sábado, 9 de febrero de 2013

LIBERTAD Y AUTODOMINIO




            No es lo mismo necesitar que desear. Pero en un sociedad consumista no es fácil distinguir ambas cosas; y esto hace más difícil la tarea de educar el carácter y la personalidad, no sólo de niños y jóvenes, sino también de los adultos.
            La publicidad, entre otros medios de persuasión, tiende a borrar la frontera entre la necesidad auténtica y el simple deseo, por intenso que pueda ser. Un deseo, un apetito, puede obedecer a motivos no siempre necesarios, ser fruto de una ‘necesidad’ artificialmente creada.
            Gracias a los resortes persuasivos de una publicidad dotada de espectaculares medios de seducción, se puede asociar un producto –una bebida alcohólica o un perfume de tal marca, por ejemplo- con la satisfacción de un deseo -tener éxito o relaciones personales satisfactorias, tal vez-. Consecuentemente, dicho producto será percibido por el receptor, consciente o inconscientemente, como deseable, y por lo tanto como ‘bueno’.
            Pero lo que se presenta aquí como ‘bueno’ (apariencia) puede obedecer a una asociación inadecuada entre el producto y la satisfacción gozosa y profunda de una necesidad de gran calado e importancia: para establecer relaciones personales valiosas hace falta algo más que un estado de ánimo desinhibido o un desodorante (lo que no quiere decir, en este último caso, que la higiene personal carezca de importancia, por supuesto).
            Es muy fácil que se produzcan formas sutiles y a veces mostrencas de manipulación cuando existe la posibilidad de manejar los sentimientos y las reacciones emocionales de personas masificadas, carentes de lucidez y de fortaleza para pensar, decidir y actuar por sí mismas; acostumbradas a “hacer como todo el mundo” y en definitiva, a dejarse llevar por lo que apetece.          


Para captar lo auténticamente valioso

            A este respecto conviene, en primer lugar, promover en los niños y jóvenes la reflexión pausada, serena y silenciosa, a menudo a partir de experiencias (personales o ajenas) de las que se pueda extraer una lección para la vida, con el fin de que aprendan a distinguir lo verdadero y lo aparente, lo importante y lo secundario, la satisfacción inmediata de los apetitos y el valor del autodominio.
            Pero a su vez, y en segundo lugar, es preciso adquirir fortaleza para decir “no” a algo que atrae sensiblemente pero que no es digno o realmente necesario. Sólo quien sabe que ese “no” es en realidad un “sí” a un gozo y a un bien mayores tiene fuerza para no dejarse persuadir.
            La captación eficaz de la diferencia que hay entre el ‘goce’ (externo, superficial, primario, que no llena de verdad) y el ‘gozo’ (íntimo, profundo, permanente, que es fuente de plenitud) no es teórica, sino que se extrae de la propia experiencia. De ahí la importancia de una temprana dedicación de niños y muchachos a tareas que supongan una entrega generosa y abnegada, fuente de satisfacciones personales profundas, y que se puedan percibir como algo realmente más gozoso que la mera satisfacción de los caprichos.


Pautas para la educación en el autodominio

            En un corazón pleno y radiante no hay necesidad de llenar o disimular carencias y vacíos afectivos. El corazón humano no se llena de verdad con placeres superficiales ni con bagatelas emocionales. Por lo mismo, no es bueno incentivar comportamientos por medio de la codicia o la envidia, sino impulsar a la superación de sí mismo y a la generosidad.
El dominio de uno mismo se manifiesta en la conducta a través de gestos, actitudes y hábitos de serenidad, equilibrio, elegancia, responsabilidad. Todo ello es fruto de una capacidad de abnegación y superación personal por la que una persona se comporta, no de modo caprichoso, imprevisible y voluble, sino de forma tal que inspira y suscita la confianza de los demás, que esperan -con cierto fundamento- que se ponga lo mejor de uno mismo en lo que se hace, y que se actúe del mejor modo posible.
            Pero esa capacidad de superación personal y de responsabilidad no se improvisa, ni se aprende sólo en los libros. Es fruto del ejercicio constante de pequeños actos de dominio personal, de vencimiento propio, de negarse a actuar movido por caprichos intrascendentes o por la propia comodidad. Un modo de actuar fundando en motivos de verdadero calado: la generosidad, el amor a la obra bien hecha, el deseo de superar dificultades y resolver problemas, de hacer la vida más agradable y digna para los demás, etc. William James decía que “no se puede esperar de una persona que se niegue a hacer algo ilícito si antes no ha sido capaz de negarse a sí mismo cosas lícitas”.
            La repetición, la insistencia y la constancia -no cansarse nunca de volver a empezar- consolidan los hábitos y los hacen cada vez más fáciles y gozosos. Es, en definitiva, el “entrenamiento de una voluntad” y el cultivo de una personalidad que aspiran a bienes de notable envergadura.
            Pero la mera repetición de hábitos no difiere sin más de una rutinaria costumbre, a no ser que sea orientada por ideales valiosos, que merezcan la pena, por valores o metas significativas que impulsan a la superación personal.
            Pero la educación en valores (o virtudes), decía Tomás de Aquino que no se adquiere en solitario. La forma más eficaz de aprender a vivir es, afirmaba, por “connaturalidad”, es decir, conviviendo con personas que actúan habitualmente de forma virtuosa, viendo cómo viven y tomándolas como referente, buscando emularlas, aprendiendo de sus experiencias, motivándose al recibir su aprobación.
            Con lo cual venimos a parar a otra condición esencial de la educación del carácter: la presencia de educadores que enseñan lo que viven y que viven lo que enseñan. Dicho de otro modo, la condición más importante para la educación en la virtud es la comunicativa cercanía de maestros de vida. A.J.



jueves, 7 de febrero de 2013

APRENDER A APRENDER

Aprender a aprender:


Uno de los mejores consejos que pueden acompañar al estudiante, a todos los que se afanan por aprender -y por enseñar-, es: 

"NO CANSARSE NUNCA DE ESTAR EMPEZANDO SIEMPRE"

Pero nada ayuda a aprender tanto como el ejemplo, el consejo, la atención y la benevolencia de un maestro, de un educador empeñado en suscitar en el que aprende el deseo de perfección, de engendrar la belleza y el bien y el encuentro con la verdad.
Llegar a amar lo que se hace hasta hacerlo por amor.

Para ambos es necesario cultivar la constancia, la paciencia, la fe en un bien que los supera a los dos, maestro y aprendiz, 
y que mueve el deseo más profundo de todo corazón humano.

No dar nada hecho: 
animar al que se educa a que lo haga -lo conquiste en dura y paciente lucha- y lo aprenda por sí mismo.
Esperando el amanecer de la propia superación.
Sólo vale lo que cuesta.

Os dejo, amigos, este enlace: disfrutadlo.



domingo, 3 de febrero de 2013

LA CONCIENCIA DE CULPA ES UNA FORMA INDISPENSABLE DE LIBERTAD

He aquí un texto provocador e irónico, profundo y a la vez luminoso, de mi admirado Fabrice Hadjhadj. Lo he dividido en dos partes: 

1) Sobre la necesidad de sentirse culpable, que es muy sana (cuando es verdadera)

2) Sobre el conocimiento del mal moral (agudísimo texto)




La peor ceguera es la de quien se niega a reconocer que la diferencia 
entre el bien y el mal no es consecuencia del propio deseo.
(Imagen: R. Magritte: Los amantes)

- I -

" La gran consigna es que nadie se sienta culpable. Si no, uno quedaría afectado. Se encontraría uno de golpe con una vida interior. ¿Para qué sirve tal cosa si se trata de trabajar como un burro para que funcione el mercado? ¿A santo de qué ese sentimiento de impotencia radical que me obligaría a abrirme a una Potencia trascendente, cuando lo que hace falta es un ganador, preparado para pisotear a la competencia sin ningún estado de alma? La conciencia de pecado sería un grave obstáculo para la globalización. Lo ralentizaría todo. Conformaría seres demasiado profundos, incapaces de evolucionar con facilidad en una gran superficie. Y además, se correría el riesgo  de hacerlos receptivos a la alegría, es decir, poco accesibles a las delicias de la gran distribución comercial. Tenemos tal miedo a "culpabilizar" que dejamos que los corazones se pudran insensiblemente...

Reconocer la propia enfermedad es el comienzo de la salud. Confesar el propio pecado es el principio de la santidad. La conciencia de pecado, lejos de encerrarnos en la tristeza, nos libera para un gozo soberano. No nos repliega sobre nosotros mismos, como el remordimiento, nos abre al otro en la medida en que suplica su perdón. El que permanece en el remordimiento ve su pecado sólo a medias, puesto que lo ve solamente en la penumbra de su orgullo: la emprende consigo mismo, se condena y acaba por colgarse, como Judas. El que está en el arrepentimiento sufre y siente amargamente su culpa, pero entra humildemente en la comunión y en la acción de gracias."


- II - 


Fotograma de la película "La lista de Schindler". 
En la escena, el protagonista ha tomado conciencia del valor de "cada uno" de los seres humanos a los que ha salvado o podría haber salvado.


"El orgulloso ya no sabe lo que es el orgullo, e incluso llega a creer que es muy humilde. El nazi ya no se da cuenta del horror de los campos de concentración, e incluso está convencido de servir a la humanidad. Puesto que el mal es privación del bien, no podemos conocerlo en profundidad más que conociendo y amando el bien que arruina. Si yo ignoro lo que es la salud, no puedo comprender las devastaciones de la enfermedad. Si no sé lo que es la dignidad de un niño, si no lo amo como es debido, ¿cómo va a ser sensible mi alma al mal que pueda afectarlo? Quien reconoce exactamente al mal como mal es el santo, mientras que el malvado lo desconoce radicalmente, puesto que lo toma como un bien para él. Quien se reconoce como pecador es el penitente, mientras que el pecador que no se arrepiente cree ser mejor que los demás. Sólo a la luz de la misericordia descubrimos realmente nuestro propio pecado. Únicamente en el doloroso despertar de la conciencia moral tomamos conciencia de él."

Tenga usted éxito en su muerte.  
Nuevo Inicio, Granada 2011, págs. 281-284



martes, 22 de enero de 2013

VERDAD Y ESCEPTICISMO


Foz de Arbayún. Navarra.
La verdad descansa en algo tan evidente como que "las cosas son lo que son"

“El pasado verano, dos jóvenes amigos americanos vinieron a mi casa, cercana a Londres, y juntos discutimos sobre toda clase de cosas. Los dos eran personas agradables y brillantes y ambos se habían graduado en colleges de artes liberales de mucha fama. La conversación tomó tales derroteros que, llegado un momento, armado de valor, pronuncié el dogma de Chesterton: ‘un cerdo es un cerdo’ y, ante esto, los dos jóvenes respondieron con un huracán de contradicciones e incluso con rabia. No, yo estaba equivocado: la mente no puede conocer nada fuera de sí misma y ciertamente no puede clasificar sus experiencias en un lenguaje esencialista de porcinidad objetiva.

Y todo así. Pero pronto les llegó el momento de irse y comenzaron a preocuparse por la hora de su tren. Les hice observar, suavemente, que desde el momento en que no existía un mundo real y cognoscible en cuyo ámbito su tren pudiera tener existencia objetiva ‘ahí fuera’, su ansiedad estaba fuera de lugar. Esto les irritó un poco. ‘¿Entonces, no creen realmente en su filosofía escéptica como para que rija sus vidas?...’

No, era evidente que no creían en ella…”

CHRISTOPHER DERRICK. Huid del escepticismo.
Ed. Encuentro, Madrid, págs. 87-8


Pautas para un comentario:


1.- La verdad es la adecuación e nuestros juicios a la realidad de las cosas. Ahora bien... 
      - ¿Nuestro conocimiento puede aportarnos datos acerca de la realidad? 
    - ¿Puede equivocarse? ¿Cómo podría saberse que nos equivocamos, si no tenemos una idea de lo que es verdadero?

2.- ¿ La existencia del error hace inalcanzable la verdad?

3.- Que no conozcamos "todo" del todo, ¿impide que podamos conocer algo de verdad?

4.- ¿Conoces alguna verdad evidente, de la que no se pueda dudar?


                                                                      

sábado, 19 de enero de 2013

Enseñanza de la religión católica: cuestión de Cultura con mayúsculas


Jean Jaurès
     
 Asistimos en España y en Europa, desde hace unas décadas, a una ofensiva contra la presencia de los signos visibles de la religión católica -en particular- en los escenarios públicos, y singularmente en el ámbito educativo. 

      Se dice, mintiendo -no creo que sea un error, sino más bien un "herror", (de "herrar-herradura")-, que España es un estado laico, y no lo es. Es aconfesional, y una buena parte de sus ciudadanos (y ciudadanas, lo digo por si acaso) no son "laicos" en el sentido de laicistas, y además eligen la formación religiosa en la enseñanza de sus hijos (cosa que no pueden decir otras asignaturas que, o bien son obligatorias, o bien se disuelven por si solas en la indiferencia).

     Es de justicia que dejen a los padres elegir. ¿O es que los laicistas tienen miedo a la libertad? 

     Traigo aquí una carta de Jean Jaurès, que fue socialista ateo, de los fundadores y miembros más destacados del primer socialismo francés, a su hijo. 

      Como se explica por sí sola, no hago más comentarios. Tan solo que es de justicia, insisto, que haya espacio y libertad para que cada quien elija lo que quiera al respecto, de acuerdo con su derecho. También dejo caer que es preciso revitalizar el auténtico y profundo sentido de la cultura, como "cultivo" del hombre y de lo humano, sin dejar al margen las grandes cuestiones morales y de sentido. Es decir, la Cultura con mayúsculas. A.J.


«Querido hijo, me pides un justificante que te exima de cursar la religión, un poco por tener la gloria de proceder de distinta manera que la mayor parte de los condiscípulos, y temo que también un poco para parecer digno hijo de un hombre que no tiene convicciones religiosas. Este justificante querido hijo no te lo envío ni te lo enviaré jamás.
No es porque desee que seas Clerical, a pesar de que no hay en esto ningún peligro ni lo hay tampoco en que profeses las creencias que te expondrá el profesor. Cuando tengas la edad suficiente para juzgar, serás completamente libre; pero, tengo empeño decidido, en que tu instrucción y tu educación sean completas y no lo serán sin un estudio serio de la religión. Te parecerá extraño este lenguaje después de haber oído tan bellas declaraciones sobre esta cuestión hijo mío, declaraciones buenas para arrastrar a algunos pero que están en pugna con el más elemental buen sentido. ¿Cómo sería completa tu instrucción sin un conocimiento suficiente de las cuestiones religiosas sobre las cuales todo el mundo discute? ¿Quisieras tú, por ignorancia voluntaria, no poder decir una palabra sobre estos asuntos sin exponerte a soltar un disparate?.
Dejemos a un lado la política y las discusiones y veamos lo que se refiere a los conocimientos indispensables que debe tener un hombre de cierta posición. Estudias mitología para comprender historia y la civilización de los griegos y de los romanos, y ¿qué comprenderías de la historia de Europa y del mundo entero después de Jesucristo, sin conocer la religión, que cambió la faz del mundo y produjo una nueva civilización?. En el arte, ¿qué serán para ti las obras maestras de la Edad Media y de los tiempos modernos, si no conoces el motivo que las ha inspirado y las ideas religiosas que ellas contienen?.
En las letras, ¿puedes dejar de conocer no sólo Bossuet, Fenelon, Lacordaire, De Maistre, Veuillot y tantos otros que se ocuparon exclusivamente en cuestiones religiosas, sino también a Corneille, Racine, Hugo, en una palabra a todos estos grandes maestros que debieron al cristianismo sus más bellas inspiraciones? Si se trata de derecho, de filosofía o de moral, ¿puedes ignorar la expresión más clara del Derecho Natural, la filosofía más extendida, la moral más sabia y más universal?. Éste es el pensamiento de Juan Jacobo Rousseau.
Hasta en las ciencias naturales y matemáticas encontrarás la religion: Pascal y Newton eran cristianos fervientes; Ampere era piadoso; Pasteur probaba la existencia de Dios y decía haber recobrado por la ciencia la fe de un bretón; Flammarion se entrega a fantasías teológicas.
¿Querrás tú condenarte a saltar páginas en todas tus lecturas y en todos tus estudios? Hay que confesarIo: la religión está íntimamente unida a todas las manifestaciones de la inteligencia humana; es la base de la civilización y es ponerse fuera del mundo intelectual y condenarse a una manifiesta inferioridad el no querer conocer una ciencia que han estudiado y que poseen en nuestros días tantas inteligencias preclaras. Ya que hablo de educación: para ser un joven bien educado ¿es preciso conocer y practicar las leyes de la Iglesia?. Sólo te diré lo siguiente: nada hay que reprochar a los que las practican fielmente, y con mucha frecuencia hay que llorar por los que no las toman en cuenta. No fijándome sino en la cortesía, en el simple “savoir-vivre” hay que convenir en la necesidad de conocer las convicciones y los sentimientos de las personas religiosas. Si no estamos obligados a imitarlas, debemos, por lo menos, comprenderlas, para poder guardarles el respeto, las consideraciones y la tolerancia, que les son debidas. Nadie será jamás delicado, fino, ni siquiera presentable, sin nociones religiosas.
Querido hijo: convéncete de lo que te digo: muchos tienen interés en que los demás desconozcan la religión; pero todo el mundo desea conocerla. En cuanto a la libertad de conciencia y otras cosas análogas, eso es vana palabrería que rechazan de ordinario los hechos y el sentido común. Muchos anti-católicos conocen por lo menos medianamente la religión; otros han recibido educación religiosa; su conducta prueba que han conservado toda su libertad.
Además, no es preciso ser un genio para comprender que sólo son verdaderamente libres de no ser cristianos los que tienen facultad para serlo, pues, en caso contrario, la ignorancia les obliga a la irreligión. La cosa es muy clara: la libertad exige la facultad de poder obrar en sentido contrario. Te sorprenderá esta carta, pero precisa, hijo mío, que un padre diga siempre la verdad a su hijo. Ningún compromiso podría excusarme de esa obligación.
Recibe, querido hijo, el abrazo de tu padre.”