vistas a lo que se sabe que es bueno. Supone una autonomía en el obrar, la posibilidad de disponer de sí mismo: libertad o autodominio (ser dueño de los propios actos, decisiones e iniciativas) y responsabilidad (asunción de las implicaciones y consecuencias de los actos realizados por propia iniciativa).

c) La apertura a la belleza es la capacidad estética del espíritu humano: percibe la belleza en el mundo y es capaz de contribuir a ella. Dimensión que trasciende el puro dato sensible y que revela la creatividad del espíritu humano.

d) La sociabilidad es la inclinación natural a dar y recibir compartiendo de algún modo la propia vida con otras personas. La sociabilidad se funda en una doble tendencia o necesidad humana: la necesidad de recibir o dependencia, y la necesidad e inclinación a dar o efusividad.

e) El dominio es la relación propia del ser humano con las cosas que forman entorno natural en que discurre su vida. Implica para el ser humano una responsabilidad o tarea, un trabajo cargado de exigencias para el hombre mismo: encontrarse al cuidado de la tierra y de los seres naturales para convertir el mundo en un lugar habitable.

f) Trascendencia indica aquí la conciencia de la ordenación de la propia existencia a un fin último de plenitud. Es la apertura y necesidad de un sentido para la propia vida, el ansia de felicidad. Sin un sentido, sin trascendencia, la vida humana se viviría en rigor para nada, por lo que todo en la existencia se convertiría en irrelevante y la existencia humana misma en un absurdo, lo cual haría insoportable el vivir.


Una definición de persona (humana):
Una persona es un ser dotado de naturaleza racional, único e irrepetible, y llamado a configurar su propia vida de acuerdo con el desarrollo responsable de su libertad.


domingo, 2 de diciembre de 2012

CARPE DIEM Y ESPERANZA


(Cita del magnífico libro de Fabrice HADJADJ: Tenga usted éxito en su muerte. 
Ed. Nuevo Inicio, Granada, 2011, págs. 63-4)

"...No puedo coger el día ('carpe diem') verdaderamente más que si asumo una historia y conservo una esperanza. Ese paisaje que está ante mí, por ejemplo, con esos pinos, con su río, su puente del siglo XV, lo saboreo mucho más si lo sé impregnado de toda la aventura de la tierra de Francia y de Provenza, surcado por nuestros ancestros y nuestros contemporáneos, tembloroso todavía por el paseo que acabo de dar con mi hija Esther. Y lo saboreo todavía más si, proyectándome en el provenir, percibo su fuerza y su fragilidad, la esencia que ofrece a los incendios, por una parte, pero también esa especie de anticipo de un país nuevo y eterno que aflora en su belleza.

   Lo mismo pasa con una mujer: el abrazo es más fuerte si se vive en el coronamiento de una historia común, que entrelazaba los destinos, pero también en la acogida de lo que el porvenir reserva todavía de pruebas y de alegrías donde apoyarse el uno en el otro. Anticipar la muerte no hace que el abrazo sea menos profundo. Esa hora es más preciosa por aparecer más rara, como arrancada de la nada: el cuerpo que toco se convierte en una especie de relámpago palpable, tanto más cegador por cuanto que está a punto de desaparecer. Pero aún más fuerte es anticipar, no sólo la muerte, sino también la resurrección: el cuerpo que toco, prometido a la gloria, me da ya en esperanza el acariciar lo eterno, rozar la gloria de Dios. Una pareja que cree en la resurrección de la carne conoce goces que el libertino no imagina."