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sábado, 23 de mayo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (176)

¿CÓMO “NO EDUCAR” EL CARÁCTER?

 

            Educar el carácter es ayudar a crecer de forma integral, “aprender a ser”. El buen carácter es la orientación y el ejercicio de nuestras capacidades personales para lograr actuar moralmente bien y con eficacia. Ello implica el desarrollo de valores humanos para la vida (conocimientos, criterios, hábitos, destrezas, virtudes…), como las llamadas “4 C”: 

 

·     Creatividad, capacidad de aportar novedades, iniciativas personales; responsabilidad y compromiso ante las situaciones de la vida para mejorarla y embellecerla.

·     Colaboración, capacidad de trabajar y de ayudar en tareas comunes con otras personas.

·     Comunicación, capacidad de compartir, de dar y recibir lo que se tiene, lo que sabe, lo que se es.

·     Criterio, pensamiento crítico, capacidad de reflexión, de elaborar juicios de valor, de dirigir la propia conducta a la verdad y el bien. 


Educar para «aprender a ser» es una idea moderna, pero hunde sus raíces en el humanismo clásico. Para Aristóteles la educación tenía tres pilares:

1.    Formación humana: “pedagogía” viene del griego paideia, y se refería al desarrollo lo más completo posible de la naturaleza humana. 

2.    Carácter: El modo propio de comportarse y de ser de cada persona.

3.    Virtud: la magnanimidad que impulsa a que las personas sean mejores: honestas, excelentes, felices.


Ayudar a mejorar como personas suena muy bien. Pero no es fácil. Educar el carácter implica ayudar a mejorar en las potencialidades humanas más altas, especialmente la inteligencia y la voluntad, y para ello hace falta cultivar criterios, hábitos y virtudes. ¿Pero cómo hacerlo? Empecemos antes por “cómo NO  hacerlo”.

     Hay dos formas de NO educar el carácter: el adoctrinamiento dogmático y el relativismo.


      Para evitar estos errores es preciso enseñar a pensar, formar la conciencia moral, respetar  y fomentar la libertad responsable y buscar un propósito vital que dé sentido al desarrollo y la actuación personales. (Continuará)

domingo, 10 de mayo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (174)

HACIA UNA FORMACIÓN DEL CARÁCTER

 


En la actualidad, especialmente en el ámbito anglosajón, se observa una tendencia creciente hacia el modelo educativo conocido como “educación del carácter”. Esta orientación surgió en los años 90 como respuesta a una inquietante deriva iniciada en la década de los 60, cuando muchos profesores empezaron a rechazar la educación moral por considerarla “adoctrinamiento”. A raíz de esta renuncia, la enseñanza se centró en transmitir habilidades y destrezas sin una guía ética ni antropológica clara, lo que desembocó en resultados académicos catastróficos y en una cultura de libertarismo disfuncional que todavía persiste. 

La decisión de apostar por la “educación del carácter” responde a la conciencia de que no basta con formar a los estudiantes en capacidades o habilidades, incluso cívicas; es esencial dotarles de argumentos y criterios para saber cómo, cuándo y por qué emplear esas habilidades, así como de resortes volitivos para llevarlos a la práctica. Sin esta orientación, el aprendizaje pierde profundidad y sentido, y los estudiantes pueden convertirse en individuos hábiles pero carentes de discernimiento ético. 

Fuera del mundo anglosajón —aunque también dentro de él, ciertamente— sigue prevaleciendo una educación demasiado dependiente en exceso de los dictados políticos e ideológicos dominantes. Esta tendencia limita el desarrollo de la personalidad del estudiante y condiciona los contenidos y métodos educativos a intereses ajenos a su formación personal. 

Es frecuente escuchar que los jóvenes de hoy son los más preparados de la historia. Sin embargo, desde la Universidad de Cambridge se alerta de que, pese a que los estudiantes británicos adquieren un elevado conocimiento en muchas competencias esenciales para la vida, existe entre el profesorado una marcada preocupación por la dimensión ética de sus alumnos. Se afirma que “son muy listos, pero perfectamente individualistas y egoístas”. Esta observación lleva a preguntar: ¿Qué tipo de personas estamos educando? 

El historiador Christian Ingrao, en su obra Creer y destruir. Los intelectuales en la máquina de guerra de las SS (Acantilado, 2017), describe el perfil de numerosos miembros del ejército nazi que no eran personas ignorantes, sino individuos con una formación académica muy elevada. Lejos de ser incultos, poseían un alto nivel educativo, lo que, sumado a un profundo compromiso ideológico, los convirtió en piezas eficaces de la maquinaria de exterminio alemana. Este caso es un ejemplo paradigmático de las consecuencias negativas de una formación intelectual intensa pero desvinculada de una sólida educación moral. 

Por tanto, es fundamental recordar que la educación tiene una doble función: enseñar y formar. Si se pone el énfasis únicamente en la enseñanza y en la mejora de la didáctica, el esfuerzo educativo se dirige al qué y al cómo enseñar, olvidando el para qué se aprende y la finalidad de los conocimientos adquiridos. Muchos jóvenes graduados que aterrizan en la docencia poseen un bagaje intelectual suficiente pero carecen de una formación moral y pedagógica que tenga como horizonte la plenitud de la persona en su integridad. 

Cada vez son más los centros escolares que demandan profesores comprometidos con el desarrollo personal de los estudiantes, más allá de competencias y habilidades y al margen de las presiones ideológicas impuestas desde el poder político, especialmente ante la renuncia de no pocas familias a su responsabilidad educativa. 

(Publicado en el semanario La Verdad el 8 de mayo de 2026)

miércoles, 18 de febrero de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (165)

UNA EDUCACIÓN “DESHEREDADA” Y POBRE

 



Es evidente que hemos de repensar la educación para evitar el adoctrinamiento perverso y la manipulación. Pero hay quienes piensan que tales peligros solo se conjuran evitando la transmisión de conocimientos “positivos”, de contenidos, limitándose a difundir dudas. Esto, sin embargo, fomenta la incertidumbre y el escepticismo ante la ausencia de criterios claros. Pero, paradójicamente, renunciar a los contenidos es también adoctrinar: se adoctrina no solo con lo que se dice sino también con lo que se calla, con lo que se oculta. 

El docente ha de transmitir conocimientos pero, obviamente, a la vez ha de fundamentarlos. No se deben hacer juicios rotundos sin matices, que alimenten los prejuicios y la irracionalidad, pero tampoco educa presentar todo en pie de igualdad, fomentando el relativismo mientras se adopta una pose de neutralidad, que en el fondo no lo es. El amor a la verdad es una actitud imprescindible y fundamental en el educador y tiene que convertirse en contagio entusiasta a través de sus actitudes y su práctica docente.

Se ha pretendido aportar falsas soluciones al denostado adoctrinamiento evitando las lecciones magistrales y el uso de la memoria. Con ello se ha mermado la transmisión de conocimientos a la vez que la capacidad de aprendizaje.

“¡Ustedes no tienen nada que transmitir!”. F. Xavier Bellamy, autor del libro Los desheredados (Encuentro, 2018), escuchó estas palabras, pronunciadas por un inspector de educación francés, el día en que empezaba su actividad como profesor de secundaria, y fueron el desencadenante de que su magnífico ensayo viera la luz. Bellamy se pregunta por qué fracasa la educación actual, y responde con contundencia: porque ha renunciado a transmitir la tradición cultural -la grecolatina, la judeocristiana, la genuinamente occidental- por considerarla “corruptora y alienante”. 

 Lo que se transmite, prosigue este autor, es precisamente la cultura; y el hecho es que en estos momentos “hemos perdido el sentido de la cultura” hasta el punto de que desde las instancias educativas y políticas se rechaza la idea de que los padres puedan transmitir a los niños una concepción del mundo. Estamos asistiendo así, concluye, no a un “choque de culturas” sino a un “choque de inculturas”. Esto incluye de manera muy significativa, precisa, dejar de cultivar la propia lengua: la lectura comprensiva (enseñar a leer despacio, analizando el significado de los textos), la redacción, las normas de ortografía y sintaxis, el vocabulario personal, el cultivo del bien hablar, que es expresión de un pensamiento organizado y fundamentado. Sí, hablamos de enseñar a leer, a escribir, a pensar, a escuchar respetuosamente, a hacer juicios de valor bien fundamentados, a expresarse con propiedad y cortesía… A ello puede ayudar mucho el conocimiento de los clásicos de la literatura, del arte, del pensamiento. 

            Todo esto no es banal. Al contrario, resulta especialmente importante ante la invasión de sofística que campa hoy en todos los ámbitos de la vida social. Adquirir criterio propio, formar con rectitud la propia conciencia moral, aprender a detectar falacias en tantas modas y prejuicios ambientales -por ejemplo, analizando los resortes de la manipulación publicitaria consumista, letras de canciones denigrantes, series y películas en las que se fomentan reacciones emocionales compulsivas al margen de consideraciones éticas, etc.- es una manera muy concreta de aquilatar un pensamiento propio y bien fundado. A “desadoctrinar” verdaderamente.

(Publicado en el semanario La Verdad el 13 de febrero de 2026)