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lunes, 16 de marzo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (169)

ENSEÑANZA DE LA RELIGIÓN Y SENTIDO DE LA VIDA

            Afirmábamos no hace mucho que la reflexión sobre el “para qué” de la existencia es esencial en el proceso educativo, pues de ella depende no solo la acción educativa sino la orientación y el contenido de la vida personal. Por esta razón, añadíamos, la familia y la escuela deben transmitir conocimientos y habilidades, pero también ofrecer significados. 

Es gravemente contraeducativo el intento de convertir la educación en un quehacer no alineado con ningún valor de sentido, amparado en una supuesta neutralidad acerca de valores y creencias, pero que hace inviable una vida lograda, fruto del cultivo de la inteligencia, de la voluntad y del corazón para hacerlas capaces de buscar responsablemente la verdad, el bien y la belleza. 

En tales condiciones no cabe más que una vida a merced de los vaivenes de la emotividad espontánea, no cultivada, irracional. La denominada “crisis de sentido” a la que se suele aludir para caracterizar el tono de nuestra cultura, es en el fondo ausencia de finalidad. 

Pero sin finalidad no hay posibilidad de proporcionar unidad y dirección a los aconteceres dispersos que configuran una vida. Tampoco a la educación. Sin finalidad no hay confianza en el futuro sino un pasivo estar a “verlas venir” y un quedar a merced, ya sea de las ganas y las desganas, ya sea de iniciativas manipuladoras que dicen saber lo que nos conviene para dejarnos inermes ante instancias políticas y/o económicas.

El nihilismo es el más grave síntoma de toda decadencia cultural. Una decadencia, en este caso, que se produce al desaparecer la posibilidad de elevación -de trascendencia- en el ser humano. Y es precisamente esta cultura decadente -tiznada radicalmente de anticristianismo- la que está tratando hoy de imponer modelos de altruismo indoloro, de indefinición, de diversidad queer, de pacifismo filantrópico descomprometido. ¿Estaremos ante aquellos “últimos hombres” decadentes de los que hablaba Nietzsche en su Zaratrustra, que solamente aspiran a un “lamentable bienestar”? 

Desde hace más de un siglo parecía que quedábamos explicados como seres humanos desde el materialismo científico. Pero alguien tan alejado del pensamiento cristiano como E. Cioran llegó a preocuparse cuando escribió: "Al desacreditar a Dios con la exaltación del materialismo sólo se ha conseguido volver a Dios más obsesionante. Todo se puede sofocar en el hombre, salvo la necesidad de lo absoluto."

Porque el hecho es que existe en todo ser humano un ansia básica de felicidad, de plenitud, que apela a “algo más allá” de esta vida. Algunos pueden sentirse tentados a conformarse con su precariedad -ahora se ha puesto de moda el estoicismo: “abstente, soporta y acepta lo inevitable con serenidad”-, pero también pueden tomarse en serio su necesidad de sentido y vivir coherentemente para alcanzarlo. Y en esto consiste esencialmente el hecho religioso.

Cabe recordar que nadie está obligado a cursar la asignatura de Religión Católica, pero a algunos escuece que el ejercicio de la liberad no comulgue -nunca mejor dicho- con sus pretensiones de ateísmo (laicismo) en el sistema educativo y en la vida. 

El cultivo de la dimensión religiosa, que es parte fundamental de la cuestión acerca del sentido de la vida, no puede ser soslayado en la educación sin dejar mutilado y deforme en el ser humano su crecimiento como persona. Tal vez sea así como nos quieren los que dicen saber lo que nos conviene.

       (Publicado en el semanario La Verdad el 13 de marzo de 2026)

lunes, 2 de marzo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (167)

Y TODO ESTO… ¿PARA QUÉ?

Desciende un punto y medio el porcentaje de alumnos que asisten a clase de religión  católica

Para que la educación cumpla de verdad su propósito resulta fundamental definir los criterios en torno a los cuales se estructura una visión cabal de la realidad. Esta visión será la base para disponer de un modelo conceptual humanizador y para emitir juicios de valor sólidos. La escuela debe transmitir conocimientos y habilidades, pero también ofrecer significados. 

El verdadero objetivo de la educación es ayudar al alumno a establecer referentes que le permitan interpretar la realidad, revisando los modelos conceptuales implícitos y explícitos en cada área del saber. Sin estos referentes el estudiante podrá, como mucho, acumular información, pero no logrará una comprensión profunda del mundo ni sabrá orientarse en lo relativo al bien y al mal.

El ser humano posee una necesidad radical de sentido, evidenciada en su deseo de felicidad y plenitud, especialmente ante la conciencia de la muerte como horizonte inevitable. La muerte es indudablemente el término de esta vida, pero hay algo en el ser humano que mira más allá y que anhela que el horizonte no sea la nada. La educación no debería eludir la apertura a lo trascendente. 

Escribe Aristóteles en su Ética a Nicómaco: “A pesar de no ser más que hombres, no debemos limitarnos, como quieren algunos, a los conocimientos y sentimientos puramente humanos: ni reducirnos, mortales como somos, a una condición mortal; es preciso, al contrario, que en cuanto de nosotros dependa nos desatemos de los lazos de la condición mortal y hagamos todo lo posible por vivir conforme a lo mejor que hay en nosotros”. 

Pero el caso es que en los últimos tiempos se ha recrudecido en ciertos sectores culturales y políticos el deseo de eliminar las clases de religión del ámbito escolar. Esta pretensión se traduce en un acoso constante contra la presencia explícita y confesional del hecho religioso en el currículo educativo.

La estrategia empleada en ocasiones es directa y frontal -partidos que amenazan con denunciar el Concordato entre el Estado y la Iglesia Católica-. En otras se recurre a métodos indirectos: restar valor académico a la asignatura de religión, reducir las horas de impartición, eliminar la asignatura alternativa, denigrar y entorpecer el ejercicio laboral del profesorado de religión... Sería oportuno visibilizar las dificultades y el maltrato que sufre a menudo este profesorado en centros públicos. Cabe recordar que la asignatura de Religión Católica es optativa, nadie está obligado a cursarla si no lo desea.

Este afán hostigador distorsiona tanto el ser como la finalidad de la educación, cuya misión principal es ayudar al alumnado a desarrollarse íntegramente, a adentrarse en la realidad de manera lúcida, responsable y constructiva. La reflexión sobre el “para qué” de la existencia es esencial en el proceso educativo, pues de ella depende la orientación y contenido de la vida personal. 

Las relaciones que cada uno mantiene con Dios, sean cuales sean, se dan en el ámbito más íntimo de la persona, hacia el que el docente debe ser máximamente respetuoso, pero nunca indiferente ni displicente.Negar o ignorar la dimensión religiosa mutila el desarrollo integral del ser humano, ya que sin certezas sobre el fin último de la vida no se pueden establecer criterios sólidos de comportamiento. ¿Por qué he de ser respetuoso en mis juicios y en mi obrar si “da lo mismo”, porque al final “no hay nada”?

(Publicado en el semanario La Verdad el 27 de febrero de 2026)

martes, 6 de enero de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (160)

LOS JÓVENES, LA ESCUELA Y LA PÉRDIDA DE SENTIDO

 


No dejan de sobresaltarnos las noticias tristes de jóvenes afectados por la depresión y por un malestar emocional difícilmente soportable, hasta el punto de caer, en algunos casos -siempre demasiados- en la tentación de acabar con su vida. 

A menudo los motivos vienen del desprecio que sienten por parte de compañeros en el ámbito escolar, en el de las amistades y en el de las redes sociales. Es este un asunto muy preocupante, que delata serias e inadmisibles tendencias egoístas por parte de los agresores y de quienes les aplauden y jalean a menudo, o simplemente, guardan silencio. 

No deja de sorprendernos también la fragilidad emocional tan frecuente, la falta de resiliencia en las víctimas, su soledad y su dificultad para acudir a quien pudiera ayudarles: padres, profesorado, autoridades... 

Pero habría que preguntarse también si la proliferación de manifestaciones neuróticas de la personalidad, sin que medie una amenaza externa explícita, tiene alguna relación con la devaluación del propio ser personal, y ésta, a su vez, con la experiencia de la pérdida de sentido. 

Gianni Vattimo afirma que “Dios muere en la medida en que el saber ya no tiene necesidad de llegar a las causas últimas (...) En esta acentuación del carácter superfluo de los valores últimos está la raíz del nihilismo consumado” (El fin de la modernidad, Barcelona, pág. 17) ¿Proclama con ello sólo la muerte de Dios, o está proclamando la desaparición de todo sentido? Y al hacerlo, ¿no está frustrando la tendencia profunda del ser humano a la búsqueda de un significado, devaluando también a la propia persona hasta la categoría de “valor superfluo”? Un hombre o una mujer sin significado terminan siendo un hombre o una mujer in-significantes.

Este nihilismo se ha convertido no ya en una filosofía de gabinete, sino en una capa de pensamiento que se respira y alienta los modos de vida hasta convertirse en modelos conceptuales, en estructuras mentales, en inconscientes colectivos desde los que se lee la realidad y desde los que se actúa con absoluta “naturalidad”.

A esa pérdida del sentido personal del hombre también ha podido contribuir la escuela, deudora al fin y al cabo de las sensibilidades de su tiempo, en especial de las dominantes. Una escuela que se ha podido dejar fascinar por las distintas novedades que han ido pasando delante de sus ojos: el cientificismo, el tecnologismo, el utilitarismo, el productivismo, el hedonismo, el colectivismo, el individualismo, los mesianismos sociales... Muchos “ismos…” y un mismo horizonte, sin trascendencia vital. En el fondo, una educación envenenada de nihilismo, presentista y que no lleva a ninguna parte.

       Pero la educación va más allá de los procesos meramente instruccionales, movidos por la técnica y la eficacia, y de los procesos de socialización, ideologizados y politizados por lo general. 

Es fundamental y muy urgente tomar conciencia de que la educación es una “periferia” donde un bautizado está llamado a aportar vida y sentido, comprometiéndose de verdad: como docente (profesorado, equipos directivos…), como padre (familia y asociaciones), como alumno (formándose en serio y participando en la representación escolar). Y a reivindicar otra política educativa, fundada en criterios, valores y procedimientos que se correspondan con la condición personal del hombre y con su dignidad, no con señuelos ideológicos proclives a la perversión, la manipulación y el nihilismo.

(Publicado en el semanario La Verdad el 26 de diciembre de 2025)

viernes, 14 de octubre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (41)

      EDUCAR EN UN MUNDO NIHILISTA



Venimos insistiendo en que lo más decisivo de la educación es disponer de certezas acerca de qué es lo nuclear en el ser humano y de lo que constituye su horizonte de plenitud, porque educar es ayudar a un ser humano a sacar lo mejor de sí mismo para que contribuya responsablemente a mejorar y embellecer el mundo. 

Sin embargo, el nihilismo que se ha instalado en nuestra vida y en nuestra cultura no reconoce el valor de lo real. Según él no hay certezas que nos permitan diferenciar el bien del mal, lo verdadero de lo falso; todo (personas, cosas, acontecimientos, decisiones…) tendría el valor que se le quiera dar. 

Esta mentalidad, que repercute de lleno en nuestro sistema educativo, ha traído consigo un proceso de “envilecimiento axiológico”, cuyas señas de identidad Abilio de Gregorio  sintetiza en tres:

a) Negación de la realidad y de su valor en favor de las apariencias. También llamada “posverdad”. Las cosas solo son lo que yo quiero que sean. Las ideologías se imponen sobre la búsqueda de la verdad, del bien y de la belleza, fundamental para una educación integral de la persona. 

b) Primacía del hacer. El ser de las cosas (y de las personas) deja de ser relevante para dar paso a la acción, al hacer utilitarista, a la razón instrumental. No importa la naturaleza de las cosas y de las personas sino lo que se puede hacer con ellas, lo que interesa a quien dispone de poder. Todo, en consecuencia, es manipulable; no hay nada sagrado, ni siquiera el ser humano como tal. “Eres lo que haces”: selección social sin alma que lleva a descartar a los menos productivos. 

c) Prioridad del deseo, de los impulsos. La satisfacción de los deseos se reivindica como si se tratara de verdaderos derechos, se convierte en justificante de lo políticamente correcto y desplaza todo criterio objetivo diferenciador del bien y del mal.

Pero quizás el rasgo más diferencial del nihilismo dominante sea la banalidad, la superficialidad (prisa, presentismo, apariencias…) El hombre light reacciona a estímulos que le distancian de su centro, de su intimidad. Experimenta un vacío que le conduce a la neurosis, de la que intenta escapar mediante el ruido y el activismo (“los bidones vacíos son los que más ruido hacen”). En ese vacío se avista el alejamiento de Dios ya que el ser humano se ve mutilado de su dimensión trascendente. 

Y entonces, perdida su consistencia y dignidad, la persona tiende a disolverse en modos de vida gaseosa y líquida: menudean las vidas volátiles a merced de los estímulos externos, de las ganas y desganas, del ambiente y de las modas. Vidas carentes de interioridad, esclavas de la imagen, del quedar bien, de la diversión continua, acomodaticias e inestables. Ya no poseen convicciones, solo tienen posturas que cambian según el grado de cansancio o el hastío: “Estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros”, decía con agudeza Groucho Marx. 

Se presenta entonces el mundo como un puzzle de infinitas piezas sin significado, vinculación ni sentido, habitado por individuos sin vínculos ni valores firmes, instalados en el pensamiento débil, simplificados, ahogados en la superficie, y a merced de múltiples formas de manipulación. 

     (Publicado en el semanario La Verdad el 7 de octubre de 2022)

jueves, 13 de octubre de 2022

REFLEXIONES EN TORNO A LA FELICIDAD


 


 

El deseo radical del ser humano es encontrar un sentido a su vida, un sentido auténtico, en virtud del cual está dispuesto incluso a sufrir a condición de que ese sufrimiento tenga sentido. Porque la antítesis de la felicidad no es el sufrimiento, sino el vacío, el sinsentido. Sin un sentido, sin trascendencia, la vida humana se viviría en rigor para nada, por lo que todo en la existencia se convertiría en irrelevante y la existencia humana misma en un absurdo, lo cual haría insoportable el vivir. 

La necesidad de hallar el sentido de nuestra vida es en el fondo el ansia de felicidad, motor esencial de nuestra vida. Pero, ¿qué es la felicidad?...

La felicidad es un estado profundo de plenitud y gozo configurado por el conocimiento, por el amor y por la belleza; un estado de gozo y plenitud que nace de la contemplación y posesión del bien, del mayor bien. Aparece como una meta, una satisfacción suprema que todo ser humano aspira a alcanzar en su vida, un estado permanente de deleite, de paz interior, una plenitud de sentido que permite hablar de una vida lograda, de una plenitud de nuestro ser. Josef Pieper la resume en un “descansar y gozar en la contemplación de lo que amamos”.

Hablamos de la presencia o posesión de un bien. Pero esa posesión no es propiamente material, sujeta siempre a limitaciones, altibajos e imprevistos. Hablamos de una forma de “posesión inmaterial”; como la que tiene lugar en el encuentro y afinidad entre dos personas que se quieren, en la satisfacción de haberse superado a uno mismo, de sentirse útil a alguien a quien se estima, de sentirse amado y correspondido en la amistad. Más aún, puede afirmarse con verdad que “hay más gozo en dar que en recibir”; en este caso el bien de la persona agraciada es estimado como de gran valor para nosotros y por eso nos hace felices que las personas que amamos lo sean. 

¿En qué consiste, así pues, la felicidad? Se trata de la contemplación y “posesión” del bien más pleno. Santo Tomás de Aquino la describe como “el bien perfecto que excluye todo mal y llena todos los deseos, el conjunto de cosas que la voluntad es incapaz de no querer”. Boecio, por su parte, la definía como ”el estado en el que todos los bienes se encuentran juntos”.

Queda claro que la felicidad no se puede alcanzar plenamente en esta vida, donde todos los bienes están sujetos al paso del tiempo y su disfrute tiene, entre otros, el límite de la muerte. Pero es muy curioso que ello no impide que sigamos ansiando la felicidad y queriéndola para aquellos a los que amamos. El corazón, el deseo humano más profundo, no se sacia con cualquier cosa y se abre siempre a “algo más”; sigue buscando la felicidad a través de todas sus elecciones. 

Es también un hecho que, de vez en cuando o hasta cierto punto, podemos disfrutar parcialmente de momentos de felicidad, más o menos pasajeros; sin embargo, estos, lejos de saciarnos, nos mueven a seguir ansiando más y más gozo, más y más plenitud, algo bello, bueno y verdadero que no se acabe… Esto ha llevado a pensar que la sed radical de felicidad que nutre el corazón humano apunta a un “más allá” de plenitud, a una realidad infinita que supera ese horizonte clausurado que es la muerte y el paso del tiempo. Y a eso es a lo que se suele llamar Dios.

Más que un fin, un resultado.

Aristóteles, uno de los filósofos que con más lucidez y hondura ha pensado acerca de la felicidad, afirmaba que todas las cosas que hacemos y elegimos están orientadas a un solo objetivo último: lo que queremos en el fondo es alcanzar la felicidad. Y lo mismo viene a decir Dante: “A través de mil ramas se busca el único dulce fruto”. Cuando actuamos para logar recompensas, alegría, fama o riqueza, en realidad lo hacemos porque creemos que de ese modo vamos a ser felices.

Por lo tanto, no buscamos la felicidad para ninguna otra cosa. Ella es en sí misma el fin último, el objetivo que todos los seres humanos tratamos de buscar a lo largo de nuestra vida. En rigor, no se puede responder a la pregunta: “¿por qué queremos ser felices?”. De hecho, más bien, la felicidad es la respuesta a todas las preguntas verdaderamente interesantes.

Ahora bien, es preciso reparar en algo paradójico. Viktor Frankl lo ha advertido con frecuencia: propiamente hablando, la felicidad no es un fin en sentido estricto, sino un resultado. No es lo mismo. Afirma Frankl que cuando se busca la felicidad a toda costa, esta se escapa siempre de manera irremisible y aparece la frustración. Sin embargo, cuando uno se olvida en su intención de ser feliz por encima de todo, cuando uno se olvida de sí mismo y se centra en algo o alguien valioso, de repente, como si fuera un regalo inmerecido, se experimenta el sentimiento de la felicidad. Y recuerda un aforismo de Kierkegaard: “la puerta de la felicidad se abre hacia fuera”.

¿Y el amor?

Esto nos lleva a apreciar lo que acontece en el amor verdadero entre personas. El amor a una persona no puede ser un amor de posesión. Eso es lo propio de quien ama una cosa, una idea…, que son medios; pero no a una persona, que siempre es un fin en sí misma. Un amor posesivo hacia una persona es destructor, vejatorio, asfixiante. Por el contrario, lo que busca el amor de persona es el bien del ser amado; se trata de un amor de benevolencia y de comunión. Para la persona amada se quiere el mayor de los bienes, y el mayor de los bienes de los que se dispone es uno mismo. La forma adecuada de amar a una persona no es la posesión, es la entrega, la gratuidad. Se busca el bien para la persona amada, su plenitud; y por ello su felicidad es lo que nos hace felices, aunque sea incluso al precio del propio sacrificio, del olvido de sí. Por esta razón hay mas gozo en dar que en recibir. Y así, si la persona amada es para nosotros el mayor de los bienes, la felicidad consistirá en la comunión amorosa con ella, que es fruto de la entrega recíproca.

Las cosas caducas, limitadas o pasajeras no nos llenan nunca del todo. “Un ser con facultades superiores necesita más para sentirse feliz. Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho” (J. Stuart Mill) Los bienes inferiores (salud física, placer…), sólo si se poseen según el orden propio de la naturaleza humana y de sus facultades, contribuyen a aumentar la felicidad. 

Aunque también se ha dicho, con gran agudeza, que la felicidad, más que en tener lo que queremos, consiste muchas veces en aprender a querer, a amar, lo que tenemos:

 

“-Los hombres de tu tierra -dijo el principito- cultivan cinco mil rosas en un jardín y no encuentran lo que buscan.

-No lo encuentran nunca -le respondí. 

-Y sin embargo, lo que buscan podrían encontrarlo en una sola rosa o en un poco de agua...

-Sin duda, respondí. Y el principito añadió:

-Pero los ojos son ciegos. Hay que buscar con el corazón.”

 

A. Saint-Exupèry. El principito, capXXI.

 

Aprender a querer lo que se tiene

 

Seguramente viene a cuento recordar una conocida narración de León Tolstoi: “La camisa del hombre feliz”.

 “En las lejanas tierras del norte, hace mucho tiempo, vivió un zar famoso por la prosperidad de su reino pero que enfermó gravemente de tristeza y melancolía. Se reunió junto a su lecho a los mejores médicos de todo el imperio, que le aplicaron todos los remedios que conocían y otros nuevos que inventaron sobre la marcha, pero lejos de mejorar, el estado del zar empeoraba más y más. Le hicieron tomar baños calientes y fríos, ingirió jarabes de eucalipto, menta y plantas extrañas traídas en caravanas de lejanos países. 
Le aplicaron cremas y bálsamos con los ingredientes más insólitos, pero la salud del zar no mejoraba. Tan desesperado estaba que prometió la mitad de lo que poseía a quien fuera capaz de curarle. 


El anuncio se propagó rápidamente, pues las riquezas del monarca eran cuantiosas, y llegaron médicos, magos y curanderos de todas partes del mundo para intentar devolver la salud al zar. Pero todos fracasaron en sus intentos. 
Sin embargo fue un viejo poeta de la corte quien aseguró: 


—Creo que conozco el remedio, la única medicina para vuestro mal, señor. Sólo hay que buscar a un hombre feliz: vestir su camisa es la cura a vuestra enfermedad. 


La conmoción fue general y muchos protestaron por la ocurrencia. Pero nadie tenía un remedio mejor, y así, a la vista del agravamiento sufrido por el zar, partieron emisarios hacia todos los confines de la tierra. 


Sin embargo, ocurrió que encontrar a un hombre feliz no resultaba tarea fácil: aquel que tenía fama se quejaba de su falta de salud, quien tenía salud echaba en falta el dinero, quien lo poseía, carecía de amor, y quien lo tenía se quejaba de los hijos, del mal tiempo o de lo que fuera... Todos los entrevistados coincidían en que algo les faltaba para ser totalmente felices aunque nunca se ponían de acuerdo en aquello que les faltaba. Por satisfechos que debieran 
sentirse, y no careciendo de nada que los demás envidiaran, se sentían descontentos e infortunados. 

Finalmente, una noche, un mensajero llegó al palacio. Habían encontrado al hombre tan intensamente buscado. Se trataba de un humilde campesino que vivía en la zona más árida del reino. 

Los soldados del zar habían acertado a pasar casualmente junto a una pequeña choza. A través de las ventanas sin cristales se veía a un hombre que, tras un día de duro trabajo y rodeado por su numerosa familia, descansaba sentado junto a la lumbre de la chimenea y exclamaba satisfecho: 

—¡Qué bella es la vida, hijos! No puedo pedir nada más. ¡Qué feliz soy! 

Al enterarse en palacio de que, por fin, habían encontrado un hombre feliz, se extendió la alegría. En medio de una gran algarabía, comenzaron los preparativos para celebrar la inminente recuperación del zar. El primer ministro ordenó inmediatamente: 

—Traed rápidamente la camisa de ese hombre. ¡Ofrecedle a cambio lo que pida! 

Grande era la impaciencia de la gente por ver volver a los emisarios con la camisa que curaría a su rey, mas, cuando por fin llegaron, traían las manos vacías: 

—¿Dónde está la camisa del hombre feliz? ¡Es necesario que la vista el zar!, vociferó el ministro. 

—Señor -contestaron apenados los mensajeros-, el hombre feliz es tan pobre... que no tiene camisa.” 

***

Muchos han meditado sobre esta historia, llena de ironía y tan sorprendente. Aunque quizás no lo sea tanto, porque la experiencia confirma que al corazón humano no le satisface plenamente la abundancia de cosas pues, como suele decirse, “todos queremos más”, y no está claro dónde está el límite, y menos aún en una sociedad altamente consumista como la nuestra. 

Quizás el afán de poseer o la envidia han cegado a muchos hombres y mujeres, impidiéndoles comprender que la verdadera felicidad posiblemente no consiste en llegar a tener lo que se quiere, sino, más bien, en aprender a querer lo que se tiene, como ya dijimos. En el fondo, una cosa parece clara: tiene más quien menos necesita. Ese es el secreto del hombre feliz de esta historia que cuenta León Tolstoi: “Sé apreciar lo que tengo y no deseo demasiado lo que no tengo”. 

Todos queremos y aspiramos a ser felices, ciertamente; es una necesidad vital de todo ser humano. Pero parece que el cumplimiento de esta aspiración no se encuentra en los estilos de vida o en los modelos sociales basados en el mero bienestar material, en la codicia o en el egoísmo, sino en la satisfacción de los deseos más hondos del corazón, y estos tienen que ver más con amar y ser amado. 

                                                                                                        

                                                                          Andrés Jiménez Abad.

martes, 27 de septiembre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (38)

EMERGENCIA EDUCATIVA Y SENTIDO DE LA VIDA


La dificultad tal vez más profunda en tiempos de “emergencia educativa” es la falta de certezas acerca de qué es lo nuclear en el ser humano y de lo que constituye su horizonte de plenitud. En la raíz de esta crisis de la educación -bastantes indicadores lo confirman- hay una crisis de confianza en la vida: se hace difícil transmitir de una generación a otra algo cierto, reglas válidas de comportamiento, objetivos creíbles en torno a los cuales construir la propia vida. 

Abilio de Gregorio advertía sobre las secuelas educativas de esta ceguera presente en una mentalidad que duda del significado de la verdad y del valor mismo de la vida: “De esta incertidumbre se sigue que no exista una conciencia clara y compartida de la diferencia entre lo justo y lo injusto, entre el bien y el mal. Y así, en la postmodernidad proliferan el ”pensamiento débil”, las conductas frágiles, el hombre light egoísta, desorientado y sin respuestas de valor ante un mundo carente sentido.” 

Recordaba Víktor E. Frankl que quien tiene un para qué, puede encontrar y soportar el cómo. Pero en la mentalidad dominante y en una educación que es su espejo se ha renunciado al planteamiento de los fines que sustentan y dan orientación a la existencia humana. Este “nihilismo acerca de lo esencial”, apuntaba el psiquiatra vienés, ha llevado al “vacío existencial” que prolifera de manera alarmante en nuestras sociedades y conduce a una desconfianza en el sentido y el valor de la vida. 

La OMS viene advirtiendo de que la salud mental de la población mundial es frágil y que esa tendencia podría cambiar solo si los gobiernos implementaran "medidas transversales de atención al sufrimiento mental y emocional de los jóvenes". Hoy preocupa a padres y educadores que desde 2019 el suicidio es la principal causa de muerte de los adolescentes en España, se apela a "alfabetizar en salud mental y psicológica" a la comunidad escolar, a las familias y a los sanitarios de atención primaria y se piden planes de prevención del suicidio.

Y bien está. Pero si la vida como tal no se percibe como algo valioso sino como una fuente de problemas y complicaciones, si vacilan los cimientos y fallan las certezas esenciales, y si la educación está contagiada de este relativismo nihilista, es probable que tales medidas se queden en los síntomas y no apunten a lo esencial. Frankl insistía en que “la educación ha de tender no solo a transmitir conocimientos sino también a afinar la conciencia moral.” Y es que solo una esperanza fiable puede ser el alma de la educación, como de toda la vida.

En un libro homenaje titulado Hablando con el Papa. 50 españoles reflexionan sobre el legado de Benedicto XVI. (Planeta, 2013), el tenista Rafael Nadal afirmaba: “Con un estilo de vida tan egoísta como el que nos hemos creado es complejo enseñar hoy a un niño o a una niña cuáles son las cosas que importan en la vida (…) En un mundo lleno de incertidumbre y cargado de apariencias, donde impera lo zafio y muchos jóvenes buscan fama, notoriedad y dinero de forma rápida, la educación se convierte necesariamente en un asunto de singular trascendencia para garantizar una vida basada en valores."

   (Publicado en el semanario La Verdad el 16 de septiembre de 2022)

lunes, 21 de noviembre de 2016

HACER FILOSOFÍA


            El día 17 de noviembre ha sido elegido por la UNESCO como el Día Mundial de la Filosofía. Es probable que a más de uno, si se le pregunta por un filósofo de actualidad, le venga a la cabeza eso tan repetido del “partido a partido”, y cite el nombre del Cholo Simeone. Y ciertamente, esta “filosofía” de uno de los entrenadores de moda se puede extender más allá de la competición deportiva y elevarse a categoría de comportamiento universal: Vivir el momento presente con los pies en el suelo, con esfuerzo y con constancia, con honestidad y con modestia no deja de ser un gran consejo.
            El ser humano o, si se quiere, todo hijo de vecino, hace muchas cosas a lo largo de su vida: trabaja, va al supermercado, forma una familia, participa en política o no, se enamora, pinta, escucha música, toma decisiones… Pues bien, muchos, cuando reflexionan racionalmente sobre estas actividades, se encuentran haciendo filosofía sin saberlo.
Recuerdo la pasión con la que un alumno me preguntaba hace poco por el reciente éxodo de refugiados que llegan a Europa en estos años recientes. Y que al ofrecerle algunas razones de tipo económico y político añadió:
-No, no. Eso es trivial. Lo que me pregunto es por qué el ser humano es capaz de algo así.
            Está bien que la educación al uso cifre su nivel de calidad en la incorporación de los idiomas o de las TIC, por ejemplo. No estaría de más que también incluyera la capacidad de plantearse los grandes y los cotidianos asuntos de la vida y que se reflexionara acerca de su alcance y su sentido. No basta con encogerse de hombros o con repetir tópicos titulares de prensa, ni siquiera hacerlo en varios idiomas y en formato digital.
            Escribía José Antonio Marina en cierta ocasión que filosofar es vivir de manera consciente, reflexiva y responsable. Por ello, añadía, necesitamos luchar contra la estúpida idea de que la filosofía no sirve para nada. Y concluía que esa supuesta inutilidad era un elogio envenenado que pretendía enaltecer nuestra actividad poniéndola a salvo de un torpe utilitarismo. Pienso lo mismo.
            Pero, ¿para qué estudiarla, entonces? Creo de veras que es un deber moral reivindicar la utilidad de la filosofía, su interés personal y social. Es el gran contraveneno contra elementos tóxicos diversos como el fanatismo, el dogmatismo, la superstición y la simpleza, entre otros. Desarrolla a su vez importantes antitoxinas mentales: la capacidad crítica, la autonomía, la visión de conjunto, la capacidad de hacerse preguntas inteligentes, la valentía de atreverse a buscar soluciones a esas preguntas.


A lo largo del tiempo he tenido que replantearme el contenido y el sentido de esta dedicación. Algunas veces, a la hora de programar y justificar los objetivos y la metodología de las asignaturas que me tocaba impartir. Otras de forma algo más inesperada e incluso abrupta. Recuerdo por ejemplo una ocasión en la que me encontraba explicando en clase la importancia de plantearse el proyecto de vida personal, y el sentido mismo de la propia vida. De pronto, al fondo de la clase, se alzó una mano:
–Y esto, ¿entra en el examen?
A pesar del desconcierto inicial, tuve reflejos para contestar:
–Claro. Por supuesto.
A lo que el muchacho reaccionó incorporándose en la silla y disponiéndose a tomar apuntes. Afortunadamente…
            Es evidente que plantearse el sentido de la propia vida, o de la vida humana en general, no es cosa que se resuelva contestando a una prueba de examen al uso. Más allá de la “salida de emergencia” relatada, Sócrates sugería algo muy juicioso cuando afirmaba que una vida sin examen, sin reflexión, no merecía la pena ser vivida.
            Me viene a la memoria una de mis primeras experiencias como docente. Acababa de aterrizar en mi primer destino, en una capital del norte de España. A los dos meses, por el mes de noviembre, me tocó conversar con una alumna, de 16 años, y le intentaba convencer de que luchara contra su adicción a una droga dura, a lo cual repuso:
          -¿Y para qué voy a dejarlo, si nadie me ha enseñado nunca nada mejor?
         Es verdad que la única respuesta posible no es la que tal vez pueda buscarse en los libros de filosofía. Pero también lo es que quien desee comprender y ayudar a un joven que mastica su desencanto se encuentra haciendo filosofía sin saberlo. No sería bueno que nuestra sociedad les dejara sin la capacidad de hacerse grandes preguntas y de buscar y hallar las respuestas.  A. J.




sábado, 24 de enero de 2015

CONSUMISMO Y ETERNIDAD, UNA REFLEXIÓN DE SUSANNA TAMARO

    "El ser humano, desde que tiene conciencia de sí mismo, se ha fijado siempre en esa parte inescrutable que nos rodea, precisamente aquella que nos hace sentir el aliento de la eternidad.

    Pero si nuestra existencia se ve abocada a una vida de consumo permanente, de compras y recompras, en lo que viene a ser un bulimia incontrolable e incontrolada, no es de extrañar que acabemos sintiendo que también nosotros somos monedas de cambio, puros objetos, intercambiables unos por otros tan pronto como dejamos de ser eficientes. Si todo termina sumido en una espiral consumista, sin lugar alguno para una noción más elevada y compleja de la vida, ¿cómo va a ser capaz de encontrar el núcleo de su identidad una muchacha sensible y llena de dudas?"


(Del artículo "Saturno devorando a sus hijos", en mujerhoy, 24 enero 2015)


miércoles, 23 de abril de 2014

MOTIVACION Y EDUCACIÓN EN VALORES (...O VIRTUDES)

LA EDUCACIÓN EN VALORES PROTEGE A LOS ADOLESCENTES DE LA DEPRESIÓN

(...Y el viejo Aristóteles volvió a tener razón)


Pilar Quijada
(abc.es - 22 abril 2014) 

Por el contrario, los jóvenes cuyo cerebro se activa más con las recompensas inmediatas son más propensos al malestar psicológico.


La sensación de bienestar en los adolescentes, una potente vacuna contra la depresión, podría depender de la búsqueda de placer a través de valores tradicionales, como la familia, la cultura o la moralidad, frente a otras recompensas más inmediatas pero vacías de contenido y centradas en uno mismo, según un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).

El trabajo, liderado por Adriana Galván, experta en el cerebro adolescente de la Universidad de Los Ángeles (California), sugiere que los adolescentes cuyo sistema de recompensa cerebral responde más a actividades que favorecen la autorrealización tienen menor riesgo de experimentar síntomas depresivos a lo largo de la vida. Por el contrario, los jóvenes que prefieren actividades que conducen a una gratificación rápida pero carente de significado son más propensos al malestar psicológico.

Se trata del viejo dilema de la búsqueda de la felicidad a través del placer inmediato (hedonismo), potencialmente perjudicial, o a largo plazo y más saludable (eudaimonía) que planteaba ya Aristóteles en el siglo IV antes de Cristo. Aunque esta vez revisado por la neurociencia, que parece inclinar la balanza a favor de los argumentos del filósofo: El bienestar psicológico duradero se logra a través de las actividades con un significado y un propósito, como la ayuda a los demás, colaborar con la familia y en el cuidado de los hermanos, la expresión de la gratitud o la búsqueda de objetivos a largo plazo.

El cerebro de 39 jóvenes con una edad media de 17 años ha aportado las pruebas en un estudio de imagen cerebral que, según los autores, es el primero en relacionar el bienestar o el malestar mental con la predilección de lso adolescentes por las recompensas diferidas o inmediatas, respectivamente.

Mayor riesgo en la adolescencia

Los síntomas depresivos tienen un máximo precisamente durante la adolescencia, con un pico hacia los 17-18 años. Esto se debe en parte a que en los quinceañeros el sistema de recompensa cerebral, encargado de procesar el placer, muestra una activación mucho mayor que en niños y adultos, y especialmente cuando se asocia a conductas de riesgo. De ahí que en esta etapa de la vida la búsqueda de gratificaciones esté exacerbada y el riesgo de caer en hábitos inadecuados sea más elevado.

Sin embargo, argumentan los investigadores liderados por Galván, se sabe poco de cómo el cerebro responde a las diferentes formas de obtener placer en esa etapa de la vida, a pesar de que tiene importantes implicaciones en su bienestar psicológico futuro. Por eso se plantearon averiguar cómo la sensibilidad neural a las recompensas inmediatas o diferidas, ambas asociadas a la misma zona del cerebro, el estriado ventral, es capaz de predecir en la adolescencia la aparición de posibles síntomas depresivos en el futuro.

Y vieron que cuando esta zona del cerebro se activa más frente a actividades que proporcionan un placer centrado en uno mismo o frente a conductas de riesgo, la probabilidad de desarrollar síntomas depresivos aumenta con el tiempo. Sin embargo, cuando los jóvenes experimentan placer en comportamientos con un significado más altruista o bien orientados a la consecución de objetivos, el riesgo de malestar psicológico en el futuro se reduce.

Sistema de recompensa

La explicación podría estar en que la respuesta del sistema de recompensa a las actividades puramente hedónicas, centradas en uno mismo, no aporta estrategias para lograr un bienestar duradero. Ejemplo de estas fuentes de placer serían, la comida, los videojuegos o las compras, todas ellas capaces de crear adicciones cuando se recurre a ellas de forma patológica.

Por el contrario, cuando el placer proviene de actividades con algún fin social o personal podría estar reflejando una motivación dirigida hacia comportamientos que incrementan la sensación de autoestima y que no dependen tanto de factores externos sino intrínsecos a la persona.

Cambiar la intensidad de la respuesta cerebral de los adolescentes a las distintas fuentes de placer no es algo fácil, reconocen los autores, ya que puede depender de factores genéticos. Sin embargo, puesto que esta respuesta del sistema de recompensa depende del contexto, orientarles hacia actividades provistas de un significado, que proporcionan una sensación de autocontrol, competencia, pertenencia al grupo, conexión social y bienestar duradero, les ayuda a adquirir estrategias que garantizan una mejor salud psicológica y estabilidad emocional.


 


 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 9 de diciembre de 2012

¿EL AMOR, FUERTE COMO LA MUERTE?

"Dice el Cantar de los Cantares que 'el amor es fuerte como la muerte'. Algunos sentimentales querrían que el versículo afirmara que el amor es más fuerte que la muerte. Sueñan con una abolición de ésta en aquél.


Es una finta. El amor, en tanto que potencia vivificante, tiene una potencia mortal, limitada. No abole la ley de la muerte física. La realiza.

Nos pide morir por el otro, ordena la desmesura del sacrificio. Morir por amor, por la justicia y la misericordia, es signo de la suprema vitalidad, sin la cual ya estaríamos muertos en el alma."

("Cuando se pregunta a una pareja cómo han hecho para permanecer juntos 65 años, la mujer responde: 'Nacimos en una época en la que, cuando una cosa se rompe se repara, no se tira."

(...) "Ese futuro de la muerte en el presente del amor es probablemente uno de los secretos originales de la temporalidad..." (E. Lévinas) ...Isidore Duru no leyó a Lévinas... Pero en sus últimas horas experimentó eso: habría perdido menos su tiempo si lo hubiera dado más. Pero, ahora, era demasiado tarde. Entonces llamó a sus hijos en torno a su lecho, a los vivos, para que lo escucharan; a los muertos, para que le ayudaran a hablar. Les pidió perdón. Les confió que también su vida estaba abortada. Que él no era más que un chiquillo, un feto, un embrión de hombre. Porque un hombre de verdad, ahora se daba cuenta, es un santo. Pero que él se iba, esperaba, hacia el Padre de las misericordias. Luego llamó a la enfermera para que viniera a vaciar el orinal."

(Fabrice HADJADJ: 
Tenga usted éxito en su muerte. Págs. 87-88)

La muerte de Don Quijote. Doré.

martes, 13 de noviembre de 2012

¿Quién saciará su deseo?

¿Quién saciará su deseo?
José Luis Restán
(www.paginasdigital.es)



Hace unos días el profesor Damian Bacich, de la San José State University de California, reconocía en estas Páginas que "la continuidad de Obama en la presidencia supondrá un desafío para la Iglesia católica", pero añadía en seguida que un desafío no es negativo si sirve para que la Iglesia madure su forma de estar  en la plaza pública. Y aclaraba que a los responsables de las numerosas obras sanitarias y educativas católicas "les tocará encontrar soluciones creativas y dar un testimonio inteligente en una sociedad que ya no acepta la fe como un presupuesto obvio de la vida común". La verdad es que las palabras de Bacich sirven igualmente para la España que acaba de ver convalidado un matrimonio sin diferencia sexual, y para la mayoría de los países de antigua tradición cristiana de nuestro entorno.

Las leyes ya no expresan la cultura nacida de siglos de tradición cristiana, ni reconocen el derecho natural, ni a veces protegen un mínimo espacio para la libertad de todos, también de los católicos. La hostilidad crece en los medios, la extrañeza aumenta en los foros públicos, y la tentación de concebirnos dentro de una ciudadela asediada hace presa (no sin motivos) entre muchos católicos. Qué cierto es aquello de que cincuenta años después, el desierto ha avanzado, y mucho. Ahora bien, podemos elegir entre la lamentación infinita unida a una dialéctica ácida y afilada, con el consiguiente atrincheramiento durante una larguísima temporada, y una nueva misión que acepte sin reservas que la fe (y sus consecuencias ético-culturales) ya no es un presupuesto obvio de la vida común. Me atrevo a decir que esa es la postura que documenta toda la predicación de Benedicto XVI.           

Los sucesos a los que se refería Damian Bacich se desarrollaban al mismo tiempo que el Papa pronunciaba una catequesis memorable sobre la fe y el deseo. Empecemos por reconocer que la cuestión del deseo ha sido material inflamable y de difícil trasiego para maestros, catequistas y predicadores. Por supuesto nadie negará con la mejor tradición patrística y medieval que el deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, como asienta el Catecismo. Pero la palabra no deja de resultar incómoda (¿o no?), se presta a muchas acepciones, se usa en contextos poco amigables para el cristianismo, y sobre todo, nos asoma a grandes peligros si no la sometemos a estricto control. Vamos, que casi mejor seguir otro camino, dirá más de uno. Y así ha sido en numerosos momentos y lugares de la historia eclesial. Sin negar el punto de partida, se ha difuminado su valor educativo... por si acaso.

"Todas las cosas llevan escrito más allá"

Lo impresionante del Papa es que en ningún momento parece quemarle la palabra en los labios. Se diría más bien que la maneja con familiaridad, que teje con ella una sinfonía que no podemos dejar de secundar, sencillamente porque nos vemos reconocidos en ella a no ser que nos defendamos. Empieza por reconocer (más realismo imposible) que  "muchos contemporáneos podrían objetar que no advierten en absoluto un deseo tal de Dios... Él ya no es el esperado, el deseado, sino más bien una realidad que deja indiferente". Pero a continuación explica que en el fondo "lo que hemos definido como «deseo de Dios» no ha desaparecido del todo y se asoma también hoy, de muchas maneras, al corazón del hombre. El deseo humano tiende siempre a determinados bienes concretos, a menudo de ningún modo espirituales, y sin embargo se encuentra ante el interrogante sobre qué es de verdad «el» bien, y por lo tanto ante algo que es distinto de sí mismo, que el hombre no puede construir, pero que está llamado a reconocer. ¿Qué puede saciar verdaderamente el deseo del hombre?"

Es cierto que el deseo puede adentrarse por vericuetos tortuosos, puede buscar respuesta en laberintos mortales, puede convertirse en una espiral enloquecida. Sí, pero sin deseo simplemente no existe lo humano, como intuía nuestro Machado. Sería absurdo que el riesgo de vivir nos encerrase en casa; sería trágico que los laberintos de la vida nos llevasen a negar su impulso original, ese que hacía decir a Montale: "todas las cosas llevan escrito más allá". Cada deseo que se asoma al corazón humano se hace eco de un deseo fundamental que jamás se sacia plenamente, dice Benedicto XVI, y por eso el cristiano no debe temer el deseo de la amistad, de la belleza, de la creación, del amor. La tarea del educador será transformar el éxtasis inicial en una peregrinación, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí. No para que el deseo se aplane y pierda su aguijón, sino para proteger su verdad más profunda, para proyectarlo como un rayo hacia su cumplimiento verdadero.

El drama del momento presente no consiste en la vivacidad de los deseos sino en su brutal reducción y manipulación, y en las falsas respuestas que se le ofrecen. Todo esto me parece de vital importancia para la nueva evangelización, si queremos que sea algo más que un eslogan. Porque nuestra tarea como cristianos no es ser la policía del deseo sino ser los testigos del Único que puede saciar el deseo. Por eso sigue diciendo el Papa que "el hombre conoce bien lo que no le sacia, pero no puede imaginar o definir qué le haría experimentar esa felicidad cuya nostalgia lleva en el corazón.... es buscador del Absoluto, un buscador de pasos pequeños e inciertos... pero ya la experiencia del deseo, del corazón inquieto (como lo llamaba san Agustín), atestigua que el hombre es en lo profundo... un mendigo de Dios".

"No se trata de sofocar el deseo 
que existe en el corazón del hombre, 
sino de liberarlo, para que 
pueda alcanzar su verdadera altura"

Benedicto XVI no oculta que todos (¡creyentes y no creyentes!) necesitamos recorrer un camino de purificación y sanación del deseo. Pero en seguida advierte que "no se trata de sofocar el deseo que existe en el corazón del hombre, sino de liberarlo, para que pueda alcanzar su verdadera altura". El Papa abre aquí un ventanal de aire fresco a padres, educadores y sacerdotes, yo diría incluso que sin este recorrido que describe es difícil alcanzar una fe auténticamente madura, una fe como que permitió a Pedro decir "¿a dónde iremos?, sólo Tú tienes palabras de Vida eterna". Y por si nos quedaban dudas, remata la sinfonía invitándonos a hacer esta peregrinación y a "sentirnos hermanos de todos los hombres, compañeros de viaje, también de quienes no creen, de quienes están en búsqueda, de quienes se dejan interrogar con sinceridad por el dinamismo del propio deseo de verdad y de bien". No se me ocurre mejor equipaje ni mejor brújula para estos tiempos de inclemencia que habremos de recorrer a un lado y otro del Atlántico. Nuestra vocación no es la Línea Maginot sino el Camino de Santiago, una peregrinación en la que encontramos bandidos y agricultores, héroes y mercachifles, todos al aire libre, todos llamados a medir su deseo con la presencia de un cristiano que vive y construye.


13/11/2012