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miércoles, 12 de febrero de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (129)

“APUNTA ALTO, TRABAJA DURO”. 

EL ÉXITO EDUCATIVO DE ESTONIA (y III)

 


Muchos indicadores revelan que Estonia 'cree' de verdad en la educación. Tras escapar del yugo soviético, este pequeño país, partiendo de una situación social y económica muy adversa, apostó por la digitalización y por la mejora del sistema educativo, centrándose en tres asuntos principales: 1) que las leyes educativas fueran realistas y eficaces, 2) la reforma de los currículos para centrarlos en lo esencial y 3) la formación del profesorado.

Ya el primer Informe McKinsey, de 2007 (“Cómo hacen los sistemas educativos con mejor desempeño del mundo para alcanzar sus objetivos”), apuntó a que la calidad de un sistema educativo depende sobre todo de la calidad del profesorado. Estonia es un buen ejemplo de ello. Formar excelentes profesores es asegurar la excelencia del sistema.

Los profesores estonios son preparados para desarrollar el pensamiento analítico y crítico de los alumnos, así como el pensamiento sistémico, la comprensión global y la capacidad de tomar decisiones éticas. La ética, en particular, se está convirtiendo en un aspecto fundamental en un entorno rico en tecnología como el que se ha instaurado en Estonia. Un objetivo fundamental en todas sus escuelas es el desarrollo de esta “habilidad”.  Con otras palabras, asumir la virtud de la prudencia como objetivo educativo básico.

Desde la época soviética había escuelas que enseñaban en ruso, pero los datos demuestran que la inmersión obligatoria en una lengua no materna en comunidades bilingües perjudica el aprendizaje. Esto se ha convertido en una prioridad para las autoridades educativas, porque no hablar con fluidez estonio, la lengua común, está siendo un obstáculo para el rendimiento de los estudiantes y para su futuro. Por ello se está intensificando el aprendizaje de la gramática y el uso vehicular de la lengua estonia.

Como contraste, frente a un sistema que ha asumido como lema “Apunta alto, trabaja duro” -es decir, aspiremos a la excelencia y valoremos el esfuerzo en el aprendizaje-, Gregorio Luri, ante la tendencia observada en sucesivos informes PISA, lamentaba que “nuestro sistema (el español) genera más deficiencia que excelencia, desde 2009 los alumnos excelentes están disminuyendo y los más rezagados, aumentando. Un 28%, es decir, casi un tercio, están en las franjas de abajo, y un 5% en las franjas de arriba”. 

        Lamentaba también Luri que “los docentes sufren una carga burocrática absurda” en nuestro país. El afán controlador de las administraciones educativas, impulsado por el actual marco legislativo, obliga al profesorado a dedicar casi la mitad de su horario efectivo a un papeleo atosigante. 

        Si a esto se añade la avidez política por adoctrinar ideológicamente al alumnado se comprende también lo que afirma el profesor navarro: “¿Dónde está la clave del éxito educativo? , le pregunté a un político de Singapur. Me contestó: 'En que cada docente sepa en cada momento por qué hace lo que hace'. Parece obvio, pero no lo es. A un profesor coreano le pregunté lo mismo y me dijo: 'Si un alumno en Corea presenta deficiencias de comprensión lectora (el 8% de los alumnos de 15 años) concluimos que su instrucción ha sido deficiente. Mientras, en España (donde se da un 20% ), lo enviáis al psicólogo'. Es decir, cuando hay problemas echamos balones fuera”, concluye. Sin embargo, añade, en España hallamos notables excepciones; nos fijamos mucho en otros países: “No hay que ir a Finlandia, que hoy es un juguete roto, sino a Soria, Valladolid y Burgos…”

(Publicado en el semanario La Verdad el 7 de febrero de 2025)

lunes, 2 de octubre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (79)

¿EDUCAR PARA EL BIENESTAR O PARA EL BIEN SER?



Cediendo a una falsa socialización, reducido el ser humano a mera unidad de producción y de consumo, a simple elemento del sistema social pastoreado por el Estado, sin referencias trascendentes para su vida, no puede aspirar más que a estar (y cuando llegue la muerte… fin). ¿Recuerdan aquello de que el hombre es un “ser-para-la-muerte”, una “pasión inútil”?... 

Pero si hemos venido al mundo solo para estar, la única aspiración posible es estar bien, un bienestar regido en el fondo por el principio del deseo. Y como cada uno va a lo suyo y procura imponer sus deseos, el contenido de las normas sociales y los valores que rigen la convivencia dependerán de quien ostente el poder político, económico y mediático. Este es el trasfondo de la mentalidad hoy dominante, que condiciona poderosamente la tarea de educar priorizando en ella la adaptación al entorno.

Todo cuanto se oponga al deseo (al placer, al éxito) se considerará represivo y poco progresista. El utilitarismo, el relativismo, el narcisismo y la superficialidad configuran así el panorama ético vigente. 

Y así, si se trata de estar bien, en las relaciones interpersonales viene a regir una débil tolerancia (“si están bien así…”, “si así son felices…”, “si es lo que han elegido…”, “si se quieren…” pues vale). Pero esta tolerancia emana en el fondo de la indiferencia al ser del otro. La tolerancia (“yo te tolero…”) es un vínculo pobrísimo. A lo sumo se espera que, en contrapartida, a uno le dejen montarse la vida a su gusto.

Además, desde el estar como argumento vital no son bien vistas las convicciones; solo caben posturas. Tener convicciones suena a rígido, a absoluto… Cambiar de convicciones resulta demasiado difícil. Ya no se pregunta: “¿cuáles son sus convicciones…?, sino “¿cuál es su postura acerca de…”? Porque cuando no se está bien, lo más cómodo es cambiar de postura. Si las posturas se mantienen durante un tiempo acaban cansando. Será preciso entonces cambiarlas con frecuencia, relativizarlas para estar más cómodos. Y así, casi imperceptiblemente, se sustituirá la ética por la estética e incluso por la simple cosmética... La realidad se reemplaza por las apariencias. No importa hacer el bien, sino quedar bien. La aspiración a la excelencia (a cultivar y dar lo mejor de sí) será desbancada por el glamour y por el afán de convertirse en influencer.

Sin embargo, se quiera o no, el hombre no ha nacido para estar sino para ser. Y la educación ha de ayudar, no al bienestar sino al bien ser, al perfeccionamiento moral de la personalidad.

El ser humano es a un tiempo don y tarea. Se nos han dado la existencia y la vida, así como el privilegio mismo de ser humanos. La naturaleza humana (hoy tan mal entendida y menospreciada) es nuestro modo constitutivo de ser; nos otorga un patrimonio de magníficas capacidades y a la vez es una pauta que nos marca la diferencia entre lo bueno (lo humano) y lo malo (lo inhumano).

Si no actuamos, si no crecemos y no educamos de acuerdo con lo que somos -personas, hombres, mujeres-, surgirá la frustración, el sentimiento de fracaso, el hastío, el desequilibrio, la desesperanza, que son la consecuencia de una vida superficial e intrascendente. De un mero estar sin (querer) ser.

   (Publicado en el semanario La Verdad el 29 de septiembre de 2023)


sábado, 17 de diciembre de 2022

NATURALEZA (HUMANA) Y CULTURA: ALGUNAS PRECISIONES BÁSICAS





 
INTRODUCCIÓN

El 22 de septiembre de 2011, el papa Benedicto XVI se dirigía al Parlamento Federal de Alemania, desarrollando el que para algunos comentaristas, como John L. Allen, era “el mejor discurso de su pontificado”.

En él, el pontífice tomaba pie en una extendida conciencia ecológica para recordar que también existe una naturaleza humana, que sirve de referente para la comprensión del ser humano y para el comportamiento ético. La complacencia inicial de los presentes se tornó al parecer en nerviosismo por parte de algunos al apreciar la lógica impecable de la argumentación. ¿Qué es lo que hay en la raíz del concepto de naturaleza humana? ¿Por que es tan importante reflexionar acerca de él en nuestro tiempo?

“La importancia de la ecología es hoy indiscutible. Debemos escuchar el lenguaje de la naturaleza y responder a él coherentemente. Sin embargo, quisiera afrontar seriamente un punto que –me parece– se ha olvidado tanto hoy como ayer: hay también una ecología del hombre. También el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana.” 

La naturaleza está a disposición del ser humano, no como un montón de desechos esparcidos al azar, o como una ley implacable que anula la libertad del hombre, sino como un don en el que se aprecia una estructura intrínseca  que permite que el hombre descubra las orientaciones que se deben seguir para su propio perfeccionamiento humano y el del mundo.

Es conveniente esclarecer qué ha de entenderse con el concepto de naturaleza, en especial cuando nos referimos a la naturaleza humana, a la hora de comprender al ser humano, de fundamentar moralmente su comportamiento y de ofrecer pautas realistas para la acción educadora.

Vamos a dividir esta exposición en tres partes y una reflexión final. La primera parte será para exponer qué se entiende por naturaleza, la segunda para explicar qué es la cultura y en qué sentidos puede entenderse la palabra “cultura”. La tercera, para poner en relación “naturaleza” y “cultura”, especialmente en el caso del ser humano. Terminaremos con unas reflexiones a modo de consecuencias o de conclusiones, a la vista de todo lo anterior.

Pero esto sólo es el principio. El tema es fascinante y daría muchísimo más para pensar, conversar, incluso debatir, ya que es uno de los más importantes que se plantean en nuestro tiempo (aunque mucha gente no se ha parado a pensar en ello).



1. “NATURALEZA”

La palabra naturaleza proviene del latín “natura” (del verbo “nascor”, nacer), y se refiere al conjunto de las cosas que han “nacido”, que han sido engendradas o generadas. En griego, “natura” se dice “physis”, y de ahí palabras como “física”, “fisiología…”

En este sentido hablamos de la Naturaleza para referirnos al entorno universal del que nosotros formamos parte: el conjunto de las cosas, de los seres vivos, el mundo, la realidad que está a nuestro alrededor… Y así decimos, por ejemplo que la Naturaleza preside el ciclo de las estaciones, que ella ha dotado a los animales de sus capacidades e instintos, o que se presenta a nuestros ojos y ante nuestra vida como un escenario asombroso, magnífico, que tenemos que aprender a comprender y en el que tenemos que aprender a vivir…

Suele añadirse, con más o menos claridad, que la naturaleza contiene en su seno un “orden”, unas leyes “físicas” y biológicas, cuyo conocimiento es el objeto de las llamadas “ciencias naturales o de la naturaleza”, por ejemplo. La ley de la gravedad, entre otras muchas, que estudia la Física mecánica, estarían en este caso. Pero también están los procesos según los cuales los seres vivos crecen, se relacionan y reproducen, se desarrollan de forma saludable… La Química y la Biología pueden ser aventuras llenas de asombrosos descubrimientos. Dichas leyes son “fijas” y estables.

En sus orígenes, la Filosofía –que no se diferenciaba de la Ciencia- surgió entre los griegos como el estudio racional -lo más sistemático posible- de la Naturaleza, de la “physis”, del origen de todas las cosas, del orden (“kosmos”) que las preside…

Poco después, pensando que cada cosa tiene un modo de ser que lo caracteriza y lo define, y que la constituye desde el principio, se empezó a llamar “naturaleza” a ese “modo constitutivo de ser” propio de cada cosa, incluido el ser humano también. En este sentido, “naturaleza” es sinónimo de “esencia”, “especie” o “índole”. Es… lo que esa cosa es. Hablamos así de que, por ejemplo, es propio del fuego el quemar, del agua el mojar, del ojo el ver, del oído el oír, de las plantas y de los seres vivos un conjunto de procesos de nutrición, crecimiento, reproducción, pautas de comportamiento… Cada tipo de cosa (un perro, un árbol, una nube, un metal, el hombre…) tiene “su naturaleza”, su modo propio de ser.

Esta “naturaleza”, en cada tipo de cosa, incluye las propiedades y operaciones características que lo definen. Dichas propiedades y operaciones pueden ser variadísimas. Cuando un conjunto de seres coinciden en tener las mismas características en lo fundamental, reconocemos que poseen la misma naturaleza. Por ejemplo, los estados físicos: sólido, líquido, gaseoso… hay seres de naturaleza sólida, etc. Pero también puede referirse a los animales de la misma especie (perros, gatos, trigo, abeto, rosal, etc.) Se trata, obviamente, de un término que suele utilizarse en sentidos muy amplios.

En cierto modo, suele precisarse un poco este término para referirse al modo de ser que las cosas tienen “de suyo”, “desde su origen”, de manera innata, o incluso “genéticamente”. 



2. LA NATURALEZA HUMANA

En el caso del ser humano -que es algo especial porque su naturaleza es extraordinariamente abierta, rica y fecunda (luego diremos algo de por qué es así…)- su naturaleza constitutiva, su esencia, se ha definido así: El ser humano es el “animal racional”. La definición es de Aristóteles, filósofo y científico del s. IV a. Jc., uno de los más grandes de toda la historia. Esta es una definición muy escueta, pero si se profundiza en lo que quiere decir, tiene un significado muy profundo.

Todos los seres humanos, hombres y mujeres, a pesar de muchas diferencias secundarias o menos importantes, coincidimos en esto. Somos “animales racionales”.

Esto abarca lo biológico, lo físico y lo químico (somos “animales”, lo cual incluye también muchas cosas en común con las plantas en general, e incluso con los seres inertes, puramente físicos, pues también en nuestra naturaleza encontramos cualidades comunes con las piedras –nuestro cuerpo está formado por elementos químicos…-, los mamíferos –nos desplazamos, nos reproducimos vivíparamente, vemos, oímos, recordamos, tenemos apetitos y tendencias…-, los vegetales –respiramos, asimilamos elementos externos y los metabolizamos…-, etc.)

Pero nos diferenciamos de los demás seres, tanto vivos como inertes, por nuestra racionalidad: podemos pensar de manera inteligente, comprender, reflexionar (inteligencia), y podemos elegir, tomar decisiones de manera autónoma (libertad), somos responsables por lo tanto de lo que decidimos…, podemos apreciar la belleza y contribuir a ella, podemos actuar de manera deliberada para alcanzar objetivos y producir objetos…, nos organizamos en comunidades de iguales (sociabilidad)… Hay “algo” decisivo que rebasa lo biológico en el ser humano (es a lo que se ha llamado “espíritu”). Pero vayamos poco a poco.

A diferencia de otros seres, nuestra naturaleza humana (racional, aunque sin dejar de ser “animal”) nos abre mucho “espacio” para que individualmente concibamos (con inteligencia) y organicemos (con voluntad libre) nuestra vida. “Lo individual” es altamente significativo en la especie humana, mientras que en el resto de los seres vivos “domina (biológicamente) la especie” por así decir, la cual marca sus pautas de comportamiento a los individuos (cada especie tiene sus “instintos característicos”).

Los seres humanos no estamos tan ”atados” a nuestras necesidades biológicas, aunque las tengamos. Las leyes físicas, químicas o biológicas nos afectan en cuanto “animales”; pero -sin dejar de estar sujetos a las leyes físicas- en cuanto racionales podemos actuar con un margen asombroso de autonomía.

Las demás especies vivientes siguen un proceso de adaptación al medio, mientras que en el caso del ser humano ocurre algo sorprendente: puede transformar y de hecho ha transformado el medio -contando siempre con sus leyes constitutivas- para adaptarlo a sus necesidades y proyectos, dotándolo de significados nuevos.

Además, puede decirse que si conocemos el comportamiento y la naturaleza de un animal, conocemos básicamente la de todos sus congéneres de la misma especie. Pero esto no es así en el caso de los seres humanos. Quien conozca a un amigo tuyo, sólo con eso no puede tener idea suficiente de quién o cómo eres tú o las demás personas. Nuestra individualidad es altamente significativa.

En este sentido, también, se ve lo que queremos decir cuando decimos que el ser humano -cada hombre, cada mujer- no es simplemente “algo”, sino “alguien”, significativo y relevante como individuo, por sí mismo.

Nuestra naturaleza racional nos dota de una capacidad asombrosa para ejercer un protagonismo a la hora de “vivir” nuestra vida, la cual es mucho más que “biología”: Nuestra vida es también “biografía”, una historia personal única.



3. “CULTURA”

El término “cultura” procede del latín también: del verbo “coleo, colere”, cultivar. Y, efectivamente, significa el “cultivo”, la acción transformadora y de cuidado que el ser humano lleva a cabo, ya que en virtud de su naturaleza racional no sólo se somete y se adapta a las condiciones dominadas por el orden físico de su entorno, sino que interviene de manera activa, autónoma, creativa, llegando a configurar un “entorno humano”, a partir del natural, pero marcado por el sello original de la inventiva y la creación libre, inteligente, de la que está dotado. Es la diferencia que apreciamos entre un campo salvaje (este término proviene de selva) y un campo cultivado, roturado y ordenado por la acción humana.

¿Qué es, primariamente, pues, la cultura? Es la acción “cultivadora”, transformadora, que el ser humano realiza sobre el mundo y también sobre sí mismo. Esto último es muy interesante: también podemos -y necesitamos- cultivarnos a nosotros mismos (es el ámbito, por ejemplo, de la educación, de la ética, de la formación artística, etc.)

La cultura viene a ser entonces todo lo que los seres humanos han producido -lo ‘artificial’- para adaptarse y sobre todo para transformar su entorno físico (natural) y hacer su vida posible a la vez que más humana: la técnica, las leyes, la ciencia, la cocina, el dinero, la música, las instituciones sociales, los remedios médicos etc.

La cultura es el cultivo de lo humano en el propio hombre y en el mundo.

Suele precisarse más aún: se distingue entre la civilización y la culturapropiamente dicha. Aunque también pueden entenderse como sinónimos, civilización se refiere más a los aspectos técnicos y materiales de lo que los hombres han aportado al mundo -la industria, los inventos, las herramientas, etc.-, mientras que cultura se reserva más bien para los aspectos espirituales: arte, costumbres, educación, moral, tradiciones, pensamientos, creencias, valores… Pero esta distinción no nos afecta demasiado por ahora.



4. LO NATURAL Y LO CULTURAL EN EL SER HUMANO

Así entendido, lo cultural se “contrapone” a lo “natural” -a lo innato, a lo que al ser humano le viene dado de antemano-, para referirse a lo que el hombre ha producido “artificialmente” con sus manos, con su esfuerzo; lo que ha sido aportado y construido por él. 

Algunos, a partir de Aristóteles, hablan de que el ser humano ha ido configurando como una “segunda naturaleza”, refiriéndose con ello al entorno social y cultural en el que éste nace y vive, y a través del cual divisa, a veces un tanto distorsionado, el ámbito original del que procede. También se habla de una “segunda naturaleza” en el ámbito subjetivo, cuando un individuo, a partir de su constitución biogenética original, va configurando en sí mismo un carácter o una personalidad que es fruto de sus elecciones y decisiones, de los acontecimientos, aprendizajes y experiencias que protagoniza, que le van afectando a lo largo de su vida y que pasan a definir también en gran medida su comportamiento y su manera de pensar y de sentir.

Aquí surge un buen debate, al menos aparente, cuando se contrapone lo natural originario -lo dado, lo innato-, por un lado, y lo artificial o cultural –lo adquirido, lo aprendido- por otro. Así lo entendía, entre otros, Rousseau.

Pero la cosa no es tan simple, porque también puede decirse que en el modo constitutivo de ser del hombre, en su esencia o naturaleza, se da una apertura a lo cultural por la presencia de la racionalidad -de la inteligencia y de la voluntad o libertad, singularmente-, de manera que la cultura viene a ser, por así decir, la culminación y perfeccionamiento de la naturaleza humana.

Por ello no es ninguna contradicción afirmar que la naturaleza humana, por ser racional, es “cultural”: Como el ser humano no nace especializado biológicamente para adaptarse a un medio propio, ha de adaptar la naturaleza externa a sí mismo, a sus expectativas, necesidades y proyectos, transformándola. Y por medio de esta transformación puede “humanizar”, hacer habitable y perfeccionar el mundo, y a la vez cultivar su propia naturaleza, perfeccionándose y realizándose a sí mismo por medio de la educación, de la convivencia, del trabajo, del arte o de la virtud.

Además, según lo anterior, puede entenderse la naturaleza y lo natural como el ámbito de perfeccionamiento que corresponde a cada cosa -y al ser humano- según su modo de ser. Y, por lo mismo, “antinatural” sería lo que atenta contra su perfeccionamiento propio, lo que lo violenta o corrompe. Por ejemplo, es natural,para el ser humano, que haga uso de su razón cultivando el saber, y de su sensibilidad hacia la belleza admirando un paisaje o escuchando una hermosa canción o una sinfonía. Por el contrario, sería antinatural utilizar al ser humano como animal de carga u objeto de explotación económica (esclavitud). Lo mismo que sería antinatural para un vaso utilizarlo como martillo -como lo que no es-: se clavaría peor el clavo y seguramente acabaría por quebrarse el vaso.



5. CONCLUYENDO...

El ser humano se va “construyendo a sí mismo”, en cierto modo, a partir de su naturaleza, de su modo constitutivo de ser: tiene que contar con ella. No puede “crecer” como pájaro ni como encina. No es esa su naturaleza. Sólo puede crecer como ser humano, y tiene que hacerlo además, ya que su naturaleza, aunque le da unas pautas importantes, deja un espacio libre a la autodeterminación, a la relación con los demás, a la educación, a las experiencias de la vida...

Alguien ha dicho que el hombre y la mujer ‘no nacen, se hacen’… Pero el ser humano no puede hacerse a sí mismo de la nada. Entre otras cosas porque “de la nada, nada sale”. Aunque su naturaleza es libre y abierta, es la naturaleza de un ser humano, y tiene que contar con ella, apoyarse en ella, desarrollarla. La naturaleza humana es un don originario, pero es también una tarea y una caja de sorpresas. Marca a cada uno un criterio de crecimiento adecuado: el ser humano es “más plenamente humano” cuando -a partir de su naturaleza inacabada pero potencialmente cuajada de prodigios- desarrolla sus capacidades, cuando ejerce su libertad de manera constructiva, cuando es capaz de aportar al mundo su sello personal, su pensamiento y su sensibilidad, embelleciéndolo y perfeccionándolo, entrando en relación de amistad, de amor, de servicio y de colaboración con otros seres humanos...

Pero el éxito en esta aventura no está garantizado de antemano. Por eso para el ser humano vivir es siempre un riesgo, una aventura moral. Ya que por el uso que haga de su libertad es capaz de lo mejor y de lo peor. Es la cara y la cruz de su libertad.

Es responsabilidad de cada hombre, de cada mujer, hacer del ejercicio de su libertad una aportación de más y mejor humanidad -calidad humana- a los demás y a sí mismo: descubrir la verdad y comunicarla (conocimiento, ciencia, saber…), amar el bien y transmitirlo (servicio, amabilidad, convivencia, compromiso y ayuda voluntaria…), aportar belleza al mundo (arte, alegría, amor, generosidad…), aprender a dar y a recibir de los demás, caminar hacia metas de sentido, hacer tangible y ‘abrazable’ en lo posible una felicidad que sin embargo nos impulsa más allá de nosotros mismos… Vivir. Cultivar, cuidar, elevar al propio ser hacia lo mejor de sí. A.J.




domingo, 29 de mayo de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (30)

ACERCA DE LA EDUCACIÓN MORAL


 

En alguna reflexión anterior insistíamos en que la educación emocional es de veras necesaria y fundamental… si se enfoca adecuadamente; es decir, no como sustituta de la formación moral ni como un proceso de autoayuda -“sentirme bien conmigo mismo, conmigo misma…”- para venir a recaer en el emotivismo hoy imperante, sino como un saber instrumental -una verdadera formación del carácter- que ha de encuadrarse en un marco ético que le proporcione finalidad y la integre en una formación armónica y completa de la persona, en una auténtica educación del corazón. 

El fin de la educación no es hacer al educando feliz en el sentido frecuente de disfrutar de bienestar, sino capacitarle para que cultive su “mejor yo” -en expresión de Pedro Salinas- mediante sus elecciones personales. 

El conocimiento y orientación de nuestras emociones e inclinaciones sensibles ha de culminar precisamente en una educación en las virtudes que permita interiorizar y llevar a la práctica los valores éticos fundamentales. José Antonio Marina señala que los sentimientos se deben educar desde una instancia ética normativa, lo que implica "enlazar el mundo de las emociones con el mundo de la acción moralmente buena". Coincide en esto con autores como Nussbaum, Brunner, Bandura, MacIntyre o Gregorio Luri, entre otros. Escribe este último, por ejemplo: “Dudo mucho que se pueda enseñar en la escuela a gestionar emociones sin tener un principio no emocional, a saber, un modelo concreto de lo que es una persona educada. Más importante que hablar de emociones es saber qué tipo de personas aspiramos a ser. Lo que realmente nos educa emocionalmente es el ejemplo de las personas a las que admiramos.”

Y en otro momento recordábamos también que, según Aristóteles, el fin de la educación consiste en enseñar a desear lo deseable, lo valioso. Se refería con ello a educar los deseos -educación emocional y afectiva, educación del carácter- para facilitar el comportamiento ético adecuado, aquel que hace efectiva la excelencia del ser humano. 

La educación ha de aportar sentido y ayuda al perfeccionamiento de las capacidades del ser humano. Este perfeccionamiento es fruto, sobre todo, del desarrollo de virtudes intelectuales (sabiduría, razonamiento, intuición, deducción...), y morales (prudencia, justicia, fortaleza, templanza). Las virtudes son más que simples valores. Son energías. De hecho, en latín, «virtus», significa fuerza o poder. Si se practican habitualmente, reafirman progresivamente la propia capacidad para actuar y configuran de forma paulatina el carácter, la personalidad. El fin inmediato de la educación moral es el desarrollo de virtudes en una personalidad equilibrada, armónica y creativa, orientada al bien. 

La virtud es el crecimiento en el ser que acontece cuando la persona, en su actuación, obedece a la verdad y al bien. Es una ganancia en libertad. La virtud representa el rastro que deja en nosotros la tensión hacia la verdad como perfección de la persona.

Así pues, en su dimensión moral, la educación ha de orientar en la realidad, aportando discernimiento, orden y unidad a la vida humana. Su papel no es acumular más y más datos, experiencias y vivencias sin orden ni concierto, sino aportar criterio y energía a nuestra relación con la realidad, configurando armónicamente la personalidad como un todo, como el crecimiento de la persona en el ser.


        (Publicado en el semanario LA VERDAD el 27 de mayo de 2022)

jueves, 26 de mayo de 2011

¿Educación para qué?



            En estas fechas parece que, al menos por parte de algunos sectores de nuestra sociedad, la educación está siendo objeto de reflexión, debate y un notable interés. Nunca es tarde si la dicha es buena, pero… ¿habrá dicha como conclusión de todo esto?

Nada ha apartado a la actual política educativa de la línea trazada desde el principio en 1985 (con la LODE y todo lo que la ha seguido y desarrollado, LOGSE y LOE incluidas): la educación es concebida como servicio público, es una atribución del Estado y el sujeto de la educación es la sociedad -no la familia ni la persona-, preocupada por orientar y dirigir la vida colectiva: “La educación es el medio más adecuado para garantizar el ejercicio de la ciudadanía democrática… un instrumento de mejora de la condición humana y de la vida colectiva” (LOE, preámbulo, párrafo 1º)

Mala educación y malos resultados

            Es muy posible que no todos se den cuenta de que en la educación se fragua el modelo de sociedad y el futuro de las generaciones presentes. Resulta un tópico, cierto. Pero parece que no son muchos los que se paran a considerar lo que esto significa.

Desde luego, los partidos de izquierda y ciertas ideologías radicales, normalmente autodenominadas progresistas, sí parecen tenerlo muy claro. Para otros sectores, tanto grupos de opinión y de pensamiento, como para una buena parte de la sociedad, quizás la mayoría, los asuntos educativos llaman la atención cuando los medios se hacen eco de algún asunto sobresaliente: casos de acoso y violencia escolar, resultados de una evaluación internacional de resultados académicos, ciertos problemas sociales que se espera superar cuando la educación los atienda…

Con esto último se percibe más bien que la educación tiene que asumir ciertos aspectos problemáticos de la sociedad y de la propia vida académica que, en el fondo, son consecuencias, resultados, fruto del tipo de educación que se viene dispensando, o del estado de salud moral de nuestra misma sociedad.

No parece que haya tanta preocupación por la raíz de la cuestión, por el tipo de educación desarrollado en nuestro país, sus finalidades y objetivos, por el modelo de persona y el sentido de la vida que están implícitos en él; por el perfil, la calidad moral y la preparación del profesorado, la asunción por parte de las familias de su responsabilidad educativa, los valores sociales hoy prioritarios y su pertinencia o no…

En el fondo, los malos resultados que colocan a España en el furgón de cola, son expresión de algo más serio: que estamos desarrollando en estos momentos una mala educación.

Más de lo mismo…, o peor

            No parece que el fondo de la cuestión se resuelva con un mayor hincapié en el aprendizaje de los idiomas extranjeros y de las nuevas tecnologías de la información y del conocimiento. Con ello, a lo mejor, conseguiremos que nuestros niños y jóvenes digan tonterías o banalidades en varios idiomas y en formato digital. O sea, más de lo mismo, o peor. Ni siquiera se trata de reivindicar la llamada “cultura del esfuerzo” (los idiomas también cuesta aprenderlos). Lo que hay que pensar despacio es algo más esencial.

Porque lo que no se tiene claro es qué diferencia al bien del mal, que es lo que hace humanos al hombre y a la mujer y por qué, qué relieve tienen la naturaleza humana y la dignidad de la persona como referente ético previo y superior a las disposiciones del legislador y a las estrategias de poder, qué diferencia al mero placer inmediato de una felicidad profunda y duradera, si el relativismo es o no la base de una buena democracia, o qué hace que sea preferible padecer una injusticia a cometerla. Por poner algunos ejemplos.

Hoy muchos gritan: ¡Indignaos!, como proclama un panfletillo de moda. Vale. Pero hace falta algo más. Einstein dijo ya hace décadas que la nuestra es una época de medios perfectos pero de metas confusas. Hay que reconocerlo, qué listo era.