Es evidente que hemos de repensar la educación para evitar el adoctrinamiento perverso y la manipulación. Pero hay quienes piensan que tales peligros solo se conjuran evitando la transmisión de conocimientos “positivos”, de contenidos, limitándose a difundir dudas. Esto, sin embargo, fomenta la incertidumbre y el escepticismo ante la ausencia de criterios claros. Pero, paradójicamente, renunciar a los contenidos es también adoctrinar: se adoctrina no solo con lo que se dice sino también con lo que se calla, con lo que se oculta.
El docente ha de transmitir conocimientos pero, obviamente, a la vez ha de fundamentarlos. No se deben hacer juicios rotundos sin matices, que alimenten los prejuicios y la irracionalidad, pero tampoco educa presentar todo en pie de igualdad, fomentando el relativismo mientras se adopta una pose de neutralidad, que en el fondo no lo es. El amor a la verdad es una actitud imprescindible y fundamental en el educador y tiene que convertirse en contagio entusiasta a través de sus actitudes y su práctica docente.
Se ha pretendido aportar falsas soluciones al denostado adoctrinamiento evitando las lecciones magistrales y el uso de la memoria. Con ello se ha mermado la transmisión de conocimientos a la vez que la capacidad de aprendizaje.
“¡Ustedes no tienen nada que transmitir!”. F. Xavier Bellamy, autor del libro Los desheredados (Encuentro, 2018), escuchó estas palabras, pronunciadas por un inspector de educación francés, el día en que empezaba su actividad como profesor de secundaria, y fueron el desencadenante de que su magnífico ensayo viera la luz. Bellamy se pregunta por qué fracasa la educación actual, y responde con contundencia: porque ha renunciado a transmitir la tradición cultural -la grecolatina, la judeocristiana, la genuinamente occidental- por considerarla “corruptora y alienante”.
Lo que se transmite, prosigue este autor, es precisamente la cultura; y el hecho es que en estos momentos “hemos perdido el sentido de la cultura” hasta el punto de que desde las instancias educativas y políticas se rechaza la idea de que los padres puedan transmitir a los niños una concepción del mundo. Estamos asistiendo así, concluye, no a un “choque de culturas” sino a un “choque de inculturas”. Esto incluye de manera muy significativa, precisa, dejar de cultivar la propia lengua: la lectura comprensiva(enseñar a leer despacio, analizando el significado de los textos), la redacción, las normas de ortografía y sintaxis, el vocabulario personal, el cultivo del bien hablar, que es expresión de un pensamiento organizado y fundamentado. Sí, hablamos de enseñar a leer, a escribir, a pensar, a escuchar respetuosamente, a hacer juicios de valor bien fundamentados, a expresarse con propiedad y cortesía… A ello puede ayudar mucho el conocimiento de los clásicos de la literatura, del arte, del pensamiento.
Todo esto no es banal. Al contrario, resulta especialmente importante ante la invasión de sofística que campa hoy en todos los ámbitos de la vida social. Adquirir criterio propio, formar con rectitud la propia conciencia moral, aprender a detectar falacias en tantas modas y prejuicios ambientales -por ejemplo, analizando los resortes de la manipulación publicitaria consumista, letras de canciones denigrantes, series y películas en las que se fomentan reacciones emocionales compulsivas al margen de consideraciones éticas, etc.- es una manera muy concreta de aquilatar un pensamiento propio y bien fundado. A “desadoctrinar” verdaderamente.
(Publicado en el semanario La Verdad el 13 de febrero de 2026)
Se insiste desde hace varias décadas en que la adolescencia no es solo una fase del desarrollo biopsicológico, sino también una categoría cultural. Se ha afirmado, por ejemplo, que la psicología de la adolescencia es principalmente una psicología de los adolescentes en países occidentales, desarrollados y con un cierto nivel de prosperidad, mientras que en otros contextos propiamente no habría adolescencia porque el paso de la infancia a la vida adulta es inmediato y abrupto.
Parece claro, por otro lado, que actualmente la adolescencia tiende a comenzar antes y a terminar más tarde que en otras épocas debido a motivos culturales. Por un lado la infancia “se acorta” -o se “salta”-, no por la precocidad de los cambios biológicos de la pubertad, sino por una “mala comprensión” de la infancia: muchos niños son obligados por sus padres a “crecer” -que no a madurar- y comportarse como casi adultos; no tienen tiempo libre, no mantienen unas relaciones familiares sosegadas, no juegan libremente, se les viste como adultos para ser “trendy”, mostrarse “fashion”, cuidar su “outfit”…, o simplemente se los deposita en las redes de las pantallas, que bombardean su sensibilidad y sus neuronas con directrices consumistas e ideológicas.
La adolescencia, además, como mentalidad, se ha ido prolongando cronológicamente en los últimos años, retrasándose sensiblemente la llegada de la adultez hasta el momento de asumir responsabilidades profesionales y familiares, lo que ocurre bastante más tarde que hasta hace dos o tres décadas, si es que ocurre.
No es desdeñable esta observación. En los últimos años ha variado la sensibilidad social. Hasta mediados del siglo XX la edad adulta e incluso la ancianidad se consideraban etapas de la vida revestidas de prestigio y autoridad; y la juventud era sinónimo de inexperiencia. La educación consistía en una “preparación para la vida”, con la meta de llegar a ser un adulto capaz de valerse por sí mismo. Pero desde el último tercio del siglo XX -algunos lo asocian al año 68-, da la impresión de que la meta de muchos es mantenerse en la adolescencia como refugio permanente. Juan Antonio G. Trinidad, afirma que “la adolescencia hoy parece un periodo de la vida que empieza con la pubertad y termina… con la vejez”.
Se habla también de una “sociedad adolescente” que ostenta rasgos de inestabilidad, inseguridad, narcisismo e inmadurez. Nuestras sociedades líquidas (Abilio de Gregorio hablaba incluso de “sociedades gaseosas”) registran una tendencia a vivir en el inmediatismo, el hedonismo y el subjetivismo moral, y a eludir comportamientos propios de la madurez y la vida adulta: compromiso, responsabilidad, toma de decisiones, autocontrol, etc.
Hay padres (y madres) que no quieren ser adultos sino permanecer adolescentes como sus hijos. Creen que “la sociedad” se ocupará de todo. Son permisivos, no valoran ni asumen responsabilidades y en consecuencia tampoco las exigen a sus hijos.
Serían en realidad “adultos adolescentes”, modelos de actuación para futuros “adolescentes no adultos”, para los que solo hay derechos y no deberes, a quienes producen desazón palabras como esfuerzo, compromiso, obediencia o abnegación.
Ha pasado el tiempo… Algunos de estos últimos son ya maestros y profesores. Sorprende poco la afirmación de la pedagoga Mercedes Ruiz Paz: “Tengo la impresión de que millones de adolescentes son educados por… millones de adolescentes”.
(Publicado en el semanario La Verdad el 10 de octubre de 2025)
Nuestra vida no se nos dio hecha. Cada uno de nosotros, al nacer, hubo de ser acogido, cuidado, atendido. La naturaleza humana, a diferencia de lo que ocurre en los demás animales, presenta un cúmulo de necesidades que es preciso satisfacer y de capacidades que es necesario ayudar a cultivar.
La vida de cada ser humano es un don y a la vez una tarea en la que es imprescindible la ayuda de otros para subsistir y para aprender, para conocer el mundo y conocernos a nosotros mismos. Pero este desarrollo es un crecimiento paulatino cuyo protagonismo ha de ir asumiendo el propio ser humano. A esto es a lo que a grandes rasgos llamamos educación.
Aristóteles definía el amor como querer el bien para alguien. Si esto es así, ayudar a una persona a sacar lo mejor de sí misma es una forma concreta y efectiva de amor. No hablamos de una efusión del sentimiento sino de algo más profundo: de un compromiso para facilitar el crecimiento de otros en humanidad, acercándoles un legado (la cultura) que les ayude a situarse en la realidad de manera lúcida, y haciendo que este aprendizaje les faculte para que sean hombres y mujeres en quienes se pueda confiar.
La educación pasa por el compromiso activo del educador para servir a otros y orientarlos al bien, a la verdad y a la belleza, enriqueciendo así su vida y el mundo alrededor. A quien sabe educar le llamamos maestro, maestra. La palabra “maestro” viene de “magis”, y “magister” es el que sabe más, el que tiene más experiencia en una actividad. Quien destaca y está en condiciones de dirigir y orientar.
El maestro sabe acerca de lo que enseña y, si ello le entusiasma y le importan sus alumnos, encontrará el modo de contagiarlo. “Sólo podemos hacer a los educandos partícipes de lo que a nosotros mismos nos colma” (Spaemann). Pero además, al exponer lo que sabe, el maestro procura generar un clima afectivo en el cual el educando se sienta atendido, comprendido, aceptado y valorado. Y esto es amor del bueno.
El amor que educa excluye el mero “cumplimiento” de una obligación. El maestro no se conforma con los mínimos -la chapuza- sino que aspira a los máximos -la obra “maestra”-; atesora sabiduría, magnanimidad (tensión del ánimo hacia grandes cosas), generosidad, disponibilidad… La autoridad moral -ese prestigio que genera confianza- es esencial en el amor que educa. Gracias a ella el discípulo se ve animado a hacer algo que al principio no le apetecía o no quería hacer.
El amor que educa ve “dentro”, otea el futuro y es capaz de atisbar ese “mejor yo” que a menudo ni siquiera el discípulo ve en sí mismo, desalentado tal vez por sus fracasos.
El amor que educa es exigente, a veces dice no y corrige, porque busca hacer capaz de lo mejor al otro. Es exigente consigo mismo en primer lugar, para dar lo mejor y suscitarlo en el otro. Se sobrepone ante las dificultades, los fracasos, las desganas, el egoísmo y la vulgaridad. Se atreve con lo difícil porque sabe que no hay gozo más noble que el de la superación de las propias limitaciones para ofrecer a los demás lo mejor de sí, y además se alegra sinceramente cuando estos le superan.
(Publicado en el semanario La Verdad el 22 de noviembre de 2024)
Pretendemos con estas reflexiones mostrar la adecuada articulación entre naturaleza y cultura en relación con el planteamiento “trans” propio de la teoría o ideología “Queer”.
1. La articulación entre naturaleza y cultura.
Evocando las expresiones de Simone de Beauvoir o del mismo Sartre, puede afirmarse que la mujer y el varón “nacen” y también “se hacen”, pero no se hacen desde la nada o desde el vacío, sino, precisamente, a partir de su naturaleza, de su modo constitutivo de ser.
Nunca dejamos de ser humanos, ni siquiera cuando nuestro comportamiento no sea consecuente con nuestra dignidad. Hablamos de comportamientos inhumanos, precisamente, porque no están “a la altura” de nuestro ser. A veces nos comportamos “como borregos”, o “como cerdos”, o como unos “burros”… pero no lo somos, seguimos siendo humanos (y por eso no está bien comportarnos de forma “inhumana”…)
La cultura es propiamente el cultivo de lo específicamente humano, de la naturaleza humana. La cultura debe desarrollarse desde la naturaleza, debe aceptar los condicionantes naturales. De lo contrario deja de ser propiamente cultura y se convierte en perversión, por ser antinatural.
La naturaleza humana (que incluye el cuerpo -y por lo tanto lo biológico- y el alma en unidad sustancial), es la estructura constitutiva que nos viene dada desde el inicio; pero no debe entenderse como un arquetipo determinista que establece pautas fijas de comportamiento a las personas, sino como el cauce de la excelencia posible que es capaz de lograr cada ser humano, hombre o mujer, cuando ejerce su libertad de acuerdo con el orden de perfeccionamiento que le es propio en cuanto humano. Para ello, por otra parte, es necesaria la ayuda de otros, ya que además el ser humano es sociable por naturaleza.
Nuestra naturaleza humana es un don originario y a la vez es también una tarea y un elenco de potencialidades. El ser humano se va “construyendo a sí mismo” a partir de su naturaleza, de su modo constitutivo de ser, no puede “crecer” realmente más que como ser humano. Por otra parte, su naturaleza, aunque le da unas pautas importantes (esenciales), deja un espacio libre a la autodeterminación, a la relación con los demás, a la educación, a las experiencias de la vida…, en suma, a la cultura.
Para el ser humano, lo natural en realidad es aquello que indica qué es “lo mejor” para su desarrollo como tal. Marca a cada hombre y mujer un criterio adecuado de crecimiento en humanidad. La naturaleza, bien entendida, es de índole teleológica: muestra así el orden propio de realización y perfeccionamiento de la persona en el ejercicio de su libertad, nos indica cuál es el fin y el camino que nos perfeccionan, que nos “humanizan”. De esta manera sirve de guía y referencia moral para nuestra libertad y para la actividad educativa: sacando lo mejor de lo que somos y venciendo lo que impide o dificulta dicho perfeccionamiento. Cuando se niega la naturaleza se confiere la primacía al deseo sobre la razón y la justicia se reduce a lo que es deseado, en vez de lo que es razonable.
La naturaleza humana es sexuada; incluye la constitución biológica corporal, obviamente, pero las diferencias sexuales alcanzan también muchos otros aspectos del organismo, como el funcionamiento endocrino, la organización de redes neurales y, como extensión, características psicológicas individuales, formando todas ellas también parte de la identidad, no sólo ontológica, sino también psicológica del individuo humano. En el ser humano, el cuerpo es algo más que un mero organismo, es la expresión de una realidad íntima, el espíritu. La naturaleza humana es a un tiempo biológico-corporal y espiritual o racional.
Iguales en naturaleza a pesar de su dimorfismo, el hombre y la mujer en cuanto personas son iguales también en dignidad, derechos y deberes fundamentales.
La modalización sexual abarca a la persona, al varón y a la mujer, en su totalidad, también en su individualidad más íntima. No se trata solamente de ser padre o madre, como si el sexo se agotara en la función reproductora. Se trata de la manera de ser como persona. Masculinidad y feminidad no se distinguen tanto por una distribución entre ambos de cualidades o virtudes, sino por el modo peculiar que tiene cada uno de encarnarlas. Así la mujer tiene una actitud hacia la vida que se ha llamado el “genio femenino” porque se interesa por lo concreto, se compadece, siente más, se da cuenta de las cosas y necesidades ajenas. Y el hombre, por su parte, también tiene un “genio masculino” porque acepta los retos, es más arriesgado, se siente protector y responsable de los demás, asume tareas de gobierno y de organización. Por su parte, cada uno tiene en su singularidad personal la oportunidad de aportar al mundo una contribución genuina, matizada por su masculinidad o feminidad.
2. La ideología de género y la primacía de la autodeterminación.
El dimorfismo sexual de la especie humana es un hecho empírico evidente.Pero hombres y mujeres, en su dimorfismo sexual constitutivo, lo son por naturaleza y no por elección o asignación. La corporalidad orgánica del ser humano es la raíz de su sexualidad. Ambos comparten la misma esencia -pertenecen a la misma especie- y al mismo tiempo las diferencias sexuales son parte de la identidad de las personas humanas.
Bajo la inadecuada acusación de “esencialismo”, la ideología de género, siguiendo la influencia del existencialismo de Sartre y Beauvoir como ya se observó, niega que exista en hombres y mujeres una naturaleza constitutiva, pretendiendo dejar todo a la autodeterminación. Se procura que la cultura -ámbito de la libre autodeterminación- ocupe el lugar de la naturaleza -entendida como algo cerrado y sujeto al determinismo-; pero en realidad no hay un antagonismo excluyente entre naturaleza humana y cultura si ambas se entienden bien, según se ha explicado más arriba.
Suele atribuirse a Judith Butler, con su libro El género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad (1990), el origen intelectual de la ideología de género (Gender-Queer). Pero quizás el hito fundamental de la fulgurante difusión mundial del “enfoque” de género y del activismo LGBTI haya sido la IV Conferencia Mundial de la Mujer(Beiging, 1995) organizada por la ONU.
Llevando a sus últimas consecuencias la idea de que “la mujer –y el hombre- no nace, se hace”, se propugna en esta ideología la exclusión de toda alteridad y diferenciación social asociada al sexo, la inexistencia de una naturaleza humana sexuada, así como la indiferenciación y el polimorfismo sexual humanos en el momento de nacer.
La diferenciación de identidades y funciones (el género, en particular la feminidad y la masculinidad) se sostiene que es artificial y fruto de una construcción social y cultural. La maternidad no debe ser motivo de diferenciación (desigualdad) entre hombres y mujeres. La verdadera igualdad estriba en que las mujeres -no ya “la mujer” pues se vendría con ello a insinuar una naturaleza femenina subyacente- no tengan que dar a luz, como ocurre en los hombres. Su ideal es la autarquía: que las mujeres no necesiten de los hombres.
La ideología de género considera de este modo que la sexualidad humana no es una característica determinada por la naturaleza de cada persona, sino que es un elemento maleable cuya raíz es la opción libre de cada sujeto y cuyo significado es fundamentalmente una convención social.
Las obvias diferencias anatómicas serian irrelevantes e incluso deberían ser suprimidas. Según esto, ser hombre o mujer carece de un fundamento natural e incluso biológico, son papeles absolutamente intercambiables; feminidad y masculinidad serían construcciones socialespor parte de una cultura patriarcal y machista que es necesario destruir para lograr la verdadera igualdad social y la satisfacción de los deseos individuales, de manera que cada cual podría elegir configurarse sexualmente como desee.
Más recientemente se ha insistido en la absoluta irrelevancia e indiferencia, no solo del sexo biológico, sino también del género (binario: masculino-femenino), sosteniendo una noción de identidad sexual “deconstruible” y “reconstruible” social e individualmente. Esto es lo nuclear de la denominada teoría queer y el “transgénero”.
La categoría “sexo” es sustituida fraudulentamente por la “identidad de género”, completamente fluida y ofrecida a la autodeterminación individual.El sexo no tendría existencia real, sino que sería un constructo, una construcción social y cultural. El feminismo de género/queer relativiza la noción de sexo de tal manera que ya no existirían dos sexos, sino más bien muchas ”identidades de género”. Cada cual podría “construirse sexualmente” como desee. A ello ayudarán el recurso a la cirugía, los tratamientos hormonales, la reproducción asistida, la ingeniería genética e incluso, en el futuro, la reproducción totalmente artificial y asexual.
En rigor, tampoco sería imprescindible acudir a procedimientos técnicos. Bastaría el simple deseo para definir la propia “identidad de género”. Aquí la igualdad, disimulada bajo la expresión “igualdad de género”, se hace “in-diferencia”.
El igualitarismo “queer” parte de atribuir a toda clase de desigualdad el calificativo de ilegítima. En su desarrollo niega la diferencia entre hombre y mujer, pero lleva esta negación hasta el extremo de difuminar lo propio de ambas identidades. En rigor, ser mujer y ser hombre ya no significa nada.
En el fondo, la teoría queer promete a los seres humanos dejar de ser criaturas -dotadas de una naturaleza recibida del Creador- para convertirse en creadores de sí mismos.
La Agenda 2030, en su artículo 5, recoge bajo el rótulo de “igualdad de genero” y “empoderamiento de las mujeres” estas pretensiones.
El 22 de septiembre de 2011, el papa Benedicto XVI se dirigía al Parlamento Federal de Alemania, desarrollando el que para algunos comentaristas, como John L. Allen, era “el mejor discurso de su pontificado”.
En él, el pontífice tomaba pie en una extendida conciencia ecológica para recordar que también existe una naturaleza humana, que sirve de referente para la comprensión del ser humano y para el comportamiento ético. La complacencia inicial de los presentes se tornó al parecer en nerviosismo por parte de algunos al apreciar la lógica impecable de la argumentación. ¿Qué es lo que hay en la raíz del concepto de naturaleza humana? ¿Por que es tan importante reflexionar acerca de él en nuestro tiempo?
“La importancia de la ecología es hoy indiscutible. Debemos escuchar el lenguaje de la naturaleza y responder a él coherentemente. Sin embargo, quisiera afrontar seriamente un punto que –me parece– se ha olvidado tanto hoy como ayer: hay también una ecología del hombre. También el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana.”
La naturaleza está a disposición del ser humano, no como un montón de desechos esparcidos al azar, o como una ley implacable que anula la libertad del hombre, sino como un don en el que se aprecia una estructura intrínseca que permite que el hombre descubra las orientaciones que se deben seguir para su propio perfeccionamiento humano y el del mundo.
Es conveniente esclarecer qué ha de entenderse con el concepto de naturaleza, en especial cuando nos referimos a la naturaleza humana, a la hora de comprender al ser humano, de fundamentar moralmente su comportamiento y de ofrecer pautas realistas para la acción educadora.
Vamos a dividir esta exposición en tres partes y una reflexión final. La primera parte será para exponer qué se entiende por naturaleza, la segunda para explicar qué es la cultura y en qué sentidos puede entenderse la palabra “cultura”. La tercera, para poner en relación “naturaleza” y “cultura”, especialmente en el caso del ser humano. Terminaremos con unas reflexiones a modo de consecuencias o de conclusiones, a la vista de todo lo anterior.
Pero esto sólo es el principio. El tema es fascinante y daría muchísimo más para pensar, conversar, incluso debatir, ya que es uno de los más importantes que se plantean en nuestro tiempo (aunque mucha gente no se ha parado a pensar en ello).
1. “NATURALEZA”
La palabra naturaleza proviene del latín “natura” (del verbo “nascor”, nacer), y se refiere al conjunto de las cosas que han “nacido”, que han sido engendradas o generadas. En griego, “natura” se dice “physis”, y de ahí palabras como “física”, “fisiología…”
En este sentido hablamos de la Naturaleza para referirnos al entorno universal del que nosotros formamos parte: el conjunto de las cosas, de los seres vivos, el mundo, la realidad que está a nuestro alrededor… Y así decimos, por ejemplo que la Naturaleza preside el ciclo de las estaciones, que ella ha dotado a los animales de sus capacidades e instintos, o que se presenta a nuestros ojos y ante nuestra vida como un escenario asombroso, magnífico, que tenemos que aprender a comprender y en el que tenemos que aprender a vivir…
Suele añadirse, con más o menos claridad, que la naturaleza contiene en su seno un “orden”, unas leyes “físicas” y biológicas, cuyo conocimiento es el objeto de las llamadas “ciencias naturales o de la naturaleza”, por ejemplo. La ley de la gravedad, entre otras muchas, que estudia la Física mecánica, estarían en este caso. Pero también están los procesos según los cuales los seres vivos crecen, se relacionan y reproducen, se desarrollan de forma saludable… La Química y la Biología pueden ser aventuras llenas de asombrosos descubrimientos. Dichas leyes son “fijas” y estables.
En sus orígenes, la Filosofía –que no se diferenciaba de la Ciencia- surgió entre los griegos como el estudio racional -lo más sistemático posible- de la Naturaleza, de la “physis”, del origen de todas las cosas, del orden (“kosmos”) que las preside…
Poco después, pensando que cada cosa tiene un modo de ser que lo caracteriza y lo define, y que la constituye desde el principio, se empezó a llamar “naturaleza” a ese “modo constitutivo de ser” propio de cada cosa, incluido el ser humano también. En este sentido, “naturaleza” es sinónimo de “esencia”, “especie” o “índole”. Es… lo que esa cosa es. Hablamos así de que, por ejemplo, es propio del fuego el quemar, del agua el mojar, del ojo el ver, del oído el oír, de las plantas y de los seres vivos un conjunto de procesos de nutrición, crecimiento, reproducción, pautas de comportamiento… Cada tipo de cosa (un perro, un árbol, una nube, un metal, el hombre…) tiene “su naturaleza”, su modo propio de ser.
Esta “naturaleza”, en cada tipo de cosa, incluye las propiedades y operaciones características que lo definen. Dichas propiedades y operaciones pueden ser variadísimas. Cuando un conjunto de seres coinciden en tener las mismas características en lo fundamental, reconocemos que poseen la misma naturaleza. Por ejemplo, los estados físicos: sólido, líquido, gaseoso… hay seres de naturaleza sólida, etc. Pero también puede referirse a los animales de la misma especie (perros, gatos, trigo, abeto, rosal, etc.) Se trata, obviamente, de un término que suele utilizarse en sentidos muy amplios.
En cierto modo, suele precisarse un poco este término para referirse al modo de ser que las cosas tienen “de suyo”, “desde su origen”, de manera innata, o incluso “genéticamente”.
2. LA NATURALEZA HUMANA
En el caso del ser humano -que es algo especial porque su naturaleza es extraordinariamente abierta, rica y fecunda (luego diremos algo de por qué es así…)- su naturaleza constitutiva, su esencia, se ha definido así: El ser humano es el “animal racional”. La definición es de Aristóteles, filósofo y científico del s. IV a. Jc., uno de los más grandes de toda la historia. Esta es una definición muy escueta, pero si se profundiza en lo que quiere decir, tiene un significado muy profundo.
Todos los seres humanos, hombres y mujeres, a pesar de muchas diferencias secundarias o menos importantes, coincidimos en esto. Somos “animales racionales”.
Esto abarca lo biológico, lo físico y lo químico (somos “animales”, lo cual incluye también muchas cosas en común con las plantas en general, e incluso con los seres inertes, puramente físicos, pues también en nuestra naturaleza encontramos cualidades comunes con las piedras –nuestro cuerpo está formado por elementos químicos…-, los mamíferos –nos desplazamos, nos reproducimos vivíparamente, vemos, oímos, recordamos, tenemos apetitos y tendencias…-, los vegetales –respiramos, asimilamos elementos externos y los metabolizamos…-, etc.)
Pero nos diferenciamos de los demás seres, tanto vivos como inertes, por nuestra racionalidad: podemos pensar de manera inteligente, comprender, reflexionar (inteligencia), y podemos elegir, tomar decisiones de manera autónoma (libertad), somos responsables por lo tanto de lo que decidimos…, podemos apreciar la belleza y contribuir a ella, podemos actuar de manera deliberada para alcanzar objetivos y producir objetos…, nos organizamos en comunidades de iguales (sociabilidad)… Hay “algo” decisivo que rebasa lo biológico en el ser humano (es a lo que se ha llamado “espíritu”). Pero vayamos poco a poco.
A diferencia de otros seres, nuestra naturaleza humana (racional, aunque sin dejar de ser “animal”) nos abre mucho “espacio” para que individualmente concibamos (con inteligencia) y organicemos (con voluntad libre) nuestra vida. “Lo individual” es altamente significativo en la especie humana, mientras que en el resto de los seres vivos “domina (biológicamente) la especie” por así decir, la cual marca sus pautas de comportamiento a los individuos (cada especie tiene sus “instintos característicos”).
Los seres humanos no estamos tan ”atados” a nuestras necesidades biológicas, aunque las tengamos. Las leyes físicas, químicas o biológicas nos afectan en cuanto “animales”; pero -sin dejar de estar sujetos a las leyes físicas- en cuanto racionales podemos actuar con un margen asombroso de autonomía.
Las demás especies vivientes siguen un proceso de adaptación al medio, mientras que en el caso del ser humano ocurre algo sorprendente: puede transformar y de hecho ha transformado el medio -contando siempre con sus leyes constitutivas- para adaptarlo a sus necesidades y proyectos, dotándolo de significados nuevos.
Además, puede decirse que si conocemos el comportamiento y la naturaleza de un animal, conocemos básicamente la de todos sus congéneres de la misma especie. Pero esto no es así en el caso de los seres humanos. Quien conozca a un amigo tuyo, sólo con eso no puede tener idea suficiente de quién o cómo eres tú o las demás personas. Nuestra individualidad es altamente significativa.
En este sentido, también, se ve lo que queremos decir cuando decimos que el ser humano -cada hombre, cada mujer- no es simplemente “algo”, sino “alguien”, significativo y relevante como individuo, por sí mismo.
Nuestra naturaleza racional nos dota de una capacidad asombrosa para ejercer un protagonismo a la hora de “vivir” nuestra vida, la cual es mucho más que “biología”: Nuestra vida es también “biografía”, una historia personal única.
3. “CULTURA”
El término “cultura” procede del latín también: del verbo “coleo, colere”, cultivar. Y, efectivamente, significa el “cultivo”, la acción transformadora y de cuidado que el ser humano lleva a cabo, ya que en virtud de su naturaleza racional no sólo se somete y se adapta a las condiciones dominadas por el orden físico de su entorno, sino que interviene de manera activa, autónoma, creativa, llegando a configurar un “entorno humano”, a partir del natural, pero marcado por el sello original de la inventiva y la creación libre, inteligente, de la que está dotado. Es la diferencia que apreciamos entre un campo salvaje (este término proviene de selva) y un campo cultivado, roturado y ordenado por la acción humana.
¿Qué es, primariamente, pues, la cultura? Es la acción “cultivadora”, transformadora, que el ser humano realiza sobre el mundo y también sobre sí mismo. Esto último es muy interesante: también podemos -y necesitamos- cultivarnos a nosotros mismos (es el ámbito, por ejemplo, de la educación, de la ética, de la formación artística, etc.)
La cultura viene a ser entonces todo lo que los seres humanos han producido -lo ‘artificial’- para adaptarse y sobre todo para transformar su entorno físico (natural) y hacer su vida posible a la vez que más humana: la técnica, las leyes, la ciencia, la cocina, el dinero, la música, las instituciones sociales, los remedios médicos etc.
La cultura es el cultivo de lo humano en el propio hombre y en el mundo.
Suele precisarse más aún: se distingue entre la civilización y la culturapropiamente dicha. Aunque también pueden entenderse como sinónimos, civilización se refiere más a los aspectos técnicos y materiales de lo que los hombres han aportado al mundo -la industria, los inventos, las herramientas, etc.-, mientras que cultura se reserva más bien para los aspectos espirituales: arte, costumbres, educación, moral, tradiciones, pensamientos, creencias, valores… Pero esta distinción no nos afecta demasiado por ahora.
4. LO NATURAL Y LO CULTURAL EN EL SER HUMANO
Así entendido, lo cultural se “contrapone” a lo “natural” -a lo innato, a lo que al ser humano le viene dado de antemano-, para referirse a lo que el hombre ha producido “artificialmente” con sus manos, con su esfuerzo; lo que ha sido aportado y construido por él.
Algunos, a partir de Aristóteles, hablan de que el ser humano ha ido configurando como una “segunda naturaleza”, refiriéndose con ello al entorno social y cultural en el que éste nace y vive, y a través del cual divisa, a veces un tanto distorsionado, el ámbito original del que procede. También se habla de una “segunda naturaleza” en el ámbito subjetivo, cuando un individuo, a partir de su constitución biogenética original, va configurando en sí mismo un carácter o una personalidad que es fruto de sus elecciones y decisiones, de los acontecimientos, aprendizajes y experiencias que protagoniza, que le van afectando a lo largo de su vida y que pasan a definir también en gran medida su comportamiento y su manera de pensar y de sentir.
Aquí surge un buen debate, al menos aparente, cuando se contrapone lo natural originario -lo dado, lo innato-, por un lado, y lo artificial o cultural –lo adquirido, lo aprendido- por otro. Así lo entendía, entre otros, Rousseau.
Pero la cosa no es tan simple, porque también puede decirse que en el modo constitutivo de ser del hombre,en su esencia o naturaleza, se da una apertura a lo cultural por la presencia de la racionalidad -de la inteligencia y de la voluntad o libertad, singularmente-, de manera que la cultura viene a ser, por así decir, la culminación y perfeccionamiento de la naturaleza humana.
Por ello no es ninguna contradicción afirmar que la naturaleza humana, por ser racional, es “cultural”: Como el ser humano no nace especializado biológicamente para adaptarse a un medio propio, ha de adaptar la naturaleza externa a sí mismo, a sus expectativas, necesidades y proyectos, transformándola. Y por medio de esta transformación puede “humanizar”, hacer habitable y perfeccionar el mundo, y a la vez cultivar su propia naturaleza, perfeccionándose y realizándose a sí mismo por medio de la educación, de la convivencia, del trabajo, del arte o de la virtud.
Además, según lo anterior, puede entenderse la naturaleza y lo natural como el ámbito de perfeccionamiento que corresponde a cada cosa -y al ser humano- según su modo de ser. Y, por lo mismo, “antinatural” sería lo que atenta contra su perfeccionamiento propio, lo que lo violenta o corrompe. Por ejemplo, es natural,para el ser humano, que haga uso de su razón cultivando el saber, y de su sensibilidad hacia la belleza admirando un paisaje o escuchando una hermosa canción o una sinfonía. Por el contrario, sería antinatural utilizar al ser humano como animal de carga u objeto de explotación económica (esclavitud). Lo mismo que sería antinatural para un vaso utilizarlo como martillo -como lo que no es-: se clavaría peor el clavo y seguramente acabaría por quebrarse el vaso.
5. CONCLUYENDO...
El ser humano se va “construyendo a sí mismo”, en cierto modo, a partir de su naturaleza, de su modo constitutivo de ser: tiene que contar con ella. No puede “crecer” como pájaro ni como encina. No es esa su naturaleza. Sólo puede crecer como ser humano, y tiene que hacerlo además, ya que su naturaleza, aunque le da unas pautas importantes, deja un espacio libre a la autodeterminación, a la relación con los demás, a la educación, a las experiencias de la vida...
Alguien ha dicho que el hombre y la mujer ‘no nacen, se hacen’… Pero el ser humano no puede hacerse a sí mismo de la nada. Entre otras cosas porque “de la nada, nada sale”. Aunque su naturaleza es libre y abierta, es la naturaleza de un ser humano, y tiene que contar con ella, apoyarse en ella, desarrollarla. La naturaleza humana es un don originario, pero es también una tarea y una caja de sorpresas. Marca a cada uno un criterio de crecimiento adecuado: el ser humano es “más plenamente humano” cuando -a partir de su naturaleza inacabada pero potencialmente cuajada de prodigios- desarrolla sus capacidades, cuando ejerce su libertad de manera constructiva, cuando es capaz de aportar al mundo su sello personal, su pensamiento y su sensibilidad, embelleciéndolo y perfeccionándolo, entrando en relación de amistad, de amor, de servicio y de colaboración con otros seres humanos...
Pero el éxito en esta aventura no está garantizado de antemano. Por eso para el ser humano vivir es siempre un riesgo, una aventura moral. Ya que por el uso que haga de su libertad es capaz de lo mejor y de lo peor. Es la cara y la cruz de su libertad.
Es responsabilidad de cada hombre, de cada mujer, hacer del ejercicio de su libertad una aportación de más y mejor humanidad -calidad humana- a los demás y a sí mismo: descubrir la verdad y comunicarla (conocimiento, ciencia, saber…), amar el bien y transmitirlo (servicio, amabilidad, convivencia, compromiso y ayuda voluntaria…), aportar belleza al mundo (arte, alegría, amor, generosidad…), aprender a dar y a recibir de los demás, caminar hacia metas de sentido, hacer tangible y ‘abrazable’ en lo posible una felicidad que sin embargo nos impulsa más allá de nosotros mismos… Vivir. Cultivar, cuidar, elevar al propio ser hacia lo mejor de sí. A.J.
En el modo constitutivo de ser del hombre -en su esencia o naturaleza- se da unaapertura a lo cultural por la presencia de la racionalidad
-inteligencia, libertad y apertura a la belleza-, de manera que la cultura viene a ser, por así decir, la culminación y perfeccionamiento de la
naturaleza humana.
Por ello no es ninguna contradicción afirmar que la naturaleza humana, por ser racional, es “cultural”: Como el ser humano no nace especializado
biológicamente para adaptarse a un medio propio, ha de adaptar su entorno a sí mismo, a sus expectativas, necesidades y
proyectos, transformándolo. Y por medio de esta transformación el hombre puede
“humanizar”, hacer habitable y perfeccionar el mundo, a la vez que cultivar su propia naturaleza,
perfeccionándose y realizándose a sí
mismo por medio de la educación, de la convivencia, del trabajo, del arte o
de la virtud.
Además, es preciso entender la naturaleza y lo natural como el ámbito de perfeccionamiento que corresponde
a cada cosa -y al ser humano- según su modo de ser. Y, por lo mismo,
“antinatural” sería lo que atenta contra su perfeccionamiento propio, lo que lo
violenta o corrompe. Por ejemplo, es natural,
para el ser humano, que haga uso de su razón cultivando el saber, y de su
sensibilidad hacia la belleza admirando un paisaje o escuchando una hermosa
canción o una sinfonía. Por el contrario, sería antinatural utilizar al ser humano como animal de carga u objeto de
explotación económica (esclavitud). Lo mismo que sería antinatural para un vaso
utilizarlo como martillo -como lo que no es-: se clavaría peor el clavo y
seguramente el vaso acabaría por quebrarse.
¿SER O HACERSE?
El ser humano se va “construyendo a sí mismo”, en cierto modo, a
partir de su naturaleza, de su modo constitutivo de ser: tiene que contar con
ella. No puede “crecer” como pájaro ni como encina. No es esa su naturaleza.
Sólo puede crecer como ser humano, y
tiene que hacerlo además, ya que su
naturaleza, aunque le da unas pautas importantes, deja un espacio libre a la
autodeterminación, a la relación con los demás, a la educación, a las
experiencias de la vida…
Alguien ha dicho que el hombre y la mujer ‘no nacen, se hacen’… Pero el ser humano no puede hacerse a sí
mismo de la nada. Entre otras cosas porque “de la nada, nada sale”. Aunque
su naturaleza es libre y abierta, es la naturaleza de un ser humano, y tiene que contar con ella, apoyarse en ella,
desarrollarla. La naturaleza humana es un don originario, pero es también una
tarea y una caja de sorpresas. Marca a cada uno un criterio de crecimiento
adecuado: el ser humano es “más plenamente humano” cuando -a partir de su
naturaleza inacabada pero potencialmente cuajada de prodigios- desarrolla sus
capacidades, cuando ejerce su libertad de manera constructiva, cuando es capaz
de aportar al mundo su sello personal, su pensamiento y su sensibilidad,
embelleciéndolo y perfeccionándolo, entrando en relación de amistad, de amor de
servicio y de colaboración con otros seres humanos…
Pero el éxito en esta aventura no está garantizado de antemano. Por
eso para el ser humano vivir es siempre un riesgo, una aventura moral. Es la
cara y la cruz de su libertad. Es responsabilidad de cada hombre, de cada
mujer, hacer del ejercicio de su libertad una aportación de más y mejor humanidad -calidad humana- a
los demás y a sí mismo, o a sí misma: descubrir la verdad y comunicarla
(conocimiento, ciencia, saber…), amar el bien y transmitirlo (servicio,
amabilidad, convivencia, compromiso y ayuda voluntaria…), aportar belleza al
mundo (arte, alegría, amor, generosidad…), aprender a dar y a recibir de los
demás, caminar hacia metas de sentido, hacer tangible y ‘abrazable’ en lo
posible una felicidad que sin embargo nos impulsa más allá de nosotros mismos…
Vivir. Cultivar, cuidar, elevar al propio ser hacia lo mejor de sí. A.J.