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lunes, 16 de marzo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (169)

ENSEÑANZA DE LA RELIGIÓN Y SENTIDO DE LA VIDA

            Afirmábamos no hace mucho que la reflexión sobre el “para qué” de la existencia es esencial en el proceso educativo, pues de ella depende no solo la acción educativa sino la orientación y el contenido de la vida personal. Por esta razón, añadíamos, la familia y la escuela deben transmitir conocimientos y habilidades, pero también ofrecer significados. 

Es gravemente contraeducativo el intento de convertir la educación en un quehacer no alineado con ningún valor de sentido, amparado en una supuesta neutralidad acerca de valores y creencias, pero que hace inviable una vida lograda, fruto del cultivo de la inteligencia, de la voluntad y del corazón para hacerlas capaces de buscar responsablemente la verdad, el bien y la belleza. 

En tales condiciones no cabe más que una vida a merced de los vaivenes de la emotividad espontánea, no cultivada, irracional. La denominada “crisis de sentido” a la que se suele aludir para caracterizar el tono de nuestra cultura, es en el fondo ausencia de finalidad. 

Pero sin finalidad no hay posibilidad de proporcionar unidad y dirección a los aconteceres dispersos que configuran una vida. Tampoco a la educación. Sin finalidad no hay confianza en el futuro sino un pasivo estar a “verlas venir” y un quedar a merced, ya sea de las ganas y las desganas, ya sea de iniciativas manipuladoras que dicen saber lo que nos conviene para dejarnos inermes ante instancias políticas y/o económicas.

El nihilismo es el más grave síntoma de toda decadencia cultural. Una decadencia, en este caso, que se produce al desaparecer la posibilidad de elevación -de trascendencia- en el ser humano. Y es precisamente esta cultura decadente -tiznada radicalmente de anticristianismo- la que está tratando hoy de imponer modelos de altruismo indoloro, de indefinición, de diversidad queer, de pacifismo filantrópico descomprometido. ¿Estaremos ante aquellos “últimos hombres” decadentes de los que hablaba Nietzsche en su Zaratrustra, que solamente aspiran a un “lamentable bienestar”? 

Desde hace más de un siglo parecía que quedábamos explicados como seres humanos desde el materialismo científico. Pero alguien tan alejado del pensamiento cristiano como E. Cioran llegó a preocuparse cuando escribió: "Al desacreditar a Dios con la exaltación del materialismo sólo se ha conseguido volver a Dios más obsesionante. Todo se puede sofocar en el hombre, salvo la necesidad de lo absoluto."

Porque el hecho es que existe en todo ser humano un ansia básica de felicidad, de plenitud, que apela a “algo más allá” de esta vida. Algunos pueden sentirse tentados a conformarse con su precariedad -ahora se ha puesto de moda el estoicismo: “abstente, soporta y acepta lo inevitable con serenidad”-, pero también pueden tomarse en serio su necesidad de sentido y vivir coherentemente para alcanzarlo. Y en esto consiste esencialmente el hecho religioso.

Cabe recordar que nadie está obligado a cursar la asignatura de Religión Católica, pero a algunos escuece que el ejercicio de la liberad no comulgue -nunca mejor dicho- con sus pretensiones de ateísmo (laicismo) en el sistema educativo y en la vida. 

El cultivo de la dimensión religiosa, que es parte fundamental de la cuestión acerca del sentido de la vida, no puede ser soslayado en la educación sin dejar mutilado y deforme en el ser humano su crecimiento como persona. Tal vez sea así como nos quieren los que dicen saber lo que nos conviene.

       (Publicado en el semanario La Verdad el 13 de marzo de 2026)

lunes, 2 de marzo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (167)

Y TODO ESTO… ¿PARA QUÉ?

Desciende un punto y medio el porcentaje de alumnos que asisten a clase de religión  católica

Para que la educación cumpla de verdad su propósito resulta fundamental definir los criterios en torno a los cuales se estructura una visión cabal de la realidad. Esta visión será la base para disponer de un modelo conceptual humanizador y para emitir juicios de valor sólidos. La escuela debe transmitir conocimientos y habilidades, pero también ofrecer significados. 

El verdadero objetivo de la educación es ayudar al alumno a establecer referentes que le permitan interpretar la realidad, revisando los modelos conceptuales implícitos y explícitos en cada área del saber. Sin estos referentes el estudiante podrá, como mucho, acumular información, pero no logrará una comprensión profunda del mundo ni sabrá orientarse en lo relativo al bien y al mal.

El ser humano posee una necesidad radical de sentido, evidenciada en su deseo de felicidad y plenitud, especialmente ante la conciencia de la muerte como horizonte inevitable. La muerte es indudablemente el término de esta vida, pero hay algo en el ser humano que mira más allá y que anhela que el horizonte no sea la nada. La educación no debería eludir la apertura a lo trascendente. 

Escribe Aristóteles en su Ética a Nicómaco: “A pesar de no ser más que hombres, no debemos limitarnos, como quieren algunos, a los conocimientos y sentimientos puramente humanos: ni reducirnos, mortales como somos, a una condición mortal; es preciso, al contrario, que en cuanto de nosotros dependa nos desatemos de los lazos de la condición mortal y hagamos todo lo posible por vivir conforme a lo mejor que hay en nosotros”. 

Pero el caso es que en los últimos tiempos se ha recrudecido en ciertos sectores culturales y políticos el deseo de eliminar las clases de religión del ámbito escolar. Esta pretensión se traduce en un acoso constante contra la presencia explícita y confesional del hecho religioso en el currículo educativo.

La estrategia empleada en ocasiones es directa y frontal -partidos que amenazan con denunciar el Concordato entre el Estado y la Iglesia Católica-. En otras se recurre a métodos indirectos: restar valor académico a la asignatura de religión, reducir las horas de impartición, eliminar la asignatura alternativa, denigrar y entorpecer el ejercicio laboral del profesorado de religión... Sería oportuno visibilizar las dificultades y el maltrato que sufre a menudo este profesorado en centros públicos. Cabe recordar que la asignatura de Religión Católica es optativa, nadie está obligado a cursarla si no lo desea.

Este afán hostigador distorsiona tanto el ser como la finalidad de la educación, cuya misión principal es ayudar al alumnado a desarrollarse íntegramente, a adentrarse en la realidad de manera lúcida, responsable y constructiva. La reflexión sobre el “para qué” de la existencia es esencial en el proceso educativo, pues de ella depende la orientación y contenido de la vida personal. 

Las relaciones que cada uno mantiene con Dios, sean cuales sean, se dan en el ámbito más íntimo de la persona, hacia el que el docente debe ser máximamente respetuoso, pero nunca indiferente ni displicente.Negar o ignorar la dimensión religiosa mutila el desarrollo integral del ser humano, ya que sin certezas sobre el fin último de la vida no se pueden establecer criterios sólidos de comportamiento. ¿Por qué he de ser respetuoso en mis juicios y en mi obrar si “da lo mismo”, porque al final “no hay nada”?

(Publicado en el semanario La Verdad el 27 de febrero de 2026)

martes, 6 de enero de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (160)

LOS JÓVENES, LA ESCUELA Y LA PÉRDIDA DE SENTIDO

 


No dejan de sobresaltarnos las noticias tristes de jóvenes afectados por la depresión y por un malestar emocional difícilmente soportable, hasta el punto de caer, en algunos casos -siempre demasiados- en la tentación de acabar con su vida. 

A menudo los motivos vienen del desprecio que sienten por parte de compañeros en el ámbito escolar, en el de las amistades y en el de las redes sociales. Es este un asunto muy preocupante, que delata serias e inadmisibles tendencias egoístas por parte de los agresores y de quienes les aplauden y jalean a menudo, o simplemente, guardan silencio. 

No deja de sorprendernos también la fragilidad emocional tan frecuente, la falta de resiliencia en las víctimas, su soledad y su dificultad para acudir a quien pudiera ayudarles: padres, profesorado, autoridades... 

Pero habría que preguntarse también si la proliferación de manifestaciones neuróticas de la personalidad, sin que medie una amenaza externa explícita, tiene alguna relación con la devaluación del propio ser personal, y ésta, a su vez, con la experiencia de la pérdida de sentido. 

Gianni Vattimo afirma que “Dios muere en la medida en que el saber ya no tiene necesidad de llegar a las causas últimas (...) En esta acentuación del carácter superfluo de los valores últimos está la raíz del nihilismo consumado” (El fin de la modernidad, Barcelona, pág. 17) ¿Proclama con ello sólo la muerte de Dios, o está proclamando la desaparición de todo sentido? Y al hacerlo, ¿no está frustrando la tendencia profunda del ser humano a la búsqueda de un significado, devaluando también a la propia persona hasta la categoría de “valor superfluo”? Un hombre o una mujer sin significado terminan siendo un hombre o una mujer in-significantes.

Este nihilismo se ha convertido no ya en una filosofía de gabinete, sino en una capa de pensamiento que se respira y alienta los modos de vida hasta convertirse en modelos conceptuales, en estructuras mentales, en inconscientes colectivos desde los que se lee la realidad y desde los que se actúa con absoluta “naturalidad”.

A esa pérdida del sentido personal del hombre también ha podido contribuir la escuela, deudora al fin y al cabo de las sensibilidades de su tiempo, en especial de las dominantes. Una escuela que se ha podido dejar fascinar por las distintas novedades que han ido pasando delante de sus ojos: el cientificismo, el tecnologismo, el utilitarismo, el productivismo, el hedonismo, el colectivismo, el individualismo, los mesianismos sociales... Muchos “ismos…” y un mismo horizonte, sin trascendencia vital. En el fondo, una educación envenenada de nihilismo, presentista y que no lleva a ninguna parte.

       Pero la educación va más allá de los procesos meramente instruccionales, movidos por la técnica y la eficacia, y de los procesos de socialización, ideologizados y politizados por lo general. 

Es fundamental y muy urgente tomar conciencia de que la educación es una “periferia” donde un bautizado está llamado a aportar vida y sentido, comprometiéndose de verdad: como docente (profesorado, equipos directivos…), como padre (familia y asociaciones), como alumno (formándose en serio y participando en la representación escolar). Y a reivindicar otra política educativa, fundada en criterios, valores y procedimientos que se correspondan con la condición personal del hombre y con su dignidad, no con señuelos ideológicos proclives a la perversión, la manipulación y el nihilismo.

(Publicado en el semanario La Verdad el 26 de diciembre de 2025)

domingo, 1 de diciembre de 2013

LAS DIMENSIONES ESENCIALES DE LA PERSONA HUMANA, CUERPO Y ESPÍRITU



       En la persona humana podemos reconocer dos dimensiones principales: corporalidad y racionalidad.


Corporalidad
      
       Nuestro cuerpo es un organismo biológico, dotado de unos órganos (anatomía) y de un funcionamiento (fisiología) orientado a la supervivencia.

       Pero además nuestro cuerpo es expresión de algo más, de una realidad íntima o interior: esa realidad íntima es lo que se conoce, entre otros nombres, con el de racionalidad. El ser humano posee una vida biológica pero también una vida biográfica, una historia personal irrepetible, en virtud de nuestra racionalidad.



  Racionalidad 
    
    Esta dimensión, más íntima y personal que la mera corporalidad, consta a   su vez de otras dimensiones:

a) La inteligencia es la capacidad o facultad de conocer el ser profundo de las cosas. Supone comprender lo que las cosas son.

b) La voluntad es la capacidad de disponer de sí mismo con vistas a lo que se sabe que es bueno. Supone una autonomía en el obrar, la posibilidad de disponer de sí mismo: libertad o autodominio (ser dueño de los propios actos, decisiones e iniciativas) y responsabilidad (asunción de las implicaciones y consecuencias de los actos realizados por propia iniciativa).

c) La apertura a la belleza es la capacidad estética del espíritu humano: percibe la belleza en el mundo y es capaz de contribuir a ella. Dimensión que trasciende el puro dato sensible y que revela la creatividad del espíritu humano.

d) La sociabilidad es la inclinación natural a dar y recibir compartiendo de algún modo la propia vida con otras personas. La sociabilidad se funda en una doble tendencia o necesidad humana: la necesidad de recibir o dependencia, y la necesidad e inclinación a dar o efusividad.

e) El dominio es la relación propia del ser humano con las cosas que forman entorno natural en que discurre su vida. Implica para el ser humano una responsabilidad o tarea, un trabajo cargado de exigencias para el hombre mismo: encontrarse al cuidado de la tierra y de los seres naturales para convertir el mundo en un lugar habitable.

f) Trascendencia indica aquí la conciencia de la ordenación de la propia existencia a un fin último de plenitud. Es la apertura y necesidad de un sentido para la propia vida, el ansia de felicidad. Sin un sentido, sin trascendencia, la vida humana se viviría en rigor para nada, por lo que todo en la existencia se convertiría en irrelevante y la existencia humana misma en un absurdo, lo cual haría insoportable el vivir.


Una definición de persona (humana):
Una persona es un ser dotado de naturaleza racional, único e irrepetible, y llamado a configurar su propia vida de acuerdo con el desarrollo responsable de su libertad.


viernes, 21 de diciembre de 2012

TODO ERA MUY BUENO

Una maravilla de luz y de sonido ante 
la belleza de la creación... 
Paz.
Disfrutadlo, amigos

(pinchad en el enlace:)



"La criatura debe alabar al Creador, pero el libro del Génesis nos revela que el Creador alabó en primer lugar a su criatura. Y varias veces, como si una sola no bastara. En fin, ante su obra acabada, concluyó que 'todo era muy bueno', por eso santificó el séptimo día con un reposo que debe ser el eco de ese reconocimiento. ¿Habrá sido destruido todo después del pecado? Los dones del Señor se dan sin arrepentimiento. Aun herida, esta tierra es bella.

"...Resulta que eso es lo que produce siempre la experiencia de las bellezas de aquí abajo: cierta alegría y al mismo tiempo un sentimiento de exilio. La belleza tiene 'la capacidad de herirnos en el momento mismo en que nos encanta con su plenitud y su dulzura sin igual' (M. Cagin). Son las cosas, en su presencia misma, las que nos sugieren un más allá. La realidad creada está en tensión, por naturaleza, bajo nuestras miradas. Nunca está más cercana que cuando nos remite al infinito. Amarla es también, por lo tanto, amar a su fuente, es también desear esa fuente inaccesible.


"Una Providencia baña todo el universo material. El que la sabe admirar es llevado a confiar en ella. Ha sacado el mundo de la nada, ¿cómo no iba a tener la fuerza de sacar nuestros cuerpos de la tumba? Nuestra esperanza en la otra vida se apoya en nuestro asombro ante esta vida, que es su germen. Nuestra disposición al martirio procede de nuestra admiración ante una brizna de hierba.


  'Sentir la belleza de una cosa, como lo hacemos sin que nada nos prepare y menos aún nos obligue a ello, es experimentar que resplandece más allá de sí misma; es experimentar, al final de los finales, que esa cosa abre algo, para no acabar ya nunca... Por ella podría comenzar la preparación del cielo más alto. En la misma tierra, que ya no se abriría solamente a golpes de pala para las tumbas'. (Ph. Jacottet)"


(F. Hadjadj: Tenga usted éxito en su muerte. 

Nuevo Inicio, Granada. Págs. 138-148)