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miércoles, 6 de mayo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (173)

LA “EDUCACIÓN DEL CARÁCTER”, UNA EDUCACIÓN CENTRADA EN LA PERSONA

 

          


      Existe un interés creciente por una línea educativa actual que ha dado en llamarse “Educación del carácter”, aunque su desarrollo en España es una tarea pendiente si se compara con el ámbito anglosajón. En estos países, desde los años 90 del pasado siglo, se ha producido un resurgimiento notable y exitoso de este modelo educativo, a través de diversas propuestas que lo han posicionado como referente. 

          En España este interés se manifiesta actualmente de forma débil y fragmentada. Sin embargo, una investigación reciente liderada por la profesora Verónica Fernández Espinosa (UFV), indica que un alto porcentaje del profesorado considera la educación del carácter como un elemento esencial para el desarrollo integral y el éxito académico del alumno.

            Se observa además una tendencia creciente a integrar la formación del carácter bajo el paraguas de las habilidades no cognitivas  (soft skills). Educadores y pedagogos valoran virtudes como la tenacidad, la constancia y la diligencia, por su alta demanda en el ámbito laboral y su impacto en la resolución de problemas. Por otro lado, algunas líneas de innovación pedagógica convergen con este enfoque a través de pedagogías activas y de educación emocional.

El enfoque teórico de la educación moral hoy más invocado es deudor en gran medida del planteamiento de autores como Kohlberg, y se basa solo en la autonomía y el juicio moral como pilares fundamentales, argumentando que no se puede  reducir  el comportamiento moral a la mera acción, a la conducta irreflexiva (se toma aquí el hábito como un mero mecanismo que excluye la reflexión).

Pero el hábito, bien entendido, es una disposición basada en el ejercicio persistente de una facultad humana, que no renuncia a la reflexión: por ejemplo, el hábito de la sinceridad se adquiere acostumbrándose a decir siempre la verdad, pero esto no excluye que se piense lo que se dice sino todo lo  contrario.

            Además, en el comportamiento moral residen otros dos componentes clave: por un lado la voluntad, en estrecha relación con la afectividad, que implica querer hacer algo concreto en vez de su contrario; y, por otro el conocimiento de la realidad y el reconocimiento de la dignidad humana, necesarios para fundamentar las decisiones morales.

En nuestros centros escolares se echa a faltar demasiado a menudo un enfoque educativo que abarque a la persona en su totalidad y que fomente el cultivo de una “vida buena” (que no es lo mismo que la buena vida…) Y para esto no basta un planteamiento basado en competencias o habilidades. El modelo de la educación del carácter centrado en la idea de la plenitud humana se ofrece como alternativa al enfoque hoy vigente, lastrado de utilitarismo y contaminado ideológicamente.

Así, K. Kristjánsson, profesor en Birmingham, hablando de la virtud de la prudencia, afirma que consiste en una compleja tarea de organizar la vida buena que no puede asemejarse a una mera adquisición de habilidades, pues requiere una comprensión teórica profunda acerca de lo que significa tal vida buena. Se requieren habilidades para afrontar situaciones particulares, sin duda; pero también una visión teórica general que facilite el acceso a lo universal, en la que tiene lugar la reflexión sobre los fines de la existencia. (Continuará)

(Publicado en el Semanario La Verdad el 1 de mayo de 2026)

sábado, 15 de enero de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (12)

EDUCACIÓN DEL CORAZÓN, EDUCACIÓN DE LA PERSONALIDAD



 

La afectividad, veníamos diciendo, necesita ser educada -no anulada- para que forme un todo armónico con la inteligencia y la voluntad y nos ayude a configurar nuestra personalidad de manera íntegra y cabal, completa. 

Uno de los rasgos de la madurez personal es actuar, no por "dependencia emocional" hacia algo o hacia alguien, sino reflexionando al decidir. No tomar decisiones porque “tengo ganas o no”, “me gusta o no me gusta”, “me apetece o no”, “lo hacen o no lo hacen los demás”... Esta forma de decidir es muy pobre y fácil de manipular. Es necesario entrenarse en la exigencia de optar por lo bueno, lo justo, lo valioso, lo verdadero, a pesar de que sea costoso. 

Una educación de la persona así entendida, una “educación del corazón", deberá desarrollar tres aspectos:

1.- Educación afectiva: su finalidad es conseguir un estilo afectivo (sensibilidad, asombro, autoconocimiento, respeto) que sintonice con los buenos valores.

2.- Educación de la voluntad y del carácter: se trata de ayudar a construir los instrumentos psicológicos de autocontrol necesarios para el dominio de uno mismo, para un comportamiento libre y responsable.

3.- Educación ética: enseñar a percibir y a hacer propios unos valores y comportamientos morales que orienten nuestra vida al bien.

No debemos perder de vista que en el ser humano la inteligencia emocional no se puede ni se debe separar -aunque sí distinguir- de la inteligencia moral. Porque en el ser humano, si bien son de gran importancia los sentimientos, emociones y estados de ánimo, donde se juega la autorrealización de la persona, sus relaciones, el sentido y la orientación de su vida, es ante el bien y el mal. Y el bien no es sólo lo deseado por la voluntad o lo que apetece. Platón vio muy bien que el el bien lo abraza todo, no solo el objeto del deseo.

Se trata de ser dueño de uno mismo. "Autodominio" es otra forma de decir libertad. La libertad no consiste en hacer lo que me apetece, sino en elegir lo mejor tras haberlo pensado bien y haberlo decidido. 

El autodominio presenta dos aspectos: el autocontrol para orientar adecuadamente deseos, sentimientos y emociones, y la fortaleza o resiliencia para afrontar las dificultades, vencer la pereza, los deseos incontrolados y las timideces. Todo ello después de haber juzgado sabiamente acerca de lo que es mejor en cada caso. 

La libertad y la inteligencia “afectiva”, así pues, consisten, primero, en saber querer: en saber lo que se quiere y que esto sea realmente valioso, por una parte; y por otra, en aplicar los medios para alcanzar las metas propuestas, siendo consecuentes, luchando contra la pereza, las dificultades y asperezas que surjan: es la fuerza de voluntad, la constancia, la capacidad de superación, la resiliencia, la honestidad firme. También incluye gozarse en el bien, saber disfrutarlo y agradecerlo.

La construcción de la personalidad es desarrollo humano integral, labor de esfuerzo para vencer las limitaciones y, sobre todo, empeño para forjar hábitos estables que permitan a la persona alcanzar un grado de madurez por el cual esta se convierte, como decía Nelson Mandela, en “el dueño de mi destino, el capitán de mi alma”.

(Publicado en el semanario LA VERDAD el 31 de diciembre de 2021) 

viernes, 7 de enero de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (11)

PARA UNA “EDUCACIÓN DEL CORAZÓN”

 


Se suele utilizar la palabra “corazón” para referirse habitualmente a la afectividad, al mundo de los sentimientos y las emociones. Sin embargo los sentimientos y la dimensión emocional no son lo más profundo de la persona. Además, “seguir la voz del corazón”, en el sentido de “haz lo que te digan tus sentimientos”, sin  pararse a pensar y orientarlos racional y moralmente, puede ser un acto caprichoso y de auténtica ceguera. Además, el rencor, la venganza, la envidia o la codicia son sentimientos, y no son nada buenos como criterios de comportamiento. 

Por eso es importante no reducir el corazón a la mera esfera de lo sentimental, porque en su sentido más profundo -más allá de la mera afectividad- significa el “yo”, la persona misma en lo que tiene de más profundo e íntimo.  Y así, educar el corazón implica la orientación de todo nuestro ser –no solo los sentimientos, sino razón y sensibilidad, voluntad y tendencias sensibles– hacia un bien universal, verdadero y donde todo sentimiento, idea o deseo se vea integrado en el amor, en el don de sí mismo para el bien de otras personas. 

Desde esta perspectiva, Susanna Tamaro -autora de la exitosa novela Donde el corazón te lleve- se refiere al corazón como “la totalidad más profunda del hombre, la imagen del lugar donde razón y emoción se enlazan armoniosamente y se funden en algo más grande. Ese corazón, en fin, que todas las religiones señalan como la esencia más verdadera y profunda del hombre”. Es ese “corazón inquieto” del que habla San Agustín, que ansía el descanso feliz en Dios. Pero volvamos a nuestro asunto.

Desde hace un par de décadas se viene poniendo un acento sobresaliente en la educación “emocional”. Tal vez fuera más oportuno decir “afectiva”, ya que comprende más elementos que las emociones -de suyo pasajeras e inestables- y es en el fondo una educación del corazón, entendido este en la segunda acepción antes indicada, como lo más íntimo de la persona, el “yo” interior. 

Y es que cuando la afectividad se reduce a “lo sentimental”, las relaciones tienden de hecho a verse como búsqueda de vínculos placenteros, interesados, donde no se tiene en cuenta el bien incondicional de la otra persona (a menudo ni siquiera el propio) ni la dimensión objetiva de la realidad (el orden moral objetivo).

Educar la afectividad, así pues, es enseñar a dirigir las inclinaciones naturales de forma respetuosa, equilibrada, creativa, alegre: amando lo que es bueno realmente y anteponiendo lo más valioso a lo menos importante y, sobre todo, cuidando de que la dignidad de las personas no se vea amenazada. 

La educación afectiva incluye el empeño por orientar las pasiones, los afectos; no se trata de asfixiarlos de manera voluntarista sino de integrarlos en una vida dirigida a los valores verdaderos para amar lo realmente bueno. No existe oposición entre pasiones y voluntad, sino complementariedad: la educación de la persona no se orienta a suprimir las pasiones sino a su integración en una personalidad armónica y volcada hacia los bienes verdaderos.

Alasdair MacIntyre afirma que “actuar virtuosamente no es actuar contra la inclinación; es actuar desde una inclinación formada por el cultivo de las virtudes”. La virtud ciertamente es un hábito operativo, pero es al mismo tiempo un hábito del corazón. 

(Publicado en el semanario LA VERDAD el 24 de diciembre de 2021)

miércoles, 28 de enero de 2015

APRENDIZAJE VICARIO: LA IMPORTANCIA EDUCATIVA DE LOS MODELOS


 Llamamos “aprendizaje vicario” a la adquisición de conductas por medio de la observación.
            
Albert Bandura se refiere, entre otras, a esta modalidad de aprendizaje consistente en aprender observando a los otros. Por el solo hecho de ver lo que otros hacen y las consecuencias que se siguen de su comportamiento, se aprende a repetir o evitar esa conducta.


No todo el aprendizaje se logra experimentando personalmente las acciones. En el aprendizaje vicario el refuerzo se basa en procesos imitativos cognitivos del sujeto que aprende con el modelo. En los primeros años, los padres y educadores serán normalmente los modelos básicos a imitar.

Bandura también dice que al ver las consecuencias positivas o negativas de las acciones de otras personas, las apreciamos y asumimos como si fueran nuestra propia experiencia en otras circunstancias. Son muchos los ejemplos de cómo los niños observan e imitan a sus padres y aprenden de lo que les sucede a sus hermanos, cuando éstos son regañados o premiados, y entonces rigen su actuación de acuerdo con sus observaciones.


Así se aprenden los valores y las normas sociales y se educa emocionalmente: cómo manejar los impulsos agresivos, cómo prestar y compartir las cosas, cómo tratar con respeto a otros, como vencer y superar un apetito desordenado… por mencionar sólo unos ejemplos. Estos procesos se dan toda la vida.

Evidentemente, en este marco se incluye la huella que pueden dejar en los niños y jóvenes narraciones, películas, series, anuncios publicitarios, noticias, cuentos, lecturas, videojuegos, etc. Y no está de más  comprobar en qué gran medida influyen en muchas personas adultas (¿?) fenómenos televisivos como los reality show.